1.- FIASCO DE LA RACIONALIDAD
Aporías del progreso. Indiscutibles conquistas humanas se han logrado en este siglo en el orden de la medicina, en las comunicaciones, en el dominio de la técnica, en el refinamiento de costumbres que superan largas etapas de dominio de magia y superstición. Nuevas formas sociales en las celebraciones cívicas, dominio de la comunicación cibernética y el milagro de la red, mejora de las relaciones entre individuos y pueblos. Nunca el hombre ha conseguido un nivel de vida tan elevado y un disfrute tan deslumbrante de recursos placenteros como en este tiempo, nunca ha sido tan dueño de su destino individual y colectivo, ni tan consciente de sus anhelos de felicidad humana con menos complejos, nunca ha tenido tan a mano la ayuda de fármacos y alucinógenos para vivir experiencias reales o ficticias. A pesar de todo, la esencia humana, el desarrollo cultural del hombre auténtico, ha crecido muy poco. Los auténticos valores humanos se pierden todavía entre abalorios científicos y técnicos, entre los deslumbrantes colores de la moderna civilización, entre la mezcla confusa de luces y sombras, verdades y mentiras, que retardan la victoria del progreso humano. Todos los mitos del pasado permanecen latentes en el subsuelo de progreso y la cultura actuales. Los valores éticos nunca han tenido menos vigor que hoy como freno al delito, la justicia es caprichosa en los criterios versátiles de venables jueces hasta extremos escandalosos, la racionalidad pacta con la barbarie, con la magia, con el absurdo, con el disparate, con la mentira, con la injusticia y el despotismo, que es la forma visible del producto civilizado de hoy.
No es pequeño logro haber dado forma concreta y formulación escrita, como el decálogo la ley antigua, al código de derechos humanos. Esos derechos fundamentales que protegen como un paraguas la dignidad humana en cualquier parte de la tierra. Esos derechos todavía mal asimilados por la conciencia actual; pero asumidos, al menos teóricamente, por casi todas las naciones. Posiblemente sea la conquista más lúcida, más laboriosa porque es tarea de siglos, y más humana porque se orienta a las verdaderas conquistas espirituales del hombre. La fórmula escrita de los derechos humanos era una deuda siempre frustrada por la incapacidad de hombre para distinguir entre la cultura y la escoria, entre la verdad y el mito, entre la razón y el instinto. Un intento frustrado de muchas revoluciones y profetas de la historia. Una conquista que no resultó barata al roturar la mugrosa costra de ignorancia que cubrió la historia durante siglos. Y vanas han sido las luchas por la paz, por la libertad, por la justicia; pero no inútiles. Ríos de sangre han enrojecido campos de batallas, en permanentes acciones y reacciones bélicas entre pueblos vecinos, acciones genocidas y expolios continuos de unos pueblos sobre otros. La guerra, la violencia, la saña, ha sido la norma de las relaciones humanas; la hostilidad crónica y permanente. Sangre y odio es la historia humana.
Los derechos humanos hoy son un rayo luz y un signo de esperanza. Acaso una flor blanca nacida en un cementerio entre cruces y tumbas, un estrella en la larga y sombría noche de ignorancia secular. Su conquista es tardía, ardua y laboriosa, y su asimilación -no sólo aceptación teórica- por las conciencias, muy escasa. Su encarnación será el reto de progreso, la aurora del renacimiento del hombre nuevo. El mundo no es feliz todavía, la concordia, la paz entre las personas, la convivencia armónica, sólo son proyectos y sueños apenas nacidos. Nuestra historia reciente y lejana es reproducción de viejos atavismos y vergonzosos productos mágicos, perversión y secuela enfermiza de viejos mitos de pueblos primitivos endurecidos en la cultura popular. Es la esclavitud de la ignorancia, el fatalismo de engañosas ideologías y creencias, el mimetismo de una permanente convivencia hostil.
Lección negativa.
Aporías del progreso. Indiscutibles conquistas humanas se han logrado en este siglo en el orden de la medicina, en las comunicaciones, en el dominio de la técnica, en el refinamiento de costumbres que superan largas etapas de dominio de magia y superstición. Nuevas formas sociales en las celebraciones cívicas, dominio de la comunicación cibernética y el milagro de la red, mejora de las relaciones entre individuos y pueblos. Nunca el hombre ha conseguido un nivel de vida tan elevado y un disfrute tan deslumbrante de recursos placenteros como en este tiempo, nunca ha sido tan dueño de su destino individual y colectivo, ni tan consciente de sus anhelos de felicidad humana con menos complejos, nunca ha tenido tan a mano la ayuda de fármacos y alucinógenos para vivir experiencias reales o ficticias. A pesar de todo, la esencia humana, el desarrollo cultural del hombre auténtico, ha crecido muy poco. Los auténticos valores humanos se pierden todavía entre abalorios científicos y técnicos, entre los deslumbrantes colores de la moderna civilización, entre la mezcla confusa de luces y sombras, verdades y mentiras, que retardan la victoria del progreso humano. Todos los mitos del pasado permanecen latentes en el subsuelo de progreso y la cultura actuales. Los valores éticos nunca han tenido menos vigor que hoy como freno al delito, la justicia es caprichosa en los criterios versátiles de venables jueces hasta extremos escandalosos, la racionalidad pacta con la barbarie, con la magia, con el absurdo, con el disparate, con la mentira, con la injusticia y el despotismo, que es la forma visible del producto civilizado de hoy.
No es pequeño logro haber dado forma concreta y formulación escrita, como el decálogo la ley antigua, al código de derechos humanos. Esos derechos fundamentales que protegen como un paraguas la dignidad humana en cualquier parte de la tierra. Esos derechos todavía mal asimilados por la conciencia actual; pero asumidos, al menos teóricamente, por casi todas las naciones. Posiblemente sea la conquista más lúcida, más laboriosa porque es tarea de siglos, y más humana porque se orienta a las verdaderas conquistas espirituales del hombre. La fórmula escrita de los derechos humanos era una deuda siempre frustrada por la incapacidad de hombre para distinguir entre la cultura y la escoria, entre la verdad y el mito, entre la razón y el instinto. Un intento frustrado de muchas revoluciones y profetas de la historia. Una conquista que no resultó barata al roturar la mugrosa costra de ignorancia que cubrió la historia durante siglos. Y vanas han sido las luchas por la paz, por la libertad, por la justicia; pero no inútiles. Ríos de sangre han enrojecido campos de batallas, en permanentes acciones y reacciones bélicas entre pueblos vecinos, acciones genocidas y expolios continuos de unos pueblos sobre otros. La guerra, la violencia, la saña, ha sido la norma de las relaciones humanas; la hostilidad crónica y permanente. Sangre y odio es la historia humana.
Los derechos humanos hoy son un rayo luz y un signo de esperanza. Acaso una flor blanca nacida en un cementerio entre cruces y tumbas, un estrella en la larga y sombría noche de ignorancia secular. Su conquista es tardía, ardua y laboriosa, y su asimilación -no sólo aceptación teórica- por las conciencias, muy escasa. Su encarnación será el reto de progreso, la aurora del renacimiento del hombre nuevo. El mundo no es feliz todavía, la concordia, la paz entre las personas, la convivencia armónica, sólo son proyectos y sueños apenas nacidos. Nuestra historia reciente y lejana es reproducción de viejos atavismos y vergonzosos productos mágicos, perversión y secuela enfermiza de viejos mitos de pueblos primitivos endurecidos en la cultura popular. Es la esclavitud de la ignorancia, el fatalismo de engañosas ideologías y creencias, el mimetismo de una permanente convivencia hostil.
Lección negativa.
En todo ello solo queda, limpia y aprovechable, la pobre lección de los errores pasados, la lección negativa de los ensayos fallidos. Nos libramos de su vergüenza porque nos indican la dirección que no se debe repetir. Lección negativa de la historia, un borde que no se debe cruzar en el camino del progreso, de tal forma que ella señala el lugar de las viejas equivocaciones y evitar los errores que otros cometieron sabiendo que el hombre es animal terco en aprender en cabeza ajena. Los demás animales tienen gran instinto mimético, aprendizaje positivo de subsistencia de sus ancestros. El es muy torpe para aprender y se empeña en repetir errores, siempre los mismos conflictos, las mismas guerras por los mismos motivos, por las mismas fantasías, por los mismos mitos renovados y los mismos atavismos reiterados. Veremos los grandes mitos como banderas de muchas catástrofes en este siglo.
En los pueblos no sólo las ideas sino las ideologías, las costumbres, buenas y malas, producen efectos perniciosos. A veces son estrellas en el horizonte, son valores culturales que contribuyen al desarrollo personal y al proceso colectivo. Hasta la ignorancia, las prácticas más primitivas y salvajes se socializan y se hace banderas, se convierten en valores. Como los mitos falsifican la realidad, se endurecen y sedimentan como producto cultural que se asume, se defiende, se impone a fuerza de grandes conflictos de convivencia. Ahí están las prácticas más absurdas e inhumanas de convivencia entra hombres y pueblos, las vergonzantes guerras y las extrañas formas de vida de los antepasados, las tiranías de unos hombres sobre otros, la exigencia sanguinaria de de dioses y demonios crueles, las infamias de la esclavitud y las explotaciones de unos pueblos sobre otros. Eso es mugre cultural, magia escondida en los entresijos de la historia actual y rebaja el orgullo de las nuevas conquistas. Se le llama cultura, brilla con fulgores civilizados, alegrías puntuales de fiestas populares y colorido folclórico, el grato olor del efecto casero. Pero la cultura no eso.
La verdadera cultura, la única cultura o simplemente la cultura, tiene dimensiones humanas, tiene efectos humanizadores. Es conquista que ensancha los límites de libertad del hombre y de los pueblos, dilata las coordenadas temporales y espaciales de las relaciones humanas. Esta cultura hace a los hombres y a los pueblos más dueños de sí mismos y asegura la concordia solidaria de unos y otros. No es emoción popular, ni productos estadísticos, ni cuestión de números, ni resultado de de urnas, crece lentamente, casi siempre en sentido ascendente y unitario. Es la superación del mito y la magia. Crece como una bola de nieve. No es extrínseca al hombre sino su propia esencia, no es adorno externo sino su entraña, no un medio sino un valor en sí misma. No son normas ni conocimientos aprendidos, sino vivencia humana colectiva sedimentada en la conciencia; ni prácticas sociales programadas sino estructura interna del alma, no andamiaje material sino asimilación interior, no reglamentos y proclamas atropelladas de políticos y profetas callejeros. Es la conciencia del hombre que disfruta con libertad del cosmos. No es adorno ni rito ni hábito aprendido, ni es la máscara externa de la civilización, sino vivencia reflexiva del hombre dueño de su destino. Es su libertad, su autonomía, su sentimiento de paz con las cosas. Como he leído, el hombre único, el hombre universal, va por dentro como protagonista incorruptible de ese gran festejo, son sus eternos valores y referencias de la única y universal cultura del hombre total. En medio de esa vorágine de formas civilizadas se pierde el hombre, olvidado y preterido entre el follaje de los acontecimientos del siglo sin conciencia siquiera de su excelsa grandeza.
No se trata del escenario, sino del nudo de la representación; no es el personaje, sino la persona. La cultura es la savia humana decantada del magma de los errores y actos fallidos a través del tiempo. La cultura no es ni el código de costumbres, ni son las diferencias demográficas plagadas de material fósil y mugre casera que contamina su presencia actual por muy amables que se presenten, no son los instrumentos de trabajo de cada tiempo que se conservan en los museos, ni las técnicas por muy complejas y deslumbrantes que se ofrezcan en cada tiempo. Pueden facilitar más o menos el desarrollo humano, lo defienden en los avatares del tiempo; pero se desgastan en procesos de reciclaje constante, se hacen productos de desecho en los basureros del tiempo. La cultura no es la fachada externa de los ministerios de educación, ni el color de los partidos políticos, ni los proyectos temporales, que se rehacen y bailan constantemente ritmos frenéticos y alucinados. No es el caparazón y ni el talante costumbrista aunque se use este término sin matices léxicos. No es la fiesta folclórica de cada tarde, ni los ensayos erráticos y fracasos irrecuperables de científicos y políticos que forman fósiles arqueológicos de acrópolis enigmáticas, a veces signos bochornosos del pasado y verdaderos crucigramas de eruditos y estudiosos.
Mientras la cultura, en sentido estricto, es asimilación humana individual y colectiva del producto social solidario humano, es única y perdurable, la civilización o las culturas en plural y sentido amplio, son caducas y multiformes. Sobre todo en etapas largas de tiempos y geografías alejadas. Las diferencias de espacios y tiempos cortos son megalomanías regionales y caudillistas. La cultura, la única cultura humana, pasa sobre el espacio y el tiempo, sobre las instituciones contingentes. La cultura es la auténtica medida del hombre, sus derechos humanos, la madurez humana, configuración espiritual, historia humana ascendente. La cultura es la conciencia humana, valores universales, sustancia medular espiritual que permanece y crece con el tiempo. La justicia, la verdad, la libertad, la solidaridad, que desborda el oleaje cambiante de las distintas formas sociales. Por el contrario, las formas externas de la civilidad, todo el colorido festivo de la época y de cada pueblo es material de construcción caduco, maleable y corruptible. Arqueología, cuevas, monumentos megalíticos en la tierra descampada, palafitos sobre las aguas, chamizos rudimentarios, palacios de sillería, leyes escritas en piedra, pautas rutinarias de pueblos ágrafos. La hoja caduca de la historia.
La cultura auténtica tiene forma humana, es antropomórfica y antropocéntrica, es inmortal y crece pausadamente acompañando al hombre histórico, como una atmósfera que lo protege, como una nube exterior que le defiende y le alimenta. Es el hombre en su entorno, el hombre en su concepto cósmico y global y a la vez resumen de las etapas del camino. La cultura es la justicia, la solidaridad, la conciencia colectiva, la libertad, el hombre dueño de sus actos y su destino, su propia autonomía. El hombre sin miedos ni complejos ni servidumbres. Nada parecido al hombre mágico y al ignorante refinado de hoy. No es el hombre sumiso, ni el pedante erudito, ni flores invernales de falsa ciencia, la demagogia política, la cascarilla de mentiras disfrazadas. La cultura es el hombre en perspectiva cósmica. Es el ser y no la apariencia. Ni siquiera es la ciencia universitaria, ni los cursillos, ni los diplomas que adornan las paredes, ni la técnica cuyo brillo deslumbra y adormece. Ahí están los esclavitud moderna, los niños explotados, las mujeres con el rostro velado, el sectarismo en las aulas, la magia en la universidad, el fanatismo de las religiones, las hambrunas que asolan a pueblos enteros, la xenofobia que enfrentan unos pueblos con otros, la insolidaridad que excluye a los pobres de un puesto en la mesa, la ignorancia casposa que ensalza la diferencia y ofrece sacrificios crueles a mitos falsos dioses. El afecto casero es frontera infranqueable al impulso racional. Los instintos primarios, atavismos tribales frente a la convivencia solidaria. Hay mucha erudición y poca cultura. Solo la lenta evolución humana que envuelve al cosmos, por encima de las organizaciones docentes y las adulteraciones culturales, puede despejar el horizonte. La cultura propia es vivencia profunda, esencia humana, por encima de las notas diferenciales, polifónicas, antropológicas, que las banderas sagradas que agitan hoy muchos clanes como símbolo de su identidad. La confusión está instalada en sangre del desarrollo actual.
Una fuerza integradora mueve desde dentro, sobres los vaivenes todas las civilizaciones, a la raza humana como un aliento sinérgico irresistible que conduce a niveles de madurez individual y colectiva cada vez más amplios y señala como una flecha la dirección del futuro. Ese centro de cohesión va desde los pequeños grupos humanos, tribus, clanes, hasta las grandes instituciones mundiales de hoy. Los círculos concéntricos de integración se ensanchan progresivamente de forma irreversible. Desde los municipios hasta el ámbito supranacional, unidades financieras, comerciales, humanitarias cada día más amplias y funcionales. Desde los pactos de convivencia pacífica de pueblos cercanos, la integración europea, las naciones americanas, las naciones unidas sin vetos ni privilegios, hasta una posible unidad política global y unitarias en todos los campos que es el viejo sueño frustrado de los grandes imperios desaparecidos en el pasado y la fuerza integradora esencial a favor de sentido ascendente que se mueve la historia por dentro. Un trabajo difícil, arduo, lento, que supera la fantasía artificial y folclórica de la incultura atávica de los grupos humanos. Coincide con el triunfo de la razón que diluye las nieblas insolidarias del pasado, el afecto egoísta que separa y aísla, las soberanías y presuntas independencias imposibles, las endogamias primitivas de pueblos enredados en sus mitos y creencias religiosas. Solo ellas sedimentan el sentido solidario y el cosmopolitismo de los pueblos en una paulatina conquista del “logos” que a pesar de todo actúa al fondo del proceso. Atrás queda el tramo mágico de la historia y el tenaz impulso humanizador que lucha por abrir camino a través de las sombras.
No es posible hablar todavía de una comunidad de naciones unidas, libres, solidarias, eficientes. La organización actual ni está unida, ni es efectiva, ni es libre, ni solidaria, ni tiene poder ni autoridad. No hay un gran parlamento legislativo mundial que conjure los conatos y los incendios bélicos con leyes justas. Falta un gran tribunal de justicia con jurisdicción universal y poder coercitivo que interprete las leyes y siente en los banquillos con pleno derecho a los genocidas, a los tiranos, al margen de privilegios y seguros de inmunidad. No existen organismos económicos globales para repartir los productos de la tierra y los beneficios de la técnica de forma equitativa en el mundo por encima de la plutocracia, el nepotismo, los abusos de poder y las megalomanías de tiranos y emperadores que concentran las riquezas y alargan la distancia de los ricos y los pobres, el desorden en las finanzas. Existen sistemas especulativos financieros a favor de los primeros. Falta un gran organismo mundial ético y cultural que desarme las injusticias latentes que descubra la magia enquistada en las sillas y tronos de los actuales señores de la globalización actual y sus legítimos herederos que siembran el germen de la mayoría de las guerras que asolan la tierra, a los fanatismos primitivos que origina el terrorismo salvaje, arman los hombres-bomba que llenan de vergüenza el rostro del siglo y crean la inseguridad en el mundo.
La dependencia de los mitos existe. Faltan controles al tribalismo autocrático, al teocentrismo primario que esclaviza la dignidad de muchos pueblos. Faltan controles que regulen las relaciones sociales, fuerce el necesario funcionamiento diplomático y corrija las fronteras realizadas a compás sobre mapas de países sometidos por encima de razones históricas y étnicas. Ahí queda el germen de los conflictos crónicos que nunca se resolverán sin componentes de racionalidad. Falta la humanización de las relaciones entre pueblos que tome al hombre y a los grupos en sus variaciones históricas dentro de una valoración unitaria.
Las conquistas deslumbrantes en el macrocosmos infinito que se abre en el horizonte de las conquistas espaciales, las incursiones deslumbrantes en el microcosmos de la materia inorgánica, los descubrimientos genéticos, las conquistas técnicas, son aparentes y virtuales. El hombre todavía es un esclavo en manos de sus mitos. Nada en el mar de sombras como un náufrago, ignora su origen y su destino y zozobra en sus sueños de felicidad. Algunas alegres promesas entre muchos riesgos colaterales negativos sin controlar. En el fondo confusión. El pasado proyecta sombra negativa las pequeñas fiestas de este siglo, sobre el aparente bienestar conseguido, sobre el deslumbrante progreso de los sistemas de comunicación, sobre el control médico de algunas enfermedades, sobre las relaciones comerciales, políticas, sociales, diplomacias imposibles, con tanta contaminación adherida que, en realidad, poco contribuyen todavía al conocimiento de la propia cultura universal. La conquista de los valores humanos y la auténtica cultura humana está todavía muy lejos.
La civilización actual es apenas un destello del progreso humano porque está contaminada de magia. Mitos que todavía perturban la historia actual que se adhieren al producto humano como un lastre que retarda su progreso. La ignorancia se enreda la cadena del tiempo y contamina sus conquistas. Mitos y mitos encadenados. Magia en los rincones del tiempo. Ignorancia e incultura. Nubes negras sobre las fiestas culturales de los pueblos. Solo alguna estrella fugaz que ilumina el camino en el desierto. Ese núcleo oscuro está en el punto de partida de nuestras mediocres culturas actuales. La superstición sobre la racionalidad. Es triunfo de los afectos desbordados de naturaleza instintiva que rige el automatismo de la vida de las hormigas, las aves o los perros. Son los mitos de los pueblos primitivos que reproducen las verdaderas megalomanías y ambiciones humanas al margen de la racionalidad. Son la primera forma de filosofía y el deseo siempre latente por dar solución a los problemas vitales. Es producto mental fosilizado que perturba la conciencia de este siglo. Son los mitos de los griegos, los romanos, los celtas, mitos de pueblos orientales, mitos polinésicos, mitos africanos, precolombinos, adornados de colores civilizados.
Ni siquiera la aparición y el esfuerzo del “logos” a lo largo del tiempo fue capaz de superar las sombras del mito. Se disfrazó a través de los tiempos y permanece vigente en este tiempo. Grandes ideas humanas y divinas se superpusieron a la realidad con mantos de ignorancia. Se mezclaron las ideas divinas y humanas, las ideas en forma con simulacros de verdades eternas. Hubo ángeles y demonios, dioses buenos y malos, deidades superiores bondadosas y perversas. Hierogamia y confusión entre lo divino y lo humano, entre la realidad y la fantasía, entre la ciencia y la religión, entre las cosmogonías y las teologías. Algunas referencias humanas y muy escasa racionalidad. Las teocracias de origen sagrado, las monarquías religiosas y la connivencia interesada de las influencias divinas sobre los comportamientos humanos donde el efecto mágico se impone. Ni la era científica y técnica moderna ha podido librarse de la confusión de los campos y la superación del mito. El mito persiste. El andamiaje civilizado actual es confuso y peligroso porque la secuela de los instintos primarios, los sueños de fantasía, recubre como una niebla las nuevas verdades y las teorías de la ciencia nueva y el progreso. En el disco duro del desarrollo humano y el empeño humanizador del hombre, permanece la secuela de los instintos primarios bajo la pátina de las infinitas formas deformes y metamorfoseadas según los tiempos, la estructura profunda del primigenio ser humano y las secretas fuerzas de las aspiraciones humanas para superar sus limitaciones y su ignorancia y lograr descubrir los secretos de la ciencia y el lugar donde llega los pocos hombres sabios que solo llega a la conclusión de que no saben nada. Solo pocos seres humanos llegan al paraíso de la cultura entre el infinito número de ignorante y pedantes eruditos.
Ni la información reglada de las universidades, ni los cursos académicos, ni el barniz externo de la civilización, no pasa de la epidermis de la figura excelsa de ser humano y la aplicación de criterios racionales asépticos a los problemas de la convivencia, la vida y la función política. Poca relación tienen con la verdadera idea de Cultura. Los mitos se filtran, se metamorfosean e intoxican incluso los ambientes científicos que no son modelos de fecunda actividad culturales. Se hacen mitos cultos camuflados en los adornos civilizados. El mito habitan todavía los paisajes más cultos de la tierra. Entre las teorías nuevas, entre los planes anuales de los gobiernos Hacen fracasar los empeños más nobles de la convivencia humana, las aspiraciones de solidaridad e inútiles los empeños pacifistas. A veces es el invento consolador a la ignorancia propia, a veces la deformación de un hecho histórico glorioso, a veces la intervención de dioses y héroes y magos unidos en aventura comunes.
Ahí nacen las deformaciones. Las diferencias elevadas a signos de identidad de grupos privilegiados y raciales sólo son notas folclóricas, elementos mediáticos y no conquistas culturales. Confusión entre aparecer y ser, confusión entre la concha y la almendra, entre erudición y cultura, entre el traje y el ser humano, entre el pedante y el sabio, entre el ser y no ser, entre el fenómeno y la esencia. La falta de términos apropiado contribuye a la confusión. No todo es cultura aunque la aplicación del nombre se aplique injustamente a todo. Hasta el arte de mentir y simular es cultura sin cuidar que la medida de toda cultura es el hombre, su libertad, su autonomía. Lo demás es excresencia floral y folclor, degradación mental. La Cultura es el último núcleo de la personalidad, un escaso producto actual y la única perspectiva de futuro, donde apenas luce hoy el sol de ser humano y donde habitan los “pocos sabios que en el mundo han sido”.
Por eso, tantas contradicciones. Los anhelos del hombre están rotos y el humanismo en quiebra. No es feliz porque la fiesta está solo por fuera. La residencia que habita es pacotilla y refugio vulnerable. Lo importante no es la caverna o el rascacielos, ni palafitos, ni estacadas de madera en un castro, ni murallas pétreas defensivas, ni castillos medievales inexpugnables. Esto es periférico, logros mediáticos, conquistas incompletas. La sangre de los viejos fantasmas corre como una amenaza por las civilizadas formas de vivir de los pueblos de hoy. Viejas supersticiones de antaño, viejas mentiras enquistadas en el progreso, palabras gastadas, camufladas como los animales en la jungla, ironías, ambigüedad, polisemia, signos crípticos reflejo de la mitomanía humana. Son los fantasmas que acechan en las almenas de castillos vecinos, la misma sevicia en sus garras y muchas intrigas en la periferia de su incultura. Estos inventos ya se han cobrado en el camino el peaje de mucha violencia institucional. La sangre y la muerte de las últimas guerras mundiales, la amenaza constante del ingente poder destructivo de las armas atómicas y convencionales, el sectarismo diplomático imposible, el odio creciente en el inconsciente colectivo de naciones vecinas, las murallas que todavía separan a unos hombres de otros, la nimias diferencias civilizadas que se agigantan en belicosas histerias colectivas, los crueles guerras fratricidas y tribales de hoy en todos los continentes representan el núcleo oscuro del misticismo humano vigente con sus secuelas negativas en este siglo.
Caminos equivocados. El mito nace el instinto vital del hombre, se supera en las aportaciones de la fantasía que ofrece soluciones diferentes en cada encrucijada. Todavía el saber humano no ha hecho presencia en las relaciones sociales porque el orgullo del hombre hecho de barro, de maíz, de sangre de dioses, ha creado tantas contradicciones que hace siempre difícil la sincera convivencia de los pueblos. Una ciencia que promete la vida y causa la muerte al mismo tiempo no es ciencia. Los ritos que matan no pertenecen al patrimonio cultural. Los mismos principios que pregonan la fraternidad entre los hombres y siembran esperanzas de paraísos terrenales posibles, crean imperios dominadores y pueblos dominados; tiranos y tiranías, ejércitos inútiles que movilizan hombres como esclavos para llevarlos a matar o morir, no son el progreso. Son aparentes conquistas que se convierten en declaraciones de guerra. Sociedades libres con terrorismo indiscriminado en sus entrañas, sentimientos racistas, marginalidad y guetos; principios teocráticos vigentes; clases privilegiadas y xenófobas; una forma de progreso deslumbrante y sin relación humana; máquinas asesinas; limpiezas étnicas y exilios forzosos; niños abandonados, opulencia de unos y hambre de muchos; genocidios colectivos; caciques ilustrados que compran con mentiras el voto de sus vasallos sometidos y contentos; fetichismo de banderas excluyentes que dividen la tierra en mil reinos de taifas; la cultura al servicio del poder para hacer más fácil el control de los esclavos. Epidermis escamosa de magia tradicional.
La libertad es un espejismo, una sensación de libertad en tierra de cautivos. El obrero que mendiga su derecho al trabajo con la sumisión del mendigo y cumple contratos humillantes porque no hay otra alternativa es el "hombre libre"; el funcionario que justifica su sueldo en la ventanilla pública como una máquina sin sensibilidad, sin educación y con marcado mimetismo cibernético, es un "hombre libre"; el empleado que obedece la voz de sus amos a cualquier precio, pagando servicios y aparentando ser más tonto que su jefe para halagar su orgullo, es un "hombre libre"; la mujer que, a cambio de un sueldo mínimo, debe arriesgar además su dignidad aceptando cenas con su jefe bajo condición de una carta-despido, es una "mujer libre"; el soldado que se masifica en ejércitos nacionales o extranjeros a voluntad de rudos generales que los llevan al matadero en nombre de supuestos valores patrios, es un "héroe"; el parado que pasa cada mes por las oficinas del empleo para completar estadísticas y recoger la limosna que le ofrecen como a un mendigo es un "hombre libre", el hombre de la calle que vota en cada cita electoral al mismo alcalde porque le debe favores, sufre chantaje intimidatorio o acepta con docilidad siempre las mismas promesas nunca cumplidas, es un "hombre libre"; la mujer que se prostituye porque necesita dinero para alimentar a sus hijos y enviarlos al colegio ya que vive en una sociedad que no le ofrece oportunidades, es asimismo una “mujer libre”; el emigrante que intenta mejorar su condición de vida y abandona su patria chica y su patria grande con riesgos graves, en pateras, en barcos, en aviones sin fin determinado, también es un "hombre libre". Mentiras viejas con fachadas nuevas
La paz, otro gesto mágico. La paz en este siglo es una burla. Dos grandes guerras calientes con millones de muertos en los frentes, en los campos de concentración, el terror de la destrucción atómica sobre el corazón de esta tierra, señalan el fracaso de los ensayos universales de paz. La guerra fría, los muros de acero, la tensión bélica, las alambradas en las fronteras, los embargos petroleros y comerciales, los bombardeos selectivos y preventivos, las muertes de exterminio masivo, hielan el corazón atormentado de este siglo. El irenismo, una fantasía más. La caída de los bloques no cancela la inseguridad que todavía no se ha disipado de este suelo, porque ahí están los numerosos conflictos armados, los genocidios de tiranos ilustrados sobre pueblos sometidos, las fosas masivas de hombres inocentes, las invasiones de unos pueblos bélicos sobre sus vecinos inermes, los golpes militares, los inventos de nuevas fronteras, la radicalización de los pequeños fundamentalismos religiosos, amplias zonas marginales al lado de grandes zonas opulentas, grandes desigualdades entre los seres humanos que nacen iguales, las desfiguraciones de los rasgos diferenciales de pueblos excluyentes, la saña de grupos subversivos, el peligro de los resabiados reinos de taifas que se alimentan siempre en la misma oscura sentina de los instintos primitivos latentes todavía en riscos prehistóricos y en la memoria tribal de pueblos primitivos. ¿Quién recupera las lágrimas de los que sufren de rodillas vejaciones constantes de los poderosos, la rabia de los inocentes que soportan injusticias clamorosas inermes e impunes al amparo de leyes injustas, la humillación de los pobres y marginados, golpeados por el destino aciago que le imponen los privilegios de una sociedad hecha a la medida de pocos?
Todavía se tolera el belicismo y los arsenales bélicos. Hasta se legaliza la pena de muerte. Las fronteras de las naciones modernas impuestas por la fuerza de las armas son trazos caprichosos, mentiras mágicas de unos pueblos que se apoyan en sus fantasías, mentiras de la patria propia, el ídolo de banderas nacionales, la huella necrológica de las soberanías excluyentes, el sofisma de los hechos diferenciales. La configuración de unas fronteras diseñadas por armisticios posbélicos tan convencionales como las anteriores y tan caprichosas como las reformas futuras hechas con la misma lógica reivindicativa. Las naciones, las etnias diferentes, la marca distintiva de las culturas autóctonas, los distintos símbolos religiosos, sus complejas liturgias, los ideales colectivos que los alienta, las lenguas que se manipulan en proyectos autistas como freno a la comunicación universal, los códigos jurídicos que se interpretan con grandes márgenes de arbitrariedad y el influjo de muchos poderes fácticos y justifican sentencias judiciales escandalosas, son incultura disfrazada de modernidad y reminiscencias del instinto primigenio de supervivencia. Vestigios de hábitos tribales convertidos en mitos y teologías nuevas. Valores relativos en forma de dogmas absolutos y baldones de ignominia sobre pueblos subyugados e individuos inermes que deben ponerse de rodillas como esclavos porque les falta conexión con las fuentes del poder y del dinero, con los núcleos de los poderes establecidos. Rasgos diferentes nimios transformados en monstruos deformes al servicio de la falsificación de la concordia y la solidaridad de los hombres y los pueblos. Ahí están los fragmentos del antiguo imperio soviético, la desintegración de Yugoslavia y Checoslovaquia. Ahí está el actual sentimiento soberanista que remueve las entrañas de pequeños núcleos humanos, el falso concepto de identidad propia, los crecientes gritos independentistas, insolidarios e imposibles. Hoy ya es más peligroso el pequeño caudillo que la integración de las grandes unidades políticas. Se rebaja el poder absorbente de los grandes y se endurecen los pequeños. Parece la reanimación de la incultura histórica, la claudicación de la racionalidad, y la liberación del instinto ciego primario que se acumula como el grisú de la minas en proclamas explosivas, y estallan como el fuego de los volcanes.
La diplomacia, coartada a la hipocresía del poder. Los líderes hablan de negociaciones y se preparan para la guerra. ¿Qué significan los poderosos arsenales, las sofisticadas armas de matar, en manos de los que preparan la paz? No funcionan los organismos de la diplomacia mundial; defienden para ellos lo que proscriben para los demás, proponen soluciones para resolver problemas ajenos que todavía ellos tienen pendientes y profesan los mismos radicalismos que achacan a sus vecinos. ¡Pura hipocresía! No existen códigos comunes. Las palabras son polisémicas siempre. No existen términos unívocos en las comunicaciones. Cada uno interpreta a su manera la lengua convencional. Ambigüedad, reticencias, interpretaciones diversas. El significado de las palabras siempre a la carta y a gusto de los propios intereses. Una palabra significa una cosa y la contraria. La verdad es exclusiva. Su patria es sagrada, su raza es sagrada, su religión es sagrada, sus tribunales son universales, su lengua es única, su honor se recupera con sangre, su razón es siempre exclusiva. Las únicas verdades son las suyas, las otras no existen o son paganas o “infieles”. Las promesas del “logos” una simple ilusión.
Nadie podrá justificar nunca la ineficacia de los mecanismos mundiales de paz empleados hoy ante los conflictos bélicos que prenden paulatinamente en la tierra, ni aceptar sin reservas una ética de convivencia pacífica que tolera todavía tantas absurdas guerras con el pretexto de ventajas e intereses ocultos de sus fautores. Nadie podrá considerar bueno un orden social que se cobra el tributo silencioso de millones de muertos, inmensos sacrificios que los grandes imponen a los pequeños, el pertinaz empeño de hacer la paz con instrumentos bélicos, de liberar a los pueblos por medio de invasiones, por la movilización de ingentes ejércitos o sofisticadas armas destructoras, por el embargo económico y comercial, por la intimidación nuclear, por el método de tierra quemada. Es el fracaso de la diplomacia, el fracaso de la solidaridad humana, la pervivencia de viejos patrones, viejas supersticiones, hábitos ancestrales improductivos, savia de espíritus prehistóricos y tribales reencarnados todavía en esta etapa inmadura de la historia.
El progreso, una falacia. La diosa razón se ríe hoy a carcajadas de la ingenua credulidad del hombre de este siglo. Pensó conquistar la felicidad y se encontró con el rostro tétrico de la muerte. El gozo de los grandes inventos científicos y técnicos está acompañado de miedo y recelo a su enorme poder destructivo. A mayor desarrollo técnico, mayor sacrificio humano; a mayor desarrollo industrial, mayores arsenales de muerte; a mayor renta productiva, más hambre en el mundo; a mayor desarrollo industrial, mayor desgaste del ecosistema terrestre; a mayor esfuerzo por la paz, mayor belicismo. Al lado de las máquinas buenas se fabrican productos de destrucción y degradación humana. El progreso contamina el aire que respiramos hasta la amenaza de la permanencia de la vida en el planeta, el medio ambiente que agoniza un poco cada día y puede llegar hacerse irrespirable en cortos espacios de tiempo; la informática desarticula el mundo laboral; la investigación genética pone en peligro la dignidad y la felicidad en las manos caprichosas de sus manipuladores, la demografía aumenta en proporciones que sobrepasan los espacios habitables de la tierra y el hambre crece más que los productos de consumo; al lado del confort se instala la marginación social, aumentan los centros siquiátricos, la drogadicción, el sida, el desempleo y el hastío. El hombre muere cada día en el suicidio colectivo del progreso humano incontrolado.
La solidaridad humana, una utopía. Por un lado, la tendencia creciente de una unidad mundial que facilita la concordia colectiva y por el otro, los gustos de mil pueblos humillados en su dignidad humana. La renovación rusa es paralela al peligro desintegrador de sus repúblicas porque todavía se protege la mentira de la soberanía violenta de pueblos obligados a realizar integraciones justas. La pretendida independencia hoy carece de sentido porque ya nadie es absolutamente soberano. No puede haber ni pueblos ni hombres absolutamente independientes porque no existen ni hombres ni pueblos aislados, desconectados del contorno, solitarios, islotes o archipiélagos. El juego está en salir de una órbita de influencia para entrar en otra, renunciar a una nacionalidad para aceptar otra. Ya no hay islas perdidas. La coexistencia pacífica sólo es teórica, un pretexto para evitar la ineludible obligación de participar activamente en la empresa unitaria de la raza humana. La palabra de los jefes tribales de antaño era más efectiva que los complejos protocolos que firman hoy los líderes de los pueblos en los foros oficiales; la honradez del hombre primitivo acusa la hipocresía de los líderes nuevos y la compleja semántica de su diplomacia que actúan como marionetas de intereses ocultos de organismos poderosos y estrategias que defienden el orgullo colectivo y restauran los complejos de sus fracasos y sus frustraciones históricas.
Mentira es el orden institucional, mentira que se resume en los códigos jurídicos que adormecen a las víctimas con el efecto encantador de falsas sentencias judiciales. Lo que hoy es blanco mañana es negro, la misma ley que salva a uno condena a otro. La justicia es el dinero, es el poder, es veleidad de los magistrados e interés propio que se vierte sobre la ruda indefensión de los demás. El supuesto orden de unos es la caótica situación de otros. La injusticia tiene tantas razones como la justicia. La verdad no se diferencia de la mentira. La violencia es la forma de la ley vigente. No tiene más justificación la prosperidad de unos que la marginalidad de otros. Las mismas leyes salvan y matan al mismo tiempo; unas veces vale la letra y otras interesa el espíritu; leyes que absuelven al blanco o condenan al negro con los mismos argumentos. Relativismo hipócrita de una sociedad mal hecha. Violencia blanca que se nutre en la humillación del negro, en el abuso del poder, en el tráfico de la justicia, en la compra de los jueces, en la indefensión de los débiles, en la xenofobia, en el fetichismo de las ideas, en la flaqueza del drogadicto, en la miseria del marginado, en la corrupción de los poderosos. Huellas de las sombrías fantasías pasadas
Se quiebra la tierra de este siglo, agoniza una raza de hombres que fueron reyes del mundo, muere el viejo orden mundial y peligra el aire que se respira y el sol que calienta las arenas de las playas y el agua que se bebe en las fuentes de los caminos. El hombre deshace el espacio que habita y prepara en su inconsciencia su propia autodestrucción. La fiesta de unos pocos ricos no puede ser la servidumbre y el terror de millones de coetáneos hambrientos, ni la alegría de algunos puede ser el llanto de grandes mayorías marginadas. Renace la venganza de las injusticias escondidas en el centro de la historia y los huesos de los muertos de las guerras recientes se remueven en el reposo definitivo de sus tumbas amenazantes y vengativas contra un siglo cruel que los sacrificó como víctimas inocentes y chivos expiatorios en nombre de principios y banderas inútiles. Las venganzas históricas y las sombras deformes de pueblos humillados en su impotencia por pueblos opresores, emergen ahora, como bandadas de murciélagos fotófobos, espantados por el efecto deslumbrante del progreso, deseosos de una justicia que nunca llegaron a disfrutar. Es el renacimiento y la supervivencia de las viejas sombras de naturaleza mítica y fantástica que animó la vida turbulenta y difusa de los siglos pasados.
El mito crea y destruye. El miedo en la noche inventa fantasmas, la ignorancia es tierra fecunda de supersticiones, aquelarres e oscuras actividades mágicas. Las noches de la historia crean los mitos. Los mitos clásicos y los de ahora fermentan siempre en la ignorancia y en la impotencia del hombre ante lo desconocido. Los mitos del pasado, las grandes fantasías sobre hombres y las quimeras de la mitología antigua, aún las más absurdas, disparatadas y crueles, nacieron, como un refuerzo a la limitación humana ante el anhelo legítimo de abrir caminos y cruzar el desierto de la vida. Incluidos los dioses y los seres protectores ultraterrenos son solidarios de sus deseos. Producto de instinto de supervivencia y ensayos para resolver, al menos en forma provisional, los problemas. A falta de explicaciones objetivas y claridad en los fenómenos naturales, sólo quedaba soñar y liberar la fantasía. Se crean soluciones provisionales a sus numerosas inquietudes. Se inventan soluciones y se deforman los hechos reales. Se agranda en la comunidad y se hacen grandes creaciones artísticas, filosóficas, religiosas, políticas. Arquitectura externa que muere pronto y sedimenta en residuos arqueológicos, fósiles científicos y basura sedimentaria. O se recicla en nuevas fantasías. El mito, un producto mental que rellena zonas yermas del conocimiento humano. El “logos” es apenas una luz lejana. Muchos mitos sólo fueron ensayos fallidos momentáneos, desmentidos por explicaciones más adecuadas posteriores que se han ido abriendo paso en la noche. Así nacieron las primeras teogonías y cosmogonías y teologías diferentes. Una teoría científica casi siempre desmonta un mito que, a su vez, puede formar parte de otro sistema mitológico que será desmentido más tarde por nuevos descubrimientos y dejar algún grano áureo en la gran morena de la cultura universal y la humanización progresiva del hombre.
Vivimos todavía en tiempos mágicos. Humanizar es terea ardua. Los mitos tienen una relación muy lejana con la realidad, son leyendas con algún o ningún fundamento real. A veces son absurdas y aún así se convierten en tradiciones sacras. La tradición solo tiene el valor de la reiteración acertada o desacertada de una conducta popular. Son producto imaginario, ficciones subjetivas iguales a las fabulas de antaño. El mito desconecta de la realidad pasada y la viabilidad de proyectos futuros. Mentiras pasadas y a veces utopías futuras. Andan en el mundo de las ensoñaciones, en el campo de los afectos elementales y en sentido de ensayos arriesgados. La afinidad y calor popular de la tribu alimenta su halo mágico, recalientan hasta emociones explosivas, la hostilidad recelosa de los moradores de las colinas cercanas. Infunden emoción a los himnos y al folclor festivo. Su entusiasmo imprime el rostro de sus dioses en las rocas, en las cuevas y los altares de los templos. Ensalzan las tradiciones comunes, animan prácticas rituales y empresas comunes. Fomentan el amor a la patria chica, exaltan los ideales colectivos de la patria grande, el entusiasmo o el dolor en las empresas compartidas, alegres e ingratas. Son afectos primarios que se convierten en tormentas incontrolables, ciegas inundaciones emocionales. A veces buenas, si se ponen a favor de causas justas, y a veces malas, si sirven a dioses falsos. Tan cordiales por su calor humano como engañosas por su desmesura.
Mitología pura. Es el afecto integrador que fermenta en los templos, en las cuevas, bajo la mirada de dioses poderosos que apoyan su indigencia, regalan las lluvias y los cálidos rayos del sol, controla los vientos y las tormentas invernales, el infinito piélago que atemoriza a la gente que cruza los mares, ampara los poblados al pie de las montañas, en los castros, las murallas. El mito es el padre de la fecundidad, el impulso creador de los pueblos, el germen de la corriente del progreso y su proyección futura. La necesidad impulsa las grandes creaciones humanas sobre el barro que se pisa, primero míticas, después científicas y de nuevo otra vez barro y arqueología. El camino puede ser derecho en sentido humano y también puede derivar por derroteros luctuosos. Convertirse en máquinas letales y crueles mentiras. Los mitos pueden ser buenos y malos, según la razón de sus impulsos. Su punto de arranque es noble y plausible, pretende la supervivencia del hombre y de los pueblos en su ecosistema, en su relación con los pueblos vecinos. Hay mitos colectivos e individuales. Cada individuo, cada pueblo, proyecta sus ensoñaciones particulares dentro de la atmósfera común del contorno que habita y es cómplice de su medio ambiente. Es fuente de grandes creaciones humanas que se pueden conservar como conquistas de valor universal y causa al mismo tiempo de grandes hecatombes, genocidios, tiranías que todavía avergüenzan a los pueblos civilizados de hoy.
Mitos amables. El mito tiene su cara amable. Todos los pueblos tienen su mitología, hacen artefactos materiales y mentales en la arena al ritmo de sus creencias. El instinto social crea estructuras civilizadas porque el hombre, como las plantas, como los demás animales, se adapta y se defiende en su medio. Conchas, caparazones, creencias, respuestas provisiones ante lo desconocido. Dioses buenos y malos, fabricados a voluntad de sus necesidades, providentes y vengativos. Paraísos perdidos en la memoria nostálgica de soñadores, épocas doradas cuyas lanzas se fundieron en rejas, ideales impolutos, banderas triunfantes y luego rotas y humilladas, mesías salvadores interpuestos entre los dioses y los hombres, profetas y líderes que se cruzan en el camino y gritan en los desiertos con voz agónica. Telas de araña, megalomanías del hombre-hormiga, el hombre-enano, el Segismundo encadenado, el granito de arena en el torbellino de la evolución cósmica en el tiempo y el espacio inconmensurables, que se cree inmortal e invulnerable. ¡Mitos y fantasías!
Los mitos nacen y evolucionan a merced de las necesidades de los pueblos en la oscuridad de la noche. Unos se esfuman a la aurora de la ciencia como animales fotófobos, otros más verosímiles y más alegres pueden camuflarse como dogmas fundamentales de grandes instituciones y sociedades benéficas y otros se transmutan y camuflan, como virus mutantes, en forma de tradiciones y herencia cultural. ¡Cuántos mitos comunes de pueblos primitivos son grandes dogmas de fe en muchas religiones vivas de hoy y cuántas engañosas fantasías de los antepasados se conservan en el venerable legado de las tradiciones como señales de identidad de pueblos que confunden la savia creadora con la basura histórica! Hay reencarnación y falsas resurrecciones. Se adaptan de nuevo a las circunstancias para servir a otras necesidades. La experiencia de su limitación conduce al hombre a sueños de espacios transcendentes como desahogo a sus anhelos frustrados de felicidad. Su impotencia, su naufragio en las coordenadas de espacio y el tiempo infinito que le desborda por todos los costados, origina millones de mitos salvadores como tablas de salvación, como chalecos salvavidas, en el inmenso piélago de la vida. En su ingenua credulidad fabrica los mitos más alegres como los más deformes para saciar su tenaz instinto inquisidor y su radical impotencia para resolver sus enigmas. Es la tortura de la duda y sus infinitas preguntas sin respuesta que asedian, como buitres, la tregua de su esperanza inútil.
La ardua lucha de la Cultura es el mayor enemigo del mito. Ella misma reciba también el contagio de sus efectos erosivos. Las fronteras nunca son claras entre el mito, la creencia, y el destino. El esfuerzo de ofrecer explicaciones objetivas a los fenómenos, va difuminando los fantasmas más absurdos de los pueblos. Y hasta se hizo creer muchas veces que la era de los mitos había desaparecido de la faz de la tierra bajo el entusiasmo de alguna pequeña conquista. Así lo creyeron los griegos y los humanistas del Renacimiento, la profesión de verdades reveladas únicas y exclusivas, las promesas de la ciencia moderna, la pretensión de la “razón pura” contra la metafísica, el utilitarismo contra la moral, las luces de la diosa razón dieciochesca. No ha sido así. La mitificación prosigue. La cultura actual es el resultado de un largo proceso de evolución tan larga como la historia humana que no ha terminado todavía porque las adherencias de la irracionalidad son tenaces y resistentes. El mito se hace fuerte en el clan, se entromete en el proceso aún hoy, recela con hostilidad contra sus vecinos, fabrica unas murallas para protegerse, máquina de exterminio masivo del agresor, enciende guerras crueles en zonas rojas de este siglo en nombre de la mentira de la raza, de la religión, de la geografía, del color de la piel, de la lengua. Conserva en forma ciega y espontánea sus creencias religiosas y las notas coloristas de su caparazón cultural que le ofrece el aire que respira en su cuna y la contingencia de su origen de nacimiento y su coordenada geográfica. La guerra es un recurso para librarse de los miedos internos y defender la amenaza de los enemigos externos y justificar el orgullo colectivo del pueblo amenazado, el orgullo engañoso de una sangre pura e incontaminada, la humillación rencorosa de ideales sometidos y dominados, el sentimiento del círculo casual de la tierra que se ocupa. El mito es dinamismo, impulso de vida y muerte al mismo tiempo, crea y destruye, avanza y retrocede, vivifica y mata.
Cara hostil. Y tiene su cara negra y hostil. La inseguridad crea miedo y recelo. Y el miedo degenera en agresividad y hasta se convierte en llamarada de odios crónicos y belicosos que se endurecen en las fronteras, en los límites del espacio dominado, en las diferencias folclóricas. La historia del hombre es una historia luctuosa y manchada de sangre en cada hito del tiempo y en cada palmo de tierra. Ayer y hoy. La saña de los mitos en el subsuelo de la historia. La violencia recelosa y vengativa se asienta en cada ladera del conflicto. No hay inocentes y culpables. Hay víctimas, miedo e indigencia. El siglo veinte, uno de los más tenebrosos. Acaso por espejismo de su cercanía. La guerra es un deber. Se hacen guerras santas, se les llama cruzadas, se ondea la dignidad nacional, orgullo de la sangre, razones humanitarias. El mito late bajo la fuerza de la racionalidad. Se escriben códigos legales, se practican tradiciones, se dan ultimatos, se coleccionan trofeos y se graban las victorias en monumentos de piedra, se reprimen como lava volcánica explosiva las derrotas en la memoria en espera de la represalia oportuna, se integran en el acervo histórico verdadero y errático, se hacen ideales y se dibujan en las banderas y en los emblemas colectivos, se ciegan los cauces racionales y se abren las compuertas de las represiones reprimidas irracionales. Se falsifican las etapas más ignominiosas de la historia y se evocan las grandes solemnidades con grandes fastos. En el fondo la fuerza de la magia y la indigencia.
A la vez que tensión vital, impulso de progreso, explosión de vida nueva, animación cultural, es magia individual y colectiva. También pregona los colores propios y los signos de identidad de los pueblos que cantan y lloran en común, promueven las grandes conquistas y crea grandes campañas liberadoras con víctimas imprescindibles en la reconquista de la justicia y la auténtica superación humana. Impulso de vida contra el desafío a la muerte ¡El mito es la bandera de los pueblos que también tiene su cara blanca, salvadora, vital! Las degradaciones del mito errático y cruel no puede ocultar el impulso creativo que alienta desde dentro la razón de las causas justas, el esfuerzo que realizan por su mano las minorías acorraladas para librarse de la humillación. A veces, es la respuesta inevitable de los que están condenados a morir de hambre entre la opulencia de los vencedores o el simple esfuerzo de caminar juntos en la noche y en la adversidad por los mismos derroteros y bajo la luz de las mismas estrellas. Puede suceder que el punto de arranque sea un deseo frustrado, una humillación histórica, la exaltación desmesurada de lo trivial, la alegría de una escaramuza con éxito, el efecto encantador de su pequeño caudillo, el espejismo deslumbrante de una época esplendorosa, la superación sobresaltada de formas primitivas y tribales. Puede suceder que el impuso de vida renazca en la lección positiva de muchos errores cometidos en la impunidad de los tiempos perdidos, en la superación de los obstáculos que imponen las piedras del ascenso de grandes empresas o la inmersión aséptica de una desmitificación científica y limpia dentro del cauce universal de la única cultura. En todo un rayo de luz, un salto más o menos largo en el tiempo, un hito en la lucha contra la superación. El mito es hoy punto de arranque del mediocre esplendor de la actual civilización moderna aún enredado en las mallas de los grandes triunfos científicos actuales. Escondido en las sinuosidades que el afecto casero desbordante y las fuerzas oscuras del subconsciente primitivo ha ido sorteando entre luces y sombras en lucha contra la limitación humana. Tenazmente adherido a las piedras del tiempo, como un impuro magma, confundido con las negativas experiencias del pasado el deseo irrefrenable de vivir, practicar juntos las tradiciones comunes y conservarlas con todo el boato y a cualquier precio.
La primera pulsión creadora del hombre, la primera fantasía, el primer mito, el primer ideal, nace cuando el hombre constata la impotencia de sus brazos ante el peligro, cuando palpa su ignorancia entre los misterios de la vida, cuando recibe el impacto de la fugacidad de sus afectos que fenecen en sus manos, cuando comprueba el abismo del mal que le acecha por todas partes y el torbellino que le arrastra a una lucha sin cuartel para sobrevivir. Los seres sin conciencia no crean mitos. En cambio el hombre no soporta la experiencia amarga de su naufragio en el mar proceloso de su existencia y lanza al mar tenebroso de su ignorancia la góndola de sus creencias como verdaderos salvavidas a los que se aferra con firmeza. Se busca en la noche la mano de los dioses protectores y el consuelo de ideas salvadoras más alegres y optimistas. Se organiza la ciudad terrena y también crea el mundo mágico de muchos seres ficticios que protegen su entorno vital, las aguas de sus fuentes, la soledad de los bosques umbríos, las cumbres de las montañas, sus viviendas y poblados, y hacen infalibles las formas de su propia ignorancia y sus miedos. Nace la magia, las ninfas, los héroes, los dioses antropomórficos, los ángeles buenos y malos, las brujas, las meigas amigas, los lares, los patronos de los pueblos, los espíritus errantes de los muertos, una gran hermandad cósmica consoladora como ayuda a su indigencia. Es la pobre felicidad que deriva de una desgraciada y ciega forma de vivir y la pobre libertad del hombre que nunca ha tenido conciencia de su esclavitud y sueña fiestas de su albedrío entre chirriantes sonidos de cadenas y doloridos gemidos de esclavo.
Las formas civilizadas, los pueblos, cada hombre particular, conserva zonas mitológicas ocultas. La fantasía es la prehistoria del hombre y sobre los mitos clásicos se filtra el "logos", en un tiempo y lugar determinado de las historia, como un desafío a la larga anoche del tiempo. La linterna del “logos” en ristre, y como resultado del esfuerzo titánico de siglos en lucha contra el caos, la vida en la caverna del mito se ilumina con la aurora racional. La lucha entre los dos bandos, la fantasía y la razón, se realiza ya en la aurora del acontecer histórico y se prolonga hasta nuestro tiempo. Si bien el campo de la fantasía cede lentamente campo y entra en proceso de recesión progresiva a medida que avanza el progreso humano. Los viejos mitos siguen vigentes con mayor o menor pertinacia, la racionalidad humana está todavía empapada de visiones oníricas, los grandes y pequeños dioses, se mezclan en pacífica convivencia con la vida social de los pueblos actuales sean manifestaciones tribales de pueblos primitivos sean crédulos y orgullosos grupos civilizados. Aunque con lentitud y sin planificación precisa, se acelera el efecto desmitificador. La razón lucha para desmantelar la compleja acumulación de adherencias mágicas que el tiempo ha colocado en la entraña de la nueva cultural porque la mitomanía es un resabio crónico y las sombras de los fantasmas se reproducen en sus cenizas al ritmo de las necesidades de los tiempos y de las angustias humanas. Los esfuerzos por despejar el camino de la verdadera cultura, a veces, no producen más efecto que encallecer, enquistar y disfrazar la deforme figura de mitos anteriores y sus insuficientes métodos de escalar la cuesta del progreso.
Aporte de la fantasía. El hombre es un ser fantaseador. No ha logrado su plena madurez racional y humana. Para curar el dolor de sus necesidades, suavizar el sufrimiento de sus angustias, resolver los enigmas que le ofrece la vida, inventa sucedáneos y placebos como grandes verdades, metamorfosea su producto mental para vivir, inventa para cauterizar el dolor de su soledad individual y colectiva, realiza empresas humanas en colaboración con los vecinos más cercanos y levanta grandiosas residencias sagradas para sus socios divinos, construye sus ciudades terrenas y sus paraísos celestes. La fantasía es la solución más fácil y en realidad la base de las formas civilizadas más lúcidas y las más deformes al mismo tiempo porque su esfuerzo es ciego y se acompaña de ciegos instintos primarios. La cultura actual, tomada en su sentido más amplio y sus variaciones polifónicas y contagios mágicos, es hoy el resumen de los ensayos y errores de la humanidad a través del tiempo en un amplio esfuerzo de superación progresiva del mito. Gracias a esta creatividad y esfuerzo colectivo, crece la sociedad, progresa la ciencia, se desarrolla la verdadera imagen del hombre en cada época. Cerca, la única cultura universal del hombre.
Tanto las creencias religiosas como las teorías de las ciencias naturales están en proceso de renovación. Los mitos clásicos son soluciones engañosas a problemas vitales del hombre cuando no hay mejores explicaciones a la ignorancia. Hoy son sólo literatura y testimonio escrito. Muchos de sus inventos y soluciones provisionales se han ido desgastando a través del tiempo, se han sedimentado como pírricas victoria seculares en la historia de las aventuras inútiles y errores cometidos; pero no se han perdido del todo. El hombre aprende muy mal las lecciones negativas de sus errores pasados. Pero tampoco lo olvida todo. Las ruinas de los templos babilónicos se reorganizan en las bases de los templos griegos para proteger a sus divinidades. El sentido numérico del hombre permanece. Las mismas llaves que cierran los santuarios olímpicos abren los templos romanos cuyos divinos moradores apenas si cambian de nombre. Los cristianos ocupan foros, basílicas y recónditos edículos ofrecidos a las deidades del imperio de los césares y superponen sobre sus pedestales los signos del crucificado. De igual manera se reconvierten las ruinas de otras manifestaciones religiosas precedentes en mezquitas árabes, en sinagogas judías, en pagodas orientales, en santerías de los brujos del mundo. Unos mitos se apiñan sobre toros. Los ritos que se ofrecen a cada divinidad en una parte de la tierra es la misma materia mágica en transformación constante que se moldea en otra. Y al fondo la misma ingenua credulidad del hombre inerme y vulnerable, la misma ciega sumisión y la misma indigencia humana al servicio de sus propias fantasías y propias ficciones hechas al filo de su angustia.
Los mitos se enquistan, se endurecen entre los productos mentales y erosionan lentamente el progreso de los grupos humanos. No son cultura aunque se mezclen con ella y se le llame así por falta de precisión del lenguaje porque en vez de contribuir a la humanización del hombre lo degradan. Se calcifica, se petrifican, se cruzan en el camino de su aventura humana con el color de la fantasía humana y el calor de los afectos, ofrecen soluciones definitivas a problemas estrictamente temporales, se hacen iconos de arcilla y terracota en culturas diferentes, piedras sagradas, rituales indiscutibles, verdades absolutas, dogmas infalibles, se hacen tradición muerta que impiden la corriente rectilínea de la savia humana y contaminan el verdadero rostro de la verdadera cultura universal con supersticiones, leyendas y milagros que nada tienen que ver con ella. Pero no impiden la marcha ascendente del progreso. Se transforman en carga ciega e irracional de tonos afectivos y caseros, se agranda con demasía su funcionalidad social, se colocan como fetiches en las almenas de los castillos y en los torreones de los templos y en las consignas doctrinales de ideologías teocráticas. Pero también mueven grandes empresas humanas y desencadenan aventuras a veces tan gloriosas y progresistas como ominosas y vergonzantes para los siglos futuros las otras. Juntos inmovilismo pétreo e impulso desbordado. Masa mágica estática y lentamente dúctil. Afecto exagerado de la grandeza propia y recelo hacia los demás, que es causa de grandes conflictos entre los grupos humanos, fuerzas contrarias que pueden generar como mucho una lección negativa de los propios errores a la vista.
Si bien el mito puede ser en su origen un primer y limpio ensayo de progreso humanizador, el tiempo lo deforma. El mito se desgasta, se enquista, pierde funcionalidad, se convierte en elemento dañino, a veces material de desecho en los basureros y a veces ángeles perversos disfrazados, con forma de pequeños y grandes monstruos con banderas negras de bucaneros al frente y banderas de alegres aventuras. Lo que nace como producto salvador se convierte por efecto del tiempo en lava corrosiva y destructora. Primero es impulso de vida y luego es savia mortal. Su función redentora original sufre mutaciones degradantes en el proceso evolutivo que mueve a las sociedades. Solo su efecto humanizador, su primigenia intención de resolver enigmas humanos, puede salvar o condenar la deformación de un proceso humano. Aún aparentes y nobles ideales temporeros, fecundos y renovadores, se deterioran con el tiempo y se transforman en dogmas y creencias, se deshumanizan, pierden sus funciones y se convertirse en mordazas y ortopedias a la auténtica esencia humana. Mucho más las mitologías abiertamente deformantes, erráticas en los principios, provocadas por intereses espurios, creadas por los medios de comunicación, por las egolatrías de ciertos pueblos, por las alucinaciones de profetas nuevos y reformadores. Así las grandes creaciones que nacen como fuentes de vida también lo son de muerte, nacen con vocación salvadora y se convierten en tortura para el ser humano. La medida es siempre el hombre. Las grandes ficciones que no revierten sus frutos en beneficios humanos, pasarán a ser grandes mentiras por efecto del tiempo destructor, producto residual de los afectos desbordados, fósiles, fetiches, alucinaciones, espejismos. La misma civilización moderna no tiene más garantía de supervivencia que las mitologías del pasado, así sea su deslumbrante desarrollo técnico, si no ofrece mayores referencias a la maduración del hombre.
Mitificar por lo tanto no sólo es humanizar sino sembrar el embrión de nuevos conflictos y empezar la cadena de corrupción. El hombre camina y el mito se enquista. La cultura, la verdadera cultura, crece y la creencia se deforma. El mito tiene naturaleza mágica y corruptible. La libertad, la dignidad humana, los derechos del hombre, son la entraña de la cultura. Lo demás es magma. Los ideales de los pueblos que provienen de la mitología pierden su sentido salvador, se degradan, cuando se convierten en credos infalibles y piezas religiosas. Esos ideales que iluminan el camino desde las estrellas de la fantasía se apagan lentamente, degeneran, se deforman y dejan el camino en la oscuridad más completa y en completo fracaso. Muchos presupuestos sociales temporeros de ayer se conocen hoy como mitos más o menos rudos. Muchas verdades de hoy también serán mitos mañana y pasarán a los libros de filosofía, a los libros de literatura, al folclor popular y a los museos históricos para admirar allí sus reliquias y su desfase funcional, la huellas de sus éxitos y sus fracasos. Y nada en el futuro ha de durar más que duraron las cosas pasadas. Su humanismo será la única aportación válida que pueden ofrecer al futuro. Los pueblos crecen en proyección de futuro sobre los restos degradados del pasado, sobre la lección la lección de su esfuerzo y no en la recuperación mimética de la basura del pasado, en los diseños de nuevos caminos y no en la resurrección de huesos fantasmales pretéritos. Fuera de su estímulo a la vida, el pasado sólo son piezas carcomidas con mayor o menor valor artístico y documental, rasgos diferenciadores de las distintas civilizaciones muy buenas para estudiosos y los archivos arqueológicos. Aún así la mitomanía sigue vigente en nuestra tierra hoy lo mismo que antaño por la tendencia humana a la deformación fantástica. Si los mitos nacen al impulso noble del deseo de entrar en los misterios de la naturaleza y superar las tinieblas de una época oscura o un enigma indescifrable, también crece su efecto autodestructivo. Su silueta, como la de los fantasmas, poco cambia en el tiempo, simplemente remueva su piel o su color como el mimetismo de los animales en cada época, adapta su forma a circunstancias distintas. Unos pierden su vigencia y otros recubren su anacrónica crueldad con nuevos nombres y rancias funciones sociales.
Estos mitos, convertidos en objetos sagrados, en liturgias religiosas, en símbolos numénicos, en señas de identidad, en rasgos propios de la etnia, de las costumbres, de las religiones particulares, de las lenguas propias, son enemigos de la auténtica cultura que intenta imponerse en este siglo. Mugre mágica escondida en las ambiguas significaciones de la terminología cultual. Veremos numerosas prácticas actuales en el esplendor de la vigencia social que son verdaderas supersticiones y rudas mentiras del tiempo. La raza pura es un mito, la sangre pura es un mito, las reliquias de los muertos son mitos, la nación propia es un mito, las religiones son mitos, las lenguas particulares son mitos, los muros y alambradas de púas en las fronteras son mitos, la soberanía absoluta es un mito, la propiedad privada absoluta es absoluta, la diplomacia ambigua y la relaciones internacional todavía son mitos. En cambio, el hombre, su integridad e igualdad, su libertad de pensar, opinar y defender su opiniones, la necesidad de comunicarse con los vecinos, su autonomía, su dignidad, su felicidad, su dolor, su sangre roja, sus amores y sus afectos, son criterios objetivos de integración social y conforman el verdadero concepto de cultura global. Los peores enemigos del hombre hoy no son los agentes naturales a pesar de ser muy graves, ni son las fieras que han quedado recluidas a los parques zoológicos porque se han domesticado o entrado en vías de extinción en reservas selváticas. El mayor enemigo del hombre es la mitomanía humana. Quien dijo una vez que el hombre es un lobo para los demás hombres no desconocía la condición humana ni ignoraba la deformación que puede derivar del impulso de sus instintos ciegos.
Nadie ha sacrificado más seres humanos ni derramado más sangre humana en aras de sus creencias, en ara de su sectarismo ideológico, político o religioso, en fiestas macabras, en cruentas y santas guerras, en sacrificios a los dioses, en genocidios masivos, en campos de exterminio al servicio de una idea, en luchas tribales, en defensa del orgullo nacional, en venganzas de supuestos honores zaheridos, en el receloso placer de eliminar a los adversarios, en actos de venganza colectiva y acciones terroristas. Este siglo es testimonio reciente del grado de saña y refinamiento destructor que pueden ejercer unos hombres contra otros. El mito, es un pequeño, intolerante y morboso contagio congénito que circula por la corriente espiritual de la evolución cultural de los pueblos difícil de erradicar. Véanse las mitografías de todos los tiempos. Cuanto más se persigue, mayores defensas crean en su entorno. Si se desarma la mentira de la sangre azul se inventa la dictadura del proletariado. Si fracasa el poder del proletariado, nace el poder de las finanzas y las concentraciones plutocráticas modernas. Si fenecen en su impotencia los dioses providentes medievales, nace la diosa razón y multitud de númenes sectarios a gusto de cada uno. El mito en estado mutante, con muchas cabezas, escurridizo y burlón a veces, hostil con sus vecinos y que mantiene escasa relación con el “homo sapiens” que impulsa el movimiento ascendente de la historia.
Esa mitomanía superviviente en la conciencia del hombre de este siglo es la causa de las grandes tragedias que motean de color rojo y sufrimiento permanente la geografía y el rostro de este siglo que termina. Vergüenza para nuestros herederos. Viven todavía los grandes mitos de antaño. Se introducen en los lóbulos cerebrales más oscuros como contagios patógenos de la herencia genética y sobrepasan las fuerzas de la razón que buscan la concordia entre todos. Se prolongan en el tiempo como tentáculos contaminados que ocasionan grandes males y muchas guerras actuales. Son los mismos demiurgos de antaño, los fetiches de las banderas nacionales, los sentimientos patrióticos, el orgullo de la raza que genera crueles sentimiento xenófobos, la vivencia de pueblos elegidos y la añoranza de reinos inexistentes, el contagio absurdo excluyente e insolidario de pueblos mesiánicos, las luchas religiosas, la creencia de verdades infalibles y superiores que humillan a sus semejantes, valores absolutos y únicos, libres de connotación temporal y mudable, las supersticiones y las sectas, las inmersiones lingüísticas, las limpiezas étnicas, las segregaciones clasista, cultural y económica.
El criterio del hombre nuevo es el humanismo. Una humanización que sólo es posible dentro de la interiorización cultural unitaria frente a los actuales y pequeños demonios caseros que corroen la conciencia y la concordia de muchos hombres en su disgregación y la desmesura diferenciadora. El proyecto de una solidaridad e integración de individuos y pueblos en unidades mundiales fuera de viejos conceptos mágicos no puede ser una utopía después de tantos ensayos fallidos por lograr la convivencia humana y el fiasco de los pueblos de este siglo por conseguir la paz. Hay dictadores, hay terrorismo, hay prepotencia militar en los grandes, hay invasiones, hay mimetismo bélico. El hombre no ha aprendido a dialogar. Aún teniendo presente el talante propio de los pueblos y los individuos y ciertas señales de identificación personal o colectiva no se puede perder de vista el sentido unitario de la aventura humana y la unidad de la historia por encima de mezquinos y llorones soliloquios y nostálgicas elegías que son el sedimento afectivo de las frustraciones de su pasado. El sentido de la historia es ascendente y solidario. Muchos elementos degradantes se esconden en el magma de producto mental. Es la rudeza de viejas mentiras, viejas sombras del pasado, que se reencarnan en configuraciones modernas, con nombres civilizados. Son viejas alucinaciones oníricas y feos monstruos que como ayer se alimentan de sangre y sufrimiento humano, devoran a los hombres y a los pueblos con la misma saña de antaño y son muy resistentes al proceso cultural de la historia. Debe romperse su hecho y evitar su conjuro siniestro para salvar al hombre. Los examinaremos en los capítulos siguientes.
2.- EL MITO DE LAS INSTITUCIONES
Se hace camino al andar. El hombre convencido de su inseguridad sobre la tierra se afana en construir su morada terrenal y crear su propia tela de araña y su arquitectura protectora. Busca refugios y vestimenta. Se apodera del espacio que habita, lo cultiva, construye pueblos, hace caminos, carreteras, puentes, moradas para protegerse del frío y murallas para defenderse de los enemigos. Un habitáculo, una concha, una coraza, un cálido clima social, un nido como las aves, una guarida como las alimañas. Destila su epidermis, su cubil exterior y clima ambiental, chozas, edificios, costumbres, códigos legales. Todo para proteger la entraña humana. La diferencia es la nota característica de su entorno humano. Cada pueblo abre sus senderos particulares, con rodeos y atajos estratégicos. Incluso cada hombre conforma a su medida su propio habitáculo. El mimetismo social es equivalente al instinto de los animales en su comportamiento sin que llegue a nivelar los actos aunque los mantiene dentro de moldes comunes. En común organiza la defensa con la hostilidad del mundo externo y recela de la agresividad de la convivencia interna. Inventa los refugios, se encierra en una caverna, construye palafitos, levanta poblados a la sombra de unas rocas, al amparo de un monte, a la orilla de un río, en torno a una fuente taumatúrgica, a la sombra de un castillo, edifica chozas rudimentarias de caña y barro, construye fortalezas, palacios, alcázares, grandes fortines de cemento, aldeas rurales y ciudades, faustos conmemorativos y cíclicas celebraciones numénicas. Caminos nebulosos que van desde la caverna y los palafitos lacustres hasta las ciudades modernas, hasta los proyectos de las futuras ciudades-islas y ciudades espaciales.
Nacen las grandes y pequeñas instituciones, se asienta el dominio sobre la tierra acotada del planeta y se hacen pactos con los vecinos para confirmar su estabilidad en cada época. Sus costumbres marcan las relaciones del clan, la convivencia familiar, los usos laborales, la actividad económica. Recopila normas, orales y escritas, crea asociaciones religiosas para relacionarse con los dioses, romerías populares para sus devotos y honras fúnebres para los muertos, se celebran solemnes ritos nupciales y las fiestas de los frutos de la tierra. Se proclaman a sus jefes visibles jerárquicos, magos, jueces, hechiceros, ancianos, sacerdotes, que vigilan la ortodoxia, cierran las puertas al contagio exterior, endurecen el tiempo y estratifican los hábitos sociales. Las instituciones contribuyen a la humanización del hombre, llevan en su seno como madres gestantes, el germen de una mayor madurez humana que evoluciona siempre estado mutante Pero el hombre y la cultura van por dentro.
Las instituciones son carcasas que protegen la esencia de la historia. El andamiaje externo que fortalece la cohesión social e impulsa la renovación. Corsés que endurecen peligrosamente la conducta y aumentan el instinto gregario hasta su degradación. Al enquistarse la conducta se origina la confusión y el caos. Es el trágico destino de la evolución que une la vida y la muerte, la corrupción y la generación, la renovación del cambio epidérmico y la línea ascendente de la vida humana. El colorido del progreso es el espejismo que confunde el esplendor de unos caminos que conducen al abismo. Silbidos de sirena, vida y muerte juntos. Sus formas multicolores, sus fiestas patrióticas, alegrías folclóricas, muchas veces es cizaña, magia y follaje caduco que se mezcla con pepitas de hierba buena que engorda la Cultura Universal. Pocas veces el hombre distingue con claridad el campo de los nimios afectos caseros y los grades proyectos humanos, entre sus sueños y la realidad, entre sus fines y los medios, en la médula humana y su cáscara temporal, entre la savia interna y epidérmico. Se aferra a sus creaciones, caducas, veleidosas, versátiles, adaptativas, degradables, como si fueran valores perennes. Sobrevalora el éxito de sus pequeñas conquistas, el fervor religioso a sus deidades y las fiestas de sus victorias. Celebra el pasado y disfruta el espejismo de las civilizaciones, el alegre color de las banderas y el entusiasmo de sus conquistas con perjuicio de sus proyectos futuros.
El progreso se hace entre sombras y luces, entre ensayos y errores. Mejorando siempre lo presente y convergente a los valores humanos universales. Desde los morteros para moler los áridos, las piedras movidas a mano para molturar el trigo y el aceite, los molinos de agua en fríos riachuelos de montaña, las aceñas de ríos caudalosos, hasta las industrias modernas de pan y repostería. Desde las redes y las flechas de pescar para el sustento cotidiano, hasta los buques pesqueros informatizados que esquilman los mares. Desde la recolección de alimentos silvestres, las primeras siembras a mano, el arado romano de tracción animal, los tractores, hasta las máquinas cosechadoras, las centrales hidráulicas, centrales térmicas y atómicas de la industria moderna, la robótica e informática que abre el futuro de la comunicación. Desde las pirámides, los mausoleos, los sarcófagos funerarios, las pompas fúnebres, las piras, hasta los suntuosos cementerios actuales y los hornos crematorios. Desde los signos rupestres más elementales, hasta las catedrales, los castillos, los alcázares, las mezquitas, las pagodas, levantadas en honor de dioses inmortales y por orgullo del hombre. Desde las quijadas de asnos del cainismo primitivo, las hondas, las catapultas, hasta la pólvora, los misiles, las armas químicas, la guerra de las galaxias y selectivas como prueba de refinamiento y su persistente irenismo radical a través de medios degradantes y perversos. El folclor festivo popular, las celebraciones patronales, las peregrinaciones a las mecas, los exvotos y sufragios a los difuntos, la música y las danzas diferentes que evocan alegrías y fracasos históricos y engrandecen los mitos como su hondo anhelo de vivir. Desde el adobe, el cascote, la caña y el barro de los pueblos primitivos, hasta el hormigón, el ladrillo, la madera y cristal. Desde la comunicación por mensajes lejanos y tardíos, postas, mensajeros expresos, correos, hasta los actuales sistemas de comunicación cibernética instantánea y técnica diariamente superada. El CP comprado ayer es chatarra hoy. Es el rasguño del hombre-hormiga en las centurias, los grandes hormigueros, arrecifes y atolones de madréporas humanas, telas de araña para alimentarse, para resistir las inclemencias. Es la colmena humana, la concha de las almejas, el estuche de las perlas, el andamio de la construcción, la cáscara civilizada de los pueblos, la variedad y polifonía exterior, el escombro, el cascajo, los detritos, loa espejismos y visiones virtuales, eufemismos, abalorios y estrategias del desarrollo, arqueología y fósiles. Es la fachada exterior de la historia humana. El hombre y la cultura son otra cosa.
Esa variedad de formas y mitos, es el conjuro de los miedos internos que se manifiesta el colorido de las formas civilizadas. Leyendas, fábulas, pacotilla, material deleznable, follaje. Los pequeños éxitos y estrategias adaptativas se adornan de magia festiva. La magia de las pequeñas conquistas y el iluso placebo que mitiga el dolor de los fracasos individuales y colectivos. En realidad, ese material remansado en los rincones de la convivencia humana es sarro de las chimeneas, sarro mágico que se endurece en la incuria colectiva, retarda el caudal de la vida, resta vitalidad a las instituciones y ralentiza el tiempo. Un recuerdo borroso, un eco lejano, una huella en estratos geológicos de la sociedad, acaso una reliquia, huesos carcomidos de los museos como señuelo de interés turístico. Este habitáculo es cambiante y plástico, hecho a imagen y semejanza del hombre en espacio y tiempo muy cortos aunque sean columnas de mármol, granito, cemento armado o se midan en siglos y dimensiones perdurables y eternas.
El hombre es el dueño absoluto de este feudo. Su príncipe. Todo está a sus pies, en efecto, como producto de sus manos, amasado con su sudor y sangre, tiene su linaje y pertenece a su estirpe. Pequeño orgullo de aportación solidaria. El hombre ama a su entorno como ama a sus propiedades, combina unos afectos con otros y los contagia a la manada humana. Es la causa de la desfiguración colectiva, la erosión legendaria, la génesis de la irracionalidad, la visión onírica de una realidad vaporosa. Es la calina afectiva y ciega que obstruye el camino. Muy cordiales en su origen; pero niebla impenetrable en el itinerario. Un calor colectivo es inflamable y crea las revoluciones, las campañas bélicas, en sentimiento hostil. Sobre los efectos creativos se instala el mito, el submundo afectivo, la ignorancia ancestral, la rutina y la incuria socializada. Puede animar grandes conquistas humanas si se orienta en sentido positivo hacia el futuro. Pero puede conducir a la nada y al caos si se orienta hacia visiones alucinadas del pasado. Y en todo caso, ahí nace la ataxia social y la parálisis del desarrollo. El mito cambia los valores temporales en verdades absolutos y mezcla el brillo deslumbrante de las conquistas técnicas con los valores humanos que llevan por dentro.
Las formas primitivas de organización social de pueblos ácratas ofrecen poca protección humana a grupos humanos de historia reciente con débil epidermis y escaso entramado social. Pero la hiper-institución de pueblos más consolidados socialmente también es peligrosa. La historia nos enseña que las formas civilizadas se levantan unas sobre las ruinas de las otras y se modifican como los cauces de los ríos al paso de la corriente evolutiva. Su complejidad se enreda hasta perder vitalidad y entrar en proceso decadente. Las piezas gastadas, inservibles, llenan los cementerios de progreso. Tierra de relleno. Piedras gastadas pueden ser de nuevo primeras piedras de proyectos nuevos. Otra vez el destino trágico de los éxitos puntuales sociales y técnicos de los pueblos que afecta a la naturaleza caduca y al fatal destino del montaje civilizado que se derrumba siempre sobre su propio esplendor. Estas diferencias de los pueblos, por el calor colectivo que implican, impropiamente se llaman cultura porque solo afecta a la realidad externa del hombre no a su esencia humana. En el mejor de los casos es amalgama de incultura y anticultura. Sería bueno analizar las huellas mágicas que todavía conserva la “cultura occidental” de hoy, la mugre supersticiosa que se ha pegado a las paredes de su tejido culto. Desde Babilonia, Egipto, Grecia, Roma, Godos, Árabes, hasta la marca anglosajona, las impronta ibéricas en nuevo mundo, los ensayos erráticos de tiranías crueles, la conservación de castas en pueblos actuales, la esclavitud sistemática, el servilismo feudal, el absolutismo de las monarquías hereditarias, la opresión de la libertad marxista, los teocratismos actuales todavía no superados, la arbitrariedad de autócratas modernos sin conjuro apropiado, la diplomacia actual impotente para arreglar con mecanismos civilizados los conflictos bélicos.
La arqueología conserva la magia histórica en sus reseñas sin criterios suficientes para señalar las pepitas de oro aportadas a la única cultura universal. La historia y la infrahistoria mezcladas. Ahí están a la moda los huesos enterrados en las arenas de los desiertos, arcillas recogidas en el fondo de los mares, las pirámides faraónicas y aztecas, las piedras de puentes y catedrales que también se derrumban grano a grano como obras de arena, las lápidas que subyacen en los cimientos de viejas civilizaciones, siguen siendo el marco corruptible y mortal de la corriente humanizadora y eterna que llevan por dentro. También el glorioso esplendor de la nuestra será mañana relleno y piedra angular de otras que la arrollaran de igual manera. Y los pueblos prehistóricos, perdidos en la niebla de épocas ignotas, donde la ciencia es ciega, necesariamente debieron sufrir el mismo efecto evolutivo encadenado.
El hombre ha conjurado el peligro de las fieras, ha logrado asegurar una relativa estabilidad sobre sus enemigos y alargar el dominio sobre la naturaleza hasta el punto peligroso de la superpoblación y excesiva carga demográfica y una contaminación ambiental que puede también conducir al caos. No hay agua potable ni alimentos suficientes para compensar el aumento de población mundial. La autonomía tribal y los pequeños pagos de la etapa agraria está remplazada por la producción intensiva globalizada insuficiente y manipulada La socialización tiene diferentes grados de madurez en cada pueblo, tonalidades diferentes, soluciones diferentes, ritmos y estilos diferentes. La cultura unitaria no es una perspectiva participada en forma desigual. Desmitificación distinta en cada geografía y en cada siglo. El caudal cultural único, esencial, avanza de forma distinta en pueblos diferentes. Ricos y pobres. Norte y Sur. Versatilidad y horizontes abiertos. La solidaridad, los derechos humanos, no son patrimonio de universal. Véanse las infinitas formas civilizadas -formas culturales en plural y en sentido lato- que existen en las diferentes regiones del globo, desde las más primitivas a las más evolucionadas. Diferencias externas. Polifonía folclórica de ritos y costumbres. Compárense las tribus primitivas africanas y las refinamiento europeo, las formas residuales de grupos indígenas sudamericanas y el desarrollo norteamericano, la subordinación de las castas de pueblos orientales y sentimiento de la propia dignidad en países libres. Diferentes en los tiempos y diferentes en los lugares. Es la diferencia de rasgos y notas diferenciales que no justifica el orgullo de su bonanza económica porque suena a befa y despojo de los que viven en la otra ladera de la montaña con menos razones para cantar. Fiestas en el aire, abrazos al viento, función mediática e instrumental. Follaje caduco de decadentes declives otoñales. Pequeñas diferencias basadas en elementos puramente mortales, periféricos e insignificantes, frente a los auténticos valores humanos. La cultura, la esencia propiamente humana es corriente vital interna.
Este maquillaje exterior lleva el destino de su autodestrucción, el orgullo puntual de cada pueblo y el efecto basurero anejos a cada civilización. En el mejor de los casos, puede reciclarse y entrar en el proceso de adaptación a nuevas condiciones de vida. Piel nueva, plumaje nuevo, concha nueva. Por eso el olvido de esta función temporal y el aspecto mediático del tejido social, conduce al deterioro de la convivencia, endurece el ecosistema al margen de la realidad humana e introduce valores eternos y perdurables en el flujo constante de la vida humana. El afecto ciego que se vierte desde dentro hacia fuera de las coordenadas que habita rompe la funcionalidad humanizadora de la institución, transforma sus elementos en reliquias taumatúrgicas y los sedimenta en el camino del progreso como obstáculos al auténtico desarrollo humano. El hombre y la cultura no son la fachada temporal de cada momento sino referencia humana.
Tributo de las instituciones. Desconocemos y nunca llegaremos a saber cómo fueron los días en las nieblas y frías noches del pasado remoto de la raza humana y la misteriosa influencia que los antepasados han dejado en los escondrijos de nuestra conciencia individual y colectiva actual. Enigma es la larga herencia genética de la sangre y su prolongación en el futuro igualmente insondable. E ignoramos el influjo cultural de los siglos anteriores en esta belicosa centuria que estamos agotando. Un misterioso y arcano enigma, un edículo umbrío en la montaña de la ignorancia endémica esconde monstruos malignos que remueven las tendencias más oscuras de las ambiciones de unos pueblos contra otros. Nunca llegaremos a descifrarlos perfectamente. Su determinismo social está ahí como una tara hereditaria. La conciencia reflexiva y la luz del ”logos” debe ser sólo un destello del último tramo de su historia y una ráfaga de luz en una noche sombría que sólo proyecta leves y temblorosa parpadeos sobre los años más cercanos. El testimonio humano es reciente y borroso. Y la contaminación temporal es persistente e inexorable, Lo envuelve todo como un torbellino en sus ensoñaciones y megalomanías. Casi nunca es dueño consciente de su mucha ignorancia y el afecto ciego que suele deslizarse taimado como un reptil en la corriente arrolladora de la convivencia social.
El hombre es un ser posesivo hasta la obsesión. Se aferra a sus creaciones hasta la idolatría. El apego cordial, que derrama sobre las cosas propias y cercanas, se agranda hasta la alienación colectiva, en la socialización y ante las amenazas de los enemigos reales o ficticios, en el egoísmo de sus propios ídolos. La institución, si bien defiende y facilita el cauce del desarrollo, también moldea y encasilla la esencia del progreso, encorseta la vida, crea el hábito, la rutina, el anquilosamiento, y dejas sus heridas en el producto cultural. Es el principio de la necrosis del tejido social, la falsificación y el refuerzo de los elementos ortopédicos, el entusiasmo desmadrado de de las fiestas locales y el olvido de la esencia humana. Se hacen punteos en el andamiaje estructural, se refuerzan los muros, se ritualizan las instituciones, se hacen contrafuertes dogmáticos, se celebran las tradiciones, las piedras sagradas, los montes sagrados, las cuevas sagradas, los ideales sagrados, iconografía sagrada de objetos y animales, conjuros poderosos. Se inventan leyendas, fábulas engañosas y falaces. Es la hora de la decadencia, es canto de las sirenas, el efecto negativo del mito, el culto a los líderes, la resurrección de fantasmas en la noche, la fábrica de fetiches, dioses buenos y malos, ángeles fieles y traidores. Confusión entre fines y medios, entre el cauce y la corriente de vida humana que lleva por centro. Por eso se declara la guerra, se muere y se mata. La maquinaria férrea y automática devora al hombre. Es la agonía de la institución. Inventada para salvar, lo hinca de rodillas. El fijismo deshumaniza. Se agrietan las paredes, pierden eficacia los códigos morales. Pueden incluso hacerse instrumentos de tortura. Los manantiales de vida se cambian en charcas pútridas y las conquistas en gritos de guerra. Las instituciones contingentes matan la esencia humana.
El hombre, en vez de amo y señor de su residencia, se rodilla y claudica en su presencia. Servicio de idolatría, pleitesía desmedida al producto de sus manos y principio de decadencia social, ocaso de la independiente, ataque a su dignidad y su libre albedrío. Fuerzas ciegas del medio social. Instintos ciegos y sumisión servil. Se acepta la filosofía del pueblo sin ningún sentido crítico, se cumplen las costumbres buenas y malas por reverencia a los ancestros, se enardecen el afecto comunitario en las alegrías y en el duelo colectivo. Se cantan con ardor los himnos marciales amenazantes, se veneran los símbolos patrios, se firman pactos ominosas por la fuerza, se obedece como marionetas la voz de sus chamanes, embaucadores. Ciegos, que conducen a otros ciegos por el camino de sus ambiciones más que por la vía de los valores humanos. Es magia belicosa sembrada ene le alma y el prurito de la sarna doméstica. Son las falsas diferencias de los pueblos, el folclor, los gestos, el talante, un viejo icono, un cráneo carcomido, los altares y los becerros de oro, los ídolos. Dudar de sus poderes, omnipotentes e inviolables, es delito de lesa comunicada. En vez de la liberación humana se deshacen sus profundas aspiraciones.
Las instituciones son material deleznable. No son fines ni valores absolutos. Son criterios muy relativos, medidas estrechas, funcionales y mediáticas. No son eternas ni definitivas. Las defensas más primitivas se agrietan y desmoronan en cortos períodos de tiempo. Su montaje debe reforzarse constantemente con terracota y ladrillo, con piedra de sillería, con cemento armado, con hierro para prolongar su agonía algún tiempo y evitar la hecatombe final. Es la movilidad del cauce de la cultura y los meandros del progreso. Si un código de leyes no sirve para humanizar al hombre, debe cambiarse. Pierde su valor vinculante, obligatorio y coercitivo. La conducta ritualizada por efecto mimético o prácticas tradicionales deben animarse No vale únicamente el servicio que hacen a estudiosos y desenterradores del pasado o folcloristas. El lapso de la vida humana, tan corta, tiene una perspectiva muy corta. Un segmento insignificante. Se pierde fácilmente la orientación y las visiones panorámicas. El hombre se difumina entre el humo de las creencias y el incienso de las liturgias. Eso no es progreso, ni cultura en el estricto sentido de la palabra porque el hombre protagonista y patrón de las instituciones anda perdido entre su albañilería.
Las instituciones nacen en función de unas necesidades determinadas, de unos problemas concretes, al amparo de unas inquietudes comunes. Como las modas. Son mortales y transitorias; valor transitorio, caduco, cambiante. Cada pueblo tiene sus colores propios, notas diferentes y no siempre positivas. Esas verrugas diferenciales que de ellas derivan no pueden tener la importancia que le dan pueblos conservadores. El hombre no es ni el hacha de piedra, ni las pieles que cubre su desnudez, ni el último modelo ni sus viajes por interné, ni la vorágine de la vida política actual. Ni sus complejos y realidades virtuales que se imponen sobre la visión crítica de la realidad histórica. La cultura cósmica es esencia humana, es la médula que va por dentro de la fachada de los confusos modas civilizadas ¡No es la apariencia ni la fascinación de las formas! Los valores culturales, la autonomía, la libertad, la libertad, la justicia, no son medios, ni propiedad privada, ni recursos estratégicos, ni factores disgregadores, sino esencia interior, valor único y universal en todos los tiempos y en todas las geografías. Es la encarnación de las conquistas humanas de todos los tiempos que corre como una savia eterna por dentro del constructo civilizado temporal, lo verdaderamente perdurable, la intención primaria del mito, lo fecundo y salvador, la almendra que se esconde detrás de la cáscara amarga.
Renovarse o desaparecer. Esta dimensión temporal de la institución exige del hombre de cada época un compromiso renovador permanente, la voluntad de constantes recambios, movilidad y temple necesario para aceptar con dignidad su degradación cotidiana en productos residuales y la fortaleza para revisar cada día la función de sus manufacturas sin inhibiciones ni miedos mágicos residuales del hombre primitivo. Exige reflexión. La quietud es preludio de la muerte y principio de necrosis. Renovación de valores de forma constante. En los siglos pasados las instituciones duraban siglos porque el tiempo era lento y la movilidad social era mínima. La aceleración temporal de los últimos siglos ha ido dejando en evidencia la fragilidad del contenido humano que lleva por dentro, los puntos de referencia que se superponen constantemente a alta velocidad como un espejismo sin tiempo a tomar conciencia del entorno que nos rodea. Origen de muchas injusticias crónicas y causa los puntos calientes que todavía perturban la geografía que habitamos. A corta distancia y a la velocidad que se vive no es fácil distinguir la pureza de las acciones humanas y su grado de contaminación porque no existe perspectiva suficiente para realizar juicios de valor. El hombre se pierde de vista. Se hace difícil la reflexión propia porque los medios de comunicación, los políticos, los líderes hasta los magos, piensan y deciden en su lugar. Se encienden las guerras.
Si las instituciones no se reconvierten cada día se degradan al mismo ritmo. Los grupos más evolucionados y con elevado tejido social, arrastran al hombre como a sus piezas mecánicas, unos detrás de otros, dentro de su férreo determinismo, sin libertad, sin reflexión, víctima de automatismos colectivos, roto en sus propias aspiraciones humanas. Otros pueblos con menos producto institucional, más arcaicos y acaso menos organizados, son más libres. El determinismo de la institución se compensa con cierta benévola anarquía social. Dos extremos. Europa y América. Europa superinstitucionalizada, América bajo el influjo caótico de la jungla y el determinismo geográfico. En los dos casos, el hombre víctima del desajuste institucional y por lo tanto en cuesta abajo de un lento camino de deterioro progresivo por la falta de movilidad de las instituciones, por exceso de celo en su conservación o por carencia total de instinto de superación.
Las instituciones son necesarias. Los pueblos no pueden vivir desnudos y solos en el tiempo y en el espacio como las estrellas. Su defecto y poca consistencia origina, a veces, situaciones caóticas en pueblos con poca historia como sucede en los recientes pueblos americanos donde sólo poseen una historia muy cercana. El sustrato de su pasado es imperceptible. Europa tiene más pasado que futuro y su complejidad social amenaza incluso la supervivencia y puede llegar a situaciones agónicas a pesar del dogmatismo que puedan echarle encima. Tanto más pronto cuanto mayor sea la inercia renovadora de sus gentes. Circunstancias históricas, tensiones bélicas y épocas de bonanza hacen que los grupos sean más o menos dinámicos y creadores. Ellos mismos aceleran o retardan la velocidad de cambio. Y este puede hacerse en un largo espacio de tiempo en crisis funcionales adaptativas lentas o con cambios explosivos y cirugía urgente en situaciones de desahucio y situaciones irreversibles. Originan procesos revolucionarias y grandes conmociones sociales como la revolución francesa. El destino de las instituciones, a corto o largo plazo, es su propia destrucción. Material fungible. Resistir este trágico destino equivale a matar la cultura y la libertad auténtica de los pueblos que encuba en su seno y sembrar integrismos como los que asolan este siglo en sus diferentes formas.
Tanto las instituciones materiales como mentales alejadas de la esencia humana, llevan fecha de caducidad, son el tablado donde se representa el teatro de la vida humana, se desgastan como las máquinas, se engangrena con el tiempo como lo órganos que pierden la circulación. Su involución genera grandes conflictos bélicos y los desajustes sociales de todos los tiempos, la marginalidad de grupos y pueblos, el terrorismo, el paro millonario hijastro del automatismo fabril, la corrupción a bajos y elevados niveles, los genocidios, el sida, el hambre, la droga. Cadenas de injusticias legales. Los griegos conocían el peligro de la oxidación institucional. Crearon el “ostracismo” de líderes poderosos como remedio al peligroso culto al héroe y la confusión del bien común y los intereses particulares. Las instituciones experimentan siempre un desgaste natural en sus piezas internas, en el ejercicio de su función que debe ser corregido a tiempo para evitar el vacío de su autodestrucción inexorable y retener sus efectos creativos originarios.
Chatarra arqueológica. La necrópolis es la estación final de las instituciones. Y doloroso aceptar su destino e inútil el esfuerzo de mantenerlo si no se renueva. Su caída o renovación es inevitable. El derrumbe de una civilización, aunque se produzca dentro de un proceso de evolución controlada y lenta por falta de vitalidad adaptativa adecuada, en el camino van quedando las piedras testigos de su época esplendorosa y las reliquias acaso de un pasado hegemónico. El camino de la historia es tortuoso. Por ahí andan hoy los investigadores, los eruditos, los buceadores del pasado, desenterradores de cadáveres, arqueólogos, paleontólogos, espeleólogos, paleólogos, bucaneros de los misterios del pasado, bucaneros y corsarios de tesoros tapados sedimentos milenarios. Inspeccionan pacientemente las arenas de los desiertos, los restos pétreos de monumentos funerarios y obras de arte, recomponen ánforas y tesoros esparcidos por el fondo de los mares por naufragios y guerras violentas y en las simas más profundas de cavernas escondidas en los recodos de los estratos geológicos, las arcillas grabadas con grafías extrañas que sirven de clave para descifrar lenguas perdidas y secretos de nuevos jeroglíficos, los huesos y momias en sarcófagos funerarios testigos del árbol genealógico humano y sus vaivenes a través del tiempo. Nunca será una mucha aportación científica lo que estos sepultureros puedan arrancar al misterio del tiempo, a las entrañas de las rocas, a las arenas de los desiertos y al enigma de los mares. Breves temblores de luz en un mar de sombras. Al fin y al cabo se trabaja siempre en la oscuridad, sobre el silencio infinito de siglos, sobre el agujero negro de las galaxias insondables. Sólo temblorosos destellos de tímidas hipótesis, teorías siempre movedizas, opiniones contradictorias desmentidas simultáneamente por sus opuestas, al borde del escepticismo y el desencanto final. Si reconstruir unos hechos recientes y coetáneos, lograr conciertos políticos y económicos a expertos y entendidos incluso en temas basados en documentos fehacientes, ¿qué se podrá decirse de unos vestigios y ecos lejanos sobre eslabones perdidos de la cadena de la vida y su caudal desde los protozoos hasta la estirpe humana en el silencio aterrador de millones de siglos donde se queda mudo incluso el carbono catorce?
Revisar el pasado es bueno para juzgar el camino andado. Al menos lo que se pueda conocerse. La historia es maestra de la vida. Debajo de la arenas y en las ruinas de viejos monumentos yace, al menos, el testimonio del esfuerzo de los hombres que hicieron posible el esplendor de sus civilizaciones. La lección de muchos afanes por la conquista de las obras que ahora admiramos. La tenacidad en la construcción de sus creaciones artísticas, arquitectónicas, laborales, defensivas y ofensivas que todavía hoy admiramos- O los errores cometidos en el desafío a la fragilidad temporal. Las grandes “maravillas” del genio humano y las grandes hecatombes. Fragmentación de la fantasía. Aquel empeño mítico de tiempos pasados en poner en marcha la actividad creadora se disgrega y rompe en sacrificios humanos. Ellos debieron sacrificar sus tracciones ancestrales para hacer otras nuevas, debieron profanar sus impotentes ídolos y la perezosa que producen una época esplendores de sus creaciones que todavía admiramos y ahí están sus restos mortales en todos los museos arqueológicos para abrir nuevos caminos. Algún mito nuevo rompió la pasividad conservadora de sus pueblos y los afectos desmesurados de sus glorias pasadas por la aplicación de mayor esfuerzo. Otra vez el círculo de vida y muerte. Y en todo caso la lección negativa de la historia. Piedras labradas con sudor y sangre, como testimonio de sus errores y aberraciones. Muchas historias del pasado enseñan lo que nunca el hombre debiera repetir por su bochorno e ignominia. Pero el hombre es animal más terco en aprender en los errores propios y sobre todo en las experiencias ajenas negativas. En todo caso el repaso de la historia es útil como espejo de los errores y las vergüenzas de la propia historia. Quien olvida su pasado, al menos el pasado cercano que se remueve todavía caliente en su ignominia, corre el peligro de volver de nuevo a reincidir en sus equivocaciones.
Sin embargo los pueblos viejos tienen más fijación sobre su historia que sobre su futuro. Y el sentido de la historia humana es un camino ascendente. Su caparazón mediático y caduco. El progreso es más problema de futuro que problema de pasado, más rentable descifrar el misterio de las estrellas que los huesos de los cementerios, mirar con telescopio la historia humana que con microscopios, El microscopio destaca las notas diferenciales cercanas conservadas todavía en la memorias individuales y colectivas de las gentes, una mirada de corto alcance, vista a atrás, visión retrospectiva, microorganismos domésticos contaminantes, mientras los telescopios ofrece visión panorámica, las distancias estelares y proyección futura en dirección de los astros. Conquistas espaciales e intercomunicaciones humanas más universales. Desde luego el interés está en el futuro. La vida es futuro, mientras el pasado es muerte. Estatuas de sal. Morbosidad en ver parásitos, mirar al ombligo, oler los detritos. Es acción reactiva contra la globalización que establece la perspectiva de las chinches, de los ácaros, de los piojos que se alimentan en su propia cabeza. Mientras la ciencia y la técnica de pueblos desarrollados lanzan su mirada hacia futuro con ilusión, la magia de pueblos conservadores otean con nostalgia su tenebroso pasado y su improductiva herencia milenaria, donde solo hay catacumbas, residuos fósiles, fantasmas emparedados entre muros ruinosos, complejos de frustraciones históricas, piedras relicarios de los antepasados y nostalgia de paraísos perdidos que nunca existieron, esperanza mesiánica y escatológica cuyo eco no resuena en ninguna parte.
Si el pasado es lección negativa del futuro, por magia de su involución funcional son hoy escombros. Merecen algún respeto en el recuerdo de sus herederos. Pero no justifica la magia, ni su ostracismo en el progreso. Ni mucho menos la destrucción de las banderas ajenas que es el colmo de la intolerancia. El abuso contrario es la destrucción del patrimonio cultural propio y ajeno, la destrucción sin escrúpulos de la arquitectura civil de cascote y adobe, el recambio de los grises pueblos con su iglesia en el centro y el castillo en la colina ya recubierto por la maleza. Las viejas andamios de civilizaciones vencidas. El cemento y el hierro son meandro cambiantes del mismo proceso. Mueren los pueblos, los molinos, los hórreos, los hornos, los lavaderos, las fuentes de las ninfas en las orillas de los caminos. Fenece una era de nuestra reciente historia sin demasiado respeto a su valor ejemplar, didáctico, testimonial. Es más fecundo que pasado remoto. No se cuida el pasado cercano ni las culturas ajenas. Faltan embalsamadores y enterradores respetuosos, sin complejos. Los muertos ya sólo es materia inerte y nunca ya resucitarán. El camino es el futuro. Mientras que la vieja Europa vive enredada con sus viejos fantasmas seculares y el olvido del reciente más próximo, América que no sufre complejos de tiempos idos hace su historia en perspectiva futura. Europa mira a su ombligo y América, a las estrellas.
Por eso en Occidente proliferan los museos, los parques protegidos, los archivos, los anticuarios, las pinacotecas. Los museos están rellenos de piedras, objetos diversos que formaron parte de civilizaciones extinguidas de las que sólo quedan fragmentos y vestigios borrosos. Se les puede llamar objetos de arte, porque son el fruto de mucho esfuerzo innovador del hombre y todavía conservan el valor material de sus componentes, joyas, adornos, columnas, retablos, piedras preciosas. Pero en realidad poco más que recuerdos, poco más que testigos mudos, chatarra inservible, basura en las cunetas, que la raza humana va dejando a su paso. En realidad son los detritos históricos de los pueblos, que se conservan en los basureros-museos históricos, arqueológicos, etnográficos. Es la cáscara amarga de la civilización actual que también desaparecerá de igual manera. La arquitectura animal es más discreta y ecológica. Naturalmente la paranoia de las marcas diferenciales y huellas fecales de viejas deidades que manipulan los profetas del tiempo y alienta el ardor de los nuevos mesías, es poco más que magia. El cauce de la cultura, la bola de nieve de la autentica maduración humana va por dentro incólume e inviolable.
La cultura y el hombre nuevo. La cultura es progresiva y los valores humanos crecientes. Una cosa es el hombre y otra el chamizo que lo protege, una casa es el cauce del río y otra el eterno y creciente fluir de las aguas que lleva, una cosa es el hombre y otra sus adornos festivos, una cosa es el hombre por dentro y otra sus aledaños y su entrono. El hombre es la cultura. Y la cultura es libertad, valores humanos, autonomía, justicia social, comunicación sincera, solidaridad, color y olor humanos que lleva el hombre por dentro. Se conquista y conserva en largas empresas humanizadoras en la atmósfera social del tiempo. Es la conquista solidaria de la humanidad dentro de la propia conciencia. No todos los pueblos ni todos los hombres la poseen en el mismo grado. Muchas de esas conquistas figuran ya en el código de derechos humanos que se incorporando oficialmente en los códigos de naciones civilizadas. El hombre único, el hombre universal, es el protagonista de esa fiesta interior, son sus eternos valores y la referencia de la única y universal cultura del hombre total que vive en la vorágine de formas civilizadas y el follaje de un mundo técnico deslumbrante.
La cultura, en sentido estricto, es conciencia individual y colectiva del producto solidario humano. Una y perdurable. La civilización o las culturas en plural y sentido amplio, son caducas y multiformes, en distante etapas de tiempos y geografías alejadas. Las diferencias coetáneas son megalomanías regionales y caudillistas. La cultura, la única cultura humana, anda sobre el espacio y el tiempo, sobre las instituciones contingentes. La cultura es la medida del hombre, sus derechos humanos, su configuración mental, su historia humana. La cultura son los valores universales, sustancia medular espiritual. Crece lenta y en dirección ascendente. Interioridad humana. Su entorno es extrínseco, el colorido festivo de la época y del pueblo. Es material caduco, maleable y corruptible. Arqueología, cuevas, piedras megalíticas, palafitos sobre las aguas, chamizos, palacios de sillería, mampostería, códigos, normas escritas, pautas rutinarias de pueblos ágrafos, las técnicas de trabajo, los medios informáticos, el brillo exterior de este siglo, los ordenadores, el orden académico. La hoja caduca de la historia.
La verdadera cultura, no son los inventos, ni los viajes al espacio, ni los títulos universitario, ni la aceptación “oficial” de los derechos humanos. La incultura socializada vive como mugre en los claustros universitarios, en pueblos falsamente cultos y sobre todo en pueblos conservadores. Es incultura subliminal que aparece en la voz estridente de visionarios actuales. Confusión entre medios y fines. Esas excavaciones en el subsuelo son intentos curiosos y vanos de recomponer un pasado inexplicable, cubierto por las arenas de los desiertos, en el fondo de los mares, en las cavernas profundas. La busca de eslabones perdidos de la cadena humana que no aparecerán nunca. La grandeza de las sociedades modernas reside en su capacidad de crear mecanismos de adaptación de su ecosistema al servicio de una mayor riqueza humana. En la capacidad de su asimilación por individuos y pueblos ese legado espiritual solidario inviolable. La propia cultura humana que es ajena a muchos pueblos actuales. La cultura no son lujosas mansiones, ni el dinero. ¡Cuántos ridículos ignorantes con dinero! Ni el título de la universidad, ni el coche último modelo. Ni el ordenador, ni la comunicación digital. ¡Barniz y fachada de un proceso cambiante! La cultura es vivencia interior de la libertad, de la propia autonomía y la dignidad en un mundo al servicio del hombre. Pero aún hay hombres y pueblos más pendientes de sus fiestas folclóricas que de sus valores humanos. Cultura es renovación constante de la epidermis, limpieza interna del cauce .Las reticencias o miedos a su integración se pagan con facturas de subdesarrollo. Existe el tercer o cuarto mundo. Secuelas de guerras crueles y saqueos de pueblos vencidos. La vivienda humana que hoy nos cobija será mañana mala; las instituciones que hoy defienden al hombre se convierten en sus verdugos mañana. La choza de paja no sirve hoy y el correo por postas, ni las soluciones de unos pueblos sirven para otros. La grandeza del progreso reside precisamente en la vinculación de la cáscara amarga de la civilización con los valores humanos crecientes de los hombres y mujeres que habitan los pueblos y las ciudades. Es el hombre perdurable en el efímero jardín de sus festivas veleidades temporales y geográficas.
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3.- EL MITO DE LAS ETNIAS
Antropología humana. Si la pequeña arquitectura material y social que hombre edifica para sobrevivir individual y socialmente, y su fosilización es causa de muchos conflictos en el acontecer histórico, el mapa de las razas humanas dentro de la geografía, otro elemento mediático de creación humana, la distribución de los hombres en razas y la conciencia que de ellas se tiene, es otro mito superviviente que persiste en la actualidad. Es muy persistente, se mezcla inconsciente en la pequeña de los pueblos, es muy engañoso y defendido además por caducas teorías científicas que chocan de frente con el sentimiento de solidaridad y unidad genética que domina hoy la ciencia actual. La diferencia genética incluso entre el hombre y el mono es mínima. ¿Si poseemos un alto porcentaje de elementos comunes con una mosca qué sentido tiene remarcar las pequeñas diferencias congénitas de los hombres y los pueblos? Otra gran mentira. Hay diferencias evidentes entre los distintos pueblos, que son las mismas diferencias que existen entre los millones de seres humanos y señalan la bella polifonía del cosmos.
Estas diferencias han justificado en tiempos no muy lejanos clasificación de las personas en categorías, en castas, en estratos impermeables, en etiquetas, separadas por colores complementarios en los mapas. Y esa diferencia señala la razón de los privilegios de unos o las exclusiones de otros. Lo grave es que estas diferencias todavía hoy justifiquen segregaciones de hombres y pueblos fronteras diferentes, ricos y pobres, patricios y plebeyos, elegidos y parias, nobles y villanos, blancos y negros, pueblos superiores y pueblos eternamente dominados. Pueblos contaminados y pueblos elegidos. Diferencias que no siempre están en las leyes y afortunadamente cada vez menos; pero existen en la conciencia individual y colectiva de los pueblos. Las razas como elemento distintivo son mitos atávicos que todavía torturan el corazón de este siglo. Pero ahí están como una virus perverso, una deformación social que halaga el orgullo colectivo y anima detestables aberraciones en convivencia civilizada, crea muchos conflictos actuales, sangrientas e inútiles guerras entre grupos que abanderan sus diferencias raciales en aras de algún destino inventado de pueblos elegidos y mesiánicos.
El hombre, como otros animales de la jungla, ensaya la vida gregaria, busca el apoyo de sus semejantes y organiza sus colonias en convivencia común. La colmena humana como los hormigueros y cardúmenes de la jungla. La sociabilidad es consecuencia de la limitación radical ante los peligros. Se une a los demás para defenderse. La soledad no es el estado natural del hombre. El hombre solo o ángel o bestia. Se hace fuerte asociado al grupo, unido a la frágil fortaleza de los demás. Asociándose disimula su indigencia. La soledad le achica y le asusta. Huye de ella temeros y establece lazos afectivos familiares, tribales, sociales, con sus semejantes; buscando aplauso de los demás. Comparte los mismos afanes, las mismas empresas colectivas, acota con entusiasmo el espacio de tierra que necesita para vivir. Marca sus socios en el mismo terreno. Juntos recorren de día y de noche los mismos senderos, cruzan a diario las mismas calles, llenan las plazas, los mercados, las ferias; respiran desde niños el clima cultural del grupo y los criterios de vida solidaria, rezan en común a sus dioses buenos y malos, aceptan los mitos comunes de la raza sin el menor atisbo de duda. Gregarismo animal y mimetismo instintivo. Es la ley de la sangre que oscurece siempre la elección racional y la libre decisión .El instinto condiciona la vida social. Un instinto mimético y mágico que sojuzga la conciencia colectiva de los pueblos y genera trágicas contradicciones en la convivencia, ambiguas formas de prácticas sus ideales, adultera el entusiasmo colectivo con mil deforme quimeras en forma de ideales.
No es el hombre un ser solitario. Acaso el mimetismo de los animales allanó el camino hacia la socialización. Posiblemente la ciencia nunca llegue a descifrar el punto de partida de la evolución humana, señalar el principio de la vida humana como diferente de las demás forma de vida y empujar el desarrollo sobre la superficie de la tierra. Ni la raíz de sus afectos sociales incrustados en su sangre, ni mucho menos el desarrollo y comunicación genética de unos grupos humanos con otros a través de los siglos. ¿Por qué la vida unos de unos es el precio de la muerte de otros? ¿Por qué el dolor los inocentes bajo la saña impune de otros? La filogenia de los grupos humanos sigue estando bajo la sombra. El testimonio escrito es muy reciente, aparece en los últimos segmentos de una historia inconmensurable tanto el dirección del pasado como del futuro. Nadie sabe el intervalo desde las primeras formas de vida hasta el homínido que tuvo conciencia de hombre, el hombre bípedo y risible, hasta el recolector, el depredador de animales que tomaron la vida salvaje y se alejaron con actitud hostil y el domador de otras especias más dóciles para ponerlas en cautiverio al servicio doméstico. Ni se conoce cuando siente la necesidad de hacer vida solidaria con sus semejantes y organizar grupos familiares, la necesidad de unificar esfuerzos y organizar estrategias defensivas frente a las asechanzas de otros grupos como base de su desarrollo. Ese desarrollo que ha llegado hasta las condiciones complejos que alcanza en nuestro tiempo.
Bajo esa tensión afectiva con sus semejantes y ante el recelo de los enemigos, se gestan los lazos de unión de los pueblos propios, en sentido de raza y etnia propia. Una experiencia que se agiganta en la megalomanía humana, en la perspectiva antropomórfica y la idolatría de sus míseras conquistas. La gran creación cultural defensiva de la vida social, el mito salvador, empieza a degenerarse, se desfigura. Con la fuerza creadora que lo origina se adultera y falsifica. El primer impulso espontáneo del hombre racional se deteriora en la selva y la maleza de los afectos irracionales y afectivos, en las nostalgias borrosas de pueblos con poca experiencia histórica y fuertes resistencias al amparo del almo de la vida. Así la interpretación de la raza propia es mito social más perturbador de nuestro tiempo, anejo al reducido círculo de los afectos familiares y tribales. Símbolo de pueblos autistas y visión introspectiva. Se origina en la fragilidad de su propio quehacer humano y la desmesurada desconfianza de la relación con los demás. La mirada hacia dentro, el microscopio humano, la contemplación umbilical, antes que las fiestas al aire libre y los horizontes abiertos. Miedo al contagio con leprosos y contaminados, miedo a los vecinos diferentes, a los del barrio contrario, miedo al contagio de sangre contaminada. La falsificación fecunda en el calor del pequeño hogar, se engorda y el entusiasmo de la vida común, en los sentimientos tribales exaltados, en los intercambios endogámicos de grupos ensimismados. La integración en el clan, el orgullo de la estirpe, el reconocimiento de la tribu, la pureza de la sangre, la defensa de las costumbres, aumenta la fuerza ciega de cohesión entre los miembros de la colmena humana. Miedo a la comunicación genética. No hace mucho tiempo y hoy en países teocrático, se paga con la muerte o la lapidación. Tan fuerte es afecto de la casta y la comunión de los mismos criterios de belleza, los mismos criterios morales, el afán por realizar las mismas aventuras políticas en el mismo tiempo y el mismo campo de lucha. Visión de cerca, afecto intimista y excluyente. El sionismo de un pueblo elegido, el nacional socialismo de hombre ario superior, los hornos de exterminio, el aparheit reciente de Suráfirca, la segregación de los negros, los latinos, los guetos indígenas americanos, las castas indias, los profetas y redentores de pueblos oprimidos, nuestros rampantes nacionalismos vigentes son la supervivencia del viejo mito de la raza.
La conciencia de la raza propia supone la emoción compartida en los peligros, en las aventuras comunes, bajo el mismo cielo y el mismo sol. A veces comparten también el mismo mito fronterizo. Un afecto que se hace entraña común para los miembros de la comunidad, alimenta los mismos afanes colectivos y eclipsa las luces de la racionalidad. El sentido originario y creativo de la convivencia aséptica y serena en una colectividad al lado de la consiguiente degradación de efectos comunes. El desfase es más evidente en unos procesos que en otros; pero corroe el alma de hombres cultos igual que ignorantes. La irracionalidad es subterránea y profunda que pocas veces afecta al brillo de una educación refinada proco profunda. No es garantía de cultura un título universitario sino la asimilación fundamental de los valores humanos. Las revoluciones implican mayor ofuscamiento y más anarquía con víctimas cruentas y mártires y mártires. Hoy las marcas raciales ya no residen tanto en la arquitectura material de su modelos sociales como en las secuelas de la convivencia secular y la comunicación genética que conforma incluso el talante físico, la fisionomía externa, los rasgos del rostro, el color de los ojos, la complexión corporal, la pigmentación de la piel, y sobre todo la estructura mental y sus conexiones sinapsiales. Los hombres de un grupo étnico manifiestan rasgos comunes muy marcados en su fisionomía y proclividad a resolver problemas con las mismas modulaciones. Su propia lógica sufre detrimento. El oriental piensa distinto que un europeo. Cuando esto se exagera aparecen las deformaciones de los procesos racionales, las filosofías propias, hasta los errores del último tramo de la historia, las dificultades en las relaciones diplomáticas, las guerras de exterminio de todos los tiempos, los arsenales atómicos, la armas químicas, las paranoias de los iluminados, el lenguaje críptico y las disfunciones de la lengua, la ambigüedad, lo contradictorio, mentiras encubiertas y los eufemismos legales. Es la claudicación de la racionalidad ante las tendencias míticas subyacentes, vergüenza de nuestra cultura actual y prostitución de la inteligencia. Las diferencias son de nuevo fuerzas informes, ciegos instintos cruzados con valores racionales. Se alimentan en un supuesto prestigio delirante de un grupo sin ningún fundamento científico. Todos los hijos para sus madres son los mejores y más guapos Las diferencias son secuelas de situaciones sociales contingentes. Es la biología común, la antropología que se pervierte y obstruye el camino del progreso, antes y ahora.
El privilegio de vivir juntos, ser padres e hijos en el árbol genealógico de la larga evolución milenaria, que debería ser el orgullo de convivencia universal por compartir un tiempo común, en planeta azul que habitamos y los beneficios de esta era técnica construida con esfuerzo solidario, se degrada en la explosión de muchos conflictos bélicos. Guerras frías y calientes. Miedos y recelos. En vez de reforzar la hermandad que le sirve de origen, se hace su peor enemigo. El instinto se impone a la racional. Falsos amores que matan. La raza, en realidad, es comunicación genética cercana, experiencia compartida en los fracasos y en las alegrías, el horizonte de la aldea común, la manada humana apostada a la orilla de sus ríos, en la ladera de unas montañas, en la comunión de relaciones endogámicas e incestuosas dentro del clan, bajo el mismo sol que brilla a un tiempo para todos, a la luz de las mismas estrellas iluminan difícilmente el camino en la noche, con el mismo color de la piel que se hereda en la sangre de los padres. Lo que debería ser la fiesta de la alegría y promocionar la fraternidad universal es hoy ominosos pretexto para hacer la guerra, para expulsar al pueblo vecino de su territorio y cometer los mayores genocidios en su nombre.
Las diferencias son evidentes. La diversidad es esencia de vida. Infinitas opciones a la evolución latente de los seres. El horizonte abierto. El impulso irresistible de la vida y la libertad. La prehistoria es nebulosa. Las hipótesis antropológicas son frágiles y se desmoronan unas sobre otras como fichas de dominó. La ignorancia sobre la evolución es total. Las hordas primitivas ácrata, la organización tribal que todavía perviven hoy en pueblos africanos, los clanes y pueblos más aislados y exóticos, las organizaciones sociales y familiares, caprichosas y erráticas, basadas en lazos convencionales de una tradición borrosa; las modernas sociedades actuales con todos sus problemas de supervivencia. Dudosa antropología que disgrega pueblos y los enreda en conflictos constantes. ¿Qué sucedió antes del testimonio escrito, antes de los egipcios, de los griegos?
Las diferencias se establecido en la convivencia, en el condicionamiento semejante, en el mimetismo cultural. Y ahí están como verrugas en la piel de la sociedad. Señas indelebles adquiridas en el rodar el tiempo. Esas marcas raciales son todavía una cicatriz oscura y perturbadora que el moderno desarrollo no ha podido borrar. No sólo unifica aspectos comunes de las sociedades sino que actúa como demiurgo disgregador, unos pueblos de otros, a unos barrios de otros, a unas formas culturales de otras. El mundo hoy es un hormiguero de conflictos raciales entre pueblos vecinos que se excluyen. Así la diferencia alienta graves conflictos bélicos en este siglo, árabes, judíos, hispanos anglosajones, kurdos, vascos, arios. El sentido etnia se esconde como un felino en la entraña de este siglo como materia explosiva y reproduce viejos complejos y el orgullo común de muchos pueblos diferentes que han superado la pesadilla de su ascendencia mágica y sus absurdos complejos de superioridad o esclavitud.
La pureza de sangre, la separación de castas, los estratos sociales, herencia entrañable en la veta genealógica, el prurito de nobleza, los signos heráldicos, las banderas, el linaje, son mentiras sociales conservadas en la sangre de la cultura actual. Bajo este oscuro entramado afectivo la convivencia no se hace fácil y lucha la diplomacia para resolver los conflictos sin guerras con poco éxito. La racionalidad se deja seducir fácilmente por sus halagos. Los sofismas se multiplican. Es el miedo perder la identidad secular, la fuerza afectiva que cohesiona a los pueblos. Así ese sentido de raza propia se hace un epifenómeno que adultera los demás valores culturales, refuerza los sueños de los grandes iluminados, justifica el radicalismo de los grandes tiranos, refuerza las argucias de los grandes profetas, la mentira de las banderas que ondean en las Naciones Unidas, las injusticias sobra las pequeñas minorías, el festivo alborozo de pueblos vencedores sobre el dolor de los vencidos y la sed creciente de venganzas encadenas de los vencidos contra los vencedores en procesos que no tienen fin.
Toda la sangre es roja. El encanto de las cosas propias choca con el esplendor de las excelencias ajenas. Recelo morboso que se hace hostilidad frente al vecino en la más pura forma cainista y fratricida. El miedo que deriva de la propia debilidad puede ser un poderoso y noble impulso del hombre hacia su hominización progresiva. Aumenta el esplendor de su arquitectura defensiva interna. Su propia civilización. Pero puede derivar hacia corrientes incontenibles de discordia. Crisis generacionales y tentación expansionista. El aislamiento es peligroso, la segregación de grupos, la creencia de la composición sanguínea diferente, son la barros que producen los conflictos actuales. En realidad toda la sangre es roja. La única sangre azul es la especulación de los caciques. La nobleza, las castas, los estratos, las etiquetas antropológicas, los rasgos genéticos, una coartada sañuda y regresiva para suplir las buenas razones. Los estratos sociales son el tributo que la oligarquía privilegiada cobra a los plebeyos y la estrategia de los grandes contra los adversarios. Ese miedo de los estratos inferiores engendra sueños mesiánicos, mantiene viva la fe en las monarquías hereditarias, sus parentescos con las divinidades y el poder sagrado de los emperadores. Refuerzo engañosos del engreimiento propio. Apoyo de la propia indigencia, invitación a la desfiguración mitológica de los tiempos pasados. La diferencia la establece la mugre de la historia mezclada con hábitos civiles. Notas genéticas epidérmicas como lunares en las relaciones humanas sin base para sus clasificaciones étnicas, xenofobias y conductas excluyentes. Solo hay hombres, sólo pueblos con matices formales de vida común, con soluciones diferentes a problemas fundamentales. Hombres iguales con adornos festivos diferentes.
Esos elementos biológicos comunes imponderables y confusos sin bordes matemáticos, refleja la secuela de tendencias mágicas ocultas en algún escondido rincón de la mente y marca incluso los rasgos fisiológicos exteriores de sus miembros. Hay genes comunes en grupos de larga convivencia que afloran en los gestos y el perfil social del pueblo, en las taras familiares hereditarias cuando asumen el legado y la fatalidad de su destino, bueno y malo. Son verrugas familiares en el rostro de los pueblos que viven dentro de las mismas murallas. Desde la pigmentación de su piel hasta su complexión física, el cabello y el iris de los ojos, la estatura y dimensiones del tronco, forma de la cabeza, perfil de la nariz, líneas papilares y palmares, hasta el lóbulo de la oreja y las posición de los órganos sexuales con todo el cortejo de manifestaciones mentales y espirituales de cada pueblo. Los procesos racionales se mezclan confusamente con ellos. También los tonos culturales, las costumbres, las tendencias anímicas, las leyendas populares, el lirismo y las manifestaciones artísticas, la afectividad latente colectiva que aflora en el montaje civilizado propio, determina el carácter de los grupos y deja secuelas la peregrinación en comunidad. Así las marcas autóctonas son entrañables; productos contingentes de poco valor social con latentes y fuertes sugestiones a la discordia y a la perturbación de la convivencia.
La idea de “pueblo propio” es, acaso, el mito más engañoso por su fácil manipulación, el más enraizado en la entraña colectiva, la más ruda herencia colectiva de esta sociedad. Son las naciones rusas diferentes, son los pueblos yugoslavos integrados en naciones distintas, son las etnias africanas separadas por líneas divisorias artificiales. Sus raíces se pierden en el silencio de los siglos y en la ignorancia congénita del hombre. Los grandes misterios de la vida se ignoran todos. Tanto de macro como del micro cosmos solo tenemos borrosos vestigios. Esa limitación produce ciegas resonancias del pasado en las etapas de la evolución con elaboraciones fantásticas que le sirven de sustento. Legítimo sentimiento tribal que revive como el espíritu de los muertos, en el concierto de la convivencia actual. En realidad, no hay hombres diferentes, simplemente hay hombres, únicamente hombres, hombres que viven más o menos cerca de nosotros, hombres libres, hombres que aman y anhelan ser felices, hombres pobres y ricos, hombres que llevan a su espalda el peso de una enigmática evolución colectiva sin principio ni fin conocido, hombres que viven la angustia del presente y futuro desconocido, hombres que aman la paz y están abocados a la guerra, que comparten la posesión de la misma tierra con sus enemigos y se cruzan con ellos en el mismo siglo. Cada pueblo refleja las marcas de sus vicios y sus virtudes, de su cultura y su anticultura, y se adormece fácilmente en sus conquistas temporales. Cada pueblo defiende su propia identidad con espontáneas reacciones bélicas contra los demás. A duras penas se entiende todavía que sobre esa primaria pulsión belicosa corre ya la savia de una cultura unitaria de derechos humanos universales irreversibles. Se sobrevaloran pequeñas victorias en campos de batalla y los reclamos insaciables de pueblos sin historia por encima de las fórmulas dialogadas en torno a mesas redondas. La lógica del absurdo. Manda todavía la fatalidad del destino más ingrato del hombre sobre su condición racional.
La radiografía del mundo actual ofrece el triste espectáculo de una aldea primitiva enredada en el laberinto de sus mitologías más burdas. El mito de la raza, las limpiezas étnica de los Balcanes, las guerras del Cáucaso, el odio fratricida del medioriente, la segregación racial americana, la esclavitud africana, los separatismos hispanos. La gran mentira de los pueblos-islas, ciegos en sus inútiles orgullos mesiánicos. La mentira de los grandes imperios avasalladores y la mentira de grupos pequeños atormentados y sectarios en sus guetos reivindicativos. Ni los unos ni los otros. No existen mesianismos nacionales ni pueblos elegidos ni razas puras. Escandalosa herencia de sangre y cinismo bélico en la tierra de este siglo y en los siglos pasados en nombre del mito étnico. El racismo alemán, los millones de muertos de las dos guerras mundiales, el imperialismo marxista, los genocidios colectivos en manos de sátrapas sanguinarios y las sangre humana a caudales vertida en la cadena de guerras de todos los tiempos por la hegemonía de dominar. Mentira el sueño imperialista de todos los imperios caídos, mentira la rusificación imposible impuesta por las armas, mentira los teocratismos árabes, mentira los sueños independentistas de pueblos escogidos. La ruina estrepitosa de los viejos imperios, los infinitos mestizajes superpuestos unos a otros, la imbricación de unas etnias con otras, el vaho de sangre y tumbas de la historia conocida y su larga prehistoria belicosa, es la protesta silenciosa de millones de víctimas inocentes que murieron en los campos de batalla en total impunidad. Los fantasmas de las minorías oprimidas toman venganza en el terror y en el dolor de sus pueblos humillados en la confusa situación actual de grupos nómadas acorralados por líneas geográficas en apriscos o reservas como animales, las pequeñas “nationes” europeas que se agitan hostiles por su autonomía mimética, vascos, catalanes, gallegos, andaluces, astures, son como quimeras que vuelan sobre alfombras mágicas sobre el abierto cielo ibérico por encima de todos los valores de la ciencia histórica ¿Podrán defender el gentilicio aldeano, o entrar en otras esferas de integración superior, europeas o globales, saltando la multisecular muralla de la única tierra ibérica?.
La nación y el estado todavía no viven en armonía. Los estados son complejos pegados a la tierra y las naciones mitos de pueblos distintos que se complacen en sus viejas glorias reales o inventadas y en la idolatría de la sangre que los une y la megalomanía de sus propias creaciones humanas autóctonas sin respeto ninguno al mundo de sus vecinos. Una raza es una quimera, una máquina que mata; las diferencias históricas magnificadas son peligrosas como los residuos atómicos. Nadie tiene derecho a traficar con ellos. La muerte de la cultura celta al paso de las legiones romanas, el proceso de colonización económica de los pueblos africanos bajo la fuerza de ejércitos poderosos europeos, la aniquilación de las culturas prehispánicas de los pueblos americanos en largos procesos de mestizaje, el sesgado neocolonialismo cultural de las potencias actuales, es una violación racial latente de los derechos humanos. La supuesta superioridad de unas culturas actuales se alimenta en el desprecio y desprestigio de las otras. Unas veces se realiza en forma diplomática, otras en formas sutiles de interferencias humanitarias y otras a través de invasiones sangrientas en campos desiguales. Los colonialismos avasalladores, los grandes imperios, las rudas luchas raciales, la estructura bélica de las tribus primitivas y los arsenales actuales atemorizan y torturan la convivencia de los pueblos. Asientan fronteras arbitrarias, levantan muros, imponen condiciones de guerra, a la medida de las ambiciones económicas y a voluntad de caprichosos caudillos piratas, sin respeto a los derechos más elementales de los pueblos diferentes y más débiles. Su racismo implícito es el único responsables de todas las guerras frías y calientes que incendian la tierra.
Las diferencias raciales son un fenómeno histórico indiscutible. El origen de los pueblos se pierde en la oscuridad de los tiempos en cadenas interminables de lizas que ya nadie nunca podrá reconstruir. Sólo borrosas huellas arqueológicas en las cavernas. Nada. Los pueblos se han ido precipitando unos sobre otros como sedimentos volcánicos en el terreno de la sociabilidad con mestizajes, invasiones y cruces infinitos que nadie nunca podrá descifrar. Los resultados positivos son las conquistas que recoge la cultura actual, los negativos, si se conservan, pueden estar en los museos de las vergüenzas de la especie humana. Vana será la pretensión de recomponer su fragmentación demográfica en la superficie de la tierra en su interpretación diacrónica. El siglo veinte es el panorama sincrónico resultante de una enigmática evolución desde el origen de la vida y solo una referencia a la larga noche de silencio impenetrable que queda en su espalda. Imposible comprender las filosofías que todavía se hacen en defensa del racismo. Y difícil entender la lógica de sus mentores que todavía pululan por esta tierra con aire de salvadores. Todavía los hay para mal de todos. No existen razas superiores, existe una evolución histórica diferente; no existen pueblos elegidos, sólo circunstancias socioculturales diferentes. La raza es una falsificación que se basa en los azares de sus concretas circunstancias históricas y su mayor o menor fuerza civilizadora. La superioridad racial y el orgullo de pureza de la sangre, es el error encubierto por la prepotencia de pueblos dominantes o el disimulo de la rabia vengativa de pueblos largamente humillados.
La sociedad actual combina los sofismas y las desfiguraciones sectarias y el dogmatismo de unos con la prepotencia de otros. ¿El Medio Oriente?, un volcán de odio entre pueblos hermanos. ¿Europa?, un arreglo cruento de fronteras convencionales impuestas por los vencedores. ¿Las Repúblicas rusas?, una olla a presión de minorías sojuzgadas que se desmoronan lentamente. Nadie puede demostrar la limpieza de sangre de ningún pueblo. ¡Pretensiones paranoicas! Ni la pureza antropológica de cualquier pueblo. Las interferencias afectivas en los procesos racionales del cerebro obnubilan los ojos de los magos nacionalistas actuales y provocan todas las tiranías opresoras, grandes y pequeñas. Todavía no se ha inventado los mecanismos sociales para prevenirlas. Ahí están sus anacronismos funcionales en la convivencia universal indefinidamente retardada. La crisis del racismo secular, la tentación aria, el sionismo, las guerras santas, la rabia de pueblos sometidos, el tribalismo, no debe tardar en romperse ante el avance arrollador de la nueva cultura. Una cultura cosmopolita que borra fronteras y solo cuenta con la aportación laboriosa y solidaria de la especie humana
El racismo, hecho contumaz. Todavía existe. No es suficiente la supresión legal. Después de abolir hace tiempo la esclavitud y el servilismo, después de suprimir hace sólo unos años la segregación racial en el país pionero de las libertades, después de superar más recientemente el aparheit africano y después del decreto de los derechos universales del hombre, el racismo sigue siendo el monstruo de cien cabezas que asoma siempre dentro de las sociedades más evolucionadas. Precisamente por serlo. Sigue de hecho la esclavitud de millones de seres humanos en países sometidos, la segregación racial en los países cultos, la xenofobia y los guetos en todas partes. La asimilación de la fraternidad universal es una actitud colectiva que supera los planos jurídicos. La cultura un producto puro que madura lentamente. Se encuba en el calor del esfuerzo humano constante. El proceso implica la criba biológica y cultural que se deposita en la conciencia del pueblo a través de muchos ensayos fallidos y un fuerte instinto mimético del medio social. Este sentimiento de pueblo diferente se exagera desmesuradamente, se colocar con arrogancia en los pendones victoriosos de las fiestas nacionales y disfraza en símbolos crípticos en etapas de clandestinidad, y se hace la guerra en su nombre. Se le llama incluso esencia de la propia cultura y se clasifican las culturas en su nombre, con una falta total de precisión. La cultura son los valores humanos y el sentimiento racial es un mito histórico que se desvanece la interiorización de la cultura universal. La práctica es ya anacrónica y sus manifestaciones se disfrazan y disimulan. Nadie puede hoy justificar zonas raciales de fronteras inviolables en un mundo civilizado, ni defender en foros civilizados la discriminación de unos frente a otros, ni apoyar los guetos con razones válidas. Nace el terrorismo, la violencia, el doble lenguaje y los falsos conversos La paranoia de irracionalidad. El mismo hombre dispara en una frontera y muere victorioso en la siguiente. Es mentira el privilegio de la superioridad blanca sobre la negra, es mentira la divergencia étnica entre árabes y judíos, la rivalidad entre latinos y anglosajones, entre payos y gitanos, entre los septentrionales y meridionales, entre emigrantes y nativos, entre indígenas y alienígenas. El rechazo racial manifiesto o simulado es malo, la exclusión insolidaria es anticultura a pesar de las diferencias seculares que el tiempo haya sedimentado en el alma los pueblos, a pesar de la violenta tensión humana que implica el trato civilizado con el adversario.
La mayoría de los conflictos de este siglo son consecuencia de los mitos raciales sumergidos en este siglo. Incluso se manifiestan con una virulencia que nunca han tenido. Posiblemente la rabia incontenible ante la evidencia de su mentira manifiesta. O acaso una oscura reacción ante las inevitables tendencias a integrarse en unidades más amplias y globales. El mito que se rompe enfrente mismo de los sueños mesiánicos de pueblos vencidos. Ni se puede pretender sin pedantería que en plazos de tiempos pequeños los fenómenos históricos sean diferentes de los que son. El mito racial es doblemente engañoso porque toma nombres de prestigio y colores civilizados. Se llama identidad nacional, se llama autonomía propia, se llama honor patrio, historia propia, país propio, independencia propia. Utopías descaradas. Nada hoy es propio exclusivamente. Viejas mentiras vestidas de fiesta. La raza es un vetusto duende que se alimenta todavía con mucha sangre humana en muchas partes del mundo. Es malo y perverso. Esa afinidad de la marcha en común, como la amistad de un viaje, no justifica la sangre inocente que todavía se cobra hoy en el mundo. Elementos residuales; pero muy dañinos. Injusticia mezquina de sentirse diferentes y cantar himnos ofensivos a la dignidad ajena. Lunares que dejan en la piel de los pueblos como producto de sus errores pasados y los complejos de su incapacidad la convivencia común. En el fondo, incultura ancestral.
Los errores históricos cometidos en nombre de los mitos son reiterativos. Hasta hoy llega el vaho a sangre que el racismo ha dejado en los campos de batalla. El hombre es incapaz de superar el recelo envidioso a los hermanos. Desde la prehistoria hasta hoy. Griegos contra persas, romanos contra griegos, visigodos contra romanos, árabes contra hispanos, todos contra todos. Las últimas guerras mundiales con sus enseñas nacionales, las deportaciones de unos pueblos sobre otros, los bombardeos de pueblos poderosos, la colonización forzosa de pequeñas minorías, los hornos de exterminio, el rechazo de emigrantes, las muertes en pateras, la clasificación por su gentilicio, la rusificación de pueblos diferentes después de la última guerra, los pequeños nacionalismos, la discriminación racial de minorías negras o hispanas, gitanos o emigrantes, son prácticas racistas y prejuicios étnicos no muertos todavía.
Europa hoy vive entre las querencias de su pasado y la sugestión que ofrecen las nuevas auras de la integración futura. La afinidad de la convivencia es una fuerza poderosa para conquistar hazañas culturales y participar en la conquista de la gran cultura esencial dentro de los tonos diferenciales de cada grupo étnicos. Y se confunde la etnia con la cultura. De hecho ha conseguido en sus diferencias étnicas una gran unidad cultural integrada en valores universales cristianos de occidente. Pero el sentimiento racial, aunque consiga algunos logros culturales, no es estrictamente la cultura. Europa está en proceso de superación y busca incluso la unidad política de sus pueblos diferentes bajo la amenaza de sus feos demonios belicosos escondidos en la tierra engañosa de su reciente historia. Progresa la unidad europea en el recuerdo de la hecatombe de las cámaras de exterminio. Y los países del Este viven la experiencia amarga de sus errores recientes y el sueño de un hogar común sin muros, sin fronteras, sin recelos y cercano a los fuerzas integradoras europeas. La superación del racismo ya no es una utopía. La unidad europea de pueblos hermanos sin desconfianza bélica y en igualdad de oportunidades, ya está en marcha dentro de las fuerzas de integración que unen al mundo entero. Los grandes valores universales avanzan sobre los pequeños dioses caseros o a pesar de ellos. Posiblemente se integren las naciones del Este como lo hacen sus vecinos europeos. El común hogar europeo y global no debe estar muy lejano. El gran Incanato americano de Miranda y las verdaderas Naciones Unidas pueden dejar de ser un sueño imposible a corto plazo. Es demasiado el número de errores cometido en nombre de la raza y su extinción definitiva no debería estar muy lejos.
Los actuales nacionalismos, grandes o pequeños, los nacionalismos rusos, los grupos étnicos africanos rotos por mil extrañas líneas fronterizas impuestas, los pequeños nacionalismo regionales internos basados en situaciones históricas o simplemente en sueños nostálgicos y leyendas y escaso efecto de convivencia dentro de unidades superiores, deben soportar la fatalidad inevitable de los circos geográficos convencionales de los afectos de la raza. Símbolos de orgullo de la autonomía humana. Tanto los nacionalismos ibéricos periféricos como los rusos como los árabes, las tribus africanas, aunque den color propio a sus pueblos, son signos de escasa cultura e inmadurez humana. Acaso compensación de pueblos humillados que se reaniman en la clandestinidad de las persecuciones, en el abrazo común de la adversidad y en la actualización de sus viejos fracasos y represiones pasadas. Es el asiento de los radicalismos a ultranza, el odio del negro contra el blanco, una tribu contra otra, la agresividad de las razas superiores, el disgusto silencioso de soportar vecinos ingratos, el complejo reprimido de pueblos sojuzgados y los conceptos mesiánicos ante la indiferencia de poderosas instituciones celosas de sus privilegios e insensibilidad al dolor ajeno.
La medida es el hombre. No hay hombres blancos y negros, no existen hombres del norte y del sur, no hay tipos humanos diferentes, cerebros frenológicamente diferentes, grandes y pequeños, no hay etiquetas diferentes. Toda la sangre es roja. No es distinto el dolor humano y la felicidad con distintas medidas y privilegios sociales en la cuna. Existen hombres. Hombres iguales, hechos con placer, en palacios o en ranchos, con amor o sin amor, paridos desnudos y llorones en clínicas de lujo o sobre la misma tierra, atendidos por médicos expertos o prácticas comadronas o sin nada de eso. Hombres con sus propios sentimientos, con el mismo deseo de vivir, con la misma ansia de felicidad, con el mismo afecto a su tierra chica y a sus familiares y vecinos. Todo esfuerzo en demostrar la superioridad de cualquier raza sobre los demás, invocando razones genéticas diferentes, es tan absurdo como empeñarse en seguir la limpieza original de los glóbulos rojos de la sangre de una estirpe a través de los siglos o buscar en retroceso el gen de origen de su pueblo sondeando su ascendencia. Que revisen la historia de los genes propios a través de la evolución histórica hasta llegar a la ameba, a las hormigas, a los monos, como se hace en los dibujos animados. Si lo logran y no mueren de vergüenza por el ridículo de sus teorías, tendrían derecho para hablar de la pureza de sangre y superioridad de sus razas. Mientras tanto, delirios científicos. Hay pueblos unidos en la adversidad, pueblos que se hace fuertes en los asedios constantes y variaciones genéticas occidentales. Las razas superiores son arcaísmos y seudociencia e ilusionismo. Irracionalidad de los pueblos y sus demencias colectivas. Un disparate, en cualquier siglo o en cualquier parcela del planeta. Por encima de todas las notas raciales que pueda señalar la antropología debe recuperarse de mar de sus alucinaciones sociales la imagen del nuevo hombre que lucha en la frontera de sus desmesuradas aspiraciones y el abismo de sus limitaciones reales.
No es justa la discriminación que se hace de las personas por razón de su gentilicio, ni la masacre que se realiza sobre pueblos desprotegidos por derecho de veto de las grandes potencias. Esa discriminación superviviente en el mundo actual, confunde las zonas oscuras de la mente que rigen las funciones afectivas y las racionales. La variedad y la policromía de las formas civilizadas son diferencias insignificantes en la ardua labor de las conquistas humanas. Polifonía que resuena en los pueblos primitivos y selváticos los mismo que pueblos altamente desarrollados. Ahí están, a veces silenciadas, a veces aparentemente muertas, a veces en la subversión y en la clandestinidad las modalidades de lo diferencial. El hombre y su cultura son polifórmicas. No sólo tiene marca social y cultural diferente, sino que además existe una prolongada historia que se unifica en la sangre común, en la biología y en las banderas comunes. Es el mundo de los pueblos, la federación de grupos humanos, es la urgencia de un orden diferente que sobrepasa la fragilidad de las fronteras que se desmoronan cada día.
Y es paradójico que, al mismo tiempo que se viven poderosos sentimientos de unidad colectiva y se construyen grandes integraciones políticas, resuciten furiosos grupos xenófobos y autistas. Miedos soterrados y complejos arcanos de pueblos belicosos que no han asumido con dignidad la realidad de los valores universales de la única cultura. No existen pueblos predestinados ni pueblos con privilegios propios y la racionalidad es amordazada por las fuerzas ciegas de la raza propia como si el recelo de la convivencia fuese más fuerte que la tensión unitaria y la propia lógica un peligro para el desarrollo humano. El mito racial, por radicalismo, por los ciegos motivos que mueve, se relaja cada día y remueve los últimos coletazos bélicos en algunas zonas que ya escandalizan al mundo civilizado y burla a las relaciones más estrechas cada día en los pueblos. El racismo está herido de muerte avasallado por la visión creciente, unitaria y cósmica, del mundo y la conciencia solidaria de los pueblos de la tierra. Todavía hay problemas en el plano diplomático y se hacen grandes foros internaciones, grandes conferencias, asambleas mundiales, nacionales, internacionales, donde predomina el monólogo unilateral y sesgado más que el diálogo sincero. Se habla, se propone, se veta, pero no se escucha. Se presentan definiciones inamovibles, diálogos con posiciones fijas, se rechaza de raíz la propuesta contraria. O mi opinión o nada. No existen mecanismos eficaces y solventes en la diplomacia universal para llega al diálogo fecundo, sincero y unívoco, porque las Naciones Unidas todavía funcionan a medias, hay derechos de veto y privilegios de vencedores.
Es posible que las escaramuzas étnicas se desvanezcan con el tiempo de la misma manera que han sedimentado en la prehistoria. Es posible que se desarticulen los odios fronterizos con la caída de los muros y disolución de las fronteras nacionales. Se constituirá la Europa de los pueblos por encima de la Europa de los estados, la Europa de las federaciones o confederaciones, la integración de estados asociados, naciones unidas sin veto de nadie -los nombres tienen poca importancia- porque la desmitificación más o menos rápida y civilizada, es ya irreversible. Las resistencias y restricciones de los individuos y en los pueblos, sólo es señal de retraso y baldón de ignominia. Lo mismo en España, que en Rusia, que en África, que en América. Miedo mágico al futuro. Siglos de humillaciones raciales exacerbadas sobre negros y grupos indígenas poco evolucionados es ya una deuda histórica. Reciente está la lucha de los negros por su emancipación, el teocratismo medieval de los pueblos semitas, árabes y judíos, las tribus africanas, las xenofobias europeas y el sueño de iluminados magos hispanos de reinos encantados que nunca han existido, la emancipación normal que al fin también llega a su era de emancipación. Después de la desolación de las últimas guerras crece el gran nacionalismo yanqui que trata de poner leyes al universo. La decisión no puede ser unilateral porque los correctivos deben llevar el sello de la integración cósmica. La pauta la marca de la vieja Europa en el equilibrio de un integración civilizada, visión profética de un líder ruso que se contagió destellos de trasparencia al mundo y las nuevas auras de integración mundial conforman las coordenadas del nuevo orden mundial.
La ola desmitificadora arrolla el sentimiento racial. Ningún soñador podrá ya hoy desmontar la pureza de su estirpe dentro de la larga historia del hombre, ni comprobar la superioridad de un grupo étnico sobre los demás seres que existen en la tierra. Hay poderosos condicionantes sociales, elementos prolongados de situaciones históricas precedentes que sedimentan como estratos contaminados en la corriente histórica de pequeños pueblos. Pero ningún pueblo tiene derecho para mantener el radicalismo tradicional sobre los designios de sus pueblos. Las misiones providenciales de los pueblos no existen. Ni judíos, ni alemanes, ni americanos, ni chinos. Ni blancos, ni amarillos, ni negros. Los profetas de los pueblos escogidos por alguien son embaucadores y sólo conducen a los desiertos y las catástrofes. Existen puntos de la historia con determinados factores condicionantes. Persecuciones o perseguidos. Dolor escondido y orgullo triunfante. Pueblos favorecidos por el éxito o apiñados en la desgracia de derrotas comunes. Al final de todo solo hay hombres, sólo hombres con los mismos derechos, hombres iguales ante el destino es común de la historia.
La historia se está desmitificando. Otros mitos se desarman más fácilmente. El racismo es más resistente y mutante. Pero también agoniza en las relaciones globales. En pocos años se habla de la integración mundial. La cultura rompe la esclavitud de los pueblos, las falsas promesas de las religiones, pone en evidencia la falacia de las nuevas formas de nacionalismo pequeño. El aislamiento hoy es suicida e ignorancia burda. Los pueblos seguirán viviendo dentro de las unidades políticas superiores. Serán demarcaciones históricas, será la cohesión universal de pueblos diferentes, serán líneas simplemente imaginarias para tomar referencia a la geografía. Pero a largo plazo el cosmopolitismo debe triunfar sobre los radicalismos a la moda. Esos radicalismos que heredan la incultura de sus ancestros, el balbuceo de pueblos primitivos, los anacronismos de la historia y los complejos patrióticos de una larga convivencia pacífica, deberá darse un abrazo en la federación fraternal de la igualdad de toda la raza humana.
4.- El MITO DE LAS FRONTERAS.
La mentira de las trincheras. No sólo el calor del hogar común, ni la afinidad cercana. También la geografía se reviste de formas amenazantes. El hombre se pega a la tierra como las plantas. Se une horizontalmente con los vecinos y verticalmente con la tierra que pisa. Unas veces para quedarse en ella y otras para transitarla como los beduinos de un lugar a otro y como las aves emigratorias. El apego a la geografía es un instinto primario, casi vegetal, afecto de patria chica, oscurece y perturba las relaciones con los demás. Tras tomar posesión de la tierra el hombre se convierte en jardinero, hace parcelas donde loa afectos tribales se interponen y distorsionan los procesos civilizadores y convivencia. Son los nidos humanos que se rodean de magia y superstición. El hombre desborda el afecto desmedido sobre el habitáculo que se ocupa, sobre la tierra que se cultiva, sobre las murallas y los fosos que les separan y unen a los demás, sobre las banderas y los signos exclusivos que la representan. Al tiempo que se organiza la familia o el clan, se demarca un territorio y se construyen las chozas, sus fronteras y vallados, se organiza la tribu con medidas y material propio de la tierra, se asientan los mojones y fronteras, se demarca el espacio vital y se proclama la inviolabilidad y la soberanía de la tierra acotada. Se hacen entramados defensivos, recelosos y hostiles. El afecto tribal manda señales belicosas al mundo que le rodea, se hacen organizaciones civiles y militares de carácter ofensivo y defensivo que se imponen casi siempre sobre las tendencia unificadores y sobria convivencia.
Así como una larga convivencia degrada el sentido de pueblo diferente, el ardor que se coloca en las fronteras del poblado origina el orgullo patrio, el orgullo de la tierra ocupada, la magia de la geografía. Marca fronteras límites inviolables, construye fortalezas infranqueables, frena la voracidad expansiva del vecino y refuerza la propia. La muralla de las fronteras es producto guerras y pactos totalmente convencionales y arbitrarios. Pactos hechos en tiempos cercanos en la conciencia de los pueblos y por lo tanto mucho más frágiles y pactos perdidos en el tiempo como de largos movimiento y convenios étnicos y por lo tanto mucho más estables. Las naciones civilizadas actuales y viejos pueblos africanos entremezclados en fronteras confusas. Ambas igualmente falaces. La geografía tiene menos hondura que la antropología, menos longitud temporal, menos contenido biológico. Las fronteras son mucho más frágiles y convencionales que la hermandad étnica. Mucho más convencional y por lo tanto más inestable a no ser la etnia coincide con la geografía y entonces el acto mágico se refuerza y endurece Las parcelas nacionales, los estados asociados a una geografía, son formaciones epidérmicas, superficiales, muy visibles en las relaciones coetáneas de los pueblos y muy frágiles en sus trazados, a veces muy recientes, y por lo tanto mucho más vulnerables a los avatares de la historia que las huellas marcadas por la biología compartida.
El estado moderno, la nación en sentido político, aparte del sentido asociativo que justifica estructura política de las naciones actuales, tiene como base un pequeño o grande rincón de la tierra, se integra dentro de una geografía. Posesión de la tierra. Solución de una marca en la arena, con costumbre y pactos con los vecinos, regionales o internacionales relativamente cercanos, donde se integran los afectos de la patria chica y los entrañables afectos familiares, se entremezclan con los amores de patrias grandes y forma la unidades políticas, las regionales, los municipios, los señoríos feudales, las autonomías con diferentes grados de relación y diferentes títulos para poseer la tierra. La demarcación territorial señalada por las costumbres y las leyes, con otras convenciones y sus códigos de tradiciones, las creencias, principios morales, los ritos, las lenguas, contribuyen a la cohesión de los grupos humanos. Pero no son razones de validez absoluta. La nación es simple pacto convencional muy frágil. Los derechos son sobre las personas no sobre la geografía. De hecho pocas veces las etnias coinciden con las demarcaciones geográficas o practican las mismas costumbres o hablan la misma lengua y adoran los mismos dioses. Incluso hay pueblos que no han logrado conquistar con independencia un trozo de tierra o han sido despojados violentamente de ella por otros más poderosos o prefieren la trashumancia geográfica tradicional sobre las convencionales e interesadas divisiones trazadas por potencias coloniales con referencia a los meridianos y paralelos. Hay pueblos errantes sin horizontes fijos y hay tierras compartidas por grupos étnicos diferentes. Por eso es tan fuerte la tensión de las fronteras y factor contumaz en el fermento de conflictos en esta tierra civilizada. Imposible tarea pretender desenredar la inextricable madeja de etnias diferentes dentro de sus propias demarcaciones geográficas. La geografía ni es una nación ni es un pueblo homogéneo.
Ni un pueblo diferente implica una nación independiente ni un territorio propio. En las actuales naciones convencionales hay zonas geográficas imprecisas y sin fijar suficientemente. Hay injusticias latentes con tensiones bélicas siempre a la vista. Hay imposiciones arbitrarias de pueblos vencedores, violencias consumadas que se disimulan con alambradas de púas mortales y descargas eléctricas, con muros de hormigón como telones de acero, dudosas zonas desmilitarizadas y viejos conflictos fronterizos no resueltos siempre aplazados. Estos convencionalismos son causa de enconadas fricciones bélicas entre pueblos cercanos. Las líneas fronterizas son más quebradizas e inconsistentes que la cohesión de otras deformaciones mágicas como la raza, incluso las lenguas, las religiones, que pueden integrar a unos grupos dentro de otros y con tendencia a diluirse en el poderío de las grandes unidades de la globalización. Tendencia a extinguirse. Y aún esta unidad geográfica, a veces multiétnica, encerrada dentro de sus murallas inexpugnables, no es menos engañosa y falaz que la afinidad consanguínea. Después de todo es la ley de conquistadores y los pactos de guerras perdidas, símbolos que se adhieren a las notas de un himno marcial caprichoso, a las reverencias a un estandarte multicolor y convenios colectivos tan sinceros como traicioneros. Unas veces impuestos por las armas, otras establecido por tratados pacíficos más o menos justos, marcas naturales que señala la corriente de un río caudaloso, por la sombra de unas montañas inaccesibles, por unas viejas murallas seculares. Las fronteras se mantienen en puntos de equilibrio inestable que imponen las prácticas de tradiciones no demasiado alejadas en el tiempo. Muchas naciones actuales tienen configuración muy reciente, este siglo y el siglo pasado, y los procesos de autonomía no han cerrado todavía el círculo. Mucho más recientes y convencionales que las marcas étnicas que han grabado los siglos en su perfil antropológico.
El afecto de la tierra se endurece y mitifica en las ventajas que reporta su posesión como espacio vital y como base de la riqueza material de sus pobladores. Ahí reside el mito. Se exageran las dimensiones de las pequeñas conquistas o se ritualizan los complejos hábitos de vida compartida o se idolatran los productos de fabricación casera. Otra vez enarbolado el afecto popular que ofrecen unas murallas fuertes y una tierra próspera y sagrada, el fetiche de un monte mágico y el fanatismo del afecto de la patria chica. El sentimiento patrio se transforma en fetiche religioso. El pacto se hace dogma y la bandera que ondea al viento en las guerras o después de ellas el dios sagrado de la tribu por la que se vive, se mata o se muere. Bandera de bucaneros. La mitomanía humana se ensaña, como en los vínculos sanguíneos, en las partes oscuras de la mente, en las fronteras delimitadas por vallas, por ríos, por muros, por cordilleras, por alambres de púa. En los mapas está bien definido por trazos continuos inviolables; protegidos por la fuerza de unas leyes propias, por ritos fatales de pueblos inmaduros, por ejércitos poderosos, por arsenales atómicos, por banderas inviolables que ondean en puntos estratégicos, por pactos firmados en climas bélicos de vencidos y vencedores. Estas líneas son arbitrarias y forman la última superposición de infinitas oleadas de poseedores diferentes que la marea del tiempo ha llevado y traído durante muchos siglos y el rudo estilo de una convivencia que regula las ambiciones de unos pueblos y otros en cada bando de las fronteras.
Existen pueblos sin residencia fija, errantes de su destino, víctimas del acontecer histórico voluntario o forzoso. Beduinos y judíos ante de asentarse en secuestro de las tierras de sus vecinos. Los kurdos dispersos en varios pueblos. África es un continente segmentado geométricamente, a escala de los intereses coloniales, con regla y compás, sin el menor respeto a los componentes étnicos de pueblos ácratas y trashumantes sin el menor concepto de estado. Son naciones artificiales. Otros comparten un idéntico ideal de vida en unidades políticas diferentes, federadas, confederadas, o autonómicas, separados por fronteras poco permeables y diferencias étnicas muy diferentes. Hay pueblos sin patria, exiliados voluntarios y forzosos en tierras dominadas, pueblos errantes, trashumantes y apátridas. Pocos grupos homogéneos comparten el mismo círculo geográfico y el mismo sentimiento nacional. El orgullo de la raza y el sentimiento de las fronteras se entrecruzan caprichosamente de muchas maneras. Torbellinos de afectos ciegos, Hombres que viven y mueren por ellos. Fuerzas subterráneas en remolinos destructores. Los camicaces y los hombres bombas. El afecto común de los que viven cerca y el mismo afecto nacional hacen combinaciones explosivas y destructoras. Pocas veces conviven en paz. El concepto de etnia no se identifica con la geografía. Tanto si las etnias se consideran en su lejana dimensión diacrónica en cuya profundidad el hombre desconoce totalmente su pasado, como si se consideran en los avatares de los últimos siglos donde su entramado se hace laberíntico y naturalmente mestizo y combinado. Su naturaleza es siempre móvil y caprichosa. Nadie puede arrogarse la pretensión de contener el espacio o el tiempo en moldes absolutos ni inventar afinidades étnicas y cotos nacionales a capricho. El tiempo es relativo; pero merece respeto. Y cada nación de hoy es producto de muchos conflictos pasados, de muchas revoluciones, de muchos tratados que nadie puede recomponer o suprimir de un plumazo. Nadie puede pretender que la historia deje de ser lo que es a gusto de magos y profetas. La utopía de los nuevos nacionalismos y salvadores de patrias son sombras alucinadas y monstruos del pasado.
Muchos repartos leoninos de la tierra que los más fuertes imponen a los más débiles en tiempos de invasiones y colonias se mantienen hoy en nombre de los hechos consumados. Nación y pueblo, genética y geografía. Hoy resulta más exacto hablar ya de factores culturales comunes como elemento aglutinante de pueblos mucho más que el grupo sanguíneo o el origen geográfico. No vale la unidad que deriva de los repartos hechos por grupos vencedores que se equilibran con las venganzas reprimidas de otros. No valen las acciones y reacciones violentas de unos imperios sobre otros pueblos más débiles. No vale la ley de los ejércitos y la intimidación de las armas. Son ya etapas inmaduras de la historia. Si el seguimiento de las etnias humanas es imposible la falsedad de las fronteras es todavía más quebradiza. Como el movimiento de las olas en los océanos, como el movimiento de las dunas en los desiertos, como la corriente de la afectividad popular en las manos de sus profetas temporeros, así se mueven las líneas fronterizas. Infinitas superposiciones de unas sobre otras, cambios limítrofes que corrigen los errores de otros cambios precedentes Sólo los valores de una cultura nueva, la progresiva asimilación de los derechos universales, la solidad cósmica, la cultura unitaria, participativa, integradora, que sobrevuela sobre las diferencias miasmáticas y borrosas de las etnias y los pueblos y se impone lentamente como principio de concordia y convivencia universal. Una cultura universal que es capaz de hacer verdaderamente libres a los hombres y a los pueblos futuros.
La ambición humana ensancha y reduce constantemente la tierra que ocupa y el campo vital de su supervivencia de acuerdo al poderío militar. Las líneas fronterizas se afincan en nombre de leyes y protocolos firmados a la voluntad de los más fuertes y pocas veces en nombre de la justicia. Líneas que se mantienen en nombre de supuestos bélicos que sirven para unos tiempos y no valen para otros, en nombre de leyes que se fabrican en pactos implícitos y explícitos de unos pueblos y otros con una errónea pretensión de la historia futura que nadie posee. Líneas que se justifican en prejuicios raciales y someten el comportamiento de los individuos y de los pueblos a un supuesto esquema del bien y del mal aceptado gratuitamente por una sola parte. Lo que es bueno para unos es malo para otros, lo que hoy es justo ya será mañana injusto, la ambición desmesurada de unos coincide con la dignidad humillada de otros. Tan acomodaticia es la geografía como la moral que la impone, la legalidad de unos se alimenta en la injusticia de otros. Las mismas razones de justicia que invocan los contendientes de un bando valen para justificar las pretensiones del bando contrario. Relativismo social convertido en privilegio propio. Después de todo el planeta tierra es una propiedad comunitaria -lo que obliga a la solidaridad ecológica de todos- y no es propiedad absoluta ni exclusiva de nadie. La propiedad consideración social es una usurpación.
Ni héroes ni mártires. El orgullo de morir en las fronteras, morir por la patria, por incluso por ideas, por ideales sublimes, inmolarse como héroes o mártires, es la pervivencia moderna de otra gran mentira con rostro del color la tierra que se habita y la bandera que defiende. Una gota de sangre, el sacrificio de los caídos en combate, las muertes colaterales de las guerras modernas que asesinan inocentes sin que conozcan las causas, el llanto de cada madre en los funerales del hijo coronado de flores y con medallas póstumas al mérito, vale más que la justicia que promueven todas las guerras juntas, más que el palmo de tierra que se defiende o se ataca, más que el orgullo patrio de los imperios y la aureolo inmarcesible de cualquier ideología o sagrado ideal. La visión actual del mapa político muestra ya desde el principio la extraña distribución de la tierra y las raras combinaciones demográficas en la sinuosidad caprichosa de los inventos políticos y su estética policromía en los mapas. Muestra evidente de la incapacidad humana para hacer un mundo sin fronteras, sin parcelas y sin recodos. Capricho de naciones poderosas, vallas caprichosas, alambradas entre pueblos vecinos, impermeabilización de la contaminación del extranjero. “El contrario es malo y nosotros somos mejores”. Las disgregación es la razón de litigios fronterizos, grandes y pequeños, el mito de los muros, el engaño de los mojones, es la tendencia autista a mirar el propio ombligo sin perspectivas no horizontes, a veces la zancadilla de pueblos conservadores a los caminan de prisa con la frente levantada hacia el futuro.
El progreso es camino al futuro. Acumulación de los bienes comunes de la cultura universal y la suma de las grandes conquistas de los habitantes de la tierra. El concepto de patria, como soberanía de la tierra, solo tiene connotaciones muy relativas y concretas, no es válido como criterio para etiquetar culturas diferentes y privilegios diferenciales precisamente por su contingencia y veleidad. La línea geográfica es el capricho de unos acontecimientos cercanos, la cicatriz de alguna escaramuza reciente y no un valor absoluto. A veces algunas escaramuzas, como el resultado de algunas guerras producen frutos universales. La “igualdad” de la revolución francesa y la “libertad” de muchas guerras emancipadoras. Las demarcaciones geográficas, por lo demás, son circunstancias históricas más o menos lejanas con el desarrollo de los derechos y la maduración humana. El hombre es cosmopolita, superior a las alambras que lo separan de los demás La cultura está sobre las fronteras. Aún, a pesar de ellas, la ósmosis cultural se produce siempre porque las conquistas humanas son expansivas y contagiosas. Todavía no está repartida de forma uniforme y existen diferentes grados de participación. Existen zonas opuestos muy distantes entre pueblos desarrollados y pueblos deprimidos. La cultura no pude encerrarse en el aprisco de la nación propia o en el territorio soberanista frente a grandes zonas de marginalidad de pueblos dominados y sometidos. El aislamiento se convierte en incultura y anticultura que a su vez es fácil recurso para la subordinación y la dependencia. Y la ósmosis se hace más difícil cuando no hay interés en compartirla o falta de oportunidades o se usa la ignorancia como falsa estrategia de progreso.
La cultura, la cultura universal, la humanización, que no es solo el número estadística de analfabetismo ni siquiera títulos universitarios, avanza a pesar de las fronteras y la fragmentación en parcelas de la tierra; pero se avanza poco. La conciencia de la dignidad propia, la lucha por la libertad y los derechos humanos, el empeño de quienes intentan saltar los muros y romper amarras, es creciente. Hay emigración “ilegal” y peligrosa en la propia tierra, hay frágiles pateras y balsas que desafían las procelosas aguas del mar con rumbo incierto donde mueren o son deportados, hay emigraciones voluntarias y forzosas. La libertad se exige en proclamas bélicas o temerarias acciones subversivas y se reprime en masacres colectivas de inocentes sin opción a la palabra y al diálogo. Crece, como acción reactiva, el rechazo xenófobo y la discriminación por razón el color de su pasaporte, por el color de la piel, por los rasgos de la cara: Nace la política hipócrita de puertas abiertas cuando se necesita mano en las “galeras” y la clausura total cuando y su expulsión cuando estorban. Los mitos nacionales y la magia de las fronteras patrias grandes o chicas sobreviven porque todavía faltan organizaciones mundiales capaces de garantizar la seguridad de unos pueblos contra otros. Pero ese hecho no le resta magia al efecto geográfico. “Solo quien nada vale por sí mismo puede creer que hay mérito en haber nacido en un determinado lugar o bajo una determinada bandera”. ”El proyecto de nuestro destino europeo está en superar conceptos de segregación, racismo, xenofobia, que son hermanos bastardos del nacionalismo, incluso de las democracias”.
La historia enseña. Pero el hombre aprende mal de sus errores pretéritos. Las pequeñas ciudades griegas se unifican en las grandes conquistas alejandrinas bajo la magia de un líder carismático. Roma construye un gran imperio territorial que se rinde a la presión de los bárbaros y el poderío turco; estos entregan sus palacios a los hijos de Mahoma que ocupan buena parte del mundo. Las fronteras europeas se organizan en el vaivén de numerosas y largas guerras. La geografía política africana es el resultado de trazados geométricos de obedientes a intereses coloniales sin ningún respeto a sus organizaciones tribales y étnicas. Las naciones americanas son capitanías generales españolas y mercado colonial anexionista anglosajón. Mercado permanente de tierras en las fronteras. El mapa actual del este siglo se configura con violencia y con muchas fluctuaciones. Las líneas fronterizas, como las olas del mar, están en flujo y reflujo constante, con pactos ominosos, guerras injustas, y ejercicio de poder. Mucha sangre en los frentes. Porque las fronteras son mitos y el sentimiento patrio infla el orgullo de los líderes militares, monarcas y caudillos. Se desencadena el maquiavelismo político. Todo está permitido al “príncipe” para lograr el poder. “Todo por la patria y el rey”. Valores absolutos donde solo hay rapiña y circunstancias muy convencionales. Otra megalomanía colectiva. Sobre esta frágil estructura se establece el derecho y el orden internacional actual. Un castillo sobre arena, todo en el aire. Naciones grandes y pequeñas en una convivencia inestable entre el miedo constante de guerras frías y calientes que se cruzan siempre en camino de la paz. Naciones que se estratifican en el primer, en el segundo, en el tercer y, tal vez, el cuarto mundo, con importancia jerárquica. Las Naciones Unidas, un rudimento ensayo para recuperar el orden, un club de grandes potencias mal organizadas y con privilegios y derecho a voto para proteger los intereses de los vencedores con el aplauso forzado y la comparsa de las naciones pequeñas. Confuso trazado de líneas geométricas para un caótico mundo de ambiciones diplomáticas que no resuelven nada, un confuso orden que unos pueblos realizan en detrimento de otros. Y el gran obstáculo para la paz.
No es raro que hoy, al amparo de las corrientes libertarias que corren por el mundo, la crisis de las fronteras se más consciente en distintos rincones del planeta. Las fuerzas integradoras avanzan y, a pesar de todo, las líneas fronterizas se diluyen y debilitan lentamente. Hay crisis de fronteras que es quiebra del mito. La tierra es habitáculo común del hombre. Desparecieron las alcabalas, sobran las alcabalas y tal vez el mismo mito del “pueblo”. También mítico pero más consistencia, puede reorganizar la convivencia en grandes unidades primarias de convivencia. Es natural. El sentido solidario crece en este siglo y el planeta azul se encoge. Para vergüenza propia todavía hay trincheras y mucha sangre todavía. Cayeron las murallas del imperio alejandrino, las dinastías faraónicas, cayeron las marcas napoleónicas, los califatos, los señoríos feudales y el poder de los reyes absolutos, lo mismo que los poderosos emperadores romanos, lo mismo que las dictaduras más despóticas, lo mismo que las democracias más liberales, lo mismo que caerán los sueños míticos de este siglo. Se deshace lentamente el mito de la independencia absoluta bajo el contacto de los valores universales del hombre. No hay hombres ni pueblos solos. No puede haberlos. La independencia, el aislamiento, la segregación, son términos que ya no significa nada, una utopía extemporánea y arcaica. En todo caso, sólo cambio de dueño o cambio de relaciones diplomáticas. Ya no existe más que una comunidad histórica mundial irrenunciable.
Tanto en sus sueños caseros, producto de pequeños triunfos, como en su afán expansionista de sus grandes ideales, confirma en cada tiempo su instinto insolidario y la razón mágica de sus supersticiones. Triunfo de la mediocridad que no conduce a nada. También el espacio común, como el tiempo común, se incorporan fácilmente a las zonas ciegas de la emoción colectiva que no responde a nada. Y lo que debiera ser motivo de celebraciones festivas y solidarias se convierte en conflictos bélicos. El hombre se integra en su mundo físico como en una sola vivencia temporal, como en su hábitat cultural propio como el aire que respiran y la luz que reciben de las estrellas. De la misma forma que los animales en sus cuevas, el hombre se cobija en el valle que lo defiende, anida en la ribera de un río almo, convierte el aprisco que ocupa en herencia sagrada, diviniza sus convenciones, mitifica el color de su bandera como las pequeñas instituciones, como adora a sus iconos, como ama a sus seres queridos. Y se defiende, recela y resiste la agresión de los usurpadores extraños. Desarrolla el instinto de rapiña, el derecho de guerra, la violencia al agresor, el fetichismo de la tierra, brota con el mismo entusiasmo que se agranda el sentimiento de la patria común y la raza propia.
Absurdo es dejar la vida, esta corta y fascinante vida que se nos concedido, en una frontera que se ha impuesto por la violencia encadenada de unos pueblos sobre otros con resultado de invasiones, provocadas casi siempre por los más fuertes e imposiciones de la voluntad caprichosa de hombres alucinados y profetas fabricados a la medida de los fracasos de su medio social. Los mesías representan la urgencia de cada tiempo. A veces son buenos y a veces son sus aberraciones. Casi siempre mueren crucificados. Sus ideales se propagan en formas de cruentas e incruentas guerras entre unos bandos y otros. El signo de su ignorancia puede pasar a los pendones victoriosos de sus seguidores, hacer guerras santas y crueles y organizar poderosos imperios teocráticos. A veces el yugo de su poder somete a las instituciones civiles y la opresión se impone a las conciencias en nombre de preceptos morales superiores. La subordinación moral es más fuerte que la dependencia política. Recuérdese la filtración silenciosa del cristianismo y otras religiones en todos los continentes, las feroces guerras santas libradas hasta hoy en su nombre en todos los siglos. Los mitos de patria y religión que recuerdan viejas instituciones mixtas y los teocratismos actuales que son tan halagadores como mentirosos. Ideas perversas, como carcoma social, que se alimenta de sangre humana, no pueden ser buenas, ni siquiera ideas.
La magia fronteriza es factor desestabilizador. Es explosiva. El hombre modela su entorno con la misma fuerza que puede destruirlo en sus pasiones sociales incontenibles. Las alarmas mundiales del ecologismo, de los verdes, del pacifismo en defensa del medio natural son completamente legítimas. Los gritos por un mundo sin fronteras, el cosmopolitismo actual, a pesar de los crueles duendes caseros que todavía habitan esta tierra, hacen cada día más clara la convivencia solidaria. Los nuevos parámetros culturales influyen ya en la configuración demográfica, en la formación de las nuevas costumbres, en las organizaciones mundiales que tímidamente amortiguan los conflictos. El hombre es parte del espacio que habita. Si la sangre es herencia biológica, y el producto social legado cultural, la geografía impone su propio determinismo telúrico en el cuerpo y en el alma de sus inquilinos, en sus rasgos físicos y en sus rasgos síquicos y en pequeñas pecas diferenciales que también deben ser tenidas en cuenta. Los hombres de la misma geografía tienen características semejantes por efecto biológico, por el mimetismo cultural de los mismos criterios morales compartidos. Las diferencias existen pero nunca en proporción que se puedan contraponer esos rasgos diferenciadores a las grandes conquistas humanizadoras comunes.
El mundo occidental, sede de viejas civilizaciones y mosaicos superpuestos de etnias que luchan juntas por el círculo de tierra que pisan, todavía viven inseguras en la idea nacional que han heredado recientemente de sus antepasados, avanzan tímidamente por el camino de la integración. Sus miedos atávicos atenazan interiormente su evolución. Si son absurdas las luchas raciales, no son peores las intrigas fronterizas y los conflictos que provocan sus demarcaciones territoriales. La frontera entre los pueblos se hace cada día tan borrosa como las marcas del minifundio agrario tradicional ante la industria agraria. Se diluyen a medida que aumenta la cultura mundial. Mañana serán fósiles que se estudiarán en las escuelas como errores del pasado. Hoy crean miedos mágicos a fundir los momentos gloriosos de sus viejos imperios en la historia común europea. Ahí está la peligrosa eclosión de las nacionalidades rusas oprimidas durante mucho tiempo, el ejemplo sangrante de los Balcanes que nunca debió pagar la fractura de su corta o larga historia común en con ríos de sangre, el letargo de muchos pueblos que todavía viven la somnolencia tribal de su primitivismo y el fundamentalismo árabe que todavía no ha despertados de sus siglos oscurantismo teocrático.
Ocho siglos de convivencia hispano-árabe no fueron suficientes para disminuir las diferencias políticas y religiosas de los dos pueblos. Sin embargo su convivencia en el mismo hogar ibérico le ha concedido puntos de encuentro comunes y formas de vida tan iguales que todavía a este hecho hoy no se le ha ofrecido la importancia que tiene. Ni alminaretes árabes, ni los decálogos religiosos, ni la interpretación de la mujer como elemento sometido en la sociedad humana, ni la forma y los instrumentos de cultivar la tierra, son tan diferentes unos de otros. Hasta ayer la mujer hispana se tapó la cara en el templo y llevó el vestido largo como una chillaba y se escondió en el interior del hogar. Hasta ayer las mulas hispanas sacaban agua de la tierra con una lenta noria, hasta ayer aquí se rezaba casi por obligación legal impuesta por ley como lo hacen hoy los musulmanes del mundo. Y si no se visita la Meca se mira a Roma, o a Jerusalén o a Santiago. El trato que los árabes dan hoy a la mujer se defendió siempre como excelente virtud de la mujer hispana a esta parte del estrecho. No son las diferencias. Son los mitos, unas fronteras que se han movido incesantemente durante siglos y hoy ahí está con toda su injusticia vigente.
Destino caprichoso de la historia. Unos pueblos nacen con más suerte que otros. La cultura grecorromana, ante las invasiones de los bárbaros del norte tuvo más fortuna que las culturas precolombinas ante las conquistas españolas. Las cien nacionalidades soviéticas que reclaman hoy el respeto de su vieja dignidad perdida ante el mito de una supuesta rusificación, no evitarán la tentación de nuevos errores si no mueren antes los viejos mitos de sus nacionalismos disgregadores. Ojalá que la fiesta de la libertad de mil pueblos oprimidos se realice en el abrazo común de los pueblos más evolucionados. Ojalá se evite el caos atomicista que se remueve en los avisperos del nacionalismo excluyente. Todavía hoy pululan errantes por las selvas americanas las sombras vivientes de unos pueblos que se resisten a entrar en la fiesta de la modernidad. Rubor de su vergüenza tribal, de la doma colonial y el aislamiento geográfico. Ojalá la euforia de unas fiestas centenarias no disimule el luto del genocidio de muchas etnias extinguidas o tiranos vigentes. Las últimas fronteras europeas, la fragilidad de la división de las tierras americanas, las caprichosas líneas divisorias africanas, hablan de los errores que se esconden en las arrugas de la vieja conciencia de los pueblos colonizadores de antes y ahora.
La unidad teocrática de las católicas monarquías, asentada entre fiestas nacionales de carácter inquisitorial y pretendidos ideales religiosos, en furiosa saña contra herejes y renegados, con delitos de lesa patria, entre grandes intrigas de odios y venganzas populares asentaron una unidad política dramática y sañuda que nunca antes había conocido el solar hispano, mezcla secular de pueblos y civilizaciones en continuo flujo y reflujo de alegres victorias y doloridos lamentos de vencidos. Con la unidad ibérica se asentó la atonía de la vida y los estratos privilegiados de los estamentos privilegiados que han entrado en crisis en la edad moderna y todavía mantienen los resabios de su viejo orden en la clandestinidad y la nostalgia de muchos. Tal vez la realidad de España se entienda mejor en la superación del tiempo actual, en la unidad de muchos pueblos que señalan la constante vital de este tiempo, evidencia de la igual naturaleza del hombre que nace desnudo y sin privilegios, sin títulos ni vasallajes, igual en las literas de los pobres y en las clínicas de los ricos.
Las invasiones, las treguas, las declaraciones de guerra, las victorias bélicas, se celebran con fiestas macabras sobre las tumbas de los que han muerto o van a morir. Su voz no la recoge nadie; pero el silencio de sus tumbas es acusador. El absurdo del mito y la borrachera de las ideas falsas. Para ensanchar las fronteras han nacido las guerras santas del pasado y del presente, por las fronteras nacen las guerras civiles, las grandes cruzadas se han realizo en nombre de lugares sagrados. Muchos estados unidos de hoy no son más que trofeos bélicos y convenios pactados con las armas en la mano. La rebeldía violenta y explosiva, que se esconde en los armisticios de los vencidos, es el único testimonio de las traiciones cometidas en la prepotencia de los grandes. La facultad de fabular de los pueblos se encarga de justificar o cauterizar la conciencia de los vencidos y en vez de establecer los criterios de la justicia hace la ética a medida de los hechos consumados,
De la misma forma que se celebra el orgullo de las fiestas nacionales y se mitifica la sinuosidad de las líneas fronterizas, se celebran las difíciles conferencias de paz, se pasa revisión a las supersticiones que movieron a viejos guerreros en su lucha contra las tribus vecinas. Origen de ritos y leyendas y las megalomanías humanas. Se desfiguran los símbolos de la patria, nace el expansionismo de las naciones grandes y la rebeldía siempre viva de las naciones pequeñas; se funden unas en otras, se disgregan a merced de caprichosos pretextos. Las razones de las conquistas americanas, la expansión colonialista europea, la desintegración de unas al final de la guerra y la integración de otros en los últimos tiempos, es producto del mismo fetiche. Fastuosas mentiras. La misma vanidad de ser de un continente o de otros, de llevar un gentilicio u otro. Nada más falso y caprichoso que las diferencias nacionales que hoy amenazan al equilibrio mundial de los pueblos. Todos ellos tienen al fondo una poderosa carga de violencia que ofrecieron o recibieron de sus mismos ancestros.
Nada existe de perdurable en las fronteras más que la acumulación de afectos colectivos y la mentira edificada sobre su crónica ignorancia, ciega irracionalidad de sentimientos culturales y contra la cultural y frustración de los pueblos cercanos trashumantes como forma del legado a sus descendientes. El hombre es un torpe animal que no aprende en sus errores y tropieza todos los días en los mismos fantasmas de sus progenitores con toda la basura acumulada y los mínimos criterios de reflexión social. Las fronteras son los elementos más cambiantes al mismo tiempo que aspectos totalmente arbitrarios y convencionales. Mentiras colectivas que no han podido desenredarse de los elementos de su irracionalidad a pesar de la magia de sus caudillos. Nunca son estables ni definitivas. Nada hay perdurable en una frontera que no sea producto de una larga historia y consecución de los tratados de sucesivas guerras. La pretensión fanática de mantenerlas es tan falsa como la estabilidad de esbeltas piezas de arcilla y el poder de ídolos modelados en barro. Si asistimos al deterioro de la cohesión racial en unidades concéntricas superiores el asentamiento de las líneas geográficas es mucho menos consistente y no puede ser una utopía augurar la desmitificación de las fronteras geográficas como se caerán también las grandes diferencias étnicas de los pueblos más alejados.
Nuevo chauvinismo. Fantasía es eternizar el habitáculo social bajo el cobijo de nimios efectos caseros porque los juegos de la conducta popular son a veces atentados contra la sociabilidad. Virus del progreso y fantasías chauvinistas. Anticuerpos sociales con apariencia de civilidad. Pequeñas termitas destructoras que carcomen, al amparo de de la impunidad y la tolerancia social, las bases de la convivencia solidaria. Pueblos narcisistas fascinados con brillo de una pretendida pureza de sangre diferente y el esplendor de sus murallas impermeables y la seguridad sofisticado de sus arsenales de guerra. El helenismo griego, los sueños napoleónicos, la megalomanía nacionalista hitleriana, el sionismo reciente, las teocracias árabes, son secuelas normales y reacciones reactivas a los complejos de la tierra. Mito de la tierra. Lo mismo que el neoimperialismo anglosajón, el humillado mesianismo soviético, las unidades multinacionales bajo la hégira de viejas ideas patrias, se han podido instalar en un tiempo determinado de la historia. Ni podrán hacerlo ahora sin integrar su acción en el proceso humanizador global, sin una sucesiva superación humana, libre y respetuosa, tolerante y solidaria, en círculos cada día más amplios de la cultura universal, sin el mágico desencantador de unas fronteras inútiles dentro de una unidad mundial efectiva.
Se borrarán las lindes, unos pueblos se asentarán sobre el solar de los otros, nacerán los reinos de taifas, de la misma forma que ha sucedido en otros grupos humanos antiguos y recientes. La unidad creciente de los pueblos borra el convencionalismo de las tierras que se ocupan. Pueblos hubo ajenos a todo sentimiento patrio y con escaso sentimiento de la tierra con escaso sentido del tiempo y del espacio. La conciencia nacional es muy reciente, ha crecido como un monstruo gigante al amparo de grandes imperios, al paso de sus ejércitos y poderosas máquinas bélicas. El feudo destructor del monstruo se expande. En los últimos siglos se han ido aglutinando pueblos en torno a héroes y caudillos, en torno a sus banderas, en torno a sus himnos nacionales, dentro de poderosos sistemas defensivos, al cobijo de poderosas máquinas ofensivas. Aunque sea conquista de la ciencia nueva producto de la técnica, ahora son máquinas peligrosas.
Han surgido gritos nacionalistas en todas partes del mundo en favor de la independencia. La independencia de los pueblos dominados por potencias europeas, independencia de las colonias americanas, y la independencia de los pueblos asiáticos y africanos, es la reacción legítima contra la opresión y la formación de nuevos mitos de mando iguales. Y el renacimiento del sentido de dignidad y libertad propia todavía implica en el mundo la existencia de territorios dominados, colonias anacrónicas, territorios administrados, países libres asociados, como restos extemporáneos del mito de los viejos imperios coloniales. La falsa fragmentación de los pueblos africanos y la naciente transparencia rusa, la vergüenza de los muros entre pueblos hermanos, la violencia política sobre tradicionales pueblos ácratas, la opresión de unas fronteras impuestas. Rusia admite sus errores. Pero todavía existe el colonialismo encubierto de los pueblos armados; todavía hoy la libertad de unos es despojo de la libertad de otros; pero ese mismo sentido de libertad es un factor cultural que borra las fronteras geográficas con el entusiasmo de un hogar común. Ya renace en el rundo un nuevo sentimiento nacional aunque la marca de los mitos del pasado se resistan a desaparecer. Esa marca que señala diferencias mucho más que completa la fraternidad mundial. El mito de siempre que no ha permitido hallar el mecanismo de conjurar conflictos regionales perturbadores o apagar los incendios bélicos que pueden originar profetas alucinados en cualquier parte del mundo y en cualquier momento.
En el otro extremo está en mismo sentimiento perturbador de la independencia absoluta. Los movimientos radicales y la prepotencia de los poderes establecidos. La independencia en el sentido estricto es una acepción que debe desaparecer de las páginas del diccionario. Ya nadie puede ser independiente ni disfrutar de soberanía absoluta. Como el hombre tiene una actividad limitada por los cuatro costados y su pretendida independencia es sólo una coartada de una autonomía que nunca puede disfrutar en el mundo, la independencia nunca puede ser absoluta. La propiedad de la tierra, tampoco. Nadie es absolutamente libre, ningún pueblo es absolutamente independiente. Y a media que aumentas las comunicaciones y a medida que se reducen las distancia la posibilidad de estar sólo y actuar solos y ser dueños absolutos de las cosas, es menor. Somos solidarios. Todo el mundo depende de todos. Nadie puede vivir en una isla solitaria ni disfrutar en solitario de los productos de la tierra.
La paz no ha sido posible. Hay poderosas unidades económicas; pero existen frágiles estructuras políticas que amenazan la disgregación progresiva. La unidad mundial puede ser pronto una realidad histórica que cubra de vergüenza el tiempo pasado y devuelva el entusiasmo de una convivencia tranquila y estable para todas las generaciones que abominan la guerra y aman la paz. Los pequeños demonios de los pueblos no se han extinguido. Cuando se presagia el fin de la guerra fría, cuando la transparencia recorre el mundo con auras de esperanzas nuevas, todo se llena de duda ante la incapacidad de la diplomacia mundial, la capacidad del diálogo, que no logra calmar la conciencia incendiaria de un beduino árabe que reclama la dignidad de un pueblo vencido y las reivindicaciones de su pueblo largamente humillado. La tierra blanda de muchas injusticias nacionales es pasto propicio para los incendios bélicos y ante los grandes poderes centrales son caldo de cultivo para la ponzoña perturbadora de los pequeños nacionalismos.
La cultura occidental sufre el fracaso de su acción negociadora en los tratados integradores y acaso entienda la lección de un orden nuevo en las relaciones mundiales, la desmitificación del inútil concepto de fronteras diferentes ante el empuje de la fuerza unitaria. La guerra es una actividad salvaje impropia del hombre civilizado. Pero la guerra todavía se justifica con pretextos civilizados cuando ha terminado su escasa capacidad negociadora para resolver el problema de su fraternidad común. La revolución francesa puso la primera piedra; pero los procesos de humanización colectiva del hombre todavía no se han realizado. La fraternidad no existe y el fanatismo que resiste la acción civilizadora de otros es el mito egoísta de sus individualismos La justicia es ajena a esta tierra. Las contrarrevoluciones se forjan en el orgullo de otras revoluciones y las fuerzas centralizadoras generan reacciones poderosas en sentido contrario. La incapacidad negociadora crea los antígenos de reacción contraria.
El hombre ha sido incapaz de armar los mecanismos de la paz mientras ha realizado grandes montajes bélicos. Nunca podrá brotar la paz humana sobre mecanismos belicosos. Los nacionalismos actuales son la bonanza engañosa que surge después de fuertes fuerzas centralizados de otros nacionalismos superiores, Este siglo, después de años de guerras y largas tensiones bélicas entre bloques poderosos, vislumbra el desmantelamiento de los bloques, habla un lenguaje de distensión internacional, plantea la destrucción de los arsenales. Sin embargo, los nacionalismos actuales son corrientes antihistóricas totalmente anacrónicas basadas en el mito de la propia geografía, tan peligrosos como la defensa de la identidad de los glóbulos rojos en el torrente circulatorio de los pueblos. Vano el empeño caprichoso de los estados nuevos.
Las fronteras geográficas son elementos opuestos a la paz y a la fraternidad entre los hombres. El afán expansionista subyace en el fondo de muchos conflictos humanos. Los imperios de todos los tiempos son episodios bochornosos fabricados con despojas de pueblos fronterizos. Latrocinios en cadena. Las potencias actuales son al mismo producto con etiquetas falsas. Las fronteras propias aíslan y separan; por un trozo más de tierra se cometen las mayores aberraciones históricas. El aislamiento desmorona y los pequeños nacionalismos modernos solo pueden justificarse como una formación reactiva contraria igualmente errónea y localista con el engaño de nuevos mitos. También serán engullidos en una visión unitaria de la historia. Tienen hullas profundas en la costra cultural de los pueblos. Seguirán siendo unidades concéntricas que tendrán un sentido unitario integrador al margen de toda valoración semántica; pero parte de una realidad unitaria del mundo.
La gran fiesta cósmica. La solución reside en la centralización del poder político mundial. Ya la tendencia está marcada. La distensión de los bloques se está desarmada. Y la solidaridad internacional es ya un hecho a poca distancia que diluye progresivamente la tensión entre unos bandos y otros y conjura el instinto bélico de líderes ambiciosos y sanguinarios, y las tentaciones guerreras de pueblos que conservan vivo el recuerdo de sus grandezas pasadas y sus humillaciones. Sólo la madurez diplomática y las formas civilizadas pueden mantener el equilibrio inestable europeo creado por el ocaso del mundo comunista. La caída del muro no justificará grandes faustos de nadie si no se aprende la lección negativa de sus errores. Su fracaso no debería fomentar la prepotencia de nadie sino la ardua tarea de llegar a una concordia universal definitiva y estable dentro de una lógica social. Las guerras con todo el séquito de horror y miedo son el baldón más negro y bochornoso que este siglo puede ofrecer a los siglos venideros.
Sólo la maduración humana, la asimilación de los valores culturales por todos los pueblos, la extinción de las costras de anticultura secular que provocan movimientos sísmicos destructores de irracionalidad como las placas teutónica en el centro de la tierra, la conciencia de que la tierra es el único hogar común de la raza humana, la convicción de que ya no hay hombres y pueblos diferentes sino simplemente hombres, la integración de todas las naciones, pueden hacer realidad los deseos pacifistas y justicieros de los hombres del mundo, la licencia definitiva de los ejércitos y la jubilación de los ministros de la guerra, la reconvención de todos los millones de defensa en organismos de paz y bienestar social. Ya no sirven los ejércitos que hoy se asientan en todas los pasos fronterizos marcando diferencias entre unos seres humanos, los cuantiosos gastos en la competencia armamentista militar y sobra todo el equipo bélico amontonan en sus arsenales como símbolo de muerte. Sobran todas las armas. Esa armas que alimentan los mitos anacrónicos que todavía sobreviven en la sociedad.
La guerra es un instinto negativo con vestigios de tiempos superados y un obstáculo para las perspectivas del hombre futuro. El belicismo tradicional, poderoso y cruel, no sirve. Los ejércitos son rebaños organizados de esclavos que se alistan en la salvaje empresa de matar o morir a voluntad de unos jefes que desconocen. Los líderes militares asentados en sus bunkers blindados de mando no tienen derecho a conducir a la muerte a millones de seres humanos, usarla como carne de cañón en nombre de falsas utopías que sean. Nunca consiguen la paz. Porque la paz no se logra por la violencia Las diferencias populares de nuestros abuelos se resolvía con torneos y duelos sin esconder la responsabilidad personal ni crear la masacre de esclavos en pretendidas guerras justas, el sufragio universal estableció el voto mayoritario para resolver las diferencias cívicas. Pero hoy todavía queda una total incapacidad de negociar y falta de responsabilidad solidaria para hacer análisis empáticos con objetividad y asumir las consecuencias. Los movimientos ecologistas, los movimientos pacifistas, el testimonio del hambre en el mundo, las diferencias entre ricos y pobres, exigen la reconversión de todo el sistema militar del universo.
Claudicará el nacionalismo miope como ha claudicado ya el nacionalismo grande. Carcoma fotófoba enquistada en su ensimismamiento. No tendrán que suprimirse los valores subjetivos del hombre frente a los grandes valores objetivos de una filosofía materialista ni someter al hombre a una organización social sin alma. No se sabe sí el futuro europeo serán federaciones de pueblos, estados unidos de Europa, naciones unidas de un continente dentro del otro gran organismo de las naciones unidas. No se sabe si contarán mucho o poco en los tratados la marca de las viejas fronteras, si el viejo nacionalismo seguirá todavía marcando las diferencias entre los distintos seres humanos del continente. Todo está todavía en proyecto porque el proceso civilizador es difícil y arduo. Pero refugiarse hoy ya en la inviolabilidad de las viejas fronteras, apoyarse en el sagrado nombre de las viejas naciones, que en realidad no son tan viejas, o en los pequeños nacionalismos que son todavía más sañudos, es un anacronismo aberrante, tanto como postrarse ante un monte sagrado, un río sagrado, el sol, ante las estrellas, un becerro de oro, un árbol totémico y ofrecer sacrificios humanos, vírgenes inocentes, niños inermes en su altares.
5.- EL MITO DE LAS RELIGIONES
La limitación humana. El hombre no sólo ha buscado la colaboración de los otros hombres en un esfuerzo de superación colectiva. Ha socializado sus instituciones al servicio de su seguridad en este planeta azul compartido. No sólo ha antropomorfizado la ciudad terrena a su imagen y semejanza e integrado en sus clanes familiares y tribales, sino que busca además el apoyo de los dioses para compensar la ilimitada magnitud de sus limitaciones básicas. La vida, todas la forma de vida, evolucionan en formas misteriosas. Y su limitación interna es el impulso de sus inventos y las grandes conquistas verdaderas y falsas. Cuando sus plantas hollan la dureza de la tierra hostil, cuando se oprime el corazón ante la existencia del mal inevitable en el mundo, cuando palpa la soledad de su existencia entre los astros y las bacterias, cuando sólo silencio encuentra a los interrogantes que acosan su mente, su origen y su destino, el origen del mundo y su funcionamiento interno, espontáneamente nace la imagen sobrehumana y misteriosa de sus dioses. Asume con sumisión ciega las creencias religiosas de sus padres o inventa nuevas deidades protectoras y benéficas para atender nuevas necesidades. Es el eco a sus querencias. Refuerzos a su debilidad y producto de su curiosidad insaciable. Nace la fábula adormecedora y las consoladoras mentiras y las nanas para dormir al niño-hombre en la cuna de sus limitaciones pueriles. Como se levantan mansiones terrenas se levantan grandes construcciones religiosas. Murallas y templos juntos. Dios y hombres juntos. Como se hacen alianzas humanas de conveniencia se hacen pactos religiosos con seres superiores. Códigos civiles y canónicos, verdaderos y falsos. No importa el engaño si calma el dolor. La religión, como la estructura militar, como su organización política, se ahínca en las frustraciones ineludibles del ser humano como solución a sus angustias y ambiciones, como respuesta a su impotencia ante la adversidad. Miopía voluntaria a la realidad de las cosas y fuga de la condición hostil y vulnerable de su entorno. Su dolor le conduce a la dependencia, su flaqueza le obliga a pactar con la omnipotencia de sus dioses, buenos y malos, amables y crueles, propios y ajenos. Los nombres a veces es lo de menos. El Zeus griego, es Dios Padre o Júpiter de los romanos, el Dios, Yavé o Mahoma de las religiones monoteístas.
Las religiones también tienen dimensiones humanas. Todas en mayor o menor grado son antropomórficas. En realidad un bálsamos sedantes que cauterizan la ruda experiencia de la vida en un mundo adverso. Un seguro ante el apremio de la muerte. El calor de los lares y las dulces promesas ultraterrenas, son respuestas angustiosas, inventos sucedáneos para calmar la indigencia humana. Los anhelos se objetivan en creencias y dogmas que acallan los las aspiraciones que difícilmente se pueden colmar por otro camino. La tormenta de la duda se sublima en solemnes profesiones de fe. Hermosas alucinaciones y horrendas desfiguraciones de la realidad, deformaciones oníricas que se sobreponen a la cruda realidad de las cosas y a los miedos del hombre perdido en los caminos de la vida, bajo la luz temblorosa de las estrellas, al borde del precipicio y ante los enigmas impenetrables del cosmos. Suspiros humanos convertidos en producto sagrado. Asalto a la ignorancia. Como toda manufactura humana, como el cálido afecto patrio, como el código de las costumbres caseras, la religión recoge la idiosincrasia del pueblo que las inventa, las trasmite y conserva de generación en generación. La indigencia hace al hombre crédulo e ingenuo. El sentimiento religioso enraíza en la necesidad y en los anhelos imposibles del hombre. Todos los pueblos poseen su historia religiosa, todos han creado sus propios dioses a su imagen y semejanza. Unos dioses sustituyen a otros, las religiones se organizan y renuevas sus instituciones muy lentamente y en largos plazos de tiempo con más dinamismo divino que humano hasta hacerse intemporales y eternas. Pero son igualmente perecederas. Se adaptan a los avatares de cada pueblo con ritos diferentes y muchas ofertas ultraterrenas y paraísos a gusto de las ansias de sus consumidores. El hecho social reiterado en la historia no demuestra más que el deseo enigmático de la supervivencia humana y su elemental instinto defensivo. Las religiones siguen siendo mitos creados a su propia medida.
No es el hombre la imagen de los dieses sino los dioses la imagen fiel de los pueblos que adornan su rostro, ponen en destello de su mirada sus propias angustias, programan los horizontes de su providencia, las dimensiones de sus templos y sus altares. El proceso confunde casi siempre el bien y el mal o se relativizan a capricho de misterios y dogmas. Las religiones nacen con buena intención. Prometen la felicidad a los hombres a largo plazo, compensan con promesas futuras las injusticias presentes. Algunas contribuyen a la formación de esas pequeñas cuotas de aportación a la cultura universal colaborando en conquistas humanas. La libertad de conciencia del cristianismo frente a las persecuciones imperiales, por ejemplo. En su empeño de salvar el naufragio original, sin embargo, inventan banderas blancas de muchos premios ultraterrenos y muchas promesas futuras que nadie puede llevar a la tabla de las comprobaciones. Es la bondadosa intención de la profecía de los enviados divinos y la autoridad de sus libros sagrados. Implican tal grado de sometimiento a sus fieles que degenera en actitudes perturbadoras de la vida social y producto negativo. El dogmatismo y las posturas sectarias. El origen es el elemento positivo del mito. A veces ciego y perverso. Las religiones aparecen inmaculadas en la mente de sus predicadores y acaso son bienhechoras aún dentro del campo alegre de sus fantasías y autosugestión consoladora. Unas veces drogas suaves, el opio de los chinos, la estimulante hoja de marihuana de los altiplanos andinos. Otras, drogas duras de prácticas degradantes y sacrificios ante dioses crueles. El grado de sumisión que exigen unos dioses es el grado de humillación que se impone a los fieles y el rechazo que se proyecta sobre otras creencias. La pretensión de verdades exclusivas es la negación de todas las demás. El grado de credibilidad que exigen unos profetas señala la inquina que generan contra otros. El proselitismo de unos es ofensivo a la dignidad de otros. Donde hay dogmas y fe ciega, no existe neutralidad. Cada profesión de fe es un acto de hostilidad con los infieles que no los aceptan.
Grandes obras se han realizado en nombre de muchas religiones. Y todavía se realizan. En favor de los pobres, de los enfermos, de los grupos marginales. No se puede negar la existencia de la bondad y la justicia en el mundo. Al menos en teoría. El sentimiento religioso es un poderoso impulso a la acción. Tan poderoso que pocas veces guarda sus límites. El bien y el mal se miden en dimensiones humanas sino en el capricho veleidoso que se atribuye a sus dioses, omnipotentes e infalibles. En su nombre se justifica todo, lo bueno y malo. En su nombre se hacen grandes obras de caridad y justicia en el mundo, incluso grandes obras humanas. Pero el mito, la mentira, la adulteración, la cizaña está en el mismo campo en oscura confusión. En su nombre se declaran guerras santas, en su nombre se realizan cruzadas, se conquistan imperios, se decretan proscripciones, se exige la sangre de los mártires, se encienden piras humanas, se perpetran torturas, se destruyen culturas, se discrimina caprichosamente al adversario, se alardea de la dudosa inocencia propia y vitupera al infiel. La historia humana se puede resumir más que en una historia sagrada cuajada de intrigas religiosas. La creencia conduce a la hipocresía. Una bandera para tapar muchas bajezas, las propias vergüenzas y los propios errores. Los dioses siempre bendicen a los suyos y maldicen a los enemigos. Son signos de contradicción. Manipulan los mecanismos ciegos de la razón que impulsan la conducta de los creyentes, incontenibles, talismanes para confundir el mal en bien o el bien en mal. Es la conciencia inmaculada de los “santos o elegidos o predestinados” que da derecho a todo y es implacable ente los obstáculos. Bellos nombres de negras realidades. La “Santas Cruzadas”, la “Santa Inquisición”, los “Santos Mártires”, “Ala siempre es grande”. Ahí se mata o se muere. El sentimiento religioso se ahínca más hondamente que otros mitos en la entraña de los pueblos porque su control cerebral reside en las zonas ciegas de la mente, pertenece al mundo de las creencias, al supuesto poder de las divinidades y al capricho sectario de sus predicares.
El dolor, ambrosía de de los dioses. La religión promete el paraíso que un día se perdió con la inocencia primigenia del ser humano. Cuando se abre la caja de Pandora y cuando se muerde la Manzana prohibida y se establece una frontera entre el bien y el mal. Cada religión hace la suya. Los paraísos perdidos son cantos a la privación y a la nostalgia de la patria ausente, sueños y alucinaciones sobre moradas ultraterrenas felices, moradas que nunca han existido y recubren los anhelos perdidos del ser humano y configuran el perfil de poderosas divinidades que hilan y deshilan el destino de los mortales a su voluntad. Se imita incluso la inmortalidad que es propia sólo de ellos y obsesión frustrante de los mortales. Fácil solución a los incontenibles deseos del hombre. Aquella tierra fantástica donde se colman las frustraciones humanas, un paraíso tan cierto para la ciega credulidad de unos como falso para la incredulidad de otros, tan lógico para los débiles como irracional para los incrédulos, tan obsesivo para unos como repulsivo para otros. Punto de discordia de las religiones. Crueldad y bondad en frente. Acaso sea el producto cultural que mayor dosis de fanatismo siembra en el corazón del hombre debido a la porción de credulidad que impone a los creyentes y porque su asiento reside en el campo de las creencias ciegas. Uno de los mitos más destructores y pertinaz
Los mitos antiguos, las supersticiones actuales, las extrañas creencias de siempre, alimentan la misma angustiosa inquietud del hombre por alcanzar la piedra filosofal y la felicidad sin límites. La ignorancia ancestral es un campo apropiado para su siembra. El hálito religioso forma parte del legado tradicional de los pueblos que se trasmite por tradición oral, ofrece en forma mítica como solución a los enigmas del mundo, la herencia milenaria de viejos pueblos que pasan, a relevo de sus generaciones, los mitos fosilizados en sus creencias, en su historia, en sus piedras sagradas, en viejos edículos y santuarios, en la magia de sus bosques sagrados, en la inmensidad del mar. Se modifican con las piedras del camino. Unos dioses mueren con la caída de sus imperios terrenales que los protegen y otros resucitan deslumbrantes en la hegemonía de otros. Unos desaparecen ante los escombros que arrastra el crepúsculo de una era y otros emergen al amparo de necesidades nuevas. La amarga experiencia humana, abre las compuertas del instinto a inciertas esperanzas y a la posibilidad de verdades ocultas con el precio de una práctica religiosa totalmente convencional. Como en la época clásica el Olimpo está cada día más silencioso, sus mirada protectora más indiferentes al dolor humano; su providencia más disminuida; pero la mitificación sigue siendo fácil tentación al desencantado habitante de esta tierra.
Si las naciones dividen la tierra, si las etnias se agitan convulsas en el centro de la historia humana, también el hecho religioso se implica en el proceso de la misma evolución. Pocos acontecimientos históricos, grandes o pequeños, se realizan bajo el sol que no lleven algún contagio religioso. Un componente religioso que es producto todavía de la anticultura que atormenta los sótanos de la vida social. Mugre en las paredes del tiempo y en la conciencia humana. Afecto ciego e irracional. Credulidad ingenua en la gente. Sacrificio silencios de los cenobios, rodillas encallecidas en iglesias. Peregrinaciones, cilicios, ascética inclemente y masoquista, penitencias públicas y privadas, llanto, suspiros silenciosos y noches oscuras con la negación total al fondo, es placer de los dioses. La religión acumula una gran cantidad de confianza ciega en los creyentes. Es asentimiento convencional, que afecta a elementos profundamente humanos y supone un alto grado cheque el blanco ante lo desconocido, mayor que la pulsión de la tierra o de la raza, incluso de la familia, porque estos son realidades tangibles de evidencia inmediata. La religión es un crédito a largo plazo sin fianza. Lo que no se hace en nombre de los hombres se impone en nombre de los dioses. Entra en juego la aceptación ciega, la credulidad del indigente y el deseo de supervivencia general. Aún dentro de contextos de libertad y climas favorables a la desmitificación, las religiones implican una ciega irracionalidad inevitable en las aventuras más generosas y filtradas en mentes aparentemente cultivadas. Justifica de la misma forma grandes heroísmo y las peores injusticias, son tan válidas las razones a favor como en contra.
Las religiones tocan los interrogantes de los grandes problemas humanos en las dos vertientes del tiempo. Conectan la dura realidad terrenal y el deseo de felicidad del hombre a corto plazo con los sueños de realidades ultraterrenas y la bienaventuranza aplazada más allá de las tumbas en una seguridad indemostrable. Sucedáneo del fracaso humano en la tierra y dulce alimento de las divinidades, el efecto placebo a las fantasías humanas ultraterrenas, juego de la omnipotente y veleidosa voluntad de señores del Olimpo. Bienaventuranzas futuras como recompensa a muchos males presentes y un paraíso siempre aplazado. Por eso no es cuestión de poco tiempo ni la desmitificación del sentimiento religioso que pretenden unos ni el teocratismo de otros. Ni el ateísmo sistemático de los iconoclastas temporeros, ni los dogmatismos cerrados de nuevos profetas. Ni la propaganda arbitraria de los descreídos, ni los proselitismos apostólicos excluyentes de los más crédulos, ni el irrespeto de una desmitificación del ateísmo militante que inventa los fantasmas que persigue, ni el radicalismo anacrónico y deshumanizado de los creyentes cantan y se laceran de rodillas en sus templos.
El sentimiento religioso es el contacto con la trascendencia. Antena contumaz que sobrepasa van más allá del tiempo. El lamento del prisionero que sufre la opresión del tiempo. Por eso si se cierran unos templos se abrirán otros. Si la erosión deshace las pétreas catedrales levantadas bajo es signo de la eternidad y desafío al tiempo se harán otras parecidas con el mismo orgullo. Las iglesias rusas convertidas en un tiempo de planes quinquenales en museos vuelven a ser centros religiosos. Los imanes árabes quedarán un día solos en sus mezquitas igual que los curas en sus frías iglesias; pero en sentimiento de su limitación humana, pues eso es la religión, seguirán reencarnándose indefinidamente en formas nuevas. El hombre necesita silenciar sus limitaciones. Unos pueblos recibirán las creencias de otros. Se cambiarán las instituciones sacras y los ritos; pero quedará en el fondo de la conciencia el mismo sentimiento religioso como refugio de todos fracasos humanos y los dioses siempre tendrán alimentos en el Olimpo. Y siempre existieran dos bandos, los que creen y los que no creen, los más crédulos y los más escépticos, los más pacíficos y más incrédulos. Habrá catacumbas en tierras de intolerancia porque los dogmas de fe son muy imperativos. Más que los tanques. Pueden enmudecer las lenguas por la censura; pero no se doblegará la libertad interior. La soledad interna, la aceptación de las limitaciones humanas se asienta sobre la conciencia del ser humano con ciega sumisión y el mito de las religiones flota sobre la ignorancia colectiva. Tal vez a largo plazo ceda su elemento perturbador y se diluya con el tiempo como se apaga el rugido de las tormentas en la inmensidad de la jungla. El proceso desmitificador se produce porque el efecto expansivo de los beneficios culturales es inevitable. Disminuye el efecto del mito y aumenta el nivel cultural del hombre. Pero lo hacen muy de forma muy lenta.
Las aspiraciones humanas, sus sueños, sus anhelos incontenibles, sus angustias, se estrellan con la impotencia de la realidad de la vida del hombre que a pesar de todo intenta ser feliz. Desfase entre el deseo y la realidad. El enigma del tiempo, marea de las ambiciones humanas que se desbordan, los remolinos tormentosos de los anhelos humanos más allá del las murallas de las cotas de la patria chica, la bandada de interrogantes que vuelan sobre el cielo de la existencia, el silencio de la nada y la muerte como fundamento de la evolución. La religión es una tabla de salvación para ese náufrago que es el hombre sobre la tierra. Por eso las consoladoras figuras de sus dioses providentes invisibles, iconos sacrosantos, presiden la agonía de los moribundos, tranquilizan la angustia de los vivos, acercan y alejan las esperanzas humanas con rostro hosco o suave compasión en la hora de mayor necesidad. Las religiones son la respuesta silenciosa al silencio de la nada, el espejismo del hombre sediento en el desierto de la vida que descubre deliciosos oasis de fantasía en medio de la arena, el eco vaporoso de los suspiros humanos que se alejan en ondas concéntricas contra la bóveda infinita que le rodea por todas partes, la encarnación onírica de todos los sueños perdidos en el submundo de su ignorancia.
Nunca podrá el hombre estar seguro de su legado religioso aunque lo reciba con celo de sus antepasados. Nunca podrá estar seguro de la respuesta angustiada de su soledad interior. Deberá aceptarla gratuitamente para calmar su angustia interior. Sin reflexión, como se acepta el aire que se respira. El eco religioso es el dolor humano encadenado que resuena en la bóveda imponente de su ignorancia, en el misterio de lo desconocido. Promesas seductoras de los dioses y una falsa ilusión de una dicha que sólo se puede realizar en dimensiones muy pequeñas. La inquietud humana que atormenta el silencio rutilante de las estrellas. Nadie nunca podrá ofrecer la evidencia de sus verdades o sus mentiras. Nadie podrá asegurar con certeza que las promesas de los dioses lleguen un día a colmar la sed infinita del hombre o se conviertan en burla descarada de su credulidad ante el brillo de sus vanas esperanzas. Nunca se podrá confirmar que esa mundo feliz del más allá o la tranquilidad de su efecto-placebo o la falsa ilusión de una creencia, sea verdadera o falsa, legitima o ilegítima. Siempre quedarán las puertas abiertas a la duda, las compuertas legítimas de la incredulidad, el escepticismo y la evidente posibilidad de las posiciones contrarias.
La duda es la base de toda profesión de fe. Mediocre felicidad para los creyentes o absurdo tributo impuesto que se cobran impunemente fríos y mudos iconos de piedra al servicio de poderosas instituciones. Acaso sea más humano entregarse a la consoladora esperanza de unas creencias dudosas que nadan en las corrientes de unas aguas caudalosas que no llegan a ninguna parte. Ojalá que los dioses en realidad diesen sentido al dolor humano, respuesta al interrogante de los misterios de la vida, al misterio del rugir del mar infinito en todas las costas del mundo y a la marea de las ineficaces aspiraciones de felicidad del hombre, al dolor de tantos mortales oprimidos y al sacrificio que en su nombre se derrama diariamente en todos los altares de la tierra. Por fuerza su mano poderosa, su naturaleza transcendente, su condición superior, necesariamente debe ser benévola y comprensiva con el ser humano y respetuosa con la reflexiva naturaleza incrédula del hombre. Y en todo caso, ante un evidente fracaso de las creencias queda la duda de si el mejor una felicidad ficticia y el espejismo de mil oasis tranquilizadores sin base real comprobable. Si la mentira ofrece algún consuelo humano, acaso sea bueno disfrutar el consuelo placebo de esas bellas mentiras.
El sentimiento religioso aumenta en la adversidad, crece en las persecuciones, se fortalece en las persecuciones. El cristianismo engorda en las catacumbas, en los decretos a muerte de los emperadores. La adversidad refuerza los la integración humana. El hombre se une en la alegría y en la adversidad. La contradicción de la cohesión humana y la fuerza mágica de la clandestinidad. Prende con nitidez en el alma de los niños que no dudan de las enseñanzas de los mayores, se acrecienta en el alma desprevenida de crédulos y decadentes ancianos que les falla el crédito de su propia autonomía de los años, se asienta en los pueblos de menor nivel cultural porque la ignorancia es el mejor caldo de cultivo para el mito. El sentido religioso se refuerza en las persecuciones, en la pobreza, en la indigencia popular, en sus limitaciones. Se acrecienta en la sangre de los mártires, en las guerras santas, en las reuniones clandestinas. Los discípulos del crucificado se organizan en las catacumbas, crea símbolos comunicativos crípticos y esotéricos que les orientan en la persecución. El imperio musulmán logra su esplendor en la guerra santa contra los descreídos e infieles. Se alimentan en el subdesarrollo de los pueblos y en la opresión de los valores humanos, pero se desvanece con la aurora de la cultura. El desarrollo cultural de un pueblo o de un individuo es inversamente proporcional a sentimiento religioso. Decrece a medida que el hombre toma conciencia de sus dimisiones humanas, asume los valores universales de la cultura y emprende el camino de las letras. Compruébese la religiosidad creciente entre pueblos oprimidos y el escepticismo creciente de los países desarrollados.
El silencio y la venganza de los dioses. El fenómeno religioso existe. Las teorías religiosas existen. Todos los pueblos del mundo, por primitivos que sean, por remotos espacios geográficos que habiten, tienen sus propias instituciones religiosas, tienen sus ídolos, sus templos, sus sacerdotes y ministros, sus propias interpretaciones, sus ritos y banderas. Con mayor o peor rostro humano, con más o menos elementos humanizadores, con mayor o menor grado de credulidad. Todas prometen una felicidad humana o sobrehumana que puede compensar la ingrata experiencia de la vida. En todo caso todas entran en el ámbito de la responsabilidad humana y dentro del libre ejercicio de la libertad. No se pueden imponer las religiones como es inevitable una evidencia científica. Pertenece al mundo de las creencias, al mundo de lo incierto y de la libre elección. La religión no es ciencia ni hechos evidentes. Tanta razón existe para ofrecer asentimientos a los postulados religiosos como para rechazarlos. Tanta razón tiene quien la defiende como el que la ataca. Guerra en el aire. Siempre es una opción completamente libre que impone el mismo respeto a quien la profesa como al quien la rechaza.
Fascinante las historias religiosas de los pueblos, la multiplicidad de sus divinidades, el montaje religioso que acompaña a la vida común de los grupos. La silueta de los dioses, los ritos y prácticas religiosas, diagnostican con claridad el dinamismo creativo que impone su condición limitada. Como la literatura refleja la cultura, el rostro de los dioses refleja las angustias de los hombres que les sirven, sus sueños frustrados, sus ilusiones fallidas. La verdad y la grandeza de su historia se esconden en la configuración y la hechura de libros sagrados. Dioses que son a la vez protectores de sus vidas y objetivación virtual de las necesidades humanas. Productos humanos hechos a la medida del hombre. La religión es diálogo del hombre con sus necesidades. Autismo y círculo vicioso para su ignorancia. Color de sus alucinaciones. Ineludible, aún para el hombre de ciencia, el hecho religioso. Testimonio perene de vocación mortal. Las piedras corroídas de los templos, los ceremoniales religiosos, la historia de las religiones. Su afecto se mezcla en la linfa de la sangre cultural de cada persona y en la historia propia de cada pueblo. Cada individuo tiene su propia historia mística. Ese misticismo que tiene dos caras, la serena aceptación de las creencias y el proselitismo que lleva al descrédito y hostilidad con los infieles. El ateísmo militante es una religión al revés. El escéptico, un testimonio de la realidad enigmática. El ateísmo es la religión de quienes maldicen a los dioses que llevan en su conciencia, y contradicen su profesión cuando entran en batalla contra los fantasmas que niegan teóricamente. El creyente hace guerras santas para extender el poderío de sus dioses, el ateísmo para reducirlo y el escepticismo simplemente pasa con indiferencia sobre las fantasías de los demás y asume con dignidad las limitaciones de la representación humana.
La huella religiosa en el mundo es buena y mala, según sea la naturaleza de sus dioses. Ni todas las religiones son malas ni todas son siempre buenas. Hay dioses buenos y dioses malos. Ángeles custodios y ángeles de exterminio. Héroes y malvados. Santos y locos. Admirable es el grado de filantropía de casi todos los profetas. Sólo su sinceridad justifica, a veces, su proselitismo y los anatemas contra los infieles. Desde Buda, Sócrates, Cristo, Mahoma, hasta Marx, Gandhi, Teresa de Calcuta o cualquier anticristo que se cruce en el camino, hay muestras de buena voluntad e interés en hacer más felices a los hombres. Los profetas intentan disminuir el sufrimiento, todas las religiones defienden en teoría el bien del hombre. Pero también hay en Olimpo divinidades perversas y vengativas que promueven la intriga en el corazón de los pueblos, someten su propia libertad a cambio de dudosas promesas futuras, exigen la renuncia de su autonomía humana cierta ante unas garantías de transcendencia dudosa. En todo caso el convencionalismo, la arbitrariedad, la fantasía desbordada del hombre dolorido, las proyecciones de sus angustias, confirma únicamente la mitomanía humana.
Con el pretexto de ofrecer pleitesía a los dioses, se han ido ofreciendo montones de sacrificios y tributos de sangre en sus altares. Todos los templos del mundo son lugares de sacrificio. A veces cruentos y crueles. Y, a pesar de todo, la angustia existe en el corazón del hombre, sufren los malos y sufren los inocentes, hay guerras que los dioses no pueden contener e incluso las apoyan en la voz autorizada de sus ministros y elegidos. Su omnipotencia nunca pasa más allá de crueles y vergonzosas derrotas. En el hervor sagrado se convierten en victorias. Hay hombres que se mueren de hambre ante la mirada hosca de sus dioses inmóviles, niños que sufren el dolor de su infancia abandonada en barrios que están bajo la providencia divina, hay víctimas de descaradas injusticias sin que sus ángeles protectores se dignen dirigir una mirada de apoyo o modificar su suerte adversa, hay guerras que siegan injustamente miles de vidas sin que se produzca el prodigio de un solo gesto protector o se impida la venganza de otros dioses más poderosos y más crueles.
La religión sedante del dolor humano. Acaso el opio del pueblo. El hombre se organiza en sociedad para defenderse y hace pactos colectivos con sus divinidades para cubrir sus miserias. Primero ondean las banderas patrias. Después nacen los signos religiosos. El hombre toca con sus manos sus deseos fallidos, observa el inmenso vacío humano en el océano del tiempo, siente el peligro que acecha a sus empresas. El hombre sufre el dolor de su existencia. Es el eco misterioso que resuena en la grandiosidad del espacio y del tiempo, la figura consoladora e informe que se repite siempre inconsistente en la conciencia de la ignorancia confundida con la magia y las supersticiones, la desesperación del náufrago y la solidaridad de los indigentes que levantan sus manos al cielo abierto de la fantasía y ofrecen el tributo de su dolor a cambio de un destello de falsa esperanza.
El sentimiento religioso hiere fibras muy profundas del hombre. Tan importantes como las propias convicciones sobre la existencia, como la razón de vivir, como el sentido de la muerte, como la propia felicidad y su renuncia temporal al cambio de recompensas futuras. La respuesta del hombre a las exigencias divinas no tiene límites tanto en la cantidad y calidad de promesas, como en las esperanzas generadas en su entorno, como en los sacrificios que a cambio se exigen. “Bienaventurados los que lloran, los que padecen hambre", “bienaventurados los que sufren", los que renuncian a todo a cambio de la posesión de un reino lejano. Un precio demasiado alto con crédito muy lejano e incierto. Burla a los anhelos humanos. Solo a nombre de la confusión que produce el naufragio puede el hombre arriesgarse tanto. Así nace el dogmatismo religioso. Así nacen las sectas. La bandera religiosa recobra mucha afectividad colectiva y mucha mitología. La historia es testigo de las grandes conmociones religiosas vividas antes y ahora y la inquina moral que puede acumular en torno a las divinidades. Todavía hoy asistimos a las sangrientas guerras fratricidas de naciones y grupos dentro de las mismas naciones que pertenecen a distintas creencias.
Los errores de las religiones están en la historia. Las empresas realizadas en su nombre son buenas y malas. Hay guerra en el Olimpo. El cristianismo está roto por el cisma y la herejía y los califatos disgregados. Los “santos” juicios inquisitoriales, las “santas” cruzadas, el celoso afán evangelizador de prelados y monarcas, la ardua actividad proselitista, las guerras que se promulgan en nombre de un tótem, de un ídolo, de un becerro de oro, de un dios deforme, de una vaca sagrada, de un árbol mítico, son residuos burlones e ironías crueles de sus inventos mesiánicos. Guerras santas entre dioses y dioses con sangre humana por medio. La historia europea es más una lucha religiosa que política. La vida social árabe, judía, las luchas étnicas africanas de hoy, las limpiezas de sangre en países balcánicos y caucásicos es, sobre todo, componente religioso y mágico. El poder de unos dioses está frente al poder de los otros. Unos ganan y otros pierden. ¿Dónde está la omnipotencia de los dioses vencidos, la bondad de dioses que originan tanto dolor? Los pueblos africanos viven su confuso animismo. El comunismo ateo fracasa en su empeño de suprimir la alienación religiosa. Todavía se conservan las catacumbas que burlaron la furia exterminadora de los emperadores paganos y se excavan otras en territorios fundamentales. Ahí está el fuego de las hogueras de la inquisición, el sionismo judío. Son prueba del desafecto que ejercen las proscripciones religiosas y el escaso poder de los dioses contrarios. Una vez más el dolor de los débiles se convierte en alimento de los dioses. Se mitifican más fácilmente aquellos valores que más protegen la debilidad humana. La ignorancia de los pueblos, el clamor de los vencidos, la rabia de los oprimidos, se hace religión, a veces amor y a veces odio, a veces caridad y a veces rebeldía. Sangre en los altares, cementerios secretos, instrumentos de tortura al lado de un símbolo religioso.
La religión como todos los mitos se desgastan. Como producto humano el sentimiento religioso, mientras está viva, es un poderoso motivo a la acción. El poder los administra y manipula. Y también los adultera. La voluntad fría de los dioses justifica la tiranía y el despotismo de sus prosélitos. Los radicalismos árabes de hoy es la rabia contenida ante el silencio dramático de sus dioses derrotados en muchas batallas que, aún así, se mantienen en sus pedestales. Es bueno para tranquilizar conciencias y amordazar la libertad cuando se hace conciencia social, ortodoxia y moral oficial de señores y siervos. Los tiranos recubren la crueldad de sus actos en el santo nombre de algún dios hecho a su imagen y semejanza. Su bendición garantiza la impunidad de peores desafueros. Tan falsa es la mirada de los dioses buenos como la saña de los dioses malos. Ambos generan grandes cantidades de dogmas, amor y odio, pasión y sangre, que siempre distorsiona la realidad. La inquisición española, un instrumento violento para sancionar a los delitos de herejía, los falsos conversos, los que enderezaban su ingenua credulidad de la infancia en el camino, seguramente los que hacían selección crítica y, por lo tanto, humana de sus creencias. Por ello valía de pretexto para renovar viles sentimientos de venganza y el sendero legal de la represión acumulada en pueblos desvalidos y explotados en su propia dignidad. No existe persona más cruel, que los elegidos, los puros, los que llevan una la unción sagrada de los dioses en la sien que los hace inmunes e impunes. La voluntad de los dioses se impone con dureza y fatalidad. Son inexorables. La función ancilal de la moral pública en función de las creencias religiosas es inevitable y el radicalismo se afianza con entusiasmo en la conciencia de los pueblos más pobres y se endurece en el suelo de su incultura. Los judíos, los árabes, los pueblos africanos, sudamericanas, sufren profundamente el efecto de su retraso cultural en paralelo a la radicalización de sus mitos religiosos.
La religión y cultura, razón inversa. Así la religión se convierte en otro producto deformante en la evolución progresiva del hombre. Hay cosas buenas en una estructura religiosa. Pero 1a presencia del mito forma su estructura vertebral y su componente de irracionalidad. Ahí está como una de tantas realidades sociales del ser humano que ante unas promesas lejanas colocan cadenas a su espíritu, una tara ortopédica a su conciencia y una fuerte carga de fanatismo en sus comportamientos. El sentimiento religioso se identifica con la limitación humana. El hombre individual y social vive plagado de limitaciones en un mundo completamente hostil. Limitaciones físicas, limitaciones morales. Ambiciones humanas que sobrepasan siempre la posibilidad de la realidad concreta. Las agallas de su ambición se abren progresivamente y se cierran cruelmente bajo el paso de sus limitadas posibilidades prácticas. El hombre navega como un naufrago tanto en el mar de su pequeño mundo interior de sus tormentosos afectos, en el mundo de las conflictivas relaciones humanas de su vida social, como en el torbellino de la evolución cósmica. El pequeño mundo interior, el difícil mundo social y el indómito mundo exterior.
La invención de un narcótico se hace inevitable para rebajar la tensión. La ignorancia y la magia, buenas fuentes de poder. La incultura es el mejor colaborador de la ficción. De hecho, a más cultura, menos religión; a mayor grado de analfabetismo, mayor dogmatismo religioso, a más ciencia, menos teología. A mayor madurez social, menos ascetismo religioso. No es fácil evitar la comparación de la mitología religiosa de los pueblos con su retraso cultural. La religión tampoco es cultura ni valen sus criterios, aunque sean muy fuerte y poderosos para asentar diferencia sobre todo si se asocial a la raza y a la lengua, para hacer cultura diferentes como la cultura cristina, la cultura judía y cultura animista. La cultura, como la verdad, como el hombre, tiene dimensiones cósmicas, unitarias y cosmopolitas. La religión es un producto mental colectivo y tranquilizador, relativo y contingente. El hombre está por encima de sus religiones. Pero la sumisión que implica el poder divino marca el índice de analfabetos y ausencia de madurez humana. La ignorancia es recurso de poder. Y el teocratismo engorda en la incultura de las masas. La incultura no es sólo la reminiscencia de épocas ácratas de pueblos primitivos sino un preparado de laboratorio, un cultivo intencionado, por gobernantes déspotas donde crece exuberante la religión. Conviene a príncipes y prelados. Así la religión es buen aliado de las sacras monarquías porque el contubernio favorece los privilegios de los dos estamentos. Por lo tanto un elemento disgregador de pueblos. La religión crece al amparo de las sagradas monarquías y los imperios teocráticos. Religión y poder, juntos. Absurdo de la una filosofía, "ancila" de la teología. Emperadores, papas y dioses en sintonía. Conviene que el pueblo no abra sus ventanas a la cultura para mantener las ventajas del poder. La escuela, la ilustración, la verdad en voz alta, no interesa. La superstición, la magia, la religión, el misterios de los dogmas, sí. La aventura del saber es todavía un riesgo, aprender a leer, una actividad sospechosa y la cultura un peligro. Todavía las cuotas de la ignorancia programada como sistema de dominio y fundamento de credibilidad está vigente, y al menos queda como recuerdo borroso en la memoria reciente de los últimos imperios teocráticos.
También la ignorancia se hace droga y anticultura. Como se toman tranquilizantes para atenuar los rigores de los males, para calmar las dolencias, para paliar el hambre, para adormecer los efectos de un tumor que roe las entrañas, también se amordaza la realidad la rebeldía del pueblo con consoladores populares fáciles a la creencia. Se emborracha para acallar sus penas. Se droga para conseguir un trocito de felicidad que no hallan por otro camino. Se provoca la invidencia de los pueblos con sobras de mitos a la medida, para crear una ardiente y cálida sensación de videncia virtual. Se postran de rodillas ante los altares de sus dioses cuando escuchan la voz mágica de sus embaucadores. Bellas fantasías que adormecen la impaciencia humana del hombre. El engaño dura mucho o poco tiempo. La historia habla de pueblos que abren las ventanas a la cultura y al mismo tiempo salen bandadas de aves nocturnas atropelladamente como murciélagos de su cavernas. Las creencias o se simplifican o desaparecen, o se racionalizan o mueren. En esta tierra existe un subsuelo carcomido por el abuso de poder absoluto y por la ortodoxia oficial asociada. Siglos y secuelas rudas de adulteración social. A veces restos pétreos fosilizados. Las alienaciones sociales, así sean seculares de tradición inmemorial, o sean recientes, el tiempo y las auras de la nueva cultura se desvanecen lentamente en el dolor de muchos desencantos. Se borra la huella de las grandes religiones como se desarma el ateísmo planificado de los pueblos marxistas. Es más persistente la implantación religiosa en pueblos desprevenidos que el fracaso de los iconoclastas de todos los tiempos porque la esperanza es lo último que queda después de los fracasos. La religión es humo que se evapora insensiblemente ante el realismo vivificante de una cultura universal con el correr del tiempo. El criterio de su validez está en su capacidad humanizadora y sus aportes prácticos de empresas positivas que en nombre de los dieses mudos pueden realizar los hombres.
Ni el materialismo planificado bajo el paso de poderosos instrumentos bélicos. Ni el renacer religioso en las catacumbas de duras persecuciones supone un hecho milagroso. Ni los radicalismos tienen mayor garantía de futuro. Solo es una arma estratégica qua se emplea en situaciones convencionales. El vacío de credibilidad que en Occidente dejan los templos vacios de los viejos adoradores los dioses tradicionales y se sublima hoy en misticismos escéptico introspectivo y renovación de serenas sectas orientales. El cristianismo en su interpretación cerrada del mundo, a pesar de sus errores en los siglos oscuros, se mantiene como un poderoso imperio espiritual apoyado en la defensa de la libertad de conciencia que se impuso en tiempos pasados, en la defensa de la dignidad individual que esgrimió contra el despotismo de los poderes políticos y el alegre mesianismo de una felicidad a largo plazo que ya no convence demasiado. Una gran religión, con un gran poder sobre las conciencias de sus creyentes. Pero con una profunda crisis sobre sus dogmas ante el creciente influjo de una cultura nueva y una visión diferente del hombre. Los dieses nacen en las conciencias torturadas de los hombres y se mueren solos en sus templos vacíos.
El siglo veinte ha dado nuevas dimensiones al hombre. Nadie debería crearse hoy un enemigo en nombre de sus ideas religiosas. Las creencias individuales son pequeños dioses interiores que se hacen monstruos gigantes cuando se organizan en plan de batalla. Hasta las viejas verdades se convierten credos, los curiosos de antes en magos y las teorías como apoyo de la ciencia en posiciones sectarias. Nadie debería profanar el santuario de las creencias de los demás ni para quitarlas ni para ponerlas. Porque nadie puede invocar mayor garantía de verdad de unas sobre las otras. Cada hombre debe sentirse en capacidad suficiente para practicar o dejar de hacerlo su propia religión. El hombre es una realidad incomunicable. No puede existir ningún dios de mediana validez ética que se complazca en el dolor y en las lágrimas o el sufrimiento o la venganza o la muerte de amigos o enemigos, de vírgenes inocentes, de rehenes del bando contrario. Sin embargo la huella cultural que el paso de los dioses ha dejado en el mundo es tan poderosa que, aún los pueblos civilizados hoy, se cobran buenas cuotas de libertad, de prácticas anquilosadas, de ritos muertos, de callosidades religiosas, de contenido social muerto que atenta contra la libertad, la autenticidad y la dignidad humana.
El mito de las religiones también está ahí perturbando la convivencia humana entre los hombres y los pueblos. Si se desvanecen las fronteras raciales, si caen las murallas, no es impensable asistir a la liquidación de viejos ídolos religiosos en una interpretación nueva y realista de las cosas. En el torbellino de este siglo, ante las numerosas crisis que ha llenado el alma humana, ya mira desconfiado el supuesto orden del mundo, el orden misterioso de las estrellas, el confuso y deforme movimiento de las olas del mar, los remolinos del viento que las agita, aparece la figura imposible de un viejo dios lejano que se niega a ofrecer muestras de su patrocinio. Las religiones que surgen como una respuesta silenciosa a la limitación humana, se ofrecen como el espejismo del hombre desconfiado y ascético que cada día está más atento a las realidades del mundo presente y a sus ineludibles limitaciones. La desmitificación de la religión como de otros tantos mitos de otro tiempos se irá produciendo progresivamente porque el silencio de los dioses es desencantador ante las luces de la cultura.
Las religiones pertenecen al mundo de las creencias, al mundo de lo incierto. La religión no es ciencia ni fenómeno evidente. Tanta razón tiene el hombre para creer como el incrédulo para permanecer alejado de la religión. Y siempre es una opción completamente libre que debe respetar al que no la posee que el que la acepta. Cada hombre es profeta de sí mismo. La limitación terrena es la patria de los débiles. La religión está por encima de cualquier centro oficial. En todo caso la religión toca vivencias profundas del ser humano muy importantes como son las propias convicciones sobre el valor de la existencia humana, como es la propia felicidad y la subordinación que el hombre ofrece a los dieses para mantener su apoyo y su colaboración. Las banderas religiosas recobran mucha afectividad colectiva y resonancias propias de los pueblos ajenos a toda manipulación de pueblos y estados. El teocratismo es tan desproporcionado en este siglo como la persecución abierta o sesgada de la confesión religiosa de los individuos. Tal vez la sociedad recorra su propio camino hacia la desmitificación religiosa como hacia la desmitificación de los pueblos.
Ni cruzadas, ni guerras santas, ni mártires, ni promesas idílicas post mortem ni mesianismos fáciles. El ateísmo planificado de los países socialistas resulta misión imposible. Una vez los valores subjetivos del ser humano se imponen sobre so valores objetivos, sobre las fuerzas económicas y los valores jurídicos. Así siga siendo un placebo gratificante, una droga suave y una alegre esperanza sin respuesta, la religión es un hecho que tal vez muera insensiblemente ante el paso avasallador de una cultura universal que ilumine las conciencias al paso de los tiempos. El criterio de su validez está en su capacidad humanizadora. Los dioses que deshumanizan y matan no pueden ser buenos. Las religiones árabes que se alimentan de la pobreza y la ignorancia de sus pueblos no pueden mantenerse indefinidamente en su engaño. El materialismo planificado se ha desmoronado ya. Las promesas que ofrecen los introspección del misticismo oriental suple la deficiencia de las grandes religiones tradicionales y acaso, promociona el auge de nueva sectas recientes y acaso el nacimiento el eufemismo de nuevas teología que se adueñan de pocos guetos que la ciencia va dejando en el nuevo mundo global.
6.- El MITO DE LAS LENGUAS.
Gritos, ideas e ideales. Las lenguas, Babel y confusión, en las relaciones humanas. Una especie de castigo de los dioses al orgulloso poder creativo de la palabra. Otra inmensa construcción mítica de este tiempo. La comunicación humana, espontánea y libre, es un derecho humano, es cultura y valor absoluto. El sistema comunicativo, el código, un invento mediático de valor relativo, muy maleable al acontecer histórico. Hoy petrificado y convertido en mito. Un mito monstruoso que lejos de favorecer la integración humana y el desarrollo cultural de los pueblos, ensimisma, tribaliza, fanatiza, encoje el corazón de los hombres, frena el desarrollo cultural y achica a las sociedades. El sistema lingüístico es producto social que el hombre elabora en su proceso humanizador, al ritmo de su instinto creativo, con el fin de relacionarse con los demás seres humanos. Una creación espontánea y necesaria como la etnia, como la confederación social, como las religiones que se organizan para mantener la cohesión humana y se reconvierten en demiurgos destructores y perversos con el paso del tiempo. En realidad sufren procesos de adaptación. Las lenguas nacen a la llamada urgente de su comunicación y el mantenimiento de las relaciones humanas. El hombre se resiste al vacío silente de la soledad y al individualismo de su gestión humana. El hombre no es una isla ni un cenobita. Su indigencia natural no se lo permite. Necesita relacionarse con su medio. Gesticula, grita, silba, trasmite mensajes con humo, con tambores, reclama auxilio un sus necesidades, emite signos comprensivos de su tolerancia ante la adversidad ajena y exige comprensión y ayuda a sus necesidades. La primera voz humana, con algún significado simbólico, el sonido referencial, más o menos articulado, una exclamación, un sonido deíctico acompañado de gestos, debió estallar violento en un esfuerzo sobrehumano en algún instinto desesperado por comunicarse con sus semejantes. Algo así como comienza la respiración pulmonar del recién nacido al faltarle el aliento vital del cordón umbilical o como la eclosión de un volcán que ya no resiste la opresión de su estrechez telúrica.
Tal vez el lenguaje tiene su origen en el tartamudeo de los niños provocado por el deseo de comunicarse con su madre, en los gritos reiterados de su actividad lúdica colectiva, en el esfuerzo adulto de lograr objetivos comunes como respuesta al dinamismo humanizador, como reacción a la llamada de sus semejantes, como la exclamación admirativa ante el misterios de la naturaleza, ante la belleza de las flores, ante el enigma de las estrellas, ante el silencio inexorable de la muerte, ante la violencia incontrolada de los agentes naturales, ante el amor y el odio que produce la presencia de los demás seres humanos. Este intenso deseo de comunicarse llena de sentido simbólico la variedad de sus gritos y su referencia a la realidad de las cosas. Una larga lucha por recubrir de sentido ideal y tono afectivo los elementales gruñidos de un animal acosado. Seguramente un privilegio que alcanza el hombre, una resolución comunicativa con la modulación de sus gritos informes, dentro de una larga selección de procesos sociales y biológicos, que hasta hoy no han conseguido nunca los demás animales. Los animales han resuelto el problema comunicativo por otros derroteros muy diferentes sin llegar a la asociación de afectos e ideas en la modulación sonora de voces significativas. Privilegio del hombre la integración simbólica a su modulación oral y la inserción de afectos e ideas dentro de un variado caudal fónico. Conquista, a la vez, con profundos rasgos individuales como connotaciones colectivas. La lengua es una herencia individual y una conquista social.
El lenguaje simbólico no fue un regalo gratuito de los dioses producido en punto fijo del espacio o del tiempo, sino una conquista progresiva en la carrera de su evolución social. Una doma prolongada de gestos y gritos que se modulan progresivamente, conquistando espacios comunicativos cada vez más amplios. Una meta que no han alcanzado el resto de los animales porque sus necesidades de relación específica se han resuelto por otros caminos explorando multitud de técnicas diferentes. El hombre debió soltar su lengua en una etapa de su evolución de gran tensión comunicativa, en un momento de esplendor cultural, acaso cuando despierta su conciencia a las limitaciones de sus instintos primarios y a la presencia de entorno rebelde y hostil. El grito salvaje carente de contenido mental en su origen con toda la carga emotiva del ser primitivo se enriquece progresivamente de contenido ideal y de creciente connotaciones simbólicas que caracterizan hoy el lenguaje humano por encima de la comunicación animal. Unos contenidos mentales y afectivos que asocian las palabras recién conquistadas con sus acciones y la realidad del mundo exterior que les rodea, las conservan en la memoria, que se repiten para provocar las mis conductas comunicativas, se conservan representan con determinados gráficos en las piedras y pergaminos y se trasmiten en forma de sistemas fónicos y gráficos a sus generaciones. Son las palabras que configuran estructuras conceptuales, las filosofías, los productos culturales, las ideas rectoras de los grupos humanos, los ideales de los pueblos, las banderas y los estandartes, que aglutinan a los pueblos en un autismo cultural primitivo y los aíslan con hostilidad de los clanes que han generado otros códigos de palabras, de ideas e ideales diferentes.
El fenómeno de las lenguas es una conquista tardía de la evolución humana. Conquista situada en una etapa poco evolucionada de su proceso hominizador con el fin de mantener su comunicación en la disgregación geográfica de los pueblos acaso después de haber resuelto otras necesidades primarias vitales y más urgentes. Recuérdese que el sistema fónico del hombre, la organización de las palabras, no tiene órganos específicos para su funcionamiento. El ser humano, para lograr los efectos sonoros del lenguaje humanos, ha tenido que emplear órganos corporales que tienen funciones primarias de subsistencias anteriores a las comunicativas como son la respiración, alimentación, función olfativa y gustativa, -primero vivir y después todo lo demás- y sólo secundariamente ofrecen la materia plástica y adaptativa a producción del lenguaje articulado. Los animales también producen sonidos, gruñen, rugen, ladran, pían, silban, con infinitas variaciones comunicativas que solo ellos son capaces de interpretar y son un misterio insoldable, totalmente desconocido, para la ciencia humana. El conocimiento científico de sus sistemas comunicativos es todavía muy imperfecto y sin embargo la comunicación animal dentro de su mundo específico, supera infinitamente la versatilidad que ofrece la palabra a los seres humanos. La comunicación animal, en su variedad, perfección, sutileza, ofrece un inmenso campo abierto a la investigación. Su diferencia con el hombre es esencial y radica en la incapacidad de los animales para establecer asociaciones simbólicas, su incapacidad de relacionar ideas y conceptos a sus sonidos y fabricar ideales por encima de sus poderosas pulsiones -totalmente desconocidas- de sus ciegos instintos, lejos de procesos abstractivos que el ser humano pudo perfeccionar en su evolución histórica. No ha sabido asociar ideas a sus gruñidos, ni idealizar sus experiencias sensibles, emocionales, y asociarlas a determinadas palabras que forman la naturaleza del lenguaje humano. Ignoramos si también ellos llegarán un día a la conquista del lenguaje articulado. Desde luego el problema comunicativo, por lo que sabemos, lo tienen perfectamente resuelto dentro del enigmático mundo instintivo en que todavía se mueven.
La abstracción mental y la asociación ideológica con los sonidos articulados y su referencia a la realidad es un sistema complejo que sólo ha logrado conquistar el “homo sapiens”. Ignoramos si como causa o efecto del mismo, si es primero el “homo sapiens” y después el lenguaje o al revés. En todo caso, el sistema lingüístico es un sistema muy complejo, muy variado y dúctil. Cada pueblo ha modulado su melodía fónica comunicativa en forma deferente y adaptada a las circunstancias propias. Infinitas formas de habla y variaciones lingüísticas han existido y existen en constante vaivén como consecuencia de su gran movilidad funcional. Esos vaivenes traen de cabeza a los investigares actuales.
Con respecto a su superioridad y valor funcional nadie puede imponer las ventajas de unos sistemas sobre los otros. Las notas peculiares de un código lingüístico en cuanto a sus variaciones geográficas, en cuanto a su riqueza comunicativa dentro del largo proceso histórico de su formación, su marcada relación con la cultura que transmite, sobre su componente integrador de pueblos, sobre su evolución histórica, sobre su relación con las otras lenguas de entorno, sobre su proyección en el tiempo y, sobre todo, sobre su funcionalidad comunicativa social y cultural. El gran peligro de la lengua reside en su componente mágico, en su capacidad para ser transformada en mito, en la carga venenosa que unos pueblos lanzan en ella contra otros. Es el mito perturbador, autista, babélico, del mal uso de una lengua. Desde luego cada sistema comunicativo es el mejor en su contexto social concreto. Si la lengua es producto espontáneo de la socialización, todas las lenguas son buenas porque todas resuelven originariamente los conflictos de la convivencia. Pero pueden contaminarse de irracionalidad, llenarse de afecto ciego, fanatizase y pasar de una noble función integradora y comunicativa a los efectos corrosivos de los mitos destructores.
Las referencias ideales y contenido simbólico de las palabras, las relaciones entre el significante sensible y sus referencias abstractas, son acumulaciones lentas, superpuestas y fraccionadas, como los estratos geológicos, por efecto del peso del tiempo y la maduración humana. Las conquistas mentales de los pueblos se han ido decantando en la lengua hablada y escrita, tanto en los fósiles de las lenguas muertas como en el legado de lengua viva, en sus ritos tradicionales, en sus iconos y recordatorios, en sus archivos, en sus bibliotecas y archivos. Suma de semas y rasgos significativos, de relaciones asociativas, de connotaciones afectivas recogidas en el proceso histórico. Es la polifonía semántica y la riqueza expresiva de las estructuras lingüísticas. La palabra es anterior a la idea. El lenguaje, anterior al pensamiento, la articulación verbal anterior a las asociaciones mentales. Las palabras son el molde de las ideas. La organización verbal es la base de la asociación de ideas y la clave para aprender la realidad y dominar la naturaleza. Supremacía del hombre sobre los animales. Por eso resulta tan importante la necesidad del lenguaje para lograr un adecuado desarrollo mental. El conocimiento de la lengua es un medio necesario para un buen ejercicio intelectual posterior. Una necesidad que se hace manifiesta en las escuelas como recurso pedagógico. Nunca podrá realizar buenos procesos mentales quien no disponga previamente un adecuado bagaje lingüístico. Las limitaciones lingüísticas se traducen en limitaciones de juegos de ideas y al mismo tiempo limitaciones en la comunicación. Un fenómeno que tiene incidencia en la confusión que las diferentes lenguas mal entendidas, el bilingüismo y babelismo actual, pueden originar en la mente de los alumnos, dudas, interferencias, obstáculos y complejos comunicativos, por sus deficiencias verbales o el temor infundido en su mente por el adoctrinamiento sectario. La confusión lingüística que promueven hoy grupos radicales, mucho más que procesos culturales limpios. Es la anticultura y anitihistoria, el juego sectarismo del pequeño nacionalismo, que será mañana un baldón de ignominia en el análisis crítico de la posteridad sobre nuestra historia y son hoy los responsables de la intolerancia escandalosa de unas facciones contra otras y la causa de la dura terquedad en la incomprensión entre los pueblos que viven juntos y deben entenderse.
La marca de lengua madre. La dispersión geográfica y demográfica que acompaña a los acontecimientos históricos, pacíficos o violentos, rompe la dinámica de la vida comunitaria, los proyectos iniciales de los grupos, la unidad de sus conquistas colectivas y los sistemas comunicativos. Si la vecindad moldea el pacto implícito de las unidades políticas, endurece el sentido étnico y la unidad de las lenguas comunes, la distancia, la separación, el aislamiento, contribuye asimismo a la disgregación de los sistemas comunicativos. Las lenguas se configuran dentro de las variaciones geográficas, al son de los avatares históricos, en el efecto del aislamiento demográfico de los grupos. Se producen las variaciones diacrónicas y sincrónicas constantes. El aislamiento es el elemento disgregador más significativo del habla popular porque cada grupo organiza sus campos semánticos a la medida de sus necesidades. Las lenguas recogen la complejidad cultural acumulada en el entramado de su vida cotidiana con sus particularidades inevitables y sus conquistas universales. La literatura y el habla popular son buenos testimonios de ello. Una biblioteca sintetiza el producto mental en las referencias léxicas y semánticas, el alma de los interlocutores y los rasgos característicos del hombre y su entorno. La lengua es sociología humana, evoluciona lenta y progresiva, resume las características del pueblo en las facetas más diversas en perspectivas de siglos y con un dinamismo interno que sobrepasa las maniobras que, a corto plazo, realizan los poderes fácticos puntuales que intentan su manipulación.
Existe una interacción permanente entre el hombre y su propia lengua porque también la lengua es un epifenómeno cultural engendrado por pactos implícitos convencionales de los hablantes. Y de alguna manera el hombre es su lengua, es su manera de comunicarse, es su forma de adaptación al medio, actividad gestual y mímica que, a su vez, es resultado de su arraigo concreta con la realidad. El hombre es forma de comunicarse. Nadie olvidará nunca la impronta que el aprendizaje infantil de la lengua madre deja en la articulación original y en la organización fisiológica de aparato fonador. Y todos saben las dificultades de comunicación en lenguas diferentes -que a pesar de todo se realiza aún al margen de ellas- y el esfuerzo de aprendizaje de lenguas desconocidas cuya articulación sorprende a los órganos auditivos y fónicos de los aprendices. Sus relaciones simbólicas y connotaciones semánticas son totalmente novedosas y diferentes al modelo original. La lengua madre se aprende instintivamente y las lenguas nuevas exigen un gran esfuerzo reflexivo. Y aún así nunca se hace tan perfectamente que se puedan borrar por completo los hábitos fonéticos que se mamaron en la cuna. El esfuerzo de aprender una lengua es la mejor prueba de su compleja estructura y la marca característica del origen geográfico sus hablantes. El tonillo subyacente delata siempre. Es marca indeleble de la lengua de origen que traiciona las superposiciones cultas de otros registros aprendidos y seña de identidad del fuerte influjo que ofrece el contexto socio-cultural del habla de la infancia con profunda interiorización. Nunca el hombre anglosajón de origen, el chino, el marroquí, incluso el gallego, el catalán, el andaluz, el cubano, podrán disimular el sustrato aborigen, más o menos marcado, de sus lenguas o dialectos de leche aunque dominen correctamente la gramática española.
Esta complejidad de la lengua y su encarnación profunda en el alma de los hablantes, efecto del una larga sedimentación temporal y asimilación humana, es una nueva invención salvadora de la actividad mítica del hombre para resolver el problema infranqueable de su incomunicación. Un complejo constructo colectivo que exige, en primer lugar, gran respeto a las lenguas del mundo con referencia a su uso espontáneo. Un respeto a la comunicación libre y franca por medio de la lengua aprendida de sus padres, que está acrisolada por la práctica secular y es ya un derecho fundamental de los pueblos civilizados. Es absurdo imponer y manipular las lenguas por motivaciones ajenos al propio análisis crítico de sus efectos comunicativos y su propia estructura funcional, convencional y libre, al servicio de la comunidad. El gran delito de hoy, escándalo para los descendientes, porque además se comete con toda impunidad, es el trasiego de lenguas que nos sumerge en la esquizofrenia lingüística y el babelismo actual. Vivimos el triunfo de la irracionalidad que dirige la política puntual de perspectivas muy reducidas. Proliferación de nuevos reinos de taifas en política y en lengua. Se pasa desde el desprestigio de las grandes lenguas vivas funcionales a la fantasía de lenguas futuras inverosímiles y quiméricas, desde la recuperación de vestigios de supuestas lenguas del pasado que nunca existieron, a la restauración híbrida de restos muertos que ya nunca volverán a recobrar vitalidad comunicativa, desde el pose de usos informes y arcaicas variantes dialectales hasta la enseñanza obligatoria en las escuelas dialectos populares y supuestas lenguas autóctonas que no pasan de ser reconstrucciones caprichosa y convencional sin base científica que lo justifique. A veces el sueño alucinado de lo que pudo haber sido y no es, instinto mimético de pueblos que hablan de forma distinta y pretexto para justificar algún separatismo. La lengua es un producto mental colectivo de larga evolución espontánea que se compra y se v ende hoy como una producto fungible y venable en los foros y plazas políticas. La violencia no sirve para configurar sistemas comunicativos. Ni las colonizaciones lingüísticas, ni las invasiones, ni las imposiciones, ni los planes de inmersión de unas y las proscripciones de otras, ni los aprendizajes obligatorios del lenguas nuevas en nombre de banderas ficticias, ni la resurrección de grandes o pequeñas hablas muertas o poco funcionales, ni las reconstrucciones y los inventos voluntariosos de pedantes ilustrados sin razones críticas de ningún tipo, avasallando territorios fronterizos al estilo de los emperadores de antaño, ni férreas ortodoxias doctrinales de nimias autonomías de hoy. Son verdaderos genocidios culturales y mugre regresiva antihistórica. El uso lingüístico popular excluye normas.
La lengua es un producto social, convencional y mediático que anda solo. Se adapta perfectamente. Nunca, un valor absoluto, definitivo y acabado. La comunicación es un derecho humano, la lengua un epifenómeno mediático y contingente. Además hay ofuscación en las políticas lingüísticas actuales, dirigidas mucho más a implantar los privilegios de unas sobre otras, que facilitar la comunicación entre las personas. Si antes se cometieron abusos en los procesos colonizadores no justifica que se sigan cometiendo. La normativa resta espontaneidad a la comunicación hablada, pues el hombre del pueblo habla como mejor le conviene. Sobran los decretos y las normas impositivas y la catequesis oficial dirigida, porque es violencia añadida a la naturaleza libre de la lengua y su uso espontáneo. Solo la consideración de su naturaleza mediática, el uso espontáneo por los grupos que ignoran otros recursos de comunicación y el respeto tolerante y realista del acontecer de los hechos históricos, gratos o ingratos, pueden evitar los graves enredos que hoy las envuelven. Al lado de las grandes lenguas culturales hay lenguas pequeñas, hay fósiles de lenguas perdidas, hay lenguas arcaicas muy entrañables a los afectos locales con escasa eficacia comunicativa, hay nostalgia de lenguas que nunca existieron y sueños alucinados de lenguas futuras de pueblos inexistentes en ningún horizonte real. A veces ni siquiera hay lenguas. ¿Por qué negar la historia o disfrutar morbosamente del sentimiento nostálgico de lo que no existe o ha fenecido en acto gloriosos de servicio? El uso de un código comunicativo sin interferencias, sin miedos, sin complejos, es el camino de una comunicación lúcida, humana, directa, desmitificada, y un derecho elemental e inalienable de los hombres y los pueblos.
Las lenguas son utensilios mentales que se emplean en la comunicación y casi siempre pasan desapercibidos a los hablantes por su marcada función mediática. Como objeto de estudios históricos, como bandera política, es una moda de nuestro tiempo. Su función propia es eminentemente práctica, se emplea como la respiración sin conciencia de su entidad fónica y sus hondas estructuras gramaticales. Las palabras se pronuncian para representar objetos, para transmitir ideas, para sugerir situaciones, para sugerir un determinado contexto, sin reflexión de sus procesos articulados y su estructura fónica y gráfica. El pueblo no se preocupa de la naturaleza de sus signos comunicativos porque los signos son transparentes, cristalinos; son vehículos de transporte, no interesan en sí mismos sino su referencia a la realidad y al mensaje que transmiten. En la lengua interesa sobre todo el mensaje mucho más que el mensajero verbal que lo lleva dentro. Así el mensajero, la palabra, queda siempre en planos borrosos. Solo los poetas y filólogos le ofrezcan una preocupación inmediata. La lengua es comunicación y la reflexión sobre la misma se hace después de su dominio práctico. Primero es captar el mensaje, descodificar la conversación del interlocutor, llegar a una comunicación real con los semejantes. La mecánica de los automatismos comunicativos, los procesos mentales, los signos, su combinación, los gestos, los silencios la modulación fónica, su representación gráfica, importan menos. Hasta hace poco ni se tenían en cuenta. Los pueblos bárbaros no tuvieron inconveniente en hablar el latín, lengua de vencidos, en tierras dominadas, así como los romanos, a su vez, presumían hablando el griego de la potencia helénica vencida porque el prestigio cultural y el poder comunicativo de las lenguas de los pueblos vencidos, en ambos casos, era superior a los suyos. Hoy los poetas y los filólogos destacan el valor científico y artístico de la palabra al margen de su función comunicativa. Por eso lo verdaderamente importante de la lengua es su funcionalidad comunicativa que a su vez se relaciona con el prestigio de la cultura que trasmite, la excelencia de sus instituciones y el número de pueblos que la emplean. También la utilidad práctica tiene su importancia. Los productos mentales se enriquecen a medida que se expanden y se prestigian en su difusión.
La comunicación es un valor humano mucho más importante que el conjunto de signos que la facilitan. El pueblo hablante, el hombre que conoce el valor comunicativo de los gestos, el significado deícticos de algunos sonidos, el valor expresivo de las actitudes, el contenido afectivo de gritos inarticulados, la riqueza del conocimiento práctico de otras lenguas, el libre y práctico uso de la propia, importan mucho más que el adoctrinamiento partidista que normaliza el caudal fonético puntual de pequeñas lenguas. A veces, una mirada es más elocuente que muchos discursos. Y desde luego una lengua multinacional, mucho más ventajosa que la rudimentaria figura de muchos dialectos locales o germanías artesanales o variantes vulgares sin arraigo y consistencia. Considérese la situación del español común que relaciona a quinientos millones de hablantes en progresión de prestigio creciente y las confusas lenguas dialectales de la península eufónicamente llamadas ahora también lenguas. La comunicación entre millones de hablantes exige una estructura lingüística superior a la informe y variada divergencia que el romance ha tomado en la península, incluido la confusión de los dialectos vascos dentro de su territorio.
La comunicación es una actividad que sobrepasa el círculo referencial de una lengua o un dialecto particular. Y mucho más si ésta tiene contornos muy limitados y recursos muy escasos. La limitación del signo lingüístico en la comunicación es evidente, desde el contenido mental del hablante que se reduce al codificarlo en una palabra, desde la limitación de los cauces vehiculares de los medios que la transmiten, hasta el esfuerzo restrictivo de la interpretación del interlocutor. El mensaje humano se contrae en la acción codificadora del hablante, en los canales de la comunicación que todavía reducen más su eficacia comunicativa y en el filtro subjetivo de las vivencias particulares del receptor al interpretar el mensaje. Las palabras son envases pequeños para recoger la grandeza de la comunicación humana. Y más cuando se trata de palabras sin acepciones semánticas, inventadas recientemente o lenguas sin tradición histórica. Sólo muy recientemente se ha prestado atención al signo, a la importancia de la lengua propia en este siglo y sus inevitables hilos de contacto con los centros políticos e influjos culturales propios que ella representa. Sin embargo los lingüistas recientes, los curiosos antiguos, los reflexivos filósofos que juegan con las ideas, los poetas que juegan con el valor estético de las palabras, los docentes que la emplean con plena legitimidad por razones profesionales, lo hacen con derecho propio. Hoy están desplazados por usurpadores políticos, reformistas y revolucionarios poseídos de inspiración mítica, mágica y religiosa, incluso sectarismo partidista que no tiene la menor idea del sentido de la historia y la estructura comunicativa de las lenguas.
La ciencia de los últimos años ha realizado conquistas importantes sobre las leyes de evolución de la lengua, su importancia fonética, su dinamismo interno, las interferencias de unas sobre otras, sus oscuros orígenes, y su enigmático destino. Las lenguas son productos culturales cambiantes como la corriente de los ríos que no se detiene ni en el espacio ni en un tiempo definido. Son móviles, plásticas, fluyentes. Pueden evolucionar más o menos, pueden detenerse más o menos en un determinado momento histórico, pero la lengua como todo el producto social es de naturaleza cambiante. Se adapta plenamente a las aventuras políticas que vive cada pueblo en cada situación cultural. Las lenguas vivas actuales pueden ser lenguas habladas únicamente propias de pueblos ágrafos que no han llegado a conseguir su complemento fijador escrito, poco evolucionadas, con bordes imprecisos, abandonadas por el núcleo vital materno en los medios rurales y regiones apartadas, casi siempre funcionan de forma bilingüe bajo el aliento lejano de la lengua culta protectora. Tiene poca consistencia, usada por grupos reducidos que a veces no pasan de ser simples variaciones dialectales de lengua de apoyo. Nuestras lenguas periféricas peninsulares y las variaciones fonéticas americanas. Lengua de mucha pobreza comunicativa, muchos arcaísmos adheridos, muchos complejos de inferioridad y con tendencia a la asimilación con la lengua culta afín. Y hay grandes lenguas que llevan anejas el correspondiente sistema escrito paralelo que las estabiliza y realza los caracteres propios. Son lenguas de larga tradición histórica y amplia difusión geográfica y con rasgos propios bien diferenciados, lenguas cultas, prestigiadas en el concepto de opinión mundial, propias de pueblos evolucionados culturalmente. Su lengua escrita es segundo sistema visual de comunicación, un elemento fijador en paralelo que se puede ir distanciando también progresivamente de la copia fónica que reproduce. La escritura no es estrictamente necesaria. Hay también pueblos ágrafos y analfabetos que hablan y no escriben y son dueños de sus propias lenguas así sean primitivas y elementales.
Las lenguas vivas tienen naturaleza fónica, son melodía, son música comunicativa, son sonido que cambia y se configura lentamente en largos períodos de tiempo. Una corriente viva, viva como la historia del hombre y como las plantas y en continuo flujo del agua de los ríos. La lengua es una corriente siempre móvil que mantiene en paralelo el sistema escrito siempre estable, la lengua de los libros, el reflejo gráfico de un determinado momento histórico. La lengua impresa en las piedras, en las arcillas, en los pergaminos, en el papel, en las normas de las reales academias y en la mente de los sectores cultos de las sociedades. La evolución paralela se mantiene por un tiempo. A largo plazo el divorcio es inevitable. El habla se desarrolla con el dinamismo de la historia, se diversifica, se enriquece, se separa de sus fuentes de origen, mientras que la lengua escrita permanece anclada en los archivos de la cultura hasta el punto que llegan a desconocerse totalmente o recogerse únicamente en los libros escritos. El latín sólo existe en las bibliotecas. La lengua del Lacio es la lengua del Mio Cid, es la lengua del rey Sabio y la lengua de Cervantes y de los escritores actuales en su largo proceso de continuidad. Pero con adherencias comunicativas totalmente diferentes que el tiempo ha colocado a una en el grupo de lenguas muertas y a su descendencia romance en el grupo más o menos uniforme en el grupo de lenguas vivas.
En realidad, el fenómeno de la lengua escrita funciona al revés. Es la estratificación gráfica de un momento sincrónico de la lengua hablada. Y por lo tanto un sistema que traduce un momento puntual de la lengua hablada dentro de sus circunstancias, le da una estructura determinada y una oficialidad que puede durar mucho tiempo. El elemento escrito mantiene petrificadas las estructuras cultas de la lengua mientras que el elemente fonológico evoluciona hasta producir incluso la ruptura claras de los dos planos. Nadie podrá mantener el desarrollo diacrónico de la lengua frente a la estabilidad escrita de los contenidos cultos de la misma. Las reformas incluso en la grafía que corresponde a cada fonema son necesarias con cierta regularidad. Discutible el grito de rebeldía de García Márquez contra la ortografía desfasada del español común, pero hecha de dentro de una perfecta lógica impuesta por la adaptación necesaria entre la lengua hablada y lengua escrita. Un divorcio muy grande podrá conducir a dos sistemas de comunicación diferentes y alejados que sólo una adaptación gráfica progresiva, la movilidad de la lengua escrita al son de la lengua hablada -cosa que no se hace debido a presunción de los hombres cultos que la dominan dentro de los sillones de sus Reales Academias- podrían realizar los organismos vigilantes de la lengua escrita en función de la evolución de la lengua hablada sin demasiada violencia. Y si es legítima la reforma y las normas estas deben referirse mucho más al sistema escrito que al hablado. Esta fidelidad que mantienen los dos planos de la lengua en la lengua española y muy diversa en otras lenguas romances pone a la lengua de Cervantes en condiciones de abrir camino y tomar ventaja a los otros sistemas en el campo de la informática y la cibernética. Y desde luego su ventaja sobre las otras pequeñas lenguas peninsulares.
La diversidad de lenguas. La tierra es un mosaico de lenguas, tan confuso y enredado como los glóbulos rojos de las razas y tan distinto como las costumbres de las naciones. La disgregación de la tribu y su enraizamiento geográfico produce la diferenciación de los sistemas de comunicación. Nunca sabremos si las lenguas actuales vienen de la unidad hacia la diversidad o si, por el contrario, el proceso es a la inversa, de la pluralidad a la unidad. Los procesos lingüísticos se superponen unos sobre otros en forma indefinida de tal modo que la reconstrucción de su situación actual resulta tan imposible como la reconstrucción la genealogía de los2 pueblos o las fronteras originales de los grupos políticos. No existen lenguas diferentes sino momentos o estados de una sola evolución. No existen cortes en el tiempo y en el espacio en el uso de las lenguas, no existen catálogos exhaustivos de las lenguas diferentes. Las lenguas son corrientes fónicas que se proyectan en el tiempo en razón de continuidad siempre idéntica y siempre diferente, sus fronteras se funden con sus lenguas vecinas de tal forma que toda división precisa resulta totalmente arbitraria y un buen motivo de conflictos entre los hablantes de una lengua y otra.
Las lenguas son el carácter del hombre, son partes de sus historias, son su conciencia popular, pero sobre todo son signos de comunicación. No existe superioridad de unas lenguas sobre otras. No existen lenguas superiores e inferiores. No hay ventaja de las lenguas flexivas, sobre las aglutinantes y sobre las monosilábicas. Sólo hay lenguas que comunican mejor o peor, que son más o menos conductoras y solidarias. Una lengua es buena mientras es la expresión espontánea y directa de una comunidad que la habla con la misma validez que la lengua que emplean los vecinos. Claro que los valores populares, y sobre todo el prestigio social y económico, condicionan su uso entre otras opciones. Sobre todo el prestigio cultural, más incluso que el prestigio militar o económico. El griego se mantuvo sobre el poder político de Roma y los germanos aceptaron la lengua del prestigiado dominio cultural del imperio. El inglés se impone hoy en todas las áreas de cierta influencia cultural, lo mismo que el español invade el campo de las pequeñas lenguas aborígenes de su amplia y creciente zona de influencia. Es la marcha imponente de la historia que desarma el pequeño entusiasmo de los pequeños grupos lingüísticos autóctonos ante el poderío de los grandes. Después de todo el hombre y los pueblos son los que en realidad hacen su historia como quieren que sea y no lo que debiera haber sido según la lógica particular de alguien y lo que alguien quisiera que fueran. El español ofrece una sinergia lógica hoy sobre los dialectos ibéricos que tiene ninguna otra lengua. Y los disfraces de mucho defensores de las pequeñas lenguas autóctonas más que desfigurarlos los delatan.
Ha habido invasiones lingüísticas y verdaderas violaciones de productos culturales. La historia ofrece los más extraños fenómenos sobre las relaciones entre los pueblos que hablan distintas lenguas. Se diría que la historia de los pueblos es paralela a la extraña historia de los hombrees. O que la historia de los pueblos determina la dirección de la lengua. Unas lenguas se comen a las otras como unos pueblos invaden a otros, con impunidad o sin ella; la cobertura geolingüística recorre los mismos avatares que recorren las líneas geográficas y los movimientos demográficos a voluntad y a merced de los hechos históricos. Han existido asimilaciones e infinitas intercomunicaciones de unas lenguas sobre otras. Hay lenguas afortunadas que han volado en alas de la expansión política de unos pueblos, mientras otras han desaparecido ante el paso triunfante de culturas y ejércitos coyunturales. Pero las lenguas son productos que evolucionan en sentido ascendente de forma irreversible como evoluciona toda la vida cósmica. Pueden morir en muerte violenta por carencia de vitalidad interna y en cataclismos que las barren en remolinos culturales o pueden recobrar todo el esplendor que recuperan en determinados momentos los imperios que las hablan.
Pero las lenguas tienen su propio dinamismo interno, inconsciente y silencioso, que conviene respetar. En tiempo pretérito se respetaba instintivamente intentando su función comunicativa o su prestigio social. No se pueden cambiar ni poner ni quitar ni inventar o destruir lenguas de un plumazo. Las lenguas son el hombre, su sistema de comunicación. No es el único. La comunicación por signos, gestos es casi más rica, más expresiva, más matizada, que la mima comunicación hablada. Por eso, como productos sociales, como conquistas propias, como patrimonio cultural, las lenguas acumulan fuertes cargas emotivas con todo el fanatismo a los fuertes sentimiento. Producto civilizado y terreno propicio para el mito. Ellos son vehículo de todo el clima cultural del pueblo que las hablan y que lo arrastran en su corriente histórica. Pero también se prestan al mito, sobre todo hoy cuando su uso se identifica indebidamente con otros valores míticos igualmente desfigurados como son el sentimiento de nación o pueblo o religión. Ellas resumen la cultura de sus hablantes y rezuman la atmósfera que respira. Pero sufren también las humillaciones de sus pueblos. Los éxitos de sus triunfos. Las lenguas unifican imperios y marcan profundamente a los hombres que las hablan. Son también banderas de cohesión y manzanas de discordia. Hoy las lenguas se han mezclado injustamente con los sentimientos patrios y toda la acumulación mítica de los pequeños dioses caseros que prolongan así la esencia mítica de los siglos pasados. Se convierten en objetos de la mitificación de los pueblos.
En los siglos pasados interesaba sobre todo su efecto comunicativo mucho más que su aspecto cultural. Por eso los viejos siglos nunca han mitificado tanto al sistema comunicativo como se hace hoy porque entonces la lengua era simplemente lengua y más nada. Hoy es el fetiche de moda que anda en las luchas reivindicativas con mucho más contenido mítico que antes. Contagio chauvinista del viejo, desmesurado y exaltado amor a la patria y toma la informe y peligrosa figura de los nuevos y pequeños nacionalismos. Las lenguas son elementos característicos de cada época tanto en su valor comunicativo vigente como en el cariño de sus años decadentes, tanto en la exaltación de su esplendor histórico como en el declive de su fuerza expresiva. De ahí nace su efecto perturbador en el mundo actual y esa connotación excluyente que nunca tuvo tanta importancia en las lenguas históricas. Roma aceptó sin mucho recelo la presencia y superioridad de la lengua en los territorios orientales subyugados y los pueblos bárbaros aceptaron sin reparos la lengua del imperio romano vencido y desgarrado. El hombre de hoy mucho más consciente de su sistema comunicativo que sus antepasados mitifica sus estructuras aun con perjuicio de la comunicación popular. Su mitificación es reciente, su tráfico político beligerante es injusto y contagiado de graves adulteraciones.
Su naturaleza instrumental. Las lenguas son producto humano, recurso para la relación comunitaria y acumulación de rica herencia milenaria. Su finalidad y razón de ser se confunde con su funcionalidad, su relatividad yace en su función ancilal. Es una estructura social acomodaticia. Las lenguas no son fines sino medios, no son valores absolutos sino funcionales, no son estrictamente factores culturales sino productos civilizados mediáticos conductores de la comunicación. Las lenguas son más comunicativas cuando son más espontáneas. Son agua trasparente y expresión directa de la realidad, pero no son productos culturales. En tal caso vehículos, o notal folclóricas de la cultura. Las culturas no se pueden clasificar por demografía lingüística. La cultura es incorruptible y las lenguas se desintegran. Con el tiempo se hacen opacas, se transforman en creencias, se recubren de afectividad irracional como las fronteras y las razas y las religiones propias, se escriben en las banderas. Antes solo eran un simple medio de entendimiento entre los miembros de la comunidad, ahora la civilización, los diversos elementos fijadores de la cultura, la deformación patriótica y la megalomanía de las notas diferenciales, están petrificando su proceso adaptativo funcional y mutilando su función primaria. Antes eran signos espontáneos de comunicación. Hoy son productos manufacturados en laboratorios políticos de manipulación de ideas, especímenes extraños arrancados y reconstruidos en los cementerios para presentarlos en los foros de estudios nacionales o regionales, proyectos de propaganda política, pretextos de falsos nacionalismos y desfiguraciones descaradas de los sistemas comunicativos de los pueblos. Los medios de comunicación, la lengua escrita, las autoridades académicas, los diccionarios y gramáticas, son elementos fijadores. Pero las ideologías políticas y las adherencias afectivas populares elementos corrosivos y contaminantes de la lengua.
Nada más antilingüístico que los absurdos lemas de las Reales Academias que pretenciosamente “limpian, fijan y dan esplendor” a las lenguas. Ni limpian, ni fijan, ni dan esplendor. Violación ideológica aunque proceda de instituciones cultas porque se aplica a un objeto cultural que es profundamente dinámico. Políticas de normalización que provienen de sectores políticos radicalizados y emplean la lengua con recurso patriótico. Esquizofrenia total y además inútil. El pueblo es el dueño de su legado comunicativo y es administrador, el pueblo se comunica en función de los mensajes que transmite y los mensajes que recibe. Las reformas civilizadas de las lenguas solo pueden referirse a su componente escrito que se va separando paulatinamente de su modelo hablado. Además las lenguas poseen mecanismos sociales de autodefensa internos, leyes fijas de evolución de la propia lengua, andan por sí mismas, dispuestas a burlar siempre los voluntarismos espurios de sus tutores. Esos organismos presuntamente defensores, los nuevos poderes fácticos políticos o ideológicos, las imposiciones y reconstrucciones, son veleidosas interpretaciones temporeras sin base científica y por lo tanto verdaderos atentados contra su función culta comunicativa. No limpian porque todas las lenguas vivas del mundo recuperan su limpieza en el rodar de su propia función mediática al servicio de los pueblos, ni fijan porque la estratificación es contraria a su naturaleza fluida y cambiante, ni dan esplendor porque todas las lenguas son ya suficientemente esplendorosas mientras sean la expresión espontánea de sus hablantes.
La lengua es instrumento de la comunicación. Y los pueblos son dueños de su propia lengua y completamente libres para usar la que más le interese en cada momento. La historia de las lenguas es diversa como la de los seres vivos. Y viven en función del desarrollo cultural de sus pueblos. Las grandes culturas históricas, y si se quiere los grandes imperios, están siempre protegidas con grandes sistemas lingüísticos. Grecia, Roma, la cultura árabe, la cultura anglosajona, la cultura hispánica. Su evolución es casi siempre paralela a la historia política de los pueblos. Pero no es lo nación y lengua. Hay muchos grupos humanos que hablan lenguas diferentes y muchas unidades políticas distintas con una sola lengua. Los imperios nacen, viven su etapa esplendorosa, y mueren de muchas formas diferentes. A las lenguas les sucede lo mismo. Unas fenecen en su soledad como víctimas de su aislamiento tribal de sus hablantes, otras caen por efecto de violentas invasiones y acciones militares y decretos imperiales de exterminio, y otras fenecen tranquilas cuando sus escasos recursos comunicativos se hacen insuficientes para mantener las relaciones humanas y se fusionan con otros caudales vitales más funcionales. La grandeza de las lenguas no reside precisamente en color de las banderas políticas que las promueven, ni en los sueños alucinados de sus mentores, ni en bondad o belleza de sus convencionales gramáticas históricas, ni en los efluvios mágicos de sus huesos fosilizados en los museos etnográficos y arqueológicos y en los archivos y bibliotecas de su léxico muerto, ni en los complejos de sus fracasos históricos.
Una lengua es grande cuando evoluciona y humaniza al hombre y a la cultura que la promueve. Y otra es igualmente grande cuando queda preterida en los recodos de la involución de los pueblos porque la corriente de la historia es versátil y caprichosa. Esa es su naturaleza, el destino siempre cambiante y viva diacrónicamente y tendencia a desaparecer en el dinamismo constante de la corrupción y generación, la muerte como base de la vida. Es la ley del progreso y la tendencia de diacrónica de los hombres y sus lenguas habladas. Después de todo, el día que el hombre encuentre una nueva forma de comunicación más fácil sin necesidad de recurrir a los términos raros y extraños, fónicos y gráficos, mensurables en espacio y tiempo, sin necesidad de una gramática tan compleja como las que usamos, sin significados polifónicos, sin ambivalencias, sin traiciones a su propio significado, sin antonimias y aporías irreconciliables, sin significaciones irónicos ni estratégicas doctrinales para decir realidades contrarias a las que significan, sin ambigüedades, sin margen a la manipulación semántica de sus significados, sin las equivocas y sesgadas interpretaciones sibilina que traen de cabeza al pueblo sencillo y los engañas, a profesores y alumnos en las clases, a las gentes que escriben cartas familiares, a los mismos debates académicos que siempre dudan cómo resolver el problema y la profanación de la lengua por los políticos, en ese momento todas las lenguas habladas y escritas del mundo pasarían a los archivos como testimonios de un sistema comunicativo abstruso y complicado. ¡Cuántas lenguas muertas de plena vigencia ayer, muchas incluso sin testimonios de su existencia! Incluso los jeroglíficos egipcios fueron enigmas indescifrables hasta la aparición de la arcilla Rosetta que dio la clave para su descodificación. Desaparecerán las lenguas cuando dejen de cumplir sus fines comunicativos porque su naturaleza es mediática aunque los políticos, autócratas y magos, las sigan utilizando como banderas de ideales ajenos a su naturaleza.
En el caso de la babelización ibérica actual se está llegando a la esquizofrenia total. Todavía no está claro donde están los límites entre lenguas y dialectos y el grado de dependencia entre unos y otros. Un decreto del gobierno de turno para poner cotos fijos al habla, no dice nada y además está fuera de su competencia. Si la lengua acompaña a una cultura propia ¿qué se dirá de las formas de hablar que no corresponden a ninguna cultura específica? Si las lenguas deben tener en su estructura los recursos suficientes para resolver los problemas de la comunicación ¿qué se dirá las lenguas están condenadas a alimentarse constantemente de la savia de otras mayores y vecinas? El victimismo, la nostalgia, la melancolía, las reacciones de compensación y los sentimientos de culpa, sólo justifica la morbosa y absurda irracionalidad que agita los bajos fondos de esta tierra. No arregla nada y enredan mucho la situación política del tiempo. Se supone que la cultura es única, unitaria, humaniza y defiende los perennes valores del hombre, las grandes conquistas humanizadoras, los derechos universales, y no sus folclor, sus viejos miasmas, su mugre histórica y su andamiaje civilizado mediático. El romanticismo de antaño es sueño y fábula. No pude identificarse la cultura con la incultura o la anticultura que forman las notas diferenciales de algunos pueblos. Existen dialectos vulgares o germanías o jergas que solo delatan el origen rural de sus formas de hablar y la religión de nuevos adoradores de becerros de oro que levantan los rampantes nacionalismos en el ocaso de sus viejos dioses. Mentiras civilizadas. Hay formas de hablar que nunca han tenido su paralela lengua escrita, pueblos ágrafos que expresan las formas ácratas de sus orígenes tribales y primitivos. Ni el gallego, fuera de los foros reformadores de hoy, tiene perfil definido en su variedad geográfica regional entre el gallego medieval, la lengua lusa de Oporto y el poderoso influjo de habla oficial española. Ni el catalán, fuera del autismo voluntarista que se empeñan en rehacer una lengua paralela a una nación ni la diversidad de los dialectos de las regiones vascuences y navarras, que ni siguiera tienen intercambio comunicativo entre ellos, no tienen nada que ver con “batua” unificado académico, producto de voluntarismos políticos e independentistas que confundo el sueño con la realidad. Formas rurales y arcaicas de hablar de recursos muy limitados y crípticos, con campos semánticos tan forzados, que crea inevitablemente el desafecto de sus hablantes y la hostilidad con los vecinos. Los mentores de la normalización lingüística, en vez de recurrir a los sectores cultos y más progresistas de la sociedad para recoger los modelos del habla más viva y funcional, se empeñan en rebuscar en los basureros los estereotipos de sus innovaciones, en las regiones más alejadas de la cultura, en zonas marginales, en los riscos más remotos que conservan los elementos más arcaicos de alguna lengua, buenos para los arqueólogos y científicos y reliquias muertas, cripticas y repulsivas al buen gusto de los hablantes cultos de este tiempo.
El símbolo de las políticas institucionales disparatadas es la imagen reciente y patética de los jefes autonómicos de las tres regiones históricas del Norte hablando en el Parlamento Español con traductores simultáneos. ¡A tanto induce la demagogia popular! Y hablan de reparaciones históricas. España tiene una gran lengua multisecular común a muchas naciones y compartida por millones de hablantes en el mundo y gran prestigio comunicativo actual. Es el archivo de una gran cultura y su prestigio comunicativo culto está en auge. Muchas variantes locales habladas en la península se han fundido en el caudal del coiné oficial común. Ley de la historia. El riojano, el leonés, el extremeño, el murciano. Y las diferencias geográficas de otras regiones españolas y americanas, el español de Galicia, el andaluz, el cubano, el asturiano, el canario, son marcas regionales consecuencia de las distancia geográfica. La tendencia unitaria se impone a las tendencias disgregadoras derivadas de su amplia difusión. No será mucho pensar que el título de “lenguas españolas” aplicado a las otras lenguas periféricas, aunque sea constitucional, son eufemismos complacientes con poca entidad científica. La aceptación de la decadencia funcional en la comunicación, o su resignación la borrarse del catálogo de las lenguas vivas por destino trágico de su fatalismo histórico y su tendencia a la fusión con el caudal de otras lenguas mayores con prestigio mundial y creciente no es un deshonor sino el fin natural de su servil naturaleza mediática, La fiesta agridulce de una encuentro fructífero con efectos nostálgicos de pérdidas que caen en actos de servicio de una comunicación universal más amplia y espontánea. La verdadera riqueza de las lenguas no está en las diferencias que disgregan sino en facilitar la comunicación. Es su razón de ser. Lo demás es fetichismo, engaño, demagogia, folclor, incultura e ignorancia histórica. No puede ser motivo nostálgico o melancólico de nada sino motivo sereno del esfuerzo humano ante una integración victoriosa que unifique a unos hombres con otros y aumente la solidaridad de los pueblos dentro o fuera de las mismas fronteras y por encima de los efectos de las mitologías ancestrales.
Y el español común, no puede ser el chivo expiatorio de la confusión comunicativa, ni la causa de las injusticias históricas cometidas contra otros pueblos, ni la lengua fagotizadora de sus vecinas. No existe glotofagia, ni siquiera lingüicidio de nada ante nadie. Simplemente el “bonum es difusivum sui”. El bien se expande solo. En todo caso, bilingüismo o sesquilingüismo que implica la convivencia libre y simultánea de ambas. Ni la propaganda de las pequeñas diferencias del habla autóctona debiera hacerse con tanta alaraca y tonos fundamentales tan dogmáticos ni con el dinero de erario público por su contrasentido histórico. Ni la lengua de Cervantes ni sus hablantes debieran asumir sentimientos de culpa por delitos que nunca ha cometido y sufrir los efectos agresivos de una sociedad intolerante. Los demiurgos regiones hablan tan fuerte en nombre de esnobismos y dogmas nuevos porque llevan por dentro impulsos numénicos como los profetas viejos, conscientes en el fondo de la fragilidad de las consignas de sus nuevas religiones. Los nacionalismos radicales son credos, sectas nuevas, sucedáneos de las religiones tradicionales. Los ideales sacralizados se hacen dogmas y sus seguidores, devotos creyentes. Ya no importa la verdad objetiva, sino la inefable autoridad de sus dioses. No se justifica la excesiva beligerancia de las pequeñas lenguas locales, las campañas de promoción lingüística oficial y las subvenciones exclusivas para sus lenguas, que conducen a la insolidaridad y a la confusión comunicativa y ofenden gravemente la serena y prestigiosa imagen de la lengua española que es hoy la lengua romance hablada y escrita de quinientos millones de hablantes y además le sobran razones para reclamar, al menos, el mismo trato que reciben las pequeñas lenguas regionales. Se comete el absurdo de lanzar contra la lengua española, en nombre de una seudocultura vigente, agresiones y tratos discriminatorios tan injustos que seguramente nunca los castellanohablantes han empleado contra nadie. En la colonización de América se ha realizado una defensa de las lenguas indígenas hasta darles un esplendor que nunca antes habían tenido y se elevado el guaraní, por ejemplo, al rango oficial moderna. En realidad la verdadera hispanización americana se hizo después de la emancipación de las colonias. En todo caso, si la historia ofrece ejemplos de genocidios culturales en su política expansionista, ningún tipo de violencia se puede justificar en forma parecida. La historia pasada es irreversible, es como es, y su gran lección ejemplarizante radica hoy en saber evitar los errores cometidos antaño. Su sincronía actual es producto de siglos que sobrepasa los afanes reformadores puntuales. Ningún mago del tiempo, por mucha magia que tenga en sus manos, podrá cambiar el proceso lento de su evolución. No hay lenguas dominadoras ni dominadas. Hay hechos consumados de lenguas grandes y pequeñas, que comunican o ya no pueden hacerlo. Productos fluyentes. Hay lenguas vivas y muertas, lenguas agónicas y lenguas con prestigio creciente. La restauración de elementos caducos fónicos, las resurrecciones gloriosas de sus huesos deformes, las lenguas artificiales, entubadas en salas de reanimación intensiva, las lenguas cibernéticas de los laboratorios, los presupuestos especiales de los gobiernos a la política lingüística son procesos anticulturales, campañas demagógicas populares y populistas porque restringen el derecho de la libre comunicación. Y más grave todavía si esto se realiza con medios intimidatorios, chantagistas, violentos que no son garantía de auténtica relación social, ni crean savia nueva de comunicación solidaria. No son lenguas funcionales Acaso prolongación de una situación agónica inevitable, resistencia rabiosa a desaparecer. Después de todo, las lenguas, todas las lenguas, son sustancia fungible, mortales, caducas, elemento mediático, condenadas a servir a la convivencia, evolucionar en pactos implícitos de integración o desaparecer simplemente como materiales de un andamio en los basureros del tiempo por muchos mitología que haya creado en su nombre.
Las deformaciones míticas. El error reside, como siempre, en la idolatría de las pequeñas conquistas propias y hacer fetiches con poderes numénicos, valores absolutos, sobre material corruptible y elementos relativos. Confundir la ciencia con la religión, identificar los hechos históricos con magia popular, confundir la mugre histórica con la cultura y los mitos con la ciencia. Las lenguas se han llenado de mitología. Tanto como el sentimiento étnico, el sentimiento religioso, el sentimiento patrio. La lengua es algo entrañable, exclusivo de los que la hablan o desean hablarla con muchos contagios de irracionalidad disgregadora. Productos civilizados y caducos de nuevo convertidos en mitos y sus verdades mediatas en artículos de fe, y falta de otras razones en dogmas y verdades teológicas. De nuevo, la presencia de fuerzas oscuras de la irracionalidad del hombre. Nadie podrá evitar las diferencias lingüísticas como consecuencia de las diferencias individuales, sociales, políticas, geográficas, de los pueblos. Los utensilios que no sirven se tiran. Si una lengua pierde su poder comunicativo, su eficacia mediática, pierde su razón de ser. Igualmente si se emplea como bandera de causas ajenas. La lengua es medio de comunicación, un vehículo de cultura, cauce del esfuerzo humanizador del pueblo, sólo instrumento para relacionar a los hombres, hacerlos más solidarios y libres. Cuando esto no se logra, los códigos, como elementos caducos de la civilización, se alejan de las conquistas culturales y humanas de los hombres y los pueblos.
Se habla hoy de la guerra de las lenguas como se habló en su tiempo de las guerras religiosas. La misma fantasía, la misma desfiguración, la misma confusión entre los elementos propiamente culturales y sus productos de desecho, la misma degradación mítica. Está sin demostrar la legalidad de los presupuestos que promueven campañas lingüísticas con dinero público como es dudosa la intrusa y desigual actividad proselitista de las religiones aunque se realice con dinero privado La aceptación de una opción convencional dentro de la sociedad aunque sea aceptada por herencia social no puede implicar la exclusión de otras igualmente válidas. Por su naturaleza la lengua es mediática y servil con respecto a las relaciones humanas. Poco más que eso. Pero también, por su naturaleza plástica y su movilidad fónica, se corrompe con facilidad cuando se coloca al servicio de los poderes fácticos y se subordina a otros intereses económicos, políticos, partidistas, de los pueblos que las hablan.
Antes las lenguas viajaban en las naves conquistadoras de los grandes imperios, eran los gritos de guerra que dirimían las hostilidades de unas facciones contra otras, voz mágica para conectar con los dioses y hacer prodigios. Se difundía con el apoyo de ejércitos poderosos y se utilizaba el analfabetismo como recurso de poder. Las cosas hoy no son así aunque las mañas superviven en los herederos de la magia tradicional de la incultura endémica. No se condena a muerte al que aprende a leer, pero se proscribe al extranjero. No se declaran guerras oficiales, aunque se pongan bombas cobardes en los bajos de los coches y se segrega a los que hablan diferente. No hay legiones, pero hay leyes y consignas políticas que excluyen la expresión espontánea y libre. En la ofuscación se olvida la obviedad de que el español es lengua común de hecho y derecho en todo el territorio nacional. Sus mismos detractores la emplean, porque desconocen otra ni son capaces de aprenderla, para atacar la lengua multisecular de los juglares, la narrativa de García Márquez y la lírica de Octavio Paz. Es la secuela de confusos nacionalismos y tesis fundamentales supervivientes en pequeños grupos anquilosados en la ignorancia de sus exóticas regiones. La política de normalización, quitar un modelo para poner otra peor, no puede sostenerse por mucho tiempo porque las mentiras se desmoronan solas. La luz humanizadora rompe necesariamente el rudo y tenaz caparazón del efecto mítico. En realidad, no se puede pretender devolver a la vida los huesos de inverosímiles dinosaurios prehistóricos porque en cuestión de lenguas ni siquiera la clonación cultural es posible.
Al mismo tiempo que han surgido los sentimientos nacionalistas y radicales a destiempo como respuesta al proceso agónico de las viejas religiones, o acciones reactivas de errores pretéritos, se han empezado a remover los espíritus errantes momificados en sarcófagos de pequeñas cotos regionales. Renacimientos de viejos fantasmas. De nuevo la Torre de Babel como emblema del orgullo de los hombres. Las lenguas, se hacen pendones en las batallas políticas y en las consignas patrióticas del tiempo, símbolos de nuevas mentiras. Fetichismo político, tótem religioso, como el árbol, como un río, como un monte sagrado, como la cruz o la media luna, como las señas de identidad propia, como el folclor y las costumbres. Confusión de las lenguas con la identidad nacional y con los signos religiosos. Sin borrar la inevitable relación con los afectos más entrañables de la conciencia social, los diseños lingüísticos no pueden ir más allá de un sentimental e inútil neo-romanticismo. Son los nombres que damos a las cosas que nos rodean. Es la infancia, el colegio, el aire que se respira. Son las primeras vivencias, el calor de los arrullos maternos. Una realidad buena que se degenera, se ensimisma, se enrosca, se aísla y se hace excluyente en su autocomplacencia. Narcisismo, mito y religión. Bajo ese afecto cálido de los pequeños detalles se identifica con las aventuras humanas más elevadas y se asocia a complejos nostálgicos de edenes inexistentes o las alucinaciones que calientan las neuronas de los nuevos iluminados.
Las lenguas son productos sociales con la ventaja añadida, buena o mala, de los hechos consumados. La prueba del tiempo y la última palabra del pueblo bajo cuya égida se cobijan, la usan como saben y cuando quieren, con la única finalidad de entenderse con sus semejantes. Problema de libertad y mecanismo defensivo. Problema en todo caso para estudiosos y eruditos de la filología que la toman como objeto de sus reflexiones científicas y estudian su naturaleza, su evolución y sus implicaciones demolingüísticas en la vida comunitaria con derecho propio. Los políticos y otros gremios que dogmatizan sobre ella son intrusos y profanos que la manipulan y degradan impunemente. Prevaricación y abuso de poder con su intrusión en los fenómenos lingüísticos en forma que no les corresponde. Manipulación de los poderes fácticos sobre las lenguas y escandalosa interferencia en asuntos que no les corresponde. Serán mañana vergüenza ajena de las generaciones futuras.
Las lenguas tienen automatismos de adaptación propios a la idiosincrasia del pueblo. Son buenas cuando comunican y entonces merecen todo el respeto del mundo, sea el que sea el pueblo que las habla espontáneamente. Si la lengua ha perdido su función comunicativa entonces es lengua muerta y en el mejor de los casos, una lengua académica y arqueológica, objeto de reflexión para los eruditos, buena para rellenar un horario de clase, sin ninguna función práctica. Solo queda el trabajo de organizar honor honras fúnebres adecuadas. Ni luto ni duelo ni ritos mágicos ni resurrecciones milagrosas ni mucho menos deudas históricas ni compensaciones de nada. Y sin entes de agonizar se funde con otras de mayor función social, el regocijo debería ser mayor porque su integración se hace precisamente en el servicio de una mayor comunicación y con ganancias compartidas. Dejan de ser obstáculos arcaicos en el camino y unen su legado comunicativo vital a caudales más fuertes en una fusión armoniosa, honrosa y digna, dentro de los mismos objetivos comunes a todas las lenguas del mundo. Enterrar en el caso de defunción sus restos en las crónicas que de los acontecimientos pasados con los honores propios al servicio prestado a la cultura universal en otro tiempo y reconocer simplemente su esplendoroso pasado, su meritoria e inevitable retirada de circulación a tiempo dada su naturaleza mortal.
El mundo hoy es uno. No uniforme pero sí unitario. La globalización se impone. Es la era de las comunicaciones. Es absurdo hablar hoy de independencia y separación, sobre todo en Europa cuya voluntad comunitaria es ya un hecho. ¿Independencia de quién y alianzas con quién? La cultura unitaria, no la mugre provinciana; la cultura universal, la única cultura mundial solidaria y no las tradiciones locales y la policromía folclórica, el cosmopolitismo libertador y altruista, no los efluvios miasmáticos de los rasgos diferenciales, pueden hacer grandes y libres a los hombres y a los pueblos. Lo demás es mito. Si se habla del futuro de la lengua española sin hacer brujería sólo se pueden hacer conjeturas con la certeza a largo plazo de una lengua única en el contexto de la globalización universal, con el abrazo complaciente de lenguas menores y aspectos enriquecedores. Acaso una lengua nueva, con vida nueva, nunca forzada o híbrida. Una lengua que sea la síntesis de las tres o cuatro grandes lenguas cultas del mundo. En las diversas geografías, las lenguas de amplia difusión, en manos de pueblos dominados por la ignorancia y el retraso, seguirán abriendo diferencias dialectales, la lucha entre lo diferencia y lo global. ¿Vencerán en el futuro los elementos disgregadores a los elementos de integración? ¿Se reproducirá la fractura de la lengua del Lacio? Las circunstancias históricas no se repiten. Y es posible que en futuro la fuerza integradora se imponga porque la fuerza de la cultura universal es avasalladora. Y las grandes lenguas tienen gran poder interno de difusión guiadas por cierto ciego determinismo interior que las propaga en medios adversos El voluntarismo manipulador no es suficiente. Nadie podrá detener el caudal de los componentes fónicos de la lengua hablada y la tendencia unificadora de los medios de comunicación mundial. Sobre las tendencias disgregadoras y las fisuras del sistema fónico español en su dispersión geográfica puede compensarse con sus fuertes tendencias unificadoras. El mundo se aprista, se estrecha. Los medios de comunicación son cada día más amplios y el campo de la magia se reduce ostensiblemente. La luz se impone sobre las tinieblas y es horizonte se hace cada día más luminoso.
Las comunicaciones son conquistas irreversibles y la solidaridad humana más amplia cada día. Como todos los fenómenos culturales el prestigio de lo grande se impone a lo pequeño. La ley de la selva. Pero ley de vida. Las lenguas grandes del mundo, por su prestigio, por su riqueza comunicativa, por sus connotaciones culturales, están respaldadas por grandes potencias económicas, incluso porque se planifican en un inevitable colonialismo cultural forzoso. La fatalidad de las más reducidas, por el contrario, las coloca en vías de extinción progresiva. Se exponen a la fagotización de sus vecinas. La glotofagia o la unión de supervivencia. El pez grande come al pequeño. Las lenguas pequeñas suelen ser el registro vulgar de las lenguas cultas. Casi todas las lenguas periféricas españolas llevan la marca de la incultura popular. El gallego nunca ha sido lengua culta en ninguna parte, sólo en el siglo XVI entró en ambientes cortesanos y el rey sabio hizo ensayos cultos con ella. Y a partir de ahí lengua de agricultores y marineros sin referente culto ninguno. Hoy la someten violentamente a una función culta en colegios y universidades que nunca ha tenido violando su fonética, su semántica, su vocabulario. Las connotaciones políticas, las notas distintivas y unitarias que ofrecen a los pueblos que las hablan no justifica la mitificación que sobre ellas se produce. Hay errores de política lingüística por los dos extremos. Sólo la sentencia inexorable del tiempo pondrá las aguas de nuevo en su lugar. Y las estrategias del hombre son demasiado cortas de mira, en cortos espacios de tiempo y muy versátiles para dominar la vida de las lenguas que se mueven en segmentos de tiempo infinitamente superiores y con tendencia unitaria. El babelismo actual es un error de este siglo que se esfumará en el progreso unitario mundial.
De hecho, la comunicación hablada hoy tiene menos valor que antes. Los signos, los logotipos, los nuevos códigos cibernéticos, los iconos en las vías públicas, sustituyen a las lenguas. La comunicación es mundial y se realiza a pesar de las lenguas. Los signos luminosos transmiten mensajes universales sin palabras. La comunicación es una necesidad humana, un valor universal mientras que la palabra es convencional, limitada, y variada, mientras que la comunicación es un valor cultural y universal. La lengua es un sistema de comunicación que puede quedar avasallado por procesos comunicativos universales más rentables y eficaces. Se esfuma cada día más el mito de la lenguas como se esfuma el mito de la religiones, el mito de las razas, el mito de las fronteras y el mito de las pequeñas diferencias locales.
Dialéctica de lo grande y lo pequeño. La lucha está situada entre lo grande y lo pequeño, entre los grandes reinos y las pequeñas autonomías, entre los grandes centros de poder y las comunidades vecinales, entre el imperio y la tribus, entre los pueblos y las ciudades, entre los pequeños clanes familiares y la globalización mundial, entre el folclorismo autóctono y los derechos universales, entre las pequeñas diferencias que separan y la fuerza integradora de los pueblos. Las fuerzas centrípetas del mundo, las largas conquistas humanas que son patrimonio universal, los organismos que refuerzan la solidaridad mundial siguen una tendencia integradora creciente. Pero la fuerza centrífuga, las disgregación, la valoración de las señas de identidad propias, los pequeñas autonomistas, las añoranzas históricas, las compulsivas miradas al pasado, los sueños nostálgicos del pasado, los pequeños reinos teocráticos, las revisiones histórica de pleitos perdidos, el recuerdo de los muertos, la evocación de los lares, la patria chica, el olor del hogar, también actúan sobre la historia y obstaculizan su marcha entre torbellinos de confusos afectos humanos. En todo caso, la unidad no significa uniformidad. Y la diversidad, la variedad, la policromía de formas dentro del conjunto es el fundamento de la armonía universal. La belleza es la variedad. La variedad el riqueza integradora en la unidad universal. Acaso el equilibrio de las dos tendencias que forman parte de la historia humana es el futuro, la desmitificación constante posiciones extrema en ambos bandos, la solución al conflicto a largo plazo entre lo grande y lo pequeño a largo plazo.
El hombre la medida del progreso. La humanización progresiva es tarea de ese ser privilegiado que ha impuesto su poder y autoridad sobre el planeta tierra y el director de los procesos culturales. No desaparecerán las diferencias del ser humano. Pero su integración y la solidaridad universal se ofrecen como un camino irreversible. La corriente unitaria prosigue. La época del mito primitivo está superada; pero la tendencia mitificadora todavía no ha pasado y en el centro de este siglo permanecen enquistados, disfrazados en la sombra confusa de las grandes conquistas técnicas la sombra de grandes mitos actuales. Existe magia y teología, existe superstición e irracionalidad. El siglo veinte representa el testimonio del fiasco de las grandes construcciones racionales. Se han devaluado los viejos dogmas monoteístas medievales, el poder de la diosa razón dieciochesca, y es evidente la quiebra de la irracionalidad de este siglo en todos los ámbitos de la vida. Es como si la humanidad hubiese hacho el recorrido de su empresa humnizadora en dirección contraria. Es como si el hombre corriendo en busca de su felicidad terrena, los pueblos en busca de una concordia estable, hubiesen caído en la trampa de una travesía insidiosa y errónea. La trampa de la razón humana que confunde todavía las sombras de sus fantasías con las promesas seductoras de una misma cultura y la contumacia de sus ensoñaciones mítica.
La paz no ha llegado ni ha muerto el instinto bélico entre los hombres. Ni los mitos sanguinarios. El belicismo prosigue. Las guerras son todas malas; las guarras son odio, alientan venganza y saña, porque la base de los conflictos se basa siempre en las desfiguraciones humanas. La paz con armas e intimidación, no es paz, es rapiña de los vencedoras, es semilla de venganzas y material bélico. Alegría de unos sobre la sangre de otros, el orgullo de unos sobre rencores de otros, presunción en los primeros y frustración en los segundos. La guerra no resuelve problemas, los enquista, los encona, los reprime, los radicaliza. Son malas las guerras, son malos los arsenales, son malos los ultimatos, son malos los instrumentos de matar, es mala la paz forzada, son malas unas negociaciones impuestas por padrinos. Son malas las guerras porque se priman los intereses míticos sobre los valores humanos. Se ha perdido la vista los valores culturales o todavía nunca se han asumido. Se lucha por mitos y fábulas. Por las deferencias regionales, por la notas diferenciales, que son el color del traje que se viste, por unas fronteras en una tierra común, por una religión que es fantasía, por una bandera que no representa nada, por el honor que es orgullo, por una lengua que es un producto convencional. El hombre, la verdadera cultura humana se ignoran totalmente. Ya es grave la desmesurada propaganda de estas notad diferenciales sino que además obligan a que los demás se postren de rodillas ante ellas y las adoren.
Los viejos mitos, una razón insolidaria, el individualismo social, obligan al hombre a realizar más esfuerzo en preparar la guerra que en programar la paz, en crear instrumentos defensivos y ofensivos que en conquistar el mundo interior de la verdadera realidad humana. El racionalismo ha fracasado. Las promesas del progreso se han convertido en oleadas de escepticismo y el es espectro de nuevo romanticismo es la sombra que alienta los grandes mitos agazapados en la conciencia de los hombres que se resisten a la asimilación de la cultura. El siglo veinte entrará en la historia como el monumento al triunfo de la irracionalidad del hombre, el siglo de los mayores absurdos de la humanidad, el siglo de grandes guerras en contradicción con las deslumbrantes conquistas de la ciencia y el desarrollo técnica que a su vez salva y mata al mismo tiempo.
La medida del sentido ascendente del progreso está indicado por la tensión humana del acontecer histórico. La medida de la evolución histórica es el hombre, el ser humano y el criterio racional. Ni siquiera el consenso colectivo que impone la ley de los números. La tradición cultural que se apoya en el consenso temporal nunca puede ser criterio de verdad o mentira de las diferenciales. Ni la misma tradición que conecta el pasado, el presente y el futuro es un proceso de la evolución sin referencias humanas. Más bien así ralentiza el proceso evolutivo humanizador y se contribuye al fatalismo mimético de la conducta humana, sobre todo cuando se usan criterio de verdad absoluta lejos de ser humano porque obstruye las arterias con arcaicas impurezas. Cada acontecimiento social, cada actividad humana, cada evento político, cada paso de los pueblos en la historia, será bueno o malo, será aceptable o rechazable en proporción a su capacidad humanizadora. Lo que hace al hombre más hombre es bueno, lo que lo humilla y reprime será malo. La desmitificación progresiva, crítica, reflexiva y consciente, será el camino. La pérdida de miedo a los dioses es el sentido de la historia, la integración de los afectos caseros en torno a una mayor solidaridad humana es el progreso. Así la humanización sobrepasa el liderazgo que el hombre impone al torbellino da los acontecimientos aún por encima de todos los obstáculos que la tentación mitificadora de la cultura y su fidelidad a las tradiciones, las costumbres, los ritos, imponen progreso.
Tarea ardua y lenta. No es fácil desmitifacar el producto social negativo porque no es fácil medir su capacidad humanizadora en el transcurso del tiempo ni es fácil barrer la incultura asociada el los instintos ciegos de los pueblos. El mito, como el deseo de vivir, es lucha persistente contra los fantasmas que atormentan las noches oscuras de la ignorancia y la impotencia colectiva del hombre. La ignorancia es resistente y recalcitrante, residuo carroñoso que la acidia y la rutina humana sedimentan en las conciencias. El mito se alimenta en la incultura popular. Se agranda cuando pierde de vista al hombre, cuando las creaciones de la fantasía se imponen a los proyectos racionales, cuando la pasión de los ideales sobrepasa los imperativos de la felicidad humana, cuando las creencias sustituyen a la evidencia de las cosas, cuando el sueño aleja de la realidad, cuando la libertad se confunde con los automatismos de la convivencia social. Cuando se tiene miedo a asumir los compromisos humanos en sus limitaciones y su grandeza.
Los contenidos míticos se descomponen y se degradan en largas etapas de tiempo en sentido inverso a la humanizacion progresiva y creciente del hombre. Mueren los mitos y queda el hombre. Mueren los hombres y queda la raza humana protegida por la cultura, muere la conciencia individual y queda la conciencia colectiva, mueren las civilizaciones y queda la cultura. Se desarma la mitología griega, se desarma la esclavitud de los pueblos primitivos, los paraísos marxistas, la opresión de las conciencias en las invasiones. Se desvanece cada día más el sentimiento disgregador de los productos civilizados ante las fuerzas unitarias de la cultura, se impone el sentimiento de la libertad sobre el imperio de la opresión, se desvanece la ignorancia de los pueblos ante la llamada del progreso. Se desarma el dogmatismo ante el poder arrollador de la dignidad humana, cede el ostracismo social ante el instituto creativo de la vida nueva. Y la importancia de los valores humanos, del hombre y la mujer, aumenta cada día y con ello el optimismo de una nueva era. Crece la cultura. Una cultura solidaria. La ignorancia es subordinación alienante y la cultura libera. Pocas veces se diferencia el producto civilizado del producto cultural. No hay demasiado palabras para señalar matices. La cultura es el hombre, la civilización su paraguas social, la madurez humana y la fachada externa de su complejos social. La cultura es una que implica el conjunto de valores universales del hombre mientras que las civilizaciones son muchas, la española, la oriental, la china. En hombre, sus derechos humanos son iguales y únicos, producto social con el color diferencial de su fachada externa, multiforme y variada. La cultura no es el folclor, ni el sentido de de la etnia, ni la nación, ni la lengua ni la religión. Estos son productos mediáticos y relativos.
La cultura humana tiene valor absoluto. Aunque a veces estos elementos separados, y sobre todos cuando coinciden varios juntos, se le aplica en amplio sentido de cultura. Cultura azteca, cultura budista, cultura, asiática, son polisemia y confusión. Ni la lengua propia, ni la religión propia, ni la vieja iglesia del pueblo, ni la organización social, ni los rasgos del rostro, ni el color de la piel, ni la geografía donde son propiamente cultura. Las vacas indias, las mutilaciones, los sacrificios humanos, son incluso evidente anticultura. Lo externo al hombre son epifenómenos mediáticos y funcionales, muy amables, incluso llenos de un gran valor creativo humano, pero con valor relativo; andamios externos que echan a las escombreras o al fondo del mar cuando ya no sirven o a los recuerdos ominosos, la anticultura, que tiene detrás todos los pueblos. Aunque todavía hoy, en la confusión de valores, la falta de matizaciones y el deterioro de las palabras, se llama cultura a todo lo que se mueve en la vida social. Hasta el vicio, la magia, el ocio, las prácticas aberrantes de nuestros antepasados, su peculiar forma de vivir, las diferencias y los ritos primitos; todo parece cultura. Sin embargo la auténtica Cultura, con mayúscula, es un producto espiritual, condensación de conquistas humanas solidarias capaces de humanizar al hombre de todos los tiempos, es autonomía propia, es interiorización de los derechos humanos, es el sentimiento de la libertad propia, es independencia con referencia a su contexto presenta, a su pasado y compromiso de futuro. Cultura es vivencia interior, una conquista de la mente que un título universitario o un cursillo de verano. Es maduración humana. Es acumulación progresiva en la conciencia mundial. La cultura es una y única en múltiples manifestaciones particulares y, a veces, deformes y rudimentarias prácticas civilizadas que también puede tener su importancia etnográfica y colorido sentimental. Pero nunca valores absolutos. La cultura es patrimonio de todos y las formas civilizadas son las marcas características de cada pueblo condenado a morir y recambiarse. La cultura es el hombre, es la savia universal de los pueblos libres y creativos. El derecho universal que no todos disfrutan todavía y tienen derecho a hacerlo, mientras que los hechos diferenciales de los pueblos, la etnias, las religiones, las asociaciones políticas, las lenguas, convenciones mortales y conflictivas y el fondo el material mitológico capaz de resistir la actividad humanificadora irreversible del hombre cósmico y el mundo global que señala en sentido ascendente de la historia universal y el proceso desmitificador del ser humano. El triunfo de las luces y la esperanza de una relativa concordia e irenismo universal sobre los crueles achaques que tanto sufrimiento, tanto miedo, tanta sangre ha dejado en las trincheras de este milenio que terminará al final del año dos mil. Orense 1988
En los pueblos no sólo las ideas sino las ideologías, las costumbres, buenas y malas, producen efectos perniciosos. A veces son estrellas en el horizonte, son valores culturales que contribuyen al desarrollo personal y al proceso colectivo. Hasta la ignorancia, las prácticas más primitivas y salvajes se socializan y se hace banderas, se convierten en valores. Como los mitos falsifican la realidad, se endurecen y sedimentan como producto cultural que se asume, se defiende, se impone a fuerza de grandes conflictos de convivencia. Ahí están las prácticas más absurdas e inhumanas de convivencia entra hombres y pueblos, las vergonzantes guerras y las extrañas formas de vida de los antepasados, las tiranías de unos hombres sobre otros, la exigencia sanguinaria de de dioses y demonios crueles, las infamias de la esclavitud y las explotaciones de unos pueblos sobre otros. Eso es mugre cultural, magia escondida en los entresijos de la historia actual y rebaja el orgullo de las nuevas conquistas. Se le llama cultura, brilla con fulgores civilizados, alegrías puntuales de fiestas populares y colorido folclórico, el grato olor del efecto casero. Pero la cultura no eso.
La verdadera cultura, la única cultura o simplemente la cultura, tiene dimensiones humanas, tiene efectos humanizadores. Es conquista que ensancha los límites de libertad del hombre y de los pueblos, dilata las coordenadas temporales y espaciales de las relaciones humanas. Esta cultura hace a los hombres y a los pueblos más dueños de sí mismos y asegura la concordia solidaria de unos y otros. No es emoción popular, ni productos estadísticos, ni cuestión de números, ni resultado de de urnas, crece lentamente, casi siempre en sentido ascendente y unitario. Es la superación del mito y la magia. Crece como una bola de nieve. No es extrínseca al hombre sino su propia esencia, no es adorno externo sino su entraña, no un medio sino un valor en sí misma. No son normas ni conocimientos aprendidos, sino vivencia humana colectiva sedimentada en la conciencia; ni prácticas sociales programadas sino estructura interna del alma, no andamiaje material sino asimilación interior, no reglamentos y proclamas atropelladas de políticos y profetas callejeros. Es la conciencia del hombre que disfruta con libertad del cosmos. No es adorno ni rito ni hábito aprendido, ni es la máscara externa de la civilización, sino vivencia reflexiva del hombre dueño de su destino. Es su libertad, su autonomía, su sentimiento de paz con las cosas. Como he leído, el hombre único, el hombre universal, va por dentro como protagonista incorruptible de ese gran festejo, son sus eternos valores y referencias de la única y universal cultura del hombre total. En medio de esa vorágine de formas civilizadas se pierde el hombre, olvidado y preterido entre el follaje de los acontecimientos del siglo sin conciencia siquiera de su excelsa grandeza.
No se trata del escenario, sino del nudo de la representación; no es el personaje, sino la persona. La cultura es la savia humana decantada del magma de los errores y actos fallidos a través del tiempo. La cultura no es ni el código de costumbres, ni son las diferencias demográficas plagadas de material fósil y mugre casera que contamina su presencia actual por muy amables que se presenten, no son los instrumentos de trabajo de cada tiempo que se conservan en los museos, ni las técnicas por muy complejas y deslumbrantes que se ofrezcan en cada tiempo. Pueden facilitar más o menos el desarrollo humano, lo defienden en los avatares del tiempo; pero se desgastan en procesos de reciclaje constante, se hacen productos de desecho en los basureros del tiempo. La cultura no es la fachada externa de los ministerios de educación, ni el color de los partidos políticos, ni los proyectos temporales, que se rehacen y bailan constantemente ritmos frenéticos y alucinados. No es el caparazón y ni el talante costumbrista aunque se use este término sin matices léxicos. No es la fiesta folclórica de cada tarde, ni los ensayos erráticos y fracasos irrecuperables de científicos y políticos que forman fósiles arqueológicos de acrópolis enigmáticas, a veces signos bochornosos del pasado y verdaderos crucigramas de eruditos y estudiosos.
Mientras la cultura, en sentido estricto, es asimilación humana individual y colectiva del producto social solidario humano, es única y perdurable, la civilización o las culturas en plural y sentido amplio, son caducas y multiformes. Sobre todo en etapas largas de tiempos y geografías alejadas. Las diferencias de espacios y tiempos cortos son megalomanías regionales y caudillistas. La cultura, la única cultura humana, pasa sobre el espacio y el tiempo, sobre las instituciones contingentes. La cultura es la auténtica medida del hombre, sus derechos humanos, la madurez humana, configuración espiritual, historia humana ascendente. La cultura es la conciencia humana, valores universales, sustancia medular espiritual que permanece y crece con el tiempo. La justicia, la verdad, la libertad, la solidaridad, que desborda el oleaje cambiante de las distintas formas sociales. Por el contrario, las formas externas de la civilidad, todo el colorido festivo de la época y de cada pueblo es material de construcción caduco, maleable y corruptible. Arqueología, cuevas, monumentos megalíticos en la tierra descampada, palafitos sobre las aguas, chamizos rudimentarios, palacios de sillería, leyes escritas en piedra, pautas rutinarias de pueblos ágrafos. La hoja caduca de la historia.
La cultura auténtica tiene forma humana, es antropomórfica y antropocéntrica, es inmortal y crece pausadamente acompañando al hombre histórico, como una atmósfera que lo protege, como una nube exterior que le defiende y le alimenta. Es el hombre en su entorno, el hombre en su concepto cósmico y global y a la vez resumen de las etapas del camino. La cultura es la justicia, la solidaridad, la conciencia colectiva, la libertad, el hombre dueño de sus actos y su destino, su propia autonomía. El hombre sin miedos ni complejos ni servidumbres. Nada parecido al hombre mágico y al ignorante refinado de hoy. No es el hombre sumiso, ni el pedante erudito, ni flores invernales de falsa ciencia, la demagogia política, la cascarilla de mentiras disfrazadas. La cultura es el hombre en perspectiva cósmica. Es el ser y no la apariencia. Ni siquiera es la ciencia universitaria, ni los cursillos, ni los diplomas que adornan las paredes, ni la técnica cuyo brillo deslumbra y adormece. Ahí están los esclavitud moderna, los niños explotados, las mujeres con el rostro velado, el sectarismo en las aulas, la magia en la universidad, el fanatismo de las religiones, las hambrunas que asolan a pueblos enteros, la xenofobia que enfrentan unos pueblos con otros, la insolidaridad que excluye a los pobres de un puesto en la mesa, la ignorancia casposa que ensalza la diferencia y ofrece sacrificios crueles a mitos falsos dioses. El afecto casero es frontera infranqueable al impulso racional. Los instintos primarios, atavismos tribales frente a la convivencia solidaria. Hay mucha erudición y poca cultura. Solo la lenta evolución humana que envuelve al cosmos, por encima de las organizaciones docentes y las adulteraciones culturales, puede despejar el horizonte. La cultura propia es vivencia profunda, esencia humana, por encima de las notas diferenciales, polifónicas, antropológicas, que las banderas sagradas que agitan hoy muchos clanes como símbolo de su identidad. La confusión está instalada en sangre del desarrollo actual.
Una fuerza integradora mueve desde dentro, sobres los vaivenes todas las civilizaciones, a la raza humana como un aliento sinérgico irresistible que conduce a niveles de madurez individual y colectiva cada vez más amplios y señala como una flecha la dirección del futuro. Ese centro de cohesión va desde los pequeños grupos humanos, tribus, clanes, hasta las grandes instituciones mundiales de hoy. Los círculos concéntricos de integración se ensanchan progresivamente de forma irreversible. Desde los municipios hasta el ámbito supranacional, unidades financieras, comerciales, humanitarias cada día más amplias y funcionales. Desde los pactos de convivencia pacífica de pueblos cercanos, la integración europea, las naciones americanas, las naciones unidas sin vetos ni privilegios, hasta una posible unidad política global y unitarias en todos los campos que es el viejo sueño frustrado de los grandes imperios desaparecidos en el pasado y la fuerza integradora esencial a favor de sentido ascendente que se mueve la historia por dentro. Un trabajo difícil, arduo, lento, que supera la fantasía artificial y folclórica de la incultura atávica de los grupos humanos. Coincide con el triunfo de la razón que diluye las nieblas insolidarias del pasado, el afecto egoísta que separa y aísla, las soberanías y presuntas independencias imposibles, las endogamias primitivas de pueblos enredados en sus mitos y creencias religiosas. Solo ellas sedimentan el sentido solidario y el cosmopolitismo de los pueblos en una paulatina conquista del “logos” que a pesar de todo actúa al fondo del proceso. Atrás queda el tramo mágico de la historia y el tenaz impulso humanizador que lucha por abrir camino a través de las sombras.
No es posible hablar todavía de una comunidad de naciones unidas, libres, solidarias, eficientes. La organización actual ni está unida, ni es efectiva, ni es libre, ni solidaria, ni tiene poder ni autoridad. No hay un gran parlamento legislativo mundial que conjure los conatos y los incendios bélicos con leyes justas. Falta un gran tribunal de justicia con jurisdicción universal y poder coercitivo que interprete las leyes y siente en los banquillos con pleno derecho a los genocidas, a los tiranos, al margen de privilegios y seguros de inmunidad. No existen organismos económicos globales para repartir los productos de la tierra y los beneficios de la técnica de forma equitativa en el mundo por encima de la plutocracia, el nepotismo, los abusos de poder y las megalomanías de tiranos y emperadores que concentran las riquezas y alargan la distancia de los ricos y los pobres, el desorden en las finanzas. Existen sistemas especulativos financieros a favor de los primeros. Falta un gran organismo mundial ético y cultural que desarme las injusticias latentes que descubra la magia enquistada en las sillas y tronos de los actuales señores de la globalización actual y sus legítimos herederos que siembran el germen de la mayoría de las guerras que asolan la tierra, a los fanatismos primitivos que origina el terrorismo salvaje, arman los hombres-bomba que llenan de vergüenza el rostro del siglo y crean la inseguridad en el mundo.
La dependencia de los mitos existe. Faltan controles al tribalismo autocrático, al teocentrismo primario que esclaviza la dignidad de muchos pueblos. Faltan controles que regulen las relaciones sociales, fuerce el necesario funcionamiento diplomático y corrija las fronteras realizadas a compás sobre mapas de países sometidos por encima de razones históricas y étnicas. Ahí queda el germen de los conflictos crónicos que nunca se resolverán sin componentes de racionalidad. Falta la humanización de las relaciones entre pueblos que tome al hombre y a los grupos en sus variaciones históricas dentro de una valoración unitaria.
Las conquistas deslumbrantes en el macrocosmos infinito que se abre en el horizonte de las conquistas espaciales, las incursiones deslumbrantes en el microcosmos de la materia inorgánica, los descubrimientos genéticos, las conquistas técnicas, son aparentes y virtuales. El hombre todavía es un esclavo en manos de sus mitos. Nada en el mar de sombras como un náufrago, ignora su origen y su destino y zozobra en sus sueños de felicidad. Algunas alegres promesas entre muchos riesgos colaterales negativos sin controlar. En el fondo confusión. El pasado proyecta sombra negativa las pequeñas fiestas de este siglo, sobre el aparente bienestar conseguido, sobre el deslumbrante progreso de los sistemas de comunicación, sobre el control médico de algunas enfermedades, sobre las relaciones comerciales, políticas, sociales, diplomacias imposibles, con tanta contaminación adherida que, en realidad, poco contribuyen todavía al conocimiento de la propia cultura universal. La conquista de los valores humanos y la auténtica cultura humana está todavía muy lejos.
La civilización actual es apenas un destello del progreso humano porque está contaminada de magia. Mitos que todavía perturban la historia actual que se adhieren al producto humano como un lastre que retarda su progreso. La ignorancia se enreda la cadena del tiempo y contamina sus conquistas. Mitos y mitos encadenados. Magia en los rincones del tiempo. Ignorancia e incultura. Nubes negras sobre las fiestas culturales de los pueblos. Solo alguna estrella fugaz que ilumina el camino en el desierto. Ese núcleo oscuro está en el punto de partida de nuestras mediocres culturas actuales. La superstición sobre la racionalidad. Es triunfo de los afectos desbordados de naturaleza instintiva que rige el automatismo de la vida de las hormigas, las aves o los perros. Son los mitos de los pueblos primitivos que reproducen las verdaderas megalomanías y ambiciones humanas al margen de la racionalidad. Son la primera forma de filosofía y el deseo siempre latente por dar solución a los problemas vitales. Es producto mental fosilizado que perturba la conciencia de este siglo. Son los mitos de los griegos, los romanos, los celtas, mitos de pueblos orientales, mitos polinésicos, mitos africanos, precolombinos, adornados de colores civilizados.
Ni siquiera la aparición y el esfuerzo del “logos” a lo largo del tiempo fue capaz de superar las sombras del mito. Se disfrazó a través de los tiempos y permanece vigente en este tiempo. Grandes ideas humanas y divinas se superpusieron a la realidad con mantos de ignorancia. Se mezclaron las ideas divinas y humanas, las ideas en forma con simulacros de verdades eternas. Hubo ángeles y demonios, dioses buenos y malos, deidades superiores bondadosas y perversas. Hierogamia y confusión entre lo divino y lo humano, entre la realidad y la fantasía, entre la ciencia y la religión, entre las cosmogonías y las teologías. Algunas referencias humanas y muy escasa racionalidad. Las teocracias de origen sagrado, las monarquías religiosas y la connivencia interesada de las influencias divinas sobre los comportamientos humanos donde el efecto mágico se impone. Ni la era científica y técnica moderna ha podido librarse de la confusión de los campos y la superación del mito. El mito persiste. El andamiaje civilizado actual es confuso y peligroso porque la secuela de los instintos primarios, los sueños de fantasía, recubre como una niebla las nuevas verdades y las teorías de la ciencia nueva y el progreso. En el disco duro del desarrollo humano y el empeño humanizador del hombre, permanece la secuela de los instintos primarios bajo la pátina de las infinitas formas deformes y metamorfoseadas según los tiempos, la estructura profunda del primigenio ser humano y las secretas fuerzas de las aspiraciones humanas para superar sus limitaciones y su ignorancia y lograr descubrir los secretos de la ciencia y el lugar donde llega los pocos hombres sabios que solo llega a la conclusión de que no saben nada. Solo pocos seres humanos llegan al paraíso de la cultura entre el infinito número de ignorante y pedantes eruditos.
Ni la información reglada de las universidades, ni los cursos académicos, ni el barniz externo de la civilización, no pasa de la epidermis de la figura excelsa de ser humano y la aplicación de criterios racionales asépticos a los problemas de la convivencia, la vida y la función política. Poca relación tienen con la verdadera idea de Cultura. Los mitos se filtran, se metamorfosean e intoxican incluso los ambientes científicos que no son modelos de fecunda actividad culturales. Se hacen mitos cultos camuflados en los adornos civilizados. El mito habitan todavía los paisajes más cultos de la tierra. Entre las teorías nuevas, entre los planes anuales de los gobiernos Hacen fracasar los empeños más nobles de la convivencia humana, las aspiraciones de solidaridad e inútiles los empeños pacifistas. A veces es el invento consolador a la ignorancia propia, a veces la deformación de un hecho histórico glorioso, a veces la intervención de dioses y héroes y magos unidos en aventura comunes.
Ahí nacen las deformaciones. Las diferencias elevadas a signos de identidad de grupos privilegiados y raciales sólo son notas folclóricas, elementos mediáticos y no conquistas culturales. Confusión entre aparecer y ser, confusión entre la concha y la almendra, entre erudición y cultura, entre el traje y el ser humano, entre el pedante y el sabio, entre el ser y no ser, entre el fenómeno y la esencia. La falta de términos apropiado contribuye a la confusión. No todo es cultura aunque la aplicación del nombre se aplique injustamente a todo. Hasta el arte de mentir y simular es cultura sin cuidar que la medida de toda cultura es el hombre, su libertad, su autonomía. Lo demás es excresencia floral y folclor, degradación mental. La Cultura es el último núcleo de la personalidad, un escaso producto actual y la única perspectiva de futuro, donde apenas luce hoy el sol de ser humano y donde habitan los “pocos sabios que en el mundo han sido”.
Por eso, tantas contradicciones. Los anhelos del hombre están rotos y el humanismo en quiebra. No es feliz porque la fiesta está solo por fuera. La residencia que habita es pacotilla y refugio vulnerable. Lo importante no es la caverna o el rascacielos, ni palafitos, ni estacadas de madera en un castro, ni murallas pétreas defensivas, ni castillos medievales inexpugnables. Esto es periférico, logros mediáticos, conquistas incompletas. La sangre de los viejos fantasmas corre como una amenaza por las civilizadas formas de vivir de los pueblos de hoy. Viejas supersticiones de antaño, viejas mentiras enquistadas en el progreso, palabras gastadas, camufladas como los animales en la jungla, ironías, ambigüedad, polisemia, signos crípticos reflejo de la mitomanía humana. Son los fantasmas que acechan en las almenas de castillos vecinos, la misma sevicia en sus garras y muchas intrigas en la periferia de su incultura. Estos inventos ya se han cobrado en el camino el peaje de mucha violencia institucional. La sangre y la muerte de las últimas guerras mundiales, la amenaza constante del ingente poder destructivo de las armas atómicas y convencionales, el sectarismo diplomático imposible, el odio creciente en el inconsciente colectivo de naciones vecinas, las murallas que todavía separan a unos hombres de otros, la nimias diferencias civilizadas que se agigantan en belicosas histerias colectivas, los crueles guerras fratricidas y tribales de hoy en todos los continentes representan el núcleo oscuro del misticismo humano vigente con sus secuelas negativas en este siglo.
Caminos equivocados. El mito nace el instinto vital del hombre, se supera en las aportaciones de la fantasía que ofrece soluciones diferentes en cada encrucijada. Todavía el saber humano no ha hecho presencia en las relaciones sociales porque el orgullo del hombre hecho de barro, de maíz, de sangre de dioses, ha creado tantas contradicciones que hace siempre difícil la sincera convivencia de los pueblos. Una ciencia que promete la vida y causa la muerte al mismo tiempo no es ciencia. Los ritos que matan no pertenecen al patrimonio cultural. Los mismos principios que pregonan la fraternidad entre los hombres y siembran esperanzas de paraísos terrenales posibles, crean imperios dominadores y pueblos dominados; tiranos y tiranías, ejércitos inútiles que movilizan hombres como esclavos para llevarlos a matar o morir, no son el progreso. Son aparentes conquistas que se convierten en declaraciones de guerra. Sociedades libres con terrorismo indiscriminado en sus entrañas, sentimientos racistas, marginalidad y guetos; principios teocráticos vigentes; clases privilegiadas y xenófobas; una forma de progreso deslumbrante y sin relación humana; máquinas asesinas; limpiezas étnicas y exilios forzosos; niños abandonados, opulencia de unos y hambre de muchos; genocidios colectivos; caciques ilustrados que compran con mentiras el voto de sus vasallos sometidos y contentos; fetichismo de banderas excluyentes que dividen la tierra en mil reinos de taifas; la cultura al servicio del poder para hacer más fácil el control de los esclavos. Epidermis escamosa de magia tradicional.
La libertad es un espejismo, una sensación de libertad en tierra de cautivos. El obrero que mendiga su derecho al trabajo con la sumisión del mendigo y cumple contratos humillantes porque no hay otra alternativa es el "hombre libre"; el funcionario que justifica su sueldo en la ventanilla pública como una máquina sin sensibilidad, sin educación y con marcado mimetismo cibernético, es un "hombre libre"; el empleado que obedece la voz de sus amos a cualquier precio, pagando servicios y aparentando ser más tonto que su jefe para halagar su orgullo, es un "hombre libre"; la mujer que, a cambio de un sueldo mínimo, debe arriesgar además su dignidad aceptando cenas con su jefe bajo condición de una carta-despido, es una "mujer libre"; el soldado que se masifica en ejércitos nacionales o extranjeros a voluntad de rudos generales que los llevan al matadero en nombre de supuestos valores patrios, es un "héroe"; el parado que pasa cada mes por las oficinas del empleo para completar estadísticas y recoger la limosna que le ofrecen como a un mendigo es un "hombre libre", el hombre de la calle que vota en cada cita electoral al mismo alcalde porque le debe favores, sufre chantaje intimidatorio o acepta con docilidad siempre las mismas promesas nunca cumplidas, es un "hombre libre"; la mujer que se prostituye porque necesita dinero para alimentar a sus hijos y enviarlos al colegio ya que vive en una sociedad que no le ofrece oportunidades, es asimismo una “mujer libre”; el emigrante que intenta mejorar su condición de vida y abandona su patria chica y su patria grande con riesgos graves, en pateras, en barcos, en aviones sin fin determinado, también es un "hombre libre". Mentiras viejas con fachadas nuevas
La paz, otro gesto mágico. La paz en este siglo es una burla. Dos grandes guerras calientes con millones de muertos en los frentes, en los campos de concentración, el terror de la destrucción atómica sobre el corazón de esta tierra, señalan el fracaso de los ensayos universales de paz. La guerra fría, los muros de acero, la tensión bélica, las alambradas en las fronteras, los embargos petroleros y comerciales, los bombardeos selectivos y preventivos, las muertes de exterminio masivo, hielan el corazón atormentado de este siglo. El irenismo, una fantasía más. La caída de los bloques no cancela la inseguridad que todavía no se ha disipado de este suelo, porque ahí están los numerosos conflictos armados, los genocidios de tiranos ilustrados sobre pueblos sometidos, las fosas masivas de hombres inocentes, las invasiones de unos pueblos bélicos sobre sus vecinos inermes, los golpes militares, los inventos de nuevas fronteras, la radicalización de los pequeños fundamentalismos religiosos, amplias zonas marginales al lado de grandes zonas opulentas, grandes desigualdades entre los seres humanos que nacen iguales, las desfiguraciones de los rasgos diferenciales de pueblos excluyentes, la saña de grupos subversivos, el peligro de los resabiados reinos de taifas que se alimentan siempre en la misma oscura sentina de los instintos primitivos latentes todavía en riscos prehistóricos y en la memoria tribal de pueblos primitivos. ¿Quién recupera las lágrimas de los que sufren de rodillas vejaciones constantes de los poderosos, la rabia de los inocentes que soportan injusticias clamorosas inermes e impunes al amparo de leyes injustas, la humillación de los pobres y marginados, golpeados por el destino aciago que le imponen los privilegios de una sociedad hecha a la medida de pocos?
Todavía se tolera el belicismo y los arsenales bélicos. Hasta se legaliza la pena de muerte. Las fronteras de las naciones modernas impuestas por la fuerza de las armas son trazos caprichosos, mentiras mágicas de unos pueblos que se apoyan en sus fantasías, mentiras de la patria propia, el ídolo de banderas nacionales, la huella necrológica de las soberanías excluyentes, el sofisma de los hechos diferenciales. La configuración de unas fronteras diseñadas por armisticios posbélicos tan convencionales como las anteriores y tan caprichosas como las reformas futuras hechas con la misma lógica reivindicativa. Las naciones, las etnias diferentes, la marca distintiva de las culturas autóctonas, los distintos símbolos religiosos, sus complejas liturgias, los ideales colectivos que los alienta, las lenguas que se manipulan en proyectos autistas como freno a la comunicación universal, los códigos jurídicos que se interpretan con grandes márgenes de arbitrariedad y el influjo de muchos poderes fácticos y justifican sentencias judiciales escandalosas, son incultura disfrazada de modernidad y reminiscencias del instinto primigenio de supervivencia. Vestigios de hábitos tribales convertidos en mitos y teologías nuevas. Valores relativos en forma de dogmas absolutos y baldones de ignominia sobre pueblos subyugados e individuos inermes que deben ponerse de rodillas como esclavos porque les falta conexión con las fuentes del poder y del dinero, con los núcleos de los poderes establecidos. Rasgos diferentes nimios transformados en monstruos deformes al servicio de la falsificación de la concordia y la solidaridad de los hombres y los pueblos. Ahí están los fragmentos del antiguo imperio soviético, la desintegración de Yugoslavia y Checoslovaquia. Ahí está el actual sentimiento soberanista que remueve las entrañas de pequeños núcleos humanos, el falso concepto de identidad propia, los crecientes gritos independentistas, insolidarios e imposibles. Hoy ya es más peligroso el pequeño caudillo que la integración de las grandes unidades políticas. Se rebaja el poder absorbente de los grandes y se endurecen los pequeños. Parece la reanimación de la incultura histórica, la claudicación de la racionalidad, y la liberación del instinto ciego primario que se acumula como el grisú de la minas en proclamas explosivas, y estallan como el fuego de los volcanes.
La diplomacia, coartada a la hipocresía del poder. Los líderes hablan de negociaciones y se preparan para la guerra. ¿Qué significan los poderosos arsenales, las sofisticadas armas de matar, en manos de los que preparan la paz? No funcionan los organismos de la diplomacia mundial; defienden para ellos lo que proscriben para los demás, proponen soluciones para resolver problemas ajenos que todavía ellos tienen pendientes y profesan los mismos radicalismos que achacan a sus vecinos. ¡Pura hipocresía! No existen códigos comunes. Las palabras son polisémicas siempre. No existen términos unívocos en las comunicaciones. Cada uno interpreta a su manera la lengua convencional. Ambigüedad, reticencias, interpretaciones diversas. El significado de las palabras siempre a la carta y a gusto de los propios intereses. Una palabra significa una cosa y la contraria. La verdad es exclusiva. Su patria es sagrada, su raza es sagrada, su religión es sagrada, sus tribunales son universales, su lengua es única, su honor se recupera con sangre, su razón es siempre exclusiva. Las únicas verdades son las suyas, las otras no existen o son paganas o “infieles”. Las promesas del “logos” una simple ilusión.
Nadie podrá justificar nunca la ineficacia de los mecanismos mundiales de paz empleados hoy ante los conflictos bélicos que prenden paulatinamente en la tierra, ni aceptar sin reservas una ética de convivencia pacífica que tolera todavía tantas absurdas guerras con el pretexto de ventajas e intereses ocultos de sus fautores. Nadie podrá considerar bueno un orden social que se cobra el tributo silencioso de millones de muertos, inmensos sacrificios que los grandes imponen a los pequeños, el pertinaz empeño de hacer la paz con instrumentos bélicos, de liberar a los pueblos por medio de invasiones, por la movilización de ingentes ejércitos o sofisticadas armas destructoras, por el embargo económico y comercial, por la intimidación nuclear, por el método de tierra quemada. Es el fracaso de la diplomacia, el fracaso de la solidaridad humana, la pervivencia de viejos patrones, viejas supersticiones, hábitos ancestrales improductivos, savia de espíritus prehistóricos y tribales reencarnados todavía en esta etapa inmadura de la historia.
El progreso, una falacia. La diosa razón se ríe hoy a carcajadas de la ingenua credulidad del hombre de este siglo. Pensó conquistar la felicidad y se encontró con el rostro tétrico de la muerte. El gozo de los grandes inventos científicos y técnicos está acompañado de miedo y recelo a su enorme poder destructivo. A mayor desarrollo técnico, mayor sacrificio humano; a mayor desarrollo industrial, mayores arsenales de muerte; a mayor renta productiva, más hambre en el mundo; a mayor desarrollo industrial, mayor desgaste del ecosistema terrestre; a mayor esfuerzo por la paz, mayor belicismo. Al lado de las máquinas buenas se fabrican productos de destrucción y degradación humana. El progreso contamina el aire que respiramos hasta la amenaza de la permanencia de la vida en el planeta, el medio ambiente que agoniza un poco cada día y puede llegar hacerse irrespirable en cortos espacios de tiempo; la informática desarticula el mundo laboral; la investigación genética pone en peligro la dignidad y la felicidad en las manos caprichosas de sus manipuladores, la demografía aumenta en proporciones que sobrepasan los espacios habitables de la tierra y el hambre crece más que los productos de consumo; al lado del confort se instala la marginación social, aumentan los centros siquiátricos, la drogadicción, el sida, el desempleo y el hastío. El hombre muere cada día en el suicidio colectivo del progreso humano incontrolado.
La solidaridad humana, una utopía. Por un lado, la tendencia creciente de una unidad mundial que facilita la concordia colectiva y por el otro, los gustos de mil pueblos humillados en su dignidad humana. La renovación rusa es paralela al peligro desintegrador de sus repúblicas porque todavía se protege la mentira de la soberanía violenta de pueblos obligados a realizar integraciones justas. La pretendida independencia hoy carece de sentido porque ya nadie es absolutamente soberano. No puede haber ni pueblos ni hombres absolutamente independientes porque no existen ni hombres ni pueblos aislados, desconectados del contorno, solitarios, islotes o archipiélagos. El juego está en salir de una órbita de influencia para entrar en otra, renunciar a una nacionalidad para aceptar otra. Ya no hay islas perdidas. La coexistencia pacífica sólo es teórica, un pretexto para evitar la ineludible obligación de participar activamente en la empresa unitaria de la raza humana. La palabra de los jefes tribales de antaño era más efectiva que los complejos protocolos que firman hoy los líderes de los pueblos en los foros oficiales; la honradez del hombre primitivo acusa la hipocresía de los líderes nuevos y la compleja semántica de su diplomacia que actúan como marionetas de intereses ocultos de organismos poderosos y estrategias que defienden el orgullo colectivo y restauran los complejos de sus fracasos y sus frustraciones históricas.
Mentira es el orden institucional, mentira que se resume en los códigos jurídicos que adormecen a las víctimas con el efecto encantador de falsas sentencias judiciales. Lo que hoy es blanco mañana es negro, la misma ley que salva a uno condena a otro. La justicia es el dinero, es el poder, es veleidad de los magistrados e interés propio que se vierte sobre la ruda indefensión de los demás. El supuesto orden de unos es la caótica situación de otros. La injusticia tiene tantas razones como la justicia. La verdad no se diferencia de la mentira. La violencia es la forma de la ley vigente. No tiene más justificación la prosperidad de unos que la marginalidad de otros. Las mismas leyes salvan y matan al mismo tiempo; unas veces vale la letra y otras interesa el espíritu; leyes que absuelven al blanco o condenan al negro con los mismos argumentos. Relativismo hipócrita de una sociedad mal hecha. Violencia blanca que se nutre en la humillación del negro, en el abuso del poder, en el tráfico de la justicia, en la compra de los jueces, en la indefensión de los débiles, en la xenofobia, en el fetichismo de las ideas, en la flaqueza del drogadicto, en la miseria del marginado, en la corrupción de los poderosos. Huellas de las sombrías fantasías pasadas
Se quiebra la tierra de este siglo, agoniza una raza de hombres que fueron reyes del mundo, muere el viejo orden mundial y peligra el aire que se respira y el sol que calienta las arenas de las playas y el agua que se bebe en las fuentes de los caminos. El hombre deshace el espacio que habita y prepara en su inconsciencia su propia autodestrucción. La fiesta de unos pocos ricos no puede ser la servidumbre y el terror de millones de coetáneos hambrientos, ni la alegría de algunos puede ser el llanto de grandes mayorías marginadas. Renace la venganza de las injusticias escondidas en el centro de la historia y los huesos de los muertos de las guerras recientes se remueven en el reposo definitivo de sus tumbas amenazantes y vengativas contra un siglo cruel que los sacrificó como víctimas inocentes y chivos expiatorios en nombre de principios y banderas inútiles. Las venganzas históricas y las sombras deformes de pueblos humillados en su impotencia por pueblos opresores, emergen ahora, como bandadas de murciélagos fotófobos, espantados por el efecto deslumbrante del progreso, deseosos de una justicia que nunca llegaron a disfrutar. Es el renacimiento y la supervivencia de las viejas sombras de naturaleza mítica y fantástica que animó la vida turbulenta y difusa de los siglos pasados.
El mito crea y destruye. El miedo en la noche inventa fantasmas, la ignorancia es tierra fecunda de supersticiones, aquelarres e oscuras actividades mágicas. Las noches de la historia crean los mitos. Los mitos clásicos y los de ahora fermentan siempre en la ignorancia y en la impotencia del hombre ante lo desconocido. Los mitos del pasado, las grandes fantasías sobre hombres y las quimeras de la mitología antigua, aún las más absurdas, disparatadas y crueles, nacieron, como un refuerzo a la limitación humana ante el anhelo legítimo de abrir caminos y cruzar el desierto de la vida. Incluidos los dioses y los seres protectores ultraterrenos son solidarios de sus deseos. Producto de instinto de supervivencia y ensayos para resolver, al menos en forma provisional, los problemas. A falta de explicaciones objetivas y claridad en los fenómenos naturales, sólo quedaba soñar y liberar la fantasía. Se crean soluciones provisionales a sus numerosas inquietudes. Se inventan soluciones y se deforman los hechos reales. Se agranda en la comunidad y se hacen grandes creaciones artísticas, filosóficas, religiosas, políticas. Arquitectura externa que muere pronto y sedimenta en residuos arqueológicos, fósiles científicos y basura sedimentaria. O se recicla en nuevas fantasías. El mito, un producto mental que rellena zonas yermas del conocimiento humano. El “logos” es apenas una luz lejana. Muchos mitos sólo fueron ensayos fallidos momentáneos, desmentidos por explicaciones más adecuadas posteriores que se han ido abriendo paso en la noche. Así nacieron las primeras teogonías y cosmogonías y teologías diferentes. Una teoría científica casi siempre desmonta un mito que, a su vez, puede formar parte de otro sistema mitológico que será desmentido más tarde por nuevos descubrimientos y dejar algún grano áureo en la gran morena de la cultura universal y la humanización progresiva del hombre.
Vivimos todavía en tiempos mágicos. Humanizar es terea ardua. Los mitos tienen una relación muy lejana con la realidad, son leyendas con algún o ningún fundamento real. A veces son absurdas y aún así se convierten en tradiciones sacras. La tradición solo tiene el valor de la reiteración acertada o desacertada de una conducta popular. Son producto imaginario, ficciones subjetivas iguales a las fabulas de antaño. El mito desconecta de la realidad pasada y la viabilidad de proyectos futuros. Mentiras pasadas y a veces utopías futuras. Andan en el mundo de las ensoñaciones, en el campo de los afectos elementales y en sentido de ensayos arriesgados. La afinidad y calor popular de la tribu alimenta su halo mágico, recalientan hasta emociones explosivas, la hostilidad recelosa de los moradores de las colinas cercanas. Infunden emoción a los himnos y al folclor festivo. Su entusiasmo imprime el rostro de sus dioses en las rocas, en las cuevas y los altares de los templos. Ensalzan las tradiciones comunes, animan prácticas rituales y empresas comunes. Fomentan el amor a la patria chica, exaltan los ideales colectivos de la patria grande, el entusiasmo o el dolor en las empresas compartidas, alegres e ingratas. Son afectos primarios que se convierten en tormentas incontrolables, ciegas inundaciones emocionales. A veces buenas, si se ponen a favor de causas justas, y a veces malas, si sirven a dioses falsos. Tan cordiales por su calor humano como engañosas por su desmesura.
Mitología pura. Es el afecto integrador que fermenta en los templos, en las cuevas, bajo la mirada de dioses poderosos que apoyan su indigencia, regalan las lluvias y los cálidos rayos del sol, controla los vientos y las tormentas invernales, el infinito piélago que atemoriza a la gente que cruza los mares, ampara los poblados al pie de las montañas, en los castros, las murallas. El mito es el padre de la fecundidad, el impulso creador de los pueblos, el germen de la corriente del progreso y su proyección futura. La necesidad impulsa las grandes creaciones humanas sobre el barro que se pisa, primero míticas, después científicas y de nuevo otra vez barro y arqueología. El camino puede ser derecho en sentido humano y también puede derivar por derroteros luctuosos. Convertirse en máquinas letales y crueles mentiras. Los mitos pueden ser buenos y malos, según la razón de sus impulsos. Su punto de arranque es noble y plausible, pretende la supervivencia del hombre y de los pueblos en su ecosistema, en su relación con los pueblos vecinos. Hay mitos colectivos e individuales. Cada individuo, cada pueblo, proyecta sus ensoñaciones particulares dentro de la atmósfera común del contorno que habita y es cómplice de su medio ambiente. Es fuente de grandes creaciones humanas que se pueden conservar como conquistas de valor universal y causa al mismo tiempo de grandes hecatombes, genocidios, tiranías que todavía avergüenzan a los pueblos civilizados de hoy.
Mitos amables. El mito tiene su cara amable. Todos los pueblos tienen su mitología, hacen artefactos materiales y mentales en la arena al ritmo de sus creencias. El instinto social crea estructuras civilizadas porque el hombre, como las plantas, como los demás animales, se adapta y se defiende en su medio. Conchas, caparazones, creencias, respuestas provisiones ante lo desconocido. Dioses buenos y malos, fabricados a voluntad de sus necesidades, providentes y vengativos. Paraísos perdidos en la memoria nostálgica de soñadores, épocas doradas cuyas lanzas se fundieron en rejas, ideales impolutos, banderas triunfantes y luego rotas y humilladas, mesías salvadores interpuestos entre los dioses y los hombres, profetas y líderes que se cruzan en el camino y gritan en los desiertos con voz agónica. Telas de araña, megalomanías del hombre-hormiga, el hombre-enano, el Segismundo encadenado, el granito de arena en el torbellino de la evolución cósmica en el tiempo y el espacio inconmensurables, que se cree inmortal e invulnerable. ¡Mitos y fantasías!
Los mitos nacen y evolucionan a merced de las necesidades de los pueblos en la oscuridad de la noche. Unos se esfuman a la aurora de la ciencia como animales fotófobos, otros más verosímiles y más alegres pueden camuflarse como dogmas fundamentales de grandes instituciones y sociedades benéficas y otros se transmutan y camuflan, como virus mutantes, en forma de tradiciones y herencia cultural. ¡Cuántos mitos comunes de pueblos primitivos son grandes dogmas de fe en muchas religiones vivas de hoy y cuántas engañosas fantasías de los antepasados se conservan en el venerable legado de las tradiciones como señales de identidad de pueblos que confunden la savia creadora con la basura histórica! Hay reencarnación y falsas resurrecciones. Se adaptan de nuevo a las circunstancias para servir a otras necesidades. La experiencia de su limitación conduce al hombre a sueños de espacios transcendentes como desahogo a sus anhelos frustrados de felicidad. Su impotencia, su naufragio en las coordenadas de espacio y el tiempo infinito que le desborda por todos los costados, origina millones de mitos salvadores como tablas de salvación, como chalecos salvavidas, en el inmenso piélago de la vida. En su ingenua credulidad fabrica los mitos más alegres como los más deformes para saciar su tenaz instinto inquisidor y su radical impotencia para resolver sus enigmas. Es la tortura de la duda y sus infinitas preguntas sin respuesta que asedian, como buitres, la tregua de su esperanza inútil.
La ardua lucha de la Cultura es el mayor enemigo del mito. Ella misma reciba también el contagio de sus efectos erosivos. Las fronteras nunca son claras entre el mito, la creencia, y el destino. El esfuerzo de ofrecer explicaciones objetivas a los fenómenos, va difuminando los fantasmas más absurdos de los pueblos. Y hasta se hizo creer muchas veces que la era de los mitos había desaparecido de la faz de la tierra bajo el entusiasmo de alguna pequeña conquista. Así lo creyeron los griegos y los humanistas del Renacimiento, la profesión de verdades reveladas únicas y exclusivas, las promesas de la ciencia moderna, la pretensión de la “razón pura” contra la metafísica, el utilitarismo contra la moral, las luces de la diosa razón dieciochesca. No ha sido así. La mitificación prosigue. La cultura actual es el resultado de un largo proceso de evolución tan larga como la historia humana que no ha terminado todavía porque las adherencias de la irracionalidad son tenaces y resistentes. El mito se hace fuerte en el clan, se entromete en el proceso aún hoy, recela con hostilidad contra sus vecinos, fabrica unas murallas para protegerse, máquina de exterminio masivo del agresor, enciende guerras crueles en zonas rojas de este siglo en nombre de la mentira de la raza, de la religión, de la geografía, del color de la piel, de la lengua. Conserva en forma ciega y espontánea sus creencias religiosas y las notas coloristas de su caparazón cultural que le ofrece el aire que respira en su cuna y la contingencia de su origen de nacimiento y su coordenada geográfica. La guerra es un recurso para librarse de los miedos internos y defender la amenaza de los enemigos externos y justificar el orgullo colectivo del pueblo amenazado, el orgullo engañoso de una sangre pura e incontaminada, la humillación rencorosa de ideales sometidos y dominados, el sentimiento del círculo casual de la tierra que se ocupa. El mito es dinamismo, impulso de vida y muerte al mismo tiempo, crea y destruye, avanza y retrocede, vivifica y mata.
Cara hostil. Y tiene su cara negra y hostil. La inseguridad crea miedo y recelo. Y el miedo degenera en agresividad y hasta se convierte en llamarada de odios crónicos y belicosos que se endurecen en las fronteras, en los límites del espacio dominado, en las diferencias folclóricas. La historia del hombre es una historia luctuosa y manchada de sangre en cada hito del tiempo y en cada palmo de tierra. Ayer y hoy. La saña de los mitos en el subsuelo de la historia. La violencia recelosa y vengativa se asienta en cada ladera del conflicto. No hay inocentes y culpables. Hay víctimas, miedo e indigencia. El siglo veinte, uno de los más tenebrosos. Acaso por espejismo de su cercanía. La guerra es un deber. Se hacen guerras santas, se les llama cruzadas, se ondea la dignidad nacional, orgullo de la sangre, razones humanitarias. El mito late bajo la fuerza de la racionalidad. Se escriben códigos legales, se practican tradiciones, se dan ultimatos, se coleccionan trofeos y se graban las victorias en monumentos de piedra, se reprimen como lava volcánica explosiva las derrotas en la memoria en espera de la represalia oportuna, se integran en el acervo histórico verdadero y errático, se hacen ideales y se dibujan en las banderas y en los emblemas colectivos, se ciegan los cauces racionales y se abren las compuertas de las represiones reprimidas irracionales. Se falsifican las etapas más ignominiosas de la historia y se evocan las grandes solemnidades con grandes fastos. En el fondo la fuerza de la magia y la indigencia.
A la vez que tensión vital, impulso de progreso, explosión de vida nueva, animación cultural, es magia individual y colectiva. También pregona los colores propios y los signos de identidad de los pueblos que cantan y lloran en común, promueven las grandes conquistas y crea grandes campañas liberadoras con víctimas imprescindibles en la reconquista de la justicia y la auténtica superación humana. Impulso de vida contra el desafío a la muerte ¡El mito es la bandera de los pueblos que también tiene su cara blanca, salvadora, vital! Las degradaciones del mito errático y cruel no puede ocultar el impulso creativo que alienta desde dentro la razón de las causas justas, el esfuerzo que realizan por su mano las minorías acorraladas para librarse de la humillación. A veces, es la respuesta inevitable de los que están condenados a morir de hambre entre la opulencia de los vencedores o el simple esfuerzo de caminar juntos en la noche y en la adversidad por los mismos derroteros y bajo la luz de las mismas estrellas. Puede suceder que el punto de arranque sea un deseo frustrado, una humillación histórica, la exaltación desmesurada de lo trivial, la alegría de una escaramuza con éxito, el efecto encantador de su pequeño caudillo, el espejismo deslumbrante de una época esplendorosa, la superación sobresaltada de formas primitivas y tribales. Puede suceder que el impuso de vida renazca en la lección positiva de muchos errores cometidos en la impunidad de los tiempos perdidos, en la superación de los obstáculos que imponen las piedras del ascenso de grandes empresas o la inmersión aséptica de una desmitificación científica y limpia dentro del cauce universal de la única cultura. En todo un rayo de luz, un salto más o menos largo en el tiempo, un hito en la lucha contra la superación. El mito es hoy punto de arranque del mediocre esplendor de la actual civilización moderna aún enredado en las mallas de los grandes triunfos científicos actuales. Escondido en las sinuosidades que el afecto casero desbordante y las fuerzas oscuras del subconsciente primitivo ha ido sorteando entre luces y sombras en lucha contra la limitación humana. Tenazmente adherido a las piedras del tiempo, como un impuro magma, confundido con las negativas experiencias del pasado el deseo irrefrenable de vivir, practicar juntos las tradiciones comunes y conservarlas con todo el boato y a cualquier precio.
La primera pulsión creadora del hombre, la primera fantasía, el primer mito, el primer ideal, nace cuando el hombre constata la impotencia de sus brazos ante el peligro, cuando palpa su ignorancia entre los misterios de la vida, cuando recibe el impacto de la fugacidad de sus afectos que fenecen en sus manos, cuando comprueba el abismo del mal que le acecha por todas partes y el torbellino que le arrastra a una lucha sin cuartel para sobrevivir. Los seres sin conciencia no crean mitos. En cambio el hombre no soporta la experiencia amarga de su naufragio en el mar proceloso de su existencia y lanza al mar tenebroso de su ignorancia la góndola de sus creencias como verdaderos salvavidas a los que se aferra con firmeza. Se busca en la noche la mano de los dioses protectores y el consuelo de ideas salvadoras más alegres y optimistas. Se organiza la ciudad terrena y también crea el mundo mágico de muchos seres ficticios que protegen su entorno vital, las aguas de sus fuentes, la soledad de los bosques umbríos, las cumbres de las montañas, sus viviendas y poblados, y hacen infalibles las formas de su propia ignorancia y sus miedos. Nace la magia, las ninfas, los héroes, los dioses antropomórficos, los ángeles buenos y malos, las brujas, las meigas amigas, los lares, los patronos de los pueblos, los espíritus errantes de los muertos, una gran hermandad cósmica consoladora como ayuda a su indigencia. Es la pobre felicidad que deriva de una desgraciada y ciega forma de vivir y la pobre libertad del hombre que nunca ha tenido conciencia de su esclavitud y sueña fiestas de su albedrío entre chirriantes sonidos de cadenas y doloridos gemidos de esclavo.
Las formas civilizadas, los pueblos, cada hombre particular, conserva zonas mitológicas ocultas. La fantasía es la prehistoria del hombre y sobre los mitos clásicos se filtra el "logos", en un tiempo y lugar determinado de las historia, como un desafío a la larga anoche del tiempo. La linterna del “logos” en ristre, y como resultado del esfuerzo titánico de siglos en lucha contra el caos, la vida en la caverna del mito se ilumina con la aurora racional. La lucha entre los dos bandos, la fantasía y la razón, se realiza ya en la aurora del acontecer histórico y se prolonga hasta nuestro tiempo. Si bien el campo de la fantasía cede lentamente campo y entra en proceso de recesión progresiva a medida que avanza el progreso humano. Los viejos mitos siguen vigentes con mayor o menor pertinacia, la racionalidad humana está todavía empapada de visiones oníricas, los grandes y pequeños dioses, se mezclan en pacífica convivencia con la vida social de los pueblos actuales sean manifestaciones tribales de pueblos primitivos sean crédulos y orgullosos grupos civilizados. Aunque con lentitud y sin planificación precisa, se acelera el efecto desmitificador. La razón lucha para desmantelar la compleja acumulación de adherencias mágicas que el tiempo ha colocado en la entraña de la nueva cultural porque la mitomanía es un resabio crónico y las sombras de los fantasmas se reproducen en sus cenizas al ritmo de las necesidades de los tiempos y de las angustias humanas. Los esfuerzos por despejar el camino de la verdadera cultura, a veces, no producen más efecto que encallecer, enquistar y disfrazar la deforme figura de mitos anteriores y sus insuficientes métodos de escalar la cuesta del progreso.
Aporte de la fantasía. El hombre es un ser fantaseador. No ha logrado su plena madurez racional y humana. Para curar el dolor de sus necesidades, suavizar el sufrimiento de sus angustias, resolver los enigmas que le ofrece la vida, inventa sucedáneos y placebos como grandes verdades, metamorfosea su producto mental para vivir, inventa para cauterizar el dolor de su soledad individual y colectiva, realiza empresas humanas en colaboración con los vecinos más cercanos y levanta grandiosas residencias sagradas para sus socios divinos, construye sus ciudades terrenas y sus paraísos celestes. La fantasía es la solución más fácil y en realidad la base de las formas civilizadas más lúcidas y las más deformes al mismo tiempo porque su esfuerzo es ciego y se acompaña de ciegos instintos primarios. La cultura actual, tomada en su sentido más amplio y sus variaciones polifónicas y contagios mágicos, es hoy el resumen de los ensayos y errores de la humanidad a través del tiempo en un amplio esfuerzo de superación progresiva del mito. Gracias a esta creatividad y esfuerzo colectivo, crece la sociedad, progresa la ciencia, se desarrolla la verdadera imagen del hombre en cada época. Cerca, la única cultura universal del hombre.
Tanto las creencias religiosas como las teorías de las ciencias naturales están en proceso de renovación. Los mitos clásicos son soluciones engañosas a problemas vitales del hombre cuando no hay mejores explicaciones a la ignorancia. Hoy son sólo literatura y testimonio escrito. Muchos de sus inventos y soluciones provisionales se han ido desgastando a través del tiempo, se han sedimentado como pírricas victoria seculares en la historia de las aventuras inútiles y errores cometidos; pero no se han perdido del todo. El hombre aprende muy mal las lecciones negativas de sus errores pasados. Pero tampoco lo olvida todo. Las ruinas de los templos babilónicos se reorganizan en las bases de los templos griegos para proteger a sus divinidades. El sentido numérico del hombre permanece. Las mismas llaves que cierran los santuarios olímpicos abren los templos romanos cuyos divinos moradores apenas si cambian de nombre. Los cristianos ocupan foros, basílicas y recónditos edículos ofrecidos a las deidades del imperio de los césares y superponen sobre sus pedestales los signos del crucificado. De igual manera se reconvierten las ruinas de otras manifestaciones religiosas precedentes en mezquitas árabes, en sinagogas judías, en pagodas orientales, en santerías de los brujos del mundo. Unos mitos se apiñan sobre toros. Los ritos que se ofrecen a cada divinidad en una parte de la tierra es la misma materia mágica en transformación constante que se moldea en otra. Y al fondo la misma ingenua credulidad del hombre inerme y vulnerable, la misma ciega sumisión y la misma indigencia humana al servicio de sus propias fantasías y propias ficciones hechas al filo de su angustia.
Los mitos se enquistan, se endurecen entre los productos mentales y erosionan lentamente el progreso de los grupos humanos. No son cultura aunque se mezclen con ella y se le llame así por falta de precisión del lenguaje porque en vez de contribuir a la humanización del hombre lo degradan. Se calcifica, se petrifican, se cruzan en el camino de su aventura humana con el color de la fantasía humana y el calor de los afectos, ofrecen soluciones definitivas a problemas estrictamente temporales, se hacen iconos de arcilla y terracota en culturas diferentes, piedras sagradas, rituales indiscutibles, verdades absolutas, dogmas infalibles, se hacen tradición muerta que impiden la corriente rectilínea de la savia humana y contaminan el verdadero rostro de la verdadera cultura universal con supersticiones, leyendas y milagros que nada tienen que ver con ella. Pero no impiden la marcha ascendente del progreso. Se transforman en carga ciega e irracional de tonos afectivos y caseros, se agranda con demasía su funcionalidad social, se colocan como fetiches en las almenas de los castillos y en los torreones de los templos y en las consignas doctrinales de ideologías teocráticas. Pero también mueven grandes empresas humanas y desencadenan aventuras a veces tan gloriosas y progresistas como ominosas y vergonzantes para los siglos futuros las otras. Juntos inmovilismo pétreo e impulso desbordado. Masa mágica estática y lentamente dúctil. Afecto exagerado de la grandeza propia y recelo hacia los demás, que es causa de grandes conflictos entre los grupos humanos, fuerzas contrarias que pueden generar como mucho una lección negativa de los propios errores a la vista.
Si bien el mito puede ser en su origen un primer y limpio ensayo de progreso humanizador, el tiempo lo deforma. El mito se desgasta, se enquista, pierde funcionalidad, se convierte en elemento dañino, a veces material de desecho en los basureros y a veces ángeles perversos disfrazados, con forma de pequeños y grandes monstruos con banderas negras de bucaneros al frente y banderas de alegres aventuras. Lo que nace como producto salvador se convierte por efecto del tiempo en lava corrosiva y destructora. Primero es impulso de vida y luego es savia mortal. Su función redentora original sufre mutaciones degradantes en el proceso evolutivo que mueve a las sociedades. Solo su efecto humanizador, su primigenia intención de resolver enigmas humanos, puede salvar o condenar la deformación de un proceso humano. Aún aparentes y nobles ideales temporeros, fecundos y renovadores, se deterioran con el tiempo y se transforman en dogmas y creencias, se deshumanizan, pierden sus funciones y se convertirse en mordazas y ortopedias a la auténtica esencia humana. Mucho más las mitologías abiertamente deformantes, erráticas en los principios, provocadas por intereses espurios, creadas por los medios de comunicación, por las egolatrías de ciertos pueblos, por las alucinaciones de profetas nuevos y reformadores. Así las grandes creaciones que nacen como fuentes de vida también lo son de muerte, nacen con vocación salvadora y se convierten en tortura para el ser humano. La medida es siempre el hombre. Las grandes ficciones que no revierten sus frutos en beneficios humanos, pasarán a ser grandes mentiras por efecto del tiempo destructor, producto residual de los afectos desbordados, fósiles, fetiches, alucinaciones, espejismos. La misma civilización moderna no tiene más garantía de supervivencia que las mitologías del pasado, así sea su deslumbrante desarrollo técnico, si no ofrece mayores referencias a la maduración del hombre.
Mitificar por lo tanto no sólo es humanizar sino sembrar el embrión de nuevos conflictos y empezar la cadena de corrupción. El hombre camina y el mito se enquista. La cultura, la verdadera cultura, crece y la creencia se deforma. El mito tiene naturaleza mágica y corruptible. La libertad, la dignidad humana, los derechos del hombre, son la entraña de la cultura. Lo demás es magma. Los ideales de los pueblos que provienen de la mitología pierden su sentido salvador, se degradan, cuando se convierten en credos infalibles y piezas religiosas. Esos ideales que iluminan el camino desde las estrellas de la fantasía se apagan lentamente, degeneran, se deforman y dejan el camino en la oscuridad más completa y en completo fracaso. Muchos presupuestos sociales temporeros de ayer se conocen hoy como mitos más o menos rudos. Muchas verdades de hoy también serán mitos mañana y pasarán a los libros de filosofía, a los libros de literatura, al folclor popular y a los museos históricos para admirar allí sus reliquias y su desfase funcional, la huellas de sus éxitos y sus fracasos. Y nada en el futuro ha de durar más que duraron las cosas pasadas. Su humanismo será la única aportación válida que pueden ofrecer al futuro. Los pueblos crecen en proyección de futuro sobre los restos degradados del pasado, sobre la lección la lección de su esfuerzo y no en la recuperación mimética de la basura del pasado, en los diseños de nuevos caminos y no en la resurrección de huesos fantasmales pretéritos. Fuera de su estímulo a la vida, el pasado sólo son piezas carcomidas con mayor o menor valor artístico y documental, rasgos diferenciadores de las distintas civilizaciones muy buenas para estudiosos y los archivos arqueológicos. Aún así la mitomanía sigue vigente en nuestra tierra hoy lo mismo que antaño por la tendencia humana a la deformación fantástica. Si los mitos nacen al impulso noble del deseo de entrar en los misterios de la naturaleza y superar las tinieblas de una época oscura o un enigma indescifrable, también crece su efecto autodestructivo. Su silueta, como la de los fantasmas, poco cambia en el tiempo, simplemente remueva su piel o su color como el mimetismo de los animales en cada época, adapta su forma a circunstancias distintas. Unos pierden su vigencia y otros recubren su anacrónica crueldad con nuevos nombres y rancias funciones sociales.
Estos mitos, convertidos en objetos sagrados, en liturgias religiosas, en símbolos numénicos, en señas de identidad, en rasgos propios de la etnia, de las costumbres, de las religiones particulares, de las lenguas propias, son enemigos de la auténtica cultura que intenta imponerse en este siglo. Mugre mágica escondida en las ambiguas significaciones de la terminología cultual. Veremos numerosas prácticas actuales en el esplendor de la vigencia social que son verdaderas supersticiones y rudas mentiras del tiempo. La raza pura es un mito, la sangre pura es un mito, las reliquias de los muertos son mitos, la nación propia es un mito, las religiones son mitos, las lenguas particulares son mitos, los muros y alambradas de púas en las fronteras son mitos, la soberanía absoluta es un mito, la propiedad privada absoluta es absoluta, la diplomacia ambigua y la relaciones internacional todavía son mitos. En cambio, el hombre, su integridad e igualdad, su libertad de pensar, opinar y defender su opiniones, la necesidad de comunicarse con los vecinos, su autonomía, su dignidad, su felicidad, su dolor, su sangre roja, sus amores y sus afectos, son criterios objetivos de integración social y conforman el verdadero concepto de cultura global. Los peores enemigos del hombre hoy no son los agentes naturales a pesar de ser muy graves, ni son las fieras que han quedado recluidas a los parques zoológicos porque se han domesticado o entrado en vías de extinción en reservas selváticas. El mayor enemigo del hombre es la mitomanía humana. Quien dijo una vez que el hombre es un lobo para los demás hombres no desconocía la condición humana ni ignoraba la deformación que puede derivar del impulso de sus instintos ciegos.
Nadie ha sacrificado más seres humanos ni derramado más sangre humana en aras de sus creencias, en ara de su sectarismo ideológico, político o religioso, en fiestas macabras, en cruentas y santas guerras, en sacrificios a los dioses, en genocidios masivos, en campos de exterminio al servicio de una idea, en luchas tribales, en defensa del orgullo nacional, en venganzas de supuestos honores zaheridos, en el receloso placer de eliminar a los adversarios, en actos de venganza colectiva y acciones terroristas. Este siglo es testimonio reciente del grado de saña y refinamiento destructor que pueden ejercer unos hombres contra otros. El mito, es un pequeño, intolerante y morboso contagio congénito que circula por la corriente espiritual de la evolución cultural de los pueblos difícil de erradicar. Véanse las mitografías de todos los tiempos. Cuanto más se persigue, mayores defensas crean en su entorno. Si se desarma la mentira de la sangre azul se inventa la dictadura del proletariado. Si fracasa el poder del proletariado, nace el poder de las finanzas y las concentraciones plutocráticas modernas. Si fenecen en su impotencia los dioses providentes medievales, nace la diosa razón y multitud de númenes sectarios a gusto de cada uno. El mito en estado mutante, con muchas cabezas, escurridizo y burlón a veces, hostil con sus vecinos y que mantiene escasa relación con el “homo sapiens” que impulsa el movimiento ascendente de la historia.
Esa mitomanía superviviente en la conciencia del hombre de este siglo es la causa de las grandes tragedias que motean de color rojo y sufrimiento permanente la geografía y el rostro de este siglo que termina. Vergüenza para nuestros herederos. Viven todavía los grandes mitos de antaño. Se introducen en los lóbulos cerebrales más oscuros como contagios patógenos de la herencia genética y sobrepasan las fuerzas de la razón que buscan la concordia entre todos. Se prolongan en el tiempo como tentáculos contaminados que ocasionan grandes males y muchas guerras actuales. Son los mismos demiurgos de antaño, los fetiches de las banderas nacionales, los sentimientos patrióticos, el orgullo de la raza que genera crueles sentimiento xenófobos, la vivencia de pueblos elegidos y la añoranza de reinos inexistentes, el contagio absurdo excluyente e insolidario de pueblos mesiánicos, las luchas religiosas, la creencia de verdades infalibles y superiores que humillan a sus semejantes, valores absolutos y únicos, libres de connotación temporal y mudable, las supersticiones y las sectas, las inmersiones lingüísticas, las limpiezas étnicas, las segregaciones clasista, cultural y económica.
El criterio del hombre nuevo es el humanismo. Una humanización que sólo es posible dentro de la interiorización cultural unitaria frente a los actuales y pequeños demonios caseros que corroen la conciencia y la concordia de muchos hombres en su disgregación y la desmesura diferenciadora. El proyecto de una solidaridad e integración de individuos y pueblos en unidades mundiales fuera de viejos conceptos mágicos no puede ser una utopía después de tantos ensayos fallidos por lograr la convivencia humana y el fiasco de los pueblos de este siglo por conseguir la paz. Hay dictadores, hay terrorismo, hay prepotencia militar en los grandes, hay invasiones, hay mimetismo bélico. El hombre no ha aprendido a dialogar. Aún teniendo presente el talante propio de los pueblos y los individuos y ciertas señales de identificación personal o colectiva no se puede perder de vista el sentido unitario de la aventura humana y la unidad de la historia por encima de mezquinos y llorones soliloquios y nostálgicas elegías que son el sedimento afectivo de las frustraciones de su pasado. El sentido de la historia es ascendente y solidario. Muchos elementos degradantes se esconden en el magma de producto mental. Es la rudeza de viejas mentiras, viejas sombras del pasado, que se reencarnan en configuraciones modernas, con nombres civilizados. Son viejas alucinaciones oníricas y feos monstruos que como ayer se alimentan de sangre y sufrimiento humano, devoran a los hombres y a los pueblos con la misma saña de antaño y son muy resistentes al proceso cultural de la historia. Debe romperse su hecho y evitar su conjuro siniestro para salvar al hombre. Los examinaremos en los capítulos siguientes.
2.- EL MITO DE LAS INSTITUCIONES
Se hace camino al andar. El hombre convencido de su inseguridad sobre la tierra se afana en construir su morada terrenal y crear su propia tela de araña y su arquitectura protectora. Busca refugios y vestimenta. Se apodera del espacio que habita, lo cultiva, construye pueblos, hace caminos, carreteras, puentes, moradas para protegerse del frío y murallas para defenderse de los enemigos. Un habitáculo, una concha, una coraza, un cálido clima social, un nido como las aves, una guarida como las alimañas. Destila su epidermis, su cubil exterior y clima ambiental, chozas, edificios, costumbres, códigos legales. Todo para proteger la entraña humana. La diferencia es la nota característica de su entorno humano. Cada pueblo abre sus senderos particulares, con rodeos y atajos estratégicos. Incluso cada hombre conforma a su medida su propio habitáculo. El mimetismo social es equivalente al instinto de los animales en su comportamiento sin que llegue a nivelar los actos aunque los mantiene dentro de moldes comunes. En común organiza la defensa con la hostilidad del mundo externo y recela de la agresividad de la convivencia interna. Inventa los refugios, se encierra en una caverna, construye palafitos, levanta poblados a la sombra de unas rocas, al amparo de un monte, a la orilla de un río, en torno a una fuente taumatúrgica, a la sombra de un castillo, edifica chozas rudimentarias de caña y barro, construye fortalezas, palacios, alcázares, grandes fortines de cemento, aldeas rurales y ciudades, faustos conmemorativos y cíclicas celebraciones numénicas. Caminos nebulosos que van desde la caverna y los palafitos lacustres hasta las ciudades modernas, hasta los proyectos de las futuras ciudades-islas y ciudades espaciales.
Nacen las grandes y pequeñas instituciones, se asienta el dominio sobre la tierra acotada del planeta y se hacen pactos con los vecinos para confirmar su estabilidad en cada época. Sus costumbres marcan las relaciones del clan, la convivencia familiar, los usos laborales, la actividad económica. Recopila normas, orales y escritas, crea asociaciones religiosas para relacionarse con los dioses, romerías populares para sus devotos y honras fúnebres para los muertos, se celebran solemnes ritos nupciales y las fiestas de los frutos de la tierra. Se proclaman a sus jefes visibles jerárquicos, magos, jueces, hechiceros, ancianos, sacerdotes, que vigilan la ortodoxia, cierran las puertas al contagio exterior, endurecen el tiempo y estratifican los hábitos sociales. Las instituciones contribuyen a la humanización del hombre, llevan en su seno como madres gestantes, el germen de una mayor madurez humana que evoluciona siempre estado mutante Pero el hombre y la cultura van por dentro.
Las instituciones son carcasas que protegen la esencia de la historia. El andamiaje externo que fortalece la cohesión social e impulsa la renovación. Corsés que endurecen peligrosamente la conducta y aumentan el instinto gregario hasta su degradación. Al enquistarse la conducta se origina la confusión y el caos. Es el trágico destino de la evolución que une la vida y la muerte, la corrupción y la generación, la renovación del cambio epidérmico y la línea ascendente de la vida humana. El colorido del progreso es el espejismo que confunde el esplendor de unos caminos que conducen al abismo. Silbidos de sirena, vida y muerte juntos. Sus formas multicolores, sus fiestas patrióticas, alegrías folclóricas, muchas veces es cizaña, magia y follaje caduco que se mezcla con pepitas de hierba buena que engorda la Cultura Universal. Pocas veces el hombre distingue con claridad el campo de los nimios afectos caseros y los grades proyectos humanos, entre sus sueños y la realidad, entre sus fines y los medios, en la médula humana y su cáscara temporal, entre la savia interna y epidérmico. Se aferra a sus creaciones, caducas, veleidosas, versátiles, adaptativas, degradables, como si fueran valores perennes. Sobrevalora el éxito de sus pequeñas conquistas, el fervor religioso a sus deidades y las fiestas de sus victorias. Celebra el pasado y disfruta el espejismo de las civilizaciones, el alegre color de las banderas y el entusiasmo de sus conquistas con perjuicio de sus proyectos futuros.
El progreso se hace entre sombras y luces, entre ensayos y errores. Mejorando siempre lo presente y convergente a los valores humanos universales. Desde los morteros para moler los áridos, las piedras movidas a mano para molturar el trigo y el aceite, los molinos de agua en fríos riachuelos de montaña, las aceñas de ríos caudalosos, hasta las industrias modernas de pan y repostería. Desde las redes y las flechas de pescar para el sustento cotidiano, hasta los buques pesqueros informatizados que esquilman los mares. Desde la recolección de alimentos silvestres, las primeras siembras a mano, el arado romano de tracción animal, los tractores, hasta las máquinas cosechadoras, las centrales hidráulicas, centrales térmicas y atómicas de la industria moderna, la robótica e informática que abre el futuro de la comunicación. Desde las pirámides, los mausoleos, los sarcófagos funerarios, las pompas fúnebres, las piras, hasta los suntuosos cementerios actuales y los hornos crematorios. Desde los signos rupestres más elementales, hasta las catedrales, los castillos, los alcázares, las mezquitas, las pagodas, levantadas en honor de dioses inmortales y por orgullo del hombre. Desde las quijadas de asnos del cainismo primitivo, las hondas, las catapultas, hasta la pólvora, los misiles, las armas químicas, la guerra de las galaxias y selectivas como prueba de refinamiento y su persistente irenismo radical a través de medios degradantes y perversos. El folclor festivo popular, las celebraciones patronales, las peregrinaciones a las mecas, los exvotos y sufragios a los difuntos, la música y las danzas diferentes que evocan alegrías y fracasos históricos y engrandecen los mitos como su hondo anhelo de vivir. Desde el adobe, el cascote, la caña y el barro de los pueblos primitivos, hasta el hormigón, el ladrillo, la madera y cristal. Desde la comunicación por mensajes lejanos y tardíos, postas, mensajeros expresos, correos, hasta los actuales sistemas de comunicación cibernética instantánea y técnica diariamente superada. El CP comprado ayer es chatarra hoy. Es el rasguño del hombre-hormiga en las centurias, los grandes hormigueros, arrecifes y atolones de madréporas humanas, telas de araña para alimentarse, para resistir las inclemencias. Es la colmena humana, la concha de las almejas, el estuche de las perlas, el andamio de la construcción, la cáscara civilizada de los pueblos, la variedad y polifonía exterior, el escombro, el cascajo, los detritos, loa espejismos y visiones virtuales, eufemismos, abalorios y estrategias del desarrollo, arqueología y fósiles. Es la fachada exterior de la historia humana. El hombre y la cultura son otra cosa.
Esa variedad de formas y mitos, es el conjuro de los miedos internos que se manifiesta el colorido de las formas civilizadas. Leyendas, fábulas, pacotilla, material deleznable, follaje. Los pequeños éxitos y estrategias adaptativas se adornan de magia festiva. La magia de las pequeñas conquistas y el iluso placebo que mitiga el dolor de los fracasos individuales y colectivos. En realidad, ese material remansado en los rincones de la convivencia humana es sarro de las chimeneas, sarro mágico que se endurece en la incuria colectiva, retarda el caudal de la vida, resta vitalidad a las instituciones y ralentiza el tiempo. Un recuerdo borroso, un eco lejano, una huella en estratos geológicos de la sociedad, acaso una reliquia, huesos carcomidos de los museos como señuelo de interés turístico. Este habitáculo es cambiante y plástico, hecho a imagen y semejanza del hombre en espacio y tiempo muy cortos aunque sean columnas de mármol, granito, cemento armado o se midan en siglos y dimensiones perdurables y eternas.
El hombre es el dueño absoluto de este feudo. Su príncipe. Todo está a sus pies, en efecto, como producto de sus manos, amasado con su sudor y sangre, tiene su linaje y pertenece a su estirpe. Pequeño orgullo de aportación solidaria. El hombre ama a su entorno como ama a sus propiedades, combina unos afectos con otros y los contagia a la manada humana. Es la causa de la desfiguración colectiva, la erosión legendaria, la génesis de la irracionalidad, la visión onírica de una realidad vaporosa. Es la calina afectiva y ciega que obstruye el camino. Muy cordiales en su origen; pero niebla impenetrable en el itinerario. Un calor colectivo es inflamable y crea las revoluciones, las campañas bélicas, en sentimiento hostil. Sobre los efectos creativos se instala el mito, el submundo afectivo, la ignorancia ancestral, la rutina y la incuria socializada. Puede animar grandes conquistas humanas si se orienta en sentido positivo hacia el futuro. Pero puede conducir a la nada y al caos si se orienta hacia visiones alucinadas del pasado. Y en todo caso, ahí nace la ataxia social y la parálisis del desarrollo. El mito cambia los valores temporales en verdades absolutos y mezcla el brillo deslumbrante de las conquistas técnicas con los valores humanos que llevan por dentro.
Las formas primitivas de organización social de pueblos ácratas ofrecen poca protección humana a grupos humanos de historia reciente con débil epidermis y escaso entramado social. Pero la hiper-institución de pueblos más consolidados socialmente también es peligrosa. La historia nos enseña que las formas civilizadas se levantan unas sobre las ruinas de las otras y se modifican como los cauces de los ríos al paso de la corriente evolutiva. Su complejidad se enreda hasta perder vitalidad y entrar en proceso decadente. Las piezas gastadas, inservibles, llenan los cementerios de progreso. Tierra de relleno. Piedras gastadas pueden ser de nuevo primeras piedras de proyectos nuevos. Otra vez el destino trágico de los éxitos puntuales sociales y técnicos de los pueblos que afecta a la naturaleza caduca y al fatal destino del montaje civilizado que se derrumba siempre sobre su propio esplendor. Estas diferencias de los pueblos, por el calor colectivo que implican, impropiamente se llaman cultura porque solo afecta a la realidad externa del hombre no a su esencia humana. En el mejor de los casos es amalgama de incultura y anticultura. Sería bueno analizar las huellas mágicas que todavía conserva la “cultura occidental” de hoy, la mugre supersticiosa que se ha pegado a las paredes de su tejido culto. Desde Babilonia, Egipto, Grecia, Roma, Godos, Árabes, hasta la marca anglosajona, las impronta ibéricas en nuevo mundo, los ensayos erráticos de tiranías crueles, la conservación de castas en pueblos actuales, la esclavitud sistemática, el servilismo feudal, el absolutismo de las monarquías hereditarias, la opresión de la libertad marxista, los teocratismos actuales todavía no superados, la arbitrariedad de autócratas modernos sin conjuro apropiado, la diplomacia actual impotente para arreglar con mecanismos civilizados los conflictos bélicos.
La arqueología conserva la magia histórica en sus reseñas sin criterios suficientes para señalar las pepitas de oro aportadas a la única cultura universal. La historia y la infrahistoria mezcladas. Ahí están a la moda los huesos enterrados en las arenas de los desiertos, arcillas recogidas en el fondo de los mares, las pirámides faraónicas y aztecas, las piedras de puentes y catedrales que también se derrumban grano a grano como obras de arena, las lápidas que subyacen en los cimientos de viejas civilizaciones, siguen siendo el marco corruptible y mortal de la corriente humanizadora y eterna que llevan por dentro. También el glorioso esplendor de la nuestra será mañana relleno y piedra angular de otras que la arrollaran de igual manera. Y los pueblos prehistóricos, perdidos en la niebla de épocas ignotas, donde la ciencia es ciega, necesariamente debieron sufrir el mismo efecto evolutivo encadenado.
El hombre ha conjurado el peligro de las fieras, ha logrado asegurar una relativa estabilidad sobre sus enemigos y alargar el dominio sobre la naturaleza hasta el punto peligroso de la superpoblación y excesiva carga demográfica y una contaminación ambiental que puede también conducir al caos. No hay agua potable ni alimentos suficientes para compensar el aumento de población mundial. La autonomía tribal y los pequeños pagos de la etapa agraria está remplazada por la producción intensiva globalizada insuficiente y manipulada La socialización tiene diferentes grados de madurez en cada pueblo, tonalidades diferentes, soluciones diferentes, ritmos y estilos diferentes. La cultura unitaria no es una perspectiva participada en forma desigual. Desmitificación distinta en cada geografía y en cada siglo. El caudal cultural único, esencial, avanza de forma distinta en pueblos diferentes. Ricos y pobres. Norte y Sur. Versatilidad y horizontes abiertos. La solidaridad, los derechos humanos, no son patrimonio de universal. Véanse las infinitas formas civilizadas -formas culturales en plural y en sentido lato- que existen en las diferentes regiones del globo, desde las más primitivas a las más evolucionadas. Diferencias externas. Polifonía folclórica de ritos y costumbres. Compárense las tribus primitivas africanas y las refinamiento europeo, las formas residuales de grupos indígenas sudamericanas y el desarrollo norteamericano, la subordinación de las castas de pueblos orientales y sentimiento de la propia dignidad en países libres. Diferentes en los tiempos y diferentes en los lugares. Es la diferencia de rasgos y notas diferenciales que no justifica el orgullo de su bonanza económica porque suena a befa y despojo de los que viven en la otra ladera de la montaña con menos razones para cantar. Fiestas en el aire, abrazos al viento, función mediática e instrumental. Follaje caduco de decadentes declives otoñales. Pequeñas diferencias basadas en elementos puramente mortales, periféricos e insignificantes, frente a los auténticos valores humanos. La cultura, la esencia propiamente humana es corriente vital interna.
Este maquillaje exterior lleva el destino de su autodestrucción, el orgullo puntual de cada pueblo y el efecto basurero anejos a cada civilización. En el mejor de los casos, puede reciclarse y entrar en el proceso de adaptación a nuevas condiciones de vida. Piel nueva, plumaje nuevo, concha nueva. Por eso el olvido de esta función temporal y el aspecto mediático del tejido social, conduce al deterioro de la convivencia, endurece el ecosistema al margen de la realidad humana e introduce valores eternos y perdurables en el flujo constante de la vida humana. El afecto ciego que se vierte desde dentro hacia fuera de las coordenadas que habita rompe la funcionalidad humanizadora de la institución, transforma sus elementos en reliquias taumatúrgicas y los sedimenta en el camino del progreso como obstáculos al auténtico desarrollo humano. El hombre y la cultura no son la fachada temporal de cada momento sino referencia humana.
Tributo de las instituciones. Desconocemos y nunca llegaremos a saber cómo fueron los días en las nieblas y frías noches del pasado remoto de la raza humana y la misteriosa influencia que los antepasados han dejado en los escondrijos de nuestra conciencia individual y colectiva actual. Enigma es la larga herencia genética de la sangre y su prolongación en el futuro igualmente insondable. E ignoramos el influjo cultural de los siglos anteriores en esta belicosa centuria que estamos agotando. Un misterioso y arcano enigma, un edículo umbrío en la montaña de la ignorancia endémica esconde monstruos malignos que remueven las tendencias más oscuras de las ambiciones de unos pueblos contra otros. Nunca llegaremos a descifrarlos perfectamente. Su determinismo social está ahí como una tara hereditaria. La conciencia reflexiva y la luz del ”logos” debe ser sólo un destello del último tramo de su historia y una ráfaga de luz en una noche sombría que sólo proyecta leves y temblorosa parpadeos sobre los años más cercanos. El testimonio humano es reciente y borroso. Y la contaminación temporal es persistente e inexorable, Lo envuelve todo como un torbellino en sus ensoñaciones y megalomanías. Casi nunca es dueño consciente de su mucha ignorancia y el afecto ciego que suele deslizarse taimado como un reptil en la corriente arrolladora de la convivencia social.
El hombre es un ser posesivo hasta la obsesión. Se aferra a sus creaciones hasta la idolatría. El apego cordial, que derrama sobre las cosas propias y cercanas, se agranda hasta la alienación colectiva, en la socialización y ante las amenazas de los enemigos reales o ficticios, en el egoísmo de sus propios ídolos. La institución, si bien defiende y facilita el cauce del desarrollo, también moldea y encasilla la esencia del progreso, encorseta la vida, crea el hábito, la rutina, el anquilosamiento, y dejas sus heridas en el producto cultural. Es el principio de la necrosis del tejido social, la falsificación y el refuerzo de los elementos ortopédicos, el entusiasmo desmadrado de de las fiestas locales y el olvido de la esencia humana. Se hacen punteos en el andamiaje estructural, se refuerzan los muros, se ritualizan las instituciones, se hacen contrafuertes dogmáticos, se celebran las tradiciones, las piedras sagradas, los montes sagrados, las cuevas sagradas, los ideales sagrados, iconografía sagrada de objetos y animales, conjuros poderosos. Se inventan leyendas, fábulas engañosas y falaces. Es la hora de la decadencia, es canto de las sirenas, el efecto negativo del mito, el culto a los líderes, la resurrección de fantasmas en la noche, la fábrica de fetiches, dioses buenos y malos, ángeles fieles y traidores. Confusión entre fines y medios, entre el cauce y la corriente de vida humana que lleva por centro. Por eso se declara la guerra, se muere y se mata. La maquinaria férrea y automática devora al hombre. Es la agonía de la institución. Inventada para salvar, lo hinca de rodillas. El fijismo deshumaniza. Se agrietan las paredes, pierden eficacia los códigos morales. Pueden incluso hacerse instrumentos de tortura. Los manantiales de vida se cambian en charcas pútridas y las conquistas en gritos de guerra. Las instituciones contingentes matan la esencia humana.
El hombre, en vez de amo y señor de su residencia, se rodilla y claudica en su presencia. Servicio de idolatría, pleitesía desmedida al producto de sus manos y principio de decadencia social, ocaso de la independiente, ataque a su dignidad y su libre albedrío. Fuerzas ciegas del medio social. Instintos ciegos y sumisión servil. Se acepta la filosofía del pueblo sin ningún sentido crítico, se cumplen las costumbres buenas y malas por reverencia a los ancestros, se enardecen el afecto comunitario en las alegrías y en el duelo colectivo. Se cantan con ardor los himnos marciales amenazantes, se veneran los símbolos patrios, se firman pactos ominosas por la fuerza, se obedece como marionetas la voz de sus chamanes, embaucadores. Ciegos, que conducen a otros ciegos por el camino de sus ambiciones más que por la vía de los valores humanos. Es magia belicosa sembrada ene le alma y el prurito de la sarna doméstica. Son las falsas diferencias de los pueblos, el folclor, los gestos, el talante, un viejo icono, un cráneo carcomido, los altares y los becerros de oro, los ídolos. Dudar de sus poderes, omnipotentes e inviolables, es delito de lesa comunicada. En vez de la liberación humana se deshacen sus profundas aspiraciones.
Las instituciones son material deleznable. No son fines ni valores absolutos. Son criterios muy relativos, medidas estrechas, funcionales y mediáticas. No son eternas ni definitivas. Las defensas más primitivas se agrietan y desmoronan en cortos períodos de tiempo. Su montaje debe reforzarse constantemente con terracota y ladrillo, con piedra de sillería, con cemento armado, con hierro para prolongar su agonía algún tiempo y evitar la hecatombe final. Es la movilidad del cauce de la cultura y los meandros del progreso. Si un código de leyes no sirve para humanizar al hombre, debe cambiarse. Pierde su valor vinculante, obligatorio y coercitivo. La conducta ritualizada por efecto mimético o prácticas tradicionales deben animarse No vale únicamente el servicio que hacen a estudiosos y desenterradores del pasado o folcloristas. El lapso de la vida humana, tan corta, tiene una perspectiva muy corta. Un segmento insignificante. Se pierde fácilmente la orientación y las visiones panorámicas. El hombre se difumina entre el humo de las creencias y el incienso de las liturgias. Eso no es progreso, ni cultura en el estricto sentido de la palabra porque el hombre protagonista y patrón de las instituciones anda perdido entre su albañilería.
Las instituciones nacen en función de unas necesidades determinadas, de unos problemas concretes, al amparo de unas inquietudes comunes. Como las modas. Son mortales y transitorias; valor transitorio, caduco, cambiante. Cada pueblo tiene sus colores propios, notas diferentes y no siempre positivas. Esas verrugas diferenciales que de ellas derivan no pueden tener la importancia que le dan pueblos conservadores. El hombre no es ni el hacha de piedra, ni las pieles que cubre su desnudez, ni el último modelo ni sus viajes por interné, ni la vorágine de la vida política actual. Ni sus complejos y realidades virtuales que se imponen sobre la visión crítica de la realidad histórica. La cultura cósmica es esencia humana, es la médula que va por dentro de la fachada de los confusos modas civilizadas ¡No es la apariencia ni la fascinación de las formas! Los valores culturales, la autonomía, la libertad, la libertad, la justicia, no son medios, ni propiedad privada, ni recursos estratégicos, ni factores disgregadores, sino esencia interior, valor único y universal en todos los tiempos y en todas las geografías. Es la encarnación de las conquistas humanas de todos los tiempos que corre como una savia eterna por dentro del constructo civilizado temporal, lo verdaderamente perdurable, la intención primaria del mito, lo fecundo y salvador, la almendra que se esconde detrás de la cáscara amarga.
Renovarse o desaparecer. Esta dimensión temporal de la institución exige del hombre de cada época un compromiso renovador permanente, la voluntad de constantes recambios, movilidad y temple necesario para aceptar con dignidad su degradación cotidiana en productos residuales y la fortaleza para revisar cada día la función de sus manufacturas sin inhibiciones ni miedos mágicos residuales del hombre primitivo. Exige reflexión. La quietud es preludio de la muerte y principio de necrosis. Renovación de valores de forma constante. En los siglos pasados las instituciones duraban siglos porque el tiempo era lento y la movilidad social era mínima. La aceleración temporal de los últimos siglos ha ido dejando en evidencia la fragilidad del contenido humano que lleva por dentro, los puntos de referencia que se superponen constantemente a alta velocidad como un espejismo sin tiempo a tomar conciencia del entorno que nos rodea. Origen de muchas injusticias crónicas y causa los puntos calientes que todavía perturban la geografía que habitamos. A corta distancia y a la velocidad que se vive no es fácil distinguir la pureza de las acciones humanas y su grado de contaminación porque no existe perspectiva suficiente para realizar juicios de valor. El hombre se pierde de vista. Se hace difícil la reflexión propia porque los medios de comunicación, los políticos, los líderes hasta los magos, piensan y deciden en su lugar. Se encienden las guerras.
Si las instituciones no se reconvierten cada día se degradan al mismo ritmo. Los grupos más evolucionados y con elevado tejido social, arrastran al hombre como a sus piezas mecánicas, unos detrás de otros, dentro de su férreo determinismo, sin libertad, sin reflexión, víctima de automatismos colectivos, roto en sus propias aspiraciones humanas. Otros pueblos con menos producto institucional, más arcaicos y acaso menos organizados, son más libres. El determinismo de la institución se compensa con cierta benévola anarquía social. Dos extremos. Europa y América. Europa superinstitucionalizada, América bajo el influjo caótico de la jungla y el determinismo geográfico. En los dos casos, el hombre víctima del desajuste institucional y por lo tanto en cuesta abajo de un lento camino de deterioro progresivo por la falta de movilidad de las instituciones, por exceso de celo en su conservación o por carencia total de instinto de superación.
Las instituciones son necesarias. Los pueblos no pueden vivir desnudos y solos en el tiempo y en el espacio como las estrellas. Su defecto y poca consistencia origina, a veces, situaciones caóticas en pueblos con poca historia como sucede en los recientes pueblos americanos donde sólo poseen una historia muy cercana. El sustrato de su pasado es imperceptible. Europa tiene más pasado que futuro y su complejidad social amenaza incluso la supervivencia y puede llegar a situaciones agónicas a pesar del dogmatismo que puedan echarle encima. Tanto más pronto cuanto mayor sea la inercia renovadora de sus gentes. Circunstancias históricas, tensiones bélicas y épocas de bonanza hacen que los grupos sean más o menos dinámicos y creadores. Ellos mismos aceleran o retardan la velocidad de cambio. Y este puede hacerse en un largo espacio de tiempo en crisis funcionales adaptativas lentas o con cambios explosivos y cirugía urgente en situaciones de desahucio y situaciones irreversibles. Originan procesos revolucionarias y grandes conmociones sociales como la revolución francesa. El destino de las instituciones, a corto o largo plazo, es su propia destrucción. Material fungible. Resistir este trágico destino equivale a matar la cultura y la libertad auténtica de los pueblos que encuba en su seno y sembrar integrismos como los que asolan este siglo en sus diferentes formas.
Tanto las instituciones materiales como mentales alejadas de la esencia humana, llevan fecha de caducidad, son el tablado donde se representa el teatro de la vida humana, se desgastan como las máquinas, se engangrena con el tiempo como lo órganos que pierden la circulación. Su involución genera grandes conflictos bélicos y los desajustes sociales de todos los tiempos, la marginalidad de grupos y pueblos, el terrorismo, el paro millonario hijastro del automatismo fabril, la corrupción a bajos y elevados niveles, los genocidios, el sida, el hambre, la droga. Cadenas de injusticias legales. Los griegos conocían el peligro de la oxidación institucional. Crearon el “ostracismo” de líderes poderosos como remedio al peligroso culto al héroe y la confusión del bien común y los intereses particulares. Las instituciones experimentan siempre un desgaste natural en sus piezas internas, en el ejercicio de su función que debe ser corregido a tiempo para evitar el vacío de su autodestrucción inexorable y retener sus efectos creativos originarios.
Chatarra arqueológica. La necrópolis es la estación final de las instituciones. Y doloroso aceptar su destino e inútil el esfuerzo de mantenerlo si no se renueva. Su caída o renovación es inevitable. El derrumbe de una civilización, aunque se produzca dentro de un proceso de evolución controlada y lenta por falta de vitalidad adaptativa adecuada, en el camino van quedando las piedras testigos de su época esplendorosa y las reliquias acaso de un pasado hegemónico. El camino de la historia es tortuoso. Por ahí andan hoy los investigadores, los eruditos, los buceadores del pasado, desenterradores de cadáveres, arqueólogos, paleontólogos, espeleólogos, paleólogos, bucaneros de los misterios del pasado, bucaneros y corsarios de tesoros tapados sedimentos milenarios. Inspeccionan pacientemente las arenas de los desiertos, los restos pétreos de monumentos funerarios y obras de arte, recomponen ánforas y tesoros esparcidos por el fondo de los mares por naufragios y guerras violentas y en las simas más profundas de cavernas escondidas en los recodos de los estratos geológicos, las arcillas grabadas con grafías extrañas que sirven de clave para descifrar lenguas perdidas y secretos de nuevos jeroglíficos, los huesos y momias en sarcófagos funerarios testigos del árbol genealógico humano y sus vaivenes a través del tiempo. Nunca será una mucha aportación científica lo que estos sepultureros puedan arrancar al misterio del tiempo, a las entrañas de las rocas, a las arenas de los desiertos y al enigma de los mares. Breves temblores de luz en un mar de sombras. Al fin y al cabo se trabaja siempre en la oscuridad, sobre el silencio infinito de siglos, sobre el agujero negro de las galaxias insondables. Sólo temblorosos destellos de tímidas hipótesis, teorías siempre movedizas, opiniones contradictorias desmentidas simultáneamente por sus opuestas, al borde del escepticismo y el desencanto final. Si reconstruir unos hechos recientes y coetáneos, lograr conciertos políticos y económicos a expertos y entendidos incluso en temas basados en documentos fehacientes, ¿qué se podrá decirse de unos vestigios y ecos lejanos sobre eslabones perdidos de la cadena de la vida y su caudal desde los protozoos hasta la estirpe humana en el silencio aterrador de millones de siglos donde se queda mudo incluso el carbono catorce?
Revisar el pasado es bueno para juzgar el camino andado. Al menos lo que se pueda conocerse. La historia es maestra de la vida. Debajo de la arenas y en las ruinas de viejos monumentos yace, al menos, el testimonio del esfuerzo de los hombres que hicieron posible el esplendor de sus civilizaciones. La lección de muchos afanes por la conquista de las obras que ahora admiramos. La tenacidad en la construcción de sus creaciones artísticas, arquitectónicas, laborales, defensivas y ofensivas que todavía hoy admiramos- O los errores cometidos en el desafío a la fragilidad temporal. Las grandes “maravillas” del genio humano y las grandes hecatombes. Fragmentación de la fantasía. Aquel empeño mítico de tiempos pasados en poner en marcha la actividad creadora se disgrega y rompe en sacrificios humanos. Ellos debieron sacrificar sus tracciones ancestrales para hacer otras nuevas, debieron profanar sus impotentes ídolos y la perezosa que producen una época esplendores de sus creaciones que todavía admiramos y ahí están sus restos mortales en todos los museos arqueológicos para abrir nuevos caminos. Algún mito nuevo rompió la pasividad conservadora de sus pueblos y los afectos desmesurados de sus glorias pasadas por la aplicación de mayor esfuerzo. Otra vez el círculo de vida y muerte. Y en todo caso la lección negativa de la historia. Piedras labradas con sudor y sangre, como testimonio de sus errores y aberraciones. Muchas historias del pasado enseñan lo que nunca el hombre debiera repetir por su bochorno e ignominia. Pero el hombre es animal más terco en aprender en los errores propios y sobre todo en las experiencias ajenas negativas. En todo caso el repaso de la historia es útil como espejo de los errores y las vergüenzas de la propia historia. Quien olvida su pasado, al menos el pasado cercano que se remueve todavía caliente en su ignominia, corre el peligro de volver de nuevo a reincidir en sus equivocaciones.
Sin embargo los pueblos viejos tienen más fijación sobre su historia que sobre su futuro. Y el sentido de la historia humana es un camino ascendente. Su caparazón mediático y caduco. El progreso es más problema de futuro que problema de pasado, más rentable descifrar el misterio de las estrellas que los huesos de los cementerios, mirar con telescopio la historia humana que con microscopios, El microscopio destaca las notas diferenciales cercanas conservadas todavía en la memorias individuales y colectivas de las gentes, una mirada de corto alcance, vista a atrás, visión retrospectiva, microorganismos domésticos contaminantes, mientras los telescopios ofrece visión panorámica, las distancias estelares y proyección futura en dirección de los astros. Conquistas espaciales e intercomunicaciones humanas más universales. Desde luego el interés está en el futuro. La vida es futuro, mientras el pasado es muerte. Estatuas de sal. Morbosidad en ver parásitos, mirar al ombligo, oler los detritos. Es acción reactiva contra la globalización que establece la perspectiva de las chinches, de los ácaros, de los piojos que se alimentan en su propia cabeza. Mientras la ciencia y la técnica de pueblos desarrollados lanzan su mirada hacia futuro con ilusión, la magia de pueblos conservadores otean con nostalgia su tenebroso pasado y su improductiva herencia milenaria, donde solo hay catacumbas, residuos fósiles, fantasmas emparedados entre muros ruinosos, complejos de frustraciones históricas, piedras relicarios de los antepasados y nostalgia de paraísos perdidos que nunca existieron, esperanza mesiánica y escatológica cuyo eco no resuena en ninguna parte.
Si el pasado es lección negativa del futuro, por magia de su involución funcional son hoy escombros. Merecen algún respeto en el recuerdo de sus herederos. Pero no justifica la magia, ni su ostracismo en el progreso. Ni mucho menos la destrucción de las banderas ajenas que es el colmo de la intolerancia. El abuso contrario es la destrucción del patrimonio cultural propio y ajeno, la destrucción sin escrúpulos de la arquitectura civil de cascote y adobe, el recambio de los grises pueblos con su iglesia en el centro y el castillo en la colina ya recubierto por la maleza. Las viejas andamios de civilizaciones vencidas. El cemento y el hierro son meandro cambiantes del mismo proceso. Mueren los pueblos, los molinos, los hórreos, los hornos, los lavaderos, las fuentes de las ninfas en las orillas de los caminos. Fenece una era de nuestra reciente historia sin demasiado respeto a su valor ejemplar, didáctico, testimonial. Es más fecundo que pasado remoto. No se cuida el pasado cercano ni las culturas ajenas. Faltan embalsamadores y enterradores respetuosos, sin complejos. Los muertos ya sólo es materia inerte y nunca ya resucitarán. El camino es el futuro. Mientras que la vieja Europa vive enredada con sus viejos fantasmas seculares y el olvido del reciente más próximo, América que no sufre complejos de tiempos idos hace su historia en perspectiva futura. Europa mira a su ombligo y América, a las estrellas.
Por eso en Occidente proliferan los museos, los parques protegidos, los archivos, los anticuarios, las pinacotecas. Los museos están rellenos de piedras, objetos diversos que formaron parte de civilizaciones extinguidas de las que sólo quedan fragmentos y vestigios borrosos. Se les puede llamar objetos de arte, porque son el fruto de mucho esfuerzo innovador del hombre y todavía conservan el valor material de sus componentes, joyas, adornos, columnas, retablos, piedras preciosas. Pero en realidad poco más que recuerdos, poco más que testigos mudos, chatarra inservible, basura en las cunetas, que la raza humana va dejando a su paso. En realidad son los detritos históricos de los pueblos, que se conservan en los basureros-museos históricos, arqueológicos, etnográficos. Es la cáscara amarga de la civilización actual que también desaparecerá de igual manera. La arquitectura animal es más discreta y ecológica. Naturalmente la paranoia de las marcas diferenciales y huellas fecales de viejas deidades que manipulan los profetas del tiempo y alienta el ardor de los nuevos mesías, es poco más que magia. El cauce de la cultura, la bola de nieve de la autentica maduración humana va por dentro incólume e inviolable.
La cultura y el hombre nuevo. La cultura es progresiva y los valores humanos crecientes. Una cosa es el hombre y otra el chamizo que lo protege, una casa es el cauce del río y otra el eterno y creciente fluir de las aguas que lleva, una cosa es el hombre y otra sus adornos festivos, una cosa es el hombre por dentro y otra sus aledaños y su entrono. El hombre es la cultura. Y la cultura es libertad, valores humanos, autonomía, justicia social, comunicación sincera, solidaridad, color y olor humanos que lleva el hombre por dentro. Se conquista y conserva en largas empresas humanizadoras en la atmósfera social del tiempo. Es la conquista solidaria de la humanidad dentro de la propia conciencia. No todos los pueblos ni todos los hombres la poseen en el mismo grado. Muchas de esas conquistas figuran ya en el código de derechos humanos que se incorporando oficialmente en los códigos de naciones civilizadas. El hombre único, el hombre universal, es el protagonista de esa fiesta interior, son sus eternos valores y la referencia de la única y universal cultura del hombre total que vive en la vorágine de formas civilizadas y el follaje de un mundo técnico deslumbrante.
La cultura, en sentido estricto, es conciencia individual y colectiva del producto solidario humano. Una y perdurable. La civilización o las culturas en plural y sentido amplio, son caducas y multiformes, en distante etapas de tiempos y geografías alejadas. Las diferencias coetáneas son megalomanías regionales y caudillistas. La cultura, la única cultura humana, anda sobre el espacio y el tiempo, sobre las instituciones contingentes. La cultura es la medida del hombre, sus derechos humanos, su configuración mental, su historia humana. La cultura son los valores universales, sustancia medular espiritual. Crece lenta y en dirección ascendente. Interioridad humana. Su entorno es extrínseco, el colorido festivo de la época y del pueblo. Es material caduco, maleable y corruptible. Arqueología, cuevas, piedras megalíticas, palafitos sobre las aguas, chamizos, palacios de sillería, mampostería, códigos, normas escritas, pautas rutinarias de pueblos ágrafos, las técnicas de trabajo, los medios informáticos, el brillo exterior de este siglo, los ordenadores, el orden académico. La hoja caduca de la historia.
La verdadera cultura, no son los inventos, ni los viajes al espacio, ni los títulos universitario, ni la aceptación “oficial” de los derechos humanos. La incultura socializada vive como mugre en los claustros universitarios, en pueblos falsamente cultos y sobre todo en pueblos conservadores. Es incultura subliminal que aparece en la voz estridente de visionarios actuales. Confusión entre medios y fines. Esas excavaciones en el subsuelo son intentos curiosos y vanos de recomponer un pasado inexplicable, cubierto por las arenas de los desiertos, en el fondo de los mares, en las cavernas profundas. La busca de eslabones perdidos de la cadena humana que no aparecerán nunca. La grandeza de las sociedades modernas reside en su capacidad de crear mecanismos de adaptación de su ecosistema al servicio de una mayor riqueza humana. En la capacidad de su asimilación por individuos y pueblos ese legado espiritual solidario inviolable. La propia cultura humana que es ajena a muchos pueblos actuales. La cultura no son lujosas mansiones, ni el dinero. ¡Cuántos ridículos ignorantes con dinero! Ni el título de la universidad, ni el coche último modelo. Ni el ordenador, ni la comunicación digital. ¡Barniz y fachada de un proceso cambiante! La cultura es vivencia interior de la libertad, de la propia autonomía y la dignidad en un mundo al servicio del hombre. Pero aún hay hombres y pueblos más pendientes de sus fiestas folclóricas que de sus valores humanos. Cultura es renovación constante de la epidermis, limpieza interna del cauce .Las reticencias o miedos a su integración se pagan con facturas de subdesarrollo. Existe el tercer o cuarto mundo. Secuelas de guerras crueles y saqueos de pueblos vencidos. La vivienda humana que hoy nos cobija será mañana mala; las instituciones que hoy defienden al hombre se convierten en sus verdugos mañana. La choza de paja no sirve hoy y el correo por postas, ni las soluciones de unos pueblos sirven para otros. La grandeza del progreso reside precisamente en la vinculación de la cáscara amarga de la civilización con los valores humanos crecientes de los hombres y mujeres que habitan los pueblos y las ciudades. Es el hombre perdurable en el efímero jardín de sus festivas veleidades temporales y geográficas.
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3.- EL MITO DE LAS ETNIAS
Antropología humana. Si la pequeña arquitectura material y social que hombre edifica para sobrevivir individual y socialmente, y su fosilización es causa de muchos conflictos en el acontecer histórico, el mapa de las razas humanas dentro de la geografía, otro elemento mediático de creación humana, la distribución de los hombres en razas y la conciencia que de ellas se tiene, es otro mito superviviente que persiste en la actualidad. Es muy persistente, se mezcla inconsciente en la pequeña de los pueblos, es muy engañoso y defendido además por caducas teorías científicas que chocan de frente con el sentimiento de solidaridad y unidad genética que domina hoy la ciencia actual. La diferencia genética incluso entre el hombre y el mono es mínima. ¿Si poseemos un alto porcentaje de elementos comunes con una mosca qué sentido tiene remarcar las pequeñas diferencias congénitas de los hombres y los pueblos? Otra gran mentira. Hay diferencias evidentes entre los distintos pueblos, que son las mismas diferencias que existen entre los millones de seres humanos y señalan la bella polifonía del cosmos.
Estas diferencias han justificado en tiempos no muy lejanos clasificación de las personas en categorías, en castas, en estratos impermeables, en etiquetas, separadas por colores complementarios en los mapas. Y esa diferencia señala la razón de los privilegios de unos o las exclusiones de otros. Lo grave es que estas diferencias todavía hoy justifiquen segregaciones de hombres y pueblos fronteras diferentes, ricos y pobres, patricios y plebeyos, elegidos y parias, nobles y villanos, blancos y negros, pueblos superiores y pueblos eternamente dominados. Pueblos contaminados y pueblos elegidos. Diferencias que no siempre están en las leyes y afortunadamente cada vez menos; pero existen en la conciencia individual y colectiva de los pueblos. Las razas como elemento distintivo son mitos atávicos que todavía torturan el corazón de este siglo. Pero ahí están como una virus perverso, una deformación social que halaga el orgullo colectivo y anima detestables aberraciones en convivencia civilizada, crea muchos conflictos actuales, sangrientas e inútiles guerras entre grupos que abanderan sus diferencias raciales en aras de algún destino inventado de pueblos elegidos y mesiánicos.
El hombre, como otros animales de la jungla, ensaya la vida gregaria, busca el apoyo de sus semejantes y organiza sus colonias en convivencia común. La colmena humana como los hormigueros y cardúmenes de la jungla. La sociabilidad es consecuencia de la limitación radical ante los peligros. Se une a los demás para defenderse. La soledad no es el estado natural del hombre. El hombre solo o ángel o bestia. Se hace fuerte asociado al grupo, unido a la frágil fortaleza de los demás. Asociándose disimula su indigencia. La soledad le achica y le asusta. Huye de ella temeros y establece lazos afectivos familiares, tribales, sociales, con sus semejantes; buscando aplauso de los demás. Comparte los mismos afanes, las mismas empresas colectivas, acota con entusiasmo el espacio de tierra que necesita para vivir. Marca sus socios en el mismo terreno. Juntos recorren de día y de noche los mismos senderos, cruzan a diario las mismas calles, llenan las plazas, los mercados, las ferias; respiran desde niños el clima cultural del grupo y los criterios de vida solidaria, rezan en común a sus dioses buenos y malos, aceptan los mitos comunes de la raza sin el menor atisbo de duda. Gregarismo animal y mimetismo instintivo. Es la ley de la sangre que oscurece siempre la elección racional y la libre decisión .El instinto condiciona la vida social. Un instinto mimético y mágico que sojuzga la conciencia colectiva de los pueblos y genera trágicas contradicciones en la convivencia, ambiguas formas de prácticas sus ideales, adultera el entusiasmo colectivo con mil deforme quimeras en forma de ideales.
No es el hombre un ser solitario. Acaso el mimetismo de los animales allanó el camino hacia la socialización. Posiblemente la ciencia nunca llegue a descifrar el punto de partida de la evolución humana, señalar el principio de la vida humana como diferente de las demás forma de vida y empujar el desarrollo sobre la superficie de la tierra. Ni la raíz de sus afectos sociales incrustados en su sangre, ni mucho menos el desarrollo y comunicación genética de unos grupos humanos con otros a través de los siglos. ¿Por qué la vida unos de unos es el precio de la muerte de otros? ¿Por qué el dolor los inocentes bajo la saña impune de otros? La filogenia de los grupos humanos sigue estando bajo la sombra. El testimonio escrito es muy reciente, aparece en los últimos segmentos de una historia inconmensurable tanto el dirección del pasado como del futuro. Nadie sabe el intervalo desde las primeras formas de vida hasta el homínido que tuvo conciencia de hombre, el hombre bípedo y risible, hasta el recolector, el depredador de animales que tomaron la vida salvaje y se alejaron con actitud hostil y el domador de otras especias más dóciles para ponerlas en cautiverio al servicio doméstico. Ni se conoce cuando siente la necesidad de hacer vida solidaria con sus semejantes y organizar grupos familiares, la necesidad de unificar esfuerzos y organizar estrategias defensivas frente a las asechanzas de otros grupos como base de su desarrollo. Ese desarrollo que ha llegado hasta las condiciones complejos que alcanza en nuestro tiempo.
Bajo esa tensión afectiva con sus semejantes y ante el recelo de los enemigos, se gestan los lazos de unión de los pueblos propios, en sentido de raza y etnia propia. Una experiencia que se agiganta en la megalomanía humana, en la perspectiva antropomórfica y la idolatría de sus míseras conquistas. La gran creación cultural defensiva de la vida social, el mito salvador, empieza a degenerarse, se desfigura. Con la fuerza creadora que lo origina se adultera y falsifica. El primer impulso espontáneo del hombre racional se deteriora en la selva y la maleza de los afectos irracionales y afectivos, en las nostalgias borrosas de pueblos con poca experiencia histórica y fuertes resistencias al amparo del almo de la vida. Así la interpretación de la raza propia es mito social más perturbador de nuestro tiempo, anejo al reducido círculo de los afectos familiares y tribales. Símbolo de pueblos autistas y visión introspectiva. Se origina en la fragilidad de su propio quehacer humano y la desmesurada desconfianza de la relación con los demás. La mirada hacia dentro, el microscopio humano, la contemplación umbilical, antes que las fiestas al aire libre y los horizontes abiertos. Miedo al contagio con leprosos y contaminados, miedo a los vecinos diferentes, a los del barrio contrario, miedo al contagio de sangre contaminada. La falsificación fecunda en el calor del pequeño hogar, se engorda y el entusiasmo de la vida común, en los sentimientos tribales exaltados, en los intercambios endogámicos de grupos ensimismados. La integración en el clan, el orgullo de la estirpe, el reconocimiento de la tribu, la pureza de la sangre, la defensa de las costumbres, aumenta la fuerza ciega de cohesión entre los miembros de la colmena humana. Miedo a la comunicación genética. No hace mucho tiempo y hoy en países teocrático, se paga con la muerte o la lapidación. Tan fuerte es afecto de la casta y la comunión de los mismos criterios de belleza, los mismos criterios morales, el afán por realizar las mismas aventuras políticas en el mismo tiempo y el mismo campo de lucha. Visión de cerca, afecto intimista y excluyente. El sionismo de un pueblo elegido, el nacional socialismo de hombre ario superior, los hornos de exterminio, el aparheit reciente de Suráfirca, la segregación de los negros, los latinos, los guetos indígenas americanos, las castas indias, los profetas y redentores de pueblos oprimidos, nuestros rampantes nacionalismos vigentes son la supervivencia del viejo mito de la raza.
La conciencia de la raza propia supone la emoción compartida en los peligros, en las aventuras comunes, bajo el mismo cielo y el mismo sol. A veces comparten también el mismo mito fronterizo. Un afecto que se hace entraña común para los miembros de la comunidad, alimenta los mismos afanes colectivos y eclipsa las luces de la racionalidad. El sentido originario y creativo de la convivencia aséptica y serena en una colectividad al lado de la consiguiente degradación de efectos comunes. El desfase es más evidente en unos procesos que en otros; pero corroe el alma de hombres cultos igual que ignorantes. La irracionalidad es subterránea y profunda que pocas veces afecta al brillo de una educación refinada proco profunda. No es garantía de cultura un título universitario sino la asimilación fundamental de los valores humanos. Las revoluciones implican mayor ofuscamiento y más anarquía con víctimas cruentas y mártires y mártires. Hoy las marcas raciales ya no residen tanto en la arquitectura material de su modelos sociales como en las secuelas de la convivencia secular y la comunicación genética que conforma incluso el talante físico, la fisionomía externa, los rasgos del rostro, el color de los ojos, la complexión corporal, la pigmentación de la piel, y sobre todo la estructura mental y sus conexiones sinapsiales. Los hombres de un grupo étnico manifiestan rasgos comunes muy marcados en su fisionomía y proclividad a resolver problemas con las mismas modulaciones. Su propia lógica sufre detrimento. El oriental piensa distinto que un europeo. Cuando esto se exagera aparecen las deformaciones de los procesos racionales, las filosofías propias, hasta los errores del último tramo de la historia, las dificultades en las relaciones diplomáticas, las guerras de exterminio de todos los tiempos, los arsenales atómicos, la armas químicas, las paranoias de los iluminados, el lenguaje críptico y las disfunciones de la lengua, la ambigüedad, lo contradictorio, mentiras encubiertas y los eufemismos legales. Es la claudicación de la racionalidad ante las tendencias míticas subyacentes, vergüenza de nuestra cultura actual y prostitución de la inteligencia. Las diferencias son de nuevo fuerzas informes, ciegos instintos cruzados con valores racionales. Se alimentan en un supuesto prestigio delirante de un grupo sin ningún fundamento científico. Todos los hijos para sus madres son los mejores y más guapos Las diferencias son secuelas de situaciones sociales contingentes. Es la biología común, la antropología que se pervierte y obstruye el camino del progreso, antes y ahora.
El privilegio de vivir juntos, ser padres e hijos en el árbol genealógico de la larga evolución milenaria, que debería ser el orgullo de convivencia universal por compartir un tiempo común, en planeta azul que habitamos y los beneficios de esta era técnica construida con esfuerzo solidario, se degrada en la explosión de muchos conflictos bélicos. Guerras frías y calientes. Miedos y recelos. En vez de reforzar la hermandad que le sirve de origen, se hace su peor enemigo. El instinto se impone a la racional. Falsos amores que matan. La raza, en realidad, es comunicación genética cercana, experiencia compartida en los fracasos y en las alegrías, el horizonte de la aldea común, la manada humana apostada a la orilla de sus ríos, en la ladera de unas montañas, en la comunión de relaciones endogámicas e incestuosas dentro del clan, bajo el mismo sol que brilla a un tiempo para todos, a la luz de las mismas estrellas iluminan difícilmente el camino en la noche, con el mismo color de la piel que se hereda en la sangre de los padres. Lo que debería ser la fiesta de la alegría y promocionar la fraternidad universal es hoy ominosos pretexto para hacer la guerra, para expulsar al pueblo vecino de su territorio y cometer los mayores genocidios en su nombre.
Las diferencias son evidentes. La diversidad es esencia de vida. Infinitas opciones a la evolución latente de los seres. El horizonte abierto. El impulso irresistible de la vida y la libertad. La prehistoria es nebulosa. Las hipótesis antropológicas son frágiles y se desmoronan unas sobre otras como fichas de dominó. La ignorancia sobre la evolución es total. Las hordas primitivas ácrata, la organización tribal que todavía perviven hoy en pueblos africanos, los clanes y pueblos más aislados y exóticos, las organizaciones sociales y familiares, caprichosas y erráticas, basadas en lazos convencionales de una tradición borrosa; las modernas sociedades actuales con todos sus problemas de supervivencia. Dudosa antropología que disgrega pueblos y los enreda en conflictos constantes. ¿Qué sucedió antes del testimonio escrito, antes de los egipcios, de los griegos?
Las diferencias se establecido en la convivencia, en el condicionamiento semejante, en el mimetismo cultural. Y ahí están como verrugas en la piel de la sociedad. Señas indelebles adquiridas en el rodar el tiempo. Esas marcas raciales son todavía una cicatriz oscura y perturbadora que el moderno desarrollo no ha podido borrar. No sólo unifica aspectos comunes de las sociedades sino que actúa como demiurgo disgregador, unos pueblos de otros, a unos barrios de otros, a unas formas culturales de otras. El mundo hoy es un hormiguero de conflictos raciales entre pueblos vecinos que se excluyen. Así la diferencia alienta graves conflictos bélicos en este siglo, árabes, judíos, hispanos anglosajones, kurdos, vascos, arios. El sentido etnia se esconde como un felino en la entraña de este siglo como materia explosiva y reproduce viejos complejos y el orgullo común de muchos pueblos diferentes que han superado la pesadilla de su ascendencia mágica y sus absurdos complejos de superioridad o esclavitud.
La pureza de sangre, la separación de castas, los estratos sociales, herencia entrañable en la veta genealógica, el prurito de nobleza, los signos heráldicos, las banderas, el linaje, son mentiras sociales conservadas en la sangre de la cultura actual. Bajo este oscuro entramado afectivo la convivencia no se hace fácil y lucha la diplomacia para resolver los conflictos sin guerras con poco éxito. La racionalidad se deja seducir fácilmente por sus halagos. Los sofismas se multiplican. Es el miedo perder la identidad secular, la fuerza afectiva que cohesiona a los pueblos. Así ese sentido de raza propia se hace un epifenómeno que adultera los demás valores culturales, refuerza los sueños de los grandes iluminados, justifica el radicalismo de los grandes tiranos, refuerza las argucias de los grandes profetas, la mentira de las banderas que ondean en las Naciones Unidas, las injusticias sobra las pequeñas minorías, el festivo alborozo de pueblos vencedores sobre el dolor de los vencidos y la sed creciente de venganzas encadenas de los vencidos contra los vencedores en procesos que no tienen fin.
Toda la sangre es roja. El encanto de las cosas propias choca con el esplendor de las excelencias ajenas. Recelo morboso que se hace hostilidad frente al vecino en la más pura forma cainista y fratricida. El miedo que deriva de la propia debilidad puede ser un poderoso y noble impulso del hombre hacia su hominización progresiva. Aumenta el esplendor de su arquitectura defensiva interna. Su propia civilización. Pero puede derivar hacia corrientes incontenibles de discordia. Crisis generacionales y tentación expansionista. El aislamiento es peligroso, la segregación de grupos, la creencia de la composición sanguínea diferente, son la barros que producen los conflictos actuales. En realidad toda la sangre es roja. La única sangre azul es la especulación de los caciques. La nobleza, las castas, los estratos, las etiquetas antropológicas, los rasgos genéticos, una coartada sañuda y regresiva para suplir las buenas razones. Los estratos sociales son el tributo que la oligarquía privilegiada cobra a los plebeyos y la estrategia de los grandes contra los adversarios. Ese miedo de los estratos inferiores engendra sueños mesiánicos, mantiene viva la fe en las monarquías hereditarias, sus parentescos con las divinidades y el poder sagrado de los emperadores. Refuerzo engañosos del engreimiento propio. Apoyo de la propia indigencia, invitación a la desfiguración mitológica de los tiempos pasados. La diferencia la establece la mugre de la historia mezclada con hábitos civiles. Notas genéticas epidérmicas como lunares en las relaciones humanas sin base para sus clasificaciones étnicas, xenofobias y conductas excluyentes. Solo hay hombres, sólo pueblos con matices formales de vida común, con soluciones diferentes a problemas fundamentales. Hombres iguales con adornos festivos diferentes.
Esos elementos biológicos comunes imponderables y confusos sin bordes matemáticos, refleja la secuela de tendencias mágicas ocultas en algún escondido rincón de la mente y marca incluso los rasgos fisiológicos exteriores de sus miembros. Hay genes comunes en grupos de larga convivencia que afloran en los gestos y el perfil social del pueblo, en las taras familiares hereditarias cuando asumen el legado y la fatalidad de su destino, bueno y malo. Son verrugas familiares en el rostro de los pueblos que viven dentro de las mismas murallas. Desde la pigmentación de su piel hasta su complexión física, el cabello y el iris de los ojos, la estatura y dimensiones del tronco, forma de la cabeza, perfil de la nariz, líneas papilares y palmares, hasta el lóbulo de la oreja y las posición de los órganos sexuales con todo el cortejo de manifestaciones mentales y espirituales de cada pueblo. Los procesos racionales se mezclan confusamente con ellos. También los tonos culturales, las costumbres, las tendencias anímicas, las leyendas populares, el lirismo y las manifestaciones artísticas, la afectividad latente colectiva que aflora en el montaje civilizado propio, determina el carácter de los grupos y deja secuelas la peregrinación en comunidad. Así las marcas autóctonas son entrañables; productos contingentes de poco valor social con latentes y fuertes sugestiones a la discordia y a la perturbación de la convivencia.
La idea de “pueblo propio” es, acaso, el mito más engañoso por su fácil manipulación, el más enraizado en la entraña colectiva, la más ruda herencia colectiva de esta sociedad. Son las naciones rusas diferentes, son los pueblos yugoslavos integrados en naciones distintas, son las etnias africanas separadas por líneas divisorias artificiales. Sus raíces se pierden en el silencio de los siglos y en la ignorancia congénita del hombre. Los grandes misterios de la vida se ignoran todos. Tanto de macro como del micro cosmos solo tenemos borrosos vestigios. Esa limitación produce ciegas resonancias del pasado en las etapas de la evolución con elaboraciones fantásticas que le sirven de sustento. Legítimo sentimiento tribal que revive como el espíritu de los muertos, en el concierto de la convivencia actual. En realidad, no hay hombres diferentes, simplemente hay hombres, únicamente hombres, hombres que viven más o menos cerca de nosotros, hombres libres, hombres que aman y anhelan ser felices, hombres pobres y ricos, hombres que llevan a su espalda el peso de una enigmática evolución colectiva sin principio ni fin conocido, hombres que viven la angustia del presente y futuro desconocido, hombres que aman la paz y están abocados a la guerra, que comparten la posesión de la misma tierra con sus enemigos y se cruzan con ellos en el mismo siglo. Cada pueblo refleja las marcas de sus vicios y sus virtudes, de su cultura y su anticultura, y se adormece fácilmente en sus conquistas temporales. Cada pueblo defiende su propia identidad con espontáneas reacciones bélicas contra los demás. A duras penas se entiende todavía que sobre esa primaria pulsión belicosa corre ya la savia de una cultura unitaria de derechos humanos universales irreversibles. Se sobrevaloran pequeñas victorias en campos de batalla y los reclamos insaciables de pueblos sin historia por encima de las fórmulas dialogadas en torno a mesas redondas. La lógica del absurdo. Manda todavía la fatalidad del destino más ingrato del hombre sobre su condición racional.
La radiografía del mundo actual ofrece el triste espectáculo de una aldea primitiva enredada en el laberinto de sus mitologías más burdas. El mito de la raza, las limpiezas étnica de los Balcanes, las guerras del Cáucaso, el odio fratricida del medioriente, la segregación racial americana, la esclavitud africana, los separatismos hispanos. La gran mentira de los pueblos-islas, ciegos en sus inútiles orgullos mesiánicos. La mentira de los grandes imperios avasalladores y la mentira de grupos pequeños atormentados y sectarios en sus guetos reivindicativos. Ni los unos ni los otros. No existen mesianismos nacionales ni pueblos elegidos ni razas puras. Escandalosa herencia de sangre y cinismo bélico en la tierra de este siglo y en los siglos pasados en nombre del mito étnico. El racismo alemán, los millones de muertos de las dos guerras mundiales, el imperialismo marxista, los genocidios colectivos en manos de sátrapas sanguinarios y las sangre humana a caudales vertida en la cadena de guerras de todos los tiempos por la hegemonía de dominar. Mentira el sueño imperialista de todos los imperios caídos, mentira la rusificación imposible impuesta por las armas, mentira los teocratismos árabes, mentira los sueños independentistas de pueblos escogidos. La ruina estrepitosa de los viejos imperios, los infinitos mestizajes superpuestos unos a otros, la imbricación de unas etnias con otras, el vaho de sangre y tumbas de la historia conocida y su larga prehistoria belicosa, es la protesta silenciosa de millones de víctimas inocentes que murieron en los campos de batalla en total impunidad. Los fantasmas de las minorías oprimidas toman venganza en el terror y en el dolor de sus pueblos humillados en la confusa situación actual de grupos nómadas acorralados por líneas geográficas en apriscos o reservas como animales, las pequeñas “nationes” europeas que se agitan hostiles por su autonomía mimética, vascos, catalanes, gallegos, andaluces, astures, son como quimeras que vuelan sobre alfombras mágicas sobre el abierto cielo ibérico por encima de todos los valores de la ciencia histórica ¿Podrán defender el gentilicio aldeano, o entrar en otras esferas de integración superior, europeas o globales, saltando la multisecular muralla de la única tierra ibérica?.
La nación y el estado todavía no viven en armonía. Los estados son complejos pegados a la tierra y las naciones mitos de pueblos distintos que se complacen en sus viejas glorias reales o inventadas y en la idolatría de la sangre que los une y la megalomanía de sus propias creaciones humanas autóctonas sin respeto ninguno al mundo de sus vecinos. Una raza es una quimera, una máquina que mata; las diferencias históricas magnificadas son peligrosas como los residuos atómicos. Nadie tiene derecho a traficar con ellos. La muerte de la cultura celta al paso de las legiones romanas, el proceso de colonización económica de los pueblos africanos bajo la fuerza de ejércitos poderosos europeos, la aniquilación de las culturas prehispánicas de los pueblos americanos en largos procesos de mestizaje, el sesgado neocolonialismo cultural de las potencias actuales, es una violación racial latente de los derechos humanos. La supuesta superioridad de unas culturas actuales se alimenta en el desprecio y desprestigio de las otras. Unas veces se realiza en forma diplomática, otras en formas sutiles de interferencias humanitarias y otras a través de invasiones sangrientas en campos desiguales. Los colonialismos avasalladores, los grandes imperios, las rudas luchas raciales, la estructura bélica de las tribus primitivas y los arsenales actuales atemorizan y torturan la convivencia de los pueblos. Asientan fronteras arbitrarias, levantan muros, imponen condiciones de guerra, a la medida de las ambiciones económicas y a voluntad de caprichosos caudillos piratas, sin respeto a los derechos más elementales de los pueblos diferentes y más débiles. Su racismo implícito es el único responsables de todas las guerras frías y calientes que incendian la tierra.
Las diferencias raciales son un fenómeno histórico indiscutible. El origen de los pueblos se pierde en la oscuridad de los tiempos en cadenas interminables de lizas que ya nadie nunca podrá reconstruir. Sólo borrosas huellas arqueológicas en las cavernas. Nada. Los pueblos se han ido precipitando unos sobre otros como sedimentos volcánicos en el terreno de la sociabilidad con mestizajes, invasiones y cruces infinitos que nadie nunca podrá descifrar. Los resultados positivos son las conquistas que recoge la cultura actual, los negativos, si se conservan, pueden estar en los museos de las vergüenzas de la especie humana. Vana será la pretensión de recomponer su fragmentación demográfica en la superficie de la tierra en su interpretación diacrónica. El siglo veinte es el panorama sincrónico resultante de una enigmática evolución desde el origen de la vida y solo una referencia a la larga noche de silencio impenetrable que queda en su espalda. Imposible comprender las filosofías que todavía se hacen en defensa del racismo. Y difícil entender la lógica de sus mentores que todavía pululan por esta tierra con aire de salvadores. Todavía los hay para mal de todos. No existen razas superiores, existe una evolución histórica diferente; no existen pueblos elegidos, sólo circunstancias socioculturales diferentes. La raza es una falsificación que se basa en los azares de sus concretas circunstancias históricas y su mayor o menor fuerza civilizadora. La superioridad racial y el orgullo de pureza de la sangre, es el error encubierto por la prepotencia de pueblos dominantes o el disimulo de la rabia vengativa de pueblos largamente humillados.
La sociedad actual combina los sofismas y las desfiguraciones sectarias y el dogmatismo de unos con la prepotencia de otros. ¿El Medio Oriente?, un volcán de odio entre pueblos hermanos. ¿Europa?, un arreglo cruento de fronteras convencionales impuestas por los vencedores. ¿Las Repúblicas rusas?, una olla a presión de minorías sojuzgadas que se desmoronan lentamente. Nadie puede demostrar la limpieza de sangre de ningún pueblo. ¡Pretensiones paranoicas! Ni la pureza antropológica de cualquier pueblo. Las interferencias afectivas en los procesos racionales del cerebro obnubilan los ojos de los magos nacionalistas actuales y provocan todas las tiranías opresoras, grandes y pequeñas. Todavía no se ha inventado los mecanismos sociales para prevenirlas. Ahí están sus anacronismos funcionales en la convivencia universal indefinidamente retardada. La crisis del racismo secular, la tentación aria, el sionismo, las guerras santas, la rabia de pueblos sometidos, el tribalismo, no debe tardar en romperse ante el avance arrollador de la nueva cultura. Una cultura cosmopolita que borra fronteras y solo cuenta con la aportación laboriosa y solidaria de la especie humana
El racismo, hecho contumaz. Todavía existe. No es suficiente la supresión legal. Después de abolir hace tiempo la esclavitud y el servilismo, después de suprimir hace sólo unos años la segregación racial en el país pionero de las libertades, después de superar más recientemente el aparheit africano y después del decreto de los derechos universales del hombre, el racismo sigue siendo el monstruo de cien cabezas que asoma siempre dentro de las sociedades más evolucionadas. Precisamente por serlo. Sigue de hecho la esclavitud de millones de seres humanos en países sometidos, la segregación racial en los países cultos, la xenofobia y los guetos en todas partes. La asimilación de la fraternidad universal es una actitud colectiva que supera los planos jurídicos. La cultura un producto puro que madura lentamente. Se encuba en el calor del esfuerzo humano constante. El proceso implica la criba biológica y cultural que se deposita en la conciencia del pueblo a través de muchos ensayos fallidos y un fuerte instinto mimético del medio social. Este sentimiento de pueblo diferente se exagera desmesuradamente, se colocar con arrogancia en los pendones victoriosos de las fiestas nacionales y disfraza en símbolos crípticos en etapas de clandestinidad, y se hace la guerra en su nombre. Se le llama incluso esencia de la propia cultura y se clasifican las culturas en su nombre, con una falta total de precisión. La cultura son los valores humanos y el sentimiento racial es un mito histórico que se desvanece la interiorización de la cultura universal. La práctica es ya anacrónica y sus manifestaciones se disfrazan y disimulan. Nadie puede hoy justificar zonas raciales de fronteras inviolables en un mundo civilizado, ni defender en foros civilizados la discriminación de unos frente a otros, ni apoyar los guetos con razones válidas. Nace el terrorismo, la violencia, el doble lenguaje y los falsos conversos La paranoia de irracionalidad. El mismo hombre dispara en una frontera y muere victorioso en la siguiente. Es mentira el privilegio de la superioridad blanca sobre la negra, es mentira la divergencia étnica entre árabes y judíos, la rivalidad entre latinos y anglosajones, entre payos y gitanos, entre los septentrionales y meridionales, entre emigrantes y nativos, entre indígenas y alienígenas. El rechazo racial manifiesto o simulado es malo, la exclusión insolidaria es anticultura a pesar de las diferencias seculares que el tiempo haya sedimentado en el alma los pueblos, a pesar de la violenta tensión humana que implica el trato civilizado con el adversario.
La mayoría de los conflictos de este siglo son consecuencia de los mitos raciales sumergidos en este siglo. Incluso se manifiestan con una virulencia que nunca han tenido. Posiblemente la rabia incontenible ante la evidencia de su mentira manifiesta. O acaso una oscura reacción ante las inevitables tendencias a integrarse en unidades más amplias y globales. El mito que se rompe enfrente mismo de los sueños mesiánicos de pueblos vencidos. Ni se puede pretender sin pedantería que en plazos de tiempos pequeños los fenómenos históricos sean diferentes de los que son. El mito racial es doblemente engañoso porque toma nombres de prestigio y colores civilizados. Se llama identidad nacional, se llama autonomía propia, se llama honor patrio, historia propia, país propio, independencia propia. Utopías descaradas. Nada hoy es propio exclusivamente. Viejas mentiras vestidas de fiesta. La raza es un vetusto duende que se alimenta todavía con mucha sangre humana en muchas partes del mundo. Es malo y perverso. Esa afinidad de la marcha en común, como la amistad de un viaje, no justifica la sangre inocente que todavía se cobra hoy en el mundo. Elementos residuales; pero muy dañinos. Injusticia mezquina de sentirse diferentes y cantar himnos ofensivos a la dignidad ajena. Lunares que dejan en la piel de los pueblos como producto de sus errores pasados y los complejos de su incapacidad la convivencia común. En el fondo, incultura ancestral.
Los errores históricos cometidos en nombre de los mitos son reiterativos. Hasta hoy llega el vaho a sangre que el racismo ha dejado en los campos de batalla. El hombre es incapaz de superar el recelo envidioso a los hermanos. Desde la prehistoria hasta hoy. Griegos contra persas, romanos contra griegos, visigodos contra romanos, árabes contra hispanos, todos contra todos. Las últimas guerras mundiales con sus enseñas nacionales, las deportaciones de unos pueblos sobre otros, los bombardeos de pueblos poderosos, la colonización forzosa de pequeñas minorías, los hornos de exterminio, el rechazo de emigrantes, las muertes en pateras, la clasificación por su gentilicio, la rusificación de pueblos diferentes después de la última guerra, los pequeños nacionalismos, la discriminación racial de minorías negras o hispanas, gitanos o emigrantes, son prácticas racistas y prejuicios étnicos no muertos todavía.
Europa hoy vive entre las querencias de su pasado y la sugestión que ofrecen las nuevas auras de la integración futura. La afinidad de la convivencia es una fuerza poderosa para conquistar hazañas culturales y participar en la conquista de la gran cultura esencial dentro de los tonos diferenciales de cada grupo étnicos. Y se confunde la etnia con la cultura. De hecho ha conseguido en sus diferencias étnicas una gran unidad cultural integrada en valores universales cristianos de occidente. Pero el sentimiento racial, aunque consiga algunos logros culturales, no es estrictamente la cultura. Europa está en proceso de superación y busca incluso la unidad política de sus pueblos diferentes bajo la amenaza de sus feos demonios belicosos escondidos en la tierra engañosa de su reciente historia. Progresa la unidad europea en el recuerdo de la hecatombe de las cámaras de exterminio. Y los países del Este viven la experiencia amarga de sus errores recientes y el sueño de un hogar común sin muros, sin fronteras, sin recelos y cercano a los fuerzas integradoras europeas. La superación del racismo ya no es una utopía. La unidad europea de pueblos hermanos sin desconfianza bélica y en igualdad de oportunidades, ya está en marcha dentro de las fuerzas de integración que unen al mundo entero. Los grandes valores universales avanzan sobre los pequeños dioses caseros o a pesar de ellos. Posiblemente se integren las naciones del Este como lo hacen sus vecinos europeos. El común hogar europeo y global no debe estar muy lejano. El gran Incanato americano de Miranda y las verdaderas Naciones Unidas pueden dejar de ser un sueño imposible a corto plazo. Es demasiado el número de errores cometido en nombre de la raza y su extinción definitiva no debería estar muy lejos.
Los actuales nacionalismos, grandes o pequeños, los nacionalismos rusos, los grupos étnicos africanos rotos por mil extrañas líneas fronterizas impuestas, los pequeños nacionalismo regionales internos basados en situaciones históricas o simplemente en sueños nostálgicos y leyendas y escaso efecto de convivencia dentro de unidades superiores, deben soportar la fatalidad inevitable de los circos geográficos convencionales de los afectos de la raza. Símbolos de orgullo de la autonomía humana. Tanto los nacionalismos ibéricos periféricos como los rusos como los árabes, las tribus africanas, aunque den color propio a sus pueblos, son signos de escasa cultura e inmadurez humana. Acaso compensación de pueblos humillados que se reaniman en la clandestinidad de las persecuciones, en el abrazo común de la adversidad y en la actualización de sus viejos fracasos y represiones pasadas. Es el asiento de los radicalismos a ultranza, el odio del negro contra el blanco, una tribu contra otra, la agresividad de las razas superiores, el disgusto silencioso de soportar vecinos ingratos, el complejo reprimido de pueblos sojuzgados y los conceptos mesiánicos ante la indiferencia de poderosas instituciones celosas de sus privilegios e insensibilidad al dolor ajeno.
La medida es el hombre. No hay hombres blancos y negros, no existen hombres del norte y del sur, no hay tipos humanos diferentes, cerebros frenológicamente diferentes, grandes y pequeños, no hay etiquetas diferentes. Toda la sangre es roja. No es distinto el dolor humano y la felicidad con distintas medidas y privilegios sociales en la cuna. Existen hombres. Hombres iguales, hechos con placer, en palacios o en ranchos, con amor o sin amor, paridos desnudos y llorones en clínicas de lujo o sobre la misma tierra, atendidos por médicos expertos o prácticas comadronas o sin nada de eso. Hombres con sus propios sentimientos, con el mismo deseo de vivir, con la misma ansia de felicidad, con el mismo afecto a su tierra chica y a sus familiares y vecinos. Todo esfuerzo en demostrar la superioridad de cualquier raza sobre los demás, invocando razones genéticas diferentes, es tan absurdo como empeñarse en seguir la limpieza original de los glóbulos rojos de la sangre de una estirpe a través de los siglos o buscar en retroceso el gen de origen de su pueblo sondeando su ascendencia. Que revisen la historia de los genes propios a través de la evolución histórica hasta llegar a la ameba, a las hormigas, a los monos, como se hace en los dibujos animados. Si lo logran y no mueren de vergüenza por el ridículo de sus teorías, tendrían derecho para hablar de la pureza de sangre y superioridad de sus razas. Mientras tanto, delirios científicos. Hay pueblos unidos en la adversidad, pueblos que se hace fuertes en los asedios constantes y variaciones genéticas occidentales. Las razas superiores son arcaísmos y seudociencia e ilusionismo. Irracionalidad de los pueblos y sus demencias colectivas. Un disparate, en cualquier siglo o en cualquier parcela del planeta. Por encima de todas las notas raciales que pueda señalar la antropología debe recuperarse de mar de sus alucinaciones sociales la imagen del nuevo hombre que lucha en la frontera de sus desmesuradas aspiraciones y el abismo de sus limitaciones reales.
No es justa la discriminación que se hace de las personas por razón de su gentilicio, ni la masacre que se realiza sobre pueblos desprotegidos por derecho de veto de las grandes potencias. Esa discriminación superviviente en el mundo actual, confunde las zonas oscuras de la mente que rigen las funciones afectivas y las racionales. La variedad y la policromía de las formas civilizadas son diferencias insignificantes en la ardua labor de las conquistas humanas. Polifonía que resuena en los pueblos primitivos y selváticos los mismo que pueblos altamente desarrollados. Ahí están, a veces silenciadas, a veces aparentemente muertas, a veces en la subversión y en la clandestinidad las modalidades de lo diferencial. El hombre y su cultura son polifórmicas. No sólo tiene marca social y cultural diferente, sino que además existe una prolongada historia que se unifica en la sangre común, en la biología y en las banderas comunes. Es el mundo de los pueblos, la federación de grupos humanos, es la urgencia de un orden diferente que sobrepasa la fragilidad de las fronteras que se desmoronan cada día.
Y es paradójico que, al mismo tiempo que se viven poderosos sentimientos de unidad colectiva y se construyen grandes integraciones políticas, resuciten furiosos grupos xenófobos y autistas. Miedos soterrados y complejos arcanos de pueblos belicosos que no han asumido con dignidad la realidad de los valores universales de la única cultura. No existen pueblos predestinados ni pueblos con privilegios propios y la racionalidad es amordazada por las fuerzas ciegas de la raza propia como si el recelo de la convivencia fuese más fuerte que la tensión unitaria y la propia lógica un peligro para el desarrollo humano. El mito racial, por radicalismo, por los ciegos motivos que mueve, se relaja cada día y remueve los últimos coletazos bélicos en algunas zonas que ya escandalizan al mundo civilizado y burla a las relaciones más estrechas cada día en los pueblos. El racismo está herido de muerte avasallado por la visión creciente, unitaria y cósmica, del mundo y la conciencia solidaria de los pueblos de la tierra. Todavía hay problemas en el plano diplomático y se hacen grandes foros internaciones, grandes conferencias, asambleas mundiales, nacionales, internacionales, donde predomina el monólogo unilateral y sesgado más que el diálogo sincero. Se habla, se propone, se veta, pero no se escucha. Se presentan definiciones inamovibles, diálogos con posiciones fijas, se rechaza de raíz la propuesta contraria. O mi opinión o nada. No existen mecanismos eficaces y solventes en la diplomacia universal para llega al diálogo fecundo, sincero y unívoco, porque las Naciones Unidas todavía funcionan a medias, hay derechos de veto y privilegios de vencedores.
Es posible que las escaramuzas étnicas se desvanezcan con el tiempo de la misma manera que han sedimentado en la prehistoria. Es posible que se desarticulen los odios fronterizos con la caída de los muros y disolución de las fronteras nacionales. Se constituirá la Europa de los pueblos por encima de la Europa de los estados, la Europa de las federaciones o confederaciones, la integración de estados asociados, naciones unidas sin veto de nadie -los nombres tienen poca importancia- porque la desmitificación más o menos rápida y civilizada, es ya irreversible. Las resistencias y restricciones de los individuos y en los pueblos, sólo es señal de retraso y baldón de ignominia. Lo mismo en España, que en Rusia, que en África, que en América. Miedo mágico al futuro. Siglos de humillaciones raciales exacerbadas sobre negros y grupos indígenas poco evolucionados es ya una deuda histórica. Reciente está la lucha de los negros por su emancipación, el teocratismo medieval de los pueblos semitas, árabes y judíos, las tribus africanas, las xenofobias europeas y el sueño de iluminados magos hispanos de reinos encantados que nunca han existido, la emancipación normal que al fin también llega a su era de emancipación. Después de la desolación de las últimas guerras crece el gran nacionalismo yanqui que trata de poner leyes al universo. La decisión no puede ser unilateral porque los correctivos deben llevar el sello de la integración cósmica. La pauta la marca de la vieja Europa en el equilibrio de un integración civilizada, visión profética de un líder ruso que se contagió destellos de trasparencia al mundo y las nuevas auras de integración mundial conforman las coordenadas del nuevo orden mundial.
La ola desmitificadora arrolla el sentimiento racial. Ningún soñador podrá ya hoy desmontar la pureza de su estirpe dentro de la larga historia del hombre, ni comprobar la superioridad de un grupo étnico sobre los demás seres que existen en la tierra. Hay poderosos condicionantes sociales, elementos prolongados de situaciones históricas precedentes que sedimentan como estratos contaminados en la corriente histórica de pequeños pueblos. Pero ningún pueblo tiene derecho para mantener el radicalismo tradicional sobre los designios de sus pueblos. Las misiones providenciales de los pueblos no existen. Ni judíos, ni alemanes, ni americanos, ni chinos. Ni blancos, ni amarillos, ni negros. Los profetas de los pueblos escogidos por alguien son embaucadores y sólo conducen a los desiertos y las catástrofes. Existen puntos de la historia con determinados factores condicionantes. Persecuciones o perseguidos. Dolor escondido y orgullo triunfante. Pueblos favorecidos por el éxito o apiñados en la desgracia de derrotas comunes. Al final de todo solo hay hombres, sólo hombres con los mismos derechos, hombres iguales ante el destino es común de la historia.
La historia se está desmitificando. Otros mitos se desarman más fácilmente. El racismo es más resistente y mutante. Pero también agoniza en las relaciones globales. En pocos años se habla de la integración mundial. La cultura rompe la esclavitud de los pueblos, las falsas promesas de las religiones, pone en evidencia la falacia de las nuevas formas de nacionalismo pequeño. El aislamiento hoy es suicida e ignorancia burda. Los pueblos seguirán viviendo dentro de las unidades políticas superiores. Serán demarcaciones históricas, será la cohesión universal de pueblos diferentes, serán líneas simplemente imaginarias para tomar referencia a la geografía. Pero a largo plazo el cosmopolitismo debe triunfar sobre los radicalismos a la moda. Esos radicalismos que heredan la incultura de sus ancestros, el balbuceo de pueblos primitivos, los anacronismos de la historia y los complejos patrióticos de una larga convivencia pacífica, deberá darse un abrazo en la federación fraternal de la igualdad de toda la raza humana.
4.- El MITO DE LAS FRONTERAS.
La mentira de las trincheras. No sólo el calor del hogar común, ni la afinidad cercana. También la geografía se reviste de formas amenazantes. El hombre se pega a la tierra como las plantas. Se une horizontalmente con los vecinos y verticalmente con la tierra que pisa. Unas veces para quedarse en ella y otras para transitarla como los beduinos de un lugar a otro y como las aves emigratorias. El apego a la geografía es un instinto primario, casi vegetal, afecto de patria chica, oscurece y perturba las relaciones con los demás. Tras tomar posesión de la tierra el hombre se convierte en jardinero, hace parcelas donde loa afectos tribales se interponen y distorsionan los procesos civilizadores y convivencia. Son los nidos humanos que se rodean de magia y superstición. El hombre desborda el afecto desmedido sobre el habitáculo que se ocupa, sobre la tierra que se cultiva, sobre las murallas y los fosos que les separan y unen a los demás, sobre las banderas y los signos exclusivos que la representan. Al tiempo que se organiza la familia o el clan, se demarca un territorio y se construyen las chozas, sus fronteras y vallados, se organiza la tribu con medidas y material propio de la tierra, se asientan los mojones y fronteras, se demarca el espacio vital y se proclama la inviolabilidad y la soberanía de la tierra acotada. Se hacen entramados defensivos, recelosos y hostiles. El afecto tribal manda señales belicosas al mundo que le rodea, se hacen organizaciones civiles y militares de carácter ofensivo y defensivo que se imponen casi siempre sobre las tendencia unificadores y sobria convivencia.
Así como una larga convivencia degrada el sentido de pueblo diferente, el ardor que se coloca en las fronteras del poblado origina el orgullo patrio, el orgullo de la tierra ocupada, la magia de la geografía. Marca fronteras límites inviolables, construye fortalezas infranqueables, frena la voracidad expansiva del vecino y refuerza la propia. La muralla de las fronteras es producto guerras y pactos totalmente convencionales y arbitrarios. Pactos hechos en tiempos cercanos en la conciencia de los pueblos y por lo tanto mucho más frágiles y pactos perdidos en el tiempo como de largos movimiento y convenios étnicos y por lo tanto mucho más estables. Las naciones civilizadas actuales y viejos pueblos africanos entremezclados en fronteras confusas. Ambas igualmente falaces. La geografía tiene menos hondura que la antropología, menos longitud temporal, menos contenido biológico. Las fronteras son mucho más frágiles y convencionales que la hermandad étnica. Mucho más convencional y por lo tanto más inestable a no ser la etnia coincide con la geografía y entonces el acto mágico se refuerza y endurece Las parcelas nacionales, los estados asociados a una geografía, son formaciones epidérmicas, superficiales, muy visibles en las relaciones coetáneas de los pueblos y muy frágiles en sus trazados, a veces muy recientes, y por lo tanto mucho más vulnerables a los avatares de la historia que las huellas marcadas por la biología compartida.
El estado moderno, la nación en sentido político, aparte del sentido asociativo que justifica estructura política de las naciones actuales, tiene como base un pequeño o grande rincón de la tierra, se integra dentro de una geografía. Posesión de la tierra. Solución de una marca en la arena, con costumbre y pactos con los vecinos, regionales o internacionales relativamente cercanos, donde se integran los afectos de la patria chica y los entrañables afectos familiares, se entremezclan con los amores de patrias grandes y forma la unidades políticas, las regionales, los municipios, los señoríos feudales, las autonomías con diferentes grados de relación y diferentes títulos para poseer la tierra. La demarcación territorial señalada por las costumbres y las leyes, con otras convenciones y sus códigos de tradiciones, las creencias, principios morales, los ritos, las lenguas, contribuyen a la cohesión de los grupos humanos. Pero no son razones de validez absoluta. La nación es simple pacto convencional muy frágil. Los derechos son sobre las personas no sobre la geografía. De hecho pocas veces las etnias coinciden con las demarcaciones geográficas o practican las mismas costumbres o hablan la misma lengua y adoran los mismos dioses. Incluso hay pueblos que no han logrado conquistar con independencia un trozo de tierra o han sido despojados violentamente de ella por otros más poderosos o prefieren la trashumancia geográfica tradicional sobre las convencionales e interesadas divisiones trazadas por potencias coloniales con referencia a los meridianos y paralelos. Hay pueblos errantes sin horizontes fijos y hay tierras compartidas por grupos étnicos diferentes. Por eso es tan fuerte la tensión de las fronteras y factor contumaz en el fermento de conflictos en esta tierra civilizada. Imposible tarea pretender desenredar la inextricable madeja de etnias diferentes dentro de sus propias demarcaciones geográficas. La geografía ni es una nación ni es un pueblo homogéneo.
Ni un pueblo diferente implica una nación independiente ni un territorio propio. En las actuales naciones convencionales hay zonas geográficas imprecisas y sin fijar suficientemente. Hay injusticias latentes con tensiones bélicas siempre a la vista. Hay imposiciones arbitrarias de pueblos vencedores, violencias consumadas que se disimulan con alambradas de púas mortales y descargas eléctricas, con muros de hormigón como telones de acero, dudosas zonas desmilitarizadas y viejos conflictos fronterizos no resueltos siempre aplazados. Estos convencionalismos son causa de enconadas fricciones bélicas entre pueblos cercanos. Las líneas fronterizas son más quebradizas e inconsistentes que la cohesión de otras deformaciones mágicas como la raza, incluso las lenguas, las religiones, que pueden integrar a unos grupos dentro de otros y con tendencia a diluirse en el poderío de las grandes unidades de la globalización. Tendencia a extinguirse. Y aún esta unidad geográfica, a veces multiétnica, encerrada dentro de sus murallas inexpugnables, no es menos engañosa y falaz que la afinidad consanguínea. Después de todo es la ley de conquistadores y los pactos de guerras perdidas, símbolos que se adhieren a las notas de un himno marcial caprichoso, a las reverencias a un estandarte multicolor y convenios colectivos tan sinceros como traicioneros. Unas veces impuestos por las armas, otras establecido por tratados pacíficos más o menos justos, marcas naturales que señala la corriente de un río caudaloso, por la sombra de unas montañas inaccesibles, por unas viejas murallas seculares. Las fronteras se mantienen en puntos de equilibrio inestable que imponen las prácticas de tradiciones no demasiado alejadas en el tiempo. Muchas naciones actuales tienen configuración muy reciente, este siglo y el siglo pasado, y los procesos de autonomía no han cerrado todavía el círculo. Mucho más recientes y convencionales que las marcas étnicas que han grabado los siglos en su perfil antropológico.
El afecto de la tierra se endurece y mitifica en las ventajas que reporta su posesión como espacio vital y como base de la riqueza material de sus pobladores. Ahí reside el mito. Se exageran las dimensiones de las pequeñas conquistas o se ritualizan los complejos hábitos de vida compartida o se idolatran los productos de fabricación casera. Otra vez enarbolado el afecto popular que ofrecen unas murallas fuertes y una tierra próspera y sagrada, el fetiche de un monte mágico y el fanatismo del afecto de la patria chica. El sentimiento patrio se transforma en fetiche religioso. El pacto se hace dogma y la bandera que ondea al viento en las guerras o después de ellas el dios sagrado de la tribu por la que se vive, se mata o se muere. Bandera de bucaneros. La mitomanía humana se ensaña, como en los vínculos sanguíneos, en las partes oscuras de la mente, en las fronteras delimitadas por vallas, por ríos, por muros, por cordilleras, por alambres de púa. En los mapas está bien definido por trazos continuos inviolables; protegidos por la fuerza de unas leyes propias, por ritos fatales de pueblos inmaduros, por ejércitos poderosos, por arsenales atómicos, por banderas inviolables que ondean en puntos estratégicos, por pactos firmados en climas bélicos de vencidos y vencedores. Estas líneas son arbitrarias y forman la última superposición de infinitas oleadas de poseedores diferentes que la marea del tiempo ha llevado y traído durante muchos siglos y el rudo estilo de una convivencia que regula las ambiciones de unos pueblos y otros en cada bando de las fronteras.
Existen pueblos sin residencia fija, errantes de su destino, víctimas del acontecer histórico voluntario o forzoso. Beduinos y judíos ante de asentarse en secuestro de las tierras de sus vecinos. Los kurdos dispersos en varios pueblos. África es un continente segmentado geométricamente, a escala de los intereses coloniales, con regla y compás, sin el menor respeto a los componentes étnicos de pueblos ácratas y trashumantes sin el menor concepto de estado. Son naciones artificiales. Otros comparten un idéntico ideal de vida en unidades políticas diferentes, federadas, confederadas, o autonómicas, separados por fronteras poco permeables y diferencias étnicas muy diferentes. Hay pueblos sin patria, exiliados voluntarios y forzosos en tierras dominadas, pueblos errantes, trashumantes y apátridas. Pocos grupos homogéneos comparten el mismo círculo geográfico y el mismo sentimiento nacional. El orgullo de la raza y el sentimiento de las fronteras se entrecruzan caprichosamente de muchas maneras. Torbellinos de afectos ciegos, Hombres que viven y mueren por ellos. Fuerzas subterráneas en remolinos destructores. Los camicaces y los hombres bombas. El afecto común de los que viven cerca y el mismo afecto nacional hacen combinaciones explosivas y destructoras. Pocas veces conviven en paz. El concepto de etnia no se identifica con la geografía. Tanto si las etnias se consideran en su lejana dimensión diacrónica en cuya profundidad el hombre desconoce totalmente su pasado, como si se consideran en los avatares de los últimos siglos donde su entramado se hace laberíntico y naturalmente mestizo y combinado. Su naturaleza es siempre móvil y caprichosa. Nadie puede arrogarse la pretensión de contener el espacio o el tiempo en moldes absolutos ni inventar afinidades étnicas y cotos nacionales a capricho. El tiempo es relativo; pero merece respeto. Y cada nación de hoy es producto de muchos conflictos pasados, de muchas revoluciones, de muchos tratados que nadie puede recomponer o suprimir de un plumazo. Nadie puede pretender que la historia deje de ser lo que es a gusto de magos y profetas. La utopía de los nuevos nacionalismos y salvadores de patrias son sombras alucinadas y monstruos del pasado.
Muchos repartos leoninos de la tierra que los más fuertes imponen a los más débiles en tiempos de invasiones y colonias se mantienen hoy en nombre de los hechos consumados. Nación y pueblo, genética y geografía. Hoy resulta más exacto hablar ya de factores culturales comunes como elemento aglutinante de pueblos mucho más que el grupo sanguíneo o el origen geográfico. No vale la unidad que deriva de los repartos hechos por grupos vencedores que se equilibran con las venganzas reprimidas de otros. No valen las acciones y reacciones violentas de unos imperios sobre otros pueblos más débiles. No vale la ley de los ejércitos y la intimidación de las armas. Son ya etapas inmaduras de la historia. Si el seguimiento de las etnias humanas es imposible la falsedad de las fronteras es todavía más quebradiza. Como el movimiento de las olas en los océanos, como el movimiento de las dunas en los desiertos, como la corriente de la afectividad popular en las manos de sus profetas temporeros, así se mueven las líneas fronterizas. Infinitas superposiciones de unas sobre otras, cambios limítrofes que corrigen los errores de otros cambios precedentes Sólo los valores de una cultura nueva, la progresiva asimilación de los derechos universales, la solidad cósmica, la cultura unitaria, participativa, integradora, que sobrevuela sobre las diferencias miasmáticas y borrosas de las etnias y los pueblos y se impone lentamente como principio de concordia y convivencia universal. Una cultura universal que es capaz de hacer verdaderamente libres a los hombres y a los pueblos futuros.
La ambición humana ensancha y reduce constantemente la tierra que ocupa y el campo vital de su supervivencia de acuerdo al poderío militar. Las líneas fronterizas se afincan en nombre de leyes y protocolos firmados a la voluntad de los más fuertes y pocas veces en nombre de la justicia. Líneas que se mantienen en nombre de supuestos bélicos que sirven para unos tiempos y no valen para otros, en nombre de leyes que se fabrican en pactos implícitos y explícitos de unos pueblos y otros con una errónea pretensión de la historia futura que nadie posee. Líneas que se justifican en prejuicios raciales y someten el comportamiento de los individuos y de los pueblos a un supuesto esquema del bien y del mal aceptado gratuitamente por una sola parte. Lo que es bueno para unos es malo para otros, lo que hoy es justo ya será mañana injusto, la ambición desmesurada de unos coincide con la dignidad humillada de otros. Tan acomodaticia es la geografía como la moral que la impone, la legalidad de unos se alimenta en la injusticia de otros. Las mismas razones de justicia que invocan los contendientes de un bando valen para justificar las pretensiones del bando contrario. Relativismo social convertido en privilegio propio. Después de todo el planeta tierra es una propiedad comunitaria -lo que obliga a la solidaridad ecológica de todos- y no es propiedad absoluta ni exclusiva de nadie. La propiedad consideración social es una usurpación.
Ni héroes ni mártires. El orgullo de morir en las fronteras, morir por la patria, por incluso por ideas, por ideales sublimes, inmolarse como héroes o mártires, es la pervivencia moderna de otra gran mentira con rostro del color la tierra que se habita y la bandera que defiende. Una gota de sangre, el sacrificio de los caídos en combate, las muertes colaterales de las guerras modernas que asesinan inocentes sin que conozcan las causas, el llanto de cada madre en los funerales del hijo coronado de flores y con medallas póstumas al mérito, vale más que la justicia que promueven todas las guerras juntas, más que el palmo de tierra que se defiende o se ataca, más que el orgullo patrio de los imperios y la aureolo inmarcesible de cualquier ideología o sagrado ideal. La visión actual del mapa político muestra ya desde el principio la extraña distribución de la tierra y las raras combinaciones demográficas en la sinuosidad caprichosa de los inventos políticos y su estética policromía en los mapas. Muestra evidente de la incapacidad humana para hacer un mundo sin fronteras, sin parcelas y sin recodos. Capricho de naciones poderosas, vallas caprichosas, alambradas entre pueblos vecinos, impermeabilización de la contaminación del extranjero. “El contrario es malo y nosotros somos mejores”. Las disgregación es la razón de litigios fronterizos, grandes y pequeños, el mito de los muros, el engaño de los mojones, es la tendencia autista a mirar el propio ombligo sin perspectivas no horizontes, a veces la zancadilla de pueblos conservadores a los caminan de prisa con la frente levantada hacia el futuro.
El progreso es camino al futuro. Acumulación de los bienes comunes de la cultura universal y la suma de las grandes conquistas de los habitantes de la tierra. El concepto de patria, como soberanía de la tierra, solo tiene connotaciones muy relativas y concretas, no es válido como criterio para etiquetar culturas diferentes y privilegios diferenciales precisamente por su contingencia y veleidad. La línea geográfica es el capricho de unos acontecimientos cercanos, la cicatriz de alguna escaramuza reciente y no un valor absoluto. A veces algunas escaramuzas, como el resultado de algunas guerras producen frutos universales. La “igualdad” de la revolución francesa y la “libertad” de muchas guerras emancipadoras. Las demarcaciones geográficas, por lo demás, son circunstancias históricas más o menos lejanas con el desarrollo de los derechos y la maduración humana. El hombre es cosmopolita, superior a las alambras que lo separan de los demás La cultura está sobre las fronteras. Aún, a pesar de ellas, la ósmosis cultural se produce siempre porque las conquistas humanas son expansivas y contagiosas. Todavía no está repartida de forma uniforme y existen diferentes grados de participación. Existen zonas opuestos muy distantes entre pueblos desarrollados y pueblos deprimidos. La cultura no pude encerrarse en el aprisco de la nación propia o en el territorio soberanista frente a grandes zonas de marginalidad de pueblos dominados y sometidos. El aislamiento se convierte en incultura y anticultura que a su vez es fácil recurso para la subordinación y la dependencia. Y la ósmosis se hace más difícil cuando no hay interés en compartirla o falta de oportunidades o se usa la ignorancia como falsa estrategia de progreso.
La cultura, la cultura universal, la humanización, que no es solo el número estadística de analfabetismo ni siquiera títulos universitarios, avanza a pesar de las fronteras y la fragmentación en parcelas de la tierra; pero se avanza poco. La conciencia de la dignidad propia, la lucha por la libertad y los derechos humanos, el empeño de quienes intentan saltar los muros y romper amarras, es creciente. Hay emigración “ilegal” y peligrosa en la propia tierra, hay frágiles pateras y balsas que desafían las procelosas aguas del mar con rumbo incierto donde mueren o son deportados, hay emigraciones voluntarias y forzosas. La libertad se exige en proclamas bélicas o temerarias acciones subversivas y se reprime en masacres colectivas de inocentes sin opción a la palabra y al diálogo. Crece, como acción reactiva, el rechazo xenófobo y la discriminación por razón el color de su pasaporte, por el color de la piel, por los rasgos de la cara: Nace la política hipócrita de puertas abiertas cuando se necesita mano en las “galeras” y la clausura total cuando y su expulsión cuando estorban. Los mitos nacionales y la magia de las fronteras patrias grandes o chicas sobreviven porque todavía faltan organizaciones mundiales capaces de garantizar la seguridad de unos pueblos contra otros. Pero ese hecho no le resta magia al efecto geográfico. “Solo quien nada vale por sí mismo puede creer que hay mérito en haber nacido en un determinado lugar o bajo una determinada bandera”. ”El proyecto de nuestro destino europeo está en superar conceptos de segregación, racismo, xenofobia, que son hermanos bastardos del nacionalismo, incluso de las democracias”.
La historia enseña. Pero el hombre aprende mal de sus errores pretéritos. Las pequeñas ciudades griegas se unifican en las grandes conquistas alejandrinas bajo la magia de un líder carismático. Roma construye un gran imperio territorial que se rinde a la presión de los bárbaros y el poderío turco; estos entregan sus palacios a los hijos de Mahoma que ocupan buena parte del mundo. Las fronteras europeas se organizan en el vaivén de numerosas y largas guerras. La geografía política africana es el resultado de trazados geométricos de obedientes a intereses coloniales sin ningún respeto a sus organizaciones tribales y étnicas. Las naciones americanas son capitanías generales españolas y mercado colonial anexionista anglosajón. Mercado permanente de tierras en las fronteras. El mapa actual del este siglo se configura con violencia y con muchas fluctuaciones. Las líneas fronterizas, como las olas del mar, están en flujo y reflujo constante, con pactos ominosos, guerras injustas, y ejercicio de poder. Mucha sangre en los frentes. Porque las fronteras son mitos y el sentimiento patrio infla el orgullo de los líderes militares, monarcas y caudillos. Se desencadena el maquiavelismo político. Todo está permitido al “príncipe” para lograr el poder. “Todo por la patria y el rey”. Valores absolutos donde solo hay rapiña y circunstancias muy convencionales. Otra megalomanía colectiva. Sobre esta frágil estructura se establece el derecho y el orden internacional actual. Un castillo sobre arena, todo en el aire. Naciones grandes y pequeñas en una convivencia inestable entre el miedo constante de guerras frías y calientes que se cruzan siempre en camino de la paz. Naciones que se estratifican en el primer, en el segundo, en el tercer y, tal vez, el cuarto mundo, con importancia jerárquica. Las Naciones Unidas, un rudimento ensayo para recuperar el orden, un club de grandes potencias mal organizadas y con privilegios y derecho a voto para proteger los intereses de los vencedores con el aplauso forzado y la comparsa de las naciones pequeñas. Confuso trazado de líneas geométricas para un caótico mundo de ambiciones diplomáticas que no resuelven nada, un confuso orden que unos pueblos realizan en detrimento de otros. Y el gran obstáculo para la paz.
No es raro que hoy, al amparo de las corrientes libertarias que corren por el mundo, la crisis de las fronteras se más consciente en distintos rincones del planeta. Las fuerzas integradoras avanzan y, a pesar de todo, las líneas fronterizas se diluyen y debilitan lentamente. Hay crisis de fronteras que es quiebra del mito. La tierra es habitáculo común del hombre. Desparecieron las alcabalas, sobran las alcabalas y tal vez el mismo mito del “pueblo”. También mítico pero más consistencia, puede reorganizar la convivencia en grandes unidades primarias de convivencia. Es natural. El sentido solidario crece en este siglo y el planeta azul se encoge. Para vergüenza propia todavía hay trincheras y mucha sangre todavía. Cayeron las murallas del imperio alejandrino, las dinastías faraónicas, cayeron las marcas napoleónicas, los califatos, los señoríos feudales y el poder de los reyes absolutos, lo mismo que los poderosos emperadores romanos, lo mismo que las dictaduras más despóticas, lo mismo que las democracias más liberales, lo mismo que caerán los sueños míticos de este siglo. Se deshace lentamente el mito de la independencia absoluta bajo el contacto de los valores universales del hombre. No hay hombres ni pueblos solos. No puede haberlos. La independencia, el aislamiento, la segregación, son términos que ya no significa nada, una utopía extemporánea y arcaica. En todo caso, sólo cambio de dueño o cambio de relaciones diplomáticas. Ya no existe más que una comunidad histórica mundial irrenunciable.
Tanto en sus sueños caseros, producto de pequeños triunfos, como en su afán expansionista de sus grandes ideales, confirma en cada tiempo su instinto insolidario y la razón mágica de sus supersticiones. Triunfo de la mediocridad que no conduce a nada. También el espacio común, como el tiempo común, se incorporan fácilmente a las zonas ciegas de la emoción colectiva que no responde a nada. Y lo que debiera ser motivo de celebraciones festivas y solidarias se convierte en conflictos bélicos. El hombre se integra en su mundo físico como en una sola vivencia temporal, como en su hábitat cultural propio como el aire que respiran y la luz que reciben de las estrellas. De la misma forma que los animales en sus cuevas, el hombre se cobija en el valle que lo defiende, anida en la ribera de un río almo, convierte el aprisco que ocupa en herencia sagrada, diviniza sus convenciones, mitifica el color de su bandera como las pequeñas instituciones, como adora a sus iconos, como ama a sus seres queridos. Y se defiende, recela y resiste la agresión de los usurpadores extraños. Desarrolla el instinto de rapiña, el derecho de guerra, la violencia al agresor, el fetichismo de la tierra, brota con el mismo entusiasmo que se agranda el sentimiento de la patria común y la raza propia.
Absurdo es dejar la vida, esta corta y fascinante vida que se nos concedido, en una frontera que se ha impuesto por la violencia encadenada de unos pueblos sobre otros con resultado de invasiones, provocadas casi siempre por los más fuertes e imposiciones de la voluntad caprichosa de hombres alucinados y profetas fabricados a la medida de los fracasos de su medio social. Los mesías representan la urgencia de cada tiempo. A veces son buenos y a veces son sus aberraciones. Casi siempre mueren crucificados. Sus ideales se propagan en formas de cruentas e incruentas guerras entre unos bandos y otros. El signo de su ignorancia puede pasar a los pendones victoriosos de sus seguidores, hacer guerras santas y crueles y organizar poderosos imperios teocráticos. A veces el yugo de su poder somete a las instituciones civiles y la opresión se impone a las conciencias en nombre de preceptos morales superiores. La subordinación moral es más fuerte que la dependencia política. Recuérdese la filtración silenciosa del cristianismo y otras religiones en todos los continentes, las feroces guerras santas libradas hasta hoy en su nombre en todos los siglos. Los mitos de patria y religión que recuerdan viejas instituciones mixtas y los teocratismos actuales que son tan halagadores como mentirosos. Ideas perversas, como carcoma social, que se alimenta de sangre humana, no pueden ser buenas, ni siquiera ideas.
La magia fronteriza es factor desestabilizador. Es explosiva. El hombre modela su entorno con la misma fuerza que puede destruirlo en sus pasiones sociales incontenibles. Las alarmas mundiales del ecologismo, de los verdes, del pacifismo en defensa del medio natural son completamente legítimas. Los gritos por un mundo sin fronteras, el cosmopolitismo actual, a pesar de los crueles duendes caseros que todavía habitan esta tierra, hacen cada día más clara la convivencia solidaria. Los nuevos parámetros culturales influyen ya en la configuración demográfica, en la formación de las nuevas costumbres, en las organizaciones mundiales que tímidamente amortiguan los conflictos. El hombre es parte del espacio que habita. Si la sangre es herencia biológica, y el producto social legado cultural, la geografía impone su propio determinismo telúrico en el cuerpo y en el alma de sus inquilinos, en sus rasgos físicos y en sus rasgos síquicos y en pequeñas pecas diferenciales que también deben ser tenidas en cuenta. Los hombres de la misma geografía tienen características semejantes por efecto biológico, por el mimetismo cultural de los mismos criterios morales compartidos. Las diferencias existen pero nunca en proporción que se puedan contraponer esos rasgos diferenciadores a las grandes conquistas humanizadoras comunes.
El mundo occidental, sede de viejas civilizaciones y mosaicos superpuestos de etnias que luchan juntas por el círculo de tierra que pisan, todavía viven inseguras en la idea nacional que han heredado recientemente de sus antepasados, avanzan tímidamente por el camino de la integración. Sus miedos atávicos atenazan interiormente su evolución. Si son absurdas las luchas raciales, no son peores las intrigas fronterizas y los conflictos que provocan sus demarcaciones territoriales. La frontera entre los pueblos se hace cada día tan borrosa como las marcas del minifundio agrario tradicional ante la industria agraria. Se diluyen a medida que aumenta la cultura mundial. Mañana serán fósiles que se estudiarán en las escuelas como errores del pasado. Hoy crean miedos mágicos a fundir los momentos gloriosos de sus viejos imperios en la historia común europea. Ahí está la peligrosa eclosión de las nacionalidades rusas oprimidas durante mucho tiempo, el ejemplo sangrante de los Balcanes que nunca debió pagar la fractura de su corta o larga historia común en con ríos de sangre, el letargo de muchos pueblos que todavía viven la somnolencia tribal de su primitivismo y el fundamentalismo árabe que todavía no ha despertados de sus siglos oscurantismo teocrático.
Ocho siglos de convivencia hispano-árabe no fueron suficientes para disminuir las diferencias políticas y religiosas de los dos pueblos. Sin embargo su convivencia en el mismo hogar ibérico le ha concedido puntos de encuentro comunes y formas de vida tan iguales que todavía a este hecho hoy no se le ha ofrecido la importancia que tiene. Ni alminaretes árabes, ni los decálogos religiosos, ni la interpretación de la mujer como elemento sometido en la sociedad humana, ni la forma y los instrumentos de cultivar la tierra, son tan diferentes unos de otros. Hasta ayer la mujer hispana se tapó la cara en el templo y llevó el vestido largo como una chillaba y se escondió en el interior del hogar. Hasta ayer las mulas hispanas sacaban agua de la tierra con una lenta noria, hasta ayer aquí se rezaba casi por obligación legal impuesta por ley como lo hacen hoy los musulmanes del mundo. Y si no se visita la Meca se mira a Roma, o a Jerusalén o a Santiago. El trato que los árabes dan hoy a la mujer se defendió siempre como excelente virtud de la mujer hispana a esta parte del estrecho. No son las diferencias. Son los mitos, unas fronteras que se han movido incesantemente durante siglos y hoy ahí está con toda su injusticia vigente.
Destino caprichoso de la historia. Unos pueblos nacen con más suerte que otros. La cultura grecorromana, ante las invasiones de los bárbaros del norte tuvo más fortuna que las culturas precolombinas ante las conquistas españolas. Las cien nacionalidades soviéticas que reclaman hoy el respeto de su vieja dignidad perdida ante el mito de una supuesta rusificación, no evitarán la tentación de nuevos errores si no mueren antes los viejos mitos de sus nacionalismos disgregadores. Ojalá que la fiesta de la libertad de mil pueblos oprimidos se realice en el abrazo común de los pueblos más evolucionados. Ojalá se evite el caos atomicista que se remueve en los avisperos del nacionalismo excluyente. Todavía hoy pululan errantes por las selvas americanas las sombras vivientes de unos pueblos que se resisten a entrar en la fiesta de la modernidad. Rubor de su vergüenza tribal, de la doma colonial y el aislamiento geográfico. Ojalá la euforia de unas fiestas centenarias no disimule el luto del genocidio de muchas etnias extinguidas o tiranos vigentes. Las últimas fronteras europeas, la fragilidad de la división de las tierras americanas, las caprichosas líneas divisorias africanas, hablan de los errores que se esconden en las arrugas de la vieja conciencia de los pueblos colonizadores de antes y ahora.
La unidad teocrática de las católicas monarquías, asentada entre fiestas nacionales de carácter inquisitorial y pretendidos ideales religiosos, en furiosa saña contra herejes y renegados, con delitos de lesa patria, entre grandes intrigas de odios y venganzas populares asentaron una unidad política dramática y sañuda que nunca antes había conocido el solar hispano, mezcla secular de pueblos y civilizaciones en continuo flujo y reflujo de alegres victorias y doloridos lamentos de vencidos. Con la unidad ibérica se asentó la atonía de la vida y los estratos privilegiados de los estamentos privilegiados que han entrado en crisis en la edad moderna y todavía mantienen los resabios de su viejo orden en la clandestinidad y la nostalgia de muchos. Tal vez la realidad de España se entienda mejor en la superación del tiempo actual, en la unidad de muchos pueblos que señalan la constante vital de este tiempo, evidencia de la igual naturaleza del hombre que nace desnudo y sin privilegios, sin títulos ni vasallajes, igual en las literas de los pobres y en las clínicas de los ricos.
Las invasiones, las treguas, las declaraciones de guerra, las victorias bélicas, se celebran con fiestas macabras sobre las tumbas de los que han muerto o van a morir. Su voz no la recoge nadie; pero el silencio de sus tumbas es acusador. El absurdo del mito y la borrachera de las ideas falsas. Para ensanchar las fronteras han nacido las guerras santas del pasado y del presente, por las fronteras nacen las guerras civiles, las grandes cruzadas se han realizo en nombre de lugares sagrados. Muchos estados unidos de hoy no son más que trofeos bélicos y convenios pactados con las armas en la mano. La rebeldía violenta y explosiva, que se esconde en los armisticios de los vencidos, es el único testimonio de las traiciones cometidas en la prepotencia de los grandes. La facultad de fabular de los pueblos se encarga de justificar o cauterizar la conciencia de los vencidos y en vez de establecer los criterios de la justicia hace la ética a medida de los hechos consumados,
De la misma forma que se celebra el orgullo de las fiestas nacionales y se mitifica la sinuosidad de las líneas fronterizas, se celebran las difíciles conferencias de paz, se pasa revisión a las supersticiones que movieron a viejos guerreros en su lucha contra las tribus vecinas. Origen de ritos y leyendas y las megalomanías humanas. Se desfiguran los símbolos de la patria, nace el expansionismo de las naciones grandes y la rebeldía siempre viva de las naciones pequeñas; se funden unas en otras, se disgregan a merced de caprichosos pretextos. Las razones de las conquistas americanas, la expansión colonialista europea, la desintegración de unas al final de la guerra y la integración de otros en los últimos tiempos, es producto del mismo fetiche. Fastuosas mentiras. La misma vanidad de ser de un continente o de otros, de llevar un gentilicio u otro. Nada más falso y caprichoso que las diferencias nacionales que hoy amenazan al equilibrio mundial de los pueblos. Todos ellos tienen al fondo una poderosa carga de violencia que ofrecieron o recibieron de sus mismos ancestros.
Nada existe de perdurable en las fronteras más que la acumulación de afectos colectivos y la mentira edificada sobre su crónica ignorancia, ciega irracionalidad de sentimientos culturales y contra la cultural y frustración de los pueblos cercanos trashumantes como forma del legado a sus descendientes. El hombre es un torpe animal que no aprende en sus errores y tropieza todos los días en los mismos fantasmas de sus progenitores con toda la basura acumulada y los mínimos criterios de reflexión social. Las fronteras son los elementos más cambiantes al mismo tiempo que aspectos totalmente arbitrarios y convencionales. Mentiras colectivas que no han podido desenredarse de los elementos de su irracionalidad a pesar de la magia de sus caudillos. Nunca son estables ni definitivas. Nada hay perdurable en una frontera que no sea producto de una larga historia y consecución de los tratados de sucesivas guerras. La pretensión fanática de mantenerlas es tan falsa como la estabilidad de esbeltas piezas de arcilla y el poder de ídolos modelados en barro. Si asistimos al deterioro de la cohesión racial en unidades concéntricas superiores el asentamiento de las líneas geográficas es mucho menos consistente y no puede ser una utopía augurar la desmitificación de las fronteras geográficas como se caerán también las grandes diferencias étnicas de los pueblos más alejados.
Nuevo chauvinismo. Fantasía es eternizar el habitáculo social bajo el cobijo de nimios efectos caseros porque los juegos de la conducta popular son a veces atentados contra la sociabilidad. Virus del progreso y fantasías chauvinistas. Anticuerpos sociales con apariencia de civilidad. Pequeñas termitas destructoras que carcomen, al amparo de de la impunidad y la tolerancia social, las bases de la convivencia solidaria. Pueblos narcisistas fascinados con brillo de una pretendida pureza de sangre diferente y el esplendor de sus murallas impermeables y la seguridad sofisticado de sus arsenales de guerra. El helenismo griego, los sueños napoleónicos, la megalomanía nacionalista hitleriana, el sionismo reciente, las teocracias árabes, son secuelas normales y reacciones reactivas a los complejos de la tierra. Mito de la tierra. Lo mismo que el neoimperialismo anglosajón, el humillado mesianismo soviético, las unidades multinacionales bajo la hégira de viejas ideas patrias, se han podido instalar en un tiempo determinado de la historia. Ni podrán hacerlo ahora sin integrar su acción en el proceso humanizador global, sin una sucesiva superación humana, libre y respetuosa, tolerante y solidaria, en círculos cada día más amplios de la cultura universal, sin el mágico desencantador de unas fronteras inútiles dentro de una unidad mundial efectiva.
Se borrarán las lindes, unos pueblos se asentarán sobre el solar de los otros, nacerán los reinos de taifas, de la misma forma que ha sucedido en otros grupos humanos antiguos y recientes. La unidad creciente de los pueblos borra el convencionalismo de las tierras que se ocupan. Pueblos hubo ajenos a todo sentimiento patrio y con escaso sentimiento de la tierra con escaso sentido del tiempo y del espacio. La conciencia nacional es muy reciente, ha crecido como un monstruo gigante al amparo de grandes imperios, al paso de sus ejércitos y poderosas máquinas bélicas. El feudo destructor del monstruo se expande. En los últimos siglos se han ido aglutinando pueblos en torno a héroes y caudillos, en torno a sus banderas, en torno a sus himnos nacionales, dentro de poderosos sistemas defensivos, al cobijo de poderosas máquinas ofensivas. Aunque sea conquista de la ciencia nueva producto de la técnica, ahora son máquinas peligrosas.
Han surgido gritos nacionalistas en todas partes del mundo en favor de la independencia. La independencia de los pueblos dominados por potencias europeas, independencia de las colonias americanas, y la independencia de los pueblos asiáticos y africanos, es la reacción legítima contra la opresión y la formación de nuevos mitos de mando iguales. Y el renacimiento del sentido de dignidad y libertad propia todavía implica en el mundo la existencia de territorios dominados, colonias anacrónicas, territorios administrados, países libres asociados, como restos extemporáneos del mito de los viejos imperios coloniales. La falsa fragmentación de los pueblos africanos y la naciente transparencia rusa, la vergüenza de los muros entre pueblos hermanos, la violencia política sobre tradicionales pueblos ácratas, la opresión de unas fronteras impuestas. Rusia admite sus errores. Pero todavía existe el colonialismo encubierto de los pueblos armados; todavía hoy la libertad de unos es despojo de la libertad de otros; pero ese mismo sentido de libertad es un factor cultural que borra las fronteras geográficas con el entusiasmo de un hogar común. Ya renace en el rundo un nuevo sentimiento nacional aunque la marca de los mitos del pasado se resistan a desaparecer. Esa marca que señala diferencias mucho más que completa la fraternidad mundial. El mito de siempre que no ha permitido hallar el mecanismo de conjurar conflictos regionales perturbadores o apagar los incendios bélicos que pueden originar profetas alucinados en cualquier parte del mundo y en cualquier momento.
En el otro extremo está en mismo sentimiento perturbador de la independencia absoluta. Los movimientos radicales y la prepotencia de los poderes establecidos. La independencia en el sentido estricto es una acepción que debe desaparecer de las páginas del diccionario. Ya nadie puede ser independiente ni disfrutar de soberanía absoluta. Como el hombre tiene una actividad limitada por los cuatro costados y su pretendida independencia es sólo una coartada de una autonomía que nunca puede disfrutar en el mundo, la independencia nunca puede ser absoluta. La propiedad de la tierra, tampoco. Nadie es absolutamente libre, ningún pueblo es absolutamente independiente. Y a media que aumentas las comunicaciones y a medida que se reducen las distancia la posibilidad de estar sólo y actuar solos y ser dueños absolutos de las cosas, es menor. Somos solidarios. Todo el mundo depende de todos. Nadie puede vivir en una isla solitaria ni disfrutar en solitario de los productos de la tierra.
La paz no ha sido posible. Hay poderosas unidades económicas; pero existen frágiles estructuras políticas que amenazan la disgregación progresiva. La unidad mundial puede ser pronto una realidad histórica que cubra de vergüenza el tiempo pasado y devuelva el entusiasmo de una convivencia tranquila y estable para todas las generaciones que abominan la guerra y aman la paz. Los pequeños demonios de los pueblos no se han extinguido. Cuando se presagia el fin de la guerra fría, cuando la transparencia recorre el mundo con auras de esperanzas nuevas, todo se llena de duda ante la incapacidad de la diplomacia mundial, la capacidad del diálogo, que no logra calmar la conciencia incendiaria de un beduino árabe que reclama la dignidad de un pueblo vencido y las reivindicaciones de su pueblo largamente humillado. La tierra blanda de muchas injusticias nacionales es pasto propicio para los incendios bélicos y ante los grandes poderes centrales son caldo de cultivo para la ponzoña perturbadora de los pequeños nacionalismos.
La cultura occidental sufre el fracaso de su acción negociadora en los tratados integradores y acaso entienda la lección de un orden nuevo en las relaciones mundiales, la desmitificación del inútil concepto de fronteras diferentes ante el empuje de la fuerza unitaria. La guerra es una actividad salvaje impropia del hombre civilizado. Pero la guerra todavía se justifica con pretextos civilizados cuando ha terminado su escasa capacidad negociadora para resolver el problema de su fraternidad común. La revolución francesa puso la primera piedra; pero los procesos de humanización colectiva del hombre todavía no se han realizado. La fraternidad no existe y el fanatismo que resiste la acción civilizadora de otros es el mito egoísta de sus individualismos La justicia es ajena a esta tierra. Las contrarrevoluciones se forjan en el orgullo de otras revoluciones y las fuerzas centralizadoras generan reacciones poderosas en sentido contrario. La incapacidad negociadora crea los antígenos de reacción contraria.
El hombre ha sido incapaz de armar los mecanismos de la paz mientras ha realizado grandes montajes bélicos. Nunca podrá brotar la paz humana sobre mecanismos belicosos. Los nacionalismos actuales son la bonanza engañosa que surge después de fuertes fuerzas centralizados de otros nacionalismos superiores, Este siglo, después de años de guerras y largas tensiones bélicas entre bloques poderosos, vislumbra el desmantelamiento de los bloques, habla un lenguaje de distensión internacional, plantea la destrucción de los arsenales. Sin embargo, los nacionalismos actuales son corrientes antihistóricas totalmente anacrónicas basadas en el mito de la propia geografía, tan peligrosos como la defensa de la identidad de los glóbulos rojos en el torrente circulatorio de los pueblos. Vano el empeño caprichoso de los estados nuevos.
Las fronteras geográficas son elementos opuestos a la paz y a la fraternidad entre los hombres. El afán expansionista subyace en el fondo de muchos conflictos humanos. Los imperios de todos los tiempos son episodios bochornosos fabricados con despojas de pueblos fronterizos. Latrocinios en cadena. Las potencias actuales son al mismo producto con etiquetas falsas. Las fronteras propias aíslan y separan; por un trozo más de tierra se cometen las mayores aberraciones históricas. El aislamiento desmorona y los pequeños nacionalismos modernos solo pueden justificarse como una formación reactiva contraria igualmente errónea y localista con el engaño de nuevos mitos. También serán engullidos en una visión unitaria de la historia. Tienen hullas profundas en la costra cultural de los pueblos. Seguirán siendo unidades concéntricas que tendrán un sentido unitario integrador al margen de toda valoración semántica; pero parte de una realidad unitaria del mundo.
La gran fiesta cósmica. La solución reside en la centralización del poder político mundial. Ya la tendencia está marcada. La distensión de los bloques se está desarmada. Y la solidaridad internacional es ya un hecho a poca distancia que diluye progresivamente la tensión entre unos bandos y otros y conjura el instinto bélico de líderes ambiciosos y sanguinarios, y las tentaciones guerreras de pueblos que conservan vivo el recuerdo de sus grandezas pasadas y sus humillaciones. Sólo la madurez diplomática y las formas civilizadas pueden mantener el equilibrio inestable europeo creado por el ocaso del mundo comunista. La caída del muro no justificará grandes faustos de nadie si no se aprende la lección negativa de sus errores. Su fracaso no debería fomentar la prepotencia de nadie sino la ardua tarea de llegar a una concordia universal definitiva y estable dentro de una lógica social. Las guerras con todo el séquito de horror y miedo son el baldón más negro y bochornoso que este siglo puede ofrecer a los siglos venideros.
Sólo la maduración humana, la asimilación de los valores culturales por todos los pueblos, la extinción de las costras de anticultura secular que provocan movimientos sísmicos destructores de irracionalidad como las placas teutónica en el centro de la tierra, la conciencia de que la tierra es el único hogar común de la raza humana, la convicción de que ya no hay hombres y pueblos diferentes sino simplemente hombres, la integración de todas las naciones, pueden hacer realidad los deseos pacifistas y justicieros de los hombres del mundo, la licencia definitiva de los ejércitos y la jubilación de los ministros de la guerra, la reconvención de todos los millones de defensa en organismos de paz y bienestar social. Ya no sirven los ejércitos que hoy se asientan en todas los pasos fronterizos marcando diferencias entre unos seres humanos, los cuantiosos gastos en la competencia armamentista militar y sobra todo el equipo bélico amontonan en sus arsenales como símbolo de muerte. Sobran todas las armas. Esa armas que alimentan los mitos anacrónicos que todavía sobreviven en la sociedad.
La guerra es un instinto negativo con vestigios de tiempos superados y un obstáculo para las perspectivas del hombre futuro. El belicismo tradicional, poderoso y cruel, no sirve. Los ejércitos son rebaños organizados de esclavos que se alistan en la salvaje empresa de matar o morir a voluntad de unos jefes que desconocen. Los líderes militares asentados en sus bunkers blindados de mando no tienen derecho a conducir a la muerte a millones de seres humanos, usarla como carne de cañón en nombre de falsas utopías que sean. Nunca consiguen la paz. Porque la paz no se logra por la violencia Las diferencias populares de nuestros abuelos se resolvía con torneos y duelos sin esconder la responsabilidad personal ni crear la masacre de esclavos en pretendidas guerras justas, el sufragio universal estableció el voto mayoritario para resolver las diferencias cívicas. Pero hoy todavía queda una total incapacidad de negociar y falta de responsabilidad solidaria para hacer análisis empáticos con objetividad y asumir las consecuencias. Los movimientos ecologistas, los movimientos pacifistas, el testimonio del hambre en el mundo, las diferencias entre ricos y pobres, exigen la reconversión de todo el sistema militar del universo.
Claudicará el nacionalismo miope como ha claudicado ya el nacionalismo grande. Carcoma fotófoba enquistada en su ensimismamiento. No tendrán que suprimirse los valores subjetivos del hombre frente a los grandes valores objetivos de una filosofía materialista ni someter al hombre a una organización social sin alma. No se sabe sí el futuro europeo serán federaciones de pueblos, estados unidos de Europa, naciones unidas de un continente dentro del otro gran organismo de las naciones unidas. No se sabe si contarán mucho o poco en los tratados la marca de las viejas fronteras, si el viejo nacionalismo seguirá todavía marcando las diferencias entre los distintos seres humanos del continente. Todo está todavía en proyecto porque el proceso civilizador es difícil y arduo. Pero refugiarse hoy ya en la inviolabilidad de las viejas fronteras, apoyarse en el sagrado nombre de las viejas naciones, que en realidad no son tan viejas, o en los pequeños nacionalismos que son todavía más sañudos, es un anacronismo aberrante, tanto como postrarse ante un monte sagrado, un río sagrado, el sol, ante las estrellas, un becerro de oro, un árbol totémico y ofrecer sacrificios humanos, vírgenes inocentes, niños inermes en su altares.
5.- EL MITO DE LAS RELIGIONES
La limitación humana. El hombre no sólo ha buscado la colaboración de los otros hombres en un esfuerzo de superación colectiva. Ha socializado sus instituciones al servicio de su seguridad en este planeta azul compartido. No sólo ha antropomorfizado la ciudad terrena a su imagen y semejanza e integrado en sus clanes familiares y tribales, sino que busca además el apoyo de los dioses para compensar la ilimitada magnitud de sus limitaciones básicas. La vida, todas la forma de vida, evolucionan en formas misteriosas. Y su limitación interna es el impulso de sus inventos y las grandes conquistas verdaderas y falsas. Cuando sus plantas hollan la dureza de la tierra hostil, cuando se oprime el corazón ante la existencia del mal inevitable en el mundo, cuando palpa la soledad de su existencia entre los astros y las bacterias, cuando sólo silencio encuentra a los interrogantes que acosan su mente, su origen y su destino, el origen del mundo y su funcionamiento interno, espontáneamente nace la imagen sobrehumana y misteriosa de sus dioses. Asume con sumisión ciega las creencias religiosas de sus padres o inventa nuevas deidades protectoras y benéficas para atender nuevas necesidades. Es el eco a sus querencias. Refuerzos a su debilidad y producto de su curiosidad insaciable. Nace la fábula adormecedora y las consoladoras mentiras y las nanas para dormir al niño-hombre en la cuna de sus limitaciones pueriles. Como se levantan mansiones terrenas se levantan grandes construcciones religiosas. Murallas y templos juntos. Dios y hombres juntos. Como se hacen alianzas humanas de conveniencia se hacen pactos religiosos con seres superiores. Códigos civiles y canónicos, verdaderos y falsos. No importa el engaño si calma el dolor. La religión, como la estructura militar, como su organización política, se ahínca en las frustraciones ineludibles del ser humano como solución a sus angustias y ambiciones, como respuesta a su impotencia ante la adversidad. Miopía voluntaria a la realidad de las cosas y fuga de la condición hostil y vulnerable de su entorno. Su dolor le conduce a la dependencia, su flaqueza le obliga a pactar con la omnipotencia de sus dioses, buenos y malos, amables y crueles, propios y ajenos. Los nombres a veces es lo de menos. El Zeus griego, es Dios Padre o Júpiter de los romanos, el Dios, Yavé o Mahoma de las religiones monoteístas.
Las religiones también tienen dimensiones humanas. Todas en mayor o menor grado son antropomórficas. En realidad un bálsamos sedantes que cauterizan la ruda experiencia de la vida en un mundo adverso. Un seguro ante el apremio de la muerte. El calor de los lares y las dulces promesas ultraterrenas, son respuestas angustiosas, inventos sucedáneos para calmar la indigencia humana. Los anhelos se objetivan en creencias y dogmas que acallan los las aspiraciones que difícilmente se pueden colmar por otro camino. La tormenta de la duda se sublima en solemnes profesiones de fe. Hermosas alucinaciones y horrendas desfiguraciones de la realidad, deformaciones oníricas que se sobreponen a la cruda realidad de las cosas y a los miedos del hombre perdido en los caminos de la vida, bajo la luz temblorosa de las estrellas, al borde del precipicio y ante los enigmas impenetrables del cosmos. Suspiros humanos convertidos en producto sagrado. Asalto a la ignorancia. Como toda manufactura humana, como el cálido afecto patrio, como el código de las costumbres caseras, la religión recoge la idiosincrasia del pueblo que las inventa, las trasmite y conserva de generación en generación. La indigencia hace al hombre crédulo e ingenuo. El sentimiento religioso enraíza en la necesidad y en los anhelos imposibles del hombre. Todos los pueblos poseen su historia religiosa, todos han creado sus propios dioses a su imagen y semejanza. Unos dioses sustituyen a otros, las religiones se organizan y renuevas sus instituciones muy lentamente y en largos plazos de tiempo con más dinamismo divino que humano hasta hacerse intemporales y eternas. Pero son igualmente perecederas. Se adaptan a los avatares de cada pueblo con ritos diferentes y muchas ofertas ultraterrenas y paraísos a gusto de las ansias de sus consumidores. El hecho social reiterado en la historia no demuestra más que el deseo enigmático de la supervivencia humana y su elemental instinto defensivo. Las religiones siguen siendo mitos creados a su propia medida.
No es el hombre la imagen de los dieses sino los dioses la imagen fiel de los pueblos que adornan su rostro, ponen en destello de su mirada sus propias angustias, programan los horizontes de su providencia, las dimensiones de sus templos y sus altares. El proceso confunde casi siempre el bien y el mal o se relativizan a capricho de misterios y dogmas. Las religiones nacen con buena intención. Prometen la felicidad a los hombres a largo plazo, compensan con promesas futuras las injusticias presentes. Algunas contribuyen a la formación de esas pequeñas cuotas de aportación a la cultura universal colaborando en conquistas humanas. La libertad de conciencia del cristianismo frente a las persecuciones imperiales, por ejemplo. En su empeño de salvar el naufragio original, sin embargo, inventan banderas blancas de muchos premios ultraterrenos y muchas promesas futuras que nadie puede llevar a la tabla de las comprobaciones. Es la bondadosa intención de la profecía de los enviados divinos y la autoridad de sus libros sagrados. Implican tal grado de sometimiento a sus fieles que degenera en actitudes perturbadoras de la vida social y producto negativo. El dogmatismo y las posturas sectarias. El origen es el elemento positivo del mito. A veces ciego y perverso. Las religiones aparecen inmaculadas en la mente de sus predicadores y acaso son bienhechoras aún dentro del campo alegre de sus fantasías y autosugestión consoladora. Unas veces drogas suaves, el opio de los chinos, la estimulante hoja de marihuana de los altiplanos andinos. Otras, drogas duras de prácticas degradantes y sacrificios ante dioses crueles. El grado de sumisión que exigen unos dioses es el grado de humillación que se impone a los fieles y el rechazo que se proyecta sobre otras creencias. La pretensión de verdades exclusivas es la negación de todas las demás. El grado de credibilidad que exigen unos profetas señala la inquina que generan contra otros. El proselitismo de unos es ofensivo a la dignidad de otros. Donde hay dogmas y fe ciega, no existe neutralidad. Cada profesión de fe es un acto de hostilidad con los infieles que no los aceptan.
Grandes obras se han realizado en nombre de muchas religiones. Y todavía se realizan. En favor de los pobres, de los enfermos, de los grupos marginales. No se puede negar la existencia de la bondad y la justicia en el mundo. Al menos en teoría. El sentimiento religioso es un poderoso impulso a la acción. Tan poderoso que pocas veces guarda sus límites. El bien y el mal se miden en dimensiones humanas sino en el capricho veleidoso que se atribuye a sus dioses, omnipotentes e infalibles. En su nombre se justifica todo, lo bueno y malo. En su nombre se hacen grandes obras de caridad y justicia en el mundo, incluso grandes obras humanas. Pero el mito, la mentira, la adulteración, la cizaña está en el mismo campo en oscura confusión. En su nombre se declaran guerras santas, en su nombre se realizan cruzadas, se conquistan imperios, se decretan proscripciones, se exige la sangre de los mártires, se encienden piras humanas, se perpetran torturas, se destruyen culturas, se discrimina caprichosamente al adversario, se alardea de la dudosa inocencia propia y vitupera al infiel. La historia humana se puede resumir más que en una historia sagrada cuajada de intrigas religiosas. La creencia conduce a la hipocresía. Una bandera para tapar muchas bajezas, las propias vergüenzas y los propios errores. Los dioses siempre bendicen a los suyos y maldicen a los enemigos. Son signos de contradicción. Manipulan los mecanismos ciegos de la razón que impulsan la conducta de los creyentes, incontenibles, talismanes para confundir el mal en bien o el bien en mal. Es la conciencia inmaculada de los “santos o elegidos o predestinados” que da derecho a todo y es implacable ente los obstáculos. Bellos nombres de negras realidades. La “Santas Cruzadas”, la “Santa Inquisición”, los “Santos Mártires”, “Ala siempre es grande”. Ahí se mata o se muere. El sentimiento religioso se ahínca más hondamente que otros mitos en la entraña de los pueblos porque su control cerebral reside en las zonas ciegas de la mente, pertenece al mundo de las creencias, al supuesto poder de las divinidades y al capricho sectario de sus predicares.
El dolor, ambrosía de de los dioses. La religión promete el paraíso que un día se perdió con la inocencia primigenia del ser humano. Cuando se abre la caja de Pandora y cuando se muerde la Manzana prohibida y se establece una frontera entre el bien y el mal. Cada religión hace la suya. Los paraísos perdidos son cantos a la privación y a la nostalgia de la patria ausente, sueños y alucinaciones sobre moradas ultraterrenas felices, moradas que nunca han existido y recubren los anhelos perdidos del ser humano y configuran el perfil de poderosas divinidades que hilan y deshilan el destino de los mortales a su voluntad. Se imita incluso la inmortalidad que es propia sólo de ellos y obsesión frustrante de los mortales. Fácil solución a los incontenibles deseos del hombre. Aquella tierra fantástica donde se colman las frustraciones humanas, un paraíso tan cierto para la ciega credulidad de unos como falso para la incredulidad de otros, tan lógico para los débiles como irracional para los incrédulos, tan obsesivo para unos como repulsivo para otros. Punto de discordia de las religiones. Crueldad y bondad en frente. Acaso sea el producto cultural que mayor dosis de fanatismo siembra en el corazón del hombre debido a la porción de credulidad que impone a los creyentes y porque su asiento reside en el campo de las creencias ciegas. Uno de los mitos más destructores y pertinaz
Los mitos antiguos, las supersticiones actuales, las extrañas creencias de siempre, alimentan la misma angustiosa inquietud del hombre por alcanzar la piedra filosofal y la felicidad sin límites. La ignorancia ancestral es un campo apropiado para su siembra. El hálito religioso forma parte del legado tradicional de los pueblos que se trasmite por tradición oral, ofrece en forma mítica como solución a los enigmas del mundo, la herencia milenaria de viejos pueblos que pasan, a relevo de sus generaciones, los mitos fosilizados en sus creencias, en su historia, en sus piedras sagradas, en viejos edículos y santuarios, en la magia de sus bosques sagrados, en la inmensidad del mar. Se modifican con las piedras del camino. Unos dioses mueren con la caída de sus imperios terrenales que los protegen y otros resucitan deslumbrantes en la hegemonía de otros. Unos desaparecen ante los escombros que arrastra el crepúsculo de una era y otros emergen al amparo de necesidades nuevas. La amarga experiencia humana, abre las compuertas del instinto a inciertas esperanzas y a la posibilidad de verdades ocultas con el precio de una práctica religiosa totalmente convencional. Como en la época clásica el Olimpo está cada día más silencioso, sus mirada protectora más indiferentes al dolor humano; su providencia más disminuida; pero la mitificación sigue siendo fácil tentación al desencantado habitante de esta tierra.
Si las naciones dividen la tierra, si las etnias se agitan convulsas en el centro de la historia humana, también el hecho religioso se implica en el proceso de la misma evolución. Pocos acontecimientos históricos, grandes o pequeños, se realizan bajo el sol que no lleven algún contagio religioso. Un componente religioso que es producto todavía de la anticultura que atormenta los sótanos de la vida social. Mugre en las paredes del tiempo y en la conciencia humana. Afecto ciego e irracional. Credulidad ingenua en la gente. Sacrificio silencios de los cenobios, rodillas encallecidas en iglesias. Peregrinaciones, cilicios, ascética inclemente y masoquista, penitencias públicas y privadas, llanto, suspiros silenciosos y noches oscuras con la negación total al fondo, es placer de los dioses. La religión acumula una gran cantidad de confianza ciega en los creyentes. Es asentimiento convencional, que afecta a elementos profundamente humanos y supone un alto grado cheque el blanco ante lo desconocido, mayor que la pulsión de la tierra o de la raza, incluso de la familia, porque estos son realidades tangibles de evidencia inmediata. La religión es un crédito a largo plazo sin fianza. Lo que no se hace en nombre de los hombres se impone en nombre de los dioses. Entra en juego la aceptación ciega, la credulidad del indigente y el deseo de supervivencia general. Aún dentro de contextos de libertad y climas favorables a la desmitificación, las religiones implican una ciega irracionalidad inevitable en las aventuras más generosas y filtradas en mentes aparentemente cultivadas. Justifica de la misma forma grandes heroísmo y las peores injusticias, son tan válidas las razones a favor como en contra.
Las religiones tocan los interrogantes de los grandes problemas humanos en las dos vertientes del tiempo. Conectan la dura realidad terrenal y el deseo de felicidad del hombre a corto plazo con los sueños de realidades ultraterrenas y la bienaventuranza aplazada más allá de las tumbas en una seguridad indemostrable. Sucedáneo del fracaso humano en la tierra y dulce alimento de las divinidades, el efecto placebo a las fantasías humanas ultraterrenas, juego de la omnipotente y veleidosa voluntad de señores del Olimpo. Bienaventuranzas futuras como recompensa a muchos males presentes y un paraíso siempre aplazado. Por eso no es cuestión de poco tiempo ni la desmitificación del sentimiento religioso que pretenden unos ni el teocratismo de otros. Ni el ateísmo sistemático de los iconoclastas temporeros, ni los dogmatismos cerrados de nuevos profetas. Ni la propaganda arbitraria de los descreídos, ni los proselitismos apostólicos excluyentes de los más crédulos, ni el irrespeto de una desmitificación del ateísmo militante que inventa los fantasmas que persigue, ni el radicalismo anacrónico y deshumanizado de los creyentes cantan y se laceran de rodillas en sus templos.
El sentimiento religioso es el contacto con la trascendencia. Antena contumaz que sobrepasa van más allá del tiempo. El lamento del prisionero que sufre la opresión del tiempo. Por eso si se cierran unos templos se abrirán otros. Si la erosión deshace las pétreas catedrales levantadas bajo es signo de la eternidad y desafío al tiempo se harán otras parecidas con el mismo orgullo. Las iglesias rusas convertidas en un tiempo de planes quinquenales en museos vuelven a ser centros religiosos. Los imanes árabes quedarán un día solos en sus mezquitas igual que los curas en sus frías iglesias; pero en sentimiento de su limitación humana, pues eso es la religión, seguirán reencarnándose indefinidamente en formas nuevas. El hombre necesita silenciar sus limitaciones. Unos pueblos recibirán las creencias de otros. Se cambiarán las instituciones sacras y los ritos; pero quedará en el fondo de la conciencia el mismo sentimiento religioso como refugio de todos fracasos humanos y los dioses siempre tendrán alimentos en el Olimpo. Y siempre existieran dos bandos, los que creen y los que no creen, los más crédulos y los más escépticos, los más pacíficos y más incrédulos. Habrá catacumbas en tierras de intolerancia porque los dogmas de fe son muy imperativos. Más que los tanques. Pueden enmudecer las lenguas por la censura; pero no se doblegará la libertad interior. La soledad interna, la aceptación de las limitaciones humanas se asienta sobre la conciencia del ser humano con ciega sumisión y el mito de las religiones flota sobre la ignorancia colectiva. Tal vez a largo plazo ceda su elemento perturbador y se diluya con el tiempo como se apaga el rugido de las tormentas en la inmensidad de la jungla. El proceso desmitificador se produce porque el efecto expansivo de los beneficios culturales es inevitable. Disminuye el efecto del mito y aumenta el nivel cultural del hombre. Pero lo hacen muy de forma muy lenta.
Las aspiraciones humanas, sus sueños, sus anhelos incontenibles, sus angustias, se estrellan con la impotencia de la realidad de la vida del hombre que a pesar de todo intenta ser feliz. Desfase entre el deseo y la realidad. El enigma del tiempo, marea de las ambiciones humanas que se desbordan, los remolinos tormentosos de los anhelos humanos más allá del las murallas de las cotas de la patria chica, la bandada de interrogantes que vuelan sobre el cielo de la existencia, el silencio de la nada y la muerte como fundamento de la evolución. La religión es una tabla de salvación para ese náufrago que es el hombre sobre la tierra. Por eso las consoladoras figuras de sus dioses providentes invisibles, iconos sacrosantos, presiden la agonía de los moribundos, tranquilizan la angustia de los vivos, acercan y alejan las esperanzas humanas con rostro hosco o suave compasión en la hora de mayor necesidad. Las religiones son la respuesta silenciosa al silencio de la nada, el espejismo del hombre sediento en el desierto de la vida que descubre deliciosos oasis de fantasía en medio de la arena, el eco vaporoso de los suspiros humanos que se alejan en ondas concéntricas contra la bóveda infinita que le rodea por todas partes, la encarnación onírica de todos los sueños perdidos en el submundo de su ignorancia.
Nunca podrá el hombre estar seguro de su legado religioso aunque lo reciba con celo de sus antepasados. Nunca podrá estar seguro de la respuesta angustiada de su soledad interior. Deberá aceptarla gratuitamente para calmar su angustia interior. Sin reflexión, como se acepta el aire que se respira. El eco religioso es el dolor humano encadenado que resuena en la bóveda imponente de su ignorancia, en el misterio de lo desconocido. Promesas seductoras de los dioses y una falsa ilusión de una dicha que sólo se puede realizar en dimensiones muy pequeñas. La inquietud humana que atormenta el silencio rutilante de las estrellas. Nadie nunca podrá ofrecer la evidencia de sus verdades o sus mentiras. Nadie podrá asegurar con certeza que las promesas de los dioses lleguen un día a colmar la sed infinita del hombre o se conviertan en burla descarada de su credulidad ante el brillo de sus vanas esperanzas. Nunca se podrá confirmar que esa mundo feliz del más allá o la tranquilidad de su efecto-placebo o la falsa ilusión de una creencia, sea verdadera o falsa, legitima o ilegítima. Siempre quedarán las puertas abiertas a la duda, las compuertas legítimas de la incredulidad, el escepticismo y la evidente posibilidad de las posiciones contrarias.
La duda es la base de toda profesión de fe. Mediocre felicidad para los creyentes o absurdo tributo impuesto que se cobran impunemente fríos y mudos iconos de piedra al servicio de poderosas instituciones. Acaso sea más humano entregarse a la consoladora esperanza de unas creencias dudosas que nadan en las corrientes de unas aguas caudalosas que no llegan a ninguna parte. Ojalá que los dioses en realidad diesen sentido al dolor humano, respuesta al interrogante de los misterios de la vida, al misterio del rugir del mar infinito en todas las costas del mundo y a la marea de las ineficaces aspiraciones de felicidad del hombre, al dolor de tantos mortales oprimidos y al sacrificio que en su nombre se derrama diariamente en todos los altares de la tierra. Por fuerza su mano poderosa, su naturaleza transcendente, su condición superior, necesariamente debe ser benévola y comprensiva con el ser humano y respetuosa con la reflexiva naturaleza incrédula del hombre. Y en todo caso, ante un evidente fracaso de las creencias queda la duda de si el mejor una felicidad ficticia y el espejismo de mil oasis tranquilizadores sin base real comprobable. Si la mentira ofrece algún consuelo humano, acaso sea bueno disfrutar el consuelo placebo de esas bellas mentiras.
El sentimiento religioso aumenta en la adversidad, crece en las persecuciones, se fortalece en las persecuciones. El cristianismo engorda en las catacumbas, en los decretos a muerte de los emperadores. La adversidad refuerza los la integración humana. El hombre se une en la alegría y en la adversidad. La contradicción de la cohesión humana y la fuerza mágica de la clandestinidad. Prende con nitidez en el alma de los niños que no dudan de las enseñanzas de los mayores, se acrecienta en el alma desprevenida de crédulos y decadentes ancianos que les falla el crédito de su propia autonomía de los años, se asienta en los pueblos de menor nivel cultural porque la ignorancia es el mejor caldo de cultivo para el mito. El sentido religioso se refuerza en las persecuciones, en la pobreza, en la indigencia popular, en sus limitaciones. Se acrecienta en la sangre de los mártires, en las guerras santas, en las reuniones clandestinas. Los discípulos del crucificado se organizan en las catacumbas, crea símbolos comunicativos crípticos y esotéricos que les orientan en la persecución. El imperio musulmán logra su esplendor en la guerra santa contra los descreídos e infieles. Se alimentan en el subdesarrollo de los pueblos y en la opresión de los valores humanos, pero se desvanece con la aurora de la cultura. El desarrollo cultural de un pueblo o de un individuo es inversamente proporcional a sentimiento religioso. Decrece a medida que el hombre toma conciencia de sus dimisiones humanas, asume los valores universales de la cultura y emprende el camino de las letras. Compruébese la religiosidad creciente entre pueblos oprimidos y el escepticismo creciente de los países desarrollados.
El silencio y la venganza de los dioses. El fenómeno religioso existe. Las teorías religiosas existen. Todos los pueblos del mundo, por primitivos que sean, por remotos espacios geográficos que habiten, tienen sus propias instituciones religiosas, tienen sus ídolos, sus templos, sus sacerdotes y ministros, sus propias interpretaciones, sus ritos y banderas. Con mayor o peor rostro humano, con más o menos elementos humanizadores, con mayor o menor grado de credulidad. Todas prometen una felicidad humana o sobrehumana que puede compensar la ingrata experiencia de la vida. En todo caso todas entran en el ámbito de la responsabilidad humana y dentro del libre ejercicio de la libertad. No se pueden imponer las religiones como es inevitable una evidencia científica. Pertenece al mundo de las creencias, al mundo de lo incierto y de la libre elección. La religión no es ciencia ni hechos evidentes. Tanta razón existe para ofrecer asentimientos a los postulados religiosos como para rechazarlos. Tanta razón tiene quien la defiende como el que la ataca. Guerra en el aire. Siempre es una opción completamente libre que impone el mismo respeto a quien la profesa como al quien la rechaza.
Fascinante las historias religiosas de los pueblos, la multiplicidad de sus divinidades, el montaje religioso que acompaña a la vida común de los grupos. La silueta de los dioses, los ritos y prácticas religiosas, diagnostican con claridad el dinamismo creativo que impone su condición limitada. Como la literatura refleja la cultura, el rostro de los dioses refleja las angustias de los hombres que les sirven, sus sueños frustrados, sus ilusiones fallidas. La verdad y la grandeza de su historia se esconden en la configuración y la hechura de libros sagrados. Dioses que son a la vez protectores de sus vidas y objetivación virtual de las necesidades humanas. Productos humanos hechos a la medida del hombre. La religión es diálogo del hombre con sus necesidades. Autismo y círculo vicioso para su ignorancia. Color de sus alucinaciones. Ineludible, aún para el hombre de ciencia, el hecho religioso. Testimonio perene de vocación mortal. Las piedras corroídas de los templos, los ceremoniales religiosos, la historia de las religiones. Su afecto se mezcla en la linfa de la sangre cultural de cada persona y en la historia propia de cada pueblo. Cada individuo tiene su propia historia mística. Ese misticismo que tiene dos caras, la serena aceptación de las creencias y el proselitismo que lleva al descrédito y hostilidad con los infieles. El ateísmo militante es una religión al revés. El escéptico, un testimonio de la realidad enigmática. El ateísmo es la religión de quienes maldicen a los dioses que llevan en su conciencia, y contradicen su profesión cuando entran en batalla contra los fantasmas que niegan teóricamente. El creyente hace guerras santas para extender el poderío de sus dioses, el ateísmo para reducirlo y el escepticismo simplemente pasa con indiferencia sobre las fantasías de los demás y asume con dignidad las limitaciones de la representación humana.
La huella religiosa en el mundo es buena y mala, según sea la naturaleza de sus dioses. Ni todas las religiones son malas ni todas son siempre buenas. Hay dioses buenos y dioses malos. Ángeles custodios y ángeles de exterminio. Héroes y malvados. Santos y locos. Admirable es el grado de filantropía de casi todos los profetas. Sólo su sinceridad justifica, a veces, su proselitismo y los anatemas contra los infieles. Desde Buda, Sócrates, Cristo, Mahoma, hasta Marx, Gandhi, Teresa de Calcuta o cualquier anticristo que se cruce en el camino, hay muestras de buena voluntad e interés en hacer más felices a los hombres. Los profetas intentan disminuir el sufrimiento, todas las religiones defienden en teoría el bien del hombre. Pero también hay en Olimpo divinidades perversas y vengativas que promueven la intriga en el corazón de los pueblos, someten su propia libertad a cambio de dudosas promesas futuras, exigen la renuncia de su autonomía humana cierta ante unas garantías de transcendencia dudosa. En todo caso el convencionalismo, la arbitrariedad, la fantasía desbordada del hombre dolorido, las proyecciones de sus angustias, confirma únicamente la mitomanía humana.
Con el pretexto de ofrecer pleitesía a los dioses, se han ido ofreciendo montones de sacrificios y tributos de sangre en sus altares. Todos los templos del mundo son lugares de sacrificio. A veces cruentos y crueles. Y, a pesar de todo, la angustia existe en el corazón del hombre, sufren los malos y sufren los inocentes, hay guerras que los dioses no pueden contener e incluso las apoyan en la voz autorizada de sus ministros y elegidos. Su omnipotencia nunca pasa más allá de crueles y vergonzosas derrotas. En el hervor sagrado se convierten en victorias. Hay hombres que se mueren de hambre ante la mirada hosca de sus dioses inmóviles, niños que sufren el dolor de su infancia abandonada en barrios que están bajo la providencia divina, hay víctimas de descaradas injusticias sin que sus ángeles protectores se dignen dirigir una mirada de apoyo o modificar su suerte adversa, hay guerras que siegan injustamente miles de vidas sin que se produzca el prodigio de un solo gesto protector o se impida la venganza de otros dioses más poderosos y más crueles.
La religión sedante del dolor humano. Acaso el opio del pueblo. El hombre se organiza en sociedad para defenderse y hace pactos colectivos con sus divinidades para cubrir sus miserias. Primero ondean las banderas patrias. Después nacen los signos religiosos. El hombre toca con sus manos sus deseos fallidos, observa el inmenso vacío humano en el océano del tiempo, siente el peligro que acecha a sus empresas. El hombre sufre el dolor de su existencia. Es el eco misterioso que resuena en la grandiosidad del espacio y del tiempo, la figura consoladora e informe que se repite siempre inconsistente en la conciencia de la ignorancia confundida con la magia y las supersticiones, la desesperación del náufrago y la solidaridad de los indigentes que levantan sus manos al cielo abierto de la fantasía y ofrecen el tributo de su dolor a cambio de un destello de falsa esperanza.
El sentimiento religioso hiere fibras muy profundas del hombre. Tan importantes como las propias convicciones sobre la existencia, como la razón de vivir, como el sentido de la muerte, como la propia felicidad y su renuncia temporal al cambio de recompensas futuras. La respuesta del hombre a las exigencias divinas no tiene límites tanto en la cantidad y calidad de promesas, como en las esperanzas generadas en su entorno, como en los sacrificios que a cambio se exigen. “Bienaventurados los que lloran, los que padecen hambre", “bienaventurados los que sufren", los que renuncian a todo a cambio de la posesión de un reino lejano. Un precio demasiado alto con crédito muy lejano e incierto. Burla a los anhelos humanos. Solo a nombre de la confusión que produce el naufragio puede el hombre arriesgarse tanto. Así nace el dogmatismo religioso. Así nacen las sectas. La bandera religiosa recobra mucha afectividad colectiva y mucha mitología. La historia es testigo de las grandes conmociones religiosas vividas antes y ahora y la inquina moral que puede acumular en torno a las divinidades. Todavía hoy asistimos a las sangrientas guerras fratricidas de naciones y grupos dentro de las mismas naciones que pertenecen a distintas creencias.
Los errores de las religiones están en la historia. Las empresas realizadas en su nombre son buenas y malas. Hay guerra en el Olimpo. El cristianismo está roto por el cisma y la herejía y los califatos disgregados. Los “santos” juicios inquisitoriales, las “santas” cruzadas, el celoso afán evangelizador de prelados y monarcas, la ardua actividad proselitista, las guerras que se promulgan en nombre de un tótem, de un ídolo, de un becerro de oro, de un dios deforme, de una vaca sagrada, de un árbol mítico, son residuos burlones e ironías crueles de sus inventos mesiánicos. Guerras santas entre dioses y dioses con sangre humana por medio. La historia europea es más una lucha religiosa que política. La vida social árabe, judía, las luchas étnicas africanas de hoy, las limpiezas de sangre en países balcánicos y caucásicos es, sobre todo, componente religioso y mágico. El poder de unos dioses está frente al poder de los otros. Unos ganan y otros pierden. ¿Dónde está la omnipotencia de los dioses vencidos, la bondad de dioses que originan tanto dolor? Los pueblos africanos viven su confuso animismo. El comunismo ateo fracasa en su empeño de suprimir la alienación religiosa. Todavía se conservan las catacumbas que burlaron la furia exterminadora de los emperadores paganos y se excavan otras en territorios fundamentales. Ahí está el fuego de las hogueras de la inquisición, el sionismo judío. Son prueba del desafecto que ejercen las proscripciones religiosas y el escaso poder de los dioses contrarios. Una vez más el dolor de los débiles se convierte en alimento de los dioses. Se mitifican más fácilmente aquellos valores que más protegen la debilidad humana. La ignorancia de los pueblos, el clamor de los vencidos, la rabia de los oprimidos, se hace religión, a veces amor y a veces odio, a veces caridad y a veces rebeldía. Sangre en los altares, cementerios secretos, instrumentos de tortura al lado de un símbolo religioso.
La religión como todos los mitos se desgastan. Como producto humano el sentimiento religioso, mientras está viva, es un poderoso motivo a la acción. El poder los administra y manipula. Y también los adultera. La voluntad fría de los dioses justifica la tiranía y el despotismo de sus prosélitos. Los radicalismos árabes de hoy es la rabia contenida ante el silencio dramático de sus dioses derrotados en muchas batallas que, aún así, se mantienen en sus pedestales. Es bueno para tranquilizar conciencias y amordazar la libertad cuando se hace conciencia social, ortodoxia y moral oficial de señores y siervos. Los tiranos recubren la crueldad de sus actos en el santo nombre de algún dios hecho a su imagen y semejanza. Su bendición garantiza la impunidad de peores desafueros. Tan falsa es la mirada de los dioses buenos como la saña de los dioses malos. Ambos generan grandes cantidades de dogmas, amor y odio, pasión y sangre, que siempre distorsiona la realidad. La inquisición española, un instrumento violento para sancionar a los delitos de herejía, los falsos conversos, los que enderezaban su ingenua credulidad de la infancia en el camino, seguramente los que hacían selección crítica y, por lo tanto, humana de sus creencias. Por ello valía de pretexto para renovar viles sentimientos de venganza y el sendero legal de la represión acumulada en pueblos desvalidos y explotados en su propia dignidad. No existe persona más cruel, que los elegidos, los puros, los que llevan una la unción sagrada de los dioses en la sien que los hace inmunes e impunes. La voluntad de los dioses se impone con dureza y fatalidad. Son inexorables. La función ancilal de la moral pública en función de las creencias religiosas es inevitable y el radicalismo se afianza con entusiasmo en la conciencia de los pueblos más pobres y se endurece en el suelo de su incultura. Los judíos, los árabes, los pueblos africanos, sudamericanas, sufren profundamente el efecto de su retraso cultural en paralelo a la radicalización de sus mitos religiosos.
La religión y cultura, razón inversa. Así la religión se convierte en otro producto deformante en la evolución progresiva del hombre. Hay cosas buenas en una estructura religiosa. Pero 1a presencia del mito forma su estructura vertebral y su componente de irracionalidad. Ahí está como una de tantas realidades sociales del ser humano que ante unas promesas lejanas colocan cadenas a su espíritu, una tara ortopédica a su conciencia y una fuerte carga de fanatismo en sus comportamientos. El sentimiento religioso se identifica con la limitación humana. El hombre individual y social vive plagado de limitaciones en un mundo completamente hostil. Limitaciones físicas, limitaciones morales. Ambiciones humanas que sobrepasan siempre la posibilidad de la realidad concreta. Las agallas de su ambición se abren progresivamente y se cierran cruelmente bajo el paso de sus limitadas posibilidades prácticas. El hombre navega como un naufrago tanto en el mar de su pequeño mundo interior de sus tormentosos afectos, en el mundo de las conflictivas relaciones humanas de su vida social, como en el torbellino de la evolución cósmica. El pequeño mundo interior, el difícil mundo social y el indómito mundo exterior.
La invención de un narcótico se hace inevitable para rebajar la tensión. La ignorancia y la magia, buenas fuentes de poder. La incultura es el mejor colaborador de la ficción. De hecho, a más cultura, menos religión; a mayor grado de analfabetismo, mayor dogmatismo religioso, a más ciencia, menos teología. A mayor madurez social, menos ascetismo religioso. No es fácil evitar la comparación de la mitología religiosa de los pueblos con su retraso cultural. La religión tampoco es cultura ni valen sus criterios, aunque sean muy fuerte y poderosos para asentar diferencia sobre todo si se asocial a la raza y a la lengua, para hacer cultura diferentes como la cultura cristina, la cultura judía y cultura animista. La cultura, como la verdad, como el hombre, tiene dimensiones cósmicas, unitarias y cosmopolitas. La religión es un producto mental colectivo y tranquilizador, relativo y contingente. El hombre está por encima de sus religiones. Pero la sumisión que implica el poder divino marca el índice de analfabetos y ausencia de madurez humana. La ignorancia es recurso de poder. Y el teocratismo engorda en la incultura de las masas. La incultura no es sólo la reminiscencia de épocas ácratas de pueblos primitivos sino un preparado de laboratorio, un cultivo intencionado, por gobernantes déspotas donde crece exuberante la religión. Conviene a príncipes y prelados. Así la religión es buen aliado de las sacras monarquías porque el contubernio favorece los privilegios de los dos estamentos. Por lo tanto un elemento disgregador de pueblos. La religión crece al amparo de las sagradas monarquías y los imperios teocráticos. Religión y poder, juntos. Absurdo de la una filosofía, "ancila" de la teología. Emperadores, papas y dioses en sintonía. Conviene que el pueblo no abra sus ventanas a la cultura para mantener las ventajas del poder. La escuela, la ilustración, la verdad en voz alta, no interesa. La superstición, la magia, la religión, el misterios de los dogmas, sí. La aventura del saber es todavía un riesgo, aprender a leer, una actividad sospechosa y la cultura un peligro. Todavía las cuotas de la ignorancia programada como sistema de dominio y fundamento de credibilidad está vigente, y al menos queda como recuerdo borroso en la memoria reciente de los últimos imperios teocráticos.
También la ignorancia se hace droga y anticultura. Como se toman tranquilizantes para atenuar los rigores de los males, para calmar las dolencias, para paliar el hambre, para adormecer los efectos de un tumor que roe las entrañas, también se amordaza la realidad la rebeldía del pueblo con consoladores populares fáciles a la creencia. Se emborracha para acallar sus penas. Se droga para conseguir un trocito de felicidad que no hallan por otro camino. Se provoca la invidencia de los pueblos con sobras de mitos a la medida, para crear una ardiente y cálida sensación de videncia virtual. Se postran de rodillas ante los altares de sus dioses cuando escuchan la voz mágica de sus embaucadores. Bellas fantasías que adormecen la impaciencia humana del hombre. El engaño dura mucho o poco tiempo. La historia habla de pueblos que abren las ventanas a la cultura y al mismo tiempo salen bandadas de aves nocturnas atropelladamente como murciélagos de su cavernas. Las creencias o se simplifican o desaparecen, o se racionalizan o mueren. En esta tierra existe un subsuelo carcomido por el abuso de poder absoluto y por la ortodoxia oficial asociada. Siglos y secuelas rudas de adulteración social. A veces restos pétreos fosilizados. Las alienaciones sociales, así sean seculares de tradición inmemorial, o sean recientes, el tiempo y las auras de la nueva cultura se desvanecen lentamente en el dolor de muchos desencantos. Se borra la huella de las grandes religiones como se desarma el ateísmo planificado de los pueblos marxistas. Es más persistente la implantación religiosa en pueblos desprevenidos que el fracaso de los iconoclastas de todos los tiempos porque la esperanza es lo último que queda después de los fracasos. La religión es humo que se evapora insensiblemente ante el realismo vivificante de una cultura universal con el correr del tiempo. El criterio de su validez está en su capacidad humanizadora y sus aportes prácticos de empresas positivas que en nombre de los dieses mudos pueden realizar los hombres.
Ni el materialismo planificado bajo el paso de poderosos instrumentos bélicos. Ni el renacer religioso en las catacumbas de duras persecuciones supone un hecho milagroso. Ni los radicalismos tienen mayor garantía de futuro. Solo es una arma estratégica qua se emplea en situaciones convencionales. El vacío de credibilidad que en Occidente dejan los templos vacios de los viejos adoradores los dioses tradicionales y se sublima hoy en misticismos escéptico introspectivo y renovación de serenas sectas orientales. El cristianismo en su interpretación cerrada del mundo, a pesar de sus errores en los siglos oscuros, se mantiene como un poderoso imperio espiritual apoyado en la defensa de la libertad de conciencia que se impuso en tiempos pasados, en la defensa de la dignidad individual que esgrimió contra el despotismo de los poderes políticos y el alegre mesianismo de una felicidad a largo plazo que ya no convence demasiado. Una gran religión, con un gran poder sobre las conciencias de sus creyentes. Pero con una profunda crisis sobre sus dogmas ante el creciente influjo de una cultura nueva y una visión diferente del hombre. Los dieses nacen en las conciencias torturadas de los hombres y se mueren solos en sus templos vacíos.
El siglo veinte ha dado nuevas dimensiones al hombre. Nadie debería crearse hoy un enemigo en nombre de sus ideas religiosas. Las creencias individuales son pequeños dioses interiores que se hacen monstruos gigantes cuando se organizan en plan de batalla. Hasta las viejas verdades se convierten credos, los curiosos de antes en magos y las teorías como apoyo de la ciencia en posiciones sectarias. Nadie debería profanar el santuario de las creencias de los demás ni para quitarlas ni para ponerlas. Porque nadie puede invocar mayor garantía de verdad de unas sobre las otras. Cada hombre debe sentirse en capacidad suficiente para practicar o dejar de hacerlo su propia religión. El hombre es una realidad incomunicable. No puede existir ningún dios de mediana validez ética que se complazca en el dolor y en las lágrimas o el sufrimiento o la venganza o la muerte de amigos o enemigos, de vírgenes inocentes, de rehenes del bando contrario. Sin embargo la huella cultural que el paso de los dioses ha dejado en el mundo es tan poderosa que, aún los pueblos civilizados hoy, se cobran buenas cuotas de libertad, de prácticas anquilosadas, de ritos muertos, de callosidades religiosas, de contenido social muerto que atenta contra la libertad, la autenticidad y la dignidad humana.
El mito de las religiones también está ahí perturbando la convivencia humana entre los hombres y los pueblos. Si se desvanecen las fronteras raciales, si caen las murallas, no es impensable asistir a la liquidación de viejos ídolos religiosos en una interpretación nueva y realista de las cosas. En el torbellino de este siglo, ante las numerosas crisis que ha llenado el alma humana, ya mira desconfiado el supuesto orden del mundo, el orden misterioso de las estrellas, el confuso y deforme movimiento de las olas del mar, los remolinos del viento que las agita, aparece la figura imposible de un viejo dios lejano que se niega a ofrecer muestras de su patrocinio. Las religiones que surgen como una respuesta silenciosa a la limitación humana, se ofrecen como el espejismo del hombre desconfiado y ascético que cada día está más atento a las realidades del mundo presente y a sus ineludibles limitaciones. La desmitificación de la religión como de otros tantos mitos de otro tiempos se irá produciendo progresivamente porque el silencio de los dioses es desencantador ante las luces de la cultura.
Las religiones pertenecen al mundo de las creencias, al mundo de lo incierto. La religión no es ciencia ni fenómeno evidente. Tanta razón tiene el hombre para creer como el incrédulo para permanecer alejado de la religión. Y siempre es una opción completamente libre que debe respetar al que no la posee que el que la acepta. Cada hombre es profeta de sí mismo. La limitación terrena es la patria de los débiles. La religión está por encima de cualquier centro oficial. En todo caso la religión toca vivencias profundas del ser humano muy importantes como son las propias convicciones sobre el valor de la existencia humana, como es la propia felicidad y la subordinación que el hombre ofrece a los dieses para mantener su apoyo y su colaboración. Las banderas religiosas recobran mucha afectividad colectiva y resonancias propias de los pueblos ajenos a toda manipulación de pueblos y estados. El teocratismo es tan desproporcionado en este siglo como la persecución abierta o sesgada de la confesión religiosa de los individuos. Tal vez la sociedad recorra su propio camino hacia la desmitificación religiosa como hacia la desmitificación de los pueblos.
Ni cruzadas, ni guerras santas, ni mártires, ni promesas idílicas post mortem ni mesianismos fáciles. El ateísmo planificado de los países socialistas resulta misión imposible. Una vez los valores subjetivos del ser humano se imponen sobre so valores objetivos, sobre las fuerzas económicas y los valores jurídicos. Así siga siendo un placebo gratificante, una droga suave y una alegre esperanza sin respuesta, la religión es un hecho que tal vez muera insensiblemente ante el paso avasallador de una cultura universal que ilumine las conciencias al paso de los tiempos. El criterio de su validez está en su capacidad humanizadora. Los dioses que deshumanizan y matan no pueden ser buenos. Las religiones árabes que se alimentan de la pobreza y la ignorancia de sus pueblos no pueden mantenerse indefinidamente en su engaño. El materialismo planificado se ha desmoronado ya. Las promesas que ofrecen los introspección del misticismo oriental suple la deficiencia de las grandes religiones tradicionales y acaso, promociona el auge de nueva sectas recientes y acaso el nacimiento el eufemismo de nuevas teología que se adueñan de pocos guetos que la ciencia va dejando en el nuevo mundo global.
6.- El MITO DE LAS LENGUAS.
Gritos, ideas e ideales. Las lenguas, Babel y confusión, en las relaciones humanas. Una especie de castigo de los dioses al orgulloso poder creativo de la palabra. Otra inmensa construcción mítica de este tiempo. La comunicación humana, espontánea y libre, es un derecho humano, es cultura y valor absoluto. El sistema comunicativo, el código, un invento mediático de valor relativo, muy maleable al acontecer histórico. Hoy petrificado y convertido en mito. Un mito monstruoso que lejos de favorecer la integración humana y el desarrollo cultural de los pueblos, ensimisma, tribaliza, fanatiza, encoje el corazón de los hombres, frena el desarrollo cultural y achica a las sociedades. El sistema lingüístico es producto social que el hombre elabora en su proceso humanizador, al ritmo de su instinto creativo, con el fin de relacionarse con los demás seres humanos. Una creación espontánea y necesaria como la etnia, como la confederación social, como las religiones que se organizan para mantener la cohesión humana y se reconvierten en demiurgos destructores y perversos con el paso del tiempo. En realidad sufren procesos de adaptación. Las lenguas nacen a la llamada urgente de su comunicación y el mantenimiento de las relaciones humanas. El hombre se resiste al vacío silente de la soledad y al individualismo de su gestión humana. El hombre no es una isla ni un cenobita. Su indigencia natural no se lo permite. Necesita relacionarse con su medio. Gesticula, grita, silba, trasmite mensajes con humo, con tambores, reclama auxilio un sus necesidades, emite signos comprensivos de su tolerancia ante la adversidad ajena y exige comprensión y ayuda a sus necesidades. La primera voz humana, con algún significado simbólico, el sonido referencial, más o menos articulado, una exclamación, un sonido deíctico acompañado de gestos, debió estallar violento en un esfuerzo sobrehumano en algún instinto desesperado por comunicarse con sus semejantes. Algo así como comienza la respiración pulmonar del recién nacido al faltarle el aliento vital del cordón umbilical o como la eclosión de un volcán que ya no resiste la opresión de su estrechez telúrica.
Tal vez el lenguaje tiene su origen en el tartamudeo de los niños provocado por el deseo de comunicarse con su madre, en los gritos reiterados de su actividad lúdica colectiva, en el esfuerzo adulto de lograr objetivos comunes como respuesta al dinamismo humanizador, como reacción a la llamada de sus semejantes, como la exclamación admirativa ante el misterios de la naturaleza, ante la belleza de las flores, ante el enigma de las estrellas, ante el silencio inexorable de la muerte, ante la violencia incontrolada de los agentes naturales, ante el amor y el odio que produce la presencia de los demás seres humanos. Este intenso deseo de comunicarse llena de sentido simbólico la variedad de sus gritos y su referencia a la realidad de las cosas. Una larga lucha por recubrir de sentido ideal y tono afectivo los elementales gruñidos de un animal acosado. Seguramente un privilegio que alcanza el hombre, una resolución comunicativa con la modulación de sus gritos informes, dentro de una larga selección de procesos sociales y biológicos, que hasta hoy no han conseguido nunca los demás animales. Los animales han resuelto el problema comunicativo por otros derroteros muy diferentes sin llegar a la asociación de afectos e ideas en la modulación sonora de voces significativas. Privilegio del hombre la integración simbólica a su modulación oral y la inserción de afectos e ideas dentro de un variado caudal fónico. Conquista, a la vez, con profundos rasgos individuales como connotaciones colectivas. La lengua es una herencia individual y una conquista social.
El lenguaje simbólico no fue un regalo gratuito de los dioses producido en punto fijo del espacio o del tiempo, sino una conquista progresiva en la carrera de su evolución social. Una doma prolongada de gestos y gritos que se modulan progresivamente, conquistando espacios comunicativos cada vez más amplios. Una meta que no han alcanzado el resto de los animales porque sus necesidades de relación específica se han resuelto por otros caminos explorando multitud de técnicas diferentes. El hombre debió soltar su lengua en una etapa de su evolución de gran tensión comunicativa, en un momento de esplendor cultural, acaso cuando despierta su conciencia a las limitaciones de sus instintos primarios y a la presencia de entorno rebelde y hostil. El grito salvaje carente de contenido mental en su origen con toda la carga emotiva del ser primitivo se enriquece progresivamente de contenido ideal y de creciente connotaciones simbólicas que caracterizan hoy el lenguaje humano por encima de la comunicación animal. Unos contenidos mentales y afectivos que asocian las palabras recién conquistadas con sus acciones y la realidad del mundo exterior que les rodea, las conservan en la memoria, que se repiten para provocar las mis conductas comunicativas, se conservan representan con determinados gráficos en las piedras y pergaminos y se trasmiten en forma de sistemas fónicos y gráficos a sus generaciones. Son las palabras que configuran estructuras conceptuales, las filosofías, los productos culturales, las ideas rectoras de los grupos humanos, los ideales de los pueblos, las banderas y los estandartes, que aglutinan a los pueblos en un autismo cultural primitivo y los aíslan con hostilidad de los clanes que han generado otros códigos de palabras, de ideas e ideales diferentes.
El fenómeno de las lenguas es una conquista tardía de la evolución humana. Conquista situada en una etapa poco evolucionada de su proceso hominizador con el fin de mantener su comunicación en la disgregación geográfica de los pueblos acaso después de haber resuelto otras necesidades primarias vitales y más urgentes. Recuérdese que el sistema fónico del hombre, la organización de las palabras, no tiene órganos específicos para su funcionamiento. El ser humano, para lograr los efectos sonoros del lenguaje humanos, ha tenido que emplear órganos corporales que tienen funciones primarias de subsistencias anteriores a las comunicativas como son la respiración, alimentación, función olfativa y gustativa, -primero vivir y después todo lo demás- y sólo secundariamente ofrecen la materia plástica y adaptativa a producción del lenguaje articulado. Los animales también producen sonidos, gruñen, rugen, ladran, pían, silban, con infinitas variaciones comunicativas que solo ellos son capaces de interpretar y son un misterio insoldable, totalmente desconocido, para la ciencia humana. El conocimiento científico de sus sistemas comunicativos es todavía muy imperfecto y sin embargo la comunicación animal dentro de su mundo específico, supera infinitamente la versatilidad que ofrece la palabra a los seres humanos. La comunicación animal, en su variedad, perfección, sutileza, ofrece un inmenso campo abierto a la investigación. Su diferencia con el hombre es esencial y radica en la incapacidad de los animales para establecer asociaciones simbólicas, su incapacidad de relacionar ideas y conceptos a sus sonidos y fabricar ideales por encima de sus poderosas pulsiones -totalmente desconocidas- de sus ciegos instintos, lejos de procesos abstractivos que el ser humano pudo perfeccionar en su evolución histórica. No ha sabido asociar ideas a sus gruñidos, ni idealizar sus experiencias sensibles, emocionales, y asociarlas a determinadas palabras que forman la naturaleza del lenguaje humano. Ignoramos si también ellos llegarán un día a la conquista del lenguaje articulado. Desde luego el problema comunicativo, por lo que sabemos, lo tienen perfectamente resuelto dentro del enigmático mundo instintivo en que todavía se mueven.
La abstracción mental y la asociación ideológica con los sonidos articulados y su referencia a la realidad es un sistema complejo que sólo ha logrado conquistar el “homo sapiens”. Ignoramos si como causa o efecto del mismo, si es primero el “homo sapiens” y después el lenguaje o al revés. En todo caso, el sistema lingüístico es un sistema muy complejo, muy variado y dúctil. Cada pueblo ha modulado su melodía fónica comunicativa en forma deferente y adaptada a las circunstancias propias. Infinitas formas de habla y variaciones lingüísticas han existido y existen en constante vaivén como consecuencia de su gran movilidad funcional. Esos vaivenes traen de cabeza a los investigares actuales.
Con respecto a su superioridad y valor funcional nadie puede imponer las ventajas de unos sistemas sobre los otros. Las notas peculiares de un código lingüístico en cuanto a sus variaciones geográficas, en cuanto a su riqueza comunicativa dentro del largo proceso histórico de su formación, su marcada relación con la cultura que transmite, sobre su componente integrador de pueblos, sobre su evolución histórica, sobre su relación con las otras lenguas de entorno, sobre su proyección en el tiempo y, sobre todo, sobre su funcionalidad comunicativa social y cultural. El gran peligro de la lengua reside en su componente mágico, en su capacidad para ser transformada en mito, en la carga venenosa que unos pueblos lanzan en ella contra otros. Es el mito perturbador, autista, babélico, del mal uso de una lengua. Desde luego cada sistema comunicativo es el mejor en su contexto social concreto. Si la lengua es producto espontáneo de la socialización, todas las lenguas son buenas porque todas resuelven originariamente los conflictos de la convivencia. Pero pueden contaminarse de irracionalidad, llenarse de afecto ciego, fanatizase y pasar de una noble función integradora y comunicativa a los efectos corrosivos de los mitos destructores.
Las referencias ideales y contenido simbólico de las palabras, las relaciones entre el significante sensible y sus referencias abstractas, son acumulaciones lentas, superpuestas y fraccionadas, como los estratos geológicos, por efecto del peso del tiempo y la maduración humana. Las conquistas mentales de los pueblos se han ido decantando en la lengua hablada y escrita, tanto en los fósiles de las lenguas muertas como en el legado de lengua viva, en sus ritos tradicionales, en sus iconos y recordatorios, en sus archivos, en sus bibliotecas y archivos. Suma de semas y rasgos significativos, de relaciones asociativas, de connotaciones afectivas recogidas en el proceso histórico. Es la polifonía semántica y la riqueza expresiva de las estructuras lingüísticas. La palabra es anterior a la idea. El lenguaje, anterior al pensamiento, la articulación verbal anterior a las asociaciones mentales. Las palabras son el molde de las ideas. La organización verbal es la base de la asociación de ideas y la clave para aprender la realidad y dominar la naturaleza. Supremacía del hombre sobre los animales. Por eso resulta tan importante la necesidad del lenguaje para lograr un adecuado desarrollo mental. El conocimiento de la lengua es un medio necesario para un buen ejercicio intelectual posterior. Una necesidad que se hace manifiesta en las escuelas como recurso pedagógico. Nunca podrá realizar buenos procesos mentales quien no disponga previamente un adecuado bagaje lingüístico. Las limitaciones lingüísticas se traducen en limitaciones de juegos de ideas y al mismo tiempo limitaciones en la comunicación. Un fenómeno que tiene incidencia en la confusión que las diferentes lenguas mal entendidas, el bilingüismo y babelismo actual, pueden originar en la mente de los alumnos, dudas, interferencias, obstáculos y complejos comunicativos, por sus deficiencias verbales o el temor infundido en su mente por el adoctrinamiento sectario. La confusión lingüística que promueven hoy grupos radicales, mucho más que procesos culturales limpios. Es la anticultura y anitihistoria, el juego sectarismo del pequeño nacionalismo, que será mañana un baldón de ignominia en el análisis crítico de la posteridad sobre nuestra historia y son hoy los responsables de la intolerancia escandalosa de unas facciones contra otras y la causa de la dura terquedad en la incomprensión entre los pueblos que viven juntos y deben entenderse.
La marca de lengua madre. La dispersión geográfica y demográfica que acompaña a los acontecimientos históricos, pacíficos o violentos, rompe la dinámica de la vida comunitaria, los proyectos iniciales de los grupos, la unidad de sus conquistas colectivas y los sistemas comunicativos. Si la vecindad moldea el pacto implícito de las unidades políticas, endurece el sentido étnico y la unidad de las lenguas comunes, la distancia, la separación, el aislamiento, contribuye asimismo a la disgregación de los sistemas comunicativos. Las lenguas se configuran dentro de las variaciones geográficas, al son de los avatares históricos, en el efecto del aislamiento demográfico de los grupos. Se producen las variaciones diacrónicas y sincrónicas constantes. El aislamiento es el elemento disgregador más significativo del habla popular porque cada grupo organiza sus campos semánticos a la medida de sus necesidades. Las lenguas recogen la complejidad cultural acumulada en el entramado de su vida cotidiana con sus particularidades inevitables y sus conquistas universales. La literatura y el habla popular son buenos testimonios de ello. Una biblioteca sintetiza el producto mental en las referencias léxicas y semánticas, el alma de los interlocutores y los rasgos característicos del hombre y su entorno. La lengua es sociología humana, evoluciona lenta y progresiva, resume las características del pueblo en las facetas más diversas en perspectivas de siglos y con un dinamismo interno que sobrepasa las maniobras que, a corto plazo, realizan los poderes fácticos puntuales que intentan su manipulación.
Existe una interacción permanente entre el hombre y su propia lengua porque también la lengua es un epifenómeno cultural engendrado por pactos implícitos convencionales de los hablantes. Y de alguna manera el hombre es su lengua, es su manera de comunicarse, es su forma de adaptación al medio, actividad gestual y mímica que, a su vez, es resultado de su arraigo concreta con la realidad. El hombre es forma de comunicarse. Nadie olvidará nunca la impronta que el aprendizaje infantil de la lengua madre deja en la articulación original y en la organización fisiológica de aparato fonador. Y todos saben las dificultades de comunicación en lenguas diferentes -que a pesar de todo se realiza aún al margen de ellas- y el esfuerzo de aprendizaje de lenguas desconocidas cuya articulación sorprende a los órganos auditivos y fónicos de los aprendices. Sus relaciones simbólicas y connotaciones semánticas son totalmente novedosas y diferentes al modelo original. La lengua madre se aprende instintivamente y las lenguas nuevas exigen un gran esfuerzo reflexivo. Y aún así nunca se hace tan perfectamente que se puedan borrar por completo los hábitos fonéticos que se mamaron en la cuna. El esfuerzo de aprender una lengua es la mejor prueba de su compleja estructura y la marca característica del origen geográfico sus hablantes. El tonillo subyacente delata siempre. Es marca indeleble de la lengua de origen que traiciona las superposiciones cultas de otros registros aprendidos y seña de identidad del fuerte influjo que ofrece el contexto socio-cultural del habla de la infancia con profunda interiorización. Nunca el hombre anglosajón de origen, el chino, el marroquí, incluso el gallego, el catalán, el andaluz, el cubano, podrán disimular el sustrato aborigen, más o menos marcado, de sus lenguas o dialectos de leche aunque dominen correctamente la gramática española.
Esta complejidad de la lengua y su encarnación profunda en el alma de los hablantes, efecto del una larga sedimentación temporal y asimilación humana, es una nueva invención salvadora de la actividad mítica del hombre para resolver el problema infranqueable de su incomunicación. Un complejo constructo colectivo que exige, en primer lugar, gran respeto a las lenguas del mundo con referencia a su uso espontáneo. Un respeto a la comunicación libre y franca por medio de la lengua aprendida de sus padres, que está acrisolada por la práctica secular y es ya un derecho fundamental de los pueblos civilizados. Es absurdo imponer y manipular las lenguas por motivaciones ajenos al propio análisis crítico de sus efectos comunicativos y su propia estructura funcional, convencional y libre, al servicio de la comunidad. El gran delito de hoy, escándalo para los descendientes, porque además se comete con toda impunidad, es el trasiego de lenguas que nos sumerge en la esquizofrenia lingüística y el babelismo actual. Vivimos el triunfo de la irracionalidad que dirige la política puntual de perspectivas muy reducidas. Proliferación de nuevos reinos de taifas en política y en lengua. Se pasa desde el desprestigio de las grandes lenguas vivas funcionales a la fantasía de lenguas futuras inverosímiles y quiméricas, desde la recuperación de vestigios de supuestas lenguas del pasado que nunca existieron, a la restauración híbrida de restos muertos que ya nunca volverán a recobrar vitalidad comunicativa, desde el pose de usos informes y arcaicas variantes dialectales hasta la enseñanza obligatoria en las escuelas dialectos populares y supuestas lenguas autóctonas que no pasan de ser reconstrucciones caprichosa y convencional sin base científica que lo justifique. A veces el sueño alucinado de lo que pudo haber sido y no es, instinto mimético de pueblos que hablan de forma distinta y pretexto para justificar algún separatismo. La lengua es un producto mental colectivo de larga evolución espontánea que se compra y se v ende hoy como una producto fungible y venable en los foros y plazas políticas. La violencia no sirve para configurar sistemas comunicativos. Ni las colonizaciones lingüísticas, ni las invasiones, ni las imposiciones, ni los planes de inmersión de unas y las proscripciones de otras, ni los aprendizajes obligatorios del lenguas nuevas en nombre de banderas ficticias, ni la resurrección de grandes o pequeñas hablas muertas o poco funcionales, ni las reconstrucciones y los inventos voluntariosos de pedantes ilustrados sin razones críticas de ningún tipo, avasallando territorios fronterizos al estilo de los emperadores de antaño, ni férreas ortodoxias doctrinales de nimias autonomías de hoy. Son verdaderos genocidios culturales y mugre regresiva antihistórica. El uso lingüístico popular excluye normas.
La lengua es un producto social, convencional y mediático que anda solo. Se adapta perfectamente. Nunca, un valor absoluto, definitivo y acabado. La comunicación es un derecho humano, la lengua un epifenómeno mediático y contingente. Además hay ofuscación en las políticas lingüísticas actuales, dirigidas mucho más a implantar los privilegios de unas sobre otras, que facilitar la comunicación entre las personas. Si antes se cometieron abusos en los procesos colonizadores no justifica que se sigan cometiendo. La normativa resta espontaneidad a la comunicación hablada, pues el hombre del pueblo habla como mejor le conviene. Sobran los decretos y las normas impositivas y la catequesis oficial dirigida, porque es violencia añadida a la naturaleza libre de la lengua y su uso espontáneo. Solo la consideración de su naturaleza mediática, el uso espontáneo por los grupos que ignoran otros recursos de comunicación y el respeto tolerante y realista del acontecer de los hechos históricos, gratos o ingratos, pueden evitar los graves enredos que hoy las envuelven. Al lado de las grandes lenguas culturales hay lenguas pequeñas, hay fósiles de lenguas perdidas, hay lenguas arcaicas muy entrañables a los afectos locales con escasa eficacia comunicativa, hay nostalgia de lenguas que nunca existieron y sueños alucinados de lenguas futuras de pueblos inexistentes en ningún horizonte real. A veces ni siquiera hay lenguas. ¿Por qué negar la historia o disfrutar morbosamente del sentimiento nostálgico de lo que no existe o ha fenecido en acto gloriosos de servicio? El uso de un código comunicativo sin interferencias, sin miedos, sin complejos, es el camino de una comunicación lúcida, humana, directa, desmitificada, y un derecho elemental e inalienable de los hombres y los pueblos.
Las lenguas son utensilios mentales que se emplean en la comunicación y casi siempre pasan desapercibidos a los hablantes por su marcada función mediática. Como objeto de estudios históricos, como bandera política, es una moda de nuestro tiempo. Su función propia es eminentemente práctica, se emplea como la respiración sin conciencia de su entidad fónica y sus hondas estructuras gramaticales. Las palabras se pronuncian para representar objetos, para transmitir ideas, para sugerir situaciones, para sugerir un determinado contexto, sin reflexión de sus procesos articulados y su estructura fónica y gráfica. El pueblo no se preocupa de la naturaleza de sus signos comunicativos porque los signos son transparentes, cristalinos; son vehículos de transporte, no interesan en sí mismos sino su referencia a la realidad y al mensaje que transmiten. En la lengua interesa sobre todo el mensaje mucho más que el mensajero verbal que lo lleva dentro. Así el mensajero, la palabra, queda siempre en planos borrosos. Solo los poetas y filólogos le ofrezcan una preocupación inmediata. La lengua es comunicación y la reflexión sobre la misma se hace después de su dominio práctico. Primero es captar el mensaje, descodificar la conversación del interlocutor, llegar a una comunicación real con los semejantes. La mecánica de los automatismos comunicativos, los procesos mentales, los signos, su combinación, los gestos, los silencios la modulación fónica, su representación gráfica, importan menos. Hasta hace poco ni se tenían en cuenta. Los pueblos bárbaros no tuvieron inconveniente en hablar el latín, lengua de vencidos, en tierras dominadas, así como los romanos, a su vez, presumían hablando el griego de la potencia helénica vencida porque el prestigio cultural y el poder comunicativo de las lenguas de los pueblos vencidos, en ambos casos, era superior a los suyos. Hoy los poetas y los filólogos destacan el valor científico y artístico de la palabra al margen de su función comunicativa. Por eso lo verdaderamente importante de la lengua es su funcionalidad comunicativa que a su vez se relaciona con el prestigio de la cultura que trasmite, la excelencia de sus instituciones y el número de pueblos que la emplean. También la utilidad práctica tiene su importancia. Los productos mentales se enriquecen a medida que se expanden y se prestigian en su difusión.
La comunicación es un valor humano mucho más importante que el conjunto de signos que la facilitan. El pueblo hablante, el hombre que conoce el valor comunicativo de los gestos, el significado deícticos de algunos sonidos, el valor expresivo de las actitudes, el contenido afectivo de gritos inarticulados, la riqueza del conocimiento práctico de otras lenguas, el libre y práctico uso de la propia, importan mucho más que el adoctrinamiento partidista que normaliza el caudal fonético puntual de pequeñas lenguas. A veces, una mirada es más elocuente que muchos discursos. Y desde luego una lengua multinacional, mucho más ventajosa que la rudimentaria figura de muchos dialectos locales o germanías artesanales o variantes vulgares sin arraigo y consistencia. Considérese la situación del español común que relaciona a quinientos millones de hablantes en progresión de prestigio creciente y las confusas lenguas dialectales de la península eufónicamente llamadas ahora también lenguas. La comunicación entre millones de hablantes exige una estructura lingüística superior a la informe y variada divergencia que el romance ha tomado en la península, incluido la confusión de los dialectos vascos dentro de su territorio.
La comunicación es una actividad que sobrepasa el círculo referencial de una lengua o un dialecto particular. Y mucho más si ésta tiene contornos muy limitados y recursos muy escasos. La limitación del signo lingüístico en la comunicación es evidente, desde el contenido mental del hablante que se reduce al codificarlo en una palabra, desde la limitación de los cauces vehiculares de los medios que la transmiten, hasta el esfuerzo restrictivo de la interpretación del interlocutor. El mensaje humano se contrae en la acción codificadora del hablante, en los canales de la comunicación que todavía reducen más su eficacia comunicativa y en el filtro subjetivo de las vivencias particulares del receptor al interpretar el mensaje. Las palabras son envases pequeños para recoger la grandeza de la comunicación humana. Y más cuando se trata de palabras sin acepciones semánticas, inventadas recientemente o lenguas sin tradición histórica. Sólo muy recientemente se ha prestado atención al signo, a la importancia de la lengua propia en este siglo y sus inevitables hilos de contacto con los centros políticos e influjos culturales propios que ella representa. Sin embargo los lingüistas recientes, los curiosos antiguos, los reflexivos filósofos que juegan con las ideas, los poetas que juegan con el valor estético de las palabras, los docentes que la emplean con plena legitimidad por razones profesionales, lo hacen con derecho propio. Hoy están desplazados por usurpadores políticos, reformistas y revolucionarios poseídos de inspiración mítica, mágica y religiosa, incluso sectarismo partidista que no tiene la menor idea del sentido de la historia y la estructura comunicativa de las lenguas.
La ciencia de los últimos años ha realizado conquistas importantes sobre las leyes de evolución de la lengua, su importancia fonética, su dinamismo interno, las interferencias de unas sobre otras, sus oscuros orígenes, y su enigmático destino. Las lenguas son productos culturales cambiantes como la corriente de los ríos que no se detiene ni en el espacio ni en un tiempo definido. Son móviles, plásticas, fluyentes. Pueden evolucionar más o menos, pueden detenerse más o menos en un determinado momento histórico, pero la lengua como todo el producto social es de naturaleza cambiante. Se adapta plenamente a las aventuras políticas que vive cada pueblo en cada situación cultural. Las lenguas vivas actuales pueden ser lenguas habladas únicamente propias de pueblos ágrafos que no han llegado a conseguir su complemento fijador escrito, poco evolucionadas, con bordes imprecisos, abandonadas por el núcleo vital materno en los medios rurales y regiones apartadas, casi siempre funcionan de forma bilingüe bajo el aliento lejano de la lengua culta protectora. Tiene poca consistencia, usada por grupos reducidos que a veces no pasan de ser simples variaciones dialectales de lengua de apoyo. Nuestras lenguas periféricas peninsulares y las variaciones fonéticas americanas. Lengua de mucha pobreza comunicativa, muchos arcaísmos adheridos, muchos complejos de inferioridad y con tendencia a la asimilación con la lengua culta afín. Y hay grandes lenguas que llevan anejas el correspondiente sistema escrito paralelo que las estabiliza y realza los caracteres propios. Son lenguas de larga tradición histórica y amplia difusión geográfica y con rasgos propios bien diferenciados, lenguas cultas, prestigiadas en el concepto de opinión mundial, propias de pueblos evolucionados culturalmente. Su lengua escrita es segundo sistema visual de comunicación, un elemento fijador en paralelo que se puede ir distanciando también progresivamente de la copia fónica que reproduce. La escritura no es estrictamente necesaria. Hay también pueblos ágrafos y analfabetos que hablan y no escriben y son dueños de sus propias lenguas así sean primitivas y elementales.
Las lenguas vivas tienen naturaleza fónica, son melodía, son música comunicativa, son sonido que cambia y se configura lentamente en largos períodos de tiempo. Una corriente viva, viva como la historia del hombre y como las plantas y en continuo flujo del agua de los ríos. La lengua es una corriente siempre móvil que mantiene en paralelo el sistema escrito siempre estable, la lengua de los libros, el reflejo gráfico de un determinado momento histórico. La lengua impresa en las piedras, en las arcillas, en los pergaminos, en el papel, en las normas de las reales academias y en la mente de los sectores cultos de las sociedades. La evolución paralela se mantiene por un tiempo. A largo plazo el divorcio es inevitable. El habla se desarrolla con el dinamismo de la historia, se diversifica, se enriquece, se separa de sus fuentes de origen, mientras que la lengua escrita permanece anclada en los archivos de la cultura hasta el punto que llegan a desconocerse totalmente o recogerse únicamente en los libros escritos. El latín sólo existe en las bibliotecas. La lengua del Lacio es la lengua del Mio Cid, es la lengua del rey Sabio y la lengua de Cervantes y de los escritores actuales en su largo proceso de continuidad. Pero con adherencias comunicativas totalmente diferentes que el tiempo ha colocado a una en el grupo de lenguas muertas y a su descendencia romance en el grupo más o menos uniforme en el grupo de lenguas vivas.
En realidad, el fenómeno de la lengua escrita funciona al revés. Es la estratificación gráfica de un momento sincrónico de la lengua hablada. Y por lo tanto un sistema que traduce un momento puntual de la lengua hablada dentro de sus circunstancias, le da una estructura determinada y una oficialidad que puede durar mucho tiempo. El elemento escrito mantiene petrificadas las estructuras cultas de la lengua mientras que el elemente fonológico evoluciona hasta producir incluso la ruptura claras de los dos planos. Nadie podrá mantener el desarrollo diacrónico de la lengua frente a la estabilidad escrita de los contenidos cultos de la misma. Las reformas incluso en la grafía que corresponde a cada fonema son necesarias con cierta regularidad. Discutible el grito de rebeldía de García Márquez contra la ortografía desfasada del español común, pero hecha de dentro de una perfecta lógica impuesta por la adaptación necesaria entre la lengua hablada y lengua escrita. Un divorcio muy grande podrá conducir a dos sistemas de comunicación diferentes y alejados que sólo una adaptación gráfica progresiva, la movilidad de la lengua escrita al son de la lengua hablada -cosa que no se hace debido a presunción de los hombres cultos que la dominan dentro de los sillones de sus Reales Academias- podrían realizar los organismos vigilantes de la lengua escrita en función de la evolución de la lengua hablada sin demasiada violencia. Y si es legítima la reforma y las normas estas deben referirse mucho más al sistema escrito que al hablado. Esta fidelidad que mantienen los dos planos de la lengua en la lengua española y muy diversa en otras lenguas romances pone a la lengua de Cervantes en condiciones de abrir camino y tomar ventaja a los otros sistemas en el campo de la informática y la cibernética. Y desde luego su ventaja sobre las otras pequeñas lenguas peninsulares.
La diversidad de lenguas. La tierra es un mosaico de lenguas, tan confuso y enredado como los glóbulos rojos de las razas y tan distinto como las costumbres de las naciones. La disgregación de la tribu y su enraizamiento geográfico produce la diferenciación de los sistemas de comunicación. Nunca sabremos si las lenguas actuales vienen de la unidad hacia la diversidad o si, por el contrario, el proceso es a la inversa, de la pluralidad a la unidad. Los procesos lingüísticos se superponen unos sobre otros en forma indefinida de tal modo que la reconstrucción de su situación actual resulta tan imposible como la reconstrucción la genealogía de los2 pueblos o las fronteras originales de los grupos políticos. No existen lenguas diferentes sino momentos o estados de una sola evolución. No existen cortes en el tiempo y en el espacio en el uso de las lenguas, no existen catálogos exhaustivos de las lenguas diferentes. Las lenguas son corrientes fónicas que se proyectan en el tiempo en razón de continuidad siempre idéntica y siempre diferente, sus fronteras se funden con sus lenguas vecinas de tal forma que toda división precisa resulta totalmente arbitraria y un buen motivo de conflictos entre los hablantes de una lengua y otra.
Las lenguas son el carácter del hombre, son partes de sus historias, son su conciencia popular, pero sobre todo son signos de comunicación. No existe superioridad de unas lenguas sobre otras. No existen lenguas superiores e inferiores. No hay ventaja de las lenguas flexivas, sobre las aglutinantes y sobre las monosilábicas. Sólo hay lenguas que comunican mejor o peor, que son más o menos conductoras y solidarias. Una lengua es buena mientras es la expresión espontánea y directa de una comunidad que la habla con la misma validez que la lengua que emplean los vecinos. Claro que los valores populares, y sobre todo el prestigio social y económico, condicionan su uso entre otras opciones. Sobre todo el prestigio cultural, más incluso que el prestigio militar o económico. El griego se mantuvo sobre el poder político de Roma y los germanos aceptaron la lengua del prestigiado dominio cultural del imperio. El inglés se impone hoy en todas las áreas de cierta influencia cultural, lo mismo que el español invade el campo de las pequeñas lenguas aborígenes de su amplia y creciente zona de influencia. Es la marcha imponente de la historia que desarma el pequeño entusiasmo de los pequeños grupos lingüísticos autóctonos ante el poderío de los grandes. Después de todo el hombre y los pueblos son los que en realidad hacen su historia como quieren que sea y no lo que debiera haber sido según la lógica particular de alguien y lo que alguien quisiera que fueran. El español ofrece una sinergia lógica hoy sobre los dialectos ibéricos que tiene ninguna otra lengua. Y los disfraces de mucho defensores de las pequeñas lenguas autóctonas más que desfigurarlos los delatan.
Ha habido invasiones lingüísticas y verdaderas violaciones de productos culturales. La historia ofrece los más extraños fenómenos sobre las relaciones entre los pueblos que hablan distintas lenguas. Se diría que la historia de los pueblos es paralela a la extraña historia de los hombrees. O que la historia de los pueblos determina la dirección de la lengua. Unas lenguas se comen a las otras como unos pueblos invaden a otros, con impunidad o sin ella; la cobertura geolingüística recorre los mismos avatares que recorren las líneas geográficas y los movimientos demográficos a voluntad y a merced de los hechos históricos. Han existido asimilaciones e infinitas intercomunicaciones de unas lenguas sobre otras. Hay lenguas afortunadas que han volado en alas de la expansión política de unos pueblos, mientras otras han desaparecido ante el paso triunfante de culturas y ejércitos coyunturales. Pero las lenguas son productos que evolucionan en sentido ascendente de forma irreversible como evoluciona toda la vida cósmica. Pueden morir en muerte violenta por carencia de vitalidad interna y en cataclismos que las barren en remolinos culturales o pueden recobrar todo el esplendor que recuperan en determinados momentos los imperios que las hablan.
Pero las lenguas tienen su propio dinamismo interno, inconsciente y silencioso, que conviene respetar. En tiempo pretérito se respetaba instintivamente intentando su función comunicativa o su prestigio social. No se pueden cambiar ni poner ni quitar ni inventar o destruir lenguas de un plumazo. Las lenguas son el hombre, su sistema de comunicación. No es el único. La comunicación por signos, gestos es casi más rica, más expresiva, más matizada, que la mima comunicación hablada. Por eso, como productos sociales, como conquistas propias, como patrimonio cultural, las lenguas acumulan fuertes cargas emotivas con todo el fanatismo a los fuertes sentimiento. Producto civilizado y terreno propicio para el mito. Ellos son vehículo de todo el clima cultural del pueblo que las hablan y que lo arrastran en su corriente histórica. Pero también se prestan al mito, sobre todo hoy cuando su uso se identifica indebidamente con otros valores míticos igualmente desfigurados como son el sentimiento de nación o pueblo o religión. Ellas resumen la cultura de sus hablantes y rezuman la atmósfera que respira. Pero sufren también las humillaciones de sus pueblos. Los éxitos de sus triunfos. Las lenguas unifican imperios y marcan profundamente a los hombres que las hablan. Son también banderas de cohesión y manzanas de discordia. Hoy las lenguas se han mezclado injustamente con los sentimientos patrios y toda la acumulación mítica de los pequeños dioses caseros que prolongan así la esencia mítica de los siglos pasados. Se convierten en objetos de la mitificación de los pueblos.
En los siglos pasados interesaba sobre todo su efecto comunicativo mucho más que su aspecto cultural. Por eso los viejos siglos nunca han mitificado tanto al sistema comunicativo como se hace hoy porque entonces la lengua era simplemente lengua y más nada. Hoy es el fetiche de moda que anda en las luchas reivindicativas con mucho más contenido mítico que antes. Contagio chauvinista del viejo, desmesurado y exaltado amor a la patria y toma la informe y peligrosa figura de los nuevos y pequeños nacionalismos. Las lenguas son elementos característicos de cada época tanto en su valor comunicativo vigente como en el cariño de sus años decadentes, tanto en la exaltación de su esplendor histórico como en el declive de su fuerza expresiva. De ahí nace su efecto perturbador en el mundo actual y esa connotación excluyente que nunca tuvo tanta importancia en las lenguas históricas. Roma aceptó sin mucho recelo la presencia y superioridad de la lengua en los territorios orientales subyugados y los pueblos bárbaros aceptaron sin reparos la lengua del imperio romano vencido y desgarrado. El hombre de hoy mucho más consciente de su sistema comunicativo que sus antepasados mitifica sus estructuras aun con perjuicio de la comunicación popular. Su mitificación es reciente, su tráfico político beligerante es injusto y contagiado de graves adulteraciones.
Su naturaleza instrumental. Las lenguas son producto humano, recurso para la relación comunitaria y acumulación de rica herencia milenaria. Su finalidad y razón de ser se confunde con su funcionalidad, su relatividad yace en su función ancilal. Es una estructura social acomodaticia. Las lenguas no son fines sino medios, no son valores absolutos sino funcionales, no son estrictamente factores culturales sino productos civilizados mediáticos conductores de la comunicación. Las lenguas son más comunicativas cuando son más espontáneas. Son agua trasparente y expresión directa de la realidad, pero no son productos culturales. En tal caso vehículos, o notal folclóricas de la cultura. Las culturas no se pueden clasificar por demografía lingüística. La cultura es incorruptible y las lenguas se desintegran. Con el tiempo se hacen opacas, se transforman en creencias, se recubren de afectividad irracional como las fronteras y las razas y las religiones propias, se escriben en las banderas. Antes solo eran un simple medio de entendimiento entre los miembros de la comunidad, ahora la civilización, los diversos elementos fijadores de la cultura, la deformación patriótica y la megalomanía de las notas diferenciales, están petrificando su proceso adaptativo funcional y mutilando su función primaria. Antes eran signos espontáneos de comunicación. Hoy son productos manufacturados en laboratorios políticos de manipulación de ideas, especímenes extraños arrancados y reconstruidos en los cementerios para presentarlos en los foros de estudios nacionales o regionales, proyectos de propaganda política, pretextos de falsos nacionalismos y desfiguraciones descaradas de los sistemas comunicativos de los pueblos. Los medios de comunicación, la lengua escrita, las autoridades académicas, los diccionarios y gramáticas, son elementos fijadores. Pero las ideologías políticas y las adherencias afectivas populares elementos corrosivos y contaminantes de la lengua.
Nada más antilingüístico que los absurdos lemas de las Reales Academias que pretenciosamente “limpian, fijan y dan esplendor” a las lenguas. Ni limpian, ni fijan, ni dan esplendor. Violación ideológica aunque proceda de instituciones cultas porque se aplica a un objeto cultural que es profundamente dinámico. Políticas de normalización que provienen de sectores políticos radicalizados y emplean la lengua con recurso patriótico. Esquizofrenia total y además inútil. El pueblo es el dueño de su legado comunicativo y es administrador, el pueblo se comunica en función de los mensajes que transmite y los mensajes que recibe. Las reformas civilizadas de las lenguas solo pueden referirse a su componente escrito que se va separando paulatinamente de su modelo hablado. Además las lenguas poseen mecanismos sociales de autodefensa internos, leyes fijas de evolución de la propia lengua, andan por sí mismas, dispuestas a burlar siempre los voluntarismos espurios de sus tutores. Esos organismos presuntamente defensores, los nuevos poderes fácticos políticos o ideológicos, las imposiciones y reconstrucciones, son veleidosas interpretaciones temporeras sin base científica y por lo tanto verdaderos atentados contra su función culta comunicativa. No limpian porque todas las lenguas vivas del mundo recuperan su limpieza en el rodar de su propia función mediática al servicio de los pueblos, ni fijan porque la estratificación es contraria a su naturaleza fluida y cambiante, ni dan esplendor porque todas las lenguas son ya suficientemente esplendorosas mientras sean la expresión espontánea de sus hablantes.
La lengua es instrumento de la comunicación. Y los pueblos son dueños de su propia lengua y completamente libres para usar la que más le interese en cada momento. La historia de las lenguas es diversa como la de los seres vivos. Y viven en función del desarrollo cultural de sus pueblos. Las grandes culturas históricas, y si se quiere los grandes imperios, están siempre protegidas con grandes sistemas lingüísticos. Grecia, Roma, la cultura árabe, la cultura anglosajona, la cultura hispánica. Su evolución es casi siempre paralela a la historia política de los pueblos. Pero no es lo nación y lengua. Hay muchos grupos humanos que hablan lenguas diferentes y muchas unidades políticas distintas con una sola lengua. Los imperios nacen, viven su etapa esplendorosa, y mueren de muchas formas diferentes. A las lenguas les sucede lo mismo. Unas fenecen en su soledad como víctimas de su aislamiento tribal de sus hablantes, otras caen por efecto de violentas invasiones y acciones militares y decretos imperiales de exterminio, y otras fenecen tranquilas cuando sus escasos recursos comunicativos se hacen insuficientes para mantener las relaciones humanas y se fusionan con otros caudales vitales más funcionales. La grandeza de las lenguas no reside precisamente en color de las banderas políticas que las promueven, ni en los sueños alucinados de sus mentores, ni en bondad o belleza de sus convencionales gramáticas históricas, ni en los efluvios mágicos de sus huesos fosilizados en los museos etnográficos y arqueológicos y en los archivos y bibliotecas de su léxico muerto, ni en los complejos de sus fracasos históricos.
Una lengua es grande cuando evoluciona y humaniza al hombre y a la cultura que la promueve. Y otra es igualmente grande cuando queda preterida en los recodos de la involución de los pueblos porque la corriente de la historia es versátil y caprichosa. Esa es su naturaleza, el destino siempre cambiante y viva diacrónicamente y tendencia a desaparecer en el dinamismo constante de la corrupción y generación, la muerte como base de la vida. Es la ley del progreso y la tendencia de diacrónica de los hombres y sus lenguas habladas. Después de todo, el día que el hombre encuentre una nueva forma de comunicación más fácil sin necesidad de recurrir a los términos raros y extraños, fónicos y gráficos, mensurables en espacio y tiempo, sin necesidad de una gramática tan compleja como las que usamos, sin significados polifónicos, sin ambivalencias, sin traiciones a su propio significado, sin antonimias y aporías irreconciliables, sin significaciones irónicos ni estratégicas doctrinales para decir realidades contrarias a las que significan, sin ambigüedades, sin margen a la manipulación semántica de sus significados, sin las equivocas y sesgadas interpretaciones sibilina que traen de cabeza al pueblo sencillo y los engañas, a profesores y alumnos en las clases, a las gentes que escriben cartas familiares, a los mismos debates académicos que siempre dudan cómo resolver el problema y la profanación de la lengua por los políticos, en ese momento todas las lenguas habladas y escritas del mundo pasarían a los archivos como testimonios de un sistema comunicativo abstruso y complicado. ¡Cuántas lenguas muertas de plena vigencia ayer, muchas incluso sin testimonios de su existencia! Incluso los jeroglíficos egipcios fueron enigmas indescifrables hasta la aparición de la arcilla Rosetta que dio la clave para su descodificación. Desaparecerán las lenguas cuando dejen de cumplir sus fines comunicativos porque su naturaleza es mediática aunque los políticos, autócratas y magos, las sigan utilizando como banderas de ideales ajenos a su naturaleza.
En el caso de la babelización ibérica actual se está llegando a la esquizofrenia total. Todavía no está claro donde están los límites entre lenguas y dialectos y el grado de dependencia entre unos y otros. Un decreto del gobierno de turno para poner cotos fijos al habla, no dice nada y además está fuera de su competencia. Si la lengua acompaña a una cultura propia ¿qué se dirá de las formas de hablar que no corresponden a ninguna cultura específica? Si las lenguas deben tener en su estructura los recursos suficientes para resolver los problemas de la comunicación ¿qué se dirá las lenguas están condenadas a alimentarse constantemente de la savia de otras mayores y vecinas? El victimismo, la nostalgia, la melancolía, las reacciones de compensación y los sentimientos de culpa, sólo justifica la morbosa y absurda irracionalidad que agita los bajos fondos de esta tierra. No arregla nada y enredan mucho la situación política del tiempo. Se supone que la cultura es única, unitaria, humaniza y defiende los perennes valores del hombre, las grandes conquistas humanizadoras, los derechos universales, y no sus folclor, sus viejos miasmas, su mugre histórica y su andamiaje civilizado mediático. El romanticismo de antaño es sueño y fábula. No pude identificarse la cultura con la incultura o la anticultura que forman las notas diferenciales de algunos pueblos. Existen dialectos vulgares o germanías o jergas que solo delatan el origen rural de sus formas de hablar y la religión de nuevos adoradores de becerros de oro que levantan los rampantes nacionalismos en el ocaso de sus viejos dioses. Mentiras civilizadas. Hay formas de hablar que nunca han tenido su paralela lengua escrita, pueblos ágrafos que expresan las formas ácratas de sus orígenes tribales y primitivos. Ni el gallego, fuera de los foros reformadores de hoy, tiene perfil definido en su variedad geográfica regional entre el gallego medieval, la lengua lusa de Oporto y el poderoso influjo de habla oficial española. Ni el catalán, fuera del autismo voluntarista que se empeñan en rehacer una lengua paralela a una nación ni la diversidad de los dialectos de las regiones vascuences y navarras, que ni siguiera tienen intercambio comunicativo entre ellos, no tienen nada que ver con “batua” unificado académico, producto de voluntarismos políticos e independentistas que confundo el sueño con la realidad. Formas rurales y arcaicas de hablar de recursos muy limitados y crípticos, con campos semánticos tan forzados, que crea inevitablemente el desafecto de sus hablantes y la hostilidad con los vecinos. Los mentores de la normalización lingüística, en vez de recurrir a los sectores cultos y más progresistas de la sociedad para recoger los modelos del habla más viva y funcional, se empeñan en rebuscar en los basureros los estereotipos de sus innovaciones, en las regiones más alejadas de la cultura, en zonas marginales, en los riscos más remotos que conservan los elementos más arcaicos de alguna lengua, buenos para los arqueólogos y científicos y reliquias muertas, cripticas y repulsivas al buen gusto de los hablantes cultos de este tiempo.
El símbolo de las políticas institucionales disparatadas es la imagen reciente y patética de los jefes autonómicos de las tres regiones históricas del Norte hablando en el Parlamento Español con traductores simultáneos. ¡A tanto induce la demagogia popular! Y hablan de reparaciones históricas. España tiene una gran lengua multisecular común a muchas naciones y compartida por millones de hablantes en el mundo y gran prestigio comunicativo actual. Es el archivo de una gran cultura y su prestigio comunicativo culto está en auge. Muchas variantes locales habladas en la península se han fundido en el caudal del coiné oficial común. Ley de la historia. El riojano, el leonés, el extremeño, el murciano. Y las diferencias geográficas de otras regiones españolas y americanas, el español de Galicia, el andaluz, el cubano, el asturiano, el canario, son marcas regionales consecuencia de las distancia geográfica. La tendencia unitaria se impone a las tendencias disgregadoras derivadas de su amplia difusión. No será mucho pensar que el título de “lenguas españolas” aplicado a las otras lenguas periféricas, aunque sea constitucional, son eufemismos complacientes con poca entidad científica. La aceptación de la decadencia funcional en la comunicación, o su resignación la borrarse del catálogo de las lenguas vivas por destino trágico de su fatalismo histórico y su tendencia a la fusión con el caudal de otras lenguas mayores con prestigio mundial y creciente no es un deshonor sino el fin natural de su servil naturaleza mediática, La fiesta agridulce de una encuentro fructífero con efectos nostálgicos de pérdidas que caen en actos de servicio de una comunicación universal más amplia y espontánea. La verdadera riqueza de las lenguas no está en las diferencias que disgregan sino en facilitar la comunicación. Es su razón de ser. Lo demás es fetichismo, engaño, demagogia, folclor, incultura e ignorancia histórica. No puede ser motivo nostálgico o melancólico de nada sino motivo sereno del esfuerzo humano ante una integración victoriosa que unifique a unos hombres con otros y aumente la solidaridad de los pueblos dentro o fuera de las mismas fronteras y por encima de los efectos de las mitologías ancestrales.
Y el español común, no puede ser el chivo expiatorio de la confusión comunicativa, ni la causa de las injusticias históricas cometidas contra otros pueblos, ni la lengua fagotizadora de sus vecinas. No existe glotofagia, ni siquiera lingüicidio de nada ante nadie. Simplemente el “bonum es difusivum sui”. El bien se expande solo. En todo caso, bilingüismo o sesquilingüismo que implica la convivencia libre y simultánea de ambas. Ni la propaganda de las pequeñas diferencias del habla autóctona debiera hacerse con tanta alaraca y tonos fundamentales tan dogmáticos ni con el dinero de erario público por su contrasentido histórico. Ni la lengua de Cervantes ni sus hablantes debieran asumir sentimientos de culpa por delitos que nunca ha cometido y sufrir los efectos agresivos de una sociedad intolerante. Los demiurgos regiones hablan tan fuerte en nombre de esnobismos y dogmas nuevos porque llevan por dentro impulsos numénicos como los profetas viejos, conscientes en el fondo de la fragilidad de las consignas de sus nuevas religiones. Los nacionalismos radicales son credos, sectas nuevas, sucedáneos de las religiones tradicionales. Los ideales sacralizados se hacen dogmas y sus seguidores, devotos creyentes. Ya no importa la verdad objetiva, sino la inefable autoridad de sus dioses. No se justifica la excesiva beligerancia de las pequeñas lenguas locales, las campañas de promoción lingüística oficial y las subvenciones exclusivas para sus lenguas, que conducen a la insolidaridad y a la confusión comunicativa y ofenden gravemente la serena y prestigiosa imagen de la lengua española que es hoy la lengua romance hablada y escrita de quinientos millones de hablantes y además le sobran razones para reclamar, al menos, el mismo trato que reciben las pequeñas lenguas regionales. Se comete el absurdo de lanzar contra la lengua española, en nombre de una seudocultura vigente, agresiones y tratos discriminatorios tan injustos que seguramente nunca los castellanohablantes han empleado contra nadie. En la colonización de América se ha realizado una defensa de las lenguas indígenas hasta darles un esplendor que nunca antes habían tenido y se elevado el guaraní, por ejemplo, al rango oficial moderna. En realidad la verdadera hispanización americana se hizo después de la emancipación de las colonias. En todo caso, si la historia ofrece ejemplos de genocidios culturales en su política expansionista, ningún tipo de violencia se puede justificar en forma parecida. La historia pasada es irreversible, es como es, y su gran lección ejemplarizante radica hoy en saber evitar los errores cometidos antaño. Su sincronía actual es producto de siglos que sobrepasa los afanes reformadores puntuales. Ningún mago del tiempo, por mucha magia que tenga en sus manos, podrá cambiar el proceso lento de su evolución. No hay lenguas dominadoras ni dominadas. Hay hechos consumados de lenguas grandes y pequeñas, que comunican o ya no pueden hacerlo. Productos fluyentes. Hay lenguas vivas y muertas, lenguas agónicas y lenguas con prestigio creciente. La restauración de elementos caducos fónicos, las resurrecciones gloriosas de sus huesos deformes, las lenguas artificiales, entubadas en salas de reanimación intensiva, las lenguas cibernéticas de los laboratorios, los presupuestos especiales de los gobiernos a la política lingüística son procesos anticulturales, campañas demagógicas populares y populistas porque restringen el derecho de la libre comunicación. Y más grave todavía si esto se realiza con medios intimidatorios, chantagistas, violentos que no son garantía de auténtica relación social, ni crean savia nueva de comunicación solidaria. No son lenguas funcionales Acaso prolongación de una situación agónica inevitable, resistencia rabiosa a desaparecer. Después de todo, las lenguas, todas las lenguas, son sustancia fungible, mortales, caducas, elemento mediático, condenadas a servir a la convivencia, evolucionar en pactos implícitos de integración o desaparecer simplemente como materiales de un andamio en los basureros del tiempo por muchos mitología que haya creado en su nombre.
Las deformaciones míticas. El error reside, como siempre, en la idolatría de las pequeñas conquistas propias y hacer fetiches con poderes numénicos, valores absolutos, sobre material corruptible y elementos relativos. Confundir la ciencia con la religión, identificar los hechos históricos con magia popular, confundir la mugre histórica con la cultura y los mitos con la ciencia. Las lenguas se han llenado de mitología. Tanto como el sentimiento étnico, el sentimiento religioso, el sentimiento patrio. La lengua es algo entrañable, exclusivo de los que la hablan o desean hablarla con muchos contagios de irracionalidad disgregadora. Productos civilizados y caducos de nuevo convertidos en mitos y sus verdades mediatas en artículos de fe, y falta de otras razones en dogmas y verdades teológicas. De nuevo, la presencia de fuerzas oscuras de la irracionalidad del hombre. Nadie podrá evitar las diferencias lingüísticas como consecuencia de las diferencias individuales, sociales, políticas, geográficas, de los pueblos. Los utensilios que no sirven se tiran. Si una lengua pierde su poder comunicativo, su eficacia mediática, pierde su razón de ser. Igualmente si se emplea como bandera de causas ajenas. La lengua es medio de comunicación, un vehículo de cultura, cauce del esfuerzo humanizador del pueblo, sólo instrumento para relacionar a los hombres, hacerlos más solidarios y libres. Cuando esto no se logra, los códigos, como elementos caducos de la civilización, se alejan de las conquistas culturales y humanas de los hombres y los pueblos.
Se habla hoy de la guerra de las lenguas como se habló en su tiempo de las guerras religiosas. La misma fantasía, la misma desfiguración, la misma confusión entre los elementos propiamente culturales y sus productos de desecho, la misma degradación mítica. Está sin demostrar la legalidad de los presupuestos que promueven campañas lingüísticas con dinero público como es dudosa la intrusa y desigual actividad proselitista de las religiones aunque se realice con dinero privado La aceptación de una opción convencional dentro de la sociedad aunque sea aceptada por herencia social no puede implicar la exclusión de otras igualmente válidas. Por su naturaleza la lengua es mediática y servil con respecto a las relaciones humanas. Poco más que eso. Pero también, por su naturaleza plástica y su movilidad fónica, se corrompe con facilidad cuando se coloca al servicio de los poderes fácticos y se subordina a otros intereses económicos, políticos, partidistas, de los pueblos que las hablan.
Antes las lenguas viajaban en las naves conquistadoras de los grandes imperios, eran los gritos de guerra que dirimían las hostilidades de unas facciones contra otras, voz mágica para conectar con los dioses y hacer prodigios. Se difundía con el apoyo de ejércitos poderosos y se utilizaba el analfabetismo como recurso de poder. Las cosas hoy no son así aunque las mañas superviven en los herederos de la magia tradicional de la incultura endémica. No se condena a muerte al que aprende a leer, pero se proscribe al extranjero. No se declaran guerras oficiales, aunque se pongan bombas cobardes en los bajos de los coches y se segrega a los que hablan diferente. No hay legiones, pero hay leyes y consignas políticas que excluyen la expresión espontánea y libre. En la ofuscación se olvida la obviedad de que el español es lengua común de hecho y derecho en todo el territorio nacional. Sus mismos detractores la emplean, porque desconocen otra ni son capaces de aprenderla, para atacar la lengua multisecular de los juglares, la narrativa de García Márquez y la lírica de Octavio Paz. Es la secuela de confusos nacionalismos y tesis fundamentales supervivientes en pequeños grupos anquilosados en la ignorancia de sus exóticas regiones. La política de normalización, quitar un modelo para poner otra peor, no puede sostenerse por mucho tiempo porque las mentiras se desmoronan solas. La luz humanizadora rompe necesariamente el rudo y tenaz caparazón del efecto mítico. En realidad, no se puede pretender devolver a la vida los huesos de inverosímiles dinosaurios prehistóricos porque en cuestión de lenguas ni siquiera la clonación cultural es posible.
Al mismo tiempo que han surgido los sentimientos nacionalistas y radicales a destiempo como respuesta al proceso agónico de las viejas religiones, o acciones reactivas de errores pretéritos, se han empezado a remover los espíritus errantes momificados en sarcófagos de pequeñas cotos regionales. Renacimientos de viejos fantasmas. De nuevo la Torre de Babel como emblema del orgullo de los hombres. Las lenguas, se hacen pendones en las batallas políticas y en las consignas patrióticas del tiempo, símbolos de nuevas mentiras. Fetichismo político, tótem religioso, como el árbol, como un río, como un monte sagrado, como la cruz o la media luna, como las señas de identidad propia, como el folclor y las costumbres. Confusión de las lenguas con la identidad nacional y con los signos religiosos. Sin borrar la inevitable relación con los afectos más entrañables de la conciencia social, los diseños lingüísticos no pueden ir más allá de un sentimental e inútil neo-romanticismo. Son los nombres que damos a las cosas que nos rodean. Es la infancia, el colegio, el aire que se respira. Son las primeras vivencias, el calor de los arrullos maternos. Una realidad buena que se degenera, se ensimisma, se enrosca, se aísla y se hace excluyente en su autocomplacencia. Narcisismo, mito y religión. Bajo ese afecto cálido de los pequeños detalles se identifica con las aventuras humanas más elevadas y se asocia a complejos nostálgicos de edenes inexistentes o las alucinaciones que calientan las neuronas de los nuevos iluminados.
Las lenguas son productos sociales con la ventaja añadida, buena o mala, de los hechos consumados. La prueba del tiempo y la última palabra del pueblo bajo cuya égida se cobijan, la usan como saben y cuando quieren, con la única finalidad de entenderse con sus semejantes. Problema de libertad y mecanismo defensivo. Problema en todo caso para estudiosos y eruditos de la filología que la toman como objeto de sus reflexiones científicas y estudian su naturaleza, su evolución y sus implicaciones demolingüísticas en la vida comunitaria con derecho propio. Los políticos y otros gremios que dogmatizan sobre ella son intrusos y profanos que la manipulan y degradan impunemente. Prevaricación y abuso de poder con su intrusión en los fenómenos lingüísticos en forma que no les corresponde. Manipulación de los poderes fácticos sobre las lenguas y escandalosa interferencia en asuntos que no les corresponde. Serán mañana vergüenza ajena de las generaciones futuras.
Las lenguas tienen automatismos de adaptación propios a la idiosincrasia del pueblo. Son buenas cuando comunican y entonces merecen todo el respeto del mundo, sea el que sea el pueblo que las habla espontáneamente. Si la lengua ha perdido su función comunicativa entonces es lengua muerta y en el mejor de los casos, una lengua académica y arqueológica, objeto de reflexión para los eruditos, buena para rellenar un horario de clase, sin ninguna función práctica. Solo queda el trabajo de organizar honor honras fúnebres adecuadas. Ni luto ni duelo ni ritos mágicos ni resurrecciones milagrosas ni mucho menos deudas históricas ni compensaciones de nada. Y sin entes de agonizar se funde con otras de mayor función social, el regocijo debería ser mayor porque su integración se hace precisamente en el servicio de una mayor comunicación y con ganancias compartidas. Dejan de ser obstáculos arcaicos en el camino y unen su legado comunicativo vital a caudales más fuertes en una fusión armoniosa, honrosa y digna, dentro de los mismos objetivos comunes a todas las lenguas del mundo. Enterrar en el caso de defunción sus restos en las crónicas que de los acontecimientos pasados con los honores propios al servicio prestado a la cultura universal en otro tiempo y reconocer simplemente su esplendoroso pasado, su meritoria e inevitable retirada de circulación a tiempo dada su naturaleza mortal.
El mundo hoy es uno. No uniforme pero sí unitario. La globalización se impone. Es la era de las comunicaciones. Es absurdo hablar hoy de independencia y separación, sobre todo en Europa cuya voluntad comunitaria es ya un hecho. ¿Independencia de quién y alianzas con quién? La cultura unitaria, no la mugre provinciana; la cultura universal, la única cultura mundial solidaria y no las tradiciones locales y la policromía folclórica, el cosmopolitismo libertador y altruista, no los efluvios miasmáticos de los rasgos diferenciales, pueden hacer grandes y libres a los hombres y a los pueblos. Lo demás es mito. Si se habla del futuro de la lengua española sin hacer brujería sólo se pueden hacer conjeturas con la certeza a largo plazo de una lengua única en el contexto de la globalización universal, con el abrazo complaciente de lenguas menores y aspectos enriquecedores. Acaso una lengua nueva, con vida nueva, nunca forzada o híbrida. Una lengua que sea la síntesis de las tres o cuatro grandes lenguas cultas del mundo. En las diversas geografías, las lenguas de amplia difusión, en manos de pueblos dominados por la ignorancia y el retraso, seguirán abriendo diferencias dialectales, la lucha entre lo diferencia y lo global. ¿Vencerán en el futuro los elementos disgregadores a los elementos de integración? ¿Se reproducirá la fractura de la lengua del Lacio? Las circunstancias históricas no se repiten. Y es posible que en futuro la fuerza integradora se imponga porque la fuerza de la cultura universal es avasalladora. Y las grandes lenguas tienen gran poder interno de difusión guiadas por cierto ciego determinismo interior que las propaga en medios adversos El voluntarismo manipulador no es suficiente. Nadie podrá detener el caudal de los componentes fónicos de la lengua hablada y la tendencia unificadora de los medios de comunicación mundial. Sobre las tendencias disgregadoras y las fisuras del sistema fónico español en su dispersión geográfica puede compensarse con sus fuertes tendencias unificadoras. El mundo se aprista, se estrecha. Los medios de comunicación son cada día más amplios y el campo de la magia se reduce ostensiblemente. La luz se impone sobre las tinieblas y es horizonte se hace cada día más luminoso.
Las comunicaciones son conquistas irreversibles y la solidaridad humana más amplia cada día. Como todos los fenómenos culturales el prestigio de lo grande se impone a lo pequeño. La ley de la selva. Pero ley de vida. Las lenguas grandes del mundo, por su prestigio, por su riqueza comunicativa, por sus connotaciones culturales, están respaldadas por grandes potencias económicas, incluso porque se planifican en un inevitable colonialismo cultural forzoso. La fatalidad de las más reducidas, por el contrario, las coloca en vías de extinción progresiva. Se exponen a la fagotización de sus vecinas. La glotofagia o la unión de supervivencia. El pez grande come al pequeño. Las lenguas pequeñas suelen ser el registro vulgar de las lenguas cultas. Casi todas las lenguas periféricas españolas llevan la marca de la incultura popular. El gallego nunca ha sido lengua culta en ninguna parte, sólo en el siglo XVI entró en ambientes cortesanos y el rey sabio hizo ensayos cultos con ella. Y a partir de ahí lengua de agricultores y marineros sin referente culto ninguno. Hoy la someten violentamente a una función culta en colegios y universidades que nunca ha tenido violando su fonética, su semántica, su vocabulario. Las connotaciones políticas, las notas distintivas y unitarias que ofrecen a los pueblos que las hablan no justifica la mitificación que sobre ellas se produce. Hay errores de política lingüística por los dos extremos. Sólo la sentencia inexorable del tiempo pondrá las aguas de nuevo en su lugar. Y las estrategias del hombre son demasiado cortas de mira, en cortos espacios de tiempo y muy versátiles para dominar la vida de las lenguas que se mueven en segmentos de tiempo infinitamente superiores y con tendencia unitaria. El babelismo actual es un error de este siglo que se esfumará en el progreso unitario mundial.
De hecho, la comunicación hablada hoy tiene menos valor que antes. Los signos, los logotipos, los nuevos códigos cibernéticos, los iconos en las vías públicas, sustituyen a las lenguas. La comunicación es mundial y se realiza a pesar de las lenguas. Los signos luminosos transmiten mensajes universales sin palabras. La comunicación es una necesidad humana, un valor universal mientras que la palabra es convencional, limitada, y variada, mientras que la comunicación es un valor cultural y universal. La lengua es un sistema de comunicación que puede quedar avasallado por procesos comunicativos universales más rentables y eficaces. Se esfuma cada día más el mito de la lenguas como se esfuma el mito de la religiones, el mito de las razas, el mito de las fronteras y el mito de las pequeñas diferencias locales.
Dialéctica de lo grande y lo pequeño. La lucha está situada entre lo grande y lo pequeño, entre los grandes reinos y las pequeñas autonomías, entre los grandes centros de poder y las comunidades vecinales, entre el imperio y la tribus, entre los pueblos y las ciudades, entre los pequeños clanes familiares y la globalización mundial, entre el folclorismo autóctono y los derechos universales, entre las pequeñas diferencias que separan y la fuerza integradora de los pueblos. Las fuerzas centrípetas del mundo, las largas conquistas humanas que son patrimonio universal, los organismos que refuerzan la solidaridad mundial siguen una tendencia integradora creciente. Pero la fuerza centrífuga, las disgregación, la valoración de las señas de identidad propias, los pequeñas autonomistas, las añoranzas históricas, las compulsivas miradas al pasado, los sueños nostálgicos del pasado, los pequeños reinos teocráticos, las revisiones histórica de pleitos perdidos, el recuerdo de los muertos, la evocación de los lares, la patria chica, el olor del hogar, también actúan sobre la historia y obstaculizan su marcha entre torbellinos de confusos afectos humanos. En todo caso, la unidad no significa uniformidad. Y la diversidad, la variedad, la policromía de formas dentro del conjunto es el fundamento de la armonía universal. La belleza es la variedad. La variedad el riqueza integradora en la unidad universal. Acaso el equilibrio de las dos tendencias que forman parte de la historia humana es el futuro, la desmitificación constante posiciones extrema en ambos bandos, la solución al conflicto a largo plazo entre lo grande y lo pequeño a largo plazo.
El hombre la medida del progreso. La humanización progresiva es tarea de ese ser privilegiado que ha impuesto su poder y autoridad sobre el planeta tierra y el director de los procesos culturales. No desaparecerán las diferencias del ser humano. Pero su integración y la solidaridad universal se ofrecen como un camino irreversible. La corriente unitaria prosigue. La época del mito primitivo está superada; pero la tendencia mitificadora todavía no ha pasado y en el centro de este siglo permanecen enquistados, disfrazados en la sombra confusa de las grandes conquistas técnicas la sombra de grandes mitos actuales. Existe magia y teología, existe superstición e irracionalidad. El siglo veinte representa el testimonio del fiasco de las grandes construcciones racionales. Se han devaluado los viejos dogmas monoteístas medievales, el poder de la diosa razón dieciochesca, y es evidente la quiebra de la irracionalidad de este siglo en todos los ámbitos de la vida. Es como si la humanidad hubiese hacho el recorrido de su empresa humnizadora en dirección contraria. Es como si el hombre corriendo en busca de su felicidad terrena, los pueblos en busca de una concordia estable, hubiesen caído en la trampa de una travesía insidiosa y errónea. La trampa de la razón humana que confunde todavía las sombras de sus fantasías con las promesas seductoras de una misma cultura y la contumacia de sus ensoñaciones mítica.
La paz no ha llegado ni ha muerto el instinto bélico entre los hombres. Ni los mitos sanguinarios. El belicismo prosigue. Las guerras son todas malas; las guarras son odio, alientan venganza y saña, porque la base de los conflictos se basa siempre en las desfiguraciones humanas. La paz con armas e intimidación, no es paz, es rapiña de los vencedoras, es semilla de venganzas y material bélico. Alegría de unos sobre la sangre de otros, el orgullo de unos sobre rencores de otros, presunción en los primeros y frustración en los segundos. La guerra no resuelve problemas, los enquista, los encona, los reprime, los radicaliza. Son malas las guerras, son malos los arsenales, son malos los ultimatos, son malos los instrumentos de matar, es mala la paz forzada, son malas unas negociaciones impuestas por padrinos. Son malas las guerras porque se priman los intereses míticos sobre los valores humanos. Se ha perdido la vista los valores culturales o todavía nunca se han asumido. Se lucha por mitos y fábulas. Por las deferencias regionales, por la notas diferenciales, que son el color del traje que se viste, por unas fronteras en una tierra común, por una religión que es fantasía, por una bandera que no representa nada, por el honor que es orgullo, por una lengua que es un producto convencional. El hombre, la verdadera cultura humana se ignoran totalmente. Ya es grave la desmesurada propaganda de estas notad diferenciales sino que además obligan a que los demás se postren de rodillas ante ellas y las adoren.
Los viejos mitos, una razón insolidaria, el individualismo social, obligan al hombre a realizar más esfuerzo en preparar la guerra que en programar la paz, en crear instrumentos defensivos y ofensivos que en conquistar el mundo interior de la verdadera realidad humana. El racionalismo ha fracasado. Las promesas del progreso se han convertido en oleadas de escepticismo y el es espectro de nuevo romanticismo es la sombra que alienta los grandes mitos agazapados en la conciencia de los hombres que se resisten a la asimilación de la cultura. El siglo veinte entrará en la historia como el monumento al triunfo de la irracionalidad del hombre, el siglo de los mayores absurdos de la humanidad, el siglo de grandes guerras en contradicción con las deslumbrantes conquistas de la ciencia y el desarrollo técnica que a su vez salva y mata al mismo tiempo.
La medida del sentido ascendente del progreso está indicado por la tensión humana del acontecer histórico. La medida de la evolución histórica es el hombre, el ser humano y el criterio racional. Ni siquiera el consenso colectivo que impone la ley de los números. La tradición cultural que se apoya en el consenso temporal nunca puede ser criterio de verdad o mentira de las diferenciales. Ni la misma tradición que conecta el pasado, el presente y el futuro es un proceso de la evolución sin referencias humanas. Más bien así ralentiza el proceso evolutivo humanizador y se contribuye al fatalismo mimético de la conducta humana, sobre todo cuando se usan criterio de verdad absoluta lejos de ser humano porque obstruye las arterias con arcaicas impurezas. Cada acontecimiento social, cada actividad humana, cada evento político, cada paso de los pueblos en la historia, será bueno o malo, será aceptable o rechazable en proporción a su capacidad humanizadora. Lo que hace al hombre más hombre es bueno, lo que lo humilla y reprime será malo. La desmitificación progresiva, crítica, reflexiva y consciente, será el camino. La pérdida de miedo a los dioses es el sentido de la historia, la integración de los afectos caseros en torno a una mayor solidaridad humana es el progreso. Así la humanización sobrepasa el liderazgo que el hombre impone al torbellino da los acontecimientos aún por encima de todos los obstáculos que la tentación mitificadora de la cultura y su fidelidad a las tradiciones, las costumbres, los ritos, imponen progreso.
Tarea ardua y lenta. No es fácil desmitifacar el producto social negativo porque no es fácil medir su capacidad humanizadora en el transcurso del tiempo ni es fácil barrer la incultura asociada el los instintos ciegos de los pueblos. El mito, como el deseo de vivir, es lucha persistente contra los fantasmas que atormentan las noches oscuras de la ignorancia y la impotencia colectiva del hombre. La ignorancia es resistente y recalcitrante, residuo carroñoso que la acidia y la rutina humana sedimentan en las conciencias. El mito se alimenta en la incultura popular. Se agranda cuando pierde de vista al hombre, cuando las creaciones de la fantasía se imponen a los proyectos racionales, cuando la pasión de los ideales sobrepasa los imperativos de la felicidad humana, cuando las creencias sustituyen a la evidencia de las cosas, cuando el sueño aleja de la realidad, cuando la libertad se confunde con los automatismos de la convivencia social. Cuando se tiene miedo a asumir los compromisos humanos en sus limitaciones y su grandeza.
Los contenidos míticos se descomponen y se degradan en largas etapas de tiempo en sentido inverso a la humanizacion progresiva y creciente del hombre. Mueren los mitos y queda el hombre. Mueren los hombres y queda la raza humana protegida por la cultura, muere la conciencia individual y queda la conciencia colectiva, mueren las civilizaciones y queda la cultura. Se desarma la mitología griega, se desarma la esclavitud de los pueblos primitivos, los paraísos marxistas, la opresión de las conciencias en las invasiones. Se desvanece cada día más el sentimiento disgregador de los productos civilizados ante las fuerzas unitarias de la cultura, se impone el sentimiento de la libertad sobre el imperio de la opresión, se desvanece la ignorancia de los pueblos ante la llamada del progreso. Se desarma el dogmatismo ante el poder arrollador de la dignidad humana, cede el ostracismo social ante el instituto creativo de la vida nueva. Y la importancia de los valores humanos, del hombre y la mujer, aumenta cada día y con ello el optimismo de una nueva era. Crece la cultura. Una cultura solidaria. La ignorancia es subordinación alienante y la cultura libera. Pocas veces se diferencia el producto civilizado del producto cultural. No hay demasiado palabras para señalar matices. La cultura es el hombre, la civilización su paraguas social, la madurez humana y la fachada externa de su complejos social. La cultura es una que implica el conjunto de valores universales del hombre mientras que las civilizaciones son muchas, la española, la oriental, la china. En hombre, sus derechos humanos son iguales y únicos, producto social con el color diferencial de su fachada externa, multiforme y variada. La cultura no es el folclor, ni el sentido de de la etnia, ni la nación, ni la lengua ni la religión. Estos son productos mediáticos y relativos.
La cultura humana tiene valor absoluto. Aunque a veces estos elementos separados, y sobre todos cuando coinciden varios juntos, se le aplica en amplio sentido de cultura. Cultura azteca, cultura budista, cultura, asiática, son polisemia y confusión. Ni la lengua propia, ni la religión propia, ni la vieja iglesia del pueblo, ni la organización social, ni los rasgos del rostro, ni el color de la piel, ni la geografía donde son propiamente cultura. Las vacas indias, las mutilaciones, los sacrificios humanos, son incluso evidente anticultura. Lo externo al hombre son epifenómenos mediáticos y funcionales, muy amables, incluso llenos de un gran valor creativo humano, pero con valor relativo; andamios externos que echan a las escombreras o al fondo del mar cuando ya no sirven o a los recuerdos ominosos, la anticultura, que tiene detrás todos los pueblos. Aunque todavía hoy, en la confusión de valores, la falta de matizaciones y el deterioro de las palabras, se llama cultura a todo lo que se mueve en la vida social. Hasta el vicio, la magia, el ocio, las prácticas aberrantes de nuestros antepasados, su peculiar forma de vivir, las diferencias y los ritos primitos; todo parece cultura. Sin embargo la auténtica Cultura, con mayúscula, es un producto espiritual, condensación de conquistas humanas solidarias capaces de humanizar al hombre de todos los tiempos, es autonomía propia, es interiorización de los derechos humanos, es el sentimiento de la libertad propia, es independencia con referencia a su contexto presenta, a su pasado y compromiso de futuro. Cultura es vivencia interior, una conquista de la mente que un título universitario o un cursillo de verano. Es maduración humana. Es acumulación progresiva en la conciencia mundial. La cultura es una y única en múltiples manifestaciones particulares y, a veces, deformes y rudimentarias prácticas civilizadas que también puede tener su importancia etnográfica y colorido sentimental. Pero nunca valores absolutos. La cultura es patrimonio de todos y las formas civilizadas son las marcas características de cada pueblo condenado a morir y recambiarse. La cultura es el hombre, es la savia universal de los pueblos libres y creativos. El derecho universal que no todos disfrutan todavía y tienen derecho a hacerlo, mientras que los hechos diferenciales de los pueblos, la etnias, las religiones, las asociaciones políticas, las lenguas, convenciones mortales y conflictivas y el fondo el material mitológico capaz de resistir la actividad humanificadora irreversible del hombre cósmico y el mundo global que señala en sentido ascendente de la historia universal y el proceso desmitificador del ser humano. El triunfo de las luces y la esperanza de una relativa concordia e irenismo universal sobre los crueles achaques que tanto sufrimiento, tanto miedo, tanta sangre ha dejado en las trincheras de este milenio que terminará al final del año dos mil. Orense 1988
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