YO ESTUVE EN GINZO
Arsenio González Cereijo
El instituto de Ginzo. - Alineados al margen izquierdo de la carretera Vigo-Madrid, como dos hermanos gemelos, están los dos centros oficiales de educación media de la villa, el instituto de Formación Profesional y el Instituto de Bachillerato. Uno a continuación de otro, uno a la sombra del otro, sobre una fértil llanura de tierra agrícola que guarda la resonancia mágica de un mundo lacustre ya desaparecido. Ayer fue agua, una de las ciénagas más importantes de España, medio húmedo, azul de cielo, fronda verde y fauna marina, la laguna de Antela muerta ya y enterrada. Hoy son patatas, crimen ecológico y explotación arenera. Sobre su cielo gris bandadas de mil aves migratorias que dejan en el aire el triste lamento de su hogar desaparecido y el dolor de aquella tierra profanada. Allí la imagen reciente de la laguna disecada se confunde con la difusa imagen de su escaso desarrollo agrario. Allí todavía pervive el recuerdo bullicioso de una marisma iridiscente y flotante sobre los surcos que se pierden en un punto del horizonte. Allí el nostálgico tañer de campanas sumergidas, el hálito de un mundo que se hace leyenda y mito popular, se mezcla con el pestilente olor de siembra de patatas y las pesadillas nocturnas de sus habitantes. Es el remordimiento colectivo de un grave delito ecológico cometido en aquella misma tierra.
Hace poco era una amplia laguna con un entorno acuático que alimentó una fauna y una flora que hoy subyacen bajo extensas plantaciones de patatas como el símbolo del efecto demoledor que el hombre realiza en su entorno a cambio de dudosas ventajas económicas. Cooperativas ruinosas de patatas y máquinas areneras que todavía rastrean en el subsuelo los despojos del viejo esplendor marino. Como testigo del daño dos centros de enseñanza integrados los en el común sistema de educativo; dos centros con gestiones docentes desconectados totalmente a pesar de integrar la misma rama de educación media. Ni el menor esfuerzo de unificar el trabajo. Un Instituto de Formación Profesional que lleva un bello nombre moderno; pero sólo ofrece una escasa orientación técnica, ni funcional y ni práctica, que mal se aviene con las exigencias laborales de esta tierra. Y un Instituto de Bachillerato que, como todos los institutos de España, protege el viejo orgullo de una nobleza intelectual con sueños inútiles de larga carreras universitarias y poco más ofrece que un diploma de cultura general.
Yo llegué a Ginzo, como profesor de lengua española, por efecto de leyes aleatorias y sorteos que, sin ningún sentido laboral, dispersan al personal docente en los centros de la autonomía gallega al comienzo del curso como a comodines de un juego de naipes. Después de largos años de trabajo docente en Venezuela he podido entrar como interino en la educación oficial. No he cumplido los ritos de las oposiciones. Ignoro si es un mérito o un demérito. En todo caso figuro en el último estamento jerárquico de la estructura docente con claro desprestigio profesional. Un desprestigio que nadie pronuncia en público, pero todos suponen en privado. He sido siempre enemigo de convencionalismos, trato de convertir la necesidad en virtud y pienso que en tierra de parados, aunque sea sin galones, entrar al mundo laboral es un privilegio. Llegué tarde a la fiesta. Ello me impide, a veces, hablar demasiado alto. No tengo el uniforme de los elegidos. Pero tampoco estoy obligado a permanecer callado. Desde el último puesto y como testigo implicado hablo simplemente de mi experiencia sin necesidad de inventar, ni hablar de memoria.
La administración llena los centros oficiales con personal presuntamente seleccionado, todos los años, en el rito de las oposiciones. Un rito tan indiscutible como anacrónico. Hay poco interés y escasa decisión de resolver los problemas de otra manera. Tiene ventajas porque obedecen a la voz de sus amos, lavan conciencias, aseguran estamentos de privilegio y mantienen el orden inmarcesible que complace a muchos. Ventajas de un sueldo fijo mensual, estabilidad laboral, el dulce letargo de hacer siempre las mismas cosas y falta de interés profesional en arte de enseñar. Rasgos positivos como la estabilidad del profesorado que favorece la continuidad de un proyecto educativo a largo plazo en beneficio de los alumnos y rasgos negativos como la inercia y falta de interés en la actividad de los educadores en los centros. Por el contrario la interinidad mantiene en tensión el trabajo laboral en la vida de los educadores que nadie nunca reconoce dentro del sistema. Acaso porque su inestabilidad les hace piezas dóciles al servicio de la administración con muy pocos derechos y dispuestos al cumplimiento exacto de todas sus obligaciones.
El sorteo se celebra todos los años en Santiago, con aire de feria de ganado. Las plazas docentes sobrantes después de cubrir las que son ya propiedad inalienable de alguien, se escogen libremente en un margen sin alternativas como restos residuales. El último año yo elegí el instituto de bachillerato de Ginzo. Me quedaba cerca de Orense donde vivo, ignoraba la conflictividad del centro y podía explicar las dos materias que se ofrecían en la plaza. Lengua española y latín. Un criterio de asignación de plaza tan anacrónico y tan primitivo que contrasta con el esplendor informático del momento. A veces hay materias compartidas que tienen escasa afinidad y se hace coincidir el número de lista, la materia sobrante y el lugar que toque. Las aceptas o las dejas. Ante la urgencia de un puesto de trabajo, se acepta lo que sea. Profesores castellanos de lengua y origen deben explicar lengua gallega por razón de suerte.
Apenas sabía que el instituto de Ginzo era un centro conflictivo. Nunca rehusé la pelea en causas que tuve por buenas. Allí comprendí que el peor enemigo del sistema educativo es el viejo caciquismo que se agazapa todavía en los entresijos de la administración oficial y sobrevive al fondo de todos los cambios. El debate es incluso productivo cuando se realice en el fragor de las batallas, cuando la racionalidad marca el camino. Pero todo se pierde ante las fuerzas de la irracionalidad. Y esto resulta tanto menos compresible cuanto sucede en los centros de la cultura del país. Pero es así. No extraña que los estratos de abajo reproduzcan hechos de este tipo porque son víctimas de la ignorancia popular. Pero desconcierta que estos hechos los desencadenen altos jerarcas de la educación gallega. Si así obran los responsables de la educación poca esperanza queda a los que luchan por mejorar las condiciones culturales de la tierra.
Tal vez la experiencia docente que he vivido en el instituto de Ginzo como observador implicado sea el testimonio evidente de esa decadencia institucional que sufre conscientemente en muchos casos e inconscientemente en otros muchos. Evidente que no es este el país de las maravillas aunque un desmesurado nacionalismo se ponga lentes de mil colores para orientar el hecho cultural gallego. La situación no es mala por destino de los dioses, ni por fuerza inexorable de los hados; si no por su oscura raíces históricas, por la resistencia que ofrecen a las necesarias reformas sus dirigentes, por el letargo conservador de beatifica ensoñación que alienta la vida de esta tierra y la herencia caciquil que ostentan sus dueños. Es la carencia que en forma difusa vaga por el dilatado mundo de la entraña cultural de una tierra que permanece incapaz de crear el ambiente luminoso de nueva cultura que necesitan sus hijos para eludir el escollo de la emigración y lograr los instrumentos de cultura nueva para poder ser libres en un país libre.
Asistí al claustro que proponía los miembros del consejo escolar. Los cursos anteriores no funcionaba este consejo. Se olvida que el consejo escolar es el órgano supremo de decisión en temas importantes como la elección del director, materia disciplinar de los alumnos y otros puntos importantes de una actividad académica. Lo establece claramente la nueva ley de educación. Pero este concepto todavía no lo han asimilado muchos de los responsables de la educación gallega tanto a nivel docente como en nivel de la administración. La ley de educación ha transferido los poderes del viejo claustro de profesores al nuevo consejo escolar. Sus competencias se hicieron a expensas de las competencias del claustro de profesores. El profesorado se reserva allí una pequeña parcela de poder en la función de control con una representación mayoritaria capaz de poner siempre las cosas de su parte si entre ellos existe unanimidad. El instituto de Ginzo, por problemas internos del profesorado, por un acto de irresponsabilidad, el año anterior había renunciado a la representación que le correspondía en el consejo. Por lo visto no ocurrió nada importante durante el curso y todo terminó con normalidad.
Comienzo de curso.
Ahora se comenzaba un nuevo curso escolar, 1991-1992. La inercia de in años que no había funcionado el consejo escolar era ya razón suficiente para que no funcionara nunca. Por lo visto la representación del profesorado en este consejo no era necesaria. De hecho solo había dos o tres nombres en las listas de candidatos voluntarios que ya formaban parte del consejo por razón del oficio y poco más. Además, estos pocos nombres, a la vista de la renuncia general a participar en el consejo, a última hora, retiraban también su candidatura ante el claustro. A mí me cuesta mucho intervenir en las reuniones antes de conocer la situación y haber logrado un poco de confianza. No me gusta el protagonismo ni tengo mucha facilidad para conseguirlo. Pero tuve que hablar con mucho esfuerzo y mucha mayor suavidad que pudiera hacerlo en otra situación. Simplemente recordaba la importante función de un consejo escolar en un centro y la importancia de la representación de los profesores. Guste o no guste a los nuevos directores, hoy la dirección del centro reside en el consejo escolar. La renuncia del profesorado a su participación me parecía una descarada claudicación ante sus obligaciones que suponía dejar los grandes problemas del centro en manos de políticos o intrusos que podía llegar de afuera con buenas o malas intenciones.
Nunca había sucedido nada importante fuera de la rutina y los pequeños problemas disciplinarios e intrigas personales de puertas adentro tan comunes en los centros de educación. Pero podía suceder en cualquier momento. Dejar el profesorado sin representación en el consejo era una irresponsabilidad que reforzaba, una vez más, la apatía de la función docente y el automatismo de los centros oficiales. El afán de protagonismo de cualquier politiquillo de nueva factura, un pequeño conflicto disciplinar interno, una pequeña cacicada de algún representante de los padres, hacían que el voto del profesorado unido fuera imprescindible. No pasó mucho tiempo para que las cosas sucedieran exactamente como yo había indicado. Por fortuna, después de mis palabras fueron apareciendo los voluntarios que se necesitaban estrictamente para cubrir el cupo de su representación. Después se verá el acierto de este hecho. Yo tuve que disculparme por esta reflexión sin aportar mi nombre en la lista de los candidatos. Después de todo era el último a quien correspondía asumir estas responsabilidades.
El curso comenzó las actividades. La dirección también ha sido impuesta a dedo porque tampoco aquí se presentó nadie para asumir esta función. Parece que todo comenzaba mal. Malas costumbres anteriores. Había el recuerdo de algunas tensiones en cursos precedentes. En un instituto relativamente grande como el de Ginzo no hubo candidaturas y la dirección estaba impuesta desde Orense. Tampoco este fenómeno debería suceder porque el ejercicio de un derecho implica asumir las debidas responsabilidades. Se renunciaba a implicarse la responsabilidad de la dirección del centro. En etapas anteriores se criticaron los nombramientos a dedo. Ahora la ley permite elegir a los propios directivos y tampoco se hace. Que cada centro elija a sus directivos parece completamente normal. Un factor democratizaste y un ejercicio de libertad colectiva que implica a su vez conciencia solidaria en la gestión docente, actitud totalmente opuesta a esa atonía que suele adormecer la vida de los centros oficiales del país.
Yo nunca entendí del todo aquello de las tensiones internas que se vivían en el instituto de Ginzo y suelen ser muy comunes en otros centros docentes. Venía de trabajar en la educación privada y allí las cosas funcionan de otra manera. Observé que las relaciones del profesorado tenían una fuerte resaca interna de intrigas personales que colocaba en situación muy tensa la convivencia interna del centro. Secuelas de viejos conflictos. También este hecho suele ser frecuente. Las cosas de todos no interesan a nadie. Falta de comunicación, los seminarios están convertidos en cenobios y son centro de conversaciones en voz baja e intrigas sigilosas. La estancia en la sala de profesores era lejana y fría como el clima en Ginzo. Conversaciones de compromiso, suspicaces y poco sinceras. Siempre con marejada de fondo y ajenas a los verdaderos problemas de la educación de la juventud. De eso nunca se hablaba. Faltaba el calor de la convivencia amigable. Mi itinerario en el centro estaba marcado por mis horas de clase, iba y venía con total desconocimiento sobre los problemas que circulaban en el trasfondo de las relaciones del profesorado. Resulta a veces más práctico ignorar ciertas cosas antes que entrar en la turbulencia de sus agitadas aguas.
Una clase de primero.
El ordenador preparó el horario de curso de acuerdo a las preferencias del profesorado estable, con la dificultad que implica adecuar los horarios escolares con las horas de una gran mayoría de educadores de centros de zonas rurales que tienen su residencia en las ciudades importantes más cercanas. En Ginzo la mayoría son de Vigo y viven en Orense. A pesar de todo nunca sale a gusto de todos. Conocí la ardua tarea de cuadrar horarios escolares porque durante muchos años tuve que emplearme en su elaboración. No es fácil compaginar el interés de los alumnos y las normas docentes de urgencia preferente a los intereses del profesorado. No suelo quejarme nunca de mis horarios. Simplemente los acepto. Para eso pagan una dedicación exclusiva y pocas veces se puede mejorar a alguien sin perjudicar a otras. Además tampoco tengo mucho que exigir en mi condición de interino. Me tocaron dos secciones de lengua española en primero, "e" y "d", y me pareció bien.
Desde los primeros días de clase presentía que aquel primero “e” era un grupo difícil y conflictivo. Comenzaron a repetirse cada día incidentes en las distintas clases. Una cerradura de la puerta rota, pintadas soeces en las carteleras, desaparición de trabajos de los mejores alumnos, los pupitres se apiñan inservibles en la clase y los asientos se rompían de la forma más extraña. Parecía que algún plan organizado con el fin de desestabilizar la marcha del grupo actuaba en las sombras con la complicidad de algunos. Yo estaba extrañado de que en el instituto nadie hablaba de aquel asunto. En la sala de profesores solo había conversaciones para salir del paso y en los seminarios tampoco oí nunca hablar del tema mientras el cotilleo era cotidiano. El tema no interesaba. La tutora hizo algunos esfuerzos inútiles en solitario mientras progresaba el mal y crecían aires de tormenta.
Necesitaba un tratamiento de terapia desde el principio para evitar males mayores. Un orientador, un sicólogo, un guía que tanto se necesita en los centros y siempre está ausente. Pero no se hizo. Todos los profesores percibían el clima denso de la clase; pero todos callaban. La despreocupación por el estudio era absoluta. Indisciplina general y como resultado el bajo rendimiento lógico. Un día tuve que retirar a un alumno de clase y entonces comprendí que el centro no disponía de mecanismos mínimos de control y disciplina interna. Se hacía necesaria una medida colectiva a nivel de tutoría y de centro para resolver problemas cuando se presentaba y prevenirlos en su origen. No se tomaron, ni siquiera se planteó entonces una reunión de profesores para estudiar la situación. A veces hay cursos así. La materia de ética -no religión- era el criterio que los había puesto a todos en aquel recinto. Los incidentes que sucedieron después no fueron gratuitos, el clima de desorden colectivo crecía con toda impunidad y el desenlace pudo tomar cualquier dirección; pero fue lo que fue.
Las acciones que la tutora tomaba frente a los padres por mala voluntad manifiesta de ellos producían un efecto contrario. Parecía una conjura. En un colegio, como en una familia, si no existe unidad de criterios y autoridad reconocida, imponer orden se convierte en un esfuerzo inútil. Los padres de los alumnos pueden y deben defender las causas justas de sus hijos; pero les hacen un pequeño favor cuando aplauden indiscriminadamente las inocentes travesuras de sus inocentes angelitos. Aquí tomaron siempre una actitud defensiva que contribuyó mucho a endurecer la postura poco disciplinada de los niños. Ginzo es un pueblo con prurito de noble alcurnia. Parecía que los dueños de las clases eran ellos. El desorden contagiaba al grupo. No tardó en desbordar los límites de la tolerancia en un acto también colectivo de agresión sexual a una de las compañeras de clase. Era natural. Si las aguas revueltas de un grupo de alumnos mal educados no se encauzan a tiempo con una terapia oportuna la inundación se produce.
Cuando existe frustración escolar desmedida, cuando las aguas no siguen su cauce normal, cuando el alumno olvida su primera obligación de estudiar, cuando el profesor se ve obligado a imponer un orden forzado en clase en nombre de una mínima y necesaria disciplina y se pierde la confianza, nace una agresividad que se deshace el muchos actos violentos, puertas, libros, groserías, faltas de respeto, cualquier cosa que sirva de válvula a la rabia de unas malas notas y a la frustración estudiantil reprimida. Secuela del fracaso escolar. La relación entre profesor y alumno se pierde y la lucha sorda y descubierta se produce. La necesidad de mantener un clima de tolerancia en cauces de racionalidad se impone. No se hizo a tiempo, y la víctima fue una de sus compañeras de clase y a la larga, ellos mismos. En la hora del recreo, en la misma clase, doce alumnos en grupo donde la debilidad se refuerza -individualmente ninguno se hubiera atrevido- la agredieron con violencia, la manosearon descaradamente, saltando ya las normas más elementales de respeto y buenas relaciones.
Acoso en las aulas.
¡Y ese fue el delito! Estalló como una bomba en el instituto y en toda la comunidad educativa y en toda la villa de Ginzo. Un delito, que desde luego, no fue tan grave posiblemente porque entre muchachos siempre hay más irreflexión que maldad; pero tampoco tan leve para que las autoridades docentes de Orense y Santiago le hayan dedicado el trato que le dieron. Lo envolvieron en el tenue calificativo de "chiquillada" que los padres de los agresores echaron en cara a los familiares de la víctima. Las faltas de los niños en realidad tienen más de aventura de pandilla juvenil que de delito. A veces confunden esa valentía de hombres que recubren las debilidades de niños que sufren por dentro. Tapan sus limitaciones infantiles con estas estridencias de hombres. El contagio ambiental y las leyes de sicología de grupo se imponen y la voz de los pequeños jefecillos arrastra a los más ingenuos. Unos se envalentonan en la compañía de los otros. Sin que este aspecto rebaje en nada la gravedad de sus ofensas a una compañera de clase.
No se esclareció todavía el grado de participación que tuvo cada uno en los hechos ni la posible provocación de la víctima en la agresión. Posiblemente tampoco ella calculó los efectos de sus coqueterías de niña que no sabe todavía ser mujer o el atrevimiento de una mujer que todavía es una niña. Posiblemente también ella entraría en el juego sin caer en la cuenta de que las cosas podrían llegar tan lejos. Y desde luego fue la víctima. Sus padres realizaron la denuncia en el colegio y a partir de ahí todo resultó en cadena. Explotó el escándalo y entró en los chismes de vecinos de la villa. Con las calificaciones que van desde inocentes juegos infantiles hasta delitos tipificados en las leyes. Estaba claro que dentro de las instalaciones del instituto se había cometido una falta de disciplina interna grave que no se debía tolerar en nombre de la educación y necesitaba un correctivo adecuado al margen de la opinión de padres y los alumnos.
La última ley de educación creó el consejo escolar como órgano de competencias para ordenar la disciplina e imponer las sanciones de las faltas más graves. Se realizó la instrucción de un proceso para estudiar los hechos. Participa en las averiguaciones la tutora de su clase, un profesor asignado y una alumna de tercer año de bachillerato. Se quiso analizar el problema con la mayor objetividad admitiendo incluso la presencia de un alumno en los interrogatorios de los acusados para que fuese más fiable y con mayores garantías. Y ese exceso de celo sería la coartada de la administración para perpetrar las arbitrariedades que luego se verán. Incluso llegar a anular el fallo de la investigación que había realizado el consejos escolar, ponía de paso en evidencia la incompetencia administrativa y la manipulación de los poderes fácticos sobre la educación. Es decir, el poco interés que las autoridades prestan al sector docente de la educación y al propio sistema educativo.
En todo aquello de llevar una alumna al consejo de investigación, había un error insignificante de procedimiento y daba mayor garantía y en nada alteraba la realidad de las cosas, todo muy demás comprensible y muy explicable. El instituto había estado funcionando la mitad del curso sin dirección. La anterior directiva, impuesta a dedo por las autoridades docentes, se había ido descomponiendo lentamente porque las imposiciones a la fuerza no poden resultar muy estable. El director entró en un estado depresivo con larga baja médica que le impidió ejercer el cargo directivo durante algún tiempo. El subdirector debió hospitalizarse por el mismo tiempo con una prolongada convalecencia de varios meses. El centro quedó acéfalo durante un algún tiempo recayendo toda la responsabilidad en los hombros del jefe de estudios y el secretario.
La inspección de Orense, conocía el problema, estuvo ausente haciendo silencio administrativo durante meses ante la falta de personal directivo hasta que las páginas de la prensa le obligaron a intervenir. Parece que los problemas docentes, son verdaderos problemas, existen solamente cuando salen a la luz pública en las páginas de los periódicos. Mientras tanto no importan a nadie. Dejan de existir.
El desinterés de la inspección ante la falta de personal directivo del centro, -aquel personal que ellos habían elegido a su gusto- provocaba que el deterioro de la disciplina fuese en aumento y la responsabilidad fuese derivando hacia la capital de provincia. Las cosas que sucedían en Ginzo era también un problema suyo. Por eso el panorama cambió cuando el escándalo apareció de nuevo en las páginas de los periódicos. Y por fin, después de varios meses de espera, se presenta una inspectora de educación de bachillerato en el centro. Ya venía todo prefabricado de Orense, con uso y abuso de poder, ella hace y deshace a su gusto, decide por su cuenta sin enterarse de nada. Y sin ofrecer alternativas, se olvida de la falta de profesorado que padecía el centro, de las horas libres de los profesores ausentes debieron cubrirlas los demás profesores sobrecargando así sus propios horarios con un trabajo extra que nadie tenía en cuenta.
El secretario del centro era un profesor joven, dinámico, competente, pero sin mucha experiencia que tuvo que asumir las funciones directivas. Su primera acción importante fue enfrentar precisamente el conflicto de la clase primero "E". Pero ya las cosas estaban tan mal que su entusiasmo de rectificar la deteriorada disciplina encontraría pronto además un obstáculo añadido que procedía de afuera, de la acción manipuladora del caciquismo de la villa. Es caciquismo crónico de Galicia que adentra incluso en los centros de enseñanza.
Y además el delito ya se había realizado. La instrucción de lo sucedido, los acontecimientos, la responsabilidad y las sanciones, se dejaba en manos de dos profesores, entre ellos la tutora del curso. La inclusión de una alumna de tercero fue una ingenuidad para reforzar la objetividad de las indagaciones que favorecía a los inculpados. Por lo visto esa garantía no figura en las normas y así se convirtió en un error de procedimiento que en nada modificaba los hechos y se convertía en coartada para cambiar los resultados. Cuando se quieren enredar las cosas se enredan bajo cualquier pretexto. Y allí había presión de los poderes fácticos que se imponían desde fuera sobre la marcha normal de la educación. Se retorcía la ley, se abusaba del poder y se llegaba a enquistar el problema, olvidarlo, al convertirlo en un proceso de judicial. Llevarlo al juzgado donde había amigos.
Las normas de los derechos de los alumnos disponen que la investigación la realice un solo profesor. Lo demás se cometía era una falta de exceso de celo por la falta de experiencia; pero nunca una razón suficientes para suprimir de plano la decisión del consejo. El consejo escolar, que es el organismo de mayor autoridad para resolver cuestiones de disciplina, aprobó la expulsión de clase a los doce alumnos implicados en los hechos según su mayor o menor grado de complicidad en el acto de agresión a la compañera con sanciones que oscilan entre catorce días, las más graves, y dos días, las más leves. Al día siguiente se comunicó a los padres y los alumnos sancionados quedaron ya fuera de clase. Por muy poco tiempo porque los jefecillos del pueblo comenzaron a maniobrar y mover hilos. Era el enfrentamiento.
El consejo escolar es el órgano competente en los conflictos graves de disciplina de los centros. El instituto de Ginzo, al comienzo de curso, no presentaba voluntarios para cubrir la representación que la ley ofrece al profesorado en este organismo. Yo era el profesor menos indicado entonces para llamar la atención sobre la conveniencia y necesidad de completar el cupo de representantes al consejo para resolver posibles conflictos que pudieran presentarse a lo largo del curso. Llegaba por primera vez a Ginzo y en realidad tampoco conocía mucho el clima interno del aquel centro. Pero había vivido casos parecidos en otros. Dejar voluntariamente el consejo sin representación hubiera sido un error nefasto. No fue difícil convencerlos. La voz del profesorado sería siempre decisiva en el consejo escolar, aún en el caso que los representantes de los alumnos, de padres de los alumnos, del personal administrativo y los representantes del consejo municipal votaran en contra. Aquel era el caso. Y era el primer conflicto que obligaba a intervenir y a unir los votos del profesorado ante hechos muy claros sobre el acoso, ante el expediente sancionador puesto en marcha por el centro y las benévolas sanciones propuestas. Después de todo, la mayoría de los votos del profesorado siempre deja al consejo escolar en mayoría si se logra su unanimidad y consenso en las decisiones que no es objetivo fácil, dadas las intrigas frecuentes entre los mismos profesores.
La vida de los institutos es demasiado apática. Falta entusiasmo docente. Dejando aparte el atropello y abuso de poder que se ejerció sobre el consejo escolar, la falta de respeto a las soluciones adoptadas por el conjunto del profesorado y el desprestigio que se arroja sobre todo el sistema educativo gallego, se debería prestigiar más este nuevo órgano de gobierno de los centros que mantiene el poder de decisión en los centros a salvo de parecidas y nuevas intentonas de asalto que puedan surgir de los poderes caciquiles que todavía perviven en el subsuelo social de esta tierra. Cuesta mucho entenderlo porque la inercia y la rutina tienen aquí fuerza de ley. Y el individualismo laboral, la falta de solidaridad, la ausencia de estímulos y el sueldo mensual que iguala a todos a fin de mes, sin referencia alguna a su esfuerzo, no ofrecen demasiados horizontes a la educación gallega. Ni existe entusiasmo para cambiar la situación, ni ética ni moral ni justicia. Ni siquiera a la hora de seleccionar el personal docente. El colectivo docente vive adormecido en los viejos privilegios del gremio que también se desmoronan. Afortunadamente en el primer claustro de curso, después de mi invitación a integrarse en el consejo, distintos profesores fueron ofreciendo su candidatura con mucha desgana hasta cubrir la cuota mínima de participación que se necesitaba y pactar un voto de la representación mayoritaria del claustro. De esta forma las decisiones tomadas en el consejo escolar estaban aseguradas. Y los hechos posteriores iban a darme pronto la razón.
El avispero se alborota.
En las villas de cierto abolengo histórico todavía pervive el viejo prurito de casta que aprecio al esfuerzo, a la justicia y desde luego a los bienes de la cultura. Coincide que los niños sancionados por el consejo son hijos, en gran parte, de la presunta gente rica de la villa que forman la plutocracia del pueblo y el clan de gente bien. Es decir los pobres ricos del pueblo que además están asociados a los dueños del poder político que son la herencia directa del viejo régimen y del caciquismo gallego. Mezcla informe de sentimientos de una nobleza caída y la herencia ancestral de la inculta tradición conservadora del medio rural.
No se ofrecía ningún daño a aquellos niños, de buena familia y mal educados, insolentes y orgullosos, permanecer unos días fuera del colegio. No mucho más aprovechaban estando dentro del aula pues muchos de ellos eran pésimos estudiantes al acecho de alguna niña ingenua. En realidad la sanción de algunos se limitaba solamente a dos días que al tiempo de las alegaciones ya se habían cumplido. Sólo dos días permanecieron fuera del colegio. Lo que era una simple sanción correctora de una falta cometida en el centro llegó a convertirse por magia de necios orgullos de los padres en una cuestión de honor ofendido. Una humillación a su rancia prepotencia social. Eran ricos y además tenían contactos con el poder local en la Villa, en Orense y en Santiago.
La maniobra fue fulminante. Nunca la administración de la delegación de Orense mostró tanta diligencia en acometer un conflicto interno de un centro sin haberse enterado siquiera de qué se trataba. Nunca se supo cuáles fueron los teléfonos secretos que se pusieron en marcha ni qué poderosa voz escuchó en el empíreo la queja y la exigencia que se proponía desde abajo. Aparecía evidente ya desde el principio la manipulación política del asunto y la acci6n de una mano oculta que actuaba en las sombras para complacer los gustos a favor de intereses particulares. Era el precio de los votos, los favores particulares, los intereses comunes, la fuerza del dinero y el abuso del poder. Profanar el sistema educativo.
Al instituto pocas veces llega un inspector para comprobar, orientar, y recibir información en el terreno de los hechos sobre la marcha del mismo aún siendo esa su obligación y la razón de su sueldo. El problema de acefalía en el centro en días precedentes solo lo tomaron en cuenta a fuerza de notas que se publicaban en la prensa. Aquello, siendo un problema que la delegación había creado, mientras no saliese a la luz pública, no interesaba a nadie. Ahora era diferente. Sólo a dos días del fallo del consejo escolar llega al instituto por correo certificado, un escrito firmado por la inspectora de bachillerato que comunica oficialmente la suspensión de la sanción de los alumnos. "Por estar pendiente un plazo de reclamación de quince días para los padres, los alumnos a que se refiere el expediente sancionador deben asistir a clase”. Día10-3-92.
Fue así de simple. Ni una visita para informarse de lo que se trataba. Ni una consulta con nadie para conocer los hechos en el propio terreno, ni un compás de espera para pensar soluciones. Unos días de silencio administrativo que tan frecuentemente emplea la administración en casos semejantes, hubiese resuelto el problema. En quince días nadie hubiese vuelto a hablar del tema y la normalidad cumplida. Pues nada de eso. Sin respeto a nadie, sin calcular el grado de atribuciones y competencias que señala la ley, sin demora para que la ofensa al deshonor de los grandes de la villa fuese poca, se anula en dos líneas escritas a máquina en la delegación de Orense, con abuso de poder a la vista y prevaricación administrativa, con desprecio a la decisión del consejo escolar y la humillación descarada al profesorado.
La ley ofrece al delegado la competencia de vigilar la legalidad del proceso y no a la inspectora. Por lo tanto la inspectora comete una falta de usurpación de mando. Claro que todo esto se realizaba con el visto bueno de la delegación según ella misma hacia público en una nota aclaratoria que mandó a la prensa días después. Pero de momento el delegado tiraba la piedra y escondía la mano. “Los quince días de alegación era un pretexto que se sacaban de la manga aunque se citaba un artículo de un real decreto como es costumbre; porque, consultada por aquel tiempo la dirección general de educación, contestaba en los términos siguientes. “Una consecuencia de las sanciones que imponga el consejo escolar de un centro, una vez notificadas al interesado y a los padres o tutores, si es menor de edad, son inmediatamente ejecutivas”. 27-3-92.
Mientras tanto la estrategia había ya producido efecto. Al día siguiente los niños, con su media sonrisa burlona en el rostro, con cierto aire triunfador y desafiante en su talante se sientan en sus pupitres como si en aquella clase nunca hubiera sucedido nada. El profesorado, que nunca había estado muy unido, aquí no pudo evitar su asombro ante el desajuste legal y el cariz de los acontecimientos; e hizo llegar a la administración su protesta. Por lo visto allí no había pasado nada. Una inspectora con atribuciones que no le corresponden atropella la decisión del consejo escolar, el delegado sigue sin decir pío y los "señores feudales" de la villa y sus "nobles hijos" disfrutando el pequeño orgullo que ofrece un poco de dinero, la mala asesoría de sus abogados laborales con buenos sueldos y la protección de la mano poderoso que, desde arriba o desde abajo, conecta con los poderes fácticos y confía de antemano tener el problema resuelto a su favor.
El profesorado intentó abandonar las clases aquel día. Pero el funcionario “debe” obedecer las órdenes de la administración y luego apelarlas. De lo contrario pueden crearse problemas. Sin embargo ellos, autoridades y también funcionarios, actúan en sentido totalmente inverso. Primero borran de plumazo la decisión del consejo escolar con abuso de poder manifiesto y luego se hacen las averiguaciones. El profesorado de esta tierra es dócil en sus planteamientos. Siempre acepta. Tiene todavía miedos históricos. El sueldo lo justifica todo. Yo creo, sin embargo, que una acción abusiva y fuera de competencia, se anula automáticamente y por lo tanto no obliga a su cumplimiento. Hay razones para desobedecer órdenes injustas. A pesar de todo se respetó, hubo clases y naturalmente el paso del tiempo estaba corriendo ya a favor de ellos.
El profesorado tuvo que encogerse de hombros, tratar saliva y soportar la humillación, no sin antes hacer un manifiesto de protesta a nombre del claustro ante tanto despropósito. Aprovecharon las horas lectivas de clase del día para explicar a los alumnos el estado de las cosas y esperar, en todo caso, la decisión última del delegado pues en sus manos quedaba la última palabra. Aunque se daba por supuesto que la decisión estaba ya tomada según se habían insinuado en todas las manifestaciones. Y por lo visto y como siempre, la dignidad del profesorado, ni el prestigio de la educación, ni la autoridad del consejo escolar, significaban gran cosa. Quedaba la remota posibilidad, como última esperanza, de que el delegado entrase en razón y aprobase los expedientes tal como estaban planteados. La verdad de los y el espíritu de la ley eran elocuentes.
La causa del profesorado era justa. Era la causa de la verdad, era la razón del orden interno y de la disciplina del centro, era la ética, la moralidad y la garantía del respeto entre alumnos y profesores y era el prestigio profesional de los educadores. El consejo escolar siempre estuvo de acuerdo con las gestiones realizadas y el alumnado se hizo solidario mayoritariamente con su planteamiento que era, en realidad, la causa justa. Es lamentable que la administración docente de la autonomía emplee otra perspectiva, se ponga en el bando contrario, en el bando de los poderes fácticos, en el bando de los intereses políticos y abandone olímpicamente los problemas estrictamente docentes. No era confusión administrativa. Era un caso patente de claudicación administrativa. Era el colmo del abuso y manipulación del poder. Poca esperanza le queda al gremio conseguir apoyo de las autoridades en nuevas coyunturas semejante algún tipo de apoyo. Son la última carta de la baraja.
Además a partir de este momento el hecho tomó matices de escándalo público. Se difundió como la pólvora por toda la autonomía gallega y llenó páginas en todos los medios de comunicación y sus ecos llegaron incluso a los medios de información nacional. “Una inspectora de Orense anulaba, con evidente abuso de poder, la sanción del consejo escolar por delito de acoso sexual de unos alumnos contra una compañera de clase”. A partir de aquí se habló de todo. Los asesores jurídicos andaban confusos. Lo que decían unos lo contradecían los otros. Nunca se respondía con coherencia a las preguntas que los órganos de asesoramiento jurídico llegaban de Orense y Santiago, cosa que demostraba la ofuscación que traían todos entre manos. La pelota saltaba de lado a otro como si se tratara de un partido de fútbol.
El consejo escolar seguía siendo la autoridad competente en los temas de disciplina escolar y el delegado el poder ejecutivo vigilante de que estas disposiciones legales se cumplan. La inspectora ya había dado el primer patinazo aceptando, como tapadera de sus superiores, una función que no le correspondía. Sobre la mesa quedaban las alegaciones jurídicas organizadas por los abogados a voluntad de los padres, hasta nueve puntos con mucha forma y poca claridad, sobre los errores cometidos en el proceso con el fin de anularlo. Defectos formales que poco importaban para resolver conflictos de un pequeño instituto donde los hechos provocados por la inexperiencia de un grupo directivo que, con su mayor voluntad, se ofreció a resolver el problema de acefalía del centro. Ese sí era competencia de la inspección y no se movió un dedo para resolverlo a su debido tiempo.
El claustro, formal e informalmente, se reunió muchas veces con decisión unánime para hacerlo. Además de la campaña de información a los alumnos, se comunicó el resultado de la decisión a otros centros escolares que también se interesaban en el tema. Una reunión de directores en Orense aconsejó al recién nombrado director, porque ya sabía el talante del jefe administrativo, que no se quemase más energía en el asunto ya que la administración con razón o sin ella gana hace orgullo de estas decisiones y son inamovibles. Era una muestra de prudencia para afrontar problemas y una buena actitud negociadora para resolverlos. La inspectora había prevaricado y su decisión era un bochorno contra el respeto que merecen las leyes, contra la autoridad de los profesores, contra el respeto que merecen los alumnos y contra la ética que debe regir un centro escolar; y el inspector un ejemplo claro de dejación de sus obligaciones que se cubría en la terquedad y la prepotencia.
El delegado terminó el tiempo que le concede la ley para manifestar su postura. Y lo hizo de acuerdo dentro de los presupuestos que estaban planteados. Todos eran pretextos para mantenerse en sus trece. Legó por correo al centro en el último día de plazo la orden de anulación del proceso. Se obviaban las razones que alegó la inspectora para devolver los alumnos al centro. Ni se ofrecen valoraciones de ningún tipo. Dicen los juristas que hay defectos de forma y basta. Evidentemente era el pretexto que inventaron para echarlo todo por tierra. Pocos de los implicados entendían estas poderosas razones de falta de detalles formales, que aumentaban cada día. Ahora se trataban del número de instructores. Habían participado tres personas, dos profesores y un alumno, y el decreto de derechos y deberes de los alumnos sólo hablaba de uno.
A estas alturas de los acontecimientos al centro solo llegaron papeles. En la delegación toreaban a los directivos del centro como si se tratara de novillos nuevos que mueven a merced de cualquier objeto de color rojo. Y los asesores jurídicos parecían estar también confusos y aturdidos ante las exigencias de sus propios jefes de la delegación. Unas veces era blanco y otras decía negro. La conexión con Santiago funcionaba perfectamente y las órdenes venían de allí. Mientras la delegación se abstuvo de poner sus pies en el centro. Por fin un llegó un inspector de la capital de la autonomía. Convoca una reunión en la hora del recreo. Ahora venía a informarse. Oyó todo lo que teníamos que decirle, que no fueron cosas laudatorias pues no era justo que se vejase al profesorado en la forma que se estaba haciendo. Con poco de silencio administrativo, ese silencio que es práctica habitual en la administración, hubiese puesto tierra por medio en poco tiempo y problema resuelto. Pero nuestra administración es muy celosa de su autoridad y el orgullo del jefe muy mal consejero.
No tenían razón porque el defecto de forma invocado para la anulación del proceso obraba en favor de los alumnos inculpados y en contra de los inocentes. Se trataba de garantías de objetividad que ofrecen tres personas más que una. Y por otra parte es sabido en todo caso, los centros no tienen servicios jurídicos, no tienen asesores pedagógicos ni orientación sicológica. Los órganos de disciplina interna no son tribunales de justicia ni expertos en leyes. Parecía incomprensible que la administración que forma parte del proceso educativo se pusiera totalmente al margen de las muchas o pocas exigencias del sistema educativo siempre legítimas representadas y representadas por el colectivo de alumnos y profesores. Ni se intentó hablar previamente para llegar a laguna solución razonable y civilizada, menos traumática. No se contó con el profesorado, no se contó con los derechos de los alumnos, se omitió el valor de decisión que tienen los consejos escolares y hubo claudicación de funcionarios educativos ante presiones políticas.
Escándalo innecesario.
En realidad el tema de Ginzo nunca debió de trascender las paredes del colegio. Un problema de disciplina interna se resuelve dentro de casa y nunca hubo motivo suficiente para llegar a los extremos que alcanzó. Aún prescindiendo de la gravedad de los hechos. Unos niños de primero de Bachillerato, animados por su propia timidez personal y la fortaleza de estar en grupo, en realidad valentía contra su propia inferioridad, protegidos por el escaso control disciplinario del centro, no están libres de cometer errores cuyos efectos pasan los límites del respeto y las buenas costumbres. Ni ellos mismos son conscientes de las consecuencias de sus acciones y en todo caso la irreflexión juvenil rebaja la culpabilidad de sus aventuras de mayores. La fuerza del ambiente colectivo disuelve el grado de implicación individual. No se han demostrado la participación que la compañera tuvo en el caso con su conducta provocadora que en todo caso, siendo mucha o ninguna, aunque atenúe la gravedad del hechos de los compañeros nunca puede justificarle la falta. Todo esto pudo arreglarse puertas a dentro y terminado el cuento. Yo vi por aquellos días a alguno de sus hijos llorar amargamente en clase por la tensión que llevaba en su alma infantil. Un precio demasiado caro que estaban pagando ya hasta entonces.
No se hizo y hubo empeño en complicar las cosas. No se trata ya de la naturaleza de la falta que puede ser detestable o quedar reducida, según ellos dijeron, a un juego de niños o simples chiquillas. La gravedad del asunto se amplificó con la cantidad de adherencias externas que ha ido recibiendo en el camino. Al saltar a los medios de comunicación implicó a grupos sociales como los feministas, se politizó después por los hijos agresores eran hijos de los políticos y se judicializó para quedar definitivamente ahí. Quisieron hacer público el caso con fines intimidatorios sin saber que ellos serían luego las primeras víctimas del escándalo. Luego lamentarían el exceso de publicidad. El claustro de profesores sólo hizo una comunicación de prensa después de que los medios se habían cansado de hablar de todo. Y se siguió hablando por mucho tiempo hasta hoy que todavía no se ha llegado al desenlace final. Había sido un infantil juego de niños sin importancia ninguna, había sido el enfrentamiento entre los hijos de los ricos del pueblo contra los pobres, había sido una discriminación machista de un grupo de muchachos frente a una niña indefensa, había sido una agresión sexual. Se dijo de todo en las páginas de los periódicos y en la televisión.
De las repercusiones educativas se hablaba menos. El censejo escolar atropellado, vejada la dignidad del profesorado, habían prevaricado las autoridades educativas, el delegado de educación Orense había realizado un juego sucio a favor de las presiones partidistas de los implicados sin noción de los problemas que traía entre manos, se estaba amenazando llevar la intriga al juzgado donde los políticos tenía buenos amigos y se arrojaba por el suelo el clima de concordia que debe presidir la marcha interna de los colegios si no han de renunciar a su misión educadora. De esto sin embargo no se hablaba en los medios de comunicación que se dedicaban a repetir todos los días las noticias a todos los rincones de Galicia y aún fuera de ella. En realidad allí se reproducía uno de tantos esperpentos que se viven a diario en esta tierra y ahora le tocaba a un centro escolar de una pequeña villa orensana.
A través de esa información y a veces en forma directa por medio de cartas, telegramas, comunicaciones oficiales del claustro, declaraciones de los sindicatos, toma de postura de diferentes organismos feministas, la opinión del pueblo a favor de la actitud del centro también se hizo manifiesta. Solidaridad total con la actitud asumida por el profesorado de Ginzo. La inspección no tenia poder legal para suspender así de frente la decisión colegiada del consejo escolar. El señor era títere manejado desde Santiago. La marea publicitaria fue tan grande que los mismos padres de los alumnos implicados se asustaron de las proporciones que tomaba e intentaron por todos los medios volver las aguas a sus cauces normales para evitar el bochorno que lo arrastraba todo. Pero era ya tarde, además exigían condiciones que de ninguna manera podían ser aceptadas, incluso el tema llegó a los teletipos de la televisión nacional en su expresión más simple y dramática al mismo tiempo. “En Ginzo se revoca una sentencia del consejo escolar por una agresión sexual a una compañera de clase”. Era así.
Y un esperpento educativo gallego más, convertido en noticia nacional para deterioro precisamente de la imagen de la tierra. El esperpento es la palabra de Valle-Inclán para describir la vida gallega. Tuvo fortuna. Pocos días antes de la anulación de la sentencia por parte del delegado llegó al centro por sorpresa un inspector da Santiago, cosa que evidenciaba el cariz político que tenía el asunto. Las autoridades políticas de la capital de provincia no se acercaran al escenario de los hechos; se limitaron a enviar un observador. Sólo un observador. En realidad vino simplemente a ver y oír. Y oyó cosas bien duras. Pero tiene cara dura para aguantar. Todo el problema lo habían enrollado ellos. La culpa era de ellos y sólo de ellos. No había existido voluntad de arreglo en ningún momento y la prepotente sinrazón del delegado se impone a sangre y fuego como en tiempos de la dictadura. Era el talante del observador. Debían salir con la suya, estaba decidido y la voluntad de los dioses era inexorable. Ignoro se eso es una victoria o una derrota.
Ya se ha dichos. Hubiese sido la cosa más fácil del mundo con unos días de silencio administrativo que ellos practican en otros casos con menos razón y mayores perjuicios a los ciudadanos. Todo se hubiera resuelto. Una pizca de respeto a los organismos legales para que la ley se cumpliese y se mantuviera la dignidad del profesorado y el desprestigio del orden educativo. Además los derechos de los alumnos quedaban plenamente protegidos. Bastaba tener en cuenta la evidencia de los hechos y borrar unos legalismos insignificantes que no tenían ningún efecto y que además favorecían a los inculpados. Podía quedar en una amonestación a los inspectores del proceso por negligencia en la preparación del proceso. Pues no señor. La administración se empecina, es omnipotente y la fuerza del poder sigue siendo mayor que la fuerza de la ley, los intereses de los pequeños o grandes líderes populares son más eficaces en sus intrigas que los legítimos intereses del pueblo. Una vez más se impuso la irracionalidad a la ley y al sentido común.
El caso de Ginzo fue todo un error administrativo. El delegado dio una clara muestra de su incapacidad administrativa, llegó a decir delante del claustro que se trasladó el grupo a sus oficinas de Orense a corear su claudicación y que el consejo escolar carecía de poder autónomo para estas decisiones y siempre debía obedecer a las autoridades docentes como todos los demás organismos. Como si en los últimos años no hubiese pasado nada en España y el estado autoritario continuara. Un error de mentalidad dictatorial y de poderes de hecho por encima de la ley. Una situación que el señor delegado no era capaz de entender. Naturalmente él puede interpretar la ley, vigilar la legalidad de su aplicación, interpretar la voluntad de los legisladores, pero no borrarla de un plumazo. No puede omitir las competencias que la ley le ofrece al consejo escolar en orden a la disciplina.
Su comportamiento fue un ejemplo vivo de su incapacidad administrativa que es la nota más visible de la gente de la administración de Galicia. Las cosas también se movían en Santiago. Se deducía de la visita del inspector por sorpresa al centro –todo por sorpresa- y su tono desafiante y sarcástico con que repetía constantemente que pidiésemos su dimisión a Santiago. Claro que lo merecía. Debería incluso renunciar ante su incompetencia. Pero debía estar muy seguro de la bendición de sus jefes que a pesar suyo no quedaba fuera la posibilidad de que esa decisión se tomase y, acaso, con su ausencia. Ginzo es tierra de raigambre conservadora y sus líderes políticos tienen buenos puntos de contacto en la administración central que es en realidad donde se gestan las decisiones.
Los padres de los alumnos nunca tuvieron la cordura y la responsabilidad educativa que debiera implicarlos en el proyecto común de la educación. Un falso celo les cegó el camino. Llenos de orgullo clasista, se radicalizaron en aquella disparatada causa que era dañina incluso para ellos. No era rentable defender el honor de sus hijos a costa de la humillación de los demás, echar sobre las hijas de trabajadores pobres de la villa la basura que tratan inútilmente de quitar del nombre de sus hijos ricos. Era la hipocresía y la falsedad de la gente rica del pueblo. Se olvidaron de los débiles, que al margen de sus costumbres privadas de unos y otros que importan menos, se olvidaron del honor de la niña pobre y de sus padres, ese honor que invocan con tanto énfasis los abogados y los padres de los agresores para los suyos. Nadie será ya capaz de recuperar el desprestigio y la humillación de unos frente al pretencioso orgullo de los otros.
Otro error fue la judicialización del hecho. Meter los problemas en el juzgado es una forma de olvidarlos. Un colegio escolar no es un tribunal de justicia ni los educadores son juristas ni magistrados. Los centros están mínimamente dotados de asesoramiento. Ni un sicólogo ni un orientador existe en los centros para prevenir los conflictos con una adecuada terapia preventiva, cosa que se practica en otros muchos países de nuestro entorno con toda normalidad. Aquí nada. Además la acefalía del centro y la inexperiencia de su personal directivo impuesto por la delegación exigirían un trato distinto del que le han ofrecido. Para colmo de desventuras en la delegación se simplifica el caso a una falta de forma que es un legalismo que no se entiende.
Era el orgullo del dinero y el prurito social Eran peores los padres que los hijos. Uno de aquellos días invadieron la dirección y las aulas del centro en forma violenta y agresiva de forma extraña. Uno se pregunta, ¿qué pretenderían con aquello? La intención era intimidar y chantajear. No aguantaban el bochorno de la publicidad y trataban de volver la pequeña sanción de sus hijos, como un bulto de basura, sobre la dignidad de los hijos de otros y sobre el orden legal y la disciplina interna del centro. Con descaro. Y si sucedía que aquellos señores y unos niños mal educados, hacían prevalece sus tesis como estaba sucediendo, poco más nos quedaba a los profesores. Acaso quitar el título de centros de educación media y comenzar a llamarle de otra manera.
Naturalmente el profesorado no podía quedarse callado. Si tenían en su contra un pequeño defecto de forma en las indagaciones también contaban en su favor con la evidencia de los hechos que resonaban en la conciencia de la toda la comunidad educativa bien alto. A su favor estaba el delito cometido por catorce alumnos, -que era una falta grave en la disciplina interna del colegio- un delito de acoso y violencia sexual tipificado en las leyes. La judicialización del hecho por parte de la delegación equivalía a proclamar su falta de capacidad para resolver, su falta de responsabilidad profesional y su ignorancia del sentido de las leyes en un estado de derecho. Evidentemente ellos son políticos mucho más que profesionales de la educación. Y lo estaban demostrando.
Los profesores, un día de aquellos, suspendieron las clases y se dirigieron a la sede de la delegación de Orense. Cosa que se había comunicado a todos los centros de la provincia. La concentración frente a la delegación fue completa y asistieron profesores y algunos sindicalistas. Después del corte en la calle el delegado recibió a un grupo de profesores en el despacho. Sólo unos cuantos. Se le veía miedoso, es un hombre con mínima capacidad de gestión. Estaba siempre enredado y poco tenía qué decir. Parecía que el problema no era con él. Incluso apeló a la vieja táctica autoritaria de la amenaza. Estaba cercado y de su boca no salían más que despropósitos. Repitió su concepto erróneo sobre la subordinación del consejo escolar a sus personales decisiones. La fuerza de las leyes por sí mismas no entraba en su cabeza. No era capaz de entenderlo y piensa que la ley es él
Los profesores salieron de allí desmoralizados. Y empeñados en no perder el pleito, aferrados en mantener la legalidad de los hechos, sólo quedaba iniciar el proceso de nuevo, evitar los errores de forma, presentar el informe al consejo escolar y volver a recorrer el camino andado. Nuevas consultas a los asesores jurídicos del ministerio. Y otra vez la misma confusión y posturas contradictoras ante los funcionarios de la delegación y los de Santiago. No se impugnó la decisión de la inspectora aunque se podía haber hecho; pero ahora había dificultad para encontrar instructor voluntario y que no fuese recusado por los padres de los alumnos. Por lo visto podían hacerlo. La tensión iba en aumento y se pensó que la repetición del proceso, cumpliendo de nuevo los plazos que marca la ley, conducía el problema fuera del curso escolar vigente. Por lo tanto aquello no conducía a nada y era preferible dejarlo todo donde estaba.
El caso en los tribunales.
Aquello era más que suficiente para que el delegado y su inspectora voluntariamente dejasen sus puestos de confianza para volver a sus trabajos docentes normales. Ella era profesora de física en Orense. Pero aquí nunca sucede nada. La mano poderosa que los colocó en sus puestos los protegía desde arriba por encima del bien y del mal. Allí no había pasado nada y sus errores debían ser compartidos por todo el sistema administrativo. Importan los votos, las relaciones humanas, el poder, el caciquismo. Se sabe que el pueblo tiene poca memoria y se olvida pronto. Ahora todos de nuevo a sus puestos y todos tan contentos.
Sin embargo se reanimó la decisión de repetir el proceso; pero forma indecisa y sin convicción. Se consiguió un nuevo instructor que aceptó asumir la responsabilidad de instruir de nuevo aquel cuento que ya empezaba a ser aburrido. La administración una máquina sin alma, sin vocación de servicio, ajena a los ideales educativos. Y la educación una actividad del estado que no interesaba a nadie. El curso estaba en la última etapa. Los profesores a finales tomaría el camino de sus nuevos destinos y los alumnos ya hablaban de sus inscripciones en diferentes centros de la provincia. Aquello era una causa ya completamente perdida que en realidad ya no afectaba a nadie y simplemente dejaba el tema en plena impunidad.
Por aquellos días la noticia apareció en el noticiero nacional del mediodía. Problema de dimensiones nacionales. Posiblemente como consecuencia de ello el juez de Ginzo, que se había mantenido alejado de la quema tratando de no meterse donde no le llamaban porque seguramente conocía la intriga política que viven los pueblos pequeños decidió realizar averiguaciones a nivel judicial. Se ignora si actuó por iniciativa propia o algún fiscal se metió en medio. Tal vez era medida que se debió tomar al principio a raíz de la denuncia del padre de la alumna agredida o de la hostilidad creciente de los padres de los alumnos. Se trataba de un delito tipificado. Yo incluso lo propuse en un claustro de profesores. Pero no se tuvo en cuenta porque después de todo, aún siendo la agresión sexual un delito del código, el hecho se refería a la disciplina interna.
En todo caso un proceso no debería excluir el otro. Los jueces estaban ahí para descubrir y sancionar las transgresiones de las leyes de la nación. Sin embargo los centros tienen mecanismos internos y reglamentos propios que regulan la convivencia dentro de los colegios. Conductas que no significan ningún delito en el orden judicial pueden ser faltas de orden y disciplina interna que deben ser tenidas en cuenta por los mecanismos de control internos. Una falta de respeto a un profesor, el fumar en las aulas de clase, las faltas injustificadas, las faltas de atención, el incumplimiento de las tareas obligatorias en casa, el saltar una tapia, pelearse con un compañero, no es delito para llevar a los tribunales; pero son faltas punibles que no se pueden obviar en la convivencia escolar. Que ahora entre el asunto en la vía judicial no podía obstaculizar que los centros hicieran funcionar las normas de disciplina que se recogen en los reglamentos de régimen interno. Es lo que se hizo en el primer expediente del consejo escolar y la administración se empeño en destruir. Un proceso no excluye el otro.
Tampoco en esto hubo unanimidad. Incluso se hicieron increíbles esfuerzos para la acción paralela y para evitar el nuevo proceso. El abogado de los alumnos vino muchas veces al centro haciendo graves amenazas por daños y perjuicios en caso de que el juez declarase inocentes a los alumnos que se sancionaban en el centro. Cuando en el informe de las alegaciones para invalidar el proceso invocaba la palabra "escarmiento" pronunciada por la tutora en el revuelo de los hechos como una ofensa grave a los alumnos, ahora él no tenía el menor empacho en usar la intimidación y el chantaje con el profesorado. Y era un letrado. La gravedad del caso, una vez más, no residía en el abogado que defendía una causa, -buena o mala no tenía importancia- simplemente porque ese es su oficio y por eso le pagan. Lo denigrante estaba en las autoridades docentes que entraban en el juego de la mentira y prevaricación al firmar lo que no podían firmar.
Dijeron falsamente que el asunto no podía tratarse en dos tribunales al mismo tiempo. Los asesores jurídicos de la administración confirmaron esta postura que evidentemente significaba la paralización de la otra. Sigo creyendo que son instancias distintas diferentes y una no tiene nada que ver con la otra. En todo caso el expediente sancionador escolar era una solución del régimen interno que resolvía un problema, más o menos acertadamente y con competencia, y evitaba el enquiste del tumor en el tiempo como sucedió. Sería lo mejor para todos aun en el caso de que tuvieran parte de razón. Pero yo presentía la pequeñas infracción disciplinaria de un colegio se estaba convirtiendo una conjura levar el caso a una vía muerta y dejarlo entre los conflictos sin resolver y el olvido que les ofrece el paso veloz del tiempo. Entrar en la vía judicial es entrar en un camino sin salida. Todos, políticos, abogados, se conocen, todos son amigos. Todos saben la forma de sobreseer el asunto. El proceso entró en el juzgado en los juzgados, se dejó en las últimas carpetas del archivo, el curso escolar llegó a su fin, profesores y alumnos comenzaron las vacaciones. Cada una de las parte implicadas en el conflicto miran ya al horizonte del próximo curso y todo quedará posiblemente en silencio.
Es la injusticia del silencio.
Claro que se planifica y funciona. Silencio administrativo, silencio judicial. Es el destino de grandes y pequeños delitos de esta tierra. Montones de caos sobreseídos, tapados por silencio de los archivos de un tribunal de menores. Ya no se habla del asunto, ya no sale en los medios de comunicación. Pero el delito existe, la víctima sigue con la herida de la amarga e incurable secuela de aquella experiencia que ya nadie volverá a tener en cuenta. El mes de agosto es neutro en actividad judicial. En septiembre yo volví al centro para hacer los últimos exámenes. Quise saber en qué estado estaban las cosas. Escepticismo absoluto y hasta rechazo explícito a hablar del tema. ¿Para qué? La entrada del expediente en los tribunales también les había servido de tranquilidad en su día porque se quitaban un peso de encima. Ahora ya estaba lejos. Los padres sabían que sus hijos no iban a declarar ante un tribunal de menores por conocen demasiado bien la trastienda de la vida judicial de la villa, más amigos de caminos tortuosos que de aceptar propuestas civilizadas y razonables. Después de todos estábamos hablando de educación, personal de formación universitaria y de un centro de educación media.
Comenzó el nuevo curso bajo un telón de silencio al fondo. Ni más ni menos de lo que se podía esperar. Un silencio reticente en la conciencia de todos, miedo y desinterés por hablar del tema. A mí me parecía un pequeño acto de traición. Sólo había salido los caciques de la villa para volver mañana a renovar el mismo teatro que ahora. La inspectora ya se ha ganado el premio "Alacrán” que las feministas de Vigo le han concedido en nombre de todas las mujeres del mundo. Los alumnos tal vez aprendan la lección negativa del trato con los compañeros y compañeras de clase y cuenten mañana a sus hijos aventuras que nunca debieron protagonizar, los profesores no les costará olvidar la vejación de sus jefes porque son funcionarios y están acostumbrados a sus desaires. Hoy de ellos pocos quedan en Ginzo y a caso el tema no merece mayor importancia.
No la sentencia judicial pudiera esclarecer la culpabilidad de los alumnos. Pero eso ya va a suceder. Entró en los juzgados y ya no va salir. Estaba bien planificado. A fin de cuentas a nadie importa ya el asunto. Y como en esta maldita tierra de caudillos y caciques estos de silencio culposo, silencio administrativo, silencio y lentitud judicial, son hechos que se repiten con mucha frecuencia y toda impunidad, y como yo he sido unos de protagonistas de esta aventura quiero dejar constancia de ella, quiero recordar que es mal juez de los delitos el silencia. Que el tiempo a veces hace justicia y a veces no, que es mala gestión la figura del cacique plutócrata de las villas de viejo abolengo, que a pesar de todos seguimos esperando hasta hoy una decisión justas de los jueces que quitaron el proceso de las manos a los profesores. Acaso llegue sin tiempo la última escena, el desenlace final de un episodio que comenzó al principio de curso del año pasado, se diluyan en los caminos del tiempo sin que nadie pueda entender lo que verdaderamente sucedió en el Instituto de Ginzo de Limia en aquel curso.
ORENSE 28-8-92
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