L A C U L T U R A
Y
E D U C A C I Ó N E S P A Ñ O L A,
U N P R O C E S O E N M A R C H A
ARSENIO GONÁLEZ CEREIJO
ORENSE, 3 - 9 -89
ÍNDICE
Capítulo 1 La cultura y el hombre. . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Capítulo 2 La civilización y la cultura. . . . . . . . . . . . . .
Capítulo 3 Principales instituciones. . . . . . . . . . . . . .
Capítulo 4 Reformas educativas. . . . . . . . . . . . . . . .
Capítulo 5 Las enseñanzas medias. . . . . . . . . . . . . .
Capítulo 6 La calidad de la educación. . . . . . . . . . . . . . . .
Capítulo 7 El cientifismo educativo. . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Capítulo 8 El mentalismo educativo. . . . . . . . . . . . . . . . . .
Capítulo 9 La disciplina escolar. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Capítulo 10 Las motivaciones en la escuela. . . . . . . . . . . . . .
Capítulo 11 Evaluación y objetividad. . . . . . . . . . . . . . . . . .
Capítulo 12 Ausencia de la administración. . . . . . . . . . . . . . .
Capítulo 13 Los alumnos, los protagonistas. . . . . . . . . . . . . .
Capítulo 14 El profesor, un auxiliar. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Capítulo 15 La elección del profesorado. . . . . . . . . . . . . . . .
Capítulo 16 Las drogas en las escuelas. . . . . . . . . . . . . . . . .
Capítulo 17 Las lenguas españolas. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Capítulo 18 Los nacionalismos hispanos. . . . . . . . . . . . . . . .
Capítulo 19 La moral en la escuela. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
CAPÍTULO 1
LA CULTURA Y EL HOMBRE
El hombre, un instante en el tiempo; un punto, en el espacio. El hombre defiende su fragilidad, asegura su asiento, en el escenario temporal de este mundo. Su habitación terrenal, las complejas formas de la civilización, las instituciones educativas, las multiformes tradiciones populares de los pueblos, son armas defensivas creadas por sus propias manos para asegurar su supervivencia en la tierra. Después de un largo proceso de luchas contra la naturaleza física, contra las fieras, contra la peste y las enfermedades; en un esfuerzo desesperado por sobrevivir, frente a la hostilidad del entorno y la fuerte competencia de sus vecinos humanos, que no ha sido a través del tiempo el menor amigo de su prójimo; después de un largo proceso evolutivo que envuelve a la geología, a la biología, a la antropología, en un espacio de tiempo que sobrepasa los patrones que hoy se emplean para medirlos; en una geografía que nada tiene que ver con los actuales mapas geofísicos que se estudian en las escuelas; en una combinación biológica de sangres que hacen cada día más absurdos los actuales enfrentamientos étnicos; incluso con unas categorías mentales diferentes a las que hoy empleamos para examinar el problema; por fin el hombre ha tomado las riendas de la situación, se ha autoproclamado rey absoluto de este planeta tierra que se le está quedando pequeño en sus manos, y trata de asentar cada día con mayor firmeza su presencia en él.
Como el caracol, como la tortuga, como los corales, que sobreviven protegiendo su delicado organismo interior con duros y resistentes tegumentos calcáreos, también el hombre ha ido asegurando su propia existencia individual y colectiva con fuertes armaduras protectoras. Se ha ido construyendo una coraza defensiva en dos planos diferentes y concéntricos. Uno externo y otro interno. El habitáculo externo, por una parte, está configurado por el acondicionamiento del espacio geográfico. Una arquitectura enormemente compleja que empieza acaso en el incesante transitar del hombre nómada siempre prófugo de sus propias necesidades, en la oscuridad de primitivos escondrijos rupestres, en las diferentes instalaciones tribales de cada pueblo, en la compleja y difícil forma de la civilidad moderna, en todo caso, el mediocre concierto institucional que forma el complejo mundo moderno y el frágil bienestar que disfrutan algunos pueblos. Por otra parte ha creado otra arquitectura igualmente defensiva, menos pesada, más íntima, imponderable, intemporal, menos sensible, como la atmósfera que se respira, pocas veces formulada en conclusiones definitivas, siempre en tensión de crecimiento, producto de la lucha solidaria de la raza humana, acumulación gradual en el fondo del alma de los pueblos como la erosión geológica sedimenta grandes formaciones físicas en la superficie terrestre. Son las grandes conquistas mentales que ha heredado el hombre actual como producto de los esfuerzos creadores de sus antepasados. Es la cultura universal y los derechos humanos.
Uno y otro, el refugio material y el caparazón cultural, son un producto creativo de ser humano, el resultado de sus experiencias colectivas, la resultante de los polícromos ensayos de formas civilizadas, el acervo ancestral corregido y aumentado que cada generación entregará a las generaciones que le siguen. Esa atmósfera protectora que el hombre, en forma de macroestructuras internas, en forma de grandes teorías políticas, en forma de complejas organizaciones sociales, en forma de extrañas teorías mitológicas y cosmogónicas, en forma de narcóticas interpretaciones religiosas, incluso en forma de difíciles entramados filosóficos, metafísicos y morales, testifican su empeño por romper la fatalidad de su evidente limitación humana y su afán de romper los enigmas de su existencia. Disfrazan sus siempre desencantadas ansias de felicidad, tratan de acallar el inevitable y angustioso dolor humano y la frustración de su absurdo deseo de inmortalidad. Todo un mecanismo defensivo que la raza humana, igual que otros tantos millones de seres vivos, construye en medio de la diversidad con el propósito de simplemente sobrevivir o vivir mejor.
Este instinto de supervivencia, rector de toda la actividad humana en el transcurso de la historia, desprende siempre uno vaho humano inconfundible en todas sus manufacturas, el color y el calor de su aliento, la dimensión antropomórfica de su pensar y de su quehacer, sus medidas y proporciones. Es la emanación de la huella humana impresa en todas sus creaciones, sobre las variables formas de su civilización, sobre esa gran tela de araña que las manos solidarias de la humanidad han ido destilando de su propia mente creadora como lo hacen los arácnidos y las abejas en sus panales. Las formas civilizadas de todos los tiempos toman una orientación antropocéntrica, se construyen al ritmo de las aspiraciones del hombre, como cauterio de sus sufrimientos, de sus ignorancias y limitaciones, de sus angustias. A veces simples placebos o señuelos. La deslumbrante civilización actual, con toda su grandeza, con sus quiebras y amenazas, con sus conflictos infinitos, no es otra cosa que el reflejo deformado de la torturada existencia. Ahí están las grandes construcciones mitológicas de los pueblos primitivos, las diferentes instituciones sociales y políticas, las formas diferentes de convivencia, organizadas en función de sus profundas carencias y sus sueños imposibles. Ahí está la perfecta figura humana de las divinidades griegas con toda la grandeza de dioses que posee el hombre y con toda la miseria que le ofrece la condición humana de sus comportamientos. Ahí están las interpretaciones religiosas y morales de tiempos oscuros empeñados en recomponer paraísos transcendentes capaces de compensar una felicidad que no es posible conseguir en este mundo. Y ahí están las mismas teorías filosóficas y metafísicas e incluso la ciencia actual proyectando sobre el mundo y las cosas un marchamo enteramente humano.
Esta interpretación antropomórfica del producto humano tiene, por lo tanto, dos dimensiones bien diferenciadas. Por un lado, la cultura, los valores humanos, la esencia libre del hombre que forma el cúmulo de las conquistas positivas que sobreviven a los avatares del acontecer histórico. In integran el caparazón más cercano a la esencia de la personalidad humana, son elaborados por los pueblos conexión directa con la defensa de la conciencia individual y solidifican en formas de principios y normas de valor universal para el hombre todos los tiempos. Son los eternos productos de la cultura. Hoy se recogen en la fórmula escrita de los derechos del hombre. En un círculo más amplio se encuentra la macroestructura de la sociedad, el amplio caparazón de la organización física y social, más convencional, de naturaleza temporal y transitoria, forma a tramoya civilizada que desde fuera protege el teatro de la progresiva humanización de la raza humana. Es el nivel de civilización lograda por cada pueblo en cada punto de la tierra. Son dos aspectos de una grandiosa arquitectura antropomórfica que el hombre von configurando como refugio y cámara aislante de su frágil existencia frente a su adversidad congénita. Las características de esta esplendorosa sociedad moderna son bien diferentes de las sociedades primitivas. La enjundia cultural de valores humanos, sin embargo, las aspiraciones humanas y su lento progreso a través del tiempo, permanecen identificadas. La sombra de la alargada figura humana se proyecta de la misma manera por encima de las variantes sociales de los tiempos. La espectacular arquitectura social de los pueblos más desarrollados de hoy serán mañana los escombros de relleno de una ciudad nueva y diferente y el hombre cada día un poco más hombre sobre ellas. Porque las conquistas espirituales por el contrario se suman, como pepitas de oro, indefinidamente en línea siempre creciente e irreversible a la única bola de la de cultura universal.
No será fácil muchas veces precisar las fronteras entre un plano y otro. El ambiente exterior, el mundo de los fenómenos sensibles, el contorno físico, la geografía, la choza, el pueblo, la ciudad, las murallas, la organización social, política, religiosa, determinan la evolución de la conciencia humana y colectiva. Al mismo tiempo las acumulaciones culturales en la conciencia humana, el hombre cada día más socializado, más dueño de la realidad humana y más consciente de su propia posición en el mundo y además más poderoso en recursos, modifica constantemente con más fuerza, -y a veces con mucho peligro- la naturaleza física del espacio natural que habita. La interrelación es mutua. El hombre transforma el ambiente, actúa en el medio, lo antropomorfiza, lo mejora o lo degrada y aniquila. Ahí están ya los gritos de alarma de los ecologistas, los defensores de la naturaleza, los protectores de los animales, los pacifistas, los problemas de las grandes ciudades, que tratan de prevenir la acción transformadora indiscriminada del hombre sobre la naturaleza física o la complejidad de un mecanismo social asfixiante. En sentido contrario, la atmósfera externa que cobija al ser humano afecta a los valores espirituales de las personas y de los pueblos imponiendo esa especie de fatalismo geográfico o biológico o racial o religioso o cultural sobreañadido al proyecto estrictamente humano. Se inserta, tan profundamente, tan intensamente, en la propia conciencia humana que, aún hoy, en pleno desarrollo científico y técnico, con el orgullo que ofrece el señorío del mundo, increíblemente es uno de los factores de mayor tensión en la convivencia torturada de los pueblos. Recuérdese el significado que los conceptos de raza propia, de nación propia, de cultura propia, de religión propia, de filosofía propia, de proyecto político propio o simplemente de opinión propia, implican en el contexto cultural de este siglo. Todavía existen demasiados factores de fricción humana que deben ser objeto de lima constante de la sociedad en los siglos venideros. Tendrá que evitarse también el espejismo de la visión monocular del tiempo -otro de los efectos antropomórficos-, ese tiempo que se pierde sin fin hacia los dos extremos del segmento histórico, el pasado y el futuro, y por mucha que sea nuestra megalomanía en esta tierra no pasará más allá de ocupar un punto mínimo en cualquiera de ese segmento enormemente largo de la historia de la humanidad hacia adelante y hacia atrás.
La cultura de un pueblo, en sentido estricto, por lo tanto, no está constituida por esa urdimbre externa que el hombre ha ido elaborando para su propia defensa individual y colectiva. Las formas civilizadas temporales materiales o mentales, no son cultura. Las formas mediáticas, instrumentales, convencionales, la vivienda, las costumbres, la organización social, el folclor, la lengua, las creencias, son soluciones temporeras de civilicidad. No son cultura humana. Esta se refiere al conjunto de productos mentales inmediatos, articulados en sentido de su propia humanización de conocimientos, que sólo algunas veces, se acumulan en archivos y bibliotecas y museos; y otra veces, y de forma más decisiva e importante, se asientan en el fondo del alma colectiva, forman la atmósfera cultural de los grupos sociales, se amontonan en la interpretaciones ideológicas sobre el mundo y la vida, en forma de conquistas sociales, convicciones atávicas, experiencias positivas, pactos implícitos y explícitos de convivencia. Hasta el punto que un sólo pueblo, incluso un sólo individuo, puede ser testigo en cada punto de la historia del nivel de cultura universal. Tanto el legado de conocimientos que se amontonan en las bibliotecas del mundo, como las recetas concentradas de sabiduría popular transmitidas por comunicación de unas generaciones a otras, como el gran código escrito, no hace mucho de los derechos fundamentales del hombre, aún en la programación mental más rudimentaria que puede existir en el hombre de hoy más alejado de los beneficios de la moderna educación, forma parte de ese gran patrimonio universal que es la unitaria cultura actual. Una cultura que está ordenada inmediatamente a defender los valores más personales del ser humano, la propia autonomía, la independencia de la persona frente a la agresión externa, su libertad individual y colectiva aun hoy en proyecto muy imperfecto, la solidaridad y la convivencia constantemente amenazada, la felicidad eternamente anhelada y nunca perfectamente conseguida, la propia dignidad individual y colectiva. Todo eso es la cultura humana. O mejor todavía todo eso es el hombre, el hombre cosmológico, el hombre geológico, el hombre histórico; el hombre que arrastra toda la historia del pasado sobre sus hombros y empuja inexorablemente la pesada rueda de igual forma hacia el futuro. La formación de la cultura tiene un recorrido lento, muy semejante al camino que han transitado las grandes masas geológicas; pero irreversible.
Trabajo de siglos, acumulaciones sucesivas, muy lentas y laboriosas. Recuérdese la formación de las grandes rocas calizas en los largos procesos de hidratación. Recuérdese la erosión de las viejas formaciones geológicas producidas por el viento y las lluvias o las lentas formaciones de las líneas de la geografía actual, o las imperceptibles transformaciones de la evolución de las especies. El parto laborioso de la cultura actual es el resultado de un penoso camino ascendente. No ha habido pausas. El torrente de la historia, a mayor o menor velocidad, con oscilaciones a veces, con momentos de más o menos brillo, se desarrolla siempre en sentido acumulativo y su vida permanente de la misma forma que el caudal de los grandes ríos lo hacen en sentido descendente. No hay una anticultura paralela. No hay movimientos en retroceso. No hay culturas perdidas. Habrá ensayos diferentes, habrá alternativas diferentes, habrá tentativas y proyectos diferentes, que pasarán a engordar la fe de erratas de la historia de la humanidad. Puede haber movimientos tácticos, retiradas estratégicas, momentos de confusión y crisis en la evolución de los pueblos. Puede haber guerras, invasiones, épocas oscuras, transculturizaciones; pero una vez realizada la selección del descubrimiento propiamente cultural y humanizador, este entra a formar parte del patrimonio del ser humano. El hombre y la cultura tienen la misma historia. La cultura es acumulativa. La historia es ascendente y el futuro debe ser más alegre y esperanzado que el presente y el pasado.
Es bueno recordar la sangrienta lucha intestina del pueblo romano para conseguir la nivelación de los distintos estratos sociales, tan marcados, tan endurecidos, tan enconados por la conservación de las clases privilegiadas y exigencias de conquistas bélicas entre patricios y plebeyos. La igualdad individual del hombre, que es un valor propiamente cultural se fue reconstruyendo lentamente, como un difícil rompecabezas, en una lucha que todavía no ha cesado del todo. Es bueno también el testimonio de esa lucha desigual, silenciosa, constante, sin retroceso, que sostuvo el cristianismo frente al todopoderoso imperio romano. No tano por lograr el reconocimiento oficial de una institución religiosa naciente que antes nunca había tenido -y que acaso fue esa su peor aventura de todas- sino por la conquista de la libertad de la conciencia que desde entonces pertenecen a la cultura universal. Véase también la conmoción social que el endurecimiento de los viejos estamento privilegiados de un orden involucionista produjo la revolución francesa por la defensa de valores tan propiamente culturales como son la libertad, la igualdad y la fraternidad. Naturalmente no fueron vanas, ni sus luchas, ni la sangre derramada, ni los sacrificios que impuso la reconstrucción de nuevas piezas en la sociedad moderna. Véanse también los muertos innumerables, las torturas y sufrimientos, los campos de concentración y los campos de batalla que las dos últimas guerras mundiales ocasionaron a toda la humanidad empeñada a su vez en conquistar, para el individuo y para los pueblos, una mayor cuota de libertad, de independencia, de autodeterminación y demostrar la absurda prepotencia de los que mandan, el fanatismo de las ideas y la ambición de mando. Todo ello, sumado a infinitas guerras que entre sí han mantenido los hombres de todos los tiempos unos contra otros, y mantienen todavía, es el precio enorme que se está cobrando el acervo cultural del hombre de hoy. Es el precio excesivamente alto que se está cobrando cada pepita de oro que dejan detrás de sí todas las revoluciones sociales, es el precio cruento y macabro que se está pagando por cada artículo de los derechos fundamentales de la sociedad civilizada actual.
La conquista de la cultura humana, es decir, la conquista del hombre en su evolución histórica, está en tensión de crecimiento, está haciéndose continuamente, está en un punto cualquiera de la historia. Ese ser humano, que es el habitante de la tierra en cualquier época y cualquier lugar, ha realizado esfuerzos titánicos hasta el día de hoy en esta empresa; pero el proyecto humano está apenas iniciado. Todavía al hombre le falta mucho para ser hombre, todavía a la historia le queda mucho camino por andar. No es fácil determinar si es más lo que se ha recorrido si lo que falta por recorrer. La tensión de crecimiento es el alma y el cuerpo de la especie humana y paralelamente el alma y el cuerpo de la cultura. No puede pensarse en una estación final. Aquellas grandes conquistas de nuestros antepasados no pasan de ser para nosotros poco más que mitos o intranscendentes acontecimientos. Posiblemente nuestras orgullosas conquistas científicas de hoy serán nimias aportaciones a un proceso de crecimiento visto en perspectivas diferentes. Muchos de los múltiples, destructores y terroríficos azotes humanos, epidemias, hambrunas, matanzas indiscriminadas, son hechos sociales buenos ya para la arqueología o simples referencias históricas. Sin embargo, el hombre actual aún soporta amenazas y conflictos tan dramáticos, tan peligrosos, tan desproporcionados, que nuestros antepasados no hubiesen podido imaginar, se derrumbarán en espacios y tiempo no muy largo y sobre sus escombros surgirán fantasmas nuevos que tal vez aterroricen a las largas generaciones futuras. El proyecto cultural del ser humano, en su dimensión cósmica, está siempre inacabado, abierto siempre a todas las aportaciones creativas del hombre individual y siempre en capacidad de aumentar su caudal. Error será de colocar el quehacer humano en una estación terminal, en un círculo cerrado, en una ilusa suposición de que las piezas en este mundo están ya todas en el lugar definitivo que deben estar. Evidentemente el mundo que hoy tenemos no es el mejor de los dos mundos. El torrente avasallador del producto cultural humano podrá, acaso, remansarse en un determinado rincón del tiempo, tomar el curso tortuoso que a veces toman los meandros de los ríos, esconderse bajo pasos subterráneo en aparentes pérdidas, pero nunca podrá evitarse el camino optimista y ascendente de la historia humana.
La cultura actual tiene aún limitaciones y bien grandes. La paz es una de esas piezas sociales todavía en estado de formación muy frágil. Siguiendo el camino del desarrollo científico y técnico, bajo el entusiasmo de grandes conquistas en el mundo de las ciencias, el hombre ha construido artefactos tan peligrosos, tan destructores, tan mortíferos, que constituyen un gran atentado, no sólo a la seguridad individual sino a la seguridad mundial. Es de esperar que este maleficio se rompa, que las fuerzas creativas del hombre se impongan, que el alegre sentimiento de la paz llegue a cristalizar definitivamente en las sociedades modernas. Es de esperar que el testimonio de los horrores destructivos de las últimas guerras y el poder devastador del arsenal militar absurdamente acumulado en nuestro tiempo, llegue a disuadir la competencia bélica de unas naciones frente a otras, de unos hombres frente a otros. Es de esperar que la ciencia humana que ha creado tantos artefactos para matar construya también los mecanismos sociales que garanticen definitivamente la paz entre los pueblos y los individuos, que desmantele todo el inmenso poderío destructivo actual y los reconvierta en instrumentos de paz y bienestar social. Es de esperar que el hombre civilizado de hoy no tarde en comprender la necesidad de establecer los mecanismos necesarios para proclamar definitivamente la tranquilidad y la distensión entre los hombres y los pueblos del mundo. Es posible que entonces ya se desmorone la voracidad competitiva de dos gigantes, que desaparezcan los privilegios de veto, que se reconviertan las industries militares en instrumentos de paz, que se dediquen los ejércitos a la agricultura y a servicios humanitarios. Y nuestra actual tensión bélica y esta pesadilla de inseguridad que sufre el hombre de hoy, sea en breve tiempo, un testimonio más de los muchos esfuerzas que imponen las verdaderas conquistas humanas.
La igualdad racial es otra de las piezas rotas todavía en nuestra cultura. A ningún pueblo le será fácil hoy recomponer la genealogía de los glóbulos rojos de su sangre a través de las complejas corrientes demográficas en que se han movido los pueblos y las civilizaciones del pasado, ni los códigos genéticos marque diferencia esenciales entre los hombres ni acaso sobre los animales. Tarea imposible. Frente a ella hablar de pureza de sangre, sangre azul o sangre roja, razas superiores o inferiores, constatar todavía los extremos de violencia, de sacrificios cruentos, de torturas morales que se realizan en nombre de una absurda diferencia de racial, solo puede significar la magnitud de la irracionalidad humana que, como bolsa residuales de magia primitiva y comportamientos de signos muy primitivos, impide la comprensión del verdadero sentido de la historia y ofrece multitud de sacrificios inútiles e innecesarios. Una vez más está clara la dificultad de los pactos culturales. Se han derrumbado ya estrepitosamente altos murallas que separaban a unos seres humanos de otros. Se desmorono el sentimiento de esclavitud de antaño que subyugaba a unos hambres frente a los otros, han perdido funcionalidad los inexpugnables castillos medievales que solo son testigos silenciosos de una época histórica belicosa, apenas si quedan restos de castas sociales, se están diluyendo irreversiblemente las fronteras de las naciones, no puede pensarse que una visión monocular de la historia humana, un residuo atávico encallecida en las conciencias de unos o el insignificante detalle de la pigmentación de la piel de otros, sea capaz de crear los absurdos problemas que todavía sufre el mundo actual o los pueda mantener durante macho más tiempo. Todas las formas de racismo, todas las formas de modernos chauvinismos, todos los nacionalismos extremes, las monomanías ideológicas, religiosas, políticas, son ensayes históricos tan erróneos e inútiles, como los viejos y sangrientos ritos mágicos de los pueblos primitivos, condenados de antemano a figurar, como aquellos, en la fe de erratas de la historia humana.
También está pendiente, y acaso con notas más dramáticas todavía, la desigualdad laboral y económica que divide hoy a los hombres y a los grupos humanos de la tierra. Por una parte andan los que lo tienen todo y por otra están los que no tienen nada. También aquí existe el cruel rechazo del mundo civilizado que inventa siempre elegantes e injustas razones para pasar de largo sobre el pobre tercer mundo, sobre los millones de seres hambrientos, sobre los millones de desempleados, sobre los millones de seres humanos que no participan de ninguna forma en los magníficos escaparates de suculentos beneficios que produce la técnica e industria actual. Hay aquí valores humanos en quiebra. También aquí falta el pulimento cultural de la igualdad económica. El hombre, el hombre histórico, ese hombre que ha recorrido el misterioso camino de los siglos en ese esfuerzo titánico de superación, ha realizado hoy el magnifico milagro de la técnica moderna, ha logrado el milagro de la industria moderna, ha logrado construir esas máquinas que hacen a un ritmo constante y sin protesta, aquel trabajo que penosamente siempre realizó el hambre. Acaso sea ese el principio de la liberación de la esclavitud del trabajo.
Los beneficios de la industria moderna son enormemente grandes, la automatización laboral desplaza continuamente montones de empleados que pasan a las listas del ocio forzoso, traumatizante y estéril. Los excedentes agrarios se acumulan en unos puntos verdes de la geografía mientras mueren de hambre millones de hambres en condiciones paradójicamente escandalosas en otras zonas rojas del planeta. El desarrollo técnico esta en un momento álgido de subdesarrollo. De manera totalmente injusta unos pocos en el mundo se adueñan de todos los ingenios técnicos que en buena justicia son propiedad solidaria de todos los hambres, -de los ricos y los pobres, de los blancos y los negros, de los del norte y los del sur-, porque son conquistas de la inteligencia humana y legítima herencia del colectivo humano. El orden social, sin embargo, ha quedado anquilosado en la trampa de los intereses egoístas de pocos, que imponen las leyes porque tienen el dinero y el poder. E1 orden laboral y económico mundial no funciona. Todavía no habrá sido suficiente el hambre y los gritos de protesta de millones de seres humanos que sufren hoy la injusticia de unas reglas de juego opresoras y en desventaja. Posiblemente las promesas de una sociedad en pleno empleo nunca pasen de ser más que bellas utopías que nunca podrán ya realizarse. Pero será posible esperar que el reparto de los beneficios, esos beneficios suculentos que, en alguna medida, pertenecen solidariamente a todos, se repartan adecuadamente, que se reparta el trabajo, que se repartan los turnos de trabajo; pero sobre todo será licito esperar que algún día se recomponga el orden social y económico y se haga un reparto más equitativo de los beneficios del progreso moderno
Es necesario insistir en las dimensiones cósmicas de la cultura actual. Es, como la propia historia, como la propia herencia biológica, la suma del esfuerzo de muchos pueblos durante muchos siglos para el disfrute de todos. Por lo tanto la cultura actual, esa gran herencia del hombre de hoy, y todo lo que en el tiempo se vaya acumulando, ya no será propiedad exclusiva de nadie en particular, ni siquiera de un determinado pueblo concreto, sino de todos los hombres y de todos los pueblos, de todas las razas y todas las geografías. La cultura es ya, y cada día mas, cosmopolita y unitaria. Y nadie puede atribuirse propiedad exclusiva ni de toda ni de parte de ella, ni controlar las compuertas de su libre circulación por el mundo, ni limitar el derecho de cualquier ser humano a participar libremente en ella. También en este aspecto hay limitaciones y monopolios por parte de unos que tienen la llave de su control en las manos y por otra parte están los guetos de marginados totalmente incapacitados para entrar en su participación equitativa. Frente al esfuerzo titánico que el hombre ha venido realizando a través de la historia para enriquecer el patrimonio cultural, paradójicamente existe su perezosa inclinación al disfrute placentero de las conquistas alcanzadas, su cómoda inclinación a asentarse en las bonanzas de los acontecimientos históricos, a instalarse permanentemente en sus conquistas inmediatas, a recorrer sus propios caminos y amasar una cultura pequeña, reducida, familiar, personal. Nace así la resistencia y la oposición entre las culturas particulares con todo el colorido local y autóctono frente al esplendor de la cultura universal. El efecto óptico al mirar las cosas de cerca envuelve entre el caudal de brillantes y ricos estilos de vida popular, -folclor, ritos, costumbres, tradiciones-, las pequeñas contribuciones auríferas que los grupos humanos pueden ofrecer a la gran bola de la cultura universal.
Al hablar de culturas diferentes, costumbres propias, ritos, tradiciones, tones y colores característicos que reflejan la idiosincrasia de los pueblos y naciones, entramos en las construcciones instrumentales de barro y caña, transitorias y mortales, que se analizaran en el capítulo siguiente. La grandeza particular de un grupo humano cualquiera, tenga la historia que tenga, venga de la geografía que sea, estará siempre aportando partículas humanizadoras, a esa gran cultura universal que es cada día mas uniformemente unitaria y más avasalladoramente humana. Y sólo una interpretación carente de perspectiva cósmica del mundo de hoy puede conducir al complejo de tribu, al fanatismo hermético de las viejas trincheras, a perseguir acaso unos fantasmas carnavalescos que terminaran desvaneciéndose como los productos de desecho en los cementerios de las grandes ciudades y los grandes errores. El trato casero o egoísta o sentimental o familiar o mágico, que esa cómoda inercia que caracteriza al ser humane; o la tendencia siempre viva del hombre a convertir en mitos y fetiches sus propias aportaciones culturales, incluso su miserias, suele conducir a la transformación de las pequeñas conquistas de carácter familiar, -el trasmundo de sus ideas-símbolos, -en piedras sagradas, en mitos religiosos, éticos, políticos, raciales, en referencias inconsistentes a promesas de paraísos que nunca han existido, en nacionalismos exacerbados y antihistóricos, en ideas madres que se sitúan artificialmente y fanáticamente en el quicio de la historia con la esperanza vana de cambiar su rumbo. Testigos son los grandes holocaustos humanos que la distorsión del producto cultural mitificado realiza sobre la conciencia individual del hombre particular que actúa, como el sonámbulo, como el autómata, como el receptáculo de cualquier misión divina, sembrando en el escenario de este mundo, la muerte, la tortura, la saña, los hornos crematorios, los cementerios colectivos, los campos de concentración, sin el menor escrúpulo de conciencia, sin la menor posibilidad de cualquier juicio de valor sobre los hechos. En esas excrecencias añadidas proféticamente, mágicamente, a la depurada acumulación de la cultura universal, se alimentan además ciegos fatalismos humanos, oscuras resistencias de los pueblos para evitar los errores que otros han cometido y ofrecer constantemente el desalentador espectáculo de convertirse hoy en protagonistas de errores que ayer soportaron como víctimas.
Se impone un criterio de valoración de los acontecimientos históricos. La cultura es antropomórfica, creada par el hombre y para el servicio del hombre. Por eso, cualquier fenómeno histórico, sea de la naturaleza que sea, que pertenezca a la esfera humana, que lo humanice, que lo engrandezca, que lo haga más hombre, que lo haga más libre, más independiente, mas dueño de su conciencia, mas responsable de su entorno físico y humano, más social y más culto, entonces será un acontecimiento legitimo y enriquecedor de la persona en su recinto individual y familiar y lógica de toda la sociedad entera. Será una conquista cultural. Si se trata de un acontecimiento de sentido negativo, destructor, oscuro, manchado de sangre, entramado en la injusticia de los demás, elaborado en la opresión, en la explotación de los mas débiles, en la ignorancia de los que no han podido salir de las sombras de su retraso cultural, en las guerras justas o injustas, en las lagrimas de los que no han recibido de sus padres grandes fortunas ni grandes privilegios que otros han acumulado, entonces no entrará en la órbita de las grandes conquistas humanas, pasará sin pena ni gloria y en todo caso entrará entre los acontecimientos de la historia que sólo marcarán un hito ominoso de hazañas que no deben repetirse, como hoy recordamos con vergüenza tantos acontecimientos inútiles y sangrientos de la historia propia y ajena.
Sacrificios humanos de pueblos primitivos, guerras de conquista sin mayores razones que la fuerza de las armas, las absurdas guerras de religión, ingenios de muerte y destrucción o acontecimientos intranscendentes que tampoco han logrado alguna partícula humanizadora. La gran computadora humana no será capaz de registrarlas en su memoria. Todos los descubrimientos, los inventos, las acciones humanas, las oscilaciones estratégicas de la historia en un sentido o en otro, si no contienen ese componente humano referido a la frágil naturaleza del hambre, si no están orientados a enraizar más su condición humana sobre la tierra, a aumentar su nivel de felicidad, de participación en los valores específicamente humanos que el mismo va conquistando, nunca podrán ser consideradas como verdaderas conquistas humanas. Así el hambre se convierte en creador, usuario y crítico de su propia cultura. La critica del proceso se realiza en una larga evolución espontánea de selección natural colectiva donde entra en juego la responsabilidad solidaria de los pueblos frente a la tentación siempre presente de los ciegos instintos individuales y los fanatismos de grupo, la fuerte acción justiciera y decantadora de los siglos que termina dejando en el olvido los productos de desecho de la actividad humana, y el desgaste de la callosidad que la rutina, la apatía, la desidia, la ley del menor esfuerzo, la misma carencia de cultura, y la fusión de mitos y leyendas, produce en la mente humana.
Otro aspecto importante de 1a cultura es su mayor o menor participación en la conciencia del hombre. Las grandes conquistas culturales son productos de grupos minoritarios, de grupos muy reducidos, de pueblos a veces más evolucionados, que casi siempre tienen al frente algún visionario, algún líder, algún profeta, algún mártir, algún abanderado que desencadena convulsiones revolucionarias que se extienden en ondas coda día más amplias, en lucha frontal contra la esclerosis humana, contra la patina secular que dejan los siglos en la superficie de la organización social, contra el desgaste humano que genera la rutina y la fuerza de los hábitos. Estas conquistas individuales, se expanden, se socializan, se ensanchan, se asumen como datos informativos de la mente humana que se condiciona en esa dirección, en unos presupuestos concretes, con unos modelos históricos determinados. Estas conmociones que acaso empiezan en las ideas particulares, que a su vez son desencadenadas par cuadros culturales anteriores, ponen en crisis los valores de una época, se decantan en la lucha, se limpian en el rodar de los siglos, se purifican en la dureza de las cosas difíciles, adquieren valor universal y entran incluso a formar parte de los derechos fundamentales del hombre. Otro proceso diferente es la encarnación de toda esa gran cultura humana en la conciencia de los habitantes de este planeta. Las corrientes de comunicación, que remueven hoy en el mundo todas estas grandes conquistas, como el viento esparce las moléculas de oxígeno en todas las capas de la atmósfera, difunden las partículas culturales par la atmósfera cultural del hombre. Naturalmente esta difusión encuentra dificultades que retardan paradójicamente su participación efectiva e igualitaria en toda la sociedad.
Por eso, aún a pesar de la facilidad de los sistemas comunicativos que recorren nuestro mundo global, existen grados muy diferentes de encarnación de esa cultura en la conciencia en los distintos pueblos, culturas todavía muy diferentes por sus características particulares, regionales o raciales; existe la cultura europea, la cultura asiática, la cultura negra, la cultura del hambre del campo, la cultura del hombre de la ciudad. En realidad es la misma y única forma cultural con diferenciaciones particulares. Pero lo dramático del problema de la cultura en el mundo actual es que su dominio, lo mismo que los beneficios económicos, ha caldo en manos de sectores privilegiados. Lo mismo que la acumulación de bienes materiales en manes de pocos con un gran número de indigentes, también la cultura injustamente se monopoliza en zonas o cotos reducidos como si fuese una propiedad privada. La historia nos ofrece testimonies importantes incluso, en que la ignorancia del hombre, la negación del derecho que todo hombre tiene a participar en ella, se ha usado como procedimiento de dominio y explotación, se ha organizado en favor de los privilegios de unos y en la negociación absoluta de otros. Se han puesto fronteras a la cultura y se siguen poniendo todavía. Al lado de los grandes sectores cultos están grandes núcleos de población humana que solo desde las sombras de su ignorancia y su incultura pueden observar desde lejos el brillo de su esplendor. E1 hombre no podrá ser plenamente libre ni los pueblos alcanzarán el grado de madurez civilizada que les corresponde, mientras las compuertas de la cultura no estén abiertas durante todas las horas del día a todos los hambres, en igualdad de plena participación en ella. Solo la cultura universal, esa cultura que el hombre ha creado como caparazón defensivo de sus valores humanos puede hacer verdaderamente libre a la persona humana tanto en su aspecto personal como en su dimensión de convivencia social.
CAPITULO 2
LA CIVILIZACION Y LA CULIURA
El hombre sostiene, en el tiempo y en el espacio, una guerra perpetua por la conquista de su propia humanización. Una humanización que también evoluciona cada día con mayores exigencias de perfección a medida que aumenta el grado de libertad, de independencia, de justicia, de seguridad, de conciencia social y convivencia. A medida que aumenta el grado de su cultura. Hasta el punto que el proyecto humano será siempre una empresa sin terminar, siempre haciéndose, siempre en proceso de recuperación, siempre en función de los impulsos básicos de su conciencia intima de sentirse cada día más tranquilo y conseguir un grado mayor de felicidad en el mundo. El paraíso definitivo no existe en ninguna parte. Pues estas progresivas conquistas culturales que hoy tienen ya una dimensión cósmica importante, están ahí al alcance de todos, incluso aparecen formuladas en forma de códigos escritos, aceptadas oficialmente par un importante número de países modernos. Aun existen restricciones escandalosas en muchas franjas rojas del mundo de hoy. Pero la humanidad se está implicando solidariamente en la ineludible hazaña de su progresiva humanización, en su conservación y defensa dentro de cada geografía, en cada etapa de la historia. Imbricada en crear las circunstancias externas adecuadas para evitar su deterioro, construir el complicado andamiaje de las instituciones externas que la protejan, edificar los grandes depósitos de su almacenamiento, organizar el complejo engranaje de las civilizaciones que se suceden a través de la historia. O si se quiere, construir ese segundo caparazón de protección más alejado de la sustancia humana, más frágil y transitorio que los persistentes valores propiamente culturales, pero no menos importantes para la plena humanización del hombre.
_ Estamos ya en otro campo de valores. Los aspectos de las creaciones inmediatamente humanizadoras y las creaciones institucionales de apoyo, el mundo propiamente cultural y el mundo de las civilizaciones, las realidades que son aspiraciones primarias del hombre con valor en si mismas y las realidades que solo valen como instrumentos, la sustancia permanente ante el ataque destructivo del tiempo y la envoltura vulnerable de naturaleza caduca y circunstancial, el caudal de riqueza humana que crece progresivamente y el cauce perecedero de todas las instituciones humanas que han de convertirse en basura del acontecer histórico, el valor humano decantado en un estricto proceso de selección colectiva y la magma que se acumula en los vertederos arqueológicos del progreso humano. No existirán demasiados sinónimos que puedan señalar fronteras precisas y las líneas de separación de unas realidades y otras. Pero en ese caudal de conquistas humanas que arrastra el tiempo, llamado genéricamente cultura, existen elementos claramente diferenciados y transitorios que será preciso tener en cuenta al momento de enjuiciar los acontecimientos históricos actuales. En el capitulo anterior queda presentado el -tema de las eternas conquistas culturales del hombre en su estricto sentido y aquí tratamos el aspecto caduco de las instituciones.
E1 hombre en sociedad, el hombre socializado, el hombre en convivencia racional con los demás, impulsado a defender las primeras y básicas necesidades, -libertad, autonomía, seguridad, subsistencia- orienta sus comportamientos en determinadas opciones, elabora pautas de conducta colectiva, establece hábitos sociales y la uniformidad de sus esfuerzos comunes. Selecciona un sendero entre muchos, establece las pautas de comportamientos nomotéticos, nacen las organizaciones sociales, nacen los tipos socializados, nace la orientación característica de los pueblos, nace el color propio del grupo, de la etnia, de la nación, del pueblo. Nacen todas las instituciones sociales, políticas, religiosas, nacen las organizaciones públicas y privadas, nacen los productos técnicos que estas instituciones generan, para bien o para mal del hombre, nace lo que forma el complejo y la fachada de la sociedad de cada época. Todo eso forma la atmósfera externa, periférica, también tiene evidentemente el sello humano, tiene la marca humana, sirve a los intereses humanos, defiende los eternos valores de la cultura, tiene componentes de naturaleza cambiante, son convencionales, transitorios, funcionales. A través de este rico componente instrumental que cada pueblo organiza a su medida, los valores universales del hombre se asientan y profundizan en la conciencia de los pueblos con mayor seguridad.
Las organizaciones sociales y políticas, los distintos códigos de leyes y costumbres que tienen los pueblos, las distintas formas de practicar una determinada religión, son defensas temporales de la cultura. Así mientras la cultura se puede considerar como un conjunto de valores humanos de carácter unitario y universal, que solo crece en sentido ascendente, que no admite pérdidas en su evolución histórica, la civilización es el montaje exterior de tono social, con mucho trabajo de carpintería popular, condenado al deterioro progresivo y a su desaparición en un espacio de tiempo más o menos largo. Las instituciones nacen en unas coordenadas temporales concretas, muy funcionales, perfectamente adecuadas al tamaño de la cultura que las produce y al pueblo que las crea en un determinado momento. Son altamente rentables y ricas en contenidos humanos. Disfrutan de una cumbre de esplendor en la línea que mide el tiempo y el espacio que suele coincidir con el momento de mayor creatividad y florecimiento que experimentan los pueblos, sus medidas se van haciendo cada día más pequeñas frente a la creciente explosión cultural, comienza luego la decrepitud y viene después inexorablemente la muerte y su progresiva desaparición.
Naturalmente la institucionalización del comportamiento humano tiene grandes ventajas. Las instituciones, son como los hábitos individuales. Mecanismos de economía y simplificación de la conducta social, moldes de comportamiento que relajan la tensión original y la savia nueva en su lucha con la historia, caminos triturados por las huellas de muchos que facilitan el recorrido de los demás. Suponen el esfuerzo generoso de unas generaciones que lo ofrecen solidariamente a las siguientes y estas lo aceptan como un producto elaborado, mecánicamente, inconscientemente, con todos los automatismos que implica la socialización humana. Es un capital heredado, un legado intestado que unas generaciones entregan a otras como economía de comportamiento y ahorro de energía creativa. Facilitan el funcionamiento de automatismos inconscientes, articulados, subterráneos que mueven armónicamente las piezas de una sociedad en cualquiera de las etapas del desarrollo en que se encuentre. Estas instituciones que el hombre de cada tiempo encuentra en su medio social en forma de patrones dados, asumidos irracionalmente con elementales instintos miméticos, constituyen una poderosa fuerza estabilizadora de la conducta humana en el complejo entramado de la sociedad. La misma estabilidad que imponen los hábitos al comportamiento individual, crean las instituciones sociales en el comportamiento de los pueblos. De esa manera, paradójicamente, frente al incontenible instinto creador del hambre individual y colectivo que tiende a roturar las pautas de su comportamiento, se genera la fuerza en dirección contraria, la resistencia, el inmovilismo social creado par la inercia institucional.
Es aquí donde se plantea ya el valor de las instituciones. Por una parte ellas son la garantía de la prolongación de los más sensibles sentimientos humanos, encarnan el orgullo de quienes las han creado, el respeto de las tradiciones propias, los sentimientos de la propia raza, el color de la piel, la voz de la sangre y el símbolo de los sentimientos afines. Es un relicario que conserve la esencia de la identidad más cercana, el recuerdo de la propia historia, la evocación de los gloriosos tiempos pasados, -verdaderos o legendarios- que se ensalzan hasta incluso reconvertirlos en eternos modelos de valor indiscutible en la planificación de nuevas empresas. Es el abrazo del egoísmo del hombre y la tentación del pasado. Porque, por otra parte, las instituciones en su férreas mallas entretejidas con los sentimientos buenos y malos de todo el pueblo, relajan los complejos de la raza, aprisionan constantemente la evolución de la historia, ponen anclas a su normal desarrollo, crean el inmovilismo en las sociedades, levantan montañas de comportamientos fosilizados a la sombra de un esplendor totalmente circunstancial que se radicaliza en una falsa tranquilidad social impuesta como norma indiscutible y definitiva. Nacen las escorias y los detritus de la historia humana como consecuencia de la ignorancia, de la incultura, de la falta de estimulo creativo y adaptación necesaria que es la herencia cultural de muchos pueblos, dentro de una interpretación completamente errónea de las creaciones institucionales.
E1 hambre tiende a dormirse en los laureles de sus conquistas, magnificarlas extraordinariamente, convertirlas en logros definitivas y modelos de todo el comportamiento humano futuro propio y ajeno, hacerlas mitos, fetiches, tabúes, ideas sagradas inconmovibles, piedras angulares y rectoras de todos los demás acontecimientos humanos. La pereza y el orgullo humano pierde de vista el sentido instrumental de las instituciones y las convierte erróneamente en valores eternos fuentes de muchos ciegos fanatismos sociales. Surge entonces la arteriosclerosis de las instituciones, se produce la oxidación de los mecanismos sociales, se originan los conflictos sociales entre los elementos caducos de un tiempo pasado y las ideas de protesta y renovación que tratan de imponer otros. Nacen las luchas generacionales, los intentos revolucionarios, los conflictos de la autonomía individual de algunos sectores clarividentes que se resisten a la muerte por asfixia en una estructura social demasiado ortopédica que carece del oxigeno renovador en su funcionalidad originaria.
Cuando las tendencias conservadoras de un orden social pierden de vitalidad la dimensión temporal de las instituciones, inevitablemente surge el conflicto entre la vida y la muerte; entre el instinto de supervivencia de los organismos vivos -incluidas las sociedades, las naciones y las razas- y las tendencias negativas y destructoras del progreso humano; entre las pulsiones lineales y ascendentes de la historia humana y los efectos de desgaste social que van jalonando las diferentes etapas de la historia; entre la desidia de una saciedad demasiado convencida de la excelencia de sus pequeñas conquistas, y el espíritu creador de las minorías selectas que se niegan al fatalismo de los convencionalismos sociales. Surge entonces la lucha entre los valores culturales de la sociedad, los verdaderos valores humanos, las eternas conquistas del ser humano, ajenas a las dimensiones del tiempo y del espacio, y la paralizante y estabilizadora función de las instituciones que se estrechan constantemente, que reducen sus dimensiones, que pierden su naturaleza funcional y de servicio, que van paralizando progresivamente el lógico ensanchamiento de la cultura humana.
Naturalmente si en este conflicto no se produce constantemente un esfuerzo mantenido de lucha y adaptación adecuado, entre las fuerzas centrifugas de la historia -temporales, convencionales, mortales- y la inevitable tensión de crecimiento humanizador del producto propiamente humano, necesariamente aparecen los desajustes sociales que generan muchas injusticias y diversas reacciones revolucionarias. Aparecen las grandes diferencias culturales entre los pueblos y las inevitables invasiones culturales de unos pueblos por otros, las transculturizaciones, que casi nunca se realizan por procedimientos pacíficos, los derrumbamientos estrepitosos y turbulentos de viejas estructuras sociales que no pueden resistir el empuje vital e impetuoso de nuevas exigencias sociales que se imponen inevitablemente a pesar de las resistencias. En el mejor de los casos, en sociedades extremadamente conformistas y acomodaticias, se establece un ostracismo social totalmente infecundo e improductivo que gasta su energía en el recambio inútil de piezas de segunda mano en un mecanismo totalmente anacrónico sin rendimiento ninguno. La naturaleza de un sistema social, la naturaleza de una civilización, por compleja que sea, por importante que haya sido en una época determinada, por mucho colorido sentimental, nacional, regional o racial que posea, lleva dentro el virus letal de su temporalidad que será la causa inexorable de su muerte definitiva. Y poco más puede esperarse del significado de una institución que el servicio, que en una época determinada y en una geografía determinada, pueden ofrecer al enriquecimiento del hombre. La relación entre estos dos aspectos es inevitable y su razón de existir es el ser humano que en su esfuerzo creador levanta unas instituciones externas para proteger constantemente los puros y delicados valores espirituales que conforman la amplia y universal cultura humana.
Esta dimensión estrictamente temporal, esta función instrumental y mediata, esta vocación colorista y circunstancial que toman las instituciones de todas las épocas y todas las geografías de tonos marcadamente caseros y autóctonos, imponen a las estructuras humanas, sean de la naturaleza que sean, políticas, religiosas, laborales, folclóricas, la obligación ineludible de cambio y adaptación permanente a los contextos culturales que las alimentan, a las exigencias de una humanización del hombre en cuotas cada día más conscientes. O simplemente su liquidación completa. Se puede asegurar que las civilizaciones de todos los tiempos sólo tienen valor preciso para un determinado nivel de cultura, para unas circunstancias espacio-temporales muy determinadas y para el grupo social que las ha construido a su imagen y semejanza. Por eso se dice que el nacimiento de una civilización coincide con los períodos más florecientes de la historia de los pueblos porque sus medidas son las justas, sus elementos son plenamente funcionales, no sobra ni falta nada. Entonces las instituciones están al servicio del hombre y son productivas, son fructíferas, son florecientes, crece el hombre, crece su cultura y la maquinaria social funciona perfectamente. A partir de aquí, y no a muy largo plazo, el desajuste entre los elementos progresivamente expansivos y las férreas estructuras sociales endurecidas por estas adherencia irracionales del ser humano, se produce inevitablemente. Las instituciones se van quedando pequeñas, van reduciendo su tamaño, van perdiendo funcionalidad, comienzan a envejecer, empieza el proceso de su decadencia. Los procesos adaptativos, los movimientos oscilatorios de las instituciones humanas en el tiempo y en espacio en busca siempre de una mayor rentabilidad humana deberían comenzar al día siguiente de su inauguración.
La historia de la humanidad nos ofrece las esplendorosas y brillantes etapas de los pueblos, los siglos dorados de su historia, las grandes contribuciones de estas instituciones al desarrollo de la cultura universal. Testigos silenciosos de este proceso tenemos hoy los restos arqueológicos de viejas civilizaciones que se han ido desmoronando como frágiles castillos de arena convertidas en tierra y piedra informe, en monumentos literarios y artísticos que estudian ansiosamente los eruditos, los etnólogos y paleontólogos, testimonios claros de la frágil naturaleza de la arquitectura institucional que sostienen la cultura de cada tiempo. La inconsciencia humana, el orgullo de los pueblos que se esfuerza en eternizar en el tiempo las frágiles estructuras sociales, la confusión entre elementos tan marcadamente diferenciados como son los perdurables valores del hambre y los mortales montajes sociales, la cómoda resistencia de ciertos valores sacralizados en los quicios de una sociedad cualquiera, son las principales barreras al desarrollo ascendente del progreso humano. Por eso se entiende que el aspecto cambiante y adaptativo que debe presidir el proceso de socialización de los comportamientos institucionalizados, el valor estrictamente circunstancial, suponen la revisión constante de los presupuestos institucionales en plazos cortos de tiempo. E1 empeño de conservarlos en plena vigencia funcional cuando ya sólo son piezas muertas, buenas para los museos de la historia, ha sido la verdadera causa -y todavía lo es- de grandes confrontaciones de unos seres humanos con otros. Causa de muchas guerras, de mucha sangre derramada en los diferentes enfrentamientos, de muchas luchas fratricidas e innecesarias entre los grupos nostálgicos del pasado y los renovadores permanentes, entre los que tratan de mantener un sistema sobrepasado y los que cada día luchan por edificar uno diferente, entre los que se instalan definitivamente en la estructura temporal de la institución y los que se sumergen en la corriente de las aguas siempre cambiantes del proceso institucional, entre los que eternizan el cómodo sendero de las cosas hechas y los que tratan de buscar atajos diferentes, entre los que aceptan gustosamente sus viejos hábitos de vida y los que sueñan cada día una nueva ciudad terrena diferente.
Posiblemente una aceptación mas serena de los elementos caducos y mortales de las instituciones hubiese evitado muchos de esos torbellinos revolucionarios que nos ofrece hoy la historia como recordatorios de unos errores que nunca debieran haberse cometido y siguen todavía cometiéndose para escándalo de las generaciones que han de sucedernos. Naturalmente esto no significa que el problema tenga que situarse siempre en los extremos de las dos tendencias. Este hecho hace referencia a la ausencia de criterios racionales y la gran acumulación de contenidos irracionales e inconscientes o infraestructuras sobreañadidas con el tiempo a las originales estructuras sociales. Es un problema de valores. La institución nace como una respuesta colectiva de las sociedades para resolver necesidades básicas de muy diferentes tipos. Esos comportamientos plenos de vitalidad creadora en su origen, sufren la acción corrosiva del tiempo. Por una parte esas instituciones hechas a la medida de unas determinadas circunstancias, a la medida de una cultura concreta, pierden el valor creativa inicial, pierden su propio contenido, la corriente cultura que Las puso en marcha se desvía par otros cauces, se quedan vacías, se convierten en ritos, estereotipos de la conducta humana, esqueletos totalmente descarnados, residuos, tradición muerta, comportamientos ortopédicos del comportamiento social, que en realidad nada positivo ofrece al progreso social y al enriquecimiento de la historia.
Por otra parte el diseño programático de un determinado orden institucional puede adquirir una supervaloración al servicio de connotaciones sociales concretes que sobrepasa en muy poco tiempo la pétrea estructura social que arrullo su infancia. Desborda su propio caparazón. Nacen entonces los desfases institucionales, el anacronismo de muchas organizaciones, la distancia entre unos sectores sociales y otros. El desequilibrio puede aumentar en una progresiva paralización del lógico desarrollo social que puede incluso terminar en verdaderas revoluciones, verdaderas involuciones y necrosis sociales. Recuérdese como ejemplo del primer caso el estrepitoso derrumbamiento de las míticas instituciones religiosas clásicas que, a pesar del poderoso impulso de los emperadores, se fueron quedando solas ante la rudimentaria, pero viva, organización de la naciente y nueva orientación religiosa de los primeros cristianos. Recuérdese como ejemplo del segundo caso la poderosa y ya incontenible fuerza humanizadora de igualdad, libertad y fraternidad que crecía en el oprimido pueblo bajo y en la conciencia de la pequeña burguesía en vísperas de la revolución francesa. Las proporciones de la cultura nueva no cabían en los moldes estrechos e injustos de la sociedad estamental y privilegiada del antiguo régimen. Estas situaciones conflictivas, que el fijismo institucional crea en las sociedades, se agrava cuando los valores culturales de la época se enredan en esas grandes ideas, que la ignorancia, la excesiva valoración de las cosas propias, la ciega aceptación de principios indiscutibles, la falta de sentido reflexivo, los instintos irracionales de los pueblos, colocan como estrellas rectoras del comportamiento social.
Son las ideas religiosas, las ideas políticas, el orgullo nacional, el sentimiento de la roza, los conceptos que suelen acumular una gran fuerza emotiva y sentimental. A su sombra crecen los grandes mitos colectivos que llevan una alta carga de tensión humana, se forman los elevados ideales de los pueblos que conducen fanáticamente, ciegamente, irracionalmente, a las mayores aberraciones colectivas, a las más sangrientas e inútiles guerras, a las más peligrosas y estériles aventuras. Son esos ideales indiscutibles, formados con grandes componentes de irreflexión, con exaltados sentimientos del propio orgullo tribal, con mitificaciones de inconscientes sueños mesiánicos, que halagan siempre el orgullo insolidario de los pueblos y sus líderes, que también sufren el efecto de la metamorfosis mítica. En realidad sólo sirven para frenar el lógico desenvolvimiento de la sociedad humana y al final, como los ídolos de todas las religiones, como lo iconos de todos los pueblos, como los sueños de grandeza de los grandes profetas, como el ideario onírico de los grandes soñadores, tendrán su último fin, en un determinado punto de la historia más o menos distante -todo cuestión de tiempo- hechos mil pedazos en forma de errares crasos desguajados en los vertederos de la historia. Las instituciones no son eternas y el error precisamente consiste en ofrecerles esa persistencia espacio-temporal que no les corresponde y no saber distinguir entre los eternos valores del hombre indestructible, siempre en plena vigencia de mercado y la máscara polimórfica y funcional, colorista e instrumental de las propias instituciones vulnerables al paso del tiempo y eminentemente caducas y mortales
Esta pérdida de sentido temporal de las instituciones constituye un latente peligro de deshumanización. En el proceso de socialización del hombre las estructuras sociales se hacen cada día más complejas, aumenta el complicado entramado de su organización social, se aprietan las argollas, se estrechan los márgenes de movimiento, entre el complicado entramado de las sociedades modernas preparados precisamente, no sólo para evitar comportamientos aberrantes de individuos o grupos minoritarios, para lograr un comportamiento social más productivo y rentable en una armónica organización de la actividad humana, sino que en este complejo andamiaje social, realizado sin los necesarios mecanismos de control, tritura al mismo tiempo muchas partículas de auténticos valores humanos. E1 nombre, con toda su grandeza, su libertad, su independencia, su libre espontaneidad, su capacidad creativa, queda atrapado entre las ruedas de los infinitos códigos normativos, en la opresión de las costumbres ancestrales, en la cómoda poltrona de la rutina. En las grandes sociedades modernas la gran complejidad social se realiza al costoso precio de una deshumanización progresiva del hambre en un efecto completamente inverso al que debería conseguirse. El hombre crea sus propias instituciones con el fin de resolver los problemas fundamentales de su subsistencia humana, crea el magnífico montaje de su propia civilización para convertirse progresivamente en alimento de ese monstruo que él mismo ha creado. Se produce entonces la deshumanización del hombre, el hombre se hace pequeño, el hombre desaparece minimizado a la sombra de un gigante, el hombre se achica ante los esqueletos gigantescos de un monstruo moribundo que lo devora. El hombre que debería marcar las reglas del juego e imponer su grandeza en sucesivas conquistas, se ve amordazado e impotente en una organización social que impone limitaciones en todas las direcciones. Una vez más se están consagrando aspectos funcionales de la organización social como si fuesen valores eternos, una vez más se olvida el carácter temporal de las civilizaciones y se olvida el papal rector del hambre sobre los acontecimientos.
Este proceso además se agrava cuando la socialización humana absorbe la cuota de responsabilidad del hambre en los acontecimientos sociales. La individualidad personal, y con ella la responsabilidad social del individuo y del grupo se disuelven dentro de esa gran maquinaria institucional que como los monstruos de las leyendas prehistóricas se alimente legalmente de mucha sangre humana. Engulle con sus fauces enormes todos los seres humanos que la rodean, los deposita en sus entrañas sin el menor respeto a su dignidad. En hombre acepta todos los automatismos sociales, está instalado en sus hábitos de comportamiento, esta cogido en la cómoda tentación de la rutina. Los sensores de la seguridad colectiva de la sociedad tienen mecanismos de alarma en los conflictos sociales, en las injusticias legalizadas, en los presagios de catástrofes que luego llegan a ser realidad. Las reservas humanas dentro de un determinado organismo social tienen unos niveles mínimos de tolerancia. La gran embarcación institucional largamente instalada pronto filtra aguas peligrosamente en su interior. Las viejas piezas sociales comienzan a rechinar par el desajuste temporal que se produce. El automatismo social afecta incluso a los dirigentes de la sociedad misma que han disuelto su responsabilidad social en los comportamientos unificadores y reglados. Surge la incapacidad de asumir responsabilidades en la formación de hábitos sociales, surge la incapacidad de tomar correctivos ante los desfases sociales, surge la incapacidad de marcar pautas alternativas a las nuevas instituciones. Todo el mundo es consciente que el organismo está enfermo, que ya no funciona; pero falta suficiente espíritu creador para realizar la renovación de la maquinaría o al menos para reconvertirla. Se opta por el camino mas fácil, el subterfugio de invocar las tradiciones atávicas, las costumbres de los antepasados que pueden ser muy buenos recuerdos sentimentales y poseer alto valor arqueológico o ejemplarizante, pero desprovistos de todo sentido humanizador. Pueden haber recorrido unos fáciles o inútiles caminos multiseculares sin ningún beneficio social para nadie, pueden haberse convertido ya en fetiches históricos sin ningún valor funcional presente. Pueden incluso disimular provisionalmente a fuerza de remiendos y parches puntuales que no resuelven nunca nada.
La prolongación en el tiempo de un orden social caduco, si no se corre la aventura en su debido momento de reparar la maquinaria social o sustituirla adecuadamente, servirá únicamente para demostrar dos cosas: primero, la incapacidad creativa de un pueblo para romper con el hechizo del cómodo caminar a la sombra de los senderos que abrieron los antepasados -es la tentación de los débiles, perezosos y nostálgicos- y abrir con decisión los nuevos y creativos derroteros del futuro siguiendo el dinamismo de la historia. Y en segundo lugar, servirá para presenciar, tal vez, el derrumbamiento definitivo de unas instituciones, que por ser mortales, frágiles, temporales, reacias a la adaptación, sin conciencia de su función mediática, se rendirán estrepitosamente en forma que lo hacen las especies de seres vivos que no logran su punto de adaptación y acaso ofrezcan la posibilidad de presentar unos funerales irrepetibles de una compleja situación social que no ha sabido asumir el desafío del tiempo.
El síntoma de este desajuste entre las medidas externas del orden institucional actual y el poderoso crecimiento cultural en dimensiones cósmicas se percibe en multitud de zonas conflictivas de alerta roja que existen en el panorama mundial. Existen estructuras sociales endurecidas durante siglos en los peldaños de la historia, consagradas en los templos sagrados de las más absurdas y contradictorias divinidades y las más ciegas posiciones mentales de muchos pueblos alimentadas en el bajo nivel cultural que deben soportar todavía y el ciego fanatismo de sus creencias. Conforman verdaderas bombas de efecto incontrolado en nuestro complejo mundo actual que malogran los intentos de reconstrucción de una casa nueva para una cultura nueva. Ahí tenemos las fuerzas distorsionantes y explosivas de todos las variadas formas de los mitos todavía vivos en la actualidad. Los mitos de la geografía, de la raza, de la nación, de un color determinado de una piel, de una idea religiosa, de una interpretación política, de una organización laboral y económica, que por encima de los portavoces de la humanización universal del hambre que se organizan ya en grandes foros de la cultura mundial, amenazan todavía con un suicidio general en el naufragio definitivo de sus viejas embarcaciones sociales.
Hay peligro siempre latente en la discriminación vigente todavía tanto en la mente -ya no tanto en los códigos civilizados- de los blancos como en la mente de los negros. Unos porque conocen la situación y tratan de obtener privilegios desde arriba y los otros porque también son conscientes de su segregación y tratan de sacudirla desde abajo. Hay peligro en el creciente orgullo ante el sentimiento de la propia raza que jalona la geografía con guerras xenofóbicas en una dirección totalmente antihistóricas todavía bajo la absurda creencia de que la sangre de unos seres humanos tiene distinta composición de la sangre de otros. Existen niveles diferentes de participación en la cultura universal como consecuencia de las particulares circunstancias geográficas o políticas o económicas que viven los pueblos. Viejos y temibles fantasmas de antaño que todavía colean fuertemente en nuestra era. Hay peligro en el fanatismo religioso que se esconde en las conciencias de muchos pueblos que se hincan de rodillas, a veces en el paroxismo de la miseria y la desesperación que sufren los pueblos subdesarrollados, ante unos dioses fríos e impasibles, sordos y mudos, piedra y bronce, indiferentes a los sentimientos y, además, capaces de justificar las mas increíbles y crueles aventuras humanas. Hay peligro en la tentación del poder que se impone despóticamente desde arriba subyugando a hombres y pueblos sin el menor respeto a esa gran conquista de la humanidad que es la libertad humana. Ni las poderosas victorias de las armas en aras de un determinado ideario político, ni las grandes aventuras religiosas, aunque vayan acompañadas de espectaculares guerras santas, si pasan sobre la dignidad humana, solo podrán lograr, en el mejor de los casos, un equilibrio inestable que se derrumbará en cualquier momento de la historia. Hay peligro en la fuerza creadora del hombre técnico, que en las sociedades desarrolladas, al servicio insolidario de grandes intereses particulares políticos y económicos puede orientar su poder creador para aumentar el grado de felicidad humana o mantener al hambre siempre en un alto grado de inseguridad y el peligro real de su destrucción total.
Conceptos indiscutibles e ideas eternas han sido los moldes de crecimiento de la vieja nación ibérica. Poca ha sido su sensibilidad a la capitación del tiempo y de los fenómenos temporales. Seria interesante revisar los condicionantes históricos del carácter propio de este pueblo. El absolutismo de sus monarcas, el radicalismo de sus creencias, el brazo inmenso de poderes inquisitoriales, el temor de la hoguera, el concepto de una verdad absoluta, tienen mucho que ver con la alergia crónica que produce hoy el reto del tiempo, hacia la investigación, hacia las luces y el cambio como causas del retraso cultural y la atrofia creativa que experimenta. Siempre ha sido la última nación europea en llegar a las citas de la cultura. Nunca en España ha existido un decidido enfrentamiento original y creativo ante las exigencias de los tiempos, ni reformas importantes, ni revoluciones significativas, ni reajustes sociales relevantes. Incluso la sangre que se ha derramado en sus campos de batalla, fuera de su aventura imperialista -que tuvo poco tiempo de realidad y muchos años de ensueño-, poco mas ha sido que absurdo empeño contrarreformador, reconquista de reinos perdidos, restauraciones de viejos sistemas caídos en desuso, esfuerzos vanos por sujetar un pasado vaporoso y moribundo, con la mirada vuelta a la historia; con un sagrado respeto a las tradiciones y a los ritos, con muy poco sentido del progreso, con olvido total de la funcionalidad de sus propias instituciones. Pocas cosas nuevas han sucedido nunca en España. En la exaltación de los valores transcendentes, la sobrevaloración de sus instituciones, la sobrecarga de tensión mítica y mística de las cosas, ha quedado continuamente retardada su espíritu emprendedor. Se ha frenado su proceso creativo y científico, han nacido las catedrales, han nacido las tradiciones, las piedras sagradas, el respeto reverencial al pasado. Se ha olvidado el futuro. Se ha perdido la ciencia española, el espíritu creativo. Nació la desconfianza a la modernidad, la solidaridad en los grandes acontecimientos, el retraso y el miedo al progreso.
Este infructuoso empeño hispánico en eternizar en un inmovilismo permanente la naturaleza frágil de unas instituciones puramente mortales, se ha llevado al extremo en este rincón del noroeste español que se llama Galicia. Esta tendencia conservadora e inmovilista, mezclada además con un bajísimo nivel cultural de los hombres de esta tierra, sitúa esta región española en el más claro testimonio de un pueblo que se ha quedado dormido en el tiempo. Todo en Galicia, todas sus estructuras, todas sus instituciones, desde el sistema lingüístico detenido en una etapa de la evolución diferente a los demás sistemas comunicativos de su entorno, desde las arcaicas costumbres de su medio rural, desde sus anacrónicos comportamientos humanos que todavía se conservan como reliquias de un pasado que nunca fue glorioso, hasta esa característica idiosincrasia de la gente de esta tierra que tiende a divinizarlo todo, que todo lo transforma en magia y superstición, que recrea fantasmas familiares, populares, esperpénticos, que recorren las tierras y las mentes y las plumas de los pobladores de estas tierras. De día y de noche. Hasta el punto que nunca se sabe cual es la diferencia entre los personajes vivos y los muertos, entre los acontecimientos reales y el producto de las fantasía, entre la investigación y los ritos, entre los auténticos criterios de valoración del producto humano y las fuerzas inconscientes que se asientan en el mundo subterráneo de las frustraciones históricas de esta tierra, entre la realidad y el sueño.
La historia de Galicia se ha ido conformando en torno a un profundo sentimiento de su historia, bajo la llamada persistente de los dioses subterráneos, con un sagrado respeto a las pautas de conducta que los muertos han legado a los vivos. La tétrica imagen de la muerte es una importante pieza que es necesario tener presente en la interpretación del alma gallega. Las evocaciones del pasado, la nostalgia del retorno, la tentación de mirar hacia atrás y recorrer el camino de la historia en las profundas "corredoiras" seculares sin ningún sentido del futuro, sin ninguna sensibilidad para la captación de los acontecimientos históricos, sin ningún deseo de modificar sus viejas estructuras sociales, con los ojos siempre ciegos a la novedad y a los cambios. Esa simbiosis de incultura y misterio, esa resignada aceptación trágica del destino y su siempre retardada participación en los bienes del progreso, se han ido sedimentando en el subconsciente del alma gallega hasta configurar las características particulares de esta tierra que, en una especie de circulo vicioso, siguen hay condicionando su comportamiento particular ante los fenómenos culturales e instituciones que afectan a su entorno nacional o mundial. Serán condicionantes que será preciso tener en cuenta cuando se hable de procesos adaptativos de los pueblos al desafío del progreso moderno y de las nuevas condiciones cósmicas que impone la cultura actual.
CAPITULO 3
PRINCIPALES INSTITUCIONES
Será interesante repasar la situación sincrónica de alguna de las instituciones que componen esa gran pirámide actual de la sociedad moderna que extiende su base sobre la geografía del planeta, con elementos todavía muy diferenciados, y eleva su cúspide hasta las más complejas superestructuras nacionales e internacionales ya de tonos parecidos y universales. En el centro de ella esta el hombre que además es protagonista del proceso social, unas veces porque construye la historia y otras porque sufre los efectos destructores de sus propias creaciones. Importará poco señalar las relaciones de unas civilizaciones con otras sabiendo que la historia es la corriente de un río que no pasa dos veces por el mismo sitio y una confluencia de aportaciones distantes en el tiempo y en el espacio. Existe la influencia horizontal que unos acontecimientos producen sobre los acontecimientos vecinos y existe la fuerza diacrónica y causal que en sentido vertical unos fenómenos empujan a los otros. Las instituciones, sin embargo, ni se pueden estabilizar ni transferir en tiempos y espacios diferentes. Desde la perspectiva temporal de las instituciones, tan falaz será sentenciar el ocaso o punto final de un proceso como adivinar los senderos que van roturando el siguiente. Tan equivocadas pueden ser las valoraciones que puedan hacer sobre restos fosilizados de una civilización desaparecida cuyo contexto histórico ignoramos, como ofrecer garantías de pervivencia indefinida sobre las que nosotros mismos estamos diseñando. Resta solamente ofrecer algunos aspectos de esa gran mansión humana terrestre, que es el común hogar de los hombres de hoy que, como los de siempre, aspiran a sentirse cada día un poco más felices y con menos fantasmas en su casa.
Una de esas instituciones, acaso la más antigua, una de las más uniformes, profundamente relacionada con las pulsiones mas fuertes, más originarias, mas naturales, mas intimas del ser humano, como son las tendencias a la conservación de la especie humana y el instinto sexual, es la institución familiar. Posiblemente la comunidad familiar sea la institución más antigua y la que más estabilidad ha mantenido en el tiempo. No resulta demasiado complejo el proceso social de moldear la convivencia de dos personas, con la diferencia sexual con todas sus consecuencias, como elemento coherente de la estructura familiar. Pero aun así en el camino de la historia de la organización familiar quedan muchos ensayos fallidos, muchos ladrillos rotos, muchas escorias, macho material de desecho en todas las formas monogámicas de convivir, en las organizaciones poligámicas, en los matriarcados y patriarcados de todos los tiempos, en las múltiples formas de establecer las relaciones de los miembros de los diferentes estratos sociales, entre los miembros de la misma tribu, de la misma familia, de la misma clase social. Atrás quedan los contratos familiares tramados dentro de las más extrañas costumbres y los diferentes ritos de pueblos primitivos que en nada tienen en cuenta la libre elección de los contrayentes. Hasta periodos bien recientes de nuestra historia, donde el eco de los gritos reivindicativos por la defensa de libre elección de estado entre la pareja humana no se ha perdido todavía. No faltan aún en el mundo testimonios ominosos de convenios matrimoniales realizados al margen del respeto que merece la organización de la sociedad familiar. Atrás quedan también multitud de ritos fálicos, de comportamientos atávicos, de adherencias mágicas, que han servido de marco a estas elecciones, a la educación de los hijos, a su convivencia dentro de la sociedad. Ritos y costumbres que tienen en su cuenta mucha sangre acumulada, la muerte de las esposas que no deberían sobrevivir a sus difuntos esposos, la muerte de unos hijos que deberían satisfacer con su vida el destino trágico impuesto por una creencia absurda de la familia, la muerte de un amante rival que debería caer frente al desafío del otro, la muerte de la mujer que debe entregarse al capricho despótico y a la tiranía de su esposo.
Son los dioses de todos los tiempos acaso los seres que más alimento humano han recibido a través de todos los altares familiares. Es la tendencia del hombre a realizar unas acciones de convivencia normal en función de otras que se sobreponen con una valoración superior, y colocar la estricta institución humana de la familia en perspectivas transcendentes e intemporales. E1 sentimiento religioso de todos los tiempos ha sido siempre un fiel aliado de la interpretación de la sociedad familiar. Tal vez ya hoy cueste menos entender que el tributo de dignidad humana que se han cobrado en tiempos pasados estos ritos sagrados han sido sacrificios absurdos. Ha caminado desde entonces macho la historia. Todavía es cierto que esos pájaros negros no han desaparecido del cielo azul de nuestra cultura y ahora tienen rostros y gestos modernos, son dioses civilizados, han aceptado el desafío de la cultura moderna y, sean de la religión que sean, y en formas todavía muy diferentes, están instalados en las instituciones familiares de muchos pueblos y presiden los comportamientos familiares desde el corazón de amplios sectores sociales. Viven en el trasfondo de la conciencia moral y religiosa del ser humano donde se cobran todavía muchos sacrificios, muchos convencionalismos tradicionales y mucha imposición represiva en la convivencia familiar que no favorece nada la complete maduración humana del hombre.
Sobre todo en España, sobre todo en los sectores menos favorecidos de la cultura, sobre todo en zonas mas conservadoras, -que suele ser la misma cosa- haciendo presa precisamente en su ignorancia, y a pesar de los importantes cambios que esta sufriendo la sociedad española en los últimos años, existe una gran cantidad de adherencias perturbadoras de tipo moral, convencional, social en toda la estructura familiar actual que muy lejos de favorecer esa pretendida felicidad humana, que se trata de conseguir, la mutila y falsifica. Descuadran la estructura familiar española como una de las principales fuentes de autentica realización humana. Tal vez la asepsia de la institución matrimonial de esta tierra no sea más que un problema de tiempo, simplificación del concepto moral del matrimonio, libertad en los convenios matrimoniales, desmitificación de los temas sexuales, igualdad y respeto en la convivencia conyugal, semejante y solidaria responsabilidad ante los problemas económicos, ante los problemas laborales, ante el problema de los hijos, respeto y tolerancia ante el mundo de las ideas, de las costumbres, de las creencias.
Existen las instituciones económicas, todos esos mecanismos sociales que se encargan de regular la producción y transformación de los recursos naturales para las subsistencia del ser humano. También estas instituciones han sufrido grandes transformaciones y han tomado las formas más diversas a través de la historia. Desde las costumbres mas elementales de los pueblos primitivos, colectores, cazadores, pescadores, los sistemas esclavistas de antaño, los servilismos derivados de estructuras clasistas de la sociedad, hasta las complejas organizaciones laborales modernas. El desarrollo científico y técnico, el desarrollo industrial de los dos últimos siglos, ha puesto de manifiesto la existencia de dos grandes bloques del proceso productivo frente a frente, dos grandes piezas de la única maquinaria económica de los países en completa rivalidad, dos colectivos condenados a convivir armónicamente dentro de unos objetivos comunes de producir mas y mejor, que sin embargo, andan enredados en continuas batallas laborales en todos los rincones del mundo. Son los bloques que representan, por un lado, al capital y la técnica que se arriesgan en las organizaciones productivas y, por el otro, la mano de obra que pone en marcha todo el mecanismo de producción dentro de unas normas laborales comunes que regulan los comportamientos y los intereses particulares enfrentados unos a otros. Son, la técnica y el hambre, frente a frente. Es el viejo desafío que el todopoderoso capital ofrece al hombre desposeído, que recurre a los centros de trabajo en busca de sus medios de subsistencia. En el contexto actual del mundo desarrollado la situación adquiere componentes específicos, muy graves y dramáticos. Por una parte el desarrollo técnico ha crecido en forma espectacular, tan aceleradamente enferma desconcertante, que las organizaciones industriales han colocado en los mercados del mundo maquinarias tan perfectas, artefactos de trabajo tan productivos, tan útiles que hasta hablan y sienten y dirigen ellos mismos a otras máquinas. Ingenios automáticos tan sofisticados, que han superado con creces, con menos esfuerzo, con más eficacia, con mayor perfección, sin reivindicaciones laborales, sin huelgas, aquel la laboriosa, sacrificada, humillante y necesaria mano de obra humana de sudor y sangre de antaño.
La sociedad moderna se ha automatizado y ha creado por otra parte, en el extremo de la organización laboral, el colectivo humano, derrotado, la víctima cruenta del desarrollo técnico, el grupo creciente del hambre desempleado, el desencanto rabioso del hambre que tiene que ceder su puesto de trabajo y su sueldo a una máquina. Ha creado una tensión siempre latente de muchos seres humanos que sienten hambre, que sufren la humillación en las listas de parados en espera de un puesto de trabajo que no llega. Ha creado una exposición a bomba de tiempo en la conciencia de muchos hambres y mujeres que deambulan por las calles en todos los grados de indigencia, con la terrible sensación del hambre y la desesperación, con muy poca esperanza humana porque los puestos de trabajos están ocupados por increíbles cerebros mecánicos, porque las puertas de los beneficios que producen están cerradas con cerrojos de alta seguridad en las cajas fuertes de pocos privilegiados.
E1 problema que plantea el moderno andamiaje económico está ya creando situaciones sociales laborales graves. Una situación tensa y dramática en todos los países desarrollados y no menos graves en los países en desarrollo o subdesarrollo. La alarma roja ante el mundo la están ofreciendo las organizaciones sindicales, las huelgas reivindicativas que se organizan en todos los países libres. Las voces de tantos organismos sociales que protestan contra la actual situación económica, el grito alarmante de muchas naciones hipotecadas par las deudas que no pueden devolver a sus acreedores, los millones de desempleados que aumenta cada día. Es la alarma roja de una quiera que hunde sus raíces en un profundo desfase social. Evidentemente las maquinas son un invento maléfico que hace referencia al poder creador del hambre y a su grandeza dentro del universo. Ella es ya, de hecho, un excelente colaborador suyo en su trabajo, un excelente invento que después de siglos llega a desmitificar aquella terrible sentencia que le condena a ganar el pan con sangre y sudor. La máquina es el milagro de la técnica moderna, que trabaja, que realiza las operaciones mas increíbles, que produce beneficios perfectos y en grandes cantidades, que enriquece a las sociedades productivas, que aumenta las rentas nacionales Posiblemente nunca la humanidad ha conseguido acumular tanta cantidad de productos industriales y de consumo como tiene en la actualidad, nunca han existido tantos artilugios de refinamiento para hacer más grata la existencia del hombre que existen hoy, nunca ha existido tanto dinero acumulado en los centros financieros. Se están creando techos de producción de artefactos y alimentos en forma que hasta hace unos años la realidad de hoy sólo hubiese sido un capítulo de ficción. El proceso del desarrollo técnico sigue en progresión ascendente difícil de prever el desenlace final.
Por el contrario la parte opuesta de la moneda también existe. Existen hambrunas que diezman a diario grandes núcleos de población en algunas zonas del planeta. Al lado mismo de los grandes capitales proliferan las formas de miseria más absoluta de los que no tienen nada; al lado de los países inmensamente ricos están los países inmensamente pobres. Al lado de los que cobran sueldos millonarios, trabajando o sin trabajar, están los millones de parados que no ganan nada. La perspectiva de una política de pleno empleo es un mecanismo de atenuación para mantener, al menos por un tiempo más, la vigencia de un orden que se mantiene en la situación privilegiada de los que tienen el poder y el dinero. En el ritmo acelerado del desarrollo técnico y la automatización del trabajo cada día mas intensa difícilmente se puede entender que todos los hombres de cada nación o todos los hombres del mundo vayan a conseguir en poco tiempo un honroso puesto de trabajo adecuadamente remunerado o que las diferencias económicas aparezcan saldadas cualquier día por arte de magia. Las perspectivas laborales de hoy desde luego caminan en sentido contrario. El grande es cada día más grande y el pequeño se ahínca cada día más en su miseria porque en la selva de la vida humana, como hace miles de años, la fuerza de la ley la impone el animal más poderoso.
Esto sucede precisamente porque el orden laboral, el orden social, las legislaciones que armonizan estos dos sectores, no han evolucionado con igual velocidad. Mientras que la ciencia moderna ha conseguido milagros espectaculares en todos los sectores y el desarrollo técnico ha crecido casi en alas de la fantasía con el apoyo del poder y el dinero, -que desde hace algún tiempo andan cogidos de la mano- el orden laboral por el contrario se sigue desarrollando en los mismos términos de los siglos pasados, en las mismas jornadas laborales, en los mismos horarios de trabajo, en las mismas opciones libres de entrada y salida, en los mismos procedimientos de reparto de beneficios. Toda la lucha laboral, todas las reivindicaciones sociales, se han orientado únicamente a parchear aquellas injusticias mas estridentes, mas clamorosas o más explosivas, por medio de ayudas familiares, por medio de algunas participaciones en el capital de la empresa, por medio de algunos países occidentales, por medio de regalos esporádicos programados dentro de los intereses estrictamente económicos de la empresa con propósito de prolongar el viejo orden laboral que a todas luces favorece únicamente los privilegios de los grandes.
Tratar de mantener ese viejo orden laboral que solo es un armario viejo frente a una realidad totalmente nueva será tanto como tratar de retroceder o parar la marcha de la historia. Ya los pueblos están suficientemente sensibilizados ante las injusticias sociales. La opresión violatoria de los derechos humanos podrá mantenerse durante un tiempo, podrán no entenderse de momento todas las ambiciones del dinero y el poder, podrán incluso tolerarse todos los programas de propaganda, a veces, firmados con la anuencia engañosa de todas las fuerzas en conflicto. Los males sociales son como los tejidos cancerigenos, crecen como los tumores, se agravan en el tiempo, y si no se tratan a tiempo todo el organismo perece víctima de sus efectos devastadores. Hay algunos hechos ciertos. La productividad laboral del mundo moderno que realizan las máquinas es infinitamente superior al beneficio que producía en tiempos pasados la simple mano de obra. La automatización que producen las grandes máquinas en los centros de trabajo, sustituyendo el tradicional esfuerzo humano, no ha disminuido la capacidad productiva de la sociedad sino que la ha multiplicado. Los beneficios son mayores, aumenta el capital, aumenta la productividad económica de las empresas, de las naciones, de la sociedad en general. Pero, de paso, también aumenta el número de parados, los millones de desempleados que observan estupefactos cómo las máquinas trabajan en su lugar. Nace el síndrome del paro juvenil que se transforma en caldo de cultivo de la droga, el vicio, el delito. Nace el desajuste social de los pobres que se hacen cada día más pobres mientras que los ricos son cada día más ricos, nace el descontento y el hambre que no podrán aguantarse indefinidamente.
Evidentemente nadie puede pretender parar el proceso industrial y técnico a que hemos llegado, que además de su gran rentabilidad económica es testigo de su gran poder creador del hombre y preludio de lo que puede crear en el futuro. Acontecimiento importante será el día que todo el trabajo obligatorio, todo el trabajo forzado, toda la angustia que impone el esfuerzo humano de trabajar para poder vivir, se conjure definitivamente de la faz de la tierra, como se han conjurado otros muchos males endémicos de la humanidad. Acaso un salto importante hacia adelante, un salto del progreso humano, que consuma muchos años en su maduración, pero una posibilidad de enriquecimiento humano que no puede negarse gratuitamente. Mientras tanto la maquinaria económica sigue rechinando porque el orden laboral se desmorona, está desbordado completamente por el orden técnico. Se hablan lenguajes distintos en los centros de trabajo, en los sindicatos y en las asociaciones obreras. E1 problema no está en el trabajo porque las máquinas lo hacen perfectamente bien. E1 problema no esta en la rentabilidad que también es cada día más alta con tendencia al crecimiento progresivo. E1 problema radica en el equitativo reparto de las riquezas generadas en el proceso que todavía no se ha intentado
No es justa la vieja fórmula de sueldo igual a trabajo, porque el trabajo está desapareciendo del mercado sin contrapartida ninguna de sueldo para los que dejan el puesto o no lo han conseguido nunca. Deberá prescindirse de conceptos tradicionales como jornadas completas, horarios completos, contrataciones fijas o estables, que siempre son elementos discriminatorios con los que no tienen nada. El reparto de los beneficios tendrá que hacer referencia primordialmente a la riqueza generada y en todo caso repartir las cuotas de trabajo que puedan dejar libres las máquinas. Las máquinas son una conquista solidaria de la sociedad que en realidad no pertenecen exclusivamente a los que tienen más dinero para adquirirlas. Toda la propiedad privada nunca puede ser tan privada que no tenga ninguna relación con el resto de las necesidades sociales donde está asentada. Ya no importará tanto que la participación en el poco trabajo que existe se realice por medias horas, por horas enteras, por medias jornadas, por jornadas enteras, por contratos fijos o temporales, que haya pluses o no los haya, que haya regalos de consuelo a la miseria humana o pequeñas gratificaciones que en realidad son migajas que se arrojan al suelo desde la mesa de los ricos. Lo verdaderamente importante y humanizador es que el reparto equitativo de los beneficios que genera la rica sociedad moderna se reparta entre todos los seres humanos que la integran, trabajando más o menos, con convenios o sin ellos, e incluso sin trabajar. Lo importante es que se rompan las grandes distancias entre los que lo tienen todo y los que no tienen nada, entre los privilegiados y los desposeídos, incluso entre los que tienen un puesto fijo de trabajo y los que no lo tienen.
Las instituciones políticas y militares conforman otro importante mecanismo de autodefensa y protección social que los pueblos han ido edificando a través del tiempo. Es posiblemente la organización social menos estable y duradera de todas y acaso la que más sacrificios humanos se ha cobrado a través de la historia. Desde las formas más primitivas de organización política, las hordas nómadas de los primeros tiempos, las tribus familiares de todas las épocas, las tiranías impuestas por poderes absolutos, las monarquías de los ultimas siglos, hasta los modernos sistemas de gobiernos democráticos que se imponen hay en el mundo, han ido cambiando sucesivamente a través del tiempo. En formación paralela se ha creado la organización propiamente defensiva de carácter militar con muy escaso efecto práctico en orden a un mayor grado de convivencia social. No se sabe si los ejércitos se organizan para defender o para atacar. Atrás quedan las 1uchas crónicas de unos pueblos con otros, la luchas intestinas entre los mismos pueblos, las guerras que han liquidado civilizaciones y pueblos enteros, los horrares de sangre y muerte que nos ofrecen hoy las historias de pueblos que son parte de nuestro pasado, la fragilidad de unas fronteras que se derrumban ante un ataque sorpresivo de un enemigo impensado, el sueño sobresaltado de gentes que podían despertar y morir ante el grito de guerra de los vecinos más tranquillos. El escandaloso espectáculo de nuestro siglo con sus muchos millones de muertos de las dos ultimas guerras mundiales, con las consecuencias mortíferas de las dos únicas bombas atómicas que han estallado en el mundo, con los montones de muertos que todavía se cobran los conflictos :-regionales ante la absurda impasibilidad de otros pueblos civilizados, el terror deshumanizante que se está sembrando en todos los millones de corazones temblorosos de una nueva guerra nuclear que puede ser definitiva, son pruebas de los fallos radicales que sufre nuestro estado actual de cultura.
Todavía no existe la paz en el mundo. Un hombre siente miedo de otro hombre. Un pueblo recela de otro pueblo. Sin embargo, también, a fuerza de muchas equivocaciones históricas, a fuerza de muchas guerras inútiles, la organización política y militar también ha superado etapas que posiblemente ya no vuelvan a repetirse. Cuesta mucho al ser humano comprender la lección de los propios errores y sobre todo la lección de los errores ajenos. Se ha refinado las técnicas, los procedimientos, pero la agresividad humana, la desconfianza, el espíritu de rapiña, ha mejorado bien poco. El sentimiento puro de la paz todavía no se ha conseguido. En los conflictos colectivos tiene ya menos importancia la fuerza física del jefe de la tribu, perdieron el valor defensivo las pequeñas fortalezas, las murallas, los castillos inexpugnables de antaño. Incluso las fronteras de los pueblos se están diluyendo en unidades civilizadas superiores. Todavía hay tensiones en el mundo, todavía existe la ley del más fuerte, todavía existen naciones poderosas que imponen el terror de las armas, que toleran la confusión en el mundo en beneficio propio, que prolongan por propio interés soluciones que ya debieran estar instaladas en el concierto político y militar del mundo. Hay fuertes tendencias unificadoras, existen grandes organismos mundiales que tienen claros los objetivos de paz. Pero la paz se retarda. La política de bloques, la paz basada en el equilibrio de fuerzas, organizaciones internacionales con derechos de vetos y privilegios de pueblos vencedores, por buenas razones que se invoquen, no pueden generar un auténtico sentimiento de paz en el mundo, estable y duradero. Hay muchas injusticias enterradas en la conciencia de los pueblos que reclaman venganza. Queda la esperanza de que esta sociedad humana, suficientemente inteligente para crear armas destructivas y ejércitos poderosos, pueda superar los viejos mitos y recomponer un orden nacional e internacional, humano, inteligente, acaso un parlamento mundial, una corte de justicia mundial, en igualdad absoluta de todos los pueblos, un fuerza disuasoria con capacidad para garantizar la paz de todos los rincones del planeta precisamente con la destrucción paralela de todo el arsenal mortífero del mundo, y la reconversión de todas las fábricas de armas de guerra en artefactos de paz.
E1 proyecto todavía está en el plano de la utopía. Pero las grandes utopía tienen la paternidad de los grandes inventos humanaos. Dentro del contexto de progreso humano que se ha conseguido en los últimos años en otros órdenes, no debería cerrar las puertas a la esperanza humana de paz definitiva, al menos una paz suficiente para la convivencia humana. La paz absoluta conduce a la estabilidad absoluta, y la estabilidad a la pereza de nuevo. Pero el absurdo orgullo humano, el individualismo exacerbado, los pequeños nacionalismos, la ambición de los poderes, incluso la irracionalidad que se impone ciega sobre los postulados más legítimos de la fraternidad universal son obstáculos difíciles. La idea sin embargo de in integración ronda ya sobre el alma de los pueblos. Los objetores de conciencia, los pacifistas de todo el mundo, los gritos de protesta contra el armamentismo moderno, son minorías crecientes que pueden asaltar en cualquier momento los procedimientos bélicos de todo el mundo para conseguir la paz que el mundo necesita. Puede desarticular las organizaciones militares y desmantelar las fábricas de armamentos. La paz entre los individuos y los pueblos, la paz en el mundo sin tensiones ni sobresaltos, es un sentimiento humano que no está completamente realizado, que posiblemente no esté muy lejos de ser una conquista más de la sociedad moderna. La tendencia de las instituciones políticas y militares, sean las que sean, los líderes de estas grandes instituciones sociales, tendrán que renunciar a muchos privilegios egoístas que todavía le reportan ventajas injustas, tendrán que renunciar al orgullo de sus viejos sentimientos patrios y dirigir sinceramente sus poderosos recursos económicos, culturales, sus esfuerzas racionales y solidarios, para restablecer la seguridad del hambre sobre la tierra.
Se conservan en esta compleja trama de la sociedad moderna, costras endurecidas por los siglos, tanto en las conciencias irracionales de los pueblos como en los viejos principios de comportamiento que todavía se exhiben como banderas de civilización y cultura. Residuos de viejas sociedades estamentales, o flecos que le han quedado pendientes a la revolución francesa. Quedan ahí todavía profundas huellas del tiempo que, como las arrugas geológicas de la superficie terrestre, sólo con el trabajo de los ajustes que realiza el tiempo y una decidida actividad del hombre, podrán nivelar definitivamente en favor de un nuevo orden mundial. Todavía existen fuertes estridencias políticas con grandes tensiones mundiales que contradicen las tendencias unitarias y el proceso ascendente de una paz universal, las guerras de religión, los desmadrados nacionalismos, los exacerbados sentimientos racistas, la mitificación de las líneas fronterizas. En España concretamente, también como un brote tardío del un viejo complejo de tribu en una corriente totalmente anacrónica y anti-histórica se han desbandado los sentimientos nacionalistas que solo momentáneamente pueden halagar los sentimientos caseros de pocos y crear un aislamiento y desconexión del mundo real que nunca se podrá mantener durante mucho tiempo.
Otra de las grandes instituciones humanas, si bien de carácter divino, son las religiones de los pueblos. Pero una realidad humana tan real, tan densa de contenido humano, tan universal, que de hecho no se conoce pueblo por primitivo que sea, por el alto grado de su civilización que haya alcanzado, por el alejamiento que haya mantenido de ella, que no tenga una determinada estructura religiosa. Hablar de la institución religiosa es simplemente hablar de un fenómeno social, constante y regular en todas las comunidades humanas. La historia de las religiones ofrece también consideraciones sociales importantes. Hay muchas religiones, hay multitud de dioses, hay multitud de templos, hay millones de creyentes, existen grandiosas instituciones religiosas que ejercen su poder sobre el ámbito de las almas y de los cuerpos en nombre de dioses omnipotentes. A la crítica histórica queda también reseñar la cantidad de sangre humana, la cantidad de sacrilegios humanos, que se han derramado y se derraman todavía, en las aras de los temples, en los tribunales religiosos, en los sacrificios presentes que se imponen en garantía de una felicidad futura.
Las instituciones religiosas derivan de un común sentido místico, del sentimiento de la propia limitación humana, que enraíza en la naturaleza de la impotencia y la ignorancia del hambre. Sus aspiraciones, sus profundos anhelos de justicia, de armonía, de felicidad, de una pervivencia más allá del tiempo, chocan frontalmente con la dura experiencia de la realidad humana, chocan con la injusticia que tiende su sombra oscura en todos los niveles de la sociedad, con una felicidad que nunca es completa, con la sensación de naufragio que inunda al hombre en todas las empresas humanas, con la frustración de muchos interrogantes nunca suficientemente respondidos, con la constatación del mal físico y moral, con el sufrimiento y la muerte de los niños, con el sufrimiento de los inocentes, con el paso inexorable del tiempo. La maquinaria humana y social resuelve este conflicto, con su poder creativo, con su gran instinto mitificador, con la proyección exterior de sus profundas insatisfacciones internas, ofreciendo las más diferentes opciones institucionales religiosas que desvían el interrogante desde las limitaciones humanas a lo intemporal, a lo transcendente, a unos valores absolutos previamente aceptados e indiscutibles, a unas alegres promesas sobrehumanas y futuras sin garantías de evidencia que pueden, de momento, compensar el profundo desarraigo del hombre sobre la tierra.
La arqueología religiosa habla de multitud de restos de grandes instituciones religiosas que se han desmoronado estrepitosamente. Sobre las cenizas de unos dioses muertos, como aves mitológicas, renacen divinidades nuevas e infalibles. La historia de las religiones, al lado de deidades amables y benefactoras, presenta figuras de dioses sanguinarios que cobran infinitos tributos de sangre hermana. Ofrece el testimonio de la estrecha y silenciosa connivencia de todas las religiones con los círculos de ignorancia de los pueblos, desde las formas absurdas de la mitología antigua, desde los dioses más alegres y humanizados de las grandes religiones de nuestros siglos medios, hasta la gran mayoría de pueblos actuales que se acogen a cualquier institución transcendente como la última tabla de salvación de sus múltiples problemas colectivos, como la ultima esperanza de recuperar unas aspiraciones derrotadas ya en otros campos.
La arquitectura social religiosa realiza un camino inversamente proporcional al camino de la cultura de los pueblos. Es difícil vaticinar el futuro de las instituciones religiosas. La sensibilidad religiosa de hoy, como la de antaño, crece en el fondo de las más profundas convicciones del ser humano porque pone en juego aspectos vitales de la persona como son sus deseos de lucha contra el tiempo o la infelicidad, va acompañada demás de altas resonancias históricas, incluye connotaciones nacionalistas o étnicas tan fuertes, tan radicales, tan impositivas que, aún hoy, se 1evantan en el concierto del mundo moderno con notas profundamente perturbadoras y generan peligrosos fundamentalismos en pueblo retrasados. Ahí están los conflictos tribales modernos de algunas zonas del planeta, muchas de nuestras guerras modernas donde nunca se sabe si se lucha por valores humanos o divinos, si son guerras de religión o guerras políticas, si se lucha por la seguridad de un pueblo o por el honor de unos dioses reales o inventados.
Todavía el hombre sigue siendo la víctima voluntaria encadenada en las mallas de sus propias instituciones religiosas, todavía se hacen grandes ofrendas de renuncias humanas en el ara de muchas religiones, todavía hay dioses que amenazan y torturan las conciencias. Muchas piezas de las tradicionales instituciones religiosas, sin embargo, están ya removiéndose y en situación de crisis. Gigantes con agonías muy lentas y estertores muy prolongados. Las instituciones originariamente divinas se están encuadrando en parámetros eminentemente humanos. Una mayor humanización del hambre, una mayor participación de los pueblos en los beneficios de la cultura, una interpretación más realista y científica de la naturaleza humana con todas sus grandezas y sus miserias, una visión mas antropocéntrica y menos mitificada de la realidad concreta, posiblemente contribuyan al mismo tiempo a reconvertir las instituciones religiosas, a humanizar sus contenidos demasiado divinos en factores humanizantes, a presenciar operaciones asépticas de limpieza en profundidad. Hablar de una muerte definitiva o una agonía lenta de gigantes institucionales tan complejos y con tantas ramificaciones en el espacio y el tiempo, bajo la presión de la cultura moderna, como son las instituciones religiosas, budismo, judaísmo, cristianismo, mahometanos, seria únicamente apuntar un fenómeno que podría realizarse a larga distancia.
La arquitectura lingüística de los pueblos es otro de los productos sociales que se entremezcla en el andamiaje de las sociedades modernas. E1 origen de las lenguas se pierde en los oscuros orígenes del ser humano, acaso en el grito animal, acaso en el grito desarticulado del hombre salvaje en su lucha de supervivencia, acaso el resultado de la aparición de la conciencia. Evolucionan paralelamente al ritmo del proceso biológico, hasta conseguir ese grado de relación simbólica que las coloca entre los sistemas de comunicación conocidos de mayor rentabilidad. El mapa lingüístico del mundo actual es todavía un variadísimo mosaico de colores que se reparte por todas las latitudes. Cada país, incluso cada grupo étnico con rasgos políticos, geográficos, históricos o religiosos comunes, posee también un determinado sistema de expresión. Tiene su propia lengua. De tal forma que las lenguas de los pueblos suelen ser también el signo de la identidad nacional, el archivo de la historia, el carácter de la idiosincrasia y de la propia personalidad. La lengua recoge el color y el sabor propio de los pueblos que la hablan, reflejan su cultura y ellas mismas se organizan y evolucionan incesantemente por fuerza creativa de las propias necesidades de los grupos que las emplean. Pero debe entenderse que la lengua, en su estructura interna, solo es un rompecabezas de piezas fónicas, un andamiaje institucional e instrumental con una finalidad comunicativa humana bien determinada, un producto social creado arbitrariamente, colectivamente, para alimentar el instinto comunicativo y solidario del ser humano. Es un hecho de naturaleza estrictamente mediático y circunstancial. No es un sistema demasiado sencillo tanto en su aspecto fonético como en su aspecto gráfico. Si hoy se inventase un procedimiento de comunicación más práctico, menos complicado, con menos limitaciones de fronteras y pueblos, sin tantas barreras en el tiempo y el espacio, todas las lenguas del mundo caerían estrepitosamente en el total olvido o simplemente pasarían a los archivos históricos de los mismos.
Los sistemas lingüísticos son instituciones sociales que históricamente no han tenido gran importancia. Son instituciones tan mediatizadas, tan transparentes, con las referencias tan claras a la comunicación y al mensaje que nunca los hablantes le han ofrecido más importancia que el valor que le ofrece su condición comunicativa. En los últimos años las cosas han cambiado y sobre las lenguas, como sobre los habitantes de Babel, para confusión de su orgullo, también ha caído la ofuscación casera y antihistórica que ha afectado a otras instituciones sociales. Lo que es medio de comunicación espontáneo y totalmente libre se ha convertido en mito, se ha deformado, se ha sometido a presiones de todo tipo hasta el punto que de muchas de estas estructuras lingüísticas actuales, históricamente poco estables, porque les añaden elementos nuevos o porque les quitan los que le son propios, porque las llevan hacia un extremo ideológico o las desplazan para el otro, de su figura original y primitiva, del habla sencilla del pueblo, solo queda una sombra. También aquí los elementos caseros, localistas y aldeanos, se han impuesto como barreras de la comunicación al mitificar unas instituciones humanas por encima de las tendencias prácticas y fuera del contexto unitario de la cultura universal. Tal vez la moda pase pronto y lo práctico de una lengua universal se recomponga con el predominio de una de ellas o con retazos de todas juntas sobre la magia de muchos profetas nuevos.
En el tablero de las instituciones modernas de los pueblos existen otras muchas infraestructuras institucionales que por su fragilidad, o por su consistencia, por su implicación en el desarrollo cultural histórico pueden tener alguna importancia práctica. Los códigos legislativos escritos de los pueblos que regulan las relaciones sociales entre los individuos y entre los pueblos, las costumbres que sin escribirse se graban profundamente en la conciencia de los pueblos como hondos caminos excavados en el pétreo suelo de rutas seculares, constituyen elementos estabilizadores del comportamientos humanos, diques contra aquellas pautas consideradas erráticas, instrumentos ortopédicos a la libertad humana y normas niveladoras de la vida social. Todos los códigos legislativos, todas las costumbres de los pueblos tienen siempre un valor relativo y funcional encuadrado en el sistema sociocultural de la época que las mantiene. La complejidad que este super-yo social y jurídico adquiere, en las sociedades desarrolladas, unas fuerzas tan violentas que se hacen atentatorias del mismo tiempo, contra la espontánea libertad individual del ser humano que queda agarrotada en sus mallas, contra todo proyecto creativo que debe encajar en la atonía de unos comportamientos totalmente reglados desde fuera. La imposición férrea de las leyes, la sacralización secular de las costumbres, en pueblos además de tendencias conservadoras, son los frenos más peligrosos que pueden encontrar el instinto progresista de los pueblos. Esta estructura institucional dormida en la inactividad legislativa, en la conciencia adormecida de los pueblos, genera la rutina, el cómodo transitar por veredas trilladas, el desgaste de hacer siempre lo mismos. Y legaliza los comportamientos inútiles de una sociedad.
La vida crece incesante e irresistiblemente hasta quedar anquilosada en los estrechos moldes de sus estructuras jurídicas y sus hábitos tradicionales. Y es entonces cuando las leyes y las costumbres sociales empiezan a convertirse en obstáculos más que favorecer el desarrollo. La letra de los códigos se convierte en letra muerta y las costumbres se convierten en ritos sin savia nueva Es entonces cuando las leyes ya no tienen relación con la vida real de los pueblos, cuando todavía todos las conocen pero ya nadie las cumple, es cuando los convencionalismos sociales empiezan a ser el signo de la hipocresía y la falsedad de las gentes que las practican, es entonces cuando nace el legalismo que implica las más flagrantes injusticias allí precisamente donde más literalmente se aplica la ley. Nace la ineficacia legislativa. La ley que se ha creado para favorecer la vida esta generando la muerte. Cuando los códigos jurídicos de los pueblos, cuando las costumbres llegan a ese grado de ostracismo, evidentemente se hace inevitable el proceso de revisar las leyes, el enjuiciamiento crítico de las costumbres populares. Es el momento del compromiso social de los órganos legislativos de los estados, es el momento de someter a revisión crítica los sistemas de costumbres de los antepasados con reflexión y serenidad. Es el momento de revisar la ley. En realidad la estructura de las instituciones jurídicas empieza a desmoronarse al día siguiente de entrar en vigor porque el desgaste es progresivo y constante.
La estabilidad de la ley, su eficacia productiva y humanizadora esta precisamente en su sentido corrector preventivo de los comportamientos anormales mas que en nivelar los comportamientos creativos y diferentes de los miembros de la comunidad. La epiqueya es un componente de la ley que faculta, a los que tienen los códigos legales en sus manos y a los que las cumplen, a fijarse más en la función creativa de la ley -en su espíritu- que en una aplicación inexorable e indiscriminada. España es un país de tendencia conservadora. En su historia no han sucedido demasiados acontecimientos capaces de remover el árbol institucional de sus organismos jurídicos. Las costumbres se han asentado a presión de siglos entre la incultura y el recuerdo obsesivo de los ancestros, y nuestros pueblos duermen tranquilamente la paz de un inmovilismo social que nada favorece su desarrollo moderno. Acaso su reciente ingreso en el concierto de los otros países europeos sirva de reactivo a nuestro viajo sistema jurídico y costumbrista y se realice la reconversión de las leyes, la reconversión de las viejas costumbres de los pueblos, de la mentalidad del hombre de esta tierra, como se están haciendo reconversiones en otros sectores sociales.
E1 problema de la cultura humana está par encima del aspecto temporal de todas las instituciones que se han reseñado, su aspecto casi intemporal debería colocarla en un plano intranscendente y universal en una sociedad comunitaria universal, propiedad de toda la humanidad solidaria, al alcance de todos los seres humanos. Sin embargo, los procesos culturales de las naciones están institucionalizados en sistemas educativos diferentes que es preciso analizar. Es el proceso de la enseñanza, el problema de la educación oficial y privada, el problema del analfabetismo y la culturización de los pueblos, el pueblo de la organización escolar, el problema de la frustración escolar que preocupa a millones de padres y alumnos españoles a lo largo del proceso formativo de la escuela. Es el problema que iremos tratando en los capítulos siguientes.
CAPITULO 4
REFORMAS EDUCATIVAS
Uno de los vehículos más importantes de la comunicación cultural es la educación, la educación institucionalizada en las organizaciones del Estado y de otras entidades públicas y privadas. La culturización de los individuos y de las sociedades es problema de comunicación. La complejidad de la sociedad moderna, la incapacidad de asimilar directamente los bienes de la cultura en el media natural de las sociedades primarias, la imposibilidad de que los padres de los niños asuman esa responsabilidad en el seno de la familia o en pequeños grupos sociales obliga al poder civil del Estado y a otras entidades particulares con diferentes fines, para que se responsabilicen de la organización y planificación del sistema educativo. No siempre ha sucedido así. La comunicación cultural en las sociedades primitivas era un fenómeno espontáneo, completamente personalizado. Como máximo el hecho entra bajo las directrices concretas de un pedagogo particular que guía el proceso desde las aptitudes del educando hasta el contexto social donde vive sin demasiadas restricciones. Hoy las instituciones educativas están en la hegemonía de su omnipotencia. Bajo poderosas superestructuras docentes lo hacen y lo dicen todo, señalan de antemano los caminos que debe seguir la mente humana, señalan los cauces que debe recorrer la cultura, imponer rutas fijas a la ciencia y a la investigación haciendo que las cosas sean de una sola manera cuando podían ser de mil formas diferentes, encasillan la actividad creativa del hombre y cierran infinitas posibilidades en el campo inmensamente amplio del saber humano. Aprisionan la libertad humana y crean productos humanos en serie peligrosamente deshumanizados.
El sistema educativo super-institucionalizado moderno, dentro de unos moldes férreos e impositivos obligan a mirar solo en una dirección, hacia un sólo punto de interés. Se olvida que la ciencia es camino abierto en todas direcciones, se olvida que la grandeza del hombre está en la creación de realidades nuevas no en la atonía de recorrer caminos andados donde, de hecho, los verdaderos creadores permanecen al margen del sistema. Se olvida que la grandeza de la educación es precisamente plantear iniciativas, roturar caminos diferentes, impulsar la creatividad humana hacia mundos nuevos y sin fronteras, intentar llegar allí precisamente donde nadie antes ha llegado. Pero esto no sucede así. Sobre todo el sistema educativo español está hecho de bronce, con piezas de mitos seculares, existe un viejo y sagrado respeto hacia las construcciones antiguas, existe alergia hereditaria a los cambios, existe una especie de determinismo cultural monovalente que arrastras los fenómenos educativos en una sola dirección y obstruye el camino del progreso y las alegrías de nuevos descubrimientos. A fin de cuentas el magnifico espectáculo de la ciencia moderna es una de tantas opciones de penetración de la inteligencia humana en el dominio de la naturaleza que, por supuesto, no es la única ni macho menos el punto de llegada. La inteligencia humana posee infinitamente más posibilidades que el estrecho campo de movimiento impuesto por los rígidos moldes de las instituciones educativas.
Los fenómenos históricos que vivió España en los últimos años, las brisas frescas que llegaron desafiantes a los demos países occidentales, el reciente torbellino renovador político que se está viviendo en la península, tratan de remover aquella eterna quietud del viejo árbol institucional educativo. Se publicó hace poco la última Ley Orgánica de Educación. El hecho ha suscitado una gran polémica y gran número de opositores. Sin embargo, y a pesar del escándalo que toda novedad produce siempre en conciencias timoratas de este país, a pesar de algunos retoques de maquillaje a la organización escolar, los grandes temas de la educación española, los problemas de la educación en su propia estructura interna, la esencia de la educación, los problemas de la eficacia y la calidad educativa dentro del aula, que es el mundo donde se fragua ese gran mal social de la educación de hoy que se llama "fracaso escolar', ha quedado una vez más al margen de todos los proyectos entre el ramaje de los problemas políticos y las buenas intenciones de la administración. Una vez mas los elementos institucionalizados de la educación, la estructura externa, el montaje extrínseco que la sostiene, han acaparado el esfuerzo reformador de la nación con polvaredas dialécticas tan grandes de unas posiciones y otras que los verdaderos problemas formativos, el verdadero meollo de la educación, la corriente de agua viva de una enseñanza abierta, salvadora, activa, fecunda y sin fracasos, han ido quedando siempre al margen de todo proyecto legislativo.
Pasamos de largo sobre la concertación de centros escolares en que tanto insiste Ley de Educación con el fin de resolver el viejo conflicto de la educación pública y la educación privada. La enfermedad es ya crónica. Se trata de instituciones diferentes que, con propósitos distintos, están implicadas en el mismo problema educativo. A veces el asunto queda reducido a un problema de rivalidad por acaparar más o menos campo, por monopolizar el sistema educativo en una dirección y otra. En un sistema de libertad como hoy se disfruta en España no tiene ningún sentido la controversia ideológica porque el respeto de unas instituciones sobre las otras debe mantenerse. Nadie tiene el privilegio de la verdad en forma exclusiva y su ejercicio debería realizarse en coordinación y armonía más que por imposiciones de poder de unas sobre otras. En todo caso el régimen de concertación que la última ley establece en este sentido, no puede ser más que un esquema provisional, demasiado enredado y artificioso, demasiado prepotente y sectario, preparado en un contexto muy reducido de la libertad de pensamiento y enseñanza y con la sombra ideológica ventajosa de unas posiciones sobre otras. Pero aún así el tema de las concertaciones es un problema que se refiere a los esquemas organizativos de la educación, a los mecanismos de relación que unas instituciones pueden mantener con otras para conseguir unos determinados objetivos. Es un tema también marginal que solo toca a educación por fuera. Si bien esa tentativa de solución quedará ya ahí, entre aciertos y errares, acaso como testimonio de un desafortunado procedimiento de resolver un problema difícil, como una experiencia más que contribuya a clarificar el camino en el futuro. E1 asunto nunca sobrepasará la importancia de las cuestiones nimias de la educación.
Sin embargo, existen otros aspectos de la ley que tiene mucho mayor contenido funcional. Ahí está el tema de la creación de los consejos escolares. Aquí es donde radica verdaderamente se mérito innovador y su valentía en roturar los viejos procedimientos de organizar la marcha interna de los centros escolares en una visión evidentemente mucho más democrática. Era necesario descentralizar la organización interna de los centros, cerrada, monolítica, hermética, separada del entorno sociocultural donde desarrolla su actividad escolar. Era necesario que los centros educativos sintonizasen su actividad de difusión cultural con la marcha de la sociedad donde están enclavados, que se integrasen los esfuerzos de ambas instituciones para lograr una mayor participación mutua en esa cultura que es patrimonio común. Habrá que suprimir las barreras que existían entre sociedad y centros escolares. Era necesario que se comprendiese que un centro educativo no puede ser ajeno a la compleja realidad que lo circunda; y el mundo externo tampoco puede permanecer indiferente a la acción cultural que se realiza dentro de un colegio, en la conciencia de unos seres que nacen en esa sociedad, que viven en ella y han de conseguir sus puestos de trabajo dentro de ella
De esta consideración se deduce que un centro escolar no puede reducirse a un director con poderes absolutos y omnipotentes, impuesto desde arriba, sin que nadie conozca los criterios de selección y a veces totalmente ajenos al mundo social y humano que lo rodea. Ni siquiera puede simplificarse un centro escolar en el claustro de profesores, llegados cada año de todas las geografías, no sólo de Galicia sino de todo España, como consecuencia de raras combinaciones de sorteo, que entran en el engranaje con unas pautas predeterminadas, de forma mecánica y ritual, como piezas de una maquinaria que se ha puesto en marcha hace mucho tiempo y sigue caminando sobre las rolineras de la rutina, recorriendo siempre los mismos pasillos, haciendo siempre las mismas cosas y contando todos los años los mismos cuentos. Era preciso que la verticalidad del poder que venía dominando en nuestros centros escolares por criterios imperativos muy viejos, por circunstancias políticas generadas por acontecimientos históricos alejados de nuestro contexto actual, fuese reemplazada por una estructura nueva, democrática, popular y de proyección horizontal. No se logró la readaptación sin conflictos y polémicas.
El resultado fue la puesta en marcha del Consejo Escolar. Una superestructura nueva que coordina colectivos diferentes, como órgano superior de control, que recorre la representación de todos los sectores en la función educativa. Es un consejo colegiado de gobierno donde nadie es más que nadie, un consejo democrático, formado por alumnos, por profesores, por padres de los alumnos, por los concejales del ayuntamiento. Elementos todos ellos con alta responsabilidad educativa y que ahora adquieren un gran poder de control y decisión sobre el funcionamiento interno de los centros escolares a que pertenecen y en cuyo entorno social realizan sus actividades docentes. Podrá este organismo funcionar efectivamente o perder toda su fuerza renovadora en la resistencia que puede ofrecerle una sociedad demasiado reaccionaria, podrá quedar indefinidamente fosilizado en la pereza ejecutiva donde mueren muchos y grandes proyectos españoles, podrá incluso caer en las manos interesadas de políticos, ideólogos y otras fuerzas de presión alejados de los intereses educativos, podrán suceder muchas cosas en la puesta en marcha del consejo escolar. Pero en todo caso habrá que recordar que las dificultades que pueda originar la realización de una empresa necesaria, no pueden desfigurar la imagen de un proyecto. Además la obligación de los poderes públicos responsables del orden educativo no puede terminar en la publicación oficial de un decreto, sino lograr que este llegue a encarnarse, tomar vida en el cuerpo y en el alma de la sociedad, en la conciencia de profesores y alumnos, cosa que está todavía muy lejos de la realidad y no será fácil, sin un gran esfuerzo de todos para lograr que las cosas sean de otra manera.
E1 derecho de educar corresponde en primer lugar a los padres de los alumnos. Ellos, que se hicieron responsables de su existencia física al traerlos al mundo, les pertenecen asimismo el ineludible deber de ofrecerles al mismo tiempo una adecuada formación social y cultural. Es vieja ya la idea de que la pareja humana sea simplemente una fábrica de hacer niños. Sus obligaciones van macho más allá que lanzar a la existencia un número indeterminado de hijos en serie para entregarlos luego a su propio destina. Una de las funciones de la pareja humana empieza en la procreación natural de los hijos, continúa en la protección absoluta en todas sus necesidades de los primeros años, implica una adecuada y justa formación física, cívica, cultural, moral que corresponda al contexto económico y social familiar, y cesa únicamente a medida que los hijos se independizan de su protección. La situación económica y social es un determinante lógico y humano que debe estar presente en la planificación familiar, tanto en el proceso biológico de su formación, como en toda su maduración humana y social.
Por eso es que los padres no pueden seguir siendo los testigos mudos de lo que sucede en el entorno social en que se mueven los hijos, en el mundo laboral que les circunda y particularmente en lo que sucede en el recinto de los colegios donde los niños pasan la mayor parte del día. Los padres son los depositarios natos del derecho de educar a sus propios hijos, son los educadores naturales de los niños. Pero, dadas sus limitaciones de tiempo y cultura, delegan esta función en las manes de los educadores profesionales encasillados dentro de la institución escolar. Si la informática les permite ahora incluso vigilar su comportamiento directo en clase, será incluso la mejor justificación del Consejo Escolar. Por eso no puede ser justo que esta función educativa se pueda cumplir con el solo requisito legal de inscribir los niños en un centro de estudios, pagar mensualmente los recibos y las tasas académicas y firmar el boletín de notas al final del curso resignada y pacientemente. E1 Consejo Escolar, no de una manera espléndida y tan directa como ya insinúa la informática, pero al menos abre la puerta a la participación de los padres en la marcha interna del centro en un amplio abanico de posibilidades. Desde el proceso de elección y revocación del director, desde la solución de los conflictos infernos graves del centro, hasta las sanciones disciplinarias que puedan merecer los alumnos en su vida escolar. Desde este órgano rector de reciente creación, con voz y veto, podrán los padres de los alumnos ejercitar sus derechos en el lógico control de la educación de sus hijos. Su voz debe sonar en los centros escolares, debe dejarse oír. Los padres deben opinar, decidir y sobre todo deben tomar conciencia de que su presencia ahí es irrenunciable porque los hijos son suyos y deben ser los primeros en opinar sobre la educación que a ellos se les imparten en los colegios.
Es verdad que este derecho de los padres de familia choca muchas veces con la increíble falta de cultura que se vive en los medios rurales de Galicia. Una falta de cultura que los incapacita en primer lugar para hacer una aportación digna en estos organismos, rebaja el poder directivo que le concede la ley y puede incluso desencadenar la ineficacia de todas las potencialidades educativas de los mismos. Los centros escolares están situados dentro de una sociedad determinada y muy concreta. Los alumnos que recorren sus instalaciones además de pertenecer a la unidad familiar donde nacieron forman parte de una unidad política y social en la que viven. Por eso el Consejos Escolar también recoge legalmente la voz de esa sociedad implicada, por derecho propio, en todo el proceso educativo. Y lo hace por medio de los representantes legales del pueblo que son los concejales. Tampoco la corporación municipal debe ser una entidad extraña, ajena, ausente a la actividad desarrollada dentro de las instituciones educativas. Este hecho también tiene una gran importancia en la interpretación renovadora de la nueva sociedad democrática, imposible de pensar en otras circunstancias políticas. En realidad es solo un organismo de intercomunicación entre los diferentes estratos sociales, un mecanismo de enlace entre las instituciones escolares y la sociedad en donde desarrollan su actividad, entre los sectores que tienen intereses en el ámbito de la educación. Es el órgano legal que establece los procesos de ósmosis entre los sectores implicados en el proceso que rompe el hielo del tradicional centralismo, el mágico hermetismo y el desarraigado aislamiento de nuestras viejas fortalezas escolares.
La historia, sin embargo, nos habla de la gran acción cultural que las antiguas instituciones educativas, universidades, monasterios, ejercían en el entorno geográfico donde se asentaban. Esta función se había perdido entre el follaje de la moderna y autónomo gobierno vertical de los centros educativos. Tanto se ha exagerado incluso la autonomía universitaria que llega a constituir casi un viejo estado dentro de otro en una completa desconexión del contexto social en que los dos se mueven. Exceso de celo en las cosas propias y la prepotencia del poder. Los Centros Escolares constituyen un buen marco de penetración de los diferentes sectores sociales implicados en la educación dentro de las actividades educativas, ha roto los muros del centralismo tradicional en dirección de fuera hacia adentro. Pero la ley se ha olvidado de abrir el camino en sentido contrario, de abrir de nuevo las puertas de los centros hacia la sociedad que los rodea. Todavía queda por completar el mecanismo legal que canalice la influencia cultural de adentro hace fuera. Falta crear los mecanismos legales para que los muchos recursos culturales del país lleguen a la sociedad circundante tan necesitada y anémica de ellos. Los centros escolares, deben volver a convertirse en fuentes de aguas claras que difunden la riqueza de la cultura universal a las zonas más deprimidas y más alejadas de ella, ponerse en sintonía perfecta con la sociedad, de tal forma que la corriente de influencia mutua circule fluidamente en las dos direcciones. En este sentido el Consejo Escolar, punto de confluencia de todas las fuerzas interesadas en el proceso educativo, puede realizar ese milagro democratizador, de apertura, descentralizador, y de puertas abiertas que necesita la institución escolar y la sociedad donde están ubicados.
Por otra parte el alumno, que es el verdadero protagonista de la educación, es el propio sujeto de ella, que debería estar siempre en el primer plano de trabajos educativos, por el contrario, está convertido en el paria de la misma, en el eterno olvidado, en el personaje del cuento que poca relevancia tiene en el proceso. Únicamente se habla de él cuando su nombre sirve para encumbrar más todavía la imponente figura de sus profesores o cuando se le ponen delante, millones de veces, las listas infinitas de sus obligaciones, con letra bien marcada, con voz potente y sin ninguna opción de reclamo o protesta. Ni siquiera cuando han hecho huelgas, ni siquiera cuando han reivindicado sus propios derechos o cuando se han manifestado en la calle. El alumno ha estado siempre sentado en el banquillo de los acusados; para hacerle siempre responsable de la anemia que sufre la educación. Por eso es siempre el culpable del desastre de sus notas. Nunca estudia a gusto de todos, carece totalmente de interés en sus obligaciones escolares, es siempre un rebelde sin causa. A su lado están siempre mil dedos acusadores enormemente largos y descaradamente hostiles. Las instituciones funcionan de tal manera que nunca existen equivocaciones. En las clases españolas todavía persiste la imagen infausta del todopoderoso maestro de escuela que lo sabe todo y lo entiende todo sin el menor respeto los frágiles sentimientos de los alumnos y los padres de los alumnos sufren, con mucha frecuencia, un morboso sentimiento intolerante y masoquista que pocas veces tratan con justicia el problema escolar de sus propios hijos. E1 estudiante español tiene a su alrededor siempre mucha más gente dispuesta a condenar, de antemano, conductas que desconocen que a estudiar serenamente las causas que las motivan o resolver los problemas que crean. Hay muchos más jueces que lanzan piedras acusadoras inmisericordemente contra sus múltiplos conflictos estudiantiles, que manos comprensivas y tolerantes que tratan de resolver problemas razonable y humanitariamente.
Los estudiantes españoles poco más han sido siempre que fríos y desconocidos números en una clase masificada, o un puesto determinado en una larga fila, o un pupitre que recibe pasivamente cuanto se le echa en cima incluidos insultos y amenazas. Los derechos de los alumnos nunca han contado gran cosa. Se ha publicado últimamente un decreto que trata de resolver este problema con una lista muy tímida de los derechos y deberes que han de regir la convivencia escolar dentro de los institutos. Se prohíbe, por fin, oficialmente el castigo físico y moral de las escuelas como procedimiento disciplinario. Algo así como si a estas alturas del tiempo los españoles hubiésemos caído en la cuenta de que nuestros hijos no son vegetales ni animales peligrosos. No es una gran conquista; pero puede representar la dirección de una tendencia institucional que puede ir dando mayores frutos en el futuro.
En todo caso la creación del Consejo Escolar es ya un marco legal importante por donde los alumnos pueden entrar, con voz y voto, por medio de sus representantes, a reflexionar en común, a presentar sus propias sugerencias con su voz temblorosa y juvenil, a protestar las injusticias que pueda ofrecerle un desajuste institucional en el que ellos no tienen la menor culpa, a defender unos derechos frente a otros colectivos que todavía tienen todas las cartas a su favor y a luchar por unos problemas que siendo suyos nunca han podido hablar de ellos. Todavía queda mucho camino por andar. Nada se ha dicho todavía sobre las cuotas de participación en los claustros de profesores que tratan problemas que se refieren primariamente e ellos, no pueden asistir a las reuniones de evaluación donde entran en juego factores tan importantes como las calificaciones definitivas, -que equivale a veces a decidir la suerte futura de un alumno- ni apenas tienen opción de participar tampoco en problemas de planificación escolar, de reglamento interno, de distribución de áreas o materias, horarios, metodologías, temas todos ellos que atentan directamente a la vida de los estudiantes. En todo caso este organismo de participación será ya un buen ejercicio de libertad participativa, un buen procedimiento para darle a la educación un sentido horizontal donde todavía existe un inveterado hábito del pasado mirando siempre desde arriba, y una forma de proteger a los niños, a los jóvenes, a los estudiantes, a los hijos, que son las víctimas mas fáciles de esta enferma sociedad moderna y de este anémico sistema educativo que al circular chirría por todas las esquinas.
Por otra parte, los educadores también tienen una buena participación en este nuevo organismo directivo de los centros escolares. También ellos justamente tienen una buena representación en el Consejo Escolar. Pero en todo caso son las viejas autoridades de los colegios, el colectivo de los docentes, e incluso el poder manipulador de la alta administración quien ha perdido las mayores cuotas de poder en la enseñanza escolar. Una cosa queda ya bien clara desde el principio. Los centros escolares no son propiedad de ningún directivo, ni de ningún docente particular, ni del poderoso claustro de profesores, ni mucho menos de cualquier cacique de turno que ande por dentro o fuera del instituto, sino que la responsabilidad de su buen o mal funcionamiento pasa al grupo social, a toda la comunidad educativa que debe asumir la irrenunciable obligación de control sobre la actividad escolar realizada en su recinto. La gastada imagen del sabio y todopoderoso profesor que todo lo sabe y todo lo entiende, tendrá que bajarse de su presuntuosa pedantería, de las alturas de su "estatus social" para entrar en condición de igualdad en el terreno de los Consejos Escolares. Los tradicionales y omnipotentes claustros de profesores, herméticos, aislados, mágicos, tendrán también que deponer su actitud tradicional medievalista, y adurir los nuevos presupuestos igualitarios de una sociedad diferente.
La renuncia de todos esos elementos residuales de tiempos superados, la aureola del poder tradicional, en aras de un mecanismo educativo más funcional, puede ser la mejor aportación que el sector educativo puede ofrecer a los actuales aires reformadores. No debería crear el problema grandes conflictos adaptativos ya que integran la élite culta de la sociedad, representan el mundo de las ideas, forman el colectivo a quien mas le afectan estos problemas. El colectivo educativo español contiene fuerzas reaccionarias muy fuertes, tan fuertes que pueden frustrar las grandes perspectivas que los proyectos reformadores pueden ofrecer. Unas condiciones sociales de replanteamientos de viejos presupuestos pueden facilitar la solución. De momento el Consejo Escolar tiene siempre una magnifica participación, entre directivos y docentes, por parte de los centros escolares, además de su mayor conocimiento de las realidades educativas y su mayor poder de convicción. El nivel de igualad en todos los demás aspectos será un buen ejemplo de participación igualitaria y de servicio docente a la comunidad donde se trabaja.
Evidentemente el Consejo Escolar se ha creado con muchas limitaciones y nadie puede pretender que sea el punto final de un proceso. Su camino aparece sembrado ya de multitud de obstáculos que no sólo pueden retardar su normal funcionamiento sino incluso frustrar toda su eficacia. Pero la ley y su reglamento están ya publicados, el marco está en frente, las puertas están abiertas, la tendencia esta marcada. En todos los estratos sociales existe la apatía improductiva de la pereza mental española para intentar abrir nuevos caminos o dejar al menos el paso libre para que otros los abran. Ahí está esa férrea tenacidad en mantener los privilegios de unos a cuenta de los derechos ajenos. Ahí está también la nostalgia de unos presupuestos de otros tiempos que muchos quisieran de nuevo revivir en un tiempo diferente. El nuevo marco legal podrá considerarse muy bueno en el actual contexto histórico, será muy buena también 1a intención de los legisladores, podrá ser incluso una patente necesidad educativa reclama por la situación española actual. Pero debe entenderse que la verdadera reforma debe interiorizarse en la conciencia de todos los elementos que intervienen en ella. Los educadores necesitaran asistir de nuevo a la escuela. La administración deberá realizar las campañas necesarias para un cambio de mentalidad. Si todos estos proyectos no se hacen carne y sangre en la conciencia de la comunidad educativa, en los padres, en los alumnos, en los profesores, en la sociedad entera, en la proporción que le corresponda, nunca se llegará a comprender que los centros educativos son propiedad de toda la sociedad, ni que la sociedad solidariamente posee una gran responsabilidad en la educación de sus propios miembros, ni que los alumnos son los elementos más sensibles del proceso, ni que los padres tienen una responsabilidad primerísima en la educación de sus hijos. Las altos autoridades administrativos del Estado o la autonomía no puede terminar su misión dejando a las puertas de la imprenta el texto de una ley o un esquema de reformas; sino realizando la tarea todavía mas ardua de movilizar las conciencias del pueblo en la misma dirección. A fin de cuentas en todos estos procesos de renovación social lo que menos cuenta son los códigos legales o los elementos jurídicos que no son más que parámetros externos que sostienen a otros, que defienden a otros, macho más profundos y estables. La verdadera importancia de todo esto subyace, no en la mayor o menor integración de unos colectivos y otros dentro del Consejo Escolar, ni en sus riesgos de manipulaciones externas que puedan llegar desde la política, desde el mundo caciquil, desde cualquier organismo de presión, ni en los gritos de resistencia que puedan pronunciarse desde las cavernas o las añoranzas de viejos paraísos perdidos, sino en la visión igualitaria en que sitúa a todos los miembros de la sociedad educativa, en las viejas puertas de un viejo castillo que se abren a todos los sectores sociales, y una anémica sociedad tradicional que al fin recibe los aires de los tiempos nuevos. Una vez más habrá que repetir que el verdadero progreso humano, la verdadera riqueza cultural no esta tanto en las bibliotecas y en los códigos sociales, en la creación de organismos ortopédicos institucionales, como en el asentamiento, libre, espontáneo, directo de la cultura, en el fondo de la conciencia de toda la colectividad humana.
No es todo el consejo escolar. Ya se habrá con inmensas posibilidades la acción de la informática y la intervención cibernética de los padres en las escuelas. El decreto del consejo escolar tiene defectos. Se han reconocido los derechos de los alumnos, el derechos de la sociedad inmiscuirse en la vida de los centros. No está todo hecho. La educación también es cuestión de información y control y disciplina interna. La conciencia de la libertad es cada día más creciente. La permisividad es creciente. La autoridad del educador y el respeto tradicional se han caído por tierra. Las clases siguen masificadas, el desinterés, la falta de motivación, la desintegración familiar, el efecto negativo de la marginación, el alcohol y las drogas, el sida, llevan la conflictividad a los centros. Una clase desordenada no es una clase, un estado de guerra sicológica entre un alumno engreído en sus derechos y un profesor desposeído de todo, la educación se degrada.
CAPITULO 5
LA REFORMA DE LAS ENSEÑANZAS MEDIA
La última Ley de Educación introdujo aspectos novedosos, progresistas, elementos democratizadores importantes en la organización escolar. Una infusión tonificante a la institución escolar. El mismo empeño que se realizó en el proceso legislativo entonces, debería prolongarse hasta el plano ejecutivo, llevarlo a la misma conciencia popular y profundizar los proyectos renovadores en la comunidad educativa. Las últimas disposiciones legales sólo suponen una pequeña operación restauradora en un cuerpo totalmente enfermo, un rayo de luz y de esperanza en el mundo sembrío y caótico y anémico de la actual situación educacional española. Testimonios del mal funcionamiento educativo están en el descontento generalizado de todas las esferas sociales. Todavía no se ha perdido el eco de la polémica de las últimas innovaciones, en el parlamento, en la calle, en la administración oficial, en el sector público, en el sector privado, y ya se están preparando proyectos nuevos de educación, en los debates públicos y privados, se está preparado en profundidad el diseño de la reforma de las enseñanzas medias. Es normal que sea así. Existen aspectos en nuestra educación tan desorganizados, es tan evidente el drama del fracaso escolar en la escuela española, para unos porque lo viven como victimas que no tienen culpa y para otros porque lo aguantan como testigos mudos, dolientes e impotentes para resolverlo, que la reforma, la reconversión, la reestructuración de la organización educativa, se hace necesaria.
Es muy claro que la vieja casa no sirve, que los viejos centros no funcionan, que la educación tiene problemas, que su organización es un elefante blanco. Es claro también que la solución al problema no puede resultar una tarea fácil. Tanto porque las grandes reformas que nunca pueden hacerse a gusto de todos como por la congénita resistencia de este pueblo a cualquier proyecto renovador. Ya existen centros que están en fase experimental, que están proyectando tentáculos hacia fórmulas nuevas, que se esfuerzan en abrir caminos. Pero la tarea resulta tan desproporcionada, tan alejada del mundo cultural que vivimos, tiene tantas resistencias, está tan mal preparada, andan las cosas tan confusas que en realidad hoy nadie sabe, ni donde estamos, ni hacia donde vamos, ni las metas que se pretenden conseguir. Tanto a nivel nacional como a nivel autonómico, cuando se habla de la reforma nadie sabe de qué se trata. Las preguntas rebotan de una parte para otra, de Madrid a Santiago, de Santiago a Madrid, con el consiguiente desconcierto para alumnos y profesores, con el lógico escepticismo en el ánimo de todos. Como resultado final está quedando macho más clara la conciencia de las cosas que andan mal -y esto no es malo del todo- que la precisión de los planes que tratan de realizarse. No hay ideas claras en los proyectos reformadores, no hay imaginación suficiente para darle forma, todavía no están claros los caminos de la ciencia y la investigación en este país.
El bachillerato tradicional en la configuración que presenta en la actualidad está cada día perdiendo funcionalidad. Tiene cada día menos sentido. Conforma un cuadro de estudios medios que están siendo desbordados por las dimensiones que toma la nueva sociedad. Una sociedad dominada por las ciencias modernas, por el poder inmenso de la técnica en todas sus ramas, por la supervaloración de factores económicos y prácticos, por los condicionamientos inevitables que imponen las grandes instituciones nacionales y supranacionales, con el consiguiente olvido de los siempre queridos valores caseros y populares. Estos aspectos están dejando estrecha la estructura del viejo bachillerato tradicional, demasiado rígido dentro de unos esquemas de tiempos superados, demasiado uniforme dentro de un marco social multiforme y diversificado, muy alejado de los centros de interés de una juventud que vive intensamente la presión de las estimulaciones instantáneas, los efectos de las grandes velocidades y el entusiasmo diario de los nuevos y espectaculares descubrimientos. El actual estado del bachillerato tradicional, desarrollado en un plano totalmente teórico, sin dirección concreta ninguna, sin relaciones con las fuentes de interés de la juventud, en una organización sistemática, larga y racionalista, poca garantía de futuro puede ofrecer al estudiante de hoy atento siempre al efecto inmediato, a la gratificación sensible y a las pulsiones vitales e instintivas no siempre coincidentes con los presupuestos educativos vigentes. Ya no es práctico el bachillerato tradicional.
Su férrea estructura actual, su viejo montaje institucional, es una trilla demoledora de ilusiones juveniles desde el principio. En sus redes selectivas y mortíferas injustamente van quedando a la orilla del camino, en la zona roja del fracaso escolar, multitud de estudiantes deseosos de competir en la vida y con ansias de superarse. Jóvenes que se ven sorprendidos en el laberinto de mil complejos sistemas de enseñanza, de teorías inalcanzables y de procesos evaluativos totalmente autárquicos y arbitrarios. El bachillerato tradicional, incluido el curso de orientación universitaria -curso que de orientación sólo tiene el nombre y la prueba de selectividad que es el último tamiz de la pirámide selectiva, solo puede dejar en el proceso educativo un grupo de privilegiados o superdotados que nunca coinciden, ni con los mejores estudiantes, ni con las mejores personas, olvidando totalmente a los miles de seres humanos que han ido quedando descolgados del sistema por mecanismos extra educativos.
Además el bachillerato tradicional es un plan de estudios que no conduce a ninguna parte. No tiene ninguna función social. Ofrece una especie de cultura general que sólo sirve de trampolín para saltar a los estudios superiores, para entrar en esa misma universidad que tiene también sus esquemas de estudios petrificados en su cómoda autonomía y en sus añoranzas seculares. Un estudiante que termina hoy su bachillerato poco más consigue que un certificado de notas y un diploma que le servirá únicamente para amontonar entre sus papeles personales por si alguien lo solicita como requisito burocrático para cualquier trámite oficial o para adornar la pared de su estudio. No es práctico el bachillerato tradicional, carece de funcionalidad específica, es denostado clasista, muy poco democrático, creado en función de las necesidades de una sociedad que ha cambiado mucho, puesto al servicio de unas carreras universitarias también poco actualizadas y metido en unos moldes conservadores, en un proceso de inercia tan profundamente arraigado que ni los mejores proyectos reformadores podrán fácilmente romper su perezosa e infecunda atonía. La organización del bachillerato tradicional esta adormecido en los laureles de su vieja institucionalidad, ciego y sordo a las exigencias que imponen los nuevos tiempos, que requieren las nuevas generaciones estudiantiles que caminan arrastradas por la corriente vertiginosa y cambiante que ofrece la sociedad actual
En varias ocasiones ya los estudiantes, e incluso los profesores, han saltado a la calle exigiendo sus reivindicaciones. Las banderas representaban posiciones muy diferentes. Desde la supresión de las pruebas de selectividad de unos hasta el aumento de sueldo de otros, desde la calidad de la educación hasta el código de derechos de los alumnos. Un cúmulo de cosas que acaso no tenían tanta importancia en su formulación concreta como en la significación global de las protestas. Las estridencias suenan donde hay piezas que no funcionan. Los mismos rótulos de las pancartas que recorren las calles son solo alarmas epidérmicas de una institución desorganizada por dentro, son a veces manifestaciones inconscientes de un malestar estudiantil reprimido, de un deterioro educativo generalizado, la conciencia social descarnada del fracaso escolar, que todavía no ha encontrado la fórmula socializada para llamar las cosas por su nombre. Y los analistas del fenómeno estudiantil debieran tener muy presente sus gritos de protesta, que por su sinceridad, por su profunda sensibilidad para detectar la injusticia, por su libertad ante las posiciones interesadas y comprometidas de todos. Posiblemente no tenían muchos recursos retóricos; pero señalan la verdadera realidad de las cosas. Posiblemente ellos mismos no entiendan dónde están los verdaderos males; pero evidentemente acusan los defectos del sistema. Ellos han protestado contra las guillotinas en masa, latentes en el proceso, contra los números cerrados, contra el examen de selectividad.
Y evidentemente no les falta razón. Concretamente la prueba de selectividad, dentro de toda una larga competencia de obstáculos a lo largo de la carrera, en realidad no es más que un nuevo golpe de timón manejado a gusto de unos presupuestos institucionales indiscutibles que poco tienen que ver con los intereses de los alumnos. Las pruebas de selectividad son redundantes, masoquistas, discriminatorias, elitescas, y movidas con criterios de selección ajenos al desarrollo cultural y a la formación de la juventud. Ya el mismo nombre señala esas absurdas connotaciones discriminatorias y clasistas que dejan todos los anos a multitud de estudiantes en la cuneta del fracaso escolar o en el refugio igualmente frustrante de la Formación Profesional. Evidentemente la educación de un pueblo no puede reducirse a un trabajo hercúleo y progresivo de salto de obstáculos en círculos cada día más asfixiantes, ni puede ser una competencia olímpica en la que corren todos los estudiantes y sólo algunos pueden conseguir el privilegio de llegar. La educación de un pueblo debe tener unos parámetros inmensamente más amplios porque la educación es para todos, el precio que se impone es arbitrario, es un esfuerzo inútil y caprichoso, opuesto precisamente al derecho que todos hombres tienen a participar en la cultura.
Los alumnos de bachillerato han superado exitosamente con anterioridad todos los cursos precedentes, poseen ya un currículo escolar que les acompaña como una sombra a todas partes, tienen un libro de notas que refleja las tendencias del estudiante. Todo eso debería tenerse en cuenta tanto en las evaluaciones generales de fin de ciclo, como en el momento de acceder a estudios superiores, como en cualquier otra opción que les pueda ofrecer la sociedad. Los nuevos obstáculos de la selectividad, realizados además sin ninguna garantía de una pretendida objetividad que no existe por ninguna parte, son totalmente inútiles e innecesarios. Si existe la intención, expresa o tácita, de desplazar la población estudiantil por otros caminos que no sean los de la cultura, no se debería tomar el pretexto de nuevas masacres estudiantiles innecesarias para realizarlo, ni omitir el problema del bajo nivel cultural de nuestras masas populares, ni la frustración de miles de estudiantes que deben morder la rabia de un fracaso que les ofrece un sistema mal organizado y de paso intentar un proceso mas racional y humano que el que esta en vigencia. Si el problema se encuentra en la insuficiencia de cupos universitarios, en los números clausos de las universidades, en la carencia de centros suficientes de estudios superiores, también se deberían esclarecer las cosas, aumentar los presupuestos educativos, construir nuevas estructuras docentes, abrir las puertas de la cultura y borrar esos pretendidos niveles selectivos que solo sirven para crear obstáculos y frenar injustificadamente la expansión de la cultura.
La experiencia enseña que no siempre las inteligencias más brillantes o el elevado coeficiente intelectual de un alumno en el nivel medio, son garantías de éxito en el plano universitario ni mucho menos en el aspecto profesional. No se pueden borrar las diferencias existentes entre el nivel intelectual y la aptitud personal de cada estudiante, entre su facultad intelectiva y su comportamiento humano. Diferencias que son fundamentales en la orientación vocacional y profesional; pero que apenas tienen algún significado en el sistema evaluativo. Los criterios evaluativos de la educación española es un caos, es la jungla, es el capricho, la venganza, el resentimiento, de cada profesor. Se reduce a marcar un dígito en las actas del curso que en el mejor de los casos señala una relación de conocimientos más o menos asimilados en un tiempo determinado, acaso un mayor o menor grado de contenidos mnemotécnicos y memorísticos de poco valor formativo, acaso una mayor o menor porción de facilidad y brillo externo de muy poca importancia humana, y desde luego una cantidad grande de valoración subjetiva y aleatoria que lo hacen todavía más injusto. Un ejercicio para adivinar los gustos, hasta las escalas de evaluación que cada profesor impone a su completo arbitrio y de forma totalmente injusta e ilegal.
No existen criterios suficientes de evaluación -ni intención de que existan- que permitan controlar ya desde abajo las señas de identidad del peligroso, inteligente y brillante futuro delincuente social y salvar del fracaso escolar la mediocre rentabilidad intelectual del laborioso, constante, deslucido y nunca brillante estudiante medio español que ha de ser el honrado y magnífico profesional del mañana. Son sutilezas evaluativas que se han perdido durante mucho tiempo en la prepotencia administrativa y la apatía funcional de nuestras instituciones con el consiguiente perjuicio de la institución y los individuos que ella arrastra. Si en todo caso hubiese que realizar alguna prueba de ingreso, cuestión que no se ve muy clara por la naturaleza abierta que deben poseer nuestros modernos sistemas educativos, ésta debería prepararse con criterios mucho más científicos, en forma mucho mas objetiva, verificable en todo momento, comprobable, sin margen a la manipulación, con el menor porcentaje posible de subjetividad, ajena a los juegos aleatorios y al tráfico de influencias -que es la eterna tentación de los poderes fácticos de esta tierra- y orientada no tanto a comprobar el grado de memoria de un sujeto sino la personalidad humana que, a fin de cuentas, es lo que verdaderamente importa. Nadie puede inventar una escala evaluativa que no vaya desde el cero al diez, y esto se hace. La valoración debe tener graduaciones intermedias entre el todo y el nada. Las preguntas deben ser claras y con una clave previa de valoración de tal forma que se puedan verificar. Las pruebas deben ser corregidas y verificadas los errores, debe existir control sobre la formulación de la prueba, sobre su nivel y puede ser reclamada. No valen ni los aprobados colectivos por injustos ni los suspensos masivos. En clases normales donde los suspensos son mayoritarios, algo no funciona mal en la evaluación o en la enseñanza o en el nivel o en la forma de aplicar las escalas de valor. ¡Cuántas facturas del fracaso escolar deberían cobrarse a la anarquía de los sistemas evaluativos de nuestra educación media!
En todo caso, el concepto de una nueva sociedad, moderna, democrática, abierta a la cultura, exige también un régimen de estudios en libertad, sin trabas impositivas, sin prepotencias ni monopolios. Se imponen institutos y universidades sin tantos filtros, sin tantos obstáculos, donde el sistema de autoeliminación puede funcionar espontáneamente a lo largo del año escolar mucho más en relación con mecanismos de responsabilidad y elección voluntaria que por procedimientos de expresión o separación forzosa impuesta desde fuera. Cualquier método que implique la libre determinación del alumno tanto en la elección de su carrera como su permanencia en ella, dentro de un contexto de autocontrol racional, será infinitamente más rentable y pedagógico, más humano y democrático, que esas dramáticas decisiones que se hacen a final de carrera, como sentencias de muerte, en nombre de unas décimas numéricas de una supuesta valoración objetiva.
La rama de Formación Profesional es otro de tantos proyectos que por ahí andan siempre en intentos de reforma administrativa que nunca cuajan en nada a pesar de su grave deterioro. Su reforma nunca ha pasado de simples promesas que solo están sirviendo para dejar siempre todo igual. Todo el mundo reconoce que esta rama del sistema educativo está enferma, que sus piezas no funcionan. Hoy por hay lo mas interesante de la Formación Profesional es precisamente ese bello nombre que responde a una realidad vacía. Dentro de una sociedad moderna, con un progresivo desarrollo técnico e industrial, en plena actividad económica y laboral, en una sociedad pluralista y competitiva, frente al desafío europeo, al hablar de educación, del único tema puede hablarse con justicia es de la Formación Profesional. Sin embargo, su realidad actual es otra, su funcionamiento interno, su verdadera función social, educativa y laboral, es completamente diferente. Lógicamente debería ser una alternativa correspondiente, paralela, tan digna y prestigiosa como el Bachillerato tradicional. Las diferencias entre las dos ramas deberían situarse únicamente en las aptitudes y tendencias vocacionales del alumno y en las exigencias y demandas laborales de la sociedad. Tanto las tendencias vocacionales internas de cada alumno hacia una actividad u otra, como las exigencias de una sociedad eminentemente técnica, laboral, polimórfica, como es nuestra sociedad actual, son de por si magníficas razones para destacar la importancia que debe recuperar la auténtica Formación Profesional, incluso magnificarla por encima de la opción del Bachillerato que solo es la corbata de los ricos para entrar en una anacrónica universidad.
Existen dos obstáculos que deterioran cada día más esa deslucida imagen de la Formación Profesional vigente. En primer lugar existe una discriminación formada en la matrícula de estos centros que es la causa principal del desprestigio en que han caído, tanto los alumnos que estudian alguna de sus opciones, como los mismos profesores que trabajan en ella, como la propia institución educativa. El alumno que no puede terminar adecuadamente su Formación Básica, por las causas que sean, huye espantado de los grupos escolares, se refugia en los centros de Formación Profesional porque sus puertas están tan desmesuradamente abiertas como están herméticas las del Bachillerato. Los centros de Formación Profesional se llenan de prófugos de Educación General Básica y pocas veces se cumple la necesaria y espontánea elección profesional. El salto a estos centros a veces se realiza con un vacío de dos o tres años que difícilmente se podrá recuperar ni siquiera con los pretendidos cursos de nivelación o compensatoria.
En el Bachillerato han quedado "los buenos" estudiantes y en la Formación Profesional están "los malos", los que han tenido problemas en los últimos años, los de bajo rendimiento escolar, los que ya no están seguros de sus posibilidades estudiantiles. Y este problema se refuerza cuando el alumno se encuentra en los centros de Formación Profesional con un nivel de estudios totalmente teórico, abstracto, no menos difícil, ni muy diferente de los que se ofrece en Bachillerato. Su ilusión de una opción profesional, diferente, más práctica, más activa, de corta duración, más cercana a la vida, más conforme a las cosas que se hacen que a las cosas que se piensan, esa ilusión se frustra cuando encuentran en la Formación Profesional las mismas frías clases de antes, el mismo grado de abstracción, el mismo nivel intelectual, la misma ausencia de sentido práctico, la misma carencia de laboratorios y talleres, la misma separación entre la vida y el trabajo. Poca diferencia existe entre las enseñanzas impartidas en un centro profesional y un centro de Bachillerato, fuera acaso, del nivel educativo que necesariamente impone la forzada selección de unos y otros alumnos. La Formación Profesional no ha comprendido nunca el sentido práctico de la vida, el sentido funcional de las cosas, el sentido social y laboral, la diferencia que hay entre los objetos que se definen y los objetos que se fabrican.
Hablar en este sentido de un alto porcentaje de alumnos desertores, revisar las desconcertantes estadísticas de las malas notas, constatar los problemas del bajo rendimiento y los conflicto que todo ello origina a alumnos y profesores, seguir contemplando el deprimente espectáculo de alumnos que renuncian forzosamente a la educación a la que tienen perfecto derecho, oír las quejas de una sociedad que reclama cada día profesionales más eficientes o presenciar todos los días el patético cuadro del fracaso escolar, no debería impresionar a nadie. Las cosas no funcionan porque no hay condiciones suficientes para que funcionen. Las buenas intenciones para resolver el problema de Formación Profesional no son suficientes y los grandes fallos de una estructura no pueden resolverse poniendo remiendos. No será mucho intentar siquiera la reforma de un sistema evidentemente discriminatorio y falso que hace categorías de estudiantes en "buenos y malos", que hace a sus profesores gente de segundo orden, que hace a sus programas totalmente inadecuados, a los alumnos los convierte en víctimas, y a la Formación Profesional en opinión educativa totalmente infecunda en medio de la sociedad que la sostiene.
Las dimensiones científicas y técnicas de esta sociedad profundamente diversificada, sumergida en valoraciones económicas y de efecto práctico e inmediato, hacen que los proyectos futuros de las enseñanzas medias se deban centrar más en el campo de la Formación Profesional que en las viejas opciones de Bachillerato tradicional, que cualquier reforma que se intente en la enseñanza media debe mirar mucho más a la Formación profesional que a los teóricos enfoques del Bachillerato a ultranza y que si en el futuro ha de mantenerse algún nombre significativo, que exprese lo que tiene que ser la nueva educación, necesariamente debe ser el nombre de Formación Profesional. Con mucha frecuencia, cuando las grandes instituciones se planifican mal, cuando ya el roce del tiempo las va haciendo inservibles, cuando acaso se descubren los errores de la improvisación y una equivocada planificación, cuando la sociedad educativa cae en la cuenta que la sentina de la estructura docente se esta llenando de agua, ante el reconocimiento ineludible del naufragio inminente, surgen los intentos inútiles y esfuerzas tardíos en colocar parches y remiendos a unas filtraciones que ya lo inundan todo.
Para todos esos alumnos que llegan a los centros de Formación Profesional rebotados de la Educación General Básica, o del Bachillerato, acaso con la marca de eternos repitientes dentro del propio centro, cargados con la etiqueta de su bajo rendimiento y con la rabia por dentro de su frustración, se han creado cursos de compensatoria o nivelación al margen del sistema, cursos correctivos que pueden paliar el problema de la marginación de un importante número de alumnos con una fuerte carga de horas en ciertas áreas básicas de la formación humana; pero nunca podrán evitar la situación permanente de alarma que afecta a la organización escolar que desencadenan estas situaciones. Se trata de soluciones provisionales que en realidad no resuelven nada. Este grupo de alumnos llegan a la Formación Profesional con unas deficiencias formativas importantes, no han terminado la formación básica, o la terminaron en forma muy deficiente, carecen de los hábitos de lenguaje imprescindibles para estudiar y pensar, están totalmente desorientados en su elección profesional y sus intereses particulares están muy alejados de las ofertas prácticas que el actual sistema puede ofrecerles. El curso de compensatoria funciona en tan malas condiciones que su desarticulación del sistema nunca se sabe si es problema del bajo nivel cultural que arrastran crónicamente de los niveles más bajos, o de falta de una planificación adecuada de las enseñanzas, o es un problema de una organización alienante que entra de lleno en la educación especial. Estos alumnos se coloca al margen del sistema educativa normal, no se sabe si son alumnos de primaria instalados en clases de educación media o par el contrario son alumnos de educación secundaria con niveles mentales de la educación primaria. Sus estudios en compensatoria no tienen ningún reconocimiento oficial, no recibieran ninguna respuesta a los estudios que realizan, ningún papal que los acredite, ni siquiera el graduado escolar. En realidad no es otra cosa que un parche mal aplicado a una estructura educativa que no funciona. Otro de los aspectos que hablan claramente del fracaso escolar, de la mala organización docente y del reto desafiante a la reconversión educativa.
El esquema de la reconversión educativa está ya en marcha con una anuencia de los sectores muy generalizada. Acaso la planificación de las enseñanzas no universitarias dentro de un nuevo cuadro estructural más amplio, mas funcional, mas diversificado, mas en sintonía con las exigencias sociales, mas de acuerdo a los verdaderos intereses humanos de los educandos, más sincronizados con los esquemas de estudios europeos, como se insinúa en las tentativas que se están realizando, puedan darnos la tendencia de la reforma y acaso despertar la esperanza. La experiencia está ya realizándose en determinados centros que por esa misma razón se están denominando centros experimentales. Y es de suponer que el proyecto reformador se haga con mas claridad, con más decisión, con un mayor análisis de la realidad educativa, con una voluntad político macho más efectiva que la que está presidiendo los proyectos reformadores en los institutos de la reforma.
Los centros de la reforma en Galicia, hasta el día de hoy, han sido la experiencia más desalentadora que pueda darse en educación. Aquí ha llegado la idea de la reforma, se ha sembrado a boleo desde las esferas burocrática en algunos centros, a veces, con tonos políticos más que docentes, desprovista de todo tipo de motivación precedente, en el vacío absoluto de componentes ideológicos, al arbitrio de la iniciativa privada, impulsada acaso con algunas resonancias miméticas llegadas de otras autonomías del Estado. Los profesores entran en ella todos los años renovados -el cambio de centro es lo único que renueva en Galicia- y diferentes a los centros experimentales como consecuencia del tradicional y caótico reparto del profesorado por arte de carambolas sin la menor idea de los problemas que se cuecen en la reforma. Los alumnos quedan atrapados en ella simplemente por falta de información, porque no saben en lo que se meten, porque no existen más opciones, y en todo caso, ignorantes totalmente de las experiencias buenas o males que van a sufrir. La administración educativa, desde Madrid o Santiago -que para el caso es lo mismo- sigue ausente totalmente a todo el proceso de la experiencia. Cuando surgen las dificultades allí nunca nadie sabe de nada ni tiene ideas de nada. Se trata de experimentar un nuevo sistema educativo que nadie sabe en qué consiste. Se trata de reconvertir un orden sin ideas previas, sin programas, sin métodos, sin saber lo que funciona bien y lo que funciona mal, se trata de hacer una camino que nadie conoce su destino.
Y en tal forma suceden las cosas en los centros experimentales que todo se reduce siempre en dar vueltas a las mismas cosas, a recorrer los mismos caminos, a prolongar las mismas realidades modificando solo su nombre. Es posible que la experiencia realizada hasta el presente sirva solamente como frontera negativa de lo que no debe que repetirse de nuevo. Incluso, para no separarse macho de la arquitectura tradicional se ha puesto en la experiencia, a los alumnos de la reforma una criba selectiva de final de ciclo semejante a la del bachillerato. Sólo diferencia de nombre. Lo que allí se llamaba selectividad, ahora se llama prueba homologada. Con ello, muy lejos de aclarar situaciones, los conflictos se agravan todavía aun más. Nadie puede pretender justamente una homologación válida de conocimientos donde no se ha homologado previamente un proceso. No se puede pretender una homologación de resultados, dentro de un contexto de enseñanza totalmente desmarañada, donde no ha existido equiparación de programas, donde no existen objetivos concretes, donde no existe una metodología específica, donde toda la instrumentación docente es producto de la iniciativa particular, donde cada profesor anda su propio camino, donde cada centro realiza en solitario su propia andadura docente, donde nadie lleva el control de nada.
Sobre esta base, cualquier resultado que puedan ofrecer las pruebas realizadas en Santiago, será efecto de pura coincidencia, un testimonio más de la incapacidad administrativa para hacer una planificación inteligente de todo el sistema, y un nuevo empeño en resolver los problemas estudiantiles o culturales del pueblo a través de viejos mecanismos obstruccionistas y obstaculizantes. Es una nueva tarea inútil. La prueba ni tendrá ningún valor objetivo para valorar el conocimiento relativo de los alumnos dadas las malas condiciones científicas en que se realice, ni la eficacia docente de los profesores para cada uno pudo haber seguido tranquilamente su propio camino y edemas es un problema que no interesa a nadie, ni desde luego merece la cantidad de sacrificio humano que, como chivos expiatorios de un sistema defectuoso, tendrán que pagar impunemente los alumnos españoles que son los eternos sufridores del actual sistema docente.
La educación infantil, el cuidado de los primeros años del niño, acaso los más decisivos en la formación humana, a decir de la sicología infantil, nunca en este país ha merecido la atención de ningún organismo oficial. Si la educación de un niño comienza cincuenta años antes de su nacimiento, si la mente humana determina sus potencialidades adultas en los ocho primeros años de la infancia en un alto porcentaje, ya se entiende la situación real de la vieja estructura educativa. Por ahí andan las guarderías, las casacunas, los kínderes, a merced de todas las iniciativas privadas al margen de todo el sistema educativo y sin ningún control oficial sobre allá. Bueno parece que en el nuevo marco reformador, por lo menos en teoría, aparezca el espacio de educación oficial en los seis primeros y decisivos años de la infancia.
La Educación General Básica está funcionando en ocho largos años, en buenas, aunque cuestionadas, concentraciones escolares, en importantes núcleos de población. La instalación material no es lo que peor funciona de esta rama educativa. Pero la masificación, la carencia de estímulos, acaso el virus endémico de los organismos oficiales, sean ya la causa de la atonía, de la ineficacia, del bajo rendimiento, de la falta de base suficiente y de la sombra del fracaso escolar que se cierne ya desde los primeros años en la mente de los niños. Las promociones de esta rama pasan a la educación media con deficiencias insuperables, con difíciles limitaciones de lenguaje, sin hábitos creativos, sin intereses y motivaciones de ningún tipo. Posiblemente la reducción de los cursos de primaria y el impulso que pueda recibir esta área pueda recuperar la importante función básica que le corresponde en la educación. La dislocación entre educación media obligatoria en cuatro años, y el bachillerato diversificado de dos años en diferentes opciones, Humanístico, Ciencias Naturales, Técnicas y Artes, y la formación profesional básica y específica estructurada en diferentes módulos y los mismos centros docentes puede ofrecer un buen marco para recomponer los estudios no universitarios que hoy andan muy desorganizados. Se ha repetido muchas veces que el proceso se realiza con la implicación de todas las fuerzas sociales y la colaboración de todos los sectores sociales. Es buena garantía de éxito y muestra de realismo democrático.
La administración tiene siempre en frente la permanente tentación de su omnipotencia y comportamientos autistas que la llevan a hacer y deshacer las cosas en el completo silencio de su infecunda y todopoderosa burocracia. La reforma de las estructuras educativas deben realizarse en contacto con todos los sectores que están implicados en ella, debe partir del análisis profundo del estado real de la nueva sociedad, debe contar con las situaciones concretas de los jóvenes estudiantes que viven inmersos en esta nueva realidad social, debe tener en cuenta la experiencia y la voz autorizada del profesorado, los padres de familia, la sociedad entera que vive en carne viva los problemas del mismo, debe incluso tener presente las dimensiones universales, unitarias, cósmicas de la cultura y el derecho que todo hambre tiene a participar en ella como conquista y herencia legitima de todos los hombres. Las reformas que no se encarnan en la conciencia del pueblo y se planifiquen en su ausencia no pasaran nunca de un simple ejercicio de buenas intenciones. De ahí que la reforma de la conciencia popular debe preceder o al menos andar de la mano de todo proyecto reformador. Además por encima de estos aspectos estructurales, organizativos de marquetería, están los aspectos cualitativos de la educación que iremos analizando en los capítulos siguientes.
No hablamos de la educación universitaria española que es otra materia pendiente en el sistema educativo español. La universidad con su pedante e inútil autonomía universitaria anda por la sociedad española como el niño listillo del colegio que presume de mucho y no tiene nada. Más bien produce risa. No se entiende una autonomía absoluta dentro de de otros estados soberanos que tiene la obligación de cuidar el bien común, el buen funcionamiento de otras instituciones incluidas las universitarias. Ha buscado un nivel privilegiado de exención y lo han conseguid. ¿Quién a los rectores universitarios? ¡Y cuidado que los hay malos! La autonomía ha matado el entusiasmo creativo de la competencia, hay creado oligarquías docentes, nepotismo en el profesorado, no cuenta ni el trabajo, ni los méritos, funcionan dentro de viejos parámetros, hay muchos autocratismo por parte del profesorado, peor incluso que en los centros de enseñanzas medias, escasa voluntad de mejorar, poca posibilidad de reforma y la pervivencia de un estilo medieval de funcionamiento totalmente ajeno a las exigencias del tiempo y plan de superación. Casi como entonces cualquier fermento innovador se presume subversivo y rechazable; la indolencia crece y el sopor del sueño crece con peligro mortal sobre esa injustificada autonomía universitaria.
CAPITULO 6
LA CALIDAD DE LA EDUCACIÓN
Quedan expuestos algunos aspectos de la organización escolar vigente que se debaten entre el progresivo deterioro de su mal funcionamiento y las esperanzas luminosas que ofrecen los esquemas de la reforma que se está preparando. La estructura externa de la institución escolar no es toda la educación ni siquiera la parte más importante de ella. La cáscara externa del sistema docente es un elemento tan importante en su ensamblado general que no podría entenderse un sistema organizado de enseñanza sin ella. Pero también debe entenderse que todo este complejo andamiaje externo sería completamente inútil sin la fuerza matriz y el impulso inferno que va por dentro. Hemos hablado de la educación vista desde fuera. Hemos estado en la arquitectura social, en la relación orgánica de sus diferentes estratos, acaso enfatizando en demasía los elementos arquitectónicos de la educación, tratando de encontrar los puntos negros del auténtico fracaso escolar precisamente donde nunca se han perdido. Los verdaderos problemas docentes de la educación española no están en la cáscara externa de la educación, sino en sus mecanismos de funcionamiento internos. No en sus cuadros generales de mando, sino en la micro estructura escolar. No en los parámetros externos de sus esquemas de gradación, sino en el pequeño escenario de los centros de enseñanza.
Es necesario reconocer que en los últimos años se han realizado muchos e importantes progresos en aspectos cuantitativos de la educación. Sólo hace falta ver la información que sobre este tema se repite todos los años en largas estadísticas, sobre el número de centros escolares, sobre el número de alumnos escolarizados, sobre el ascenso progresivo de la gratuidad y obligatoriedad de la educación, sobre el descenso del analfabetismo, sobre las subvenciones a los centros concertados, sobre la dotación de material didáctico e incluso sobre la donación gratuita de los textos escolares que ya se están prometiendo. Aunque la realidad de los hechos, cuando las connotaciones políticas se mezclan en los problemas del mundo escolar, quede casi siempre muy par detrás de las desmesuradas y las cifras de la propaganda, aunque Las condiciones de vida hayan mejorado lógicamente en todos los sectores de la vida española, aunque se tengan que admitir esos mínimos de progreso alcanzado en los países desarrollados, será necesario también constatar las grandes mejoras cuantitativas en el panorama escolar y los crecientes presupuestos, los elevados porcentajes de dinero que progresivamente se ofrecen al sector educativo cada año que pasa.
Atrás quedan, en los recados de la historia, en las cunetas del pasado, deformados por el caudal de la modernidad, los tiempos ominosos, y no demasiado lejanos, en que el acceso a la educación era solo el privilegio de los ricos, el lujo que podían disfrutar las élites de una sociedad clasista o quienes lograban conseguir la sombra de algún mecenazgo religioso o político o económico que individuos o instituciones podían ofrecer a cambio de duros pactos implícitos que comprometían la renuncia de la propia libertad, el sometimiento de la propia conciencia e incluso la libertad de orientar su propio destino. Un precio muy elevado de la cultura humana que no todos los hambres estaban dispuestos a ofrecer y ni siquiera pagándola era asequible a todos. La ignorancia del pueblo constituye además un elemento más de poder y dominio, que se mantenía celosamente, que se favorecía intencionadamente, que cubría expresamente la retina del pueblo bajo, como hoy la droga siembra toda clase de alucinógenos en la mente de sus adictos, con el propósito de mantener el estatus privilegiado de pocos. Se favorecía para mantener viva la injusticia de las instituciones muertas, para prolongar el estado de esclavitud y servilismo en todas las formas en la mente de los que ni siquiera tenía posibilidad de protestar, para que los eternos caciques pudiesen conservarse en sus puestos, y los mismos esclavos en los suyos, para mantener el infinito número de fieles y sumisos servidores de la última clase social, para prolongar las compuertas cerradas de la cultura, frente a la carcajada traidora, deshumanizante, descarada, insensible, del poder absoluto, sacralizado y omnipotente. Todavía esta imagen de la cultura como privilegio o como recurso de dominio de pocos no ha desaparecido completamente del mundo. La cultura no circula todavía libremente par los cauces de la sociedad
Todavía existen zonas de la humanidad ampliamente ensombrecidas, islotes completamente cerrados, pueblos de alta participación cultural frente a regiones de un profundo retraso. Todavía se piensa en muchas partes que la cultura es un peligro desestabilizador. Está desapareciendo el analfabetismo estadístico de casi todo el mundo, pero no remite con demasiada aceleración el analfabetismo funcional y práctico. Entre las buenas formas de la educación moderna se esfuma la incultura planificada. Es muy lento el proceso de culturización de masas. Todavía en las conquistas culturales existen materias reservadas y la penetración de la luz se está abriendo caminos con mucha dificultad. Todavía se entiende difícilmente que la cultura es el único camino que puede hacer libres a los pueblos, que la libertad humana no es un regalo generoso de los dioses políticos de turno, ni de la publicación de un código diferente de nuevas leyes, ni de una reforma estructural del sistema educativo, sino una herencia viva de la humanidad que acapara absolutamente unos y se niega completamente a los otros. Que el hombre actual tiene derecho a sumergirse libre y espontáneamente en ella sin restricciones ni limites. Solo la posesión interna, la asimilación, la interiorización completa por parte del hombre, su bautismo por inmersión total en allá, puede hacer verdaderamente libre a los hombres y a los pueblos.
Se ha mejorado mucho en el aspecto cuantitativo, periférico, externo, material, de la educación. Y es precise conceder importancia a este hecho. Porque sin este entablamento externo de naturaleza física, material y numérica, sin institutos, sin centros escolares, sin dotación educativa, sin una adecuada maquinaria administrativa, sin unos presupuestos suficientes que compensen el trabajo docente, no podría realizarse el proceso educativo ni bien ni mal. Ni en la escuela privada ni en la pública, aún reconociendo que en esta dirección existe macho camino por recorrer, insistimos que el verdadero problema de la educación española no puede asentarse hoy exclusivamente en el aspecto cuantitativo sino en el nivel de su calidad. No en el aspecto cuantitativo sino en el cualitativo. El tejido cancerígeno de la educación en este país no reside en la cuantía de presupuestos, ni en el número de centros escolares, ni en las estadísticas que se presentan como indicativos de la realidad docente, ni en la homologación estructural de los ciclos con los demás países europeos, porque todos estos elementos afectan a la educación por fuera, a la epidermis del sistema, al caparazón administrativo. Lo grave es precisamente que en este sector de la educación se consumen los grandes y pequeños recursos económicos de la enseñanza y las mejores preocupaciones de los impulsos reformadores, cuando en realidad el propio proceso educativo, la parte nuclear de la educación, la educación en sí misma, el sector más negro, deprimido y sangrante, el movimiento interior de la clase, las convulsiones que a diario se realizan dentro de los centros escolares entre profesores y alumnos, y conforman las primarias y decisivas causas del fracaso escolar, casi siempre quedan en las zonas marginales más confusas e imprecisas de los proyectos reformadores.
No puede olvidarse que el verdadero drama de la educación se halla precisamente dentro de las cuatro paredes de una clase, en los contenidos escolares que se remueven cada año en mil formas diferentes ante la mente desconcertada de los alumnos que no se enteran, en la presentación de unos programas elaborados en el lejano y ajeno mundo de las oficinas burocráticas, en las metodologías docentes que no interesan a nadie, en las relaciones entre profesores y alumnos que no siempre son las mejores, en el concepto que cada uno de estos dos colectivos, alumnos y profesores, se ha fabricado sobre el otro, en la funcionalidad de la enseñanza como elemento formativo del ser humano, en las motivaciones individuales o colectivas que subyacen en el mundo inconsciente de los alumnos y profesores que la protagonizan, en los caóticos procesos de evaluación de los alum nonos, en la carencia de criterios y valoraciones, en los anacrónicos sistemas de preparación y selección del personal docente.
No son, ni pocas cosas, ni de poca importancia. Será acaso porque este aspecto educativo se refiere casi siempre a elementos imponderables y menos exactos que las grandes demarcaciones estructurales o porque existen arquitecturas viejas que paulatinamente se han ido convirtiendo en tópicos intocables reacios a los embates reformistas o porque todavía son los baluartes protectores de anacrónicos privilegios o inexpugnables feudos de poder político o símbolos de las diferencias cromáticas de la sangre entre unos seres humanos y otros o reminiscencias de prestigiadas categorías sociales, de viejos ordenamientos estamentales o representación de intereses particulares propios, que conviene mantener por encima de todo. Lo cierto es que este terreno de la educación, el enfermizo mundo de una clase, la anémica vida del trabajo escolar, ese santuario donde se elaboran los verdaderos problemas educativos, queda siempre flotando en un espacio de nadie, en una zona neutra donde no llegan nunca ni las leyes, ni los reglamentos de educación, ni los proyectos reformadores que tanto empeño están ofreciendo en remozar las estructuras educativas, ni tantas otras tentativas renovadoras de la educación, tanto de ámbito nacional como de carácter autonómico, tanto en lo público como en lo privado.
Lo cierto es que las alarmas rojas de la educación española, la raíz amarga de la gran parte de los problemas de la enseñanza, donde resuena precisamente esa tremenda sensación de fracaso que vive toda la comunidad educativa de este país, reside precisamente en la calidad educativa, en los procedimientos pedagógicos empleados en clase, en el clima que se respira en el aula. Es ahí donde reside la parte medular del problema, el núcleo de la cuestión. Al fin de cuentas los demás problemas se pueden solventar a golpe de dinero, a fuerza de un reajuste de unos cuantos millones del presupuesto que pueden oscilar hacia arriba o hacia abajo. El drama se simplifica invirtiendo unas cuantas partidas inertes de dinero en becas, en transportes escolares, en libros de texto, en la construcción de nuevos edificios de enseñanza, en un pequeño aumento de sueldo, en unos convenios colectivos que se saldan al final con unas concesiones que de unos que benefician a otros, tirando y alargando la cuerda, como si el tema educativo se simplificase en ofrecer y recibir limosnas que los señores conceden a los vasallos para adormecer una vez más sus conciencias y dejar siempre las cosas en el mismo sitio. La mayoría de las veces no es más una operación política de buena imagen que en el festín de unos cuantos adornos todo el mundo queda contento. Para celebrarlos hasta se hacen fiestas triunfales como si la solución de una pequeña escaramuza implicase el final de una guerra de amplias proporciones. E1 verdadero problema de la educación, ese conjunto de elementos que apenas se pueden medir y pesar, porque no son cantidad sino calidad, porque son piezas imponderables que sedimentan silenciosas en la conciencia del sector educativo con dificultad para cuantificarlos en forma científica. Ese conjunto de elementos que dan calidad a la educación queda siempre pendiente en todas las reformas.
La vulnerabilidad de la educación española es por lo tanto un problema de calidad y escaso rendimiento, un problema de ineficacia, un problema de falsificación y adulteración de los procesos docentes macho más que de marquetería, de efecto externo o de grandes recursos económicos. Será acaso porque penetrar en el denso clima que se respira dentro de las clases con normas y reglamentos, intentar controlar el proceso docente en su interioridad, nunca puede resultar una cosa fácil. Pocas veces se ha hecho. No es de extrañar que la fachada externa de la organización escolar empiece a parecer ya demasiado grande para la poca eficacia interna que lleva por dentro. La imagen de una escuela ineficaz, apática, indolente, alejada del flujo vital de la sociedad, que no calienta el nivel cultural del pueblo, que no refluye en las condiciones de vida de la sociedad que la alimenta, debe ser preocupante para todos. Una educación que nunca en este país ha sido capaz de producir condiciones científicas y técnicas que son el legítimo orgullo del floreciente espectáculo del mundo civilizado moderno de otros muchos pueblos vecinos frente a la indiferencia del nuestro, no puede ser una buena educación
Una educación selectiva que va decantando drásticamente del proceso educativo de millones de estudiantes en mares infinitos de frustraciones que no tienen fin, en riadas de desencanto y el deseo de saber que no pueden realizarse, en mares de impotencia absoluta en sus deseos de participar en los bienes de la cultura universal, no puede ser una buena educación. Una educación que no es capaz de romper esas densas capas de incultura hereditaria que todavía obnubila la mente de los hombres de nuestros medios rurales que se mueven entre lo absurdo y lo racional, entre los instintos primarios y los prejuicios sociales, entre la tiranía de los mitos y la alienación colectiva, no puede ser buena. Una educación que genera un analfabetismo funcional muy generalizado incapaz de hacer la vida del hombre un poco más humana y feliz cada día, no puede ser una buena educación. Una educación orientada a mantener intocables los templos de los viejos fetiches populares que se cobran el tributo de viejos fanatismos, intolerancias e intransigencias que, a su vez, dificultan los comportamientos pacíficos de convivencia y generan muchos conflictos populares, nunca puede ser una buena educación. Una educación que se llena de orgullo y pedantería precisamente en su ignorancia, que desconoce que en el resto del mundo existen otras fronteras diferentes, otros hombres que hablan otras lenguas, otros pueblos que tienen costumbres distintas, que existen otros seres con sentimientos propios, es una educación deficiente. Una educación de puertas cerradas, una educación que es dogmática y no ofrece a las demás opciones culturales el mismo respeto que se atribuyen a las propias, no puede ser una buena educación.
Una escuela incapaz de romper la costra pétrea y callosa de las costumbres sociales conservadoras que atenazan constantemente la espontaneidad creativa del hombre, que amordazan la libertad individual entre las mallas de los convencionalismos superpuestos, no puede ser una educación de calidad. Una escuela que no es capaz de redimir al hombre frente a los atemorizantes mitos de antaño, frente a las superestructuras éticas, nacionalistas, racistas, que todavía sobreviven asentadas en la profundidad de los pueblos, frente al dragón interno de su propia ignorancia, no puede ser una buena escuela. La ignorancia es el arma más peligrosa que se sumerge en la inconsciencia de los pueblos y la mejor trampa que puede ofrecer a sus dueños para mantenerlos sometidos. Solo la cultura puede crear el sentimiento de la auténtica libertad humana y resolver los conflictos, que pueden generar los individuos y los pueblos La naturaleza de una educación que produce estos frutos, por muchos presupuestos que consuma en su funcionamiento, no puede ser una buena educación. Pues esa es el panorama que ofrece nuestra educación actual, la parte posiblemente más doliente de la sociedad y el reto más descarado a los esfuerzos de renovación.
No está el conflicto en la macro-estructura escolar. No está el problema en la corteza exterior. Está en la pequeña dimensión de un aula. El recinto de clase, ese pequeño y, a menudo, grande mundo de clase, con mucha gente y escaso de vitalidad; ese círculo cerrado donde conviven profesores y alumnos la mayor parte del día, es el verdadero punto débil del sistema educativo. Ahí precisamente, en ese mundo del aula, es donde se fraguan los mayores conflictos de la educación y las peores consecuencias en los procesos del aprendizaje. Esa aula que debiera ser un laboratorio de ilusiones, un generador de optimismo, de creatividad, de ciencia, de espíritu de superación, de aliciente para la vida, un despertador de inquietudes y posibilidades, una gran parte de las veces, es la guillotina de las mejores intenciones, el final de las más bellas aspiraciones humanas y el principio del pesimismo y el cansancio que marcará ya definitivamente la existencia futura de muchos seres humanos. Ahí mueren multitud de de sueños que lucha por superarse y sobrevivir.
La negra sombra del fracaso se asienta en las aulas de los centros escolares españoles. E1 fracaso escolar no se hereda; es la consecuencia lógica de un sistema mal organizado. El estudiante español no posee menos cualidades naturales para el trabajo o para el estudio que otros estudiantes del mundo. El alumno español crece en un sistema educativo diferente, en un ambiente de incultura contagioso y generalizado que mutila, desde los primeros años, el natural instinto de saber e investigar tan propio de la juventud, produce aturdimiento, sentimiento de incapacidad, deserciones y fugas a otras actividades humanas y resistencias a participar en los bienes de la cultura que por derecho propio pertenece a todos los hombres. Complejos culturales que se transmiten por herencia a la conciencia de nuestros alumnos y ensombrecen ya desde el principio todo su proceso formativo.
El estudiante español, tradicionalmente resignado, tranquilo y sufrido, acaso domado por los fuertes componentes de autoritarismo que siempre ha soportado, ya ha dado algunas muestras de impaciencia, ha realizado algunas manifestaciones de protesta no siempre bien definidas y específicas. El descontento de la poca eficacia de la educación, el sentimiento del fracaso escolar, se respira en toda la sociedad española. Pero en esta voz colectiva de insatisfacción existen muchos elementos distorsionantes mezclados, una serie multiforme de concausas perturbadoras que confunden los diagnósticos precisos. El aspecto cualitativo de la educación es como las dolencias de los niños. Ellos sufren, lloran, manifiestan los síntomas del dolor y de la fiebre; pero difícilmente señalan explican los pormenores de sus males. Son dolencias erráticas que repercuten en distintas partes de un organismo eternamente dolorido acaso por los achaques inevitables de unas estructuras deterioradas por el tiempo y de muy difícil localización concreta. Los problemas cualitativos de la educación española son problemas de sensibilidad docente y pedagógica que sufre el sector más desvalido de la sociedad. A los mitos casi siempre les falta claridad de ideas para expresar la razón de sus males, y se tienen claridad de ideas, les faltan las palabras propias y si aún son capaces de hablar carecen de autoridad para que se les atienda con respeto. Sus médicos emplean un sistema de comunicación diferente de tal forma que casi nunca se entienden. Los rectores del sistema educativo que mantienen patrones valorativos de otros tiempos y presupuestos diferentes no están en capacidad de entrar en la dinámica de sus planteamientos.
En el concierto educativo todo el mundo queda muy contento cuando se inscriben los adolescentes en el colegio, cuando empieza a rodar una maquinaria estrepitosa, cuando llegan cada curso escolar el personal docente a los centros repartidos por los centros a boleo, cuando se hacen estadísticas perfectas sobre la escolaridad de la juventud, cuando se cumplen los horarios según las normas de siempre, cuando no sucede nada digno de tener en cuenta. Pues esa eterna tranquilidad que adormece en las sillas de mando a los políticos en el sueño de la apatía administrativa, es también la prueba de los organismos que lentamente mueren por asfixia. La relojería de la educación funciona bien. Y se lanzan números irrefutables de las maravillas de una educación que aparece perfecta en las estadísticas o en la propaganda administrativa; pero es abiertamente mala por los frutos porque es mala la tierra donde germina, porque son malas sus raíces, porque nadie se preocupa por lo que sucede dentro de clase, porque a nadie le interesa el mundo interno de la didáctica, porque nadie se atreve a reconocer los conflictos que allí suceden.
El educador debe tener la suficiente autonomía ciertamente para desarrollar libremente su activad escolar directa. Pero esto no implica el hermetismo total o la impunidad completa de lo que sucede dentro del aula. Ni el educador tiene carismas especiales que garanticen siempre la rectitud de su comportamiento ni la eficacia de su actividad, ni los instrumentos que en ellas emplea, ni los alumnos debieran aguantar indefinida e impunemente los posibles abusos que comportamientos erróneos pueden desencadenar dentro de clase, ni la administración puede cruzarse los brazos ajena a los problemas que se viven en este sacro recinto y reducir todo su responsabilidad a preparar un montaje magnífico externo en nuevas planificaciones dejando vigente el sórdido mundo de la actividad escolar. El recelo ante los nuevos proyectos de educación surgen precisamente aquí, en la posibilidad de que todo el entusiasmo propagandístico de la nueva educación, que los esfuerzos administrativos políticos o docentes, se simplifiquen en un mero trabajo de marquetería externa para establecer un cuadro externo de la organización escolar, que no pase más allá de cambiar el orden y el nombre de los centros, la estratificación escolar, el horario de clases y que los demás problemas se mantengan como están. El peligro reside precisamente en tomar el camino más fácil, evitar el riesgo de entrar en las cuestiones estrictamente docentes y mantenerse en la periferia del montaje educativo. La prueba de fuego de la reforma se centrará en saber entrar en esas moradas internas del sistema educativo capaces de producir vida nueva, rentabilidad práctica y eficacia concreta; saber limpiar las viejas lacras de la educación y disminuir el largo y ancho sentimiento de frustración, desencanto e incultura que el actual sistema va dejando detrás de sí en toda la nación española. Algunos de de esos problemas más doloridos los iremos tocando en los capítulos siguientes.
CAPITULO 7
EL CIENTIFICISMO EDUCATIVO
La actividad legislativa de los pueblos no debería permitir que se endureciesen las instituciones en la rutina de su ejercicio. La sedimentación de la basura y los productos de desecho que producen en su evolución biológica desgaste los seres vivos, si al mismo tiempo no entran en funcionamiento los mecanismos de limpieza, constituyen siempre un obstáculo para el desarrollo. El sistema educativo es un complejo organismo en marcha que sufre muy intensamente la acción nociva del tiempo. Cada momento específico del ejercicio docente se realiza en circunstancias sociales diferentes, que en buena lógica exigen una recomposición constante de las piezas del sistema. En España este criterio necesariamente renovador ha estado siempre constantemente frenado por intereses ajenos a la eficacia de la función educativa. Lo que podía haber sido un factor tonificante de acción creadora y reconstituyente, se convierte en un elemento perturbador y paralizante. Suponer, en efecto, que la responsabilidad administrativa termina con la presentación de un proyecto de reforma, con la creación de nuevos centros educativos, con el aumento estadístico de la población estudiantil, equivale a suponer el inmovilismo y la muerte en los organismos educativos. Equivale a destruir la naturaleza cambiante, adaptativa y móvil de la estructura legislativa y, en definitivo, dejar siempre las cosas en el mismo sitio. Si la población estudiantil española sigue descendiendo en los años próximos, como es posible que así sea, en poco tiempo sobrarán profesores, descenderán los problemas cuantitativos de la educación, esos problemas tangibles que tanto preocupan a los políticos, y por el contrario, los aspectos palpitantes de la cualidad educativa, los problemas que atañen a la educación por dentro, quedarán de nuevo sin resolver.
Después de todo, el montaje escolar vigente, con todas sus cosas buenas y malas, con todos sus vicios y virtudes, con todas sus luces y sombras, es una elaboración que los españoles han preparado y aceptado durante mucho tiempo con el beneplácito de todos, a su propia medida y como ingrediente constitutivo de su propia historia. Los procesos sociales en España andan su camino en forma muy lenta. No han existido demasiadas alternativas. Estas alternativas de los diferentes gobiernos se han dedicado casi siempre a desmantelar unos lo que planifican otros. En todo caso nunca es bueno destacar violentamente la vivienda vieja antes de haber preparado las estructuras de la nueva. Sin embargo, como testigo de una realidad evidente, como espectador y parte preocupada en el quehacer docente, haré mi reflexión sobre el problema educativo español en voz alta, consciente que mis puntos de vista pueden ser desmentidos por una opinión contraria mejor razonada, pueden estar abiertamente equivocados, no pretenden ser una visión exhaustiva del problema ni macho menos modifican la naturaleza de un sistema que está formada por piedras seculares y seguirá estando así durante mucho tiempo. Me basta ser testigo de la situación y en todo caso dudar de la infalibilidad o validez absoluta que pueden hoy tener unas pautas de conductas que solo cuentan a su favor la marca de añejo y el sello de la tradición. Mi insistencia además en la obligación que el hombre de cada época posee de participar activamente en la formación de su propia historia, equivale a protestar, una vez más, contra el vicio patrio de la pereza y recordar que la vida, toda clase de vida, en cada momento debe roturar su futuro en la forma en que lo hicieron las generaciones precedentes.
La misión de educar es una función fascinante, grandiosa, que impone una gran responsabilidad a los agentes implicados en ella. Se trata de lograr la integración del ser humano en su mundo físico y social con el consiguiente desarrollo de sus potencialidades físicas y morales puestas al servicio de su propia felicidad y el bienestar de la sociedad en que vive. Trabajo arduo y difícil. Todos los esfuerzos realizados para mejorar su calidad, para aumentar la eficacia de la función docente, para evitar la adulteración de su actividad institucional, tendrán siempre gran importancia. Y además supondrán una constante preocupación en todos los colectivos complicados en ella. En los que la reciben, porque ellos son los más afectados en el proceso, en los que tienen el deber de impartirla, porque ellos tienen en sus manos la posada responsabilidad de formar la maleable y frágil alma de la juventud y en las instituciones oficiales porque ellos tienen la misión de vigilar su regular funcionamiento.
En la realización de esta importante función pedagógica humana no es suficiente solamente querer hacer bien las cosas, no basta reconocer la grandeza de la empresa educativa, no bastan las buenas intenciones, sino lograr efectivamente resultados prácticos, reconocer los obstáculos que posee el camino para evitarlos, aplicar los correctivos necesarios para lograr los efectos previstos. La ciencia pedagógica no solo es un cumulo de conocimientos sino que también es un arte, el arte maravilloso de plasmar vida y sembrar cultura en la conciencia de los seres humanos, enseñar las técnicas de una aprendizaje fructífero y una adecuada aplicación de recursos y métodos para hacer más fáciles y asequibles los objetivos educativos propuestos. Estos aspectos conducen a reflexionar sobre el lamentable estado actual de la educación española, sobre la necesidad urgente de su reforma, sobre la legítima obligación de delatar sus defectos que, no en vano, ahí están creando el general malestar que vive toda la sociedad.
El cientificismo, la excesiva cantidad de contenidos escolares, que desbordan actualmente nuestro sistema escolar, es uno de los más notables defectos del sistema educativo de este país. Es un defecto que evidentemente no tiene nada que ver con el carácter científico de nuestra educación, que radica en un exceso de celo mal entendido que irreflexivamente trata de imponerse y lejos de favorecer el proceso de aprendizaje lo obstaculiza y dificulta. Es un obstáculo que anda disfrazado bajo bellos nombres de pretendidos niveles culturales que en este país no existen por ninguna parte y se exhiben como banderas de una calidad educativa evidente falaces y mentirosas. Es el cientificismo engañoso que rodea a todo el sistema educativo en una carga siempre creciente de contenidos programáticos, de materias siempre en aumento, en horarios sobrecargados, en la densa programación diaria de aula que desborda totalmente la limitada capacidad receptiva del estudiantado español. Y engorda la pretenciosa y pedante autocomplacencia de un nivel cultural que no existe. Ojala el tono científico de la cultura española creciese en la misma proporción que aumentan las pretensiones intelectuales de la enseñanza. La realidad científica de este país es bien diferente. El efecto de un exceso de contenidos manteles en la educación produce el efecto de signo contrario. La información exterior impuesta a presión en el ser humano genera la confusión de elementos de aprendizaje, crea el atiborramiento de ingredientes no asimilados, origina la desorientación de la mente que, en forma de actitudes negativas, serán la causa de la creciente aversión al proceso cultural que se va formando progresivamente la conciencia infantil.
Existe en la enseñanza una sobrecarga de contenidos intelectuales que precipitadamente se van dejando sobre los recintos de clase sin las condiciones necesarias para una adecuada asimilación de los mismos por parte del estudiantado. Se cumplen todos los años con reverente fidelidad un ciclo fatal de programaciones previas que satisface muy alegremente la responsabilidad de los educadores o los proyectos del centro y los informes entregados a la administración. Pero olvida la participación práctica del estudiante. El estudiantado se mueve en otra onda. Tiene una capacidad limitada de asimilación, sus motivaciones corren direcciones diferentes y a veces contrarias y, hasta sus hábitos de lenguaje y pensamiento, son totalmente insuficientes para asimilarlos. Es macho más el esfuerzo que se realiza en recopilar elementos informativos que el cuidado que se verifica para ayudar la adecuada asimilación par parte de las mentes receptoras. Una información realizada en dosis limitadas, en sintonía con los intereses particulares del alumno, con criterios de selección y claridad, con el punto de vista puesta en la capacidad receptora del estudiante, sin la precipitación de tantos contenidos mentales, será infinitamente más rentable y eficaz que el atropellado torrente de ideas y palabras descarnadas y abstractas que inundan nuestras clases durante el año escolar. Es por lo tanto un problema, al mismo tiempo, de cantidad, de número de contenidos, de reflexión pedagógica, de análisis de motivaciones y de humanización del proceso docente que tendrán que reajustarse de nuevo con criterios macho más pragmáticos y eficaces.
El buen educador comprenderá fácilmente que la eficacia, la fijación, la persistencia del aprendizaje y la firmeza de hábitos y destrezas, reside más en la nitidez, simplificación y claridad del mensaje que en su abundancia y fragosidad. Nada extraño es que algún filósofo haya puesto la claridad y distinción como criterio objetivo de verdad. Naturalmente lo que se aprende con dificultad, atropelladamente, con interferencias y confusiones, con la fuerte presión de la fecha de examen, bajo el clima de tensión que ofrece el resultado de unas calificaciones, necesariamente tiene muy pocas garantías de perdurar y muchas de olvidarse pronto. Una vez más la idea clara y distinta, la participación activa del alumno en el proceso de aprendizaje. La necesaria adecuación del mensaje a las condiciones sociales, afectivas e intelectuales de los alumnos, deben ser criterios a tener en cuenta en cualquier proyecto de cambio que se proyecta sobre la institución docente y en todo caso objetivos primordiales de toda actividad docente.
Los programas que se presentan cada año a alumnos y profesores son enormemente amplios. Se preparan en oficinas demasiado alejadas de los centros de estudio. A veces sin canales de comunicación de ningún tipo con ellos. Muy frecuentemente, por un personal anclado en unos presupuestos especulativos totalmente negados a las novedades técnicas de la enseñanza desde hace mucho tiempo o con criterios inalterables e indiscutibles desde que los recibieron en la universidad. Sin demasiado interés en buscar el asesoramiento de especialistas o técnicos en materias educativas, en pedagogía, en sicología, en sociología humana e infantil, puesto que estos campos configuran el proceso educativo. No hay instrumentos de reflexión y examen de la actividad docente que tan necesarios son en una empresa tan importante como la empresa educativa.
De tal forma están hechas las cosas que los programas se reducen casi siempre a una serie de títulos teóricos, imprecisos, incoherentes, impositivos y obligatorios que abarcan todo lo que hay sobre una disciplina, pero en realidad no dicen nada en concreto. Forman un código de contenidos, que en buena lógica, son igualmente incomprensibles como son amplios y exhaustivos. Por esta desproporcionada cantidad de contenidos contemplativos, por esta imprecisión de objetivos, por la falta de elaboración de los programas, por su ausencia total de referencias a aspectos pedagógicos y didácticos, ya desde el principio solo pueden crear el desaliento y el escepticismo propio de nuestra educación tanto en el alma de los alumnos como en las actitudes de los educadores. Si en algún momento se trata de poner remiendos a una programación abiertamente deficiente, añadiendo o quitando algo, se presenta siempre una clara voluntad de aumentar el número de contenidos programáticos bajo la equivocada idea y un erróneo supuesto de que a un mayor número de contenidos corresponde un mayor nivel cultural. La verdadera historia del problema es precisamente una historia totalmente diferente.
Los libros de textos sufre el mismo contagio. Hoy encontramos en nuestros centros muchos libros de texto, montones de libros de texto que producen constantemente las editoriales bajo estrictos criterios comerciales y carentes de perspectivas docentes. Son textos tan ambiguos y complejos que siempre se duda si están hechos para alumnos o profesores. Son textos técnicamente perfectos, con todos los detalles de la industria editorial moderna, enormemente caros, preparados por especialistas que algunas veces tienen experiencia docente y carecen de ella casi siempre. Detrás de ellos están los intereses económicos, publicitarios y comerciales de las grandes industrias del libro. Cuando los libros sean gratuitos los problemas serán más graves. En el aspecto teórico lo dicen todo, agotan los temas con profusión de información usando una terminología altamente técnica y especializada. Tan compleja a veces que ni resulta fácil a la comprensión de los mismos educadores. Hay lideres de texto que aparecen al final de una larga carrera de estudio como resultado de una amplia y laboriosa investigación en los que aparecen cuidado con esmero los últimos detalles científicos y se omite increíblemente todo aspecto pedagógico y didáctico; dos aspectos que son evidentemente bien diferentes.
La educación española hace tiempo que ha borrado las diferencias entre estos dos campos, el aspecto científico y el aspecto didáctico, con los consiguientes perjuicios y daños sobre todo para el sector educativo. La distinción es fundamental. Por un lado está la alta y excelsa figura del sabio, del científico, del erudito, cuya misión es la penetración exhaustiva en los distintos campos de la ciencia. Por otra parte está la bien diferente imagen, sencilla y humanitaria del educador cuya finalidad es conducir el desarrollo progresivo de los jóvenes que maduran a la cultura humana en abanicos infinitos de potencialidades y formas variadas de asentarse seguros en el tiempo propio. Todo el mundo sabe que el enseñante que posee más cantidad de conocimientos en su mente, no siempre es el mejor educador en el propio sentido de la palabra. También sucede que un buen educador casi nunca es necesariamente una destacada hambre de ciencia. Incluso se puede añadir que el científico, el erudito, el hombre de ciencia, encuentra en sus conocimientos una rémora para realizar la selección necesaria y adecuada de conocimientos que se han de impartir a los alumnos. En la posición contraria existen educadores que sin el acopio intelectual de conocimientos teóricos que preconiza la institución hoy, son verdaderos artistas en la difícil tarea de conducir la juventud adecuadamente hacia la perfección humana y su participación en los bienes de la cultura.
La palabra "enseñante” que tanto se prodiga hoy, enfatiza el aspecto activo del educador y el carácter informativo y externo de la educación, con perjuicio injusto de los tradicionales términos de "educador" y "pedagogo" que aun en su primigenia etimología mantienen intacto el propio significado de educación y la función de guía y orientador de los profesionales de la educación. En realidad el funcionario actual de la docencia es macho más un enseñante que un docente. La imprecisión del término denote ya en primer lugar la equivocada situación social de la educación española actual. Sucede que el campo de la Pedagogía ha sido absorbido hoy por el predominio de la ciencia y de la técnica. Se ha producido una transferencia de los hábitos de la informática a los comportamientos educativos. Se ha confundido el mecanismo humano del alumno con el mecanismo ciego de una sofisticada máquina que acumula fríos datos informativos. Se está confundiendo la humana función de un educador con los experimentados programadores que, a través, de las teclas plásticas de una máquina realizan infinitas y complejas operaciones científicas. Es la deshumanización total de la función docente. Se confunde al alumno con una computadora, al educador con un control de mandos a distancia de los procesos de aprender y al sistema educativo con un poderoso mecanismo metálico desprovisto de los riquísimos valores individuales del ser humano.
El campo de la Pedagogía, que es el campo de las más interrelacionadas acciones humanas y personales, está cayendo en las falsas alucinaciones de la ciencia y la técnica moderna con el consiguiente olvido de la propia valoración del ser humano. El cientificismo moderno se propaga impunemente sobre el campo depauperado de la educación moderna. Y sin que mejoren gran cosa los aspectos científicos de la ciencia española en el concierto de la ciencia moderna mundial -que sigue siendo mala- se está hacienda un grave daño al sistema educativo que es fundamentalmente un problema de Pedagogía. Si la actividad educativa se desconecta de la necesaria consideración del alumno, sin tener en cuenta las enseñanzas de la Sicología, de la Pedagogía y de la Sociología actuales, sin las debidas consideraciones sobre la naturaleza del ser humano, si se realiza con criterios puramente estadísticos y mecánicos, además de agravarse paulatinamente las causas del fracaso escolar, este desequilibrio deforma de paso y negativamente los pretendidos niveles intelectuales que pretenciosamente tratan de alcanzarse.
No puede olvidarse que el aprendizaje es un proceso que debe realizarse desde dentro a fuera y no al revés según tan frecuentemente se cree. El fenómeno formativo no está precisamente en la arquitectura externa -aunque esta tenía mucha importancia- sino en la puesta en marcha del mecanismo interno del alumno que debe estimularse desde fuera. Si esta maquinaria propiamente humana, si la actividad interna del educando, no entra en funcionamiento, por las razones que sean, habrá perfectos enseñantes, brillantes expositores, elocuentes y deslumbrantes discursos, habrá un gran aparato externo educativo dentro de las aulas de clase, habrá un aprendizaje mecánico impulsado a presión de métodos pésimos, habrá un adiestramiento de tipo puramente instintivo y un automatismo cibernético perfecto, habrá sabios expositores, excelentes conocedores del dato científico y técnico, pero no existirá nunca una auténtica formación humana y diversificada. El protagonismo de la educación debe desplazarse de nuevo al campo del alumnado. Las demás cosas sólo pueden tener el valor de elementos auxiliares de la educación. La educación es vivencia interna mucho más que información extensa. Es creatividad interior mucho más que espectáculo externo. Y para que esa parte del siquismo humano pueda debidamente ponerse en marcha a través de una legítima y necesaria acción educativa externa, no sólo será necesaria esa garantía mínima de conocimientos profesionales del educador que tienen solo una relativa importancia ya que su deficiencia puede suplirse de múltiples formas, sino -y esto mucho más importante- deberá poseer la garantía de aptitud y vocación pedagógica, esa necesaria sensibilidad especifica del educador que no es un atributo de todos, que tampoco se consigue en la universidad -al menos en las que hoy tenemos- y que el actual sistema educativo español apenas si le concede atención alguna.
Países existen, que no presumen de un alto nivel cultural precisamente, ni de una excelente calidad educativa. Pero en línea paralela a las tradicionales universidades que promocionan todos los años los hombres de ciencia -no los educadores- en las diferentes ramas de la ciencia moderna, levantan sus “pedagógicos”, con el mismo nivel universitario, y se dedican exclusivamente a formar el personal educativo, no el personal científico. Sus gremios, celosos de su vocación docente, rechazan todo organismo extraño y perturbador que pudiera pretender entrar en ella procedente de otros campos profesionales. España que ha sido siempre sensible a todo tipo de disquisiciones teóricas, está siendo incapaz de llegar a comprender las diferencias prácticas que existen entre ciencia y pedagogía. El campo de la enseñanza es una especie de asilo profesional que se legaliza por el rito sagrado de unas oposiciones que ofrecen carta blanca para hacer y destacar dentro del sistema a todo aquel que haya cruzado su sacro umbral. No existe en este país fuerza creativa suficiente para superar los esquemas elementales y dicotómicos de los pueblos primitivos e incultos. Buenos y malos. Es la pereza institucionalizada que impide racionalizar prácticamente el sistema. Dentro de la educación española cabe todo y todo está permitido. No hay sensibilidad para diferenciar, por los menos, distinguir el campo de la educación y la pedagogía, para darse cuento que la educación no puede reducirse a un simple problema ritual del reglamento administrativo docente.
.El hecho de que en esta país existan tres millones de parados, que un puesto de trabajo se busque desesperadamente en el campo que sea, con los procedimientos que sean, bajo el legalismo de una pretendida igualdad de oportunidades -antes no existía el problema del paro con el rigor de hoy y el problema educativo estaba en el mismo plano- no puede ser razón suficiente para que estas dos áreas, Pedagogía y Ciencia, sigan andando en una perfecta confusión. O que simplemente el arte de educar, el sagrado arte de enseñar, se pierda definitivamente entre el ramaje multicolor de la ciencia moderna. No puede ser tampoco bueno el sistema de selección del personal educativo, que se realiza todos los años con indiscutible y sagrada fidelidad en la oposiciones donde se parte del supuesto de que todo el mundo es apto para la educación con tal que cumpla una carrera de obstáculos que no son precisamente de carácter pedagógico, que se realizan bajo unas condiciones física y Síquicas que poca garantía ofrecen de nada, donde se mide el maquillaje, el brillo externo, la suerte que ofrecen los dioses; pero no se cuenta para nada la sensibilidad educativa del candidato. Una vez más persiste la errónea idea de que la educación es un problema de conocimientos, de muchos datos informativos, un problema de ciencia y no un problema de vocación y tacto pedagógico.
La realidad es que en los centros educativos españoles hay una gran cantidad de hambres de ciencia, hombres que saben mucho de la materia que están enseñando hace muchos años, que han realizado largas y brillantes carreras en diferentes universidades y han superado esas difíciles oposiciones que son la prueba de fuego de todo su acervo de conocimientos teóricos que contribuirán mucho más a mejorar su prestigio personal o su prepotencia docente que su ejercicio profesional. Hay demasiados educadores asentados en sus cómodos y viejos hábitos de comportamiento, en su inamovible y apática estabilidad laboral de funcionario, en su rutina institucionalizada, que puede ser una pobre satisfacción para personas de menguadas aspiraciones y desde luego es prueba de un pésimo sistema educativo y la actitud más opuesta al dinamismo vital y creativo que debe presidir el proceso educativo. Un proceso que debe entenderse siempre en marcha, siempre haciéndose, siempre en estado de superación latente. No es el tono científico -la ciencia es otra de nuestras carencias históricas-; sino el cientificismo, uno de los peores fallos de nuestra educación. ¡Ojala fuese ciencia todo eso que brilla bajo esa inmensa sobrecarga de conocimientos intelectuales mal asimilados, mal administrados en la estructura de la organización escolar y mal transmitidos a los estudiantes!
Este exceso de contenidos programáticos, la ausencia de referencia a los mecanismos sicológicos y sociales del alumno, esas marcas inexorables que deben superarse obligatoriamente si se quiere ganar, como en los grandes campeonatos mundiales, esos textos de capítulos interminables que deben cumplirse a final de curso, el alto nivel de rendimiento planificado a priori por cada profesor en tensión siempre creciente, convierten nuestros cursos escolares en carreras contra reloj con el fin de cumplir ritualmente el porcentaje de materia vista, salvar el prestigio de una determinada asignatura desencarnada y muerta y rellenar unos papeles impresos buenos para las estadísticas de la administración y la demagogia política. Que el alumno sintonice su mecanismo interno con estas enseñanzas lanzadas a presión desde presupuestas racionalistas, que asimile, que entienda o que quede al margen de este proceso, nada importa a nadie
Los diseños curriculares que, en nombre de la reforma educativa se están ofreciendo al sector, entre grandes dificultades prácticas que necesariamente acompañan siempre a cualquier proyecto renovador, ofrecen líneas directrices totalmente abiertas que pueden ser interesantes. Frente a los programas de corte tradicional, historicistas, memorísticos, intelectualistas, mentalistas, proyectados en una sólo dirección, a veces marcados por ideologías muy particulares, sin margen de movilidad ninguna, se proyectan unos diseños abiertos que los centros escolares, los propios educadores y los mismos alumnos deberán formular en relación con las necesidades particulares de cada centro escolar, en relación con las necesidades socio-culturales de los alumnos, en relación con todas las necesidades creativas que ofrece el mundo de la ciencia y de la técnica moderna. El proyecto en principio es bueno por dos razones fundamentales. En primer lugar porque rompe los moldes estereotipados de una educación anclada en la pereza autóctona, porque suprime el dirigismo educativo y la ortopedia a la creatividad humana que posee infinitos caminos para penetrar en todas las alternativas de la investigación. El aparato externo de la educación no tiene por qué ser único ni uniforme. Las realidades sociales de cada zona educativa es diferente, la situación síquica y mental de cada grupo humano es diferente de todas las demás, además las posibilidades de la investigación científica no puede limitarse a una sola perspectiva. Un proyecto de estudio de puertas abiertas puede ser infinitamente más productivo que el cansino ritmo que lleva nuestra aburrida educación actual.
En segundo lugar, el desafío de enseñanzas medias abierto es ya desde el principio un reto a la pereza profesional. Por el hecho de que los esquemas están dados, por el hecho de que el camino está consagrado por el paso lento de los siglos y la ley del menor esfuerzo, el sistema educativo español se mueva por ley de inercia. Todos los años se repiten los mismos movimientos de la misma forma, en todas partes se cumplen los mismos ritos. Y el esfuerzo creativo que se aporta a la educación, tanto en los sectores de la administración como en los medios laborales, es mínimo. El virus de la pereza administrativa y la apática comodidad del funcionariado orgullosamente instalado deterioran cada día la actividad docente dentro de los centros. Se trabaja poco, se exige mucho más de lo que trabaja, se simplifican impunemente los tiempos laborales, se inventan siempre pretextos para dejar correr el tiempo.
La administración no establece diferencias en el comportamiento estándar de los centros y a final de mes los sueldos gratifican igualmente el esfuerzo escolar anónimo de todos. Esta situación crea la paradoja de que el que menos trabaja en el sistema es el que mayores beneficios recibe. Dudo que la sanción de la conciencia pueda ser suficiente. Un diseño escolar abierto, que devuelve toda la responsabilidad de la educación al centro del mundo educativo, que deja la misión docente en la capacidad creativa del docente, es el mejor desafío que puede ofrecérsele al sector educativo español. Seguirá siendo cierto que el educador que haya aprendido la maña de la pereza la practicará indefinidamente y con mayor facilidad porque en un proyecto abierto cabe todo y nada. Se entiende que un diseño abierto tendrá a su vez mecanismos de control administrativos, no fiscales que sobran incluso los que existen; sino orientadores y valorativos que son totalmente desconocidos en educación. En todo caso con el diseño curricular abierto que se insinúa en los nuevos proyectos reformadores, posiblemente el educador español tenga ya poco tiempo para seguir durmiendo en clase y exija esfuerzo que nunca ha impuesto hasta ahora.
No se puede omitir sin embargo la sorpresa que puede producir un proyecto de estas características en un pueblo que es eminentemente conservador. Un proyecto que lo quiere todo donde nunca se ha hecho nada. Un proyecto completamente abierto donde todo ha estado siempre cerrado. Todos los cambios profundos de una sociedad se realizan detrás de una previa renovación de conciencia y en un amplio margen de tiempo. Las ideas propias, buenas o malas, los hábitos propios buenos o malos, nuestro propio tiempo histórico bueno o malo, constituyen parte importante de la propia personalidad humana y profesional. La supuesta quiebra de esos presupuestos no podrá realizarse sin un gran esfuerzo de adaptación de toda la comunidad educativa al nuevo contexto histórico, sin una fuerte campaña de mentalización previa que cree la necesidad de la reforma en la mente de los que han de ser protagonistas de su difusión. Sin la cura de un largo proceso de tiempo y posiblemente sin cruzar zonas difíciles de conflicto y enfrentamiento, aunque buena y promisoria, estos proyectos caerán en esta tierra de valores eternos, entre el escepticismo desconfiado de muchos, entre el rechazo abierto de otros, entre el alboroto exultante de pocos que comprenden la urgencia de una profunda reforma educativa. Mala es la realidad que tenemos. Aun suponiendo que esa amplitud de diseños programáticos pueda ser incluso la prueba de una gran confusión de los 1íderes reformadores que quieren reformar y no saben cómo hacerlo, en la experiencia poco se puede perder. Las campañas de mentalización adecuadas y necesarias -porque ninguna de estas reformas puede impulsarse por medio de imposiciones violentas- caen dentro de la responsabilidad de la administración y el compromiso del profesorado en una razonable reconversión de sus presupuestos mentales o su decisión de permanecer en su infecundo anquilosamiento tradicional, podrán evitar el trauma de estas innovaciones tradicionales o frustrar unas vez más el esfuerzo común para salir del bache educativo donde permanece durante muchos años encalla.
CAPITULO 8
MENTALISMO EDUCATIVO
Otro de los aspectos negativos de la educación española muy relacionados con su mala programación, es el carácter desmesuradamente mentalista, su intelectualismo y su falta de sentido práctico. También aquí se trata de una tendencia que tiene hondas raíces en la tradición y carácter español. Formamos parte de un pueblo que replegó su genio al mundo de los grandes castillos interiores, al terreno de las aventuras mentales. Cuando se fueron cerrando lo horizontes sus triunfales conquistas geográficas centró su punto de mira en las conquistas mentales. Su fuerza creadora tomó el rumbo de la especulación ideológica, entró en las sendas de las altas elucubraciones mentales y filosóficas, en el terreno de las elevadas interpretaciones teológicas y místicas, en el estudio de las ciencias humanas y artísticas. Por una parte estos derroteros compensaban el frustrado deseo de nuevas aventuras caballerescas que ya no existían por ninguna parte, y por otro lado garantizaban las fronteras de la ortodoxia confesional y los indiscutibles presupuestos ideológicos de la época que la censura oficial y los cien ojos de celosos funcionarios de la inquisición defendían con todo rigor.
Mientras otras naciones se arriesgaban a la profana observación empírica de la realidad concreta física y humana que insinuaba ya entonces el grandioso y próspero misterio de la ciencia natural, nuestras escuelas se mantenían fieles a las viejas creencias, desconfiadas y recelosas de los nuevos descubrimientos, entregadas plenamente al prestigiado juego de ideas y conceptos que atrofian soluciones infalibles los problemas divinos y humanos. Mientras en las naciones vecinas se construían los fundamentos de una sociedad nueva y diferente, el mundo intelectual español escandalizado cerraba las puertas a la cultura y al progreso que se desarrollaba en otras naciones cercanas bajo la pretensión de unas verdades absolutas y el miedo enfermizo al contagio pernicioso que pudiera llegar de afuera. Mientras allí se realizaban continuas y a veces violentas reformas, los monarcas españoles luchaban desesperadamente por realizar en paralelo las correspondientes contrarreformas. Mientras allí se asentaban las bases de un futuro promisorio, aquí se intensificaban los componentes mágicos y supuestos teóricos de nuestra tradición histórica triunfante.
Queda pendiente el estudio crítico de las grandes convulsiones internas vividas en el seno de las instituciones españolas ante los grandes saltos culturales de la historia occidental. Este tema siempre produce la sensación de que el viejo solar hispano se hubiese asentado definitivamente bajo la maldición de alguna maléfica divinidad prehistórica, enemiga de la cultura, estática en sus movimientos providentes, amante de la oscuridad y complaciente con el apacible y perezoso andar que imponen los ritos de una tradición secular. Una divinidad solo vigorosa y cruel en la defensa de sus mágicos y oscuros predios privilegiados. Es, por ejemplo la férrea 1ucha que se mantuvo en España contra los vientos renovadores que soplaban de Europa a impulso de la nueva interpretación renacentista del hambre y del mundo. Al margen de los movimientos reformistas se consagra en España, con aire de gran conquista, la bandera de la contrarreforma, al margen del humano sentido del hombre que recorre el mundo occidental, se ahínca todavía más en esta tierra barroca y confusa visión de la naturaleza y sobrenaturaleza, al margen de un mundo que removía los gérmenes de su supervivencia anquilosada sobre un montón de ruinas, sólo relámpagos de luz renacentista se filtraban clandestinos y a oscuras en España a través de las rendijas de unas instituciones herméticas e inexpugnables.
Cuando los presupuestos sociales del viejo orden estamental se derrumban consecuentemente ante el triunfo de unas ideas que asentaban la igualdad total de los hombres frente a discriminatorios privilegios que se establecían de ideas-mitos, clase social, monarquía, aristocracia, clero, en pleno siglo de las laces, España pone todos sus mecanismos defensivos en marcha. Se rebela, de nuevo, cierra sus puertas al peligroso contagio renovador europeo. Algunos contemporizan y solo el resplandor de la ilustración penetra muy tardía y remisamente en la dura resistencia que ofrece la mentalidad conservadora e inmovilista de los españoles. No se entendió tampoco la irrupción del bello sentimiento de libertad, que en el siglo diecinueve, triunfante ya en otras regiones europeas, trataba de filtrarse por diferentes partes en la España que prosigue la defensa acérrima de unos valores ya prácticamente inexistentes y desde luego devaluados. Tarde y atenuado llegó el romanticismo a la península ibérica. E1 hermetismo de sus fronteras le impidió comprender la situación real que se vivía en el continente.
Aún hay no ha despertado definitivamente del sueño de sus aventuras solitarias y sus ideales de grandeza. Acaso los acontecimientos históricos de Cuba y Filipinas y el testimonio sincero y desarrollado de unos hombres sinceros y testigos agrios de un desastre que ya no se podía disimular durante más tiempo, advirtieron la falsedad de un sueño de glorias pasadas que ya nada tenía que ver con la cruda realidad de una España pobre y vencida, sin colonias. En este siglo, en el siglo de las grandes conquistas, nuestros viejos lares hispanos, empeñados en mantener el ostracismo del reino de las sombras, asoman todavía las cartas reivindicativas de sus privilegios tradicionales. No se resisten a desaparecer y su sombre está todavía amenazante, reaccionaria, exigente, en la conciencia española. No es exagerado pensar que habitamos una tierra todavía a dominada por poderosos complejos de viejos comportamientos históricos que se resisten a desaparecer. Viejos complejos que prejuzgan las aportaciones innovadoras que llegan de afuera, recelan de cualquier acontecimiento que pueda perturbar el viejo ritmo de hacer las cosas, inhibe todo sentimiento creativo resaltando el valor de las viejas costumbres.
Es el destino de una nación autista que está siempre más atenta a lo que pasa en el mundo interno de sus altos contemplaciones mentales que en la marcha de la vida real. Es el destine de una nación que ha pretendido organizar la corriente vital de muchos pueblos a través de unos esquenas mentales que no les eran propios. Es la historia de España que se mueve siempre a través de sublimes ideales carentes de sentido práctico de la realidad humana. Un pueblo que le sobran sueños y le falta pragmatismo. Sobre un magnifico cañamazo de contenidos abstractos, teorías y presupuestos transcendentes, se han ido perdiendo las soluciones inmediatas, se han olvidado los problemas prácticos, se ha olvidado el brillo deslumbrante de la realidad concreta. En el mundo de sus elevadas contemplaciones ha crecido la imagen irreal de las cosas, los caballeros andantes, los grandes místicos, las grandes fantasías populares, los dioses buenos y malos que suplantaron el noble esfuerzo creativo y enterraron la semilla de su genio creador en la resignación y la doma obligada. "¡Desdichada nación donde las desgracias se reputan glorias y se ocupa el tiempo en indagar necedades!".
Esta forma de ver la historia naturalmente marca toda la actividad humana de un pueblo y proyecta sus consecuencias en todo el sistema educativo que estamos estudiando. Conviene resaltar un viejo concepto educativo. La vieja definición de la actividad educativa. La palabra "educar" en su etimología natural implica la acción de sacar de dentro a afuera y no precisamente al revés. E1 concepto de educación se orienta al mundo interno del alumno con el fin de arrancar de allí todas las posibilidades que el alumno lleva por dentro, animar cada día con más intensidad la velocidad de participación del alumno en los procesos de aprendizaje y lograr que el alumno conecte progresivamente en ondas cada día más amplias con la realidad externa. Cada ser humano es un abanico de posibilidades que tendrá que actualizarse a través del dinamismo interno del alumno. Dentro y no fuera está el proyecto principal de todo el quehacer educativo y de todas sus perspectivas futuras. Cada educando posee una riqueza potencial de posibilidades siempre muy superior al concepto que sus padres y educadores pueden creer y superior a lo que ellos mismos piensan.
Cuando la educación olvida la importancia de esta acción interna y activa del proceso docente y se amplifica la actividad formativa a través de una poderosa organización masiva escolar, sólo podrán lograrse efectos distorsionantes, deformaciones, automatismos de conducta, a veces patologías, que poco tienen que ver con el verdadero concepto de educación. Refuerza esta tendencia la connotación externa e impositiva que la palabra enseñante está proyectando sobre el rico contenido del viejo nombre de educador. Consiste el errar actual de la escuela en contundir el proceso educativo con una maquinaria informativa externa encargada de proyectar automáticamente productos prefabricados de conocimientos, como cápsulas de farmacia, como embutidos industriales, como fría información cibernética, desde la tarima de la clase, sobre el alma insensible y ajena del niño que permanece alejado y ausente a todo el proceso. La educación es la sintonía en marcha de muchas almas Jóvenes que se entusiasman y vive desde dentro su participación activa en la cultura universal por encima de todo el aparato externo de la institución escolar, por encima del protagonismo desmesurado del profesorado y por encima de todos los prejuicios impositivos de los propios familiares. El desarrollo técnico actual y la complejidad institucional del sistema, son cómplices de la confusión que se establece entre el ser humano, entre el alumno, entre el joven concreto que se sienta en un pupitre de una clase, y una máquina articulada mecánicamente, que reproduce comportamientos mecánicos exactos, que recibe y procesa información perfectamente programada y a voluntad de sus creadores.
La educación no puede caer en esa trampa. El alumno de nuestras clases es un sujeto infinitamente más rico, con más posibilidades, con un mundo interno mucho más amplio que las exactas fórmulas de los científicos, que las ciegas reacciones de las máquinas, y los programados estímulos que previamente reciben. Si los peligros del cientificismo suponían en el capítulo precedente un grave problema dentro de la institución educativa española, la excesiva valoración de los presupuestos teóricos y especulativos, la desmesurada acción de los agentes directivos externos del proceso docente, con el consiguiente olvido del protagonismo del alumno que se educa, con el olvido de la participación que el alumno debe realizar desde si mismo hacia afuera en la adecuada armonización de sus aptitudes internas y el mundo exterior que le rodea, en la conexión de su corriente anímica con todas las exigencias prácticas de la sociedad política, social, laboral, temporal y geográfica donde realmente se desarrolla, no son evidentemente de menor importancia. Dos realidades -la interna y la externa- que integran la única realidad del ser humano que se perfecciona en el proceso evolutivo cósmico que lo envuelve.
De la misma manera, la significación originaria de la palabra "pedagogo" que hay desafortunadamente está perdiendo funcionalidad en ventaja de otras valoraciones sociales distintas, debería recuperarse de nuevo. Se pierde la palabra y se pierde su significado. Los pedagogos, los educadores, los maestros, en su significación tradicional y clásica, son guías, son los conductores de un proceso, son baquianos en los desfiladeros difíciles e intrincados de la culturización humana. Son los preceptores que llevan a los niños de la mano por los difíciles senderos de su propia formación. Son los testigos del proceso educativo. Su misión posee una gran importancia orientadora, una gran importancia auxiliar que no puede nunca sustituir la actividad formativa del propio alumno. No son ellos los que realizan la educación. No son ellos los protagonistas de la educación. No se transmiten los conocimientos por infusión directa como se transmiten los glóbulos rodos en la corriente sanguínea en las transfusiones de sangre o en la herencia biológica. La mente infantil llega a la vida completamente blanca como un proyecto que solo él tendrá que ir realizando en su contexto social.
La falta de participación del alumno en las tareas pedagógicas, al mismo tiempo que implica la responsabilidad de los factores externos de la educación que ponen en marcha el proceso, destaca igualmente los errores que pueden derivarse de una excesiva valoración de los mismos. En la educación del alumno nadie podrá nunca ni limitar, ni disminuir, ni violentar el gran protagonismo que el propio alumno debe conseguir en su progreso, nadie podrá suprimir la alta responsabilidad auxiliar que a su vez debe ofrecer la institución educativa. Es evidente que una elevada prepotencia educativa externa, tanto en el excesivo número de contenidos docentes, como en su aspecto abstracto, descarnado y teórico, desconectado de ese núcleo vital que el reactor interno del alumno, nunca podrá ofrecer otras ventajas que complicar todavía más todo el proceso educativo entre todos los pretextos intelectuales que quieran echarle encima.
Todavía más. Es bien conocido asimismo a través de los estudios de la Sicología moderna que la vía lógica de entrada en el camino racional solo es posible a través del mundo sensorial. Nada que no haya sido procesado previamente por los sentidos corporales, podrá llegar al mundo intelectivo. Los sentidos corporales, hay como siempre, siguen siendo las ventanas abiertas de la conciencia humana al espectáculo maravilloso del mundo físico, el punto de relación con la realidad externa. Lo que se ve, lo que se oye, lo que se siente, lo que se gusta, lo que se huele, constituyen los elementos básicos que se transformaran en todas las palabras de la lengua, en todos conceptos que han de formarse en las complejas interpretaciones que el hombre puede hacer sobre el mundo y las cosas. Las percepciones sensibles son como los elementos químicos de la naturaleza que en mil reacciones diferentes se estructuran en las más diversas teorías ideológicas e intelectuales. Esta interpretación repercute directamente en el proceso educativo poniendo de relieve la gran importancia que los elementos sensibles adquieren en la enseñanza, la necesidad de participación de los sentidos corporales y su sano desarrollo en su formación escolar, la urgencia de incorporar procedimientos audiovisuales en la escuela, la violencia que implica el uso desproporcionado de conceptos teóricos cuyo contenido rebasa la comprensión del alumno. Esa enseñanza estructurada desde afuera, dentro de esquemas mentales prefabricados, con mucho aparato exterior ideológico, con mucho dirigismo intelectual, con menosprecio de la actividad creativa del alumno, no puede ser una enseñanza efectiva. Es mentira que el alumno pueda tragarse las ideas de otros como se traga un alimento concentrado o una pastilla para el dolor de cabeza. E1 alumno debe elaborar a través de un normal proceso empírico, a través de sus propias experiencias, a través de su rica vivencia interna, su propio mundo ideal. Toda la información que reciba a presión desde afuera le será ajena, advenediza, foránea, extraña, nunca persistente, ni asimilable, ni duradera.
Recuérdese el testimonio de la antropología. Primero existió el “homo faber", el hombre que hace y deshace cosas, el hombre que se mueve en el círculo de los sentidos sensoriales, el hombre que lucha en el mundo de las cosas concretas y reales. Acaso su convivencia humana fue moldeando diferentes sonidos significativos, en procesos abstractivos, cada día más complejos hasta completar algún sistema de lengua primitiva. Solo al final, cuando los sonidos se fueron cubriendo de significado convencional y referencia simbólica, cuando el grito salvaje perdió su individualidad y se generaliza como el reflejo de una realidad física o de un estado anímico, empieza a funcionar el mundo racional del hombre, empieza el jugo de ideas, nace posiblemente el "hamo sapiens'. Y de paso todas las interpretaciones mentales e ideológicas. Serían etapas cronológicas de maduración histórica que tienen su correspondencia con el desarrollo individual del hombre. El correcto desarrollo de los sentidos corporales, incluso el necesario dominio de los sistemas comunicativos humanos, están en una etapa anterior a todos los demás procesos educativos. Si el proceso de percepción sensible, auditiva, visual, táctil; si el proceso de abstracción síquica de los elementos sensibles, no se han realizado bien; si no se precisan los elementos comunes de las cosas en términos sensoriales, no podrá realizarse un proceso racional y 1ógico completo. Si no se consigue un adecuado dominio de la expresión verbal tampoco se producirán las condiciones necesarias para el desarrollo del pensamiento. Sin sensibilidad no habrá lenguaje y sin lenguaje no se realizara el pensamiento. Cuando este proceso se invierte, o porque se desconocen los mecanismos síquicos del aprendizaje o porque se disuelven en un didactismo exterior prepotente e irrespetuoso, o porque se exageran desmesuradamente unos contenidos teóricos impuestos, nada positivo puede esperarse de las instituciones educativas.
En la misma dirección deben interpretarse las circunstancias características de la moderna sociedad que condicionan la vida de los alumnos. Vivimos desbordados por el mundo de la imagen. El alma sensible de la juventud actual respira bajo el mundo impresionista de multitud de rápidas y violentas sensaciones. Vive inmerso en el brillante mundo del color y de la imagen, bajo la sugestión constante de la propaganda, bajo la proximidad de lo empírico, bajo el efecto poderoso y deslumbrante de los medios de comunicación, en la despreocupación de viejas y lejanas motivaciones de antaño. Ellos son muy inconscientes, y nosotros lo sabemos también, que una imagen convence más que mil palabras, y una imagen y una palabra, muchísimo más que grandes ideas. Por lo menos su fuerza de convicción es muy superior. Se explica así el impacto que los medios de comunicación social, bueno o malo, ejercen en la sociedad, el interés que los pode.res fácticos emplean para controlarlos, y el condicionamiento constante que su influjo va realizando en la conciencia popular y sobre -todo en la conciencia de la juventud. Esta es la base de muchos conflictos generacionales, una gran cantidad de víctimas sorprendidas en el efecto destructor de la propaganda y la raíz de muchos conflictos educaciones que se generan en el desfase de tiempos y mentalidades diferentes. Un desfase que a veces es mucho más profundo en cuanto a los valores que en cuanto al tiempo. El estudiantado, que se sienta en nuestras aulas, es un producto de esta sociedad. Ya tienen derecho a ella que los mismos educadores. Ellos están cortados a su propia medida y el futuro les pertenece con todo derecho. La organización del sistema educativo no debe cerrar los ojos al contexto humano propio del alumno.
Sin embargo la realidad escolar del país discurre por caminos bien diferentes. Una gran cantidad de estos aspectos están ajenos c.asi totalmente en las mesas de planificación de nuestro sistema educativo. La inmediatez de la enseñanza es un recurso raro en nuestro sistema educativo y los aspectos teóricos retrasan en buena parte la eficacia docente en las escuelas. Desde las tarimas de las clases se reparten imperativamente, teorías, conceptos, lecciones magistrales, brillantes exposiciones, que buscan más la exaltación del opositor que la sensibilidad de los oyentes. Enormes discursos que se repiten todos los años en la misma forma, con los mismos puntos y las mismas comas, que los alumnos deben aprender de memoria. Todavía hoy en nuestra educación la actividad memorística está por encima de cualquier otro planteamiento original o creador que pueda ofrecer el alumno. Esa carga de recursos prefabricados, de conceptos abstractos, de farragosa oratoria, de abundantes procedimientos mnemotécnicos, lleva añadido un intenso componente dogmatico, un solemne tono infalible, una descarada presunción de verdad absoluta donde no existe más que una simple e intranscendente opinión personal, que caen sobre la tierra indefensa de los estudiantes como tormentas de verano. Deslumbran, lo arrasan todo como los huracanes, y poco más que desastres dejan a su paso. Esta desmedida acción exterior de la actividad docente ha ido formando en nuestros alumnos una gran capacidad receptiva, una inmensa pasividad frente a todo lo que le ofrecen, una falta de sentido crítico ante os contenidos docentes, una carencia total de instinto inquisitivo y miedo a opinar y disentir. Incluso el ejercicio de esta activa participación puede ser interpretada como símbolo de indisciplina o sospechoso espíritu subversivo.
La educación española se desarrolla en una enrarecida atmósfera de frialdad, apatía e indiferencia alarmantes. Es la consecuencia de la ruptura de la enseñanza con la dimensión práctica del ser humano. Pasividad y atonía que se derivan de la rigidez de los conceptos y la ausencia de contenidos vitales. El alumno ya no tiene nada que hacer. Todo se lo entregan hecho. La organización escolar es una fábrica de conceptos pétreos y el estudiantado una magnífica máquina receptora, silenciosa, que asimila muy difícilmente. La identificación del hombre y la maquina se produce una vez más. Se produce la degradación del proceso educativo, la deshumanización de la enseñanza y la absurda atrofia del genio creador de todo el pueblo que renuncia a inventar, a abrir caminos nuevos y diferentes, a penetrar en los in infinitos campos que siempre ofrece la ciencia. Por eso no puede ser extraña la escandalosa historia del desarrollo de la ciencia en nuestro país. Por mucho que sean ingratos los hechos habrá que relacionar esta malformación educativa con nuestra tradicional incapacidad para crear ciencia, para integrar nuestro espíritu creativo al común desarrollo de la ciencia moderna. Una incapacidad que nace en un miedo exacerbado a romper las fronteras ideológicas de una ordalía impuesta tanto desde el poder político como desde los preceptos morales. Una incapacidad que se fomenta en una escuela dominada por un férreo didactismo estructural externo que poco tiene que ver con la naturaleza real del estudiante y su entorno cultural, dominada por unos presupuestos mentales esquemáticos indiscutibles e impermeables a cualquier efecto modificador del tiempo y las circunstancias. Una malformación que crea en las conciencias jóvenes de todos los sectores de la educación esa pasividad infecunda que congela el clima docente de nuestras aulas. Así nacen los perezosos hábitos de doma y el cómodo comportamiento rutinario fácil a la obediencia y al acatamiento indiscriminado de preceptos y comportamientos conductuales hechos a la medida de otros tiempos y otras circunstancias. Las aventuras de crear y abrir caminos se han ido cerrando definitivamente frente a los innumerables controles de una pretendida legalidad o un supuesto contagio exterior. Las enseñanzas de nuestras clases se han proyectado en forma de verdades teóricas prefabricadas, completas, sistemáticas, indiscutibles, avasalladoras. El espíritu creador, inquisitivo, la iniciativa, el ejercicio del sentido crítico, se ha ido mutilando progresivamente en el estudiantado español, se ha ido atrofiando lentamente, se ha ido encogiendo en un infecundo aprendizaje totalmente teórico desvinculado de los aspectos empíricos y prácticos del hombre y su entorno social y físico.
De la misma manera que los hábitos sociales son producto de una larga historia, su desmantelamiento no se realizará tampoco sin la contribución del tiempo. Bastara señalar que la realidad educativa española es así, que es producto deformado de un largo proceso de doma y castración, que sufre el automatismo de unas verdades teóricas absolutas e indiscutibles, que los agentes externos de la educación son los dioses todopoderosos del proceso, que los destinatarios son solo piezas deformadas que circulan en un proceso mal organizado. Todos los anatemas condenatorios contra los genios perturbadores intelectuales o morales de toda nuestra historia, el grito dramático y desesperado "que inventen ellos" de Unamuno, los inútiles esfuerzas de Pelayo por demostrar la existencia de una ciencia española que nunca existió, y el rubor de todos los historiadores hispanos de la ciencia moderna que se derriten el cerebro para conseguir nombres ibéricos dignos de mención, son testimonios demasiado elocuentes de la profunda alergia científica que sufre la educación espadañara.
Mientras el desarrollo científico, industrial y técnico de los últimos años sembraba el mundo de nombres e instituciones dedicadas a la investigación de los grandes problemas humanos, que han producido el espectáculo grandioso de la ciencia moderna, en España se realizan solamente algunos ensayos con muy pequeños presupuestos a la investigación, sin conciencia creativa ninguna en la base, con mucho miedo a la novedad, y casi siempre ya en una corriente mimética de lo que hacen en otras partes. Una vez más la ciencia española está todavía enredada en las ramas de la alta especulación filosófica, se ha esfumado entre las elucubraciones morales, se ha perdido en la utopía de grandes mitos institucionales que carecen de sentido y vitalidad suficiente para mantener en vida cualquier institución social o educativa. Y ojala las corrientes actuales de libertad sean capaces de liberar el espíritu aletargado de este pueblo y puede recomponer su propia historia científica y técnica al ritmo de las demás naciones desarrolladas del mundo sin miedos ni viejos complejos.
Es importante analizar nuestros hábitos escolares. Existen ya instituciones regularmente dotadas de material didáctica nuevo. Existen presupuestos regulares para ir completando progresivamente las dotaciones de los institutos. Hay también instalados algunos laboratorios para la enseñanza de las materias de naturaleza práctica. Yero también existe la paradoja desconcertante de la poca importancia que en la educación se ofrece a este trabajo docente. Se trabaja muy poco en el laboratorio. Muchos de ellos se pasan durante todo el año escolar cerrados y su escaso material está cubierto de polvo. Sin embargo hoy resulta difícil entender que las clases de física, química, biología, educación física, las ciencias de la naturaleza y tantas otras materias técnicas, sean del nivel escolar que sean, se puedan explicar; con mediana o mínima eficacia sin la presencia empírica de elementos experimentales, sin la manipulación de los instrumentos didácticos, sin la observación directa y comprobación de los fenómenos. Ahí sigue la eterna tentación del juego de las ideas. Esto se agrava todavía más cuando el problema se refiere a la Formación Profesional e incluso a la universidad.
Todos los sectores de la sociedad española son hoy testigos del frustrante espectáculo que ofrece la Formación Profesional. Poco tiene de formación y de profesional sólo tiene bueno el nombre. Allí se estrellan los prófugos de una educación excesivamente teórica que llegan en busca de una verdadera formación profesional. Inútil empeño. La formación profesional es tan teórica como era la Básica o el Bachillerato. Allí no aparece orientación profesional por ninguna parte. Es natural. La mentalidad docente es la misma, la estructura escolar es la misma. No hay diferencia ninguna. No se entiende que la formación profesional o técnica se pueda realizar sin talleres, sin laboratorios, sin hospitales, sin maquinarias específicas, sin fábricas, sin la imprescindible información en la manipulación los instrumentos de trabajo. ¡Cómo se puede enseñar educación física sin instalaciones deportivas adecuadas, a veces hasta sin profesor o profesores de diferentes categorías! Cuando se habla de los bajos niveles hispanos en las competiciones internacionales no es el síntoma de una etnia en quiebra. Es el fenómeno de malos sistemas educativos.
Debería entenderse que la única fórmula válida de aprender a hacer las cosas es haciéndolas. Poco importa conocer teóricamente un comportamiento que luego se desconoce en la práctica. Se aprende a nadar nadando. Se aprende a escribir a máquina escribiendo. Se aprende a trabajar la tierra trabajándola. Se aprende a curar enfermos dentro de un hospital. La consecuencia que nuestras escuelas existen demasiados tratados que explican con profusión de detalles las definiciones de las cosas. Pero existe muy poco movimiento práctico, muy poca manipulación de la naturaleza, muy poca experimentación, muy pocos innovadores, muy poca aventura. Hay muchos teorizantes en nuestras aulas y muy pocos y arriesgados y comprometidos profesionales fuera de ellas. Una insuficiencia profesional y técnica que muchas veces es suplantada con ventaja por autodidactas y aprendices espontáneos y voluntariosos.
Otro síntoma claro del mentalismo estéril de nuestra educación aparece en la tradicional apatía española en el aprendizaje de las lenguas extranjeras. Cualquier ciudadano europeo de una mediana formación académica conoce y habla, o al menos se defiende en otras tres o cuatro lenguas aprendidas en el bachillerato. Las lenguas extranjeras figuran también en las opciones del pensum académico español. Pero su aprendizaje se realiza con tan poca convicción que su estudio solo significa el cumplimiento de una obligación académica más. No existen laboratorios de lenguas. Se presenta la visión de la lengua escrita sobre el aspecto fonético y comunicativo que define fundamentalmente a todo el sistema lingüístico. Pocas voces el español se convence que exista en el mundo otra opción comunicativa que la que puede ofrecer la jerga de nuestro barrio o alguna otra lengua regional. Sin omitir el respeto que merece la lengua propia no se pueden perder de vista las dimensiones cósmicas del mundo, el sentido unitario de la cultura, la riqueza comunicativa de un gran sistema lingüístico y los organismos que se internacionalizan y aprietan, cada día más, las dimensiones del universo y hacen más urgentes las comunicaciones fáciles entre los hombres.
Por encima de los pequeñas modas autóctonas, frente a la corta visión de los valores caseros, no se puede olvidar la necesidad de entrar en la comunicación de la cultura mundial con todos aquellos procedimientos que puedan resultarnos más rentables y prácticos. La despreocupación de las lenguas es semejante a la despreocupación de la educación física. El concepto que se tiene en este país de la educación corporal es todavía un viejo tabú escolar. Todavía el profesorado de esta disciplina carece de la preparación suficiente para realizar esta función. Todavía está menospreciada su enseñanza en los ambientes escolares. Se identifica con un juego. Todavía se priva a los alumnos de los ejercicios físicos en nombre de castigos disciplinarios. No existe cultura física y deportista en el pueblo porque las maldiciones ascéticas de la carne, pesan en las tradiciones educativas. Es lástima que lo que a educación física se está realizando sea el efecto de una vergüenza social contrastada en el conocimiento de las demás naciones, o el producto de unos eventos miméticos que influyen muy fríamente en nuestros criterios educativos o simplemente se hacen algunas cosas simplemente porque llegan celebraciones internacionales que imponen resolver una situación de compromiso; pero sin modificación importante en los criterios de la educación.
Se necesita por lo tanto destacar el sentido práctico y orientador de nuestras estructuras docentes y el instinto creativo y flujo vital de la masa estudiantil. El autodidactismo puede imponerse con mucha eficacia por encima de la ortopedia institucional docente. La eficacia de los primitivos métodos educativos radicaba en la sensibilidad y la sabiduría práctica del pedagogo. Hoy mismo las reformas de programas abiertos que se están proyectando sobre la compleja institución tradicional pueden estar señalando la dirección de una educación mucho más eficaz y rentable que la que poseemos. En nuestra enseñanza, existen tópicos, existen residuos de un pasado muerto, faltan contenidos vivos y conquistas nuevas que todavía no se han incorporado. Existen descompensaciones enfáticas importantes, existen pésimos horarios de trabajo escolar que nada favorecen la eficacia y la rentabilidad de la escuela. Lo práctico y lo racional son aspectos importantes que están ausentes en nuestra escuela. Ninguna actividad humana, ninguna institución es mejor que su contraria si no es más productiva y rentable. Por haber nacido en esta parte de la geografía terrestre conocemos la cultura occidental, por haber respirado una determinada atmosfera cultural, aceptamos como indiscutibles determinados presupuestos que no lo son para todos ni en todos los tiempos. Y de paso olvidamos que en el mundo existen otras circunstancias, otros hombres, otros rasgos culturales, otras lenguas diferentes, otros valores humanos diferentes; pero no menos valiosos y humanizantes que los nuestros. No sé si este relativismo cultural es bueno o malo, pero así la sociedad humana.
CAPITULO 9
LA DISCIPLINA ESCOLAR
Uno de los acontecimientos políticos españoles vividos en los últimos años ha sido la transición pacífica de un régimen dictatorial a un sistema democrático, de un gobierno impuesto como consecuencia de una conquista bélica y la imposición de las armas, a un gobierno elegido libremente par voluntad popular. Contra todos los pronósticos pesimistas de los analistas políticos y no políticos, por lo menos una vez, los españoles han preferido el camino del entendimiento civilizado en las relaciones sociales antes que la turbulencia de cambios atropellados y revolucionarios. Acaso haya influido el cansancio de los enfrentamientos o el recuerdo trágico reciente de un millón de muertos que se cobra, como tributo absurdo, la última contienda española. La transición se hizo en paz. Los planos se fundieron lentamente en magnífico ejemplo de evolución política que no suele ser frecuente en países de fuertes convicciones ideológicas. Pero el milagro se ha producido en forma ejemplar y aleccionadora. Se ha realizado el cambio en perfecta razón de continuidad entre dos etapas de signos totalmente diferentes sin marcas importantes entre vencedores y vencidos, sin las proscripciones y los odios que suelen acumular estos acontecimientos. No hubo rupturas, no hubo violencia, no hubo venganzas explicitas de nadie contra nadie.
Estos acontecimientos, que representan hechos importantes en la historia política del país, condicionan los cambios de mentalidad del pueblo español influyen en la conciencia educativa. La educación, a fin de cuentas, no solo es actividad escolar. Los acontecimientos que influyen en el clima ambiental de la sociedad son factores formativos. La actividad política, la actividad económica, el mundo laboral, la realidad familiar, la convivencia ciudadana, lo lúdico, lo folclórico, configuran la radiografía espiritual de los pueblos. Todos estos factores de la sociedad española que actúan sobre la conciencia de las personas que viven en ella, se han removido fundamentalmente bajo los efectos de los cambios políticos. Y la conciencia española no ha sido ajena a esos cambios, que por su naturaleza no violenta, se hacen macho más imperceptibles e imponderables. Su efecto renovador, lento, progresivo, se ha ido diluyendo en una acción aséptica no siempre exenta de tensiones, hasta el punto que la renovación moral del pueblo se está produciendo en un proceso evolutivo incontenible y pocas veces tangible a los sensores conscientes de los cambios populares. .
Dentro del continuismo tradicional se desarrolló, sin embargo, una gran actividad legislativa, debates parlamentarios frente a las cámaras de la televisión, foros abiertos de opinión libre, la acción libre de todos los medios de comunicación, la nueva filosofía que rige las altas esferas de la política nacional, han ido determinando una nueva interpretación del mundo y de las cosas. Pocas veces el pueblo español ha sida libre en el ejercicio de sus ideas. Pocas veces. Las ideas han circulado libremente dentro de la sociedad, sin la presencia de los estrictos ojos de la censura. La conquista oficial de la libertad es un importante hito en la historia de España y supone un importante capítulo en la historia que la cultura española. La atmósfera oficial evidentemente ha mejorado. Sin embargo la corriente de vida en las capas sociales más bajas, en los círculos del pueblo medio, en el fondo de la conciencia social española, los comportamientos habituales de sus habitantes, se han movido en ángulos muy pequeños. En tal medida que las grandes directrices del nuevo sistema político solo muy lentamente van resonando en los duros condicionantes culturales y éticos de este pueblo.
También aquí la institución educativa sufre las consecuencias del particular quehacer histórico de los españoles. Una de las pesadas herencias de nuestra tradición es nuestro pasado militarismo, el autoritarismo, el sentido vertical del poder, la connivencia unitaria de señores y siervos, jefes; y esclavos, caciques y lacayos, en la misma estructura social, detonen los hábitos comunes de los españoles. Incluso entran dentro de la escuela. El ritmo marcial de nuestros triunfantes ejércitos y el estilo militarista impreso en la sangre del hombre ibérico, no solo como consecuencia de las últimas etapas históricas vividas en este siglo, sino en una larga aventura nacional tejida entre acciones y reacciones militares, al son de gritos de guerra, cantos triunfales y el llanto de muchas derrotas, integra una marca de identidad nacional muy clara. Todavía en esta tierra se reacciona bien ante los estímulos marciales de la vida ordinaria y se disfruta el regusto interno de sentirse caudillo de un pequeño grupo o proclamar emperador al que se tiene en frente. No había más opciones en la vieja España. O inscribirse en los ejércitos reales al servicio de un ideal patriótico inmarcesible o entrar en las milicias religiosas de la retaguardia espiritual al ritmo de preceptos sagrados. La diferencia es pequeña. Entrar en el grupo de los jefes, o integrar el número de los esclavos. Poca diferencia existía en caminar por los senderos de España al ritmo de cantos marciales, como organizar la vida al son de cantos religiosos dentro de los monasterios.
Ese sentido duro de la existencia humaina, fraguado en lucha permanente contra enemigos de dentro y de fuera, contra enemigos del cuerpo y del alma, contra enemigos reales o ficticios, bajo el mando de profetas y caudillos, ha ido creando pautas de conducta uniformes y estables, hábitos de comportamiento que marcan un estilo propio de la vida española. Es un estilo de vida monocolor y uniforme, reglado y persistente como las piedras de los castillos y catedrales, como la férrea estructura de sus ideales religiosos o políticos. Un comportamiento impuesto en buen trabajo de doma por la autoridad indiscutible de reyes. absolutos, por el poder despótico de muchos generales y conquistadores, por la vigilancia persistente de celosos inquisidores, por la fuerte presión que los principios éticos ejercen sobre las conciencias, por el influjo de los todopoderosos caciques que en las sombras de sus ambiciones siempre manipularon a su gusto la conducta del pueblo, por la sumisa aceptación de los esclavos. Son rasgos de identidad nacional que influyen muy directamente en las relaciones educativas y escolares.
Prescindimos de toda la organización escolar externa, leyes, reglamentos, planes de estudio, toda la maquinaria educativa exterior que todavía se mantiene en sus viejos moldes tradicionales. La estratificación vertical, como en los ejércitos, existe también en la escuela. Ahí está viva una larga nomenclatura de puro tono militar, "inspectores", ''jefe" de estudio,' 'jefes” de departamento, existen tribunales que sentencian al viejo estilo inquisitorial, existen "tutores" que sustituyen la supuesta incapacitación de sus tutorados. Pocas cosas se han movido en este país fuera de los cambios políticos. Pero además persiste el clima socio-cultural, el aire asfixiante y enrarecido, el hálito contaminado propio de los ambientes cerrados que se deriva de la vieja actitud mental militarista y las viejas costumbres marciales de una sociedad poco evolucionada. El sistema disciplinario español rezuma añoranzas de tiempos pasados con todos los resabios impositivos de su larga historia castrense. En nuestros centros escolares se oye la misma voz de mando, el mismo tono impositivo, se usa la misma rigurosa disciplina, la siempre permanente tentación a imponer y recibir órdenes imperativas, a fuerza de amenazas y castigos. No es una exageración afirmar que la dinámica interna de nuestros centros escolares es muy semejante a la enseñanza de las mejores épocas absolutistas, donde no existe demasiado interés en que las cosas funcionen bien y que, en todo caso, el recelo y la desconfianza ante la nueva realidad histórica que vive España está difícilmente encubierta.
No siempre estos comportamientos se hacen conscientes porque las motivaciones del ser humano son altamente complejas. Se aceptan teóricamente los presupuestos racionales del nuevo sistema. Pero la corriente irracional del hombre se moviliza en dirección contraria. Una cosa es el mundo de lo afectivo, de las motivaciones profundas, el poder del inconsciente, las fuerzas irracionales y otra muy distinta es el lúcido y reducido dominio del mundo racional. Si los contenidos conscientes del ser humano son decisivos en el proceso formativo, el influido de las fuerzas irracionales no posee menor importancia. Vivimos racionalmente en un régimen de amplias libertades, de igualdad y respeto. Pero afectivamente los dioses subterráneos de la tradición imponen su sagrado dominio, imponen la perezosa tendencia a seguir realizando siempre los mismos comportamientos, mantienen el regusto disimulado de la práctica clandestina de evidentes complejos. En nuestros esquemas cerebrales lentamente entra el nuevo concepto de libertad; pero esas oscuras fuerzas irracionales siguen atenazando la necesaria evolución de las estructuras educativas en forma muy peligrosa. A fin de cuentas, el dominio de lo racional se puede fácilmente orientar y dirigir; pero la irracionalidad humana discurre siempre por cauces desconocidos.
Por estas razones se puede considerar la educación española como un coto cerrado o un pequeño territorio feudal con muchos generales en la cúpula, con muchos caciques en sus posiciones medias, con muchos pequeños coroneles en los frentes diarios de clase, que defienden a toda costa la minúscula parcela de poder que les queda dentro del sistema. La clase es un pequeño feudo de un pequeño señor medieval que hace y deshace a su gusto. Si este comportamiento tuvo alguna justificación cuando el orden se imponía por imperativo del poder armado y caciquil que se alimentaba en la ignorancia del pueblo, en el nuevo sistema político, en el reconocimiento de los derechos humanos, en una interpretación igualitaria de los hombres, ya no es posible entender la actividad pedagógica en estos términos. Evidentemente la educación no puede seguir siendo un feudo privado de nadie. No puede ser un instrumento para ejercitar el poder, no puede servir de pretexto para mantener privilegios de nadie y mucho menos no puede servir para fomentar la ignorancia del pueblo que engorda la ambición de los poderosos. Saber leer y escribir ya no puede ser un delito para nadie ni razón de pena de muerte.
La educación institucionalizada es uno de los principales recursos que el hombre moderno tiene para participar en los bienes de la cultura universal igualitaria. Las limitaciones de los derechos en su aplicación a la vida no residen ya tanto en las estructuras racionales, en los diseños abiertos o cerrados de los planes de la reforma que aparentemente deberían estar en proyectos bien informatizados. Existe todavía demasiado individualismo e improvisación en este país en sector educativo. Pero sobre todo existe un clima socio-cultural, de características irracionales, con los matices de una incultura socializada, asentado en todo el sistema por la acumulación rutinaria del tiempo, que obstaculiza cualquier visión igualitaria y horizontal de la escuela. Es una herencia perturbadora del proceso renovador educativo que no será fácil rectificar porque sus elementos escapan a la codificación legal, a la disección cuantitativa, al control racional. Reside en las capas altas de la administración educativa. A veces, ni los propios líderes de la renovación están convencidos de ella. Pero sobra todo está en la mente de los educadores que prolongarán silenciosamente, en el mejor de los casos, sus viejas costumbres, resumen de las añoranzas de tiempos pasados.
El militarismo de las escuelas españolas no está muy lejos. El castigo físico y moral como instrumento disciplinario posee grandes resonancias afectivas, gratas e ingratas, en la experiencia de casi todos los educadores actuales. Por fin, hace muy poco tiempo se han desterrado legalmente, por media de un decreto, tanto los castigos físicos como morales, de nuestras escuelas. Era necesario que en el mismo plano que se hablaba siempre de obligaciones del estudiantado se reconociesen algunos derechos. Al fin el decreto de sus derechos se ha publicado ya. Es sólo un frío marco legal que tiene a su espalda una larga y oscura tradición de injusticias escolares que no será fácil asimilar sin etapas de transición. El tema de la disciplina escolar evidentemente no se consigue ni por el castigo físico, ni con la amenaza moral, ni con el miedo, ni con el desprecio, ni con ningún tipo de violencia. La disciplina es un componente docente que radica en la consideración positiva del alumno, en el reconocimiento de sus cualidades humanas y en la visión horizontal de la comunidad educativo y el necesario concierto reglado de obligaciones y derechos. A cada derecho corresponde una obligación y la obligación se relaciona con un derecho. Pero las cuotas de libertad y autonomía individual en este país se dan y se reciben siempre con cautela, sin coherencia y mucho voluntarismo arbitrario.
E1 viejo refrán hispano, "la letra con sangre entra", nunca debiera haberse inventado. Cierto que ese refrán para muchos educadores es solo un recuerdo ingrato de unos tiempos ya superados ampliamente. Pero además ahora se proscribe oficial y solemnemente en forma escrita y precisa. No será la solución definitiva porque el talante de un pueblo no se desmonta de la noche a la mañana por la fuerza mágica de una ley. Pero al menos la tendencia queda establecida. El castigo físico, como instrumento de disciplina, todavía gravita en nuestros ambientes escolares como una pesada herencia difícil de erradicar. No están demasiado lejanos los refinados procedimientos de tortura empleados en nuestras escuelas, aún sabiendo que un niño, cualquier niño, por muy buenas o muy males notas que merezca, por muy tranquilo o inquieto que se muestre, es por encima de todo un ser humano, lleno de una grandeza y dignidad que nadie tiene derecho a mancillar. ¡Ni siquiera sus propios padres!
El castigo físico ni siquiera es rentable en la doma de animales, que reaccionan con mayor eficacia ante estímulos gratificantes que ante el miedo al dolor físico. Nada que sea violento es bueno en educación. Ningún comportamiento de un adolescente puede justificar la violencia física por parte de sus propios padres. Macho menos se puede justificar este procedimiento en manos de educadores que por imperativo de su profesión deben emplear mecanismos más humanos, más racionales y respetuosos. La tolerancia, el diálogo, la persuasión, el cariño, el respeto, son recursos infinitamente más rentables que los malos tratos. Y el niño no carece de sensibilidad para comprenderlo y el educador no debería carecer de la habilidad necesaria para preferirlos y emplearlos.
No lejos de la violencia félsica está la violencia moral. Es el fantasma de la tensión síquica no menos dolorosa y tozuda que el humillante dolor físico. Existen los malos tratos, las vejaciones, las humillaciones, las ofensas verbales, excesivo pesimismo, frecuentes amenazas, la prepotencia desbordante de materias y programas y profesores, posturas omnipotentes e infalibles, neurosis de días de examen, incomprensión ante unas malas notas, todos ellos mecanismos educativos muy comunes y no menos destructores y negativos que la agresión física. Más dañinos todavía porque ofenden los sentimientos, lesionan la dignidad y el sentido de su autoestima. Existe mucha tensión reprimida en nuestros centros. El acoso constante por parte de todos, el ridículo provocado, las simpatías y antipatías injustificadas, las preguntas sin respuesta, las palabras ofensivas, los castigos colectivos, las calificaciones caprichosas, los suspensos masivos, los aprobados generales sin matizar. Son otros tantos puntos de reflexión que deben ir sustituyendo los insípidos y aburridos tópicos de los claustros de profesores, sesiones de evaluación y congresos de educación.
Habrá que revisar viejos hábitos educativos. Evidentemente no se van a reconstruir todas las piezas de un viejo mundo caótico con un simple decreto educativo que llega tarde y mal en favor de los alumnos. Pero queda claro que las letras no podrán entrar mejor con sangre y violencia que con afecto y cariño. Es demasiado evidente. Habrá que luchar todavía durante mucho tiempo contra la secuela de las malas mañas, contra el recuerdo de una experiencia propia que acaso es mejor no recordar, contra la nostalgia de los que todavía piensan que los tiempos pasados fueron mejores, contra los que remueven no se sabe qué sañudos y negros sentimientos en el fondo de su alma cuando torturan el cuerpo o la mente de un niño. Nada más alejado de la noble misión de educar.
No está todo exclusivamente en la fecha de un decreto. Pero este tiene que ser muy importante para que toda la comunidad educativa -padres, profesores, sociedad, todos- empiecen a comprender que los procedimientos positivos, la motivación interna del alumno, el optimismo del aula, el alegre sentimiento de vivir, la gratificación adecuada, son recursos educativos mucho más valiosos, más humanos, más dignos y democráticos, más fecundos que las oscuras y violentas formas tradicionales de implantar la disciplina en las escuelas. Después de todo la juventud juega, se divierte, puede equivocarse muchas veces -es uno de los más convincentes métodos de aprendizaje-, a veces, se defiende como cualquier animal acosado; pero raramente delinque. No sabe hacerlo. La motivación interna es además un procedimiento más conforme con el actual sistema democrático y el alto respeto y consideración que merecen los niños de nuestras escuelas.
Es necesario tener presente la presión síquica que el tradicional sistema educativo acumula en las aulas de clase, ese ritual sistema de cumplir las fatales fechas de exámenes, exámenes mensuales, exámenes trimestrales, exámenes finales, examen de selectividad, examen de admisión, de oposiciones, examen de todo. La institución docente posee multitud de procedimientos para medir la temperatura intelectual y la evolución de la personalidad del alumno, sin necesidad de recurrir sistemáticamente a esos crónicos días rojos que hablan mucho más del resabio de una mala costumbre educativa, de la perezosa práctica de realizar actividades improductivas, de posibles y turbios sentimientos sádicos y vengativos. En el mejor de los casos un deseo exorbitado de crear obstáculos y dificultades, mucho más que la voluntad explícita de resolver problemas y potenciar la educación. Los exámenes en la escuela actual son una de las importantes fuentes de tensión mental en la escuela. Generan conflictos síquicos muy superiores a la importancia que suele concedérsele y causan situaciones traumáticas que nada tienen que ver con los procesos educativos ni con la disciplina escolar. Por el contario conducen el problema de la educación al terreno de los comportamientos patológicos y al campo de la sicología y de la salad pública o al mundo de la educación especial. Los exámenes, ni siquiera la evaluación, son elementos ajenos a los procesos propiamente educativos.
Por lo tanto, es necesario limpiar del sistema educativo toda la contaminación síquica que se esconde reprimida e injustamente provocada sin utilidad ninguna en la conciencia del estudiantado. La mente no es menos vulnerable que el cuerpo. Sus lesiones no son ni tan espectaculares ni tan fáciles al diagnostico; pero no menos graves sus enfermedades que los trastornos orgánicos. Todavía en España no existe sensibilidad suficiente ni atención razonable a la salad mental. Existen sobre ella criterios demasiado elementales y primitivos al momento de analizar el comportamiento humano. Un enfermo mental o es un sicópata peligroso, un esquizofrénico, un demente en sus formas más graves, y en ese caso tendrá que ser recluido en un hospital siquiátrico, o es simplemente un neurótico leve, un desajustado social, un estridente, una víctima normal de la compleja sociedad que vivimos, y entonces no tendrá más remedio que seguir recorriendo las calles con sus sufrimientos a cuestas y sin ningún cuidado de nadie. No se aceptan términos medios. Entre todo y nada existe una infinita gama de variaciones patológica que merece la atención de los organismos del Estado. Sobre todo en las escuelas. Pero es rarísima la atención mental que se presta a las dolencias síquicas en este país cuando son tan abundantes. No sería un gran invento que un sicólogo, un especialista de la mente, un juez autorizado de la conducta humana, empezase a incluirse en la plantilla de trabajo de nuestros centros escolares. Es todavía una materia pendiente que deben resolver los responsables de la educación escolar. Y en todo caso ya no sería y gran descubrimiento porque en otros países hace mucho tiempo que se hace.
La función del sicólogo sería precisamente la recuperación del clima mental de la institución. Su competencia en los problemas de discipline interna, en el diagnóstico a tiempo de las desviaciones incipientes, en la planificación escolar en unos parámetros macho más transparentes y espontáneos, macho más alegres y optimistas, con menos violencia, con menos hostilidad, con menos represión síquica. Entraría en su competencia la aplicación de la terapia correctiva adecuada y la movilización de otros factores externos, familia, sociedad, entorno estudiantil, que suelen ser las causas verdaderas de los conflictos y permanecen siempre al margen del tratamiento. La entrada a la participación de los bienes de la cultura no puede exigir un precio tan caro de salud mental, de frustraciones humanas, como es el que se está pagando en la actualidad sin compensaciones de ningún tipo y sin utilidad práctica ninguna y sobre todo dentro de una completa impunidad social.
El medio social adquiere importante relieve y gran responsabilidad en la creación de esta atmósfera educativa. Sobre todo el ambiente familiar. Los padres de los alumnos, ese primer núcleo de la sociedad que más directamente le corresponde cuidar la adecuada formación de sus hijos, poco contribuyen a desbrozar el camino de su formación. Una parte importante de las veces se suman a la conjura universal de hostilidad que se cierne sobre su oscuro horizonte educativo. Su participación en el conflicto es únicamente para agravarlo y ensombrecerlo. Su acción incluso es tanto más dramática y desconcertante cuanto es mayor su desconocimiento real del problema y su obligación de tratar con mayor cariño y comprensión de los problemas de sus propios hijos. Un celo desmesurado, el deseo excesivo de buscar las cosas mejores para los hijos -un amor que mata-, los obliga ordinariamente a ser injustos, intransigentes e intolerantes. Lejos de disminuir el problema lo amplifican, lejos de disminuir las injusticias las aumentan, lejos de suavizar las doloridas llagas que produce un sistema terriblemente autoritario e imponente les irritan todavía más con su falta de sensibilidad humana. El medio familiar que debiera ser el sistema de amortiguación de las frustraciones que se realizan fuera del hogar, por un mayor grado natural de comprensión, de calor humano, incomprensiblemente realiza el efecto contrario destructor y corrosivo que difícilmente puede encontrar recuperaciones justas y a tiempo.
Este aspecto familiar negativo se agrava todavía más en Galicia. Ese sentido pesimista y negativo que corre como una herencia maldita por la linfa espiritual de este pueblo, crea sombrías predisposiciones para el estudio en nuestros centros. Acaso los oscuros orígenes de su historia, acaso su marginación geográfica en el noroeste peninsular, acaso la huella que origina una larga cadena de frustraciones históricas, acaso la penumbra de sus cielos llorones, sus mágicas y tenebrosas noches de cuentos de lobos y aparecidos, de nigromante y adivinos, de chamanas y derviches. Acaso es el terrible sentimiento de soledad y la nostalgia de las gentes de esta tierra que recuerdan los seres queridos que se hallan a uno y otro lado del océano, al uno y otro lado del tiempo. Ese sentimiento nostálgico, ese típico ensimismamiento, ese profundo lamento de la existencia, que no se sabe si es hastío de vivir o el trágico sentimiento de morir, no sabe si es canto o lamento. Se recibe en la sangre, se respira en el propio hogar, se lleva a la emigración, y resuena dentro y fuera de las mansiones de los ricos las casas de los pobres. Dentro de clase el estudiante gallego vive un sentimiento existencial profundamente pesimista, mímesis de esa realidad social. El sentimiento que afecta también a los educadores dentro de clase y de la sociedad entera fuera de ella. Tal vez el esfuerzo de renovación educativo en Galicia tenga que empezar por recomponer una nueva visión del mundo y de las cosas, mentalizar, crear un concepto mucho más positivo sobre las propias capacidades humanas y sobre las posibilidades de futuro que posee el mundo y la vida.
Es de esperar que los proyectos reformadores que se intentan, contribuyan a resolver el problema de la disciplina escolar. Al tiempo que se resuelven situaciones tan graves como la masificación de los alumnos en las clases, cuando se consiga que las clases españoles no sobrepasen el número de quince o veinte alumnos, al mismo tiempo que se realiza una programación abierta y se promueva mucho más el protagonismo activo y práctico del alumno. Cuando el alumno se encuentre en clase comprometido en el sistema libre, espontáneo, activo, de su propia formación; cuando el educador llegue a comprender que su función docente consiste precisamente en hablar menos y escuchar más, cuando la educación prescinda de los procedimientos violentos e impositivos, se haga más humana, directa y fácil, tal vez entonces los problemas de disciplina escolar se derrumben por sí mismos. Después de todo la disciplina no es más que un requisito de método que sólo es educativa en cuanto crea las condiciones favorables del aprendizaje. En todos los casos se ha de entender que un orden disciplinario libre será mucho más ventajoso que un comportamiento provocado o impuesto desde fuera. Una educación impuesta violentamente es una educación alienante, deformadora y traumatizante. No es educación. Por lo tanto el tema entra en el campo de las motivaciones individuales internas del educando que se tratará en el capítulo siguiente.
La disciplina tiene también un aspecto formativo que no puede olvidarse. El trabajo escolar realizado sin unos controles disciplinarios de los alumnos no podrá ser muy efectivo. Adema el trabajo colectivo de la clase ofrece recursos importantes para tomar conciencia de la convivencia comunitaria. El estudio es un trabajo que sólo podrá conseguirse a través de una rigurosa disciplina personal, a través del empleo de métodos tenaces de esfuerzo que los alumno suelen ignorar cuando aprenden hábitos de aprendizaje. La tarea de una clase o de un educador tendrá que centrarse mucho más en dirigir el proceso del estudio que ofrecerle los contenidos docentes rumeados y bien elaborados. Si una clase no llega a recuperar esa disciplina interna voluntaria, producto de las motivaciones positivas, de los intereses, de las buenas predisposiciones, de las actitudes de los alumnos y la disciplina externa colectiva que resulta de un adecuado entendimiento colectivo de profesor y alumnos, en buenas relaciones y unidad de objetivos generales, no podrá realizarse una verdadera tarea docente. No puede olvidarse que la empresa del aprendizaje humano, y sobre todo el aprendizaje sistemático, es una terea ardua y laboriosa que sólo será posible con el esfuerzo integrado de todos.
CAPITULO 10
LA MOTIVACION EN LA ESCUELA
Al tratar sobre Las motivaciones en la escuela es bueno recordar la tesis de un célebre y conocido sicólogo americano sobre los mecanismos de la conducta humana. Se trata de una afirmación profundamente alentadora, altamente optimista, sobre la capacidad educativa. Dice que la libertad humana, la institución escolar, el acondicionamiento social, poseen por encima de cualquier otro determinismo de la biología y de las fuerzas hereditarias del ser humano. Su tesis es: "Dadme veinte niños sanos y haré de ellos lo que quiera". Es el canto del optimismo educativo, la tesis del poder omnipotente de la acción y la muerte del desencanto, la frustración y el determinismo biológico o social. El niño es una masa enormemente maleable. Posee una riqueza tan grande de potencialidades humanas que muy pocas veces son consideradas suficientemente y tenidas en la debida estimación. E1 niño aprende siempre y lo aprende todo. Y su capacidad receptiva es mayor en los primeros años de su vida. De ahí la importancia que adquieren los cuidados prenatales, las primeras influencias del medio, como la educación escolar de la infancia que tan poca importancia se le concede en el sistema educativo actual. ¡Ni siquiera la educación infantil ha conseguido integrarse en sistema hasta la reforma reciente! Los rasgos característicos de una personalidad adulta, sus éxitos y sus fracasos, el nivel de su felicidad futura, se reflejan desde antes de nacer en los comportamientos futuros de la infancia.
Pero el niño no es sólo acumula progresivamente una inevitable herencia ambiental que recibe desde el instante de su nacimiento en el seno de la vida familiar, en el medio social, en la acción escolar; que se asiente sobre las bases, no menos pesada de un condicionamiento biológico que se recibe en la química de los factores genéticos de sus progenitores. Ahí se asientan multitud de tendencias e inclinaciones individuales que influyen en los procesos de su aprendizaje. Es la fuerza de la sangre, la pulsión interna que generan Los rasgos hereditarios, las consecuencias de los componentes químicos y biológicos del ser humanos, que pueden servir de freno al desmesurado optimismo del científico norteamericano. Pero aún así quedará siempre claro que la importancia de las normas educativas exteriores que se reciben desde los primeros años, manejada adecuadamente, desde el mundo exterior que rodeo siempre al hombre, tendrá una importancia decisiva en la conducta humana y en el aprendizaje escolar. Ni determinismo ciego genético, ni determinismo geográfico o ambiental, que elimine la acción formativa docente ni optimismo en la arbitrariedad humana o la flexión total ante el influjo del medio.
Nunca él acondicionamiento del hombre puede producirse con un automatismo adquirido en la precisión que puede producirse en los animales y en la máquinas. En ellos la fórmula estímulo-respuesta se produce con la exactitud matemática por la regularidad que le imponen las ciegas leyes de su instinto y la exacta precisión técnica. No puede compararse con el ciego instinto animal que también rige algún sector de su vida ni con el mecánico funcionamiento de las máquinas que ni siquiera alcanzan la grandeza de un enigmático comportamiento instintivo. El hombre es mucho más que todo eso. Toda relación que pueda establecerse sobre unos y otros es puramente metafórica. E1 ser humano en sus comportamientos permanece siempre dueño absoluto de su albedrío. La posibilidad de elegir un determinado tipo de conducta frente a otras alternativas a impulso de su libre determinación se mantiene como rasgo fundamental de su condición humana. En el proceso de estimulación educativa pueden fallar muchos elementos subjetivos para que el resultado educativo sea diferente o se verifique en un sentido u otros. La libre elección de la voluntad humana en todo el contexto de sus notas individualizantes será el último tribunal de apelación de la responsabilidad humana. Por eso es que todos los problemas educativos entran en el mundo interior de las motivaciones, en el campo de las propias convicciones individuales, en el adecuado funcionamiento del mecanismo síquico humaina, que es propiamente el campo de la libertad, mucho más que en la prepotencia institucional, más que en la fuerza impositiva de las leyes o los mecanismos disciplinarios que puedan imponerse desde fuera.
Ya se ha indicado la importancia de la motivación interna en los procesos educativos y las graves consecuencias que su ausencia implica en los otros colores escolares. Una adecuada motivación de un alumno es la respuesta clave a todos los demás problemas educativos. El problema de la motivación estudiantil está íntimamente relacionado con todos los casos del fracaso o éxito que se producen en educación. La culturización del hombre actual ya no es tanto un problema de clase social, ni de nobleza de dinero, ni siquiera de un elevado coeficiente intelectual, sino de la fuerza afectiva de las motivaciones que puedan empujar a los individuos. La historia de las civilizaciones nos cuenta cómo minúsculos grupos fuertemente motivados han derrotado a poderosos imperios instalados perezosamente en sus viejas conquistas. Ahí está el secreto arrollador de los grandes líderes de los pueblos que, como dioses antiguos, recogen la suma de los ideales populares y los convierten en banderas avasalladoras de triunfos incontenibles. La experiencia enseña también cómo, en esta sociedad de competencia y selectividad el número de los triunfadores crece mucho más frecuentemente entre medianías, intelectuales bien motivados que entre alumnos brillantes sin la necesaria motivación interna. Veinte niños adecuadamente motivados en una escuela cualquiera hará plenamente válido el aforismo conductista, hará buenos los sistemas educativos, hará buenos a los educadores, -incluso pueden hacerlos innecesarios- harán siempre lo que pretendan hacer, porque la razón de su comportamiento, el impulso para la acción, les viene de dentro.
Aquí chocamos de golpe con la deprimente animación mental que respiran nuestros ambientes escolares. Los síntomas se perciben el nuestro endémico fracaso escolar, en la frustración generalizada del alumnado, en el bajo rendimiento escolar, en la carencia absoluta de interés en los problemas culturales. Se habla insistentemente de la complejidad de causas que concurren en la misma, se conduce el problema a multitud de frentes diferentes. Ciertamente que un fenómeno social pocas veces tiene una sola etiología. Sus causas se ramifican en forma muy difícil de diferenciar en el complejo entramado social. Pero pocas veces se destaca con suficiente relieve la importancia que las motivaciones internas adquieren en el aprendizaje. Se estudia poco en las escuelas porque no existen suficientes motivaciones para estudiar, se rinde poco en los estudios porque no existen buenos motivos para que el alumno pueda rendir. E1 aparato externo del sistema educativo produce poca resonancia en su vida interior. El aparato externo del sistema educativo produce poco eco en la vida interior del aprendiz. No existe proporción entre las querencias de los que aprenden y los motivos de los que enseñan. Los intereses concretos de los alumnos no se corresponden con los intereses de su entorno social. A veces no se entiende, porque ni siquiera se comunican en el mismo sistema de comunicación. Hay tiempo por medio, existen experiencias vitales diferentes, un lenguaje diferente, existe una filosofía de la vida diferente, existe una maquinaria educativa cansada y ruinosa. Los fenómenos de la vida, que evolucionan muy rápidamente, dificultan la sintonía del mundo interno con la fría realidad externa, obstaculiza la pulsión del aprendizaje que debe realizarse desde adentro hacia afuera. Es la fuerza interior que, como un motor de arranque, debe funcionar sincronizada con la actividad escolar externa. De lo contrario el proceso no se realizará nunca adecuadamente.
Estamos en el mundo de las razones -no siempre lógicas, ni racionales, ni desde luego conscientes ni convincentes- que los estudiantes deben poseer en su actividad formativa. El estudiante de hoy vive rodeado de un clima social que nada tiene que ver con el concepto dogmático que sus padres tienen de las cosas, ni sus dramáticas experiencias bélicas, ni las sórdidas condiciones de vida de la posguerra, ni del destierro forzoso o la emigración. Hoy la vida es diferente. La vieja obsesión del trabajo diario para sobrevivir simplemente no la conocen ellos. Los beneficios de una jubilación que antes se conseguía después de una larga vida de trabajos, tampoco les preocupa demasiado. Hay dinero, hay recursos suficiente y buen nivel de vida fácil. En realidad ellos no tienen la culpa de que sus padres se hayan enredado en una contienda civil o que hayan nacido en una era diferente. El presente les corresponde a ellos. Poseen desde el principio conquistas que en otros tiempos se lograban escasamente al final del proceso. Las motivaciones de su aprendizaje se producen en esta confluencia social de valores. La motivación evidentemente no nace por generación espontánea. Es el clima que se respire en los círculos sociales que rodean al estudiante. Es uno de los factores decisivos en la eficacia educativa y al mismo tiempo es un producto de ella. Impulsa por dentro el proceso educativo y se acrecienta en el buen funcionamiento de ella, madura en el clima cultural que viven los pueblos, en la capacidad de comprensión que asiste al sistema y en la sensibilidad educativa que pueda aportar la comunidad educativa.
Con mayor certeza que nunca se puede afirmar que lo efectivo en educación es lo afectivo. Equivocadamente se está abusando en educación de presupuestos racionales. La juventud es el paraíso de la sensibilidad, el mundo de las siempre alegres y sugestivas representaciones sensoriales el jardín florido del sugestivo mundo sensorial, el fascinante espectáculo de mil fantasías brillantes y coloridas que alegran los senderos de la modernidad. La juventud es el deseo incontenible de verlo todo, de tocarlo todo, de experimentarlo todo, de saberlo todo, entrar en lo bueno y en lo malo, llegar al éxtasis de un felicidad fingida y bajar a cavernas de todas los delitos. Ahí están las mejores credenciales para entrar en los procesos formativos. Pero además el alumno es un sujeto profundamente afectivo. Reacciona con facilidad a la estimulación afectiva que lo rodea. Es un perfecto detector del clima afectivo que le rodea. Presiente el amor, el odio, la alegría, la tristeza, la esperanza, la desesperanza, con una precisión que pocas veces pueden ser entendidas para los provectos educadores. El ambiente afectivo del contorno le entra en la sangre par efecto de ósmosis social con graves repercusiones en su comportamiento y sobre todo en la formación de sus motivaciones íntimas. Nadie es delincuente el día de su nacimiento. La afectividad, como uno de los elementos integrantes de la motivación de la conducta humana, se aprende. Se aprende a amar, se aprende a odiar, se aprende a ser feliz, se aprende a llorar. Disfruta intensamente el éxito y siente el dolor del fracaso. También aquí es más decisivo el mensaje de la sociedad que el aprendizaje racional de la escuela. De ahí la gran importancia que merece el trato afectivo dentro y fuera de la escuela. Ahí está la semilla de grandes pasiones de la vida y grande odios, el proyecto de grandes empresas e indicio de los grandes fracasos, los triunfadores y las víctimas, el entusiasmo de vivir y las grandes frustraciones humanas, el éxito y el fracaso de los estudios.
Esta carga afectiva es la razón de las grandes empresas que se han realizado en la historia; la luz que ha iluminado a los líderes de los pueblos, a los profetas, a los visionarios, a los artistas, a los revolucionarios, a los creadores, a los mártires, en todas las épocas y en todas las geografías. Su ausencia ha dejado perdidos a millones de seres humanos en las sombras olvidadas de la historia. Su deformación, creó otros tantos protagonistas de aventuras de signo negativo que llenan hay las crónicas de los comportamientos erráticos. Poco valor puede tener, frente a esta realidad infantil y juvenil enormemente rica en contenidos sensoriales y afectivos, la oferta de abundantes esquemas mentales, los teóricos presupuestos racionales que tan abusivamente proliferan en el sistema educativo. Esas ideas-madre, dioses de antaño, la autoridad del maestro, las distancias sociales, el sentido del honor, los valores religiosos, los conceptos de patria, familia, orden, ley, las sagradas costumbres, que entusiasmaban a nuestros antepasados y todavía remueven muchas añoranzas en grandes sectores sociales hoy, no pueden crear demasiado interés en la juventud espontáneamente sensitiva y sinceramente afectiva. Falta el esfuerzo de sincronizar debidamente el proceso educativo institucional, excesivamente racional, con las vibraciones internas del educando, excesivamente sensible y sentimental. Más que pese, la importancia de los comportamientos irracionales del hombre, el trasmundo del inconsciente humano, donde se realiza la maravillosa vida de lo afectivo y sensorial, ese mundo ya poco interesa y todavía le avergüenza a las personas mayores, debe imponerse sobre los tradicionales esquemas racionalistas de la educación anterior.
Otro de los factores importantes de la motivación es el desfase que produce el tiempo y los cambios sociales. Hasta hace algún tiempo las etapas históricas, los movimientos culturales, las pautas de comportamiento social, se eternizaban en el tiempo y en el espacio. Las transformaciones del entorno humano eran imperceptibles. Las costumbres de unas épocas eran exactamente la mímesis de la época siguiente. La fidelidad al quehacer de los antepasados constituía una de las grandes virtudes del buen ciudadano. La innovación creativa del hombre en el aspecto social era una aventura plagada de riesgos y amenazas. La historia humana ha ido acelerando su ritmo progresivamente. Hoy las cosas son completamente diferentes. Las modas culturales, las innovaciones sociales, las instituciones, se asientan mucho menos tiempo en cada recodo de la historia. Los acontecimientos culturales se atropellan unos a otros, las olas de una moda se confunden con el esplendor de la siguiente. Los grandes parámetros de la historia antigua, los inconmensurables espacios geográficos de antaño, quedan hoy reducidos a pequeños acontecimientos en cualquier rincón del planeta que apenas sobrepasan las dimensiones de acontecimientos caseros, regionales y autóctonos. Se están cayendo ya las fronteras en el mundo. Las comunicaciones aprietan cada día más las distancias, las costumbres, la cultura, las conquistas de los pueblos.
El mismo tiempo que antaño marcaba el paso unísono de muchas generaciones, hoy se disgrega en mil franjas diferentes. Así la que es entrañable para los padres ya no lo es para los hijos. Lo que conformó la delicia de los profesores ya nada interesa a sus alumnos. No hay tiempo ni distancia. De esta realidad histórica nace el eterno conflicto generacional que atormenta constantemente la relación de los padres y sus hijos, las relaciones de los ancianos y más jóvenes, la tensión entre educadores y educandos. Un viejo problema que se agrava par efecto de la aceleración del tiempo. Una convivencia que antes se realizaba con mayor naturalidad en la invariabilidad de las circunstancias exógenas, hoy son estridentes, violentas, debido precisamente a la arrolladora velocidad de la historia. Pequeños grupos humanos de escasas diferencias temporales se sitúan en contextos mentales completamente distintos. Las desavenencias entre padres e hijos, entre profesores y alumnos, entre colectivos de edades diferentes, se hacen cada día más complicadas y conflictivas. Un problema que por su naturaleza es viejo se enreda más en la velocidad del tiempo, en la aceleración de los cambios sociales, en la variación de las pautas del comportamiento.
Este fenómeno disloca el sistema de comunicación cultural. Los padres de familia hablan un lenguaje que sus hijos no entienden. Aparte de los tabúes ancestrales que deja en silencia buena parte de las relaciones afectivas. Los educadores se colocan en plataformas culturales diferentes. Incluso las autoridades públicas hacen menos esfuerzo en resolver los problemas efectivos del pueblo que en conseguir el voto que necesitan para mantener su puesto. Ellos también reciben consignas. Todos hablan; pero no se entienden porque no se emplea el mismo sistema comunicativo. Un babelismo que se fomenta con las erróneas políticas de diversificación lingüística. Hay prisa en inventar lenguas particulares para ser diferentes de los otros. Este desfase cultural crea inevitablemente tensiones en las relaciones familiares, tensiones en las relaciones en sistema educativo, problemas de aislamiento y desconexión administrativa, problemas de frustración escolar y problemas políticos. La motivación del discente es al mismo tiempo una actitud mental consecuencia del proceso escolar. Una consecuencia de una acción educativa docente planificada. Volvemos a un tema repetido. La escuela, el enseñante, no puede reducir su acción a una información atropellada de datos informáticos. Debe preparar la tierra pedregosa del sujeto que aprende, gastar tiempo en la orientación interna de los alumnos, buscar no solo el estudio sino la alegría de estudiar, no el aprendizaje obligar ario, sino el hábito creativo y entusiasmado de trabajar cantando. El tiempo lectivo no sólo es la proyección de datos intelectuales informativos desde afuera sino la siembra de auténticas razones que el alumno tiene para estudiar. Este es un trabajo muy escaso en nuestras aulas, muy resbaladizo, muy accidental. Incluso se rechaza explícitamente ante una angustiosa prisa en cubrir temarios descarnados y fríos. La motivación interna que se pueda lograr en el alumnado suplirá con creces en su rendimiento personal el tiempo gastado en su formación humana.
Además de otras mecanismos de motivación existe en los centros en el actual sistema una o dos horas de trabajo teórico, llamadas tutorías, que en realidad son horas de trabajo muertas en la práctica, porque la acción orientadora no se realiza ni frente a los padres ni frente a los alumnos. Son horas de trabajo, son horas de orientación, son horas de guiatura, que podrían perfectamente suplir dos horas semanales de clase, frente al alumno, sin más tema de estudio que el diálogo permanente, el estudio de la realidad estudiantil, el intento de resolver problemas, la comunicación de esa corriente afectiva en una dirección y otra, la liberación de represiones, la apertura de perspectivas laborales y humanas, la exploración de aptitudes personales. Además de entrar de lleno en el problema de las motivaciones educacionales de los alumnos estaría el educador cumpliendo una función estrictamente pedagógica Y esto por supuesto sin perjuicio de la labor que coda educador debe realizar en su propia clase y por encima de toda pretensión científica. Uno de los males endémicos del actual sistema es precisamente la ausencia de autoanálisis que nuestra juventud tiene a la hora de realizar sus opciones estudiantiles. Existe una doble desinformación de efectos negativos en la educación. Desinformación del alumno sobre sus propias posibilidades en la sociedad, porque los jóvenes son seres humanos inseguros, sin criterios suficientes para valorar objetivamente sus verdaderas posibilidades humanas y profesionales. Desinformación sobre las opciones que le presenta la sociedad en relación a su futuro profesional. Desorientación en dos direcciones diferentes. En los centros españoles existe un desconocimiento total de las aptitudes de los alumnos, sobre sus propis posibilidades vocacionales y un desconocimiento semejante en torno a su futuro profesional y opciones laborales. De tal forma que hoy nuestros estudiantes salen de los centros, ignorantes de su propio valer humano, ignorantes de sus inclinaciones profesionales, ignorantes de sus recursos para el trabajo. Tema sumamente importante de hacer esas elecciones hacia el futuro que tanto han de influir en la eficacia profesional y en la felicidad personal. Es necesario descubrir las inclinaciones del alumno, sus habilidades, sus predisposiciones naturales o adquiridas, no siempre conscientes, no siempre en consonancia con los intereses familiares ni sociales ni educacionales. Cualquier persona hace bien lo que le gusta hacer, lo que le ofrece gratificaciones sociales, lo que le ofrece éxitos en su medio social, lo que le ofrece el reconocimiento, aplauso o premio de los demás. O simplemente lo que le ofrece la grata satisfacción de hacer bien las cosas. Es un punto de vista totalmente diferente al que se respira en los centros españoles. Un alumno desmotivado, realizando a ciegas su andadura formativa, sin orientación suficiente, empujado por las preferencias familiares o las limitaciones del sistema educativo en forma violenta, no pueden ofrecer otra cosa que el desaliento y la frustración estudiantil.
Exista falta de información con respecto a las opciones que ofrecen los estudios superiores, sobre las posibilidades de trabajo, sobre las exigencias y los planes de estudio que les espera en el salto a los niveles superiores de formación. E1 actual sistema no emplea mecanismo ninguno para abrir los ojos del estudiantado a la realidad social que los rodea. Por el camino van rebaños de estudiantes ciegos prácticamente avocados al precipicio del fracaso o al desencanto total de sus aspiraciones culturales. La exploración vocacional no es una tarea de crecimiento espontáneo. Debe ser planificada y dirigida inteligentemente. La información de las opciones y exigencias de formación superior deben anticiparse previamente en los estadios inferiores. También aquí está la desidia tradicional de dejar las cosas siempre como están. Es la mejor manera de no crear problemas y no hacer nunca nada.
Un problema de motivaciones reside en el clima emocional que puede ofrecerse al alumno desde fuera. Las estructuras externas de la enseñanza son importantes. Pero ya se ha dicho que el problema fundamental de nuestra educación no era de cantidad sino de calidad, una cuestión de sensibilidad educativa. Como refuerzo de esta buena temperatura, como estímulo educativo, que debe reinar en los centros, citaré sólo el ejemplo de la poca simpatía que puede ofrecer nuestra actual jornada de trabajo, el doble turno de la jornada escolar. En España cuesta mucho comprender el sabio refrán inglés -acaso por xenofobia anglosajona- que afirma que el tiempo es oro, que el tiempo vale dinero y que su precio aumenta a medida que en nuestro tiempo se acelera la historia. En España se hace difícil comprender que la vida, que toda clase de vida, el impulso creador, esfuerzo adaptativo e irresistible tensión de crecimiento y expansión. Taxias y tropismos. Solo los organismos muertos permanecen ajenos a esta llamada del tiempo e indiferentes a las variables del medio en que viven. La organización escolar española, entre otras cosas, adolece fundamentalmente del sentido práctico del tiempo, del sentido funcional de los espacios horarios docentes, y sobre todo carece del instinto renovador necesario para comprender y realizar las modificaciones necesarias que impone cada momento histórico.
La jornada única en la escuela ya se ha impuesto en otras partes del mundo y funciona perfectamente. Aquí se hacen ensayos tímidos y poco convencidos. Se habla del tema como si se tratase de una gran revolución o de innovaciones de tono subversivo. Nuestra cómoda y tranquila manera de andar ha creado surcos tan profundos en la conciencia española que dejan poco margen a la adaptación y a los cambios y en todo caso no podrán realizarse sin grandes violencias. Una vez más la inercia, la pereza, los convencionalismos de esta tierra se asientan en los engranajes de la maquinaria educativa de tal manera que la hacen sorda y muda al paso del tiempo. Pero el precio del inmovilismo se paga, y la justicia de la historia es inclemente. O se limpian los engranajes, se renuevan las piezas, se reconvierten los procedimientos, o la maquinaria dejará de funcionar o seguirá tan defectuosamente como hasta hoy.
El doble turno en la escuela, la jornada escolar dividida en turno de mañana y tarde, tal vez tenga una larga tradición institucional, un cierto regusto sentimental en seguir haciendo lo que siempre se hizo, una falta fidelidad a un pasado estéril y mucha desconfianza a un futuro que se ignora. Pocas cosas más, fuera de la rutina y la pereza pueden justificar todavía la pervivencia del doble turno en la escuela. Pero en este país es muy importante cumplir unos horarios que siempre se han cumplido. E1 aspecto práctico y funcional -que supone esfuerzo de reflexión- importa poco en nuestro medio así sea un medio de naturaleza cultural. Perder el tiempo indefinidamente en recorrer círculos que no tienen fin, en cumplir ritos de tiempos pasados o realizar movimientos inútiles, es cosa que no preocupa a nadie.
El doble turno en nuestra sociedad supone un amplio tráfico de alumnos y transportes en todas las horas punta del día completamente innecesario. Transportes y alumnos se entrecruzan a primeras horas de la mañana en un largo recorrido de entrada al colegio, se repite en doble dirección al medio día y se vuelve hacer a últimas horas de la tarde. Un itinerario agravado por su -frecuencia en los medios urbanos y por las distancias y los malos caminos del medio rural. En esos autobuses consume el somnoliento alumno de la mañana y el cansado alumno de la tarde, inútiles y largas horas del día. ¡E1 precioso tiempo que el alumno necesita urgentemente para sus tareas obligatorias, un tiempo que se pierde sin provecho de nadie, en carreteras, en semáforos, en idas y venidas!
El panorama dentro del centro escolar es igualmente desalentador. Ya se han aceptado clases de cincuenta minutos. Pero el tiempo interno del centro está atomizado. A veces se empiezan tarde las actividades. E1 turno de mañana y tarde esta subdividido por cortes hasta de media hora, porque "es necesario tomar caté a media mañana'', "porque la distensión escolar", “porque el rendimiento del alumno" ¡Bellos títulos para justificar malos hábitos! A1 mediodía se intercalan dos o más horas muertas con el pretexto de la comida. Ni tendrán tiempo para comer los alumnos que tengan que viajar a sus domicilios y les sobrará ampliamente a los que deban comer en el centro.
Es posible que, como siempre, España llegue tarde a la solución práctica del problema. Acaso cuando todo el mundo esté de vuelta, entremos en la cuenta aquí, en esta bendita, que tenemos que recomponer los horarios escolares. Y posiblemente entonces se entienda que su implantación, ni es tan difícil, ni desde luego novedosa, y evidentemente mucho más útil para todos. Simplemente comenzar unos minutos antes por la mañana, apretar las horas de clase en forma racional, suprimir las horas muertas del mediodía, tabular técnicamente un turno seguido y concluir la jornada a primeras horas de la tarde como se hace en otros sectores sociales. Ahí surgirá el tiempo libre, que se supone teóricamente y hoy no existe por ninguna parte, ese tiempo libre que el alumno necesita para su libre disposición, para su ocio, para las tareas, para la investigación, para el deporte, para el descanso, para la familia.
Los inconvenientes yo no sé si existen. La iluminación y el consumo de energía, durante todo el invierno -incluso el frío- da lo mismo que el turno sea simple o sea doble. El pretendido rendimiento escolar, la tensión del alumno y del profesor, tienen mucha más relación con el método, la motivación y otros factores docentes, que con un simple corrimiento de horario. Ni es tan densa, ni concentrada, ni eficiente, la calidad de nuestra educación para que se pueda perturbar su proceso con una simplificación horaria. No es precisamente problema de profesores sino asunto que concierne primeramente a los alumnos y a las exigencias adaptativas de la sociedad en que vivimos. Afecta incluso al problema de tráfico rodado. Afecta incluso al espacio docente. Los centros de un solo turno dejarán sus puertas libres, sus instalaciones, sus equipos, para otros turnos de tarde y noche y otras actividades sociales y culturales que tan necesarias son en nuestra tierra.
CAPITULO 11
EVALUACIÓN Y OBJETIVIDAD
En la última Ley de Educación, al hablar de la evaluación de los alumnos se dice textualmente: "Los alumnos tienen derecho a que su rendimiento sea valorado conforme a criterios de plena objetividad". Parece, según la cita, que el artículo de la Ley está suficientemente explícito. Parece que es completamente razonable que este proceso evaluativo debería realizarse así como dice la ley. Las normas legislativas y las necesidades sociales, a voces, coinciden en esta tierra. Pero la realidad de las evaluaciones en nuestras escuelas es totalmente diferente. De objetividad, nada. Un vez más se cumple en la escolar la vieja costumbre ibérica de escribir perfectos principies legales que luego nadie va a cumplir, que a acaso alguien acepta voluntariamente al servicio de sus interese particulares o que incluso se preparan con la malévola intención de disfrutar a su sombra magros privilegios y situaciones de hecho ventajosas. En este pueblo las supremas leyes suelen ser las formas supremas de injusticia. A pesar de todo, el proceso evaluativo español anda totalmente suelto. Lejos de esos supuestos criterios de objetividad, camina a la deriva, a la voluntad de un aparatoso montaje escolar tan complejo y rutinario como arbitrario e injusto. De tal forma que el concepto de objetividad es solo una palabra hueca, impresa en una ley de educación sin demasiada repercusión efectiva en el sistema educativo.
La evaluación es una actividad docente no menos importante que las demás tareas ecdémicas. Implica el necesario conocimiento que los agentes de la educación deben poseer sobre la masa escolar. Es una actividad adyacente y colateral al proceso de enseñar. Posee una gran importancia humana debido a las graves repercusiones que su mal ejercicio puede llevar a la conciencia estudiantil. Desde luego es claro que la evaluación no puede confundirse con el aprendizaje en sí mismo. Ambas actividades, enseñanza directiva y valoración de los rendimientos, se realizan en el mismo proceso docente dentro del sistema institucionalizado. La evaluación no la realiza el alumno. Es extrínseca al proceso de una formación personalizada. Bien o mal, en el actual sistema de cosas, la evaluación entra totalmente en la competencia de los educadores. Pero esta actividad que se realiza con grandes aportaciones de subjetividad docente no excluye una autoevaluación que puede realizar el alumno. Puede plantearse un sistema educativo, como la educación libre de escolaridad, como el autodidactismo, como la educación anterior a las formas institucionales de hoy, como la educación espontánea que el ser humano recibe en el medio social al margen de todo sistema educativo, sin necesidad de pararse en los problemas de evaluación sistemática, numérica y oficial. Podría también aplicarse a ellos esta fórmula y en todo caso la autoevaluación, la implicación del alumnos en la valoración de sus propios rendimientos es un campo sin explorar y un rico yacimiento de posibilidades al sistema de evaluar.
De momento la subjetividad y la anarquía son manifiestas. Puede existir verdadera formación humana sin el termómetro obligatorio de calificaciones que impone la socialización del proceso y su oficialidad. De la misma manera que puede acontecer r un diagnóstico métrico del alumno perfectamente tabulado, desconectado completamente de la realidad objetiva que pretende reflejar, puede verificarse un auténtico desarrollo humano sin que el diagnóstico aparezca por alguna parte. Dadas, sin embargo, las dimensiones sociales de la institución, dada la compleja socialización del hombre moderno, dada la competitividad del hombre actual, dado el rigor que se impone a veces a ciertos ritos legales, las credenciales formales de la educación importan a veces mucho más que la educación misma. Esta presión externa de la sociedad distorsiona con frecuencia las cosas, sobrepone los procedimientos a las realidades, destaca el reflejo exterior de la educación sobre la acción propiamente educativa, ensalza la medida del proceso sobre el mismo proceso, se crea una sicosis colectiva de notas y números cuando llegan los días de examen que la educación humana del alumno se pierde totalmente entre el florilegio de las notas. Se trata de una fórmula teóricamente buena que puede esconder las mayores injusticias y originar, de paso, grandes conflictos escolares. La necesaria y justa evaluación del rendimiento de los alumnos de este país se pierde constantemente entre la arbitrariedad de los procedimientos, entre la subjetividad y prepotencia del personal docente que, en materia de evaluación tiene el derecho de vida o muerte, entre el total desdén con que se acogen siempre los procedimientos técnicos y científicos aplicados a la educación.
Ya el aspecto sentencioso y ritual, aburridos e ineficaces, que ofrecen con frecuencia los actos de evaluación, los resultadlos de la misma en un amplio aparato externo deslumbrante e intimidatorio, tiene poca semejanza con las notas que deben adornar a cualquier acto de aprendizaje libre y espontáneo donde el alumno es el actuante principal. E1 resultado de la evaluación no puede ser una sentencia jurídica. E1 término "tribunales" de significado eminentemente judicial, empleado en los procesos educativos, implica de por si toda la frialdad y la distancia deshumanizada del oficio del juez que se mueve entre datos y cifras, en el duro lenguaje técnico de la justicia, donde interesa mucho mas e aspecto legal que el aspecto justo. Mucho más que las humanas formas del educador que valora el rendimiento espontáneo y gradual de sus alumnos. No puede confundirse el reconocimiento positivo, estimulante y desinteresado del rendimiento de los alumnos con los juicios condenatorios sobre sus comportamientos. No pueden dejarse influenciar los procesos de evaluación educativa por el rigor, por la frialdad, por el legalismo deshumanizante, propio de la actividad judicial. Ni mucho menos un ejercicio de venganza, represalia, adivinación, interpretaciones subjetivas y malévolas. Todo esto existe. Se inventan notas, se inventas escalas de valoración propias, se hacen combinaciones caprichosas, no hay explicaciones, no se valoraciones graduales desde el proceso al resultado. Cúmulo de disparates con secuelas destructivas en la formación de la juventud. La evaluación debe ser mucho más el común esfuerzo de rehabilitación y reconocimiento de los esfuerzas realizados y los pequeños éxitos conseguidos, que el juicio condenatorio de los mismos.
Otra de las características poco optimistas que adornan los procesos de evaluación es el aire de infalibilidad y fatalismo que los rodea. Las autoridades españolas, así sean las docentes, nunca se equivocan. El jefe siempre tiene razón. Es como si también ellas se arrogasen alguna pequeña parcela de infalibilidad religiosa para definir sobre cosas divinas y humanas. Cuando el español habla, dogmatiza y siempre tiene razón. Actitud que es evidentemente falsa sobre todo cuando se trata de la evaluación a alumnos, a veces mucho más inteligente que el profesor y nunca bien considerados. El último decreto sobre derechos de los alumnos introduce alguna posibilidad legal de reclamación sobre las posibles injusticias en las evaluaciones. Pero ya es malo que un problema de evaluación tenga que resolverse por medio de procedimientos legales. Si en alguna rama de la sociedad deben prevalecer los mecanismos racionales de diálogo sobre las decisiones impositivas e incluso legales, es precisamente en el plano escolar y educativo. Ninguna razón existe que impida que el alumno participe activamente en su propia evaluación, su autoevaluación, en una acción de responsabilidad transparente, consciente y creativa, convenientemente dirigida. Nada impide que pueda ofrecer su particular criterio sobre la misma, estar presente en las mesas de reunión que las realizan ya, en el peor de los casos, dialogar, pedir explicaciones, solicitar informaciones y ofrecer pruebas de los errores y aciertos. Una evaluación realizada en solidaria colaboración activa de alumnos y profesores marcaría una postura mucho más razonable, más educativa, más espontánea que la omnipotente, irrevocable, y frustrante decisión unilateral que se impone a nombre de actitudes omniscientes de los poderes totalmente alejadas de la realidad que la causa más directa del desaliento y el desencanto en el aprendizaje.
E1 proceso evaluativo numérico del alumno está casi siempre basado en la supuesta buena voluntad del educador. Una supuesta ética del predicador, que podrá ser real en la mayoría de los casos; pero podrá incluso no existir en importantes excepciones. ¡Es de ver, a veces, con qué alegre despotismo se decide la suerte suprema de las calificaciones, a veces es la vida profesional y el destino de los alumnos, cuando llega el momento de poner números! Unas veces se hace sin pruebas suficientes, porque simplemente parece que si o parece que no, porque es simpático o no lo es, porque es hijo de su padre o de su vecino. No es que esto suceda siempre así, ni que suceda la mayoría de la, veces. Es ya muy grave que pueda suceder, cosa que cuestiona la validez del sistema desde sus fundamentos. Naturalmente que el supuesto de la honradez del educador debe mantenerse mientras no se demuestre lo contrario, que el alumno no debe ser un elemento ajeno a su proceso educativo, que la escala numérica de evaluación debe responder a criterios de objetividad, debe moverse en un águalo obligatorio de a cero a diez, ni más ni menos, que el alumno siempre debe quedar en el derecho de poder demostrar el nivel de sus conocimientos, y el profesor deberá tener las suficientes comprensión de los juicios valorativos de sus alumnos. Los errares en este tema resultan muy caros. Pueden hacerse por carta de manos y por carta de menos. La carta demás también es engañosa si contribuye a crear fantasías que no corresponden a la realidad y nadie considerará un buena calificación como una injusticia de nadie. La carta menos es muy grave porque contribuye altamente a aumentar el grado de frustración, crea una terrible sensación de impotencia represiva difícil de recomponer posteriormente sobre todo en los más tímidos que no suelen ser los más tontos, originan la mayoría de las deserciones estudiantiles y colaboran directamente al aumento del fracaso escolar.
Los filtros de estudiantes en todos los niveles, con unas pretendidas exigencias de rendimiento, son procedimientos muy dudosos. Si la finalidad es desplazar expresamente contingentes estudiantiles fuera del sistema educativo y demostrar la incapacidad del actual sistema para absorber en las escuelas a toda la población estudiantil en ellas, deberían empezar planteando el problema en esos términos. Aumentar el número de centros de estudio e invertir más dinero en infraestructuras escolares. Cuestión de presupuestos. Si el problema es de nivel cultural estrictamente, el tema se coloca en un terreno de pura relatividad y los mecanismos de selección en la forma en que se emplean son totalmente arbitrarios y contraproducentes, no exentos de fuertes cargas de sadismo en interpretaciones oscuras de la educación. Evidentemente no todos los estudiantes son aptos para completar largas carreras de estudio. Decía Confucio en una lejana etapa de nuestra geografía y de nuestra historia: "si yo planteo un problema a un alumno y él no me platea tres a mi, dejo de enseñarles. Acaso el maestro oriental es demasiado exigente y con este supuesto, dada la pasividad de nuestras escuelas, poco trabajo tendrían que realizar los educadores españoles. Pero la anécdota presupone que existen alumnos que no merecen el esfuerzo que por ellos se realiza, que existen alumnos que a pesar de su esfuerzo y buena voluntan, carecen de las aptitudes necesarias para un complejo proceso de aprendizaje. Desmienten también aquel desmesurado optimismo del conductista norteamericano. Posiblemente Confucio y Watson sólo tengan razón parcial en sus afirmaciones. La solución evidentemente no puede estar en la masacre que ordinariamente se realiza en los centros de estudio, ni en los indefinidos obstáculos que se ofrecen al estudiante, ni en frustrar sus ilusiones en boletín de números rojos, ni en los desprecios y humillaciones que sus malas notas le van ofreciendo constantemente a lo largo de su carrera. No valen suspensos mayoritarios. El problema de la evaluación entra de lleno en el campo de la orientación profesional y posiblemente en la rama de formación profesional, muchos más que en el del nivel selectivo de rendimientos. Habrá que ofrecer alternativas, resolver problemas personales vocacionales, orientar sus capacidades hermanas en la dirección más adecuada, educar en función de las realidades humanos del alumno y las exigencias de la sociedad, enseñar abriendo caminos en la vida mucho más que creando obstáculos.
La realidad escolar en este sentido en España es desalentadora. La educación española es una competición de obstáculos indefinida, cada día se sube más la marca, cada día se sube el nivel, cada día se pone más arriba la escala métrica que mide los rendimientos. El resultado es el suspenso, el suspenso masivo, el suspenso generalizado, mayoritario, indiscriminado. ¡El terror de las notas! Una gran mayoría se quedan en la zona roja de los suspendidos, en el campo de las desilusiones rotas, en el camino del fracaso, porque no han superado aquellos supuestos mínimos o máximos que ha impuesto arbitrariamente un educador o un centro escolar o una equivocada institución. Quedan en la trampa de la arbitrariedad institucional tolerada, en las garras de elementos totalmente relativos y convencionales. Y poco resuelven los eufemismos diferidos, aplazados, recuperaciones, suficiencias. La misma cosa. Aquí nace la pregunta. ¿Es necesario marcar en rojo el rendimiento escolar de un alumno? ¿Será necesario echar sobre su conducta el bochorno y denigrante baldón de una etiqueta numérica siempre dudosa de objetividad que habla solamente de las limitaciones en unos aspectos de la personalidad omitiendo las excelencias de otros? Suponiendo que las notas son completamente necesarias en el actual orden de cosas, ¿por qué se suspende tanto?, ¿por qué esos elevados porcentajes de suspensos dentro del sistema educativo, en nível de clase, en divel de centros, en nívei general? Y si realmente responden a la realidad, la realidad está enferma y debe ponerse el remedio donde corresponda. No siempre será el alumno el malo. Quisiera entender las ventajas de la reprobación masiva de estudiantes en casi todos los procesos evaluativos del país. A veces hasta se hace ostentación de la reprobación mayoritaria y colectiva, se habla de la salvaguardia del honor de una disciplina, de un pretendido nivel intelectual cosas que son mucho menos importantes que la dignidad del ser humano que soporta el desorden. Desde esos pretendidos objetivos de nivel intelectual y de prestigio de una disciplina, o el orgullo de un profesor, no se consiguen arreglar los desperfectos. Los suspensos que torturan la vida de muchos estudiantes son en realidad el suspenso de una mala institución educativa, el suspenso de unos malos y morbosos hábitos educativos de nuestras escuelas, la reprobación de una pereza educativa ambiental que mata toda la alegría de aprender y estudiar, acaso el suspenso del profesor que proyecta inconscientemente sobre los alumnos su incapacidad docente.
Aparece claro que podrían eliminarse los suspensos de boletines de notas en favor de una buena educación positiva sin restricciones y de una adecuada orientación vocacional y profesional. Pero en todo caso es preciso suponer que el estudiante medio español es normal, que posee coeficientes intelectuales normales, que ofrece aptitudes y comportamientos normales de aprendizaje, que tiene reacciones normales, que dentro de un sistema medianamente efectivo y un contexto de motivaciones normales, el resultado debería ser mayoritariamente positivo. Si los números son de otra manera, la responsabilidad no puede caer toda sobre el alumno. Los pocos que podrían quedar al margen de la quema general como marcas de excepción, entrarían en el campo de la educación especial macho más que la enseñanza normalizada. Y lo grave del asunto es que el problema se repite todos los años, en la mayoría de centros de formación profesional, se hacen constar siempre en actas del bajo rendimiento de ciertos grupos de alumnos, se repiten las mismas quejas todos los años, de la misma manera y nadie trata de poner solución. Es absurda práctica de suspensos generalizados, es anormal y debe resolverse con procedimientos adecuados. Y esto no se hace. Se pasa olímpicamente de largo y se incluye la práctica como una rutina o una tradición más.
La cultura es un derecho de todos los hombres y la educación escolar es incluso obligatoria hasta ciertos niveles. La reprobación violenta, la reprobación masiva, en primer lugar no tiene ninguna finalidad práctica o ventajosa fuera de contribuir al desaliento del alumno; en segundo lugar es totalmente opuesta a la libre, incluso obligatoria, acción de estudiar; en tercer lugar presupone la anormalidad generalizada de nuestros estudiantes cosa que evidentemente es falso. Es crueldad que las notas se usen como método disciplinario o que puedan servir de recurso manipulador de los sectores educativos. Ante la realidad sangrante de los numerosos suspensos se precisa entrar en la reconversión de otros muchos presupuestos docentes que se están ofreciendo en este diagnóstico educativo más que lanzar piedras siempre en la misma dirección de las mismas víctimas.
Los suspensos son preludios del fracaso escolar, obstáculos innecesarios a la necesaria participación de todos los individuos y todos los pueblos en el común patrimonio cultural y de paso pueden convertirse, de rechazo, en las primeras tentaciones del camino del delito. Las demás calificaciones poco mas sentido tienen que ofrecer el testimonio inútil de un largo y laborioso currículo escolar incluso para los mejores alumnos. El mundo laboral actual está ofreciendo sus puestos de trabajo por caminos totalmente distintos a los que señala el expediente académico. La cotización de un puesto de trabajo en la actualidad está por encima de los resultados, poco fiables, de la escuela. La empresa privada resuelve el problema laboral con criterios económicos, prácticos y realistas, en los que cuentan muy poco los resultados obtenidos en la carrera. La misma administración oficial ha montado mecanismos tan enredados para entrar -luego hablaremos de las oposiciones- en el campo de la administración pública totalmente ajenos a los méritos académicos del candidato, cosa completamente absurda. Pero este es el país de los enredos y donde las cosas más extrañas se hacen reales. Ni el exceso de profesionales en orden a la demanda social de trabajo, ni los tres millones de desempleados del país, pueden ser motivo de tortura para los que desean participar en los bienes universales de la cultura. La cultura es el camino de la libertad de los hombres y la libertad es un derecho inalienable del hombre. La cultura está por encima de sus termómetros, o de los criterios subjetivos de quien la imparte. Si el valor de las calificaciones es tan relativo e insignificante e injusto a veces, si el significado de los suspensos, sobre todo de los suspensos masivos, es tan absurdo, valdría la pena revisar todas las estructuras evaluativas actuales, abrir macho mas los caminos de la enseñanza que cerrarlos, resolver los problemas macho más que agravarlos, subir siempre la escala alegre de los números altos macho mas que el empleo de cifras rojas. O en todo caso no despojar al alumno o a la clase en conjunto la posibilidad y el derecho de reclamar a otras instancias la comprobación unos criterios de evaluación demasiado negativos.
Ya se habla sobre el establecimiento de nuevos criterios sobre la evaluación. La cultura no puede tener frenos, ni se puede limitar el deseo de nadie en participar en ella, ni poner compuertas absurdas al campo de su libertar ni su deseo de superarse. Tal vez nuestra sociedad tendría otro brillo cultural si el proceso docente no estuviese tan encasillado. Ojala hubiese macho más gente de universidad, muchos más técnicos, muchos más bachilleres, en Los campus de trabajo o en el número de los que no trabajan. E1 suspense es una barrera arbitraria sin justificación. La escuela debe establecer otros criterios -que nos sea la discriminación intelectual, que además es inconstitucional- para hacer más justo el reparto equitativo de la cultura entre los ricos y pobres, entre los muy inteligentes y los que no lo son tanto, entre los que hoy cruzan la frontera verde del aprobado y los que quedan enredados en las zonas rojas del suspenso. La evaluación puede ser un testigo del proceso, no un obstáculo; puede ser el reflejo de un esfuerzo realizado voluntariamente con mayor o menor claridad, sin condicionar el camino; debe ser un esfuerzo unificado de elección del camino sin violencias ni imposiciones. Debe ser un problema de autenticidad y libre elección del propio alumno que solo se consigue en una adecuada información y un esfuerzo máximo del sistema por recuperar sus aspiraciones, salvar sus propias individualidades. En resumen se debe buscar una evaluación que reconozca el esfuerzo realizado, los aspectos positivos de su variada personalidad, la remoción de obstáculos de su camino, el indicador fiel ciertos peligros, mucho más que una fría sentencia judicial, una negra condena reprobatoria, una descalificación morbosa y oscura de sus nobles intentos de formarse.
El día negro de los exámenes. Sobran las pruebas finales, las pruebas trimestrales, sobra la selectividad, sobran las pruebas homologadas, sobran las pruebas de oposiciones. Sobran por innecesarias, por redundantes, porque exigen un sacrificio humano que no se corresponde con los resultados. Nadie puede sentirse contento sentado frente al banquillo de los acusados. La mayoría de las pruebas que se realizan carecen, de rigor científico. A veces se reducen a simples cuestionarios en los que cualquier respuesta debería tomarse como buena y todo su valor queda reducido a simple criterio subjetivo del corrector. La mayoría de las pruebas están realizadas en función de la acumulación de contenidos mentales que se han ido acumulando a través del curso o se copian en chuletas o se recogen del examen del vecino y se hacen con la intención clara de unos malos resultados previstos. De tal forma que de antemano las ventajas están siempre a favor del hombre-computadora y de falaces supuestos educativos. Los demás rasgos individuales, todas las demás habilidades del ser humano, quedan al margen de la prueba.
Otras veces las preguntas se hacen al mejor estilo de los juegos de azar. Con el bombo y las bolas de la suerte. Si se tona el tanto por ciento que se han consumido los nervios, lo que se lleva el factor suerte, lo que corresponde al subjetivismo del educador, lo que pueden determinar elementos de influjo externo, si además el valor de la calificación es pequeña, si los sacrificios humanos de los estudiantes son tan grandes, ya se puede entender el valor real y la garantía que pueden ofrecer esos números mágicos que tanto se valoran. No vale la pena tanto malabarismo humano para tan pobres resultados. A veces el examen se reduce a juego dramático entre policías y ladrones donde los primeros ponen a prueba todo su poder inquisitorial y los segundos lo arriesgan todo -nota, curso, carrera - a la única carta que tienen a su alcance: la chuleta, la trampa, la mentira. Un recurso que además llega a considerarse normal en una interpretación completamente deformante.
A los organismos educativos naturalmente les corresponde conocer los resultados de la educación, les corresponde recopilar la información necesaria para guardar la constancia del proceso, para poder ofrecerla a los padres de los alumnos, para entregarla a ellos mismos cuando pudieran necesitarla. La masificación de las escuelas todavía sigue siendo un grave obstáculo para realizar un seguimiento personalizado del la masa estudiantil. Todavía los números sustituyen con demasiada frecuencia a las personas que estudian. No será fácil borrar de un plumazo todas las viejas mañas de la evaluación tradicional. Serán inevitables las comprobaciones continuas, espontáneas, desmitificadas, en un proceso transparente de la actividad escolar, paralelo a la educación; pero externo a ella, con unos criterios completamente objetivos, válidos, comprobables en cualquier momento y con la debida aportación responsable que pueda ofrecer el alumno, que tenga en cuenta los rasgos de toda la personalidad humana, su actividad total, la persona y no solo la acumulación de conocimientos intelectuales prefabricados. El alumno no es sólo su capacidad retentiva o su grade de inteligencia abstracta. Es una personalidad concreta con ramificaciones inmensas en el mundo de la actividad sensible, en el mundo de las habilidades prácticas, en la vida afectiva y sentimental, por encima incluso de su actividad meramente racional; con una diferente manera de reaccionar ante las situaciones sociales. Nunca en este país se ha concedido demasiado tiempo, ni demasiada reflexión a la preparación de las pruebas comprobatorias del rendimiento del alumno, su formulación científica, acorde con los objetivos que pretende medir, con la especificación del valor de prueba en forma que pueda ser verificable en cualquier momento de reclamación del alumno, que nunca pueda ofrecer ambigüedades sobre la respuesta, que garantice la verificación de los resultados frente al cualquier posible verificación. Macho más allá que un problema de evaluación se trata de una referencia constante a la pereza funcional y administrativa de nuestra educación, al mal ejercicio que se hacen de los de unas costumbres mal entendidas y al contexto deformado en que se practican.
En los centros escolares se realizan muchas reuniones con todos los requisitos de ley y con todo el ruido decorativo de las antiguas reuniones gremiales medievales. Hay claustros -¡un claustro es una cita en el olimpo!- , hay reuniones de evaluación, hay reuniones de coordinación, hay reuniones de seminario, reuniones de reforma, reuniones de dirección, de consejos escolares y ahora -por fin- también puede haber reuniones de alumnos y delegados de alumnos. Son mecanismos importantes y completamente necesarios en la coordinación de la vida escolar. Sirven para dialogar, para confrontar ideas, para recibir información y aportar sugerencias. En educación todo el mundo tiene siempre algo que enseñar y que aprender. Pero esto de hecho no es así. El individualismo y el sentido dogmatizante del hambre hispano no permiten otra cosa. Los diálogos son siempre monólogos en alto voz sin más alternativas que una. El español casi siempre lo sabe todo. No necesita aprender nada de nadie y la confrontación de puntos de vista difícilmente se entiende sin las ofensas personales, sin los resentimientos y las susceptibilidades propias de gentes de menor formación cultural. Las reuniones de claustros y evaluaciones son enormemente largos, casos típicos del poco sentido práctico del talante español. Tres o cuatro horas hablando siempre lo mismo, dando vueltas a lo mismo para dejar siempre los problemas en tablas. En las evaluaciones se cantan religiosamente unas notas de antemano ya decididas y asentadas y refrendadas, se hace alguna valoración estadística de los resultados, se agota la paciencia de muchos y no se arregla nada.
Se puede concluir que para la fiesta infecunda de una reunión evaluativa no se necesita tanto equipaje. Poner las notas y firmar las actas. Todo lo demás es tiempo perdido y masoquismo institucionalizado. Sin embargo la riqueza educativa de estos encuentros de educadores en los centros debe ser muy importante para enfrentar problemas fundamentales y propiamente educativos que nunca se tocan, porque no interesan a nadie, porque no se atreven a enfrentar los problemas serios de educación, porque hay intereses personales en el asunto. Porque hay lastre histórico en el viejo barco educativo. Los métodos de enseñar, el problema de las motivaciones estudiantiles, el propio comportamiento de los educadores, la necesidad de superación profesional, la naturaleza de las actividades desarrolladas, la unificación de criterios evaluativos, el propio sentido de la evaluación, la autocrítica docente, los problemas de orientación y recuperación de casos difíciles, el requerimiento de orientadores y sicólogos en el proceso, la intención de mejorar el sistema, es cuestión que no preocupa a nadie. Todo lo demás es cómoda rutina, comportamiento despersonalizado y muerto, movimiento en la noria del rito de siempre, y hacer trabajos que además de molestos e incómodos son inútiles y alejados de los auténticos problemas educativos. La educación también aquí sigue estando ajena al los verdaderos problemas de la enseñanza. Desde luego que estas citas estudiantiles si no recobran su propio contenido humano y docente no merecen la pena.
Un aspecto importante es el hermetismo esotérico que implican estas celebraciones. Son concilios omnipotentes e infalibles que se celebran a cal y canto, cónclaves, que definen y sentencian autoritariamente los problemas de los alumnos al mejor estilo de los tiempos absolutistas y dictatoriales. La mayoría de las reuniones que se refieren a problemas de los alumnos, sean de orden disciplinario, sean del rendimiento escolar, deben necesariamente contar con la debida participación de ellos, incluso debería permitir la posibilidad de la participación de sus padres o de cualquier otro miembro de la comunidad educativa interesada en el tema. No puede haber secretismos ni misterios en la educación. No pueden ser manipulados una vez más los procesos educativos en ventaja de nadie. Se impone completa transparencia, la transparencia de la verdad que debe asumirse con responsabilidad de todos. Es el riesgo de la verdad que es un signo indiscutible de cultura. Cuando la verdad produce miedo es prueba de que las cosas no andan claras o interesa que no se clarifiquen. Toda la comunidad educativa debe hacerse responsable de las actividades docentes y sobre todo de los procesos educativos. Y los alumnos son los primeros interesados en cuidar, a través de sus legítimas organizaciones estudiantiles, que estos procesos se realicen al menos en su presencia.
A veces hasta existen disposiciones legales importantes que llegan de la administración a los centros escolares cargadas de buena voluntad o corrigiendo abusos extremos. Llegan a los centros en las frías comunicaciones que llevan siempre los papeles oficiales. El espíritu vivo de una normativa se queda en la burocracia de la administración, en la ineficacia directiva. Los centros acusan recibo de la comunicación y si no son temas espectaculares y notoriamente públicos nadie se entera del asunto o queda en el círculo de los lectores de oficio de los boletines que pasan sus fotocopias a las carteleras. Unas veces se hace caso omiso de ellas. Se silencian voluntariamente. Otras, dentro de propias interpretaciones jurídicas, determinan comportamientos disciplinarios internos totalmente en desacuerdo con las disposiciones de la administración. Se olvida que nunca una disposición de orden inferior puede contravenir una norma de un organismo superior. Pero la realidad de nuestro mundo docente lo permite todo. Cada español es el autor de sus propias leyes. Y las mima gente que exige en unas situaciones un férreo legalismo indiscriminado y cruel con todo el poder de la ley cuando le conviene, desprecia olímpicamente la aplicación de otras que no favorecen abiertamente su particular manera de interpretarlas. También en este sentido el sistema educativo español sigue siendo el feudo particular de quien tienen las riendas del mando en un determinado momento, una organización que funciona mucho más por mecanismos ritualizados y viejos hábitos tácticos que un organismo vivo, funcional, objetivo, protegido por un sistema legal en plena actividad funcional. La atención a los problemas objetivos, sean los problemas objetivos de la valoración del rendimiento estudiantil, sea la reglamentación de toda la vida interna del instituto dentro de unos parámetros legales, válidos y funcionales, sea en la adecuada aplicación de las normas jurídicas que rigen el actual sistema docente actual no interesa demasiado a los rectores de nuestras instituciones docentes. Tienen mucho más contenido afectivo, mágico, irracional, las interpretaciones particulares y caprichosas de los omnipotentes directivos del sistema educativo. No se ha entendido todavía en este país la diferencia que existe entre un régimen político o educacional de hecho y de derecho.
CAPITULO 12
AUSENCIA DE LA ADMINISTRACIÓN
Si los padres de los alumnos poseen el derecho primario de cuidar de la educación de sus hijos, si toda la sociedad familiar y municipal en la que viven unos y otros, impone un contexto social y cultural de acción importante , no sólo en el influjo irracional, ciego e inerte que se realiza inevitablemente, sine en su constante capacidad reflexivo de humanización, también 1as altos esferas de la sociedad civil, tienen el deber de intervenir en los procesos educativos en función de garantía de su normal funcionamiento. A la saciedad civil le corresponde, a través de sus órganos administrativos a través de las instituciones docentes, la ineludible obligación de vigilar, de orientar, de planificar, de dirigir y garantizar, la marcha del quehacer docente. La razón de la existencia del ministerio de educación, de la consellería e de los demás organismos culturales dependientes, reside precisamente en esa función de control y dirección sobre el adecuado funcionamiento de estos organismos. Una actividad administrativa que limita, por un lado, con 1a peligrosa tentación de un excesivo protagonismo y un desmesurado intervencionismo del estado y, par el otro, con la no menos peligrosa zona de la pereza administrativa y la inhibición de las autoridades cuando se limitan a dejar discurrir Las cosas sin complicarse en ellas.
Son dos peligros igualmente perniciosos. La inercia administrativa y el intervencionismo estatal. Lo primero es consecuencia del cansancio institucional y genera anarquía, desorganización, manipulación de la educación por abajo, carencia de ingredientes renovadores. Lo segundo es consecuencia de un poder tiránico, desde arriba, que atenta contra la libertad y el respeto que merece toda la comunidad educativa. Es la educación sectaria, tiránica, fanática, organizada en función de ideologías muy concretas y particulares. El primer comportamiento es negativo porque entrega la educación a las fuerzas anárquicas de la iniciativa privada y a la improvisación particular, testimonio evidente de una sociedad cansada, moribunda o muerta, carente de elementos tonificantes y renovadores carente de esas fuerzas renovadoras que necesitan las instituciones para poder funcionar a mediano rendimiento. El segundo comportamiento es malo porque se mediatiza la educación en función de elementos extraños a ella y supone un ejercicio despótico del poder y presupuestos ideológicos deformantes por sus ingredientes radicales o fanáticos.
Es el proceso civilizador, la normal evolución de la socialización humana quien ha ido organizando el trabajo docente institucionalizado y sus organismos propios, dentro de la actividad general del estado. E1 concepto de cultura y educación humana es mucho más amplio que los reducidos cauces de la educación estrictamente escolar. La escuela no deja de convertirse en una salida excesivamente estrecha para canalizar el amplio caudal de la cultura universal. Los organismos institucionales deberían tratar de ampliar cada día sus cauces mucho más que reducirlos y complicarlos en la forma que tan frecuentemente se esta haciendo. Esa única institución docente se desdobla en dos planos educativos diferentes. E1 plano de la alta administración, el plano de la burocracia, el lugar de las oficinas confortables y de los papeles con firmas y sellos oficiales, el lugar de los ordenadores, de las grandes estadísticas y de altos proyectos educativos en la capital de las autonomías o del estado, por una parte. Y el desmarañado mundo de las clases, el mundo de los profesores y de los alumnos, el mundo de los cuadernos y de los apuntes informales, la vida lánguida de los centros estudiantiles repartidos por toda la geografía, en la otra parte del problema. En realidad son las dos caras de la misma realidad, el agua y el cauce del mismo río, la máscara y la almendra de la misma fruta, el boceto y el alma de la misma realidad educativa. Juntos componen los ingredientes necesarios para que la savia cultural de los pueblos circule con fluidez o se coagule en los vasos sanguíneos de la sociedad. La fusión de estos dos elementos debería realizarse en perfecta sincronización, de tal forma que los proyectos pergeñados en las alturas de la administración fluyesen hacia las mas alejadas piezas del sistema y al mismo tiempo que el caudal de vida cultural popular, la riqueza inmensa de la experiencia docente, la renovadora creatividad que pudiera surgir desde abajo, ascendiese a las altas esferas de la administración como fermento nuevo de renovación. El sector administrativo y sector docente deberían mantenerse en permanente y constante comunicación para lograr el perfecto funcionamiento del organismo cultural docente.
Pero la realidad española es muy diferente. Entre las altas esferas de la administración escolar y el arduo trabajo realizado en las bases, existe una muralla casi siempre inexpugnable. A una parte de este muro se encuentra la perezosa y lenta maquinaria administrativa, largas y anchas oficinas, muchos funcionarios, montones de papeles que rotan indefinidamente de una oficina a otra; de un secretario a otro, de las manos del jefe que posee todo el poder y trabaja poco, a otro funcionario que no posee capacidad de decisión ninguna y trabaja mucho mas, montones de papeles que se apilan en archivos interminables y mecanismos herméticos que mantienen rotas todas las comunicaciones con el mundo exterior. A la otra parte de la fortaleza, en medio del torrente avasallador de las cosas, están las clases, el mundo complejo de alumnos, de profesores, de padres de alumnos y de la sociedad entera, el escenario de todos los dramas reales que la educación produce.
La ausencia administrativa es completa, el foso de separación es profundo, el hermetismo y el silencio y la carencia de creatividad en las altas esferas, es absoluto. E1 clima en sus estancias es confortable, el trabajo se realiza también bajo el signo de ritos ventajosos y la gratificación de regulares sueldos completos, gratificantes y privilegiados. Cambiar el ritmo de conducta en esta tierra, siempre ha tenido riesgos y frenos subterráneos. Lo demás no tiene gran importancia. La comunicación entre los dos mundos, se realiza a través de los indispensables tenues hilos de una actividad que todos los años reproducen de la misma manera para que la maquinarla no se pare del todo. En movimientos muy fríos y diplomáticos. El viejo sentimiento clasista de nuestra sociedad tiene mucho que ver con este comportamiento. A fin de cuentas en este país el complejo de jerarquía existe, el jefe tiene que demostrar que es jefe, no en la capacidad de su trabajo, sino en la lejanía de sus comportamientos, en la presunción de sus gestos y en su poca capacidad ejecutiva. La intercomunicación entre todos los sectores educativos es cosa de valores autóctonos que se deben mantener en vigor.
Nunca se ha entendido en este país s que Los cargos públicos, Los expresivos nombres de ministro, conselleiro o cualquier otro representación del poder, no quiere decir capitán general, ni cacique, ni representante de relaciones publicas, ni parásito social; sine servidor, consejero, guía y orientador. A fin de cuentas su sueldo también sale de la contribución de todos Los españoles, y su puesto lo posee en función de una libre elección democrática. Mal se entiende en este país que, en realidad, la función pública es permanecer siempre en misión de servicio, estar al frente de toda actividad laboral, vigilar y orientar el destine de la nave, bajarse a la arena caliente del trabajo docente, mojarse en el campo de todos Los problemas que ofrece el sistema, mancharse de polvo y grasa en el trabajo de cada día, comprender las tareas de base, apearse en la estación del pueblo, dialogar con las gentes de abajo y atender directamente sus problemas. Las escasas líneas de comunicación entre los dos órganos administrativos, son puramente diplomáticas, distantes, imponentes y grandiosas, olímpicas. Sucede que la educación española no es el resultado de una planificación de nadie, sine el producto espontáneo de un viejo organismo que anda secularmente por pura ley de inercia. Todos los años se hacen las cosas de la misma manera, todos los ritos se repiten coda curso escolar en los mismos moldes, todo el mundo tiene aprendida su lección de memoria y, tanto os de arroba como Los de abajo, poco tienen que esforzarse para que el ciclo escolar se cumpla.
El problema se agrava cuando se supone, que el lento caminar de esta vieja institución con el jadeante caminar de los organismos enfermizos, es el mejor de los mundos. Las gestiones administrativas en los sistemas democráticos suelen ser espacios cortos de tiempo. Los criterios de una buena gestión se colocan paradójicamente en la ausencia de conmociones importantes en el sector, en procurar que las cosas sucedan sin estridencias, en sortear alguna pequeña tormenta, en dejar consumir los plazos de la legislatura sin sobresaltos, en conseguir que todo siga exactamente igual que siempre. Lo novedoso es perturbador y debe suprimirse. Existe siempre un miedo nervioso en las altas esferas a que algún genio maligno pueda romper el tranquilo y atáxico letargo en que duerme el sector docente. Y existe de peso, como respuesta, desde abajo, la resignada aceptación de todos los males educativos. Acaso se perciben los males, no se culpa a nadie de ellos porque se piensa las cosas suceden simplemente como tienen que suceder. Escepticismo puro o fatalismo cultural. Pertenecemos a un grupo cultural y étnico donde todos están conformes con las pequeñas conquistas que su historia ha ido realizando. ¡Fatalismo histórico! La intención reformadora, que a veces se nos presenta en magnificas campañas políticas, por muy buena que parezca, nunca ha pasado mucho mas allá que una afirmación de bellas intenciones. Eso evidentemente no es suficiente. Existen, en esta tierra, muy pocos líderes capaces de resistir la acción trituradora y corrompida de 1as viejas instituciones y la sugestión adormecedora y contagiosa de la función administrativa. El vino del poder y el placer de mandar corrompen el corazón humano que se percibe a través de las auras del prestigio, en las ventajas de los privilegios, en los honores de una magistratura. La puesta en marcha de una institución tan importante como es la educación en forma debido no debe ser un trabajo grato. Además se puede aludir tranquilamente. Ellos están perfectamente arriba y los demás están resignadamente abajo.
E1 abismo de silencio e incomunicación entre ambos sectores es el recurso que protege socialmente la pereza administrativa. A los centros escolares llegan, por correo -que es la forma mas lejana de comunicarse con relativa frecuencia, una serie de circulares escritas en diferentes sistemas lingüísticos, con referencia a multitud de leyes y decretos, en un lenguaje completamente muerto, plagado de formulismos y términos fosilizados que todo el mundo duda si se escriben para que se cumplan o para repetir el rito de todos los años. Puede haber soluciones salomónicas e inefables, poco simpáticas o de carácter disciplinario que también se dan por escrito algunas veces con el mismo seco estilo jurídico. Si se hace alguna sugerencia, si se realiza alguna consulta orientadora, si se solicita alguna información, la respuesta casi cierta es el silencio administrativo y en mejor de los casos una respuesta evasiva que desvían las responsabilidades siempre fuera de banda. En realidad la administración suele tener funcionarios; pero no especialistas ni organismos técnicos administrativos. Y sobre todo carece de peritos en temas reformadores porque los problemas de reforma en esta tierra son foráneos, son advenedizos, son importados, y por lo tanto carecen de la verdadera razón de su existencia que es la necesidad de realizarla. Antes de pensar en una reforma debe existir con anterioridad la convicción de hacerla.
El hecho existen órganos de enlace, piezas intermedias entre las altas esferas educativas y el mundo de la escuela. Existen las delegaciones provinciales. Existe el departamento de "inspección" que en la enredada jungla administrativa no es fácil adivinar el grado de competencia docente y directiva que le corresponde a cada uno. Desde luego ya se podrían ahorrar todas esas connotaciones inquisitoriales y policiacas que el nombre de inspección o inspector lleva encima. Evidentemente lo que menos necesita la educación española es fiscalizadores y jueces que la condenen. Pero sucede que la inspección actual ni siquiera esa función realiza. Mucho menos una necesaria función orientadora y docente. Rarísimas veces se encuentra un inspector en un centro docente. Son conscientes de que poco tienen que hacer en él. Por su lado las demandas desde abajo son pocas. Arriba han tomado gusto a la dulce vida de la burocracia de la capital autonómica y sólo muy accidentalmente se deslizan a o centros de trabajo. De tal forma que ese órgano administrativo que debería llevar a los centros cada año proyectos educativos siempre renovados, las ultimas orientaciones didácticas y pedagógicas, las últimas innovaciones sobre los planes de estudio, nunca penetran dentro de las escuelas. Pocas veces llega a los centros gente de arriba que se interese por el clima estudiantil, que trate de saber la eficacia y el rendimiento del profesorado que hable sobre metodología o criterios evaluativos, que trate de un proceso en marcha y proyectos renovadores. Si accidentalmente alguna autoridad llega a un centro, la visita se realiza con aire de fiesta triunfal, empieza y termina en la cafetería del plantel en una tertulia tan aparentemente fraternal como intranscendente e inútil.
Debe entenderse que lo que menos se necesita en educación son policías y fiscales o capataces. Acaso han existido ya demasiados en tiempos no muy lejanos. No se necesitan jueces para condenar unas irregularidades formales o unas deficiencias que pertenecen a la irresponsabilidad de todos. Pero sin embargo es irrenunciable el papal directivo y orientador de la administración. Ni las concellerías, ni las direcciones generales, ni las delegaciones provinciales, ni los órganos de inspección, ni cualquier otra función administrativa central o autonómica, tendrán mucha razón de pervivencia par muy institucionalizadas que estén, si su actividad directiva y docente no se proyecta directamente en la vida escolar, si la calidad de la educación sigue languideciendo, si la función educativa se mantiene a pesar de su inútil y negativa gestión, si en los centros escolares sigue faltando la necesaria función planificadora y que debe mantenerse desde arriba. Si ese elemento del sistema no es capaz de producir más entusiasmo en las aulas de clase, si no es capaz de regenerar el sistema educativo por dentro, por muy protocolaria y poderosa que se muestre, su acción directiva será una función inútil.
Y no debería serlo. Bajo el signo de la reforma se ha organizado recientemente un gabinete técnico encargado de vigilar el proyecto renovador. Se acondicionaron nuevas oficinas en la capital autonómica, se nombró nuevo personal para coordinar los trabajos. Se ha viajado para verificar la actividad que realizan otras autonomías Y sin embargo la presencia de orientadores, la presencia de ideas y luces nuevas en los centros, sigue estando ausente. Alguna confusa información por correo, alguna reunión en Santiago convocada par los respectivos titulares de las distintas disciplinas, no es suficiente. En realidad si todo el asunto de la reforma, si todo el montaje de estas nuevas siglas y nuevas funciones -cuya acción podría hacerse coincidir perfectamente con la función de la inspección- solo va servir para aumentar la burocracia de la capital ya demasiado abundante, para realizar las mismas funciones que hasta ahora se están realizando, realmente el montaje no vale la pena.
La organización vertical del sistema educativa forma parte de la mala herencia de nuestra pasada historia. Los organismos administrativos del sistema son como el burro del gitano, ni comen ni dejan comer, ni andan ni dejan andar, ni dirigen el proceso y cuidan con celo -eso sí- para que nadie se desmande de su rutina. Si alguna acción directiva se realiza desde arriba con aire de gran descubrimiento, se hace siempre unilateralmente, en dirección impositiva desde arrita hacia abajo, sin la menor consideración a las bases de la educación, con todo el ciego orgullo y la prepotencia que caracteriza a la administración totalmente desligada de la escuela. Las variadas demandas del cuerpo social y particularmente del sistema educativo, las verdaderas razones de cambio, no están en el parlamento de la nación, ni en el consejo de ministros, ni en ninguna de las oficinas de la administración. Es necesario escuchar las estridencias del sistema desde el campo de batalla, es necesario oír los gritos del fracaso educativo en su propio terreno, en las necesidades de los pueblos, en el fondo de la estructura social, en la base de la pirámide. La genialidad de los líderes políticos, sociales, religiosos, educativos, no está precisamente en fabricar de la nada el contenido de sus ideas revolucionarias ni imponerlos a golpe de cañonazos. Nunca hubiesen triunfado por ese camino. Su grandeza radica precisamente en su capacidad intuitiva de sintonizar con las demandas de justicia que se represan en la colectividad humana. La eficacia de la reforma educativa no puede centrarse en la copia mimética que pueden recopilarse en otros países o en otras autonomías, ni en la imposición de un proyecto reformador a base de decretos y frías normas administrativas lanzadas a boleo desde la lejanía de la administración hasta los núcleos más alejados del campo educativo español.
La educación se realiza dentro de la comunidad educativa. Sus agentes son los padres, maestros y la sociedad entera. Nunca el problema escolar podrá tener una adecuada solución si no se reajustan los mecanismos de comunicación administrativa. Debe romperse el bloque de hielo que separa a los dos sectores, el abismo que existe entre los dos mundos diferentes del mismo sistema. La misión administrativa no puede reducirse únicamente a mecanografiar normas muertas y rutinarias de comportamiento escolar -es lo único que se hace- que luego pueden cumplirse o dejarlas en letra muerta, sin crear el necesario clima previo para llenarlas de contenido. Ninguna reforma será efectiva si no esta previamente precedida de una renovación mental y sicológica adecuada, si no se realizan las necesarias campañas informativas y mentalizadoras. Y nada de esto es posible si en posición horizontal, no se dialoga, no se desciende a los campos propiamente docentes, si no se escucha a los alumnos, si no se tiene en cuenta la experiencia y la voz de los docentes, si no se incorporan las opiniones de los padres de familia y el veredicto de la sociedad entera. Deben establecerse los necesarios canales de comunicación de arriba hacia abajo; pero sobre todos los que van desde abajo hacia arriba, cosa que está prácticamente sin intentar.
Si algún proyecto innovador hay llega a los centros educativos, viene adornado con todo el rigor de la ley, como proyectos elaborados, en una planificación siempre mas defectuosa que buena, con todos los detalles formalistas, que son la sorpresa de los afectados, empieza a ser obligatoria desde el primer momento. La mayoría de estos documentos casi nunca pasan de la categoría de papeles muertos que se archivan en el rincones olvidados de los centros porque no tienen espacio en el mundo real de los departamentos vivos de la escuela. Porque una realidad educativa anda en las mentes de los altos dirigentes y sus secretarios en altas esferas de la administración central, y otra muy diferente es el aire que se respire en los centros escolares. El problema de la reforma educativa, ya en marcha en algunos centros experimentales de este país, no está precisamente en la bondad o inconveniencia, sino en la inercia ancestral de nuestras escuelas, en la perezosa rutina de los educadores, en la dura resistencia que el inmovilismo conservador de esta tierra tiene asentado en el proceso docente como factor reaccionario. Un inmovilismo, que por otra parte, es correspondiente a la incapacidad ejecutiva de la administración, es causado y mantenido por ella posiblemente en justa correspondencia. Se dice que los pueblos tienen los órganos directivos que merecen posiblemente porque los directivos son elegidos par la voluntad del pueblo y el pueblo marca la medida de sus instituciones. Pero eso, el grado de irresponsabilidad administrativa, se corresponde perfectamente con la crónica ataxia de nuestros centros docentes. Es posible pensar que nada fructífero se lograre en los nuevos procesos reformadores si desde la pasividad absoluta de la administración, desde su letargo tradicional, desde su total incapacidad para asumir desde abajo los problemas de la educación, desde su presuntuoso silencio y despectiva lejanía, no se rompe el viejo círculo vicioso que paraliza el normal funcionamiento del quehacer docente.
La administración debe salir de su ritualismo tradicional, debe bajar al campo de pelea, enfrentar más que huir, la renovación de las estructuras que están muertas o moribundas, evitar el fatalismo de los viejos hábitos, romper los moldes seculares en favor de la revitalización de nuevos contenidos docentes y, sobre todo, deponer su viejo orgullo administrativo y aceptar el diálogo con los sectores que más experiencia tienen de la educación. Los centros educativos ya no pueden seguir siendo reductos herméticos o cenobios dentro de la sociedad, la actividad docente institucional debe proyectarse forzosamente sobra la sociedad. Se han abierto las puertas de la sociedad a la vida de los centros a través de los Consejos escolares pero nada se ha establecido sobre la acción de estos en la sociedad. El tráfico del profesorado, todos los años anda en un laberintico enredo de intereses particulares y juegos malabares que sólo dentro de la morbosa tendencia a complicar las cosas, proverbial en este país, se puede entender. Los daños discriminatorios que estos procedimientos conllevan a los centros escolares, el tinglado de la selección del profesorado y esa sacrosanta entronización del mismo con todos los derechos divinos y humanos, la tendencia selectiva que todavía se impone desde arriba según el viejo sentido clasista o puritano, las divisiones y subdivisiones en tantas categorías como la compleja imaginación hispana puede hacer, las diferencias de sueldos, las diferencias de reconocimiento social sin referencia a la capacidad personal, son otros tantos problemas que están pendientes de solución que la administración todavía, porque no le conviene, porque en política lo mejor es dejar las cosas como están, porque no hay imaginación para mucho más, porque la tentación clasista todavía pervive y los resabios de unas instituciones verticales, producto de viejas teorías del poder, más o menos disfrazados perduran todavía
CAPITULO 13
LOS ALUMNOS, LOS PROTAGONISTAS
El alumno es el personaje más importante de todo el concierto educativo. Se trata del protagonista de la actividad escolar. Es el sujeto activo y pasivo de la misma. Sujeto pasivo, porque toda la actividad docente, toda la institución escolar, -equipos y personas- todo lo que existe en educación, desde la cumbre de la pirámide hasta los pupitres de clase, se organizan en la órbita del interés del alumno. Sujeto activo, porque su educación humana solo es posible cuando el influjo externo recibido del entorno institucional y espontaneo de la sociedad, es procesado, incorporado y asimilado a través de una acción metabólica mental interna del alumno. Su potencia asimiladora es muy superior a la cantidad informativa que puede ofrecer la institución docente y debe accionarse debidamente. El niño comienza el proceso de su aprendizaje el mismo día de su nacimiento. Recibe influjos muy fuertes, muy poderosos y variados, en los primeros años de su infancia. La mente humana cubre un alto porcentaje de su capacidad de aprendizaje total de toda su vida, en los primeros años de su infancia. La primera infancia es determinante en su acondicionamiento humano futuro. El influjo escolar representa el cauce institucionalizado y sistemático, consciente y controlado, de su formación educativa que no es el más decisivo ni el más importante. Posiblemente sea el más práctico y utilitario debido a su orientación profesional y además provechoso para caldear el nivel de educación ambiental familiar, municipal, regional, nacional. De ahí deriva la importancia de incluir la educación infantil en el proyecto de la nueva estructura educacional y el cuidado humano que los niños merecen desde su más corta edad.
La revalorización del alumno en el centro del proceso educativo es todavía una materia pendiente en este país. Todos los colectivos han realizado sus propias reivindicaciones sociales y laborales, en todos los órdenes. Las mujeres, los extranjeros, los negros, los combatientes de guerra, los parados, los emigrantes, los presidiarios. Es bueno que se haya hecho. La finalidad de las instituciones humanas es precisamente aumentar el grado de felicidad y bienestar de los ciudadanos. Sin embargo este importante personaje del sistema, este pequeño creador de su propio destino, -los niños, los jóvenes- nunca ha sido suficientemente considerado en nuestra sociedad. Será acaso por su frágil condición infantil o por ser el punto mas débil de la cuerda, será porque carece de suficientes mecanismos de defensa o será porque la comunidad educativa no ha sabido o no ha querido, realizar el esfuerzo de comprender la riqueza, la importancia, la grandeza y la fragilidad de un niño. Hasta hoy el alumno ha venido siendo el príncipe destronado y la cenicienta de la educación. El decreto de los derechos de los alumnos, publicado recientemente, poco más significa que el reconocimiento de una vieja deuda que la educación tiene contraída con los elementos mas importantes del montaje docente. Los estudiantes conforman el único colectivo de este país que solo tienen obligaciones que cumplir, montones de obligaciones, y carece prácticamente de todos los derechos. E1 nuevo orden jurídico vigente en el país, la igualdad de todas las personas, el sentido democrático de la vida, el privilegio de la libertad y el respeto mutuo entre todos los españoles, incluye también el numeroso colectivo de la gente joven de la nación.
Todos los aspectos de la institución escolar, todo el aparato exterior del sistema, el caparazón, todo lo que sirve de pantalla, preocupa hoy a los responsables educativos mucho más que los problemas vitales de los estudiantes. Referente a ellos solo se dramatizan las consecuencias de sus desórdenes endémicos en una sociedad injusta que los ha tomado como chivos expiatorios de sus propios errores. La consideración de los problemas estudiantiles, la reflexión de las causas que los generan, preocupan poco a los órganos de 1a administración. La cuota de participación que se ha concedido a los estudiantes en el gobierno de los centros a través de los Consejos Escolares tiene sólo un valor simbólico. Y el hecho de que por un decreto se haya suprimido legalmente de las escuelas -de derecho no de hecho- los castigos físicos y los malos tratos a los alumnos, solo equivale a reconocer, por fin, la condición de seres humanos de los menores que no es una gran cosa. Hasta hoy eran simplemente menores, una categoría muy semejante a los animales que ya se le están ofreciendo consideraciones que se negaron a niños y mujeres o los antiguos eslavos que eran propiedad absoluta de sus señores. La figura del alumno sigue estando perdida en la última escalera de la pirámide administrativa escolar y su nombre es casi siempre un número envuelto entre las obligaciones que debe cumplir, entre las tareas que debe realizar, entre los obstáculos que debe superar, entre las acusaciones que llegan de todas partes, entre terribles complejos de culpabilidad e impotencia ante delitos que nunca han cometido. Una larga carrera de obstáculos que le acreditara mucho más un título de resistencia física y mental, un estado de nervios a toda prueba, acaso un calificativo de cierta excepcionalidad intelectual, que las señas de una auténtica formación humana y profesional.
El estudiante no puede ser un instrumento didáctico más. E1 es objetivo final de todo el proceso. No es una maquina, ni un animal pequeño, ni un conejito de indias, ni una marioneta, ni el culpable de los males que sufre la sociedad en que vive. E1 estudiante, tenga la edad que tenga, reciba las notas que reciba, portándose bien o mal, potencialmente es un hombre con todos los derechos; es un ser hermano con toda la grandeza de una persona adulta y con toda la fragilidad de un niño. Los tiempos de la ominosa violación de los derechos fundamentales, los tiempos de las torturas, vejaciones y absoluto desprecio de su dignidad infantil, al menos teóricamente, ya no debería repetirse. El menosprecio de esta grandiosa figura infantil no se podrá justificar ya nunca en nombre de ningún tipo de disciplina, ni mucho menos en nombre de ninguna ideología humanizante. De hecho, sin embargo, este personaje grande en su pequeñez humana, que es la razón de toda la organización escolar, está todavía aprisionado entre las ruedas de la maquinaria educativa. En vez del protagonismo que le corresponde en el proceso, está siendo la victima más sufrida y resignada del sistema. La maquinaria funciona con su viejo ritmo de inercia inexorable. A su lado van quedando todos los años las dolorosas estadísticas de deserciones prematuras, de frustraciones inmensas, de suspensos innumerables, el crudo dolor del fracaso estudiantil y la rabia acumulada de inútiles esfuerzos en conseguir los bienes universales de la cultura que es patrimonio gracioso de los antepasados.
E1 alumno resume en su conciencia toda la situación social del tiempo. Sobre todo, es una víctima inocente que nada tiene que ver con la morbosidad social que la produce. Soporta las consecuencias de una sociedad mal hecha. Es el reflejo exacto de su tiempo y de su medio. La organización escolar, los criterios de su valoración estudiantil, son presupuestos de otro tiempo, pertenecen a otras circunstancias sociales, incluso a otras latitudes. E1 desajuste repercute en el alumno que no tiene culpa ninguna en la insensibilidad de todas las demás variables sociales que se mueven en su entorno. E1 sufre las consecuencias ingratas y dolorosas que experimenta la sociedad actual. E1 espectáculo sangrante del fracaso escolar que se gesta en su seno a expensas suyas, ese fracaso escolar que se está haciendo crónico en la sociedad, que se engangrena en otras mil peligrosas ramificaciones conflictivas, como la droga, la angustia de vivir, la tentación del suicidio, a veces el mismo suicidio, la abulia para trabajar, la delincuencia infantil, el desempleo laboral, el radicalismo ideológico, la rebeldía injustificada, son con mucha frecuencia la consecuencia del desprestigio social del estudiante, de la desconsiderada organización escolar y del mucho sacrificio expiatorio que diariamente está ofreciendo el estudiantado español. La sociedad moderna enredo demasiado el sistema educativo, complico los cauces normales de la culturización humana, se complace morbosamente en crear obstáculos para la libre circulación de la cultura, arrolló al alumno entre sus ruedas deshumanizadas y esta creando tanta tensión humana en las escuelas, tanta angustia reprimida, tantos sentimientos de impotencia, que sobrepasan los límites de tolerancia normal y entran ya en el campo de la preocupación de los vigilantes de la salud publica
Es necesario recomponer el perfil del joven que estudia, sin prejuicios, con generosidad, sin miedo a renunciar a unos privilegios que en realidad son despojos de sus propios derechos. Cada estudiante es una gama infinita de posibilidades humanas mucho más amplia que todas las ofertas que puede ofrecerle la sociedad, incluso mucho más rica en ideales que él mismo se puede plantear en la vida. Un niño lo puede ser todo en manos de una adecuada educación y puede perderlo todo en la frustración de un clima social hostil. E1 niño de ahora es el hombre del mañana; es una masa moldeable en múltiples formas diferentes, un proyecto a realizar. Todo es posible en sus manos, el éxito y el triunfo lo mismo que el desastre, el fracaso y el caos. Esta fragilidad del estudiante compromete de lleno precisamente la responsabilidad educativa, desafía el anacronismo de todo el sistema educativo, y reta la sensibilidad de todos los sectores implicados en ella. Nunca nadie asumirá la responsabilidad del actual desconcierto escolar, nadie tratará de recuperar de los recados de la historia las cifras de analfabetos que allí se han ido quedando, ni nadie se responsabilizará hoy de todos los sufrimientos humanos que se frustran en el empeño inútil de conseguir una adecuada formación humana y profesional conforme al nivel cultural del país. Pero las víctimas están ahí, los suspensos masivos, los números cerrados, los obstáculos indefinidos, las pruebas insuperables, e estudiante español manipulado siempre, como una ficha de juego, en función de intereses prefabricados, a medida de unos principios indiscutibles, a favor de unos monopolios culturales que solo se mueven al son de viejos mecanismos sociales y caducas fórmulas de conducta de tiempos pasados y celosos propietarios.
La sociedad, toda la sociedad, debe asumir el riesgo de recomponer la dignidad del gremio estudiantil. La cultura es propiedad de todos los hombres y nadie tiene monopolio exclusivo sobre ella. Deben abrirse los cauces de su comunicación sin restricciones, deben abrirse las compuertas de sus aguas hacia toda la realidad humana, deben orientarse las posibilidades de los alumnos en esa misma dirección, deben corregirse constantemente los desfases que su caudal produce en el tiempo. Sólo los jóvenes tienen la propiedad del tiempo presente, la verdad de la vida y la el domino del futuro. La institución se hace vieja, sus padres y educadores son de otro tiempo histórico y de otras circunstancias. Los ciclos generacionales en nuestra época se renuevan constantemente. Hoy se vive de prisa. Todo el mundo en educación tiene una obligación mayor de corregir sus nociones del tiempo que los propios jóvenes. Todas las estructuras que los rodean pertenecen ya al pasado mientras que ellos son los legítimos duetos del presente y del futuro. Juzgarlos como siempre se hace en nombre del pasado muerto es flagrante injusticia. Son ellos quienes deben juzgar la validez de nuestras creaciones institucionales y ofrecernos el testimonio de una sensibilidad nueva que ya nosotros ni siquiera hemos vivido, ni llegamos tal vez a comprender y acaso devolvemos injustamente en contra de ellos. E1 esfuerzo de adaptarse al tiempo y a las circunstancias sociales, corresponde mucho mas a las instituciones que a los hombres que viven dentro de ellas y las dirigen, a las generaciones pasadas mucho mas que a las que viven espontáneamente su propio tiempo.
Los problemas en el aula existen, la rebeldía del estudiante es una realidad. El estudio es una tarea ardua, no se aprende sin esfuerzo. E1 estudio no es una simple lectura, ni un comentario de un tema en tertulia, ni un quehacer accidental, ni un pretexto para recorrer constantemente los claustros universitarios. Todavía no hay formulas para introducir mágicamente los conocimientos en las mentes estudiantiles, ni se pueden transmitir los contenidos de la memoria -hoy por hay- como se transmiten los componentes de la herencia biológica. El nivel intelectual es diferente. No todos los alumnos podrán deducir tres nuevos problemas del sabio planteamiento de su profesor según pretendía el filósofo oriental. Muchas ni siquiera serán capaces de comprender los términos de la exposición del maestro. Pero posiblemente su vida ofrecerá otras muchas opciones, al margen de las previsiones de sus maestros o de las ambiciones familiares. Si el estudiante, por la razón que sea, no entra en la corriente cultural que se realiza en la escuela, si no entiende, si no asimila, si no vibra participando activamente y con gusto, necesariamente surge el conflicto, el descontento, la rebeldía. Habrá que rectificar en la elección vocacional. Los conflictos son testigos del desfase de intereses porque los problemas no se originan sin causa suficiente. El comportamiento disciplinario suele marcar el clima funcional de la institución escolar. Cuando el alumno protesta es necesario escuchar en primer término su incoherente lenguaje y sus buenas razones. Su sensibilidad y su sinceridad humana, su posición limpia frente a la vida y las cosas, son testimonios completamente fiables y suficientes para reconocer un problema que evidentemente no es suyo. Se imponen las tareas de orientación vocacional, se impone que cada alumno entre en el camino que gratifique su comportamiento y no donde están los fantasmas de sus desencantos y sus fracasos. Los alumnos de las escuelas españolas son numerosos, están masificados, cortados a la medida de viejos patrones. Los factores verdaderamente personales, la individualidad propia, incluso la genialidad, quedan fundidos en un criterio de normalidad estadística, matemática y externa, que poco tiene que ver con la verdadera y auténtica realización humana. Los rasgos personales, la autenticidad de la persona humana, el sentimiento de la autoestima, el sereno análisis de los estímulos llegan omnipotentes desde afuera y el legítimo derecho del alumno a opinar, criticar y disentir, no se valoran suficientemente. La cultura institucionalizada impone sus fueros y sus duras exigencias deshumanizadoras.
La angustia y la ansiedad no son sentimientos innatos en el niño. Los comportamientos afectivos también se aprenden. La angustia empieza a represarse el día que los niños no pueden realizar normalmente sus objetivos. Crece y se desarrolla en las experiencias negativas que le llegan de la escuela, de la familia y de la sociedad. Se desbordan en infinitas formas de comportamientos hostiles, rebeldes y a veces derivan hacia comportamientos desviados y anormales. Aparece esa tristeza latente que modifica el alegre carácter natural del niño, el desaliento escolar, la abulia ante los estímulos de la vida, las variadas formas de neurosis juveniles y la resistencia abierta al estudio y a la disciplina de clase. Nacen los primeros síntomas del fracaso escolar. Es todo un proceso acumulativo que se origina en las formas impositivas y violentas que todavía imperan en nuestro rígido sistema educativo. Las frustraciones se suman, las experiencias ingratas, los malos tratos, las humillaciones, la falta de comprensión y cariño, se asientan progresivamente en el sensible inconsciente del alma frágil del niño que carece de los necesarios mecanismos de defensa. Toda la vida equivale a tomar conciencia con la limitación humana. Limitaciones por todas partes. La vida es una escuela de renuncias constantes y los deseos humanos están siempre por encima de todas nuestra realidades. Importa mucho que el alumno aprenda a asumir inteligentemente estos inevitables condicionantes de la vida humana, que pueda disfrutar las gratificaciones del éxito en la profundidad de su conciencia y sobre todo que la escuela deje de ser la maquina represora de emociones propias de la juventud y se convierta en una alegre siembra de ilusiones.
El niño pertenece a una sociedad represiva, que constantemente impone su acción ortopédica, que señala los comportamientos cívicos y morales, impone exigencias laborales, entrega hechos los usos y las costumbres. Si la complejidad de la sociedad moderna se cobra un alto precio de libertad a cuenta de su enredada socialización, debería la escuela contraponer una función liberadora de la conciencia individual del hambre a través de una fuerte acción cultural. La mayor participación del hombre en la cultura equivale a una mayor participación en la libertad y un grado mayor de humanización. Todo el andamiaje selectivo y obstaculizante que hoy se está realizando dentro de la escuela, debería reconvertirse en una acción abierta, grata, consciente, reflexiva y transparente. La alegría de vivir, el entusiasmo de un trabajo participativo y creador, es mucho más rentable que el negro pesimismo que a veces se crea y se agranda en el montaje disciplinario de la institución escolar. Lejos de un lugar sombrío y estimulante, la escuela debería realizar frente al alumno una acción positivamente catártica y curativa para contrarrestar las tensiones de esa sociedad terriblemente competitiva que tanta felicidad humana se engulle entre los seres incautos, desprevenidos y sin mecanismos de defensa. La juventud tiene derecho a ser feliz, tiene derecho a sentirse bien, tiene derecho a sentirse respetada, considerada y querida, tiene derecho a disfrutar de un clima placentero en el trabajo y en la vida social, en la vida familiar y sobre todo en la escuela. La educación del éxito debe sustituir a la educación de los complejos, la educación traumatizante y regresiva de la escuela tradicional. La educación libre debe suplantar al aprendizaje impositivo, la estimulación interna debe sustituir a la educación discriminada y la educación de la alegría, a la educación del miedo, la educación de la esperanza, de la vida, del entusiasmo, debe reemplazar a la educación del pesimismo, de la inercia, de la morbosidad, y de la muerte.
Si la escuela tiene la obligación de mejorar su clima ambiental escolar, también la familia y sobre todo la familia gallega en cuyas conciencias sobrevuela constantemente la negra bruma de un oscuro sentimiento de pesimismo latente. Es ese infinito sentimiento de tristeza y soledad que carcome por dentro como una mala herencia ancestral la afectividad base de los habitantes de estas regiones de la península. Es la saudade, un melancólico sentimiento de la vida, la tendencia al lamento, la propensión a las lágrimas, la nostalgia difusa de una felicidad perdida y una especie de masoquismo complaciente en el propio dolor y las desventuras propias. Este clima familiar lo respira el niño en su propia cuna y crece con el negativo sentimiento de sus limitaciones. Lo viven intensamente los padres y lo aprenden fielmente los hijos. La familia es la primera escuela de la afectividad humana, incluidos los sentimientos de amor y odio. Nadie tiene mayor obligación de entrar en el alma de un adolescente y ofrecerle un comprensivo diálogo, que sus propios progenitores.
Pero esto no sucede así. Existen testimonios escandalosos de continuos malos tratos a la infancia, no solo en esos casos sórdidos y extremos que aparecen en los medios de comunicación, sine en la práctica ordinaria del medio rural y urbano gallego que en realidad se diferencian poco. Ningún hijo es un monstruo. Los niños pueden ser inquietos, pueden equivocarse; pero no son malos. Su rebeldía puede ser la forma normal de defenderse cuando están acosados. Castigar su bajo rendimiento, insultarlos, negarle la necesaria compresión ante unas malas notes, solo puede servir para agravar todavía más sus propios problemas o desviar la culpabilidad que los padres tienen en sus propios errares. Los niños toleran macho porque no tienen mecanismos de defensa, soportan en silencio, pero no son insensibles a las injusticias y en un tiempo más o menos corto terminarán haciendo justicia. Casi todos los conflictos estudiantiles están señalando conflictos familiares o sociales todavía mayores –divorcio, alcohol, drogas, malos tratos, corrupción, injusticia- que son los verdaderos responsables de las cosas aunque de disimulen o se camuflen en bellas formas de apariencia civilizada.
La sociedad laboral también crea dificultades. Las ofertas de trabajo son cada día más reducidas. El paro laboral crea un malestar social que repercute en el clima mental juvenil. El colectivo del joven desempleado está tomando perfiles determinados. Ya se conoce bien. Lo integran millones de jóvenes. Deambulan por las calles sin ninguna perspectiva de futuro, con la sensación del mendigo que vive de limosnas que le ofrecen sus padres. La juventud en paro es una consecuencia del desfase social de una sociedad altamente tecnificada y una sociedad laboral de viejos criterios distributivos. Una sociedad altamente tecnificada que ha automatizado casi todos los puestos de trabajo tradicionales creando una largo lista de parados. E1 hambre que ha creado la máquina, y el problema del desempleo, ofrecerán también solución adecuada al mismo. El desempleo es un fenómeno estructural. Los grandes problemas han merecido siempre grandes soluciones. Los recursos humanos son mayores que nunca. La historia camina en sentido ascendente. Solo falta que la sociedad moderna se decida a crear los mecanismos necesarios de reparto equitativo de trabajo; pero sobre todo del reparto justo de beneficios. Mientras tanto el fantasma del miedo al futuro gravita sobre toda la Juventud de hoy y particularmente sobre la conciencia de los estudiantes. Si el futuro laboral no se esclarece, si no se mejoran las condiciones laborales, los grandes sacrificios humanos que hoy impone una larga carrera universitaria, no tendrán sentido. Al fin de cuentas ni la cultura esta toda dentro de las universidades ni los puestos de trabajo tienen ya demasiada relación con el grado de cultura superior. El joven, si no lo sabe, lo intuye y el desaliento cunde y no le falta razón. E1 estudio no pasa mucho más allá de un pasatiempo mientras se resuelven los problemas laborales por otro camino o una simple obligación que halaga el orgullo de los padres pero no interesa a los alumnos.
Siempre se dice que el alumno no sabe lo que quiere. Sucede que las normas del juego siempre las impone en este y otros campos de la sociedad, la parte más fuerte Es un recurso para mantener las posiciones de privilegio. El desfase generacional de una era histórica que anda a toda velocidad convierte a la juventud en auténticas victimas, siendo ellos los únicos propietarios del tiempo que viven. Todo su entorno debe adaptarse a ellos y no en la forma contraria como los viejos presupuestos vienen repitiendo constantemente. Evidentemente el presente y futuro es de ellos. Todo lo demás es pasado, es historia, es otro tiempo que ya no sirve. La sociedad controla autoritariamente los canales de la cultura como a ella le da la gana y de acuerdo a sus intereses institucionales y sus presupuestos culturales. La juventud tiene derecho teóricamente a todos los bienes del saber humano; pero ahí se queda, como víctima inocente, enredada entre las mil trabas e impedimentos que la misma sociedad le impone para acceder a ella.
E1 orden laboral mantiene a la población juvenil en un estado de desesperanza ante las pocas opciones de un trabajo digno que origina desaliento y apatía en la vida y en el estudio. Tampoco ellos tienen la culpa de la situación. Si protestan o tienen malas calificaciones, se les acusa. Ellos son simplemente testigos fieles y fiables de una sociedad injusta. Si ellos se quejan es necesario escucharlos. No están comprometidos con ningún poder fáctico. El mundo entero, a veces los más grandes, los poderosos, se escandalizan del delito de las drogas, de la delincuencia, de la prostitución que se filtran por los estratos sociales como pulpos infecciosos. Olvidan que son ellos los que se empeñan en mantener las coordenadas sociales que favorecen su existencia. Acaso les conviene. Los derechos que pertenecen a esos pequeños hombres con deseos de aprender, esos niños que casi no exigen nada, que lo soportan todo, que ni siquiera son conscientes de muchas injusticias que padecen, que les faltan brillantes palabras para defenderse, que no tienen organismos legales para hacerlo, están todavía sin escribir. Y el sufrimiento que soportan miles de estudiantes en el mundo ante una sociedad que les cierra las puertas, los comportamientos que tan despiadadamente se condenan desde un maniqueísmo que ellos no llegan nunca a comprender, las aspiraciones de miles de jóvenes que se quedan arrinconados a la orilla del camino sin esperanza y llenos de angustia, solo una organización oficial despiadada y anacrónica puede producirlas y desde luego ya no se puede creer que ella llegue a hacerles justicia a corto plazo, o comprender las reacciones erráticas y estridentes de sus comportamientos, y los caminos tortuosos que ella misma esta forzando a tomar.
Esta todavía el código de sus derechos sin escribir. Hasta hoy solo se han repetido reiteradamente sus obligaciones. Lo que se les ha dado son migajas que se desprenden del olimpo de los dioses. Los alumnos tienen derecho a que la organización escolar se acomode al contexto vital que innecesariamente debe ser diferente de todos los demás, tienen derecho a que los educadores y familiares les acepten en las circunstancias sociales que les ha tocado vivir, tienen derecho a la participación amplia en los beneficios de la cultura sin obstáculos ni cortapisas, tienen derecho a recibir una educación desmitificada y limpia de prejuicios puritanos que no entienden ni les interesan, tienen derecho al mínimo respeto que corresponde a todo ser humane. Tienen derecho a hablar, a opinar y a ser escuchados en la sociedad, a la propia defensa como cualquier ciudadano, tienen derecho a participar activamente en todas las actividades docentes, en la conformación institucional que en ese orden se organice en cualquier centro de estudio. Poseen una cantidad de derechos que son suyos y la política de los vencedores nunca ha sabido reconocer a través del tiempo. El único colectivo en esta sociedad cumple doble jornada de trabajo, una en clase en presencia de sus profesores, y otra en clase para realizar deberes en un tiempo que materialmente no tienen.
La indisciplina que genera su desmotivación, la permisividad social y familiar, la falta de autoridad del profesorado limitada precisamente por el reconocimiento de muchos de sus derechos, y la falta de mecanismos automáticos que regulen sus derechos y sus obligaciones en favor del orden y la disciplina en clase es todavía materia pendiente. Falta el mecanismo legal que, frente a la enseñanza obligatoria y el trato respetuoso que merece el alumno, regule la función del profesor sin tensiones ni conflictos y evite que las clases sean por una razón u otra son campos de batalla o núcleos de conflictos interminables. El Consejos escolar no es suficiente y los otros organismos ejecutivos carecen de autoridad para realizarlo.
CAPITULO 14
EL PROFESOR, UN AUXILIAR
La figura del educador, el maestro, el enseñante, el profesor, el pedagogo es otra de las piezas importantes en el proceso educativo. No todas estas denominaciones tienen exactamente el mismo significado. Desde la denotación propiamente educativa que se orienta al desenvolvimiento de la riqueza creativa interna del alumno que se recoge perfectamente en la significación etimológica de las palabras "educador" y "pedagogo", hasta el significado informativo externo que implican las palabras "profesor", "maestro" y "enseñante". La función del profesorado en cualquiera de su significado viene dada por la imposibilidad práctica que los padres de familia poseen, de hecho, para completar la formación física, social, intelectual, científica y técnica de sus propios hijos. Los padres son los primeros depositarios de la obligación de educar. Pero carecen de tiempo, carecen de medios, carecen de recursos y cultura suficiente para realizarlo. Así la función educadora de los profesores es una función delegada de ese primer derecho educativo que poseen los progenitores. La responsabilidad familiar no termina con la entrega de sus hijos a la sociedad sino en su obligación de completar el posterior desarrollo físico, ético, cultural, correspondiente a su contexto histórico.
Desde este punto ya se entiende la necesidad del buen entendimiento que debe existir entre los padres y los maestros, entre la familia y la escuela. Nunca podrá existir una auténtica educación escolar que se realice sin la necesaria participación, al margen o en contra, de la voluntad de los padres de familia. La creación de los Consejos Escolares en los últimos años es un importante punto de partida para la participación de los padres en la educación de sus hijos dentro de la escuela. Es una puerta que se abre desde la sociedad, concretamente desde la sociedad familiar, hacia el hermético aislamiento tradicional de las escuelas. Es un mecanismo legal que puede restablecer el necesario entendimiento, el diálogo, y la obligada comunicación entre padres de familia y educadores. Los centros escolares españoles todavía siguen siendo barcos solitarios que navegan en alto mar a la derive movidos por el caprichoso oleaje de muchas tradiciones. Si se han abierto las puertas de la participación social y familiar hacia adentro, todavía quedan cerradas las puertas de la cultura del centro hacia fuera.
Por su parte la sociedad civil y otras instituciones privadas, por razones del bien público, por razones religiosas, por razones económicas, por razones altruistas, han asumido el control sobre la educación. La acción educativa, que sobrepasa ampliamente la capacidad educativo familiar, se ha institucionalizado en el complejo aparato actual de la educación pública y educación privada. Los procesos culturales de los pueblos no entran en los cauces de las instituciones. Las instituciones favorecen su curso pero restringen los campos de su influencia. El colectivo de profesores se ha organizado en torno a las demandas funcionales de las instituciones educativas. Sin perder por eso la delegación representativa del derecho educativo familiar adquieren a su vez la representación del estado o de la sociedad privada que se comprometa en la educación. El profesor queda así colocado entre dos frentes, entre las exigencias que pueda imponer desde abajo la organización familiar -con macho derecho y poco poder- y las exigencias que desde arriba impone el estado -con mucho poder y el derecho que le concede la garantía del bien público-. Los puntos de vista de ambos sectores deberían coincidir, y suelen hacerlo en gobiernos que reconocen y practican las libertades fundamentales. Pero suelen sufrir graves trastornos en formas de gobiernos autoritarios que subordinan o la función de la familia o el valor absoluto de la cultura al poder omnímodo del estado.
El oficio del pedagogo es una actividad muy vieja. Se ha realizado en formas muy diversas a través del tiempo. Partiendo de esa necesidad de compartir ideas y experiencias, en todas las épocas han existido, predicadores, iluminados, visionarios, profetas, maestros, con el noble ideal de prender la llama de la cultura en la conciencia de los hombres y de los pueblos. Desde Confucio a Sócrates, desde Cristo a Mahoma, desde Seneca a Don Bosco. Unos dirigieron sus lecciones en una dirección, otros las llevaron par otro camino. La recuperación del hambre es un ideal común. Pero la sociedad no siempre ha sabido reconocer y gratificar su obra. No es fácil soportar el gesto acusador del moralista que señala los vicios propios o la inercia inveterada. La acción del pedagogo clásico, del preceptor, del tutor, de guía privado de grupos improvisados de discípulos, posee macho mas campo de movimientos, tiene mucha más libertad de acción, son macho más vitales y creativos, porque ellos son el resumen de la cultura de su tiempo. La progresiva socialización de los pueblos, la acumulación del saber humano, ha ido institucionalizando la función educativa, institucionalizando el oficio del docente, ha complicado la organización escolar, ha sistematizado los conocimientos adquiridos y ha encauzado el desarrollo de la cultura. La cultura empezó a sufrir la presión de los fríos arquetipos institucionales, el invariable impacto de una ideología determinada, la presión de muchos convencionalismos y la perezosa acción del profesionalismo docente. Se ha colocado bajo el servilismo y mecenazgo de los despóticos poderes fácticos de los diferentes países que la organizaban -o todavía lo hacen- bajo el signo absurdo del mito o las socializadas formas mitificadas de ideas nuevas.
La importancia del profesor en el orden educativo radica precisamente en su capacidad de moldear las conciencias, influir en las mentes de los hombres y mujeres que van a construir el futuro de los pueblos. Si la responsabilidad de los que cuidan los aspectos materiales de la residencia terrestre o atienden la salad del cuerpo es muy importante, la responsabilidad de los que forman o deforman la conciencia de las juventudes es infinitamente mayor. Aquellos realizan un trabajo cuantificable, tangible, de efectos visibles e inmediatos; estos se mueven en el terreno imponderable de los valores y de efectos tardíos. El educador puede formar o deformar, puede hacer ángeles o demonios, puede crear hábitos buenos y hábitos malos, puede colaborar en la construcción de la felicidad de muchos seres humanos o contribuir a su desventura. Pocos testimonios condenatorios evidentes podrán ofrecerse de su actividad destructiva, como tampoco la sociedad suele hacer demasiada justicia al sacrificio de su entrega. El profesor es el agente educativo a quien siempre más se le exigen y menos de le ofrece. Nunca serán demasiados los esfuerzos que se realizan por destacar la grandeza de la función docente. No es fácil educar. Un niño es siempre un manojo de interrogantes frente al educador. No existen números exactos. Nunca se sabe si la dosis que se le entrega puede resultar un veneno o un contraveneno al ofrecerla en proporciones de más o de menos.
Posiblemente el profesor ideal no existe. Nunca el esquema mental de docente podrá trasladarse integro a la cabeza de los alumnos. La subjetividad del educador es multiforme y multicolor. Cada docente tiene su propia etiqueta docente, su perfil propio y su propio librillo. Tan variados como la vida. Existe el profesor “modelo” que presume de ser el alumno número uno de la universidad, que tiene títulos en todas la universidades, que lo sabe todo, es doctor. Muy ego centrista y no tarda en ser víctima de sus orgullos infundados. Porque al fin de cuentas y más en educación el que más sabe no sabe nada. El Profesor fiscal, que desconfía, rebusca los exámenes, suspende masivamente y suspende porque sí y sin explicaciones. Una actitud negativa y pesimista perniciosa que también es injusta. Porque parte del supuesto de que la mayoría de los alumnos son malos o deficientes. !Ay la actitud acrimoniosa y vengativa de muchos profesores! El profesor aburrido: no tiene nada que decir, sabe poco, entró por enchufe, no hay nada nuevo en sus clases. Carece de entusiasmo y tramite el aburrimiento a la clase. Hasta pude quedarse sólo en clase porque los alumnos están en la cafetería. No hay quien comunicar nada pero no importa porque a fin de mes se cobra lo completo. El profesor tímido: siente miedo del alumnado, se acompleja, se encoje, no mira de frente. La timidez es visible y el alumno muchas veces la aprovecha para interrumpir la actividad docente y hacer la vida imposible al docente. El profesor un vividor. Pierde más horas de clase que las que dicta, siempre hay pretexto para no dar clase, a veces son chistosos, entretenidos. Hay que perder el tiempo y esperar que llegue el fin de mes. Son ser los mejor vistos dentro del sistema por sus fáciles relaciones sociales. El profesor pesetero, está al margen del sistema educativo. La educación no es el medio de enriquecimiento.
Esas connotaciones particulares nunca pueden omitir el cariz vocacional que se supone en toda acción educativa. Ni se puede olvidar nunca la función exiliar del educador y al mismo tiempo imprescindible. Es cierto que el caudal cultural de los pueblos es infinitamente mayor que la que modula los cauces institucionales. El influjo educativo hoy está mucho más fuera del aula que dentro. El determinismo social, las costumbres, las tradiciones, el mimetismo humano, los medios de comunicación, que se expanden a través del aire que se respira, es mucho más fuerte y determinante, mezclada con los contenidos inconscientes, que la enseñanza reglada. Es el fuerte influjo de la enseñanza de la calle y la enseñanza la vida. Existe el autodidactismo que realiza importantes conquistas culturales sin el apoyo directivo de ninguna institución docente. Existen los estudios libres de escolaridad que suponen la posibilidad de un aprendizaje autónomo sin la vigilancia continua del profesor. Otro aprendizaje importante, muy práctico y muy poco potenciado todavía en España. Sobre todo existen muchas otras formas de participar en la cultura sin la actividad directa de la institución docente que ha sido el procedimiento normal de aprender antes de la institucionalización de la educación y sigue funcionando a pleno rendimiento en las sociedades modernas a pesar de los ministerios de educación y las universidades. Hoy como siempre la vida manda más las aulas y los profesores.
La presencia del educador, sin embargo, es necesaria. La estructura educativa ha magnificado desmesuradamente la figura gremial del educador español. El educador español ha sido siempre, y todavía lo sigue siendo el pequeño "cacique" de la escuela, el sábelotodo del pueblo, con derechos ilimitados sobre los alumnos. Se ha arrogado prerrogativas de jefe de tribu. Un liderazgo que no le corresponde. Es omnipotente en sus decisiones, es omnisciente en sus exposiciones; posee incluso el don la infalibilidad, y no existe nadie dentro del sistema que pueda controlar su actividad docente. Donde no llega su fuerza creadora, o su inteligencia, o su destreza comunicativa, resuelve las cosas a puñetazos o con la barita mágica de la tortura infantil o con todas las violencias que produce el ingenio que le falta para realizar un buen ejercicio educativo. Así son las señas de una educación de ayer y aún de hoy. El protagonismo que han ido perdiendo los alumnos en los centros, ha caído precisamente en las manos desaforadas de los profesores.
La función del profesor es únicamente una función auxiliar. No se puede olvidar que el protagonista del proceso es el alumno. Claro que los educadores españoles lo saben todo, lo dicen todo, lo pueden todo. Es la herencia militarista y el signo de identidad del genio español. Por eso su enseñanza es tan defectuosa. La prepotencia ambiental e imponente de la enseñanza externa se respira todavía en nuestras aulas con tonos bien marcados. Consecuencia también del mentalismo y la farragosa exposición docente. La presentación de la clase es brillante. Allí aparecen los últimos descubrimientos científicos que se realizan fuera de nuestras tierras. E1 profesor deslumbra desde el punto más elevado de la tarima de clase, con elegancia, con protagonismo. Hasta se disfruta la tentación del aplauso. En frente se halla el alumno boquiabierto, deslumbrado, disminuido, no ha entendido nada, aquello debe ser lo mejor que existe sobre el tema. "Lo dijo el maestro". Posiblemente mañana en un examen de fecha solemne recibirá un solemne suspenso. E1 profesor inmaculado con todos los honores que le ofrece su rango social. Una vez más el científico, el erudito, el sabio, está ocupando injustamente el puesto que le corresponde al educador. Sobran en nuestras clases los sabios y mucho más los sabihondos, sobrar los bellos discursos, sobra el protagonismo desmesurado del profesor y faltan educadores capaces de poner en primer plano de sus preocupaciones los intereses de sus alumnos, faltan educadores capaces de poner a funcionar la maquinaria interna del alumno a pleno rendimiento, faltan educadores que sepan orientar y dirigir un trabajo siempre nuevo, siempre joven y siempre diferente dentro de las escuelas.
La grandeza del profesor está en saber cumplir bien un segundo papel en el proceso docente desde el último rincón de la clase. No en protagonizar la enseñanza. Su misión es apoyar el camino tembloroso que empieza a recorrer un hombre joven, guiar el proceso que debe realizar propiamente el alumno. La actividad de clases necesariamente debe realizarla el alumno. Tan mal procedimiento docente será olvidar consciente o inconscientemente las vivencias internas como llenar su mente de productos muertos de la ciencia actual desprovistos de toda referencia vital. Ni puede ser la clase un lugar bueno para dormir o descansar cómodamente, ni mucho menos un tiempo bueno únicamente para fiscalizar indiscriminadamente las tareas realizadas en sus casas, ni tomar notas infinitas de nuestra historia pasada. Ni puede ser el templo de los inciensos a realidades esotéricas y misteriosas. El descubrimiento de la naturaleza es el reto, el trabajo de investigación es una obligación y el trabajo de clase en tensión creativa es fundamental.
Se impone la clase dinámica. La clase es el taller de trabajo de los alumnos no el campo de trabajo del profesor. E1 trabajo de los docentes no puede sustituir la actividad que debe realizar el alumno en las horas de clase. "Esto lo estudian para mañana" que tan frecuentemente se repite en la docencia equivale a suponer una jornada de trabajo para los alumnos que desde luego nadie cumple en la sociedad. Aquí también merecen respeto los estudiantes. Con los malos horarios de estudio no puede suponerse que todos pueden completar en sus casas una larga lista de tareas obligatorias. Los largos recorridos realizados en el transporte escolar, a voces la participación en los trabajos rurales que realizan sus padres, el necesario tiempo para descansar, poco tiempo les queda libre para continuar las tareas de clase. Los horarios de doble turno son nefastos para la educación, las actividades están excesivamente temporalizadas, y los contenidos de los programas se ofrecen con tanta insistencia que poca autonomía le queda al alumno para asumir la excesiva estimulación que recibe en clase y fuera de ella.
Al profesor español le falta motivación para su trabajo. Ya se ha hablado de este defecto en el alumno cuando aprende. E1 profesor sufre el mismo contagio. Después de todo, ambos, profesores y alumnos, son producto cultural de una misma sociedad que se muere por falta de dinamismo a pesar de la aceleración del tiempo que vivimos, que carece del necesario espíritu creador, síntomas claros de una sociedad que se descompone. La apatía del profesorado en el ejercicio de su profesión, es el elemento más corrosivo de todo el sistema. Nunca existirá en una clase un clima normal de motivación cultural suficiente cuando el profesor está cumpliendo una función estrictamente ritual. No existen motivaciones de trabajo dentro de la educación fuera de esa cierta retribución económica que llega todos los meses. La rutina es el óxido que endurece los ejes de las sociedades viejas y cansadas. Sobre la rutina se instalan los mitos, las tradiciones, los ídolos, se fabrican dioses y fantasmas que se oponen a las luces del futuro. El orden que se observa en educación es la ley física de la materia inerte que se cumple perfectamente en el orden educativo español. Cada educador sabe perfectamente lo que tiene que hacer, realiza su función de la misma manera que la practicó el día que comenzó su carrera docente, igual que lo sigue haciendo ahora celosamente y terminará haciéndolo el día que se jubile. Es una pieza perfectamente encajada en el sistema que recorre su órbita con una precisión matemática; pero con la frialdad y la resonancia metálica, la estridencia de las viejas máquinas.
Pero esto no sucede sin causa suficiente. No funcionan los mecanismos de selección del profesorado. Un día cualquiera el educador español en el oficio docente por magia de las oposiciones, se instala en el sistema, se pone en su ubita profesional, acepta absolutamente la garantía prematura y vitalicia de un simple puesto de trabajo mal recompensado, acepta la aburrida monótona de hacer siempre lo mismo, renuncia a cualquier otra aspiración humana, se supone gratuitamente que todas las cosas funcionan bien, y la actividad docente empieza a languidecer. Cualquier ser vivo que pierde su instinto de superación y crecimiento muere necesariamente. El instinto de superación del profesorado español celebra su funeral el día que adquiere en propiedad su "cátedra", el día que se instala en el sistema. Después de ahí lo que queda es rentabilizar bien la propiedad conseguida. Simplemente dejar transcurrir el tiempo, dormir o buscar algún hobby entretenido para asesinar el tiempo libre. En educación ya no queda nada más que hacer y el que menos trabaja en realidad es el más inteligente, y más tonto el que se preocupa y se entrega honradamente a su profesión. La culpa en realidad está en el sistema que funciona mal. La ausencia administrativa aplaude este comportamiento. No existe ningún mecanismo que controle o valore o estimule la acción docente. Nada se mueve en la administración. Todo está perfecto. Ni siquiera se perciben las alarmas de las anomalías y cuando se oyen estridencias se desconectan los sensores y se habla de otra cosa.
Parece que últimamente se está prestando atención a este gravísimo problema educativo. Se habla de la preparación del profesorado; pero ante una situación de privilegio indiscutible el profesorado no tendrá ningún interés en su propia formación gratuita. ¿Para qué? El problema no está ahí. Se habla con más acierto de gratificar con un aumento de sueldo la efectiva labor realizada por el profesorado. Esto pudiera producir efectos importantes porque el factor sueldo es uno de las fuertes motivaciones de todo profesional en esta sociedad de consumo. Pero sólo afectaría a los voluntarios que quisieran aceptar el reto. No cuenta con la perezosa rutina de la gran mayoría que conformes con sus privilegios actuales -tener trabajo vitalicio hoy es un privilegio- seguirla disfrutando los benéficos de puesto de trabajo fijo. ¿Qué mecanismo existe en este país para distinguir el profesor que se entrega diariamente a su trabajo y el que simplemente espera el sueldo mensual? Además, para aumentar la gratificación salarial de los educadores que quieran superar su actual condición, se está ya repitiendo el nuevo y viejo error de una prueba de conocimientos, un nuevo examen. La guillotina tradicional de nuestros viejos resabios educativos. Otro medio caciquil para manipular la situación. Unos educadores -que también ellos deberán examinarse- examinan a otros educadores. Evidentemente ese es el problema; pero la solución evidentemente no se ha perdido por ese camino.
La estabilidad prematura y vitalicia, y además aleatoria, es el vehículo transmisor de muchos males de nuestra educación escolar. Un sistema que elimina el instinto de superación, elimina también el instinto de vida. La educación es un proceso en marcha. El educador no puede ser el producto sortario de unas oposiciones. ¡Otro mecanismo distorsionante! La naturaleza de su función le pone siempre en tensión de progreso, un profesional siempre en marcha, un creador que moldea seres pletóricos de vitalidad y posibilidades. El patrimonio cultural es un camino que no tiene fin, siempre creciente y en estado de continuo crecimiento. No hay realidades terminadas en educación. Incluso la ciencia de hoy que se define en unos contornos aparentemente definitivos no es otra cosa que un escarceo de la inteligencia humana sobre algunos de tantos misterios que ofrece la vida y el mundo en que vivimos hasta el momento presente. A su lado existen otros campos infinitos siempre abiertos a la investigación humana. Lo que hay poseemos es una sombra solamente de la ciencia del mañana. Nadie tiene derecho poner límites a la mente humana para la creatividad o cerrar las ventanas a nuevas posibilidades científicas y mucho menos contagiar este pesimismo a los estudiantes que sientan en un pupitre dentro de las aulas.
La creatividad profesional no es precisamente la cualidad del educador español. Ni la investigación ha sido nunca nuestra mejor virtud. No están lejos todavía los recelos, la desconfianza y los anatemas hacia cualquier proyecto innovador de nuestros científicos. Es herencia ibérica. No existen estímulos profesionales, se premia la pereza profesional. Se desconfía siempre de los proyectos nuevos mucho más que se favorecen los impulsos creativos de las personas. Nuestro sistema educativo tiene gran facilidad para conseguir pretextos, para establecer vacaciones, y fiestas. Además la administración es tan generosa que señala un determinado número de días que los educadores pueden tomarse para sus asuntos propios. Siempre habrá asuntos propios para justificarlos. Quien no los tenga los inventa. Y el que verdaderamente necesita más de los días señalados también alegara buenas razones para justificarlos. La administración solo tendrá constancia estadística de todo esto sin efecto ninguno en el plano educativo.
Los trabajos de investigación, y prácticas docentes en los laboratorios de los centros se realizan en forma muy accidental y esporádica, a voluntad de la iniciativa de cada educador. El ambiente científico y experimental español sigue viviendo del recelo tradicional de la ciencia. La mente humana es inmensamente rica. Tanto el alumno como el profesor contienen reservas creativas muy abundantes, son como minas subterráneas que aumentan sus recursos a medida que se penetra en sus entrañan. La enseñanza creativa no puede existir nunca si el profesor no entra en este concepto temporal y dinámico de la función docente que es totalmente opuesta al clima creado por el ejercicio en propiedad vitalicia de su profesión, en forma apática, intemporal y utilitaria al modo como se ejercita. No es casualidad el retraso científico de nuestro pueblo y el poco interés tradicional por la investigación humana y científica.
El trabajo creativo de los educadores no puede ser una opción. Debe ser una obligación. Si los educadores han de llevar unas motivaciones a las aulas ellos deben estar previamente motivados. La actividad creativa debe ser provocada. El invento necesita un momento de trance. La administración debe romper las distancias y realizar una reeducación de educadores, conducir a los que han de guiar, dar motivaciones de conducta a los que han de trasmitir las motivaciones a las clases, abrir los ojos, tomar nota por lo menos de los educadores que colaboran en la marcha dinámica del sistema o se dejan llevar adormecidos por el sueño de la rutina de su vida vitalicia. Sobran por supuesto los exámenes. Es importante la revisión salarial en función del trabajo realizado. Es importante que la administración asuma algún control de vigilancia sobre el asunto. La experiencia docente debe contar, el consenso de las bases de la educación, el clamor popular de toda la comunidad educativa que mide el trabajo responsable e imponderable de la clase y las cualidades docentes que nunca se sopasan en los clásicos exámenes, y desde luego los méritos contantes y sonantes, con la necesaria revisión de ese título propiedad prematura, perpetua y sin limitaciones desde el primer día de su ingreso en el ejercicio docente.
La excesiva estratificación del profesorado gravita también sobre este colectivo como un resabio de la época militarista. Existen clases y subclases, divisiones y subdivisiones, jefes y subjefes, categorías infinitas de educadores que recuerdan las sociedades clasistas. Lo grave del asunto no es que esta estratificación haya existido en el orden anterior sino que exista todavía hoy en los nuevos tiempos. En el orden profesional es absolutamente perjudicial. Cada educador presenta su peculiar categoría dentro del sistema como si fuese un viejo título de nobleza. Suelen aparecer paradojas desconcertantes en este país. Aquellas diferencias que deberían estar marcadas por la calidad, por la dedicación, por la creatividad, por la competencia, por el mérito, por la rentabilidad docente -que en educación es la realidad más importante- solo han merecido la completa ausencia de la administración y el desconocimiento de todo el sistema educativo. Por el contrario, existe un empeño institucional y docente en mantener celosamente una estratificación absurda y militarista que solo supone el privilegio antidemocrático de unos frente al desprestigio total de otros. El sentido de la igualdad democrática y la interpretación horizontal de la historia todavía no se ha entendido bien. Sobran las categorías de profesores. Dentro de cada nivel de la educación, sólo la capacidad y la competencia de las funciones a través del ejercicio docente deberían establecer las diferencias, que serian meritos o deméritos profesionales y nunca títulos jerárquicos y honoríficos. Dentro de cada colectivo todos los profesores que han realizado la misma carrera universitaria tienen la misma posibilidad de participar en todas las actividades docentes o administrativas. Sobran los jefecillos y los capataces y los caciques del sistema educativo.
No son buenos ni los santones ni los hombres-instituciones dentro de la educación. Lo que puede hacer un hombre lo puede hacer otro. Sobran los títulos de nobleza. Las contradicciones del sistema están manifiestas. Frente a la estabilidad temporal y geográfica que disfrutan unos le está vedada completamente a los otros. Frente a todos los derechos que consiguen unos existen otros que no tienen nada, frente a los catedráticos están los interinos. Si el carácter vitalicio de una plaza en propiedad de los que cumplen los ritos sagrados de las oposiciones es un factor dañino para la educación, la feria de profesorado que se organiza cada año en los días precedentes a la iniciación del curso escolar es todavía más grave. El profesor, sea el profesor que sea, necesita con anticipación alguna garantía de lugar, materias y circunstancias del curso que debe impartir. Injustificadamente al final de cada curso se desmantela el sistema precedente y no se recompone hasta iniciado el curso siguiente. ¡La improvisación hispana! Unos, eternamente fijos, los otros a la feria de las tómbolas todos los años. Y lo más grave es que esto se realiza sin ninguna justificación pedagógica. Las dos posiciones contienen elementos muy negativos y discriminatorios para el sistema.
La figura actual del interino es sólo un botón de muestra de la estratificación de docentes. Allá está en el fondo de la escala vertical docente como un batallón de reserva, como el comodín del juego. Porque en educación, como en el ejército, como en los pueblos primitivos, existen categorías, estratos diferentes, fronteras impermeables, resabios clasistas. Por pura casualidad no se conservan castas todavía en España al estilo de otros tiempos y otros pueblos. Pero el sentimiento atávico esclavista, como reverso de la presunción social, pervive todavía. La tendencia a medir la persona humana por su rol social se mantiene. El interino es el último peldaño de la pirámide institucional docente. Su figura jurídica, discutible, discriminada, por ahí anda con el paso de todas las obligaciones y desprovisto de todos los derechos laborales, como los esclavos de la antigüedad. Su imagen social paralela está igualmente desprestigiada, tanto en las altos esferas administrativas como en el campo de trabajo.
Flagrante era la injusticia, y seguramente inconstitucional, de la discriminación de sueldo que hasta ayer se venía manteniendo durante años. Su trabajo profesional es idéntico al de otros profesores o casi siempre peor. Se necesitó una huelga general para recuperar los despojos de su reivindicación salarial. Su estabilidad laboral es todavía un juguete que anda todos los años en las manos desaforadas de la administración quien decide caprichosamente su destino sin ley ninguna que lo detenga. Parecido al viejo derecho de vida y muerte que poseían los tiranos de antaño. Pero en este país es buena razón decir de las cosas que siempre han sido así, son así y posiblemente tendrán que seguir siendo así, simplemente porque sí.
Los contratos laborales anuales, de curso a curso, frente a la absoluta estabilidad del gremio, parecen un excelente mecanismo para mantener el poder en las manos que lo tiene y prolongar los conflictos siempre latentes y de paso demostrar la incapacidad administrativa para resolver unos problemas que deben y pueden resolverse. Su alocada ubicación geográfica al comienzo de curse es un festivo y folclórico tráfico de personal educativo que suena macho más a un juego aleatorio trágico-cómico que a una planificación inteligente del personal docente, resuelve injustificadamente todas las piezas del curso precedente, rompe toda razón de continuidad en la enseñanza y no beneficia a nadie. Un absurdo mercado de personal interino en la feria de la burocracia administrativa.
Además el interino es una especie de animal de cargo, paciente y receptivo, que en todo caso disfruta la pequeña suerte profana de estar en el mercado laboral sin el cumplimiento de los ritos sagrados. El disfrute de derechos normales del profesorado tiene muchas reservas a los interinos. Lo suyo son sólo obligaciones. Los trienios, así se mueran de viejos en acto de servicio, no es cosa para esclavos. Si alguna cuestión de prestigio -no de trabajo- entra en danza en los centros, el interino debe ponerse al margen del asunto. En el reparto de funciones profesionales el interino debe tomar del suelo los productos residuales de la planificación. Los puestos directivos, representativos, tareas gratificantes o sobresalientes en algún aspecto, ya se suponen tácita y abiertamente que el interino no tiene nada qué hacer. Es la condición de su rol social. Y como siempre en España los aspectos profesionales, los valores humanos, la eficiencia laboral, eso no tiene importancia ninguna.
Su deterioro social es todavía más grave. Acaso un deterioro social que no anda de frente, que no se manifiesta de forma explícita, que no se puede demostrar con declaraciones escritas, que anda soterrado, escondido en los bajos fondos de la irracionalidad culta de gente de carrera, mezclado con turbios sentimientos que no es fácil saber de dónde vienen o a donde van, según es muy común en esta tierra. Pero existe realmente; tanto en las altas capas de la administración como en los frentes de trabajo. Así el interino no solo es un desheredado jurídico en la maquinaria social sino un peligro laboral. Nadie lo dice, pero todos lo sienten. Es un problema de irracionalidad humana que nunca se pronuncia en la clara luz del sol; pero se remueve en las tinieblas de la inconsciencia. No se ve, no se toca, no tiene un nombre. Pero se respira, se presiente, no se disimula suficientemente agazapado en múltiples escondrijos de la convivencia. Se siente en el tono despectivo de la administración, se adivina en el regusto del que tiene la llave del poder en sus manos, y lo sufre sin defensa la sensibilidad del interino que lleva la procesión por dentro.
El interino está en el sistema porque el sistema le abrió las puertas. El esclavo no tiene la culpa de pertenecer a una sociedad esclavista. El sistema prepara el tinglado de los interinos a su propia medida y conveniencia. Los engorda indefinidamente y se complace sádicamente en mantener la espada de Damocles sobre su cabeza. Ni resuelve el problema, ni existe voluntad ninguna de resolverlo porque acaso no le interese hacerlo para prolongar, con el pretexto de fidelidad a una tradición mal entendida, el control personal sobre colectivos injustamente discriminados. Sin embargo la administración que ha creado el problema debería al mismo tiempo buscar un camino de salida, a no ser que sea su voluntad mantener en sus manos con gusto los hilos del enredo.
Claro que ahí mismo en frente están los gritos de los agravios comparativos que tampoco tienen razón. "Si yo he pasado la guerra todos deben morir en ella". Es otra vez el malévolo grito de la irracionalidad humana que se remueve agazapada en la maleza de la incultura socializada que tendremos que soportar durante mucho tiempo en este pueblo. Es otra vez el ciego instinto del hombre primitivo que remueve los sórdidos fondos del ser humano más que sus tendencias nobles y generosas. Cada funcionario español que conoce de memoria, aunque no lo confiese, la historia personalísima de sus trofeos de guerra en estas campañas, debería entender que ninguna guerra, caliente o fría, es buena, que la alegría que se alimenta en el dolor de los demás no puede ser una alegría legítima y que la dicha compartida se agranda y ennoblece.
CAPITULO 15
LA ELECCION DEL PROFESORADO
Llama la atención la urgencia que este país se ha impuesto, en los últimos años, para desmantelar las instituciones, los organismos, las costumbres que pudieran tener alguna relación con el régimen anterior. La transición política española se ha conducido por cauces continuistas más que a través de transformaciones violentas. Pero aún así la estructura jurídica y la conciencia ética de los españoles han sufrido movimientos importantes. Acaso al sector menos afectado por esta fiebre renovadora fue precisamente el sector educativo. En educación pocas cosas han cambiado y paradójicamente es uno de los sectores más reacio al cambio. Ya se ha visto la atonía del profesorado, su ''instalación'' en un tiempo fijo e involutivo de su carrera profesional, el contagio de su apatía funcional en todo el ámbito escolar. Ya se ha indicado el tráfico alocado de profesores que cada año se realiza precipitada, ceremoniosa y cabalísticamente, cuando llega el momento de poner en marcha el curso escolar. Es el reflejo de una carencia de planificación racional del sistema. Pero el tradicional sistema de elección del personal docente, sigue intacto, no se ha movido nada, ni siquiera se ha cuestionado su validez. E1 sistema de oposiciones queda ahí como un monumento consagrado a la ineficacia administrativa de este país. Uno de los más anacrónicos e improductivos mecanismos, que se mantienen en educación a posar de su aparente legalidad. No sólo es malo por sus defectos de fábrica, sino por su enredoso funcionamiento y sobre todo por sus efectos perniciosos dentro del sistema.
E1 sistema de oposiciones, tajante, brusco, colocado a la entrada del sistema, como puerta única, sin sentido de proceso, sin sentido del tiempo, sin matizaciones, tiene todas las características de un procedimiento militar. Se parece a un artefacto producido por una industria puesta al servicio de la guerra o un tribunal sumarísimo dependiente de los poderes fácticos y autoritarios del país. Las oposiciones son descarados mecanismos al servicio de privilegios de los cerebros grises que trabajan en la sombra, son instrumentos legales que los poderes fácticos del estado establecen para controlar los hilos del poder. Las oposiciones españolas son como las constituciones que los dictadores fabrican a su propia medida, con careta de una legalidad que no existe y con el propósito de mantener el poder y los privilegios donde ellos quieren. E1 resultado de unas oposiciones, la decisión de los rígidos tribunales de las santas oposiciones españolas son como las férreas sentencias judiciales, son como los juicios sumarísimos en tiempos de guerra, son como las sentencias de los otros santos tribunales que siempre terminaban en la hoguera. Ellas resuelven el control del personal que maneja el sistema educativo. ¿Qué duda cabe que las oposiciones nacen como instrumento de poderes fácticos bien concretos, se defienden en una densa niebla de oscura legalidad, y se mantienen porque todavía reportan ventajas a la gente que las administran? ¿Quién en este país desconoce el mercado negro, la feria de influencias, incluso de dinero, y el oscuro trajín que los caciques y los representantes de los poderes fácticos del país vienen realizando en la trastienda de los tribunales de las oposiciones? Un magnífico campo para la acción soterrada de los políticos y un magnifico procedimiento para el control del sector docente. No resulta tan extraño que se hayan creado y manejado en otras etapas de la historia del país corno que se mantienen y se defienden en la actualidad.
No es arriesgado suponer que las oposiciones sea un invento español. Al menos en la forma cómo funcionan en este país no puede esperarse que lleguen a ofrecer una gran experiencia docente en los congresos internacionales aunque sobre ellas se preparen magníficos discursos. Las oposiciones españolas son hoy un elefante blanco, muy blanco, porque van acompañadas de un largo sequito de garantís legales que los pueblos más puritanos y al mismo tiempo más injustos, inventan para tapar la vergüenza de sus errores, para suplir la carencia de su vitalidad creativa interna, para cerrar los ojos a las personas sinceras que quisieran que las cosas fuesen de otra manera y para asignar unas posiciones privilegiadas que no se corresponden con el tiempo que vivimos. Un procedimiento eficacísimo para manejar los tentáculos del poder según los propios intereses. España ha sido un país siempre conservador, de una moralidad oficial aceptada y reconocida e impuesta, de unos códigos legales perfectos. La fuerza de las costumbres y los aspectos jurídicos pesan mucho en esta tierra. La voluntad de los ancestros se cumple inexorablemente. La aplicación de una ley es cuestión de honor. La injusticia ya no importa tanto. Detrás de una gran ley o una inveterada costumbre se mantienen descaradas injusticias.
Desarticular unos procedimientos que están ofreciendo la garantía vitalicia de empleo a miles de españoles en muy buenas condiciones no puede resultar grata por muchas razones. Porque los fantasmas del pasado rondan todavía en las conciencias de nuestra tierra, porque su funcionamiento es todavía rentable a los líderes políticos de turno, porque la administración docente tiene el sagrado deber de poner en marcha el rito de las oposiciones todos los años de la forma menos arriesgada y comprometida, porque posiblemente nunca se hayan molestado en buscar otras alternativas más actualizadas para resolver el problema, porque en esta tierra resulta de buena ley hacer las cosas siempre de la misma manera. Hemos asistido al desmantelamiento de otras instituciones y organismos que, aun hoy, a poca distancia de su muerte, parece increíble que se hayan mantenido vigentes durante tantos años o que puedan algún día resucitar de nuevo. Las instituciones de carácter político han sufrido más directamente el elemento del cambio. Desconcierta que al lado mismo de las ruinas de muchas viejas instituciones de otros sectores, se mantenga vivo y palpitante el anacrónico sistema del actual sistema de selección del profesorado. No puede ser buena esa vieja máquina que en beneficio de pocos tritura todos los años miles de seres humanos en la impotencia de conseguir el visto bueno de entrada en un sistema de trabajo. No puede ser bueno ese mecanismo que se cobra todos los años muchos quilates de sacrificio humano con la escasa recompensa de unos pocos elegidos, que desprecia el contexto histórico que vive el ser humano, que hace unos cuantos millonarios -como la lotería nacional- a cuenta del sacrificio de los demás.
Las oposiciones españolas son como las vacas indias. Objetos sagrados indiscutibles. Se supone que en educación todo funciona bien. Ellas justifican un titulo de gloria para millones de españoles que las han superado en buena o mala lid, en unas y otras circunstancias históricas. Su supresión supondría la pérdida del justificante legal que alimenta la buena vida y la pereza del funcionariado de este país. Su desarticulación supondría la ruina de macho orgullo acumulado bajo su sombra. Llama la atención que, en el lado contrario, los millares de víctimas que todos los años van quedando en el desencanto de las causes imposibles en las redes de esta falacia civilizada, soporten todavía su supervivencia con tranquila despreocupación, con increíble pasividad, con esa resignada y estoica aceptación que el hombre hispano ofrece siempre al dolor que soporta. Todos los años se repite el mismo absurdo ritual de oposiciones. Pero las oposiciones siguen siempre en su viejo pedestal. Todos los años, con el mismo rigor y con la misma fatalidad, se realiza el mismo sacrificio, con los mismos vicios, al amparo de los mismos decretos, con el mismo tono triunfal de siempre, con la misma pretensión de legalidad, con el mismo tenso dramatismo de siempre.
A las oposiciones españolas les pasa como a los viejos mitos. Nadie cree en ellos, nada espera nada de ellos, todos los aceptan como señales de un pasado muerto, todos reconocen las falacias de sus encantos, todos las vituperan y maldicen. Pero nadie se atreve a tocarlas. Un reverencial respeto mágico las protege. Se parecen macho a las meigas gallegas. Nadie está seguro de su existencia pero, por si acaso, ahí están. De día no se ven; pero de noche recorren, montadas en sus escobas, en danzas extrañas, toda la geografía gallega y perturban el sueldo confiado de miles de ingenuas personas de esta tierra con sus urlones lamentos y neuróticas fiestas nocturnas. Millones de ciudadanos de esta tierra conoce en propia experiencia y en experiencia ajena el temblor esperanzado y odioso que todos los años produce la convocatoria de oposiciones en los sentimientos humanos de tantos habitantes de este país. Un temblor que casi siempre se salda con el premio de pocos y la frustración de muchos.
Las oposiciones constituyen un buen recurso docente para controlar el panorama educativo, y el testimonio de un pueblo inculto que todavía no ha sido capaz de asumir su plena autonomía. Un pueblo que no se arriesga a pensar. Las oposiciones son restos de una institución cadavérica ambulante. Ni siquiera fueron buenas cuando la demanda de plazas era inferior a la oferta de trabajo. Entonces era solo un trámite. Mucho menos hoy, que han cambiado las variantes históricas, sociales y laborales. Se explica que los viejos caciques se empeñen en mantener un orden que les favorece. La ignorancia del pueblo evidentemente le sigue reportando buenos beneficios. Pero no se explica que estos procedimientos se mantengan en sistemas democráticos y costa de altas facturas humanas. No es que se ignore su injusto funcionamiento y la esterilidad de su función. La remoción de viejos fósiles históricos no es fácil cambiarlos en una rápida acción política y además la tentación de los privilegios sigue imponiendo sus fueros en el nuevo orden democrático. Es grave que un mecanismo inerte, anacrónico y sin funcionalidad alguna, se mantenga sin resistencia ninguna, sin posiciones críticas alternativas, sin voluntad de solución en una cadena interminable de perjuicios para el sistema que pocos en esta tierra quieren corregir aún siendo muchos conscientes de sus pésimos resultados.
El primer requisito que se impone para acceder a las pruebas de oposición en la enseñanza es haber obtenido previamente la debida titulación profesional. Es un requisito normal. Se supone que la culminación de una carrera universitaria es una condición, en el actual estado de cosas, imprescindible para poder acceder al ejercicio docente. Y es aquí donde nace ya la primera incoherencia del procedimiento. Se supone que el pretendiente al ejercicio de cualquier profesión y particularmente al ejercicio de la enseñanza en la función pública o privada, ha culminado los estudios superiores correspondientes. Se supone que el candidato al ejercicio docente posee a sus espaldas un expediente académico, y una escala de notas, que en una estructura bien sincronizada deberían ya en primera instancia tener algún significado, Si los resultados de varios años de carrera universitaria especializada según se desprende del título y el expediente académico, si todos los trabajos realizados a lo largo de una compleja y costosa carrera superior, no sirven para nada al momento de seleccionar el personal, puede tranquilamente suprimirse este primer trámite legal imprescindible o suprimir los procesos evaluativos en las carreras universitarias que tantos conflictos imponen a los estudiantes. Pueden abrirse las puertas a cualquier autodidacta que libremente, espontáneamente, y atrevido, haya podido acumular esa cantidad de conocimientos especulativos de los manuales que le capaciten para superar la ceremonia oposicional.
Si todo el historial universitario no significa nada al momento de seleccionar el personal docente, este historial no debería alcanzar la importancia neurótica que toma en el proceso evaluativo precedente. Si el expediente académico, que sigue al estudiante a lo largo de la carrera como una sombra, solo tiene una función de trámite podría simplemente suprimirse. Todas las demás cosas quedarían lo mismo y además los autodidactas y los aventureros podrían probar suerte o simplemente disfrutar del derecho de las mismas oportunidades. Si en educación cabe todo y la suerte es un factor determinante -como luego veremos- no existe razón importante para excluir a nadie. Si por el contrario se considera que un expediente académico conseguido en un largo y reflexivo proceso durante seis o diez años de carrera, tienen menos valor que una comprobación de seis o quince horas de oposiciones realizadas en pésimas condiciones de objetividad, no se entiende que se mantengan los dos procedimientos en paralelo, rutinariamente, sin punto de contacto alguno. O sobra el expediente académico o sobran las oposiciones. Si el expediente académico tiene algún valor objetivo, este debe ser tenido en cuenta el día del concurso-oposición. Lo de concurso es otro truco de una legalidad que no existe. Si uno de los dos procedimientos, expediente y oposiciones, sobra, evidentemente el peso de unas notas acumuladas durante muchos años de una carrera debería poseer un valor infinitamente superior que el veredicto que se produce al final de unas cuantas horas de encerrona alocada al final del acto litúrgico.
La tendencia a enredar las cosas, -muy común en este país- la incapacidad para renovar procedimientos, la fuerza inconfesable de cierto sadismo latente en mantener estables los procesos históricos, la oculta intención de manipular los hilos del poder pueden justificar que se siga manteniendo el actual sistema de selección personal docente en las condiciones en la forma en que se está realizando. Los méritos personales de los opositores que se especifican a través de un baremo muy convencional de méritos -es el único ingrediente personal que se considera- se intercala en un momento caprichoso de las pruebas, son elementos totalmente inútiles e innecesarios que contribuyen a enredar el problema mucho más que a ofrecer aportaciones positivas para su solución. La puntuación de méritos educacionales de los candidatos, verdaderas conquistas y producto del propio esfuerzo en el ejercicio de la profesión, verdaderos testimonios de su trabajo y del tiempo invertido en la empresa educativa, andan a voluntad de los criterios administrativos con muy poca seriedad objetiva. Si el educador que se presenta a un concurso-oposición ofrece unos méritos profesionales, esos son suyos siempre, en todo tiempo y lugar, y deberían ser interpretados con unos criterios valorativos mucho más realistas que los que se emplean. Los elementos cuantitativos, la arbitrariedad de los directivos, aspectos ajenos a la educación, merecen siempre en esta tierra más atención que los elementos cualitativos y propiamente profesionales.
Las condiciones de las oposiciones han cambiado radicalmente en los últimos años. Las promociones universitarias han ido creciendo cada año al ritmo del crecimiento cultural de los tiempos. Las oposiciones de trabajo en los distintos campos laborales se han desarrollado en un ritmo crecimiento diferente. Incluso el automatismo laboral moderno de los medios productivos, está reduciendo cada día la demanda de mano de obra en casi todos los sectores de la sociedad. La línea descendente de esta mano de obra se produce en todos los países desarrollados. El descenso incluso de puestos de trabajo dentro del sistema educativo, en un plazo de tiempo no muy largo, es ya una realidad cantada. El índice de natalidad desciende a medida que aumenta el grado de cultura de los pueblos. Es posible pensar que el orden social, tradicionalmente desfasado del desarrollo técnico, tenga que reconvertirse en forma más funcional práctica. La relación jornada completa y sueldo completo son consecuencias de un orden laboral superado. No será un sueño pensar que los puestos de trajo, las horas de servicio, la mano de obra humana, deba realizarse mucho mas en relación de las demandas de trabajo laboral, en forma más acorde con una más justa distribución de beneficios, en función de las necesidades sociales; de los trabajadores, mucho más que el tramposo montaje que la administración mantiene para los vitalicios puestos oficiales. La nueva organización del trabajo laboral moderno deberá desmantelar rápidamente el aparatoso sistema de selección del personal docente tradicional.
Ante el aumento progresivo de las listas de desempleados, ante el progresivo aumento de candidatos que cada año solicitan inútilmente una de las pocas plazas de trabajo que existen, se han tomado soluciones baratas y cómodas. Evidentemente injustas. Cuando había más ofertas de trabajo el problema no alcanzaba las proporciones que tiene hoy. Aumentar simplemente los obstáculos en la entrada, en la forma que se va haciendo cada año, es una forma masoquista de enfrentar el problema. El hecho que no existan suficientes puestos de trabajo para todos los españoles, el hecho creciente del número de desempleados en el país, no puede ser causa justa para aumentar progresivamente los obstáculos del camino y el sufrimiento de los demás. Es discriminatorio e inútil. El aumento de títulos universitarios y la disminución de ofertas de trabajo, imponen un reajuste técnico y científico de las pruebas selectivas, una revisión de los presupuestos sociales de las mismas y no una tortura mayor a los aspirantes. Un planteamiento que se funda en el fracaso de la mayoría es un planteamiento equivocado. Ofrecer un puesto de trabajo gloriosamente a doscientos o trescientos opositores vicia de raíz el sistema, equivale a identificar el sistema selectivo como un bingo, equivale a ofrecerle un suculento blanquete a unos pocos escogidos en presencia de miles de hambrientos que se quedan sin nada. No puede ser bueno el sistema de selección que lo resuelve todo por el procedimiento de una carta y el juego del todo o nada.
El actual sistema de elección del profesorado es evidentemente malo. Existe una gran desproporción entre el número de plazas que se ofertan y el número de profesionales que aspiran a ellas. Las pruebas son el símbolo de los procedimientos refinados de tortura mental que suelen tomar las malas costumbres en las sociedades civilizadas. No cuentan con el hombre que está implicado en el proceso. Se aumentan injustificadamente los obstáculos. Se adornan con una gran cantidad de elementos subjetivos que, a fin de cuentas, solo demuestran la capacidad de resistencia física y moral de la persona. Si hay pocos puestos de trabajo, si todavía no se ha entendido que es necesario establecer un nuevo orden laboral, debe realizarse al menos algún esfuerzo para establecer los necesarios y justos mecanismos que eviten la implicación de tanta gente vanamente en holocaustos colectivos que exige a los educadores de hoy sacrificios que no han soportado los educadores de ayer. Además se trata de sacrificios inútiles. Únicamente los millones de pesetas que los organismos oficiales reciben par derecho de examen de los desempleados, que mayoritariamente se van a quedar en la calle, no pueden compensar este sacrificio humano. Si existiese alguna voluntad de desarmar el tinglado en alguna forma racional ya se hubiese conseguido. Pero nuestro mal endémico esta precisamente en saber que las cosas que tenemos no funcionan y al mismo tiempo confesar que son una bendición del cielo. Reflexionar libremente sobre las instituciones que nos envuelven, tomar decisiones para modificarlas, sigue siendo una aventura arriesgada que no se aprende fácilmente.
Las oposiciones no son demostrativas de nada. En todo caso hacen referencia a un cumulo mecánico de conocimientos, a un proceso sumativo de conceptos teóricos y abstractos que poco tienen que ver con los criterios propiamente didácticos. Se parte del supuesto ideológico y de un marco legal que lo justifica, de que la educación es una empresa laboral donde todo el mundo tiene cabida con tal que demuestre que su cabeza es una computadora y reciba el carisma de las oposiciones. La comprobación de la cantidad de datos informatizados en la mente del candidato se cuida aparatosamente hasta extremos increíbles. Se cuidan los procedimientos de presentación, se observa el brillo externo del expositor, actitudes externas, las cualidades interpretativas y el efecto de maquillaje que puede favorecer macho a un buen actor dramático; pero poco tienen que ver con la actividad docente. Se cuidan, hasta el ridículo, los procedimientos de forma y los ritualismos jurídicos que precisamente en sus insistentes reiteraciones delatan sus profundas injusticias. E1 abusivo legalismo se impone precisamente cuando se duda de la justicia de las acciones. Sin embargo los aspectos educativos, los aspectos vocacionales, la sensibilidad docente, la aptitud académica, no cuentan para nada. A las oposiciones de educación llegan profesionales de todos los campus laborales sin restricciones de ningún tipo. E1 resultado ya se ha señalado. Las clases españolas están llenas de científicos, llenas de eruditos en todas las disciplines, llenas de superdotados, llenas de charlatanes y comediantes y payasos del circo. Pero faltan educadores.
Es normal que suceda así. No se cuenta con el expediente académico, ni se cuenta con los meritos docentes del candidato. Pero las puertas de acceso a la educación, con pretexto de falsa pretendida igualdad de oportunidades, se abren ampliamente para todos sin restricciones, sin el menor respeto a la capacitación profesional que impone el ejercicio de cualquier profesión. Las oposiciones convierten la educación española en el refugio de una gran parte de prófugos de otras profesiones, abogados, médicos, científicos. Lo contrario evidentemente no está permitido. ¿Qué pasaría si un profesor abriera un consultorio médico o un bufete jurídico? No se entiende. Pero lo contrario puede hacerse tranquilamente y no pasa nada. Ya se ha señalado en otro lugar que en España el campo de la educación está en manos de científicos y eruditos. Las oposiciones en su estructura actual, con los pocos elementos de juicio que pueden ofrecer unas pruebas orales condicionadas, con unos criterios valorativos estrictamente conceptuales, en una total confusión de valores educativos y científicos, en el desprecio total de las aptitudes vocacionales de los individuos, refuerzan ampliamente los viejos y endémicos problemas de nuestra educación. Las oposiciones escogen computadoras, seleccionan a los pocos superdotados que llegan como advenedizos de otras profesiones, observan la elegante exposición de un recién salido de la universidad, se hace al final una selección apreciativa y totalmente arbitraria. De los aspectos educativos -que debería ser el objetivo principal- nadie se preocupa en este país. Se sigue practicando el rito y lamentando indefinidamente los desastres de nuestra escuela.
No es solamente que los aspectos docentes queden totalmente al margen de los objetivos primarios de unas oposiciones educativas y el cientificismo implacable legalice impunemente los elementos pedagógicos, sino que al mismo tiempo se dispara el nivel de contenidos a la altura que sobrepasa el caudal cultural que un educador en condiciones normales necesita para el ejercicio de su profesión. Las oposiciones actualmente se encuentran en un planteamiento que nada tiene que ver con la función que el educador tiene que realizar dentro de clase. Las oposiciones están cantando fuera de coro. Los objetivos de las oposiciones son totalmente diferentes de los objetivos de clase. Apuntan en una dirección y la realidad de la enseñanza anda en dirección completamente diferente. Las oposiciones se organizan con criterios de selección intelectual, con criterios de demanda laboral, con criterios de intereses políticos, con criterios del paro nacional. Pero la educación es una tarea totalmente diferente que poco tiene que ver con los problemas que se ventilan en estas extrañas formas de seleccionar el personal docente. Las oposiciones no demuestran nada de lo que pretenden demostrar. Solo significan un rito reverencial al pasado que justifica la entrada de algunos en el sistema y la exclusión de la mayoría. Todo el mundo sabe muy bien que para orientar una clase de Lengua Española, de Matemáticas, de Biología, no es necesario pertenecer a ninguna Real Academia, ni haber obtenido el premio Nobel. No se desconoce que una cosa son las oposiciones y otra muy diferente la práctica docente. Se sabe que en la educación española hay montones de buenos educadores dentro del sistema que absurdamente no han cumplido los sagrados ritos de las oposiciones. No se ignore, por el contrario, que muchos mercenarios del mundo educativo las han cumplido religiosa y brillantemente. E1 pueblo español es testigo de los turbios negocios que se han realizado en torno a todas la fechas de oposiciones todos los años. Si todo esto sucede en torno al sistema vigente de selección de personal se entiende que las cosas de educación en este país andan simplemente mal es simplemente porque existen buenas razones para que no anden mejor.
La injusticia del todo o nada. El problema no fue tan dramático en otras épocas. Había más opciones laborales, las diferencias entre el trabajo en la empresa privada y pública era pequeña. Hoy la empresa privada aumenta los empleos temporales frente a los organismos públicos que siguen ofreciendo en cada puesto de trabajo un seguro de vida a todo riesgo, un derecho a la eterna tranquilidad, un derecho a trabajos poco y cobrar lo mismo, que no es pequeña cosa dentro del contexto social que vivimos. La ceremonia oposicional se repite todos los años con religiosa fidelidad y siempre sobre los mismos cánones. Lo intemporal preside el proceso. Al final de un largo mes de una tensa y extraña prueba solo se ofrece una lista de nombres elegidos, los de la suerte, los que están por encima del cinco, los pocos que cubren el cupo cerrado de las plazas ofertadas, el "todo" del juego, el empleo vitalicio con todos los derechos desde el principio y un sueldo que ya nadie nunca se atreverá a relacionar con su rendimiento laboral. En la otra parte de la lista en blanco, porque ni siquiera aparecen los nombres, ni las notas, ni comprobantes ni las esquelas de se dedican a los muertos, los que sólo tienen unas décimas por debajo del cinco, los que se han quedado sin "nada" en el juego. La diferencia entre un cuatro o un cinco, es muy pequeña. Margen de corrupción y muestra de poder. Casi siempre establece distinciones subjetivas o aleatorias con solo decimas numéricas de nimio valor profesional entre unos y otros. La diferencia entre los dos grupos de personas, es abismal. El "cinco" lo concede todo y el "cuatro" no ofrece derecho a nada. Después del "cuatro" solo queda la angustiosa posibilidad de repetir -y además obligatoriamente- el mismo ceremonial en las próximas convocatorias. Todos los esfuerzas realizados por los perdedores, todas las circunstancias socioeconómicas de los mismos, todos los méritos personales de cada uno, toda la carga pedagógica que pueda aportar cada opositor, se borra absolutamente de 1a memoria de todos. Un mecanismo que establece una justicia en forma tan arbitraria no puede ser bueno. Un procedimiento administrativo que ofrece mucho a pocos y deja sin nada la mayoría en escrutinio tan poco consistente evidentemente no puede ser justo. E1 reparto de puestos laborales, la selección del personal docente, es un proceso infinitamente más grave, que impone la revisión de los criterios empleados y la precisión de otras muchas variables que en este país pasamos siempre de largo. Unas décimas de un número tan subjetivo, son poca cosa para resolver problemas profesionales tan graves.
Las oposiciones producen la ineficacia laboral. Es normal. Una plaza de oposición es una propiedad privada. Después de conseguirla, viene el reposo absoluto, la tranquilidad absoluta, trabajar lo menos posible, repetir todos los años los mismos esquemas, paralizar el tiempo y el instinto de superación, calentar la pereza administrativa, dejarse llevar por la inercia paralizante de las costumbres fósiles y cuidar celosamente que el ritmo se mantenga. Oposiciones y a dormir en clase. A fin de cuentas el sueldo mensual llegará infaliblemente todos los meses, un sueldo que nivela a los que trabajan con los que duermen, que no establece diferencias entre mercenarios y educadores, un sueldo igualitario que hace más tontos a los que más trabajan. Sobre todo un sueldo que convierte a los funcionarios docentes en piezas metálicas de una maquina, ahoga el instinto creativo del hambre y entre montones de víctimas inocentes en todo el amplio campo de la educación. Se olvida que todo proceso vital, todo organismo social, todo sistema educativo, todo profesional docente, es por naturaleza vida en expansión, es tensión de crecimiento, es instinto creativo, es momento irrepetible, es espíritu de superación.
Los presupuestos que establece el sistema actual de oposiciones son precisamente todo lo contrario. Contra este muro se estrellan los proyectos de formación del profesorado e incluso las reformas educativas. Porque esta prebenda vitalicia que ofrecen las oposiciones a los elegidos pesan mucho más que cualquier otro elemento renovador que llegue a perturbarlas en un determinado momento. Incluso se hará una resistencia pasiva que pueden hacer fracasar cualquier intento reformador. E1 mayor obstáculo de la renovación educativa, esta o cualquier otra, no está en el alumnado sino en el sector docente, en la indestructible estabilidad laboral que se ha montado, en la carencia de estímulo vital. El sector educativo es, paradójicamente, uno de los sectores más conservadores de toda la sociedad española. Los cursos informativos, esos exámenes que se están proyectando en relación a una mayor remuneración como estimulo del profesorado, solo afectaría a los voluntarios, que vendrá a ser más obstáculos de lo mismo, un nuevo campo de manipulación un nuevo mercado libre para comprar curso y sumar punto para amentar heroísmo docente. Todo lo demás seguirá lo mismo, mientras la selección y el control docente del profesorado se mantengan en los términos actuales. En todo caso una cierta estabilidad laboral necesaria para en toda normal actividad laboral, nunca podrá estar por encima de cualquier otra consideración didáctica o educativa y mantenerla sobre todo a costa de de la creciente y libre mercado de contratos temporales que vive la otra mitad de la sociedad.
E1 factor aleatorio, la mano divina de la diosa fortuna, el ingrediente suerte, los números de la lotería, las cartas de los magos, por su carácter sortario y lúdico, no debería siquiera nombrarse en un proceso de tonos eminentemente culturales y educativos. Pero también la suerte, que aquí toma notas de destino trágico, entra en el juego para resolver el problema laboral de pocos y frustrar el de muchos. Es toda una cadena de cosas mal hechas. Comienzan las pruebas con un juego de bombo, -lo mismo que en las tómbolas de ferias- los números de la suerte, las manos inocentes, tres o cuatro o cinco opciones diferentes entre un centenar de temas. La suerte puede ofrecer la única tesis que el opositor aventurero se habrá preparado bien y puede dejar dentro del bombo todas las demás tesis que su estudioso vecino había ampliamente estudiado. Las historias que acontecen todos los años; en este juego aleatorio son innumerables. La selección de los textos de las distintas comprobaciones están también preparados a bolea. Igual resulta el último tema estudiado la víspera como un tema que no se ha visto nunca. Los profesores encargados de realizar las pruebas o están señalados a dedo -cosa que nos lleva al tema le la manipulación del poder- o son producto de la suerte.
Cosa de suerte, que entre los examinadores por sorteo no existan viejos amigos de los amigos de los amigos, o incluso enemigos de viejos o nuevos tiempos. Parece absurdo que un proceso que ha acumulado tantos intereses en torno a este proceso se le esté dando una participación tan importante a las maniobras de la suerte. A fin de cuentas si el problema es de suerte se podría simplificar las cosas infinitamente. Si el reparto de las plazas, tal como se está haciendo, es el producto de raras combinaciones aleatorias que solo producen escepticismo en los aspirantes y no influyen en nada al contenido educativo, se podría desmantelar el montaje de oposiciones, hacer un sorteo anual de las plazas entre el numero de opositores, y todo quedaría exactamente como está ahorrando tiempo y energía mental. Si se trata de realizar una selección seria y científica, entre otras cosas, deberá prescindirse de todo elemento sortario y lúdico, bueno para las ferias; pero un elemento de tono "muy poco científico. E1 tema merece más seriedad.
La subjetividad de los examinadores es otro aspecto importante. Si las pruebas no se preparan adecuadamente, fuera de los moldes tradicionales, si no se incorporan elementos de valoración objetiva, si todo el resultado de unas oposiciones, se sigue entregando en forma omnipotente a la decisión de cuatro o cinco o veinte examinadores, que en forma de dioses olímpicos, y representaciones teatrales poco convincentes, entre tantos elementos ajenos al sistema, escogen a los pocos elegidos, todo el proceso queda siempre el circulo de la completa subjetividad. Nada existe en una prueba de oposiciones que ofrezca garantías al alumno de lo que ha sido cuatro no pudiera haber sido cinco. Nada existe en el proceso que pueda evitar que los nombres de unos anden en la mente de uno o varios examinadores. Frágil y venable es la mente humana. Y además el tema conserva todos los tonos humanos. Primero es un amigo que un enemigo. La pretendida objetividad que se ostenta es sólo un mito. Ya los criterios pueden ser muy diferentes y cada profesor juzga a través de los suyos. La diferencia entre un cuatro y un cinco no es nada. Pero a uno se le ofrece un cuatro y a su vecino, con la misma razón, un cinco. La trastienda de las oposiciones es muy amplia. Allí están incluso las transacciones económicas, las consignas polacas, el nepotismo y el mundo de las relaciones públicas y el ajuste de favores. Todo el mundo sabe que el amiguismo y el compadreo, en este país, es la mejor carrera profesional que uno puede realizar. Es humana condición y además costumbre ibérica. Dentro de este sistema de cosas pretender que los procesos se realizan con limpieza es admitir lo imposible y pretenderlo equivale a suponer tontos a los demos.
En Galicia el problema se agrava. Vivimos en el paraíso de caciques. En esta tierra el mercado de influencias se realiza con tanto descaro, que es una manera de ejercitar "decentemente” el poder. Los milagros que aquí no hacen los santos patronos de los pueblos, los realizan los caciques. El cacique en Galicia ocupa una categoría social, es la supervivencia de la pequeña nobleza medieval. Cobrar y hacer favores es su verdadero oficio. Completamente integrado en la sociedad. Si el pueblo gallego no tuviese sus propios caciques, dedicaría un tiempo para inventarlos. E1 gallego de abajo se complace en servir y pedir favores al gallego de arriba. Estructura vertical. Los de arriba imponen sus leyes y los de abajo se complacen en recibir unas cartas de recomendación y servir a los de arriba. Aceptan el juego con gusto. De sus infinitos males casi nunca echan la culpa a nadie. El gallego es tranquilamente resignado con profundo sentimiento de esclavo. La práctica del caciquismo es una práctica de curso legal. El que tiene un padrino se bautiza y el que no, queda fuera de la iglesia. Es natural y humano, -y además rentable- en un mecanismo que adolece de tantos defectos, si se puede favorecer al amigo, empujar al pariente, al que pertenece al mismo partido político, al que tiene la misma ideología, si los nombres del juego lo permiten, que se apruebe. La maquinaria se armó con esa intención. Por macho legalismo que se invoque nadie puede pretender que las relaciones humanas, los contactos sociales, los intereses de todo tipo, las comunicaciones telefónicas, las fuertes presiones laborales que atormentan al hombre de hoy, lo que puede hacerse no se haga. Todo el mundo lo conoce de memoria. Y cada funcionario de este país tiene su propia historia. Los pocos héroes de esta lucha que pueden ondear el honor de una lucha limpia, no mejora en nada la naturaleza corrompida del proceso de selección del profesorado
Las condiciones actuales de trabajo, las ventajas que ofrece un puesto oficial añaden dramatismo a las oposiciones, y rebajan todavía más los pocos componentes éticos que el proceso puede conservar dentro. Los desempleados son muchos. Las ofertas de trabajo son cada día menos, la aventura de la actividad docente está siempre abierta a todos, los condicionantes pedagógicos son coda día más insignificantes, Las marcas intelectuales a superar están cada día más altas. Todo ello obliga a que los mecanismos de manipulación del procedimiento sea cada año más intenso. Ni los más ingenuos, ni los más puritanos, ni los más legalistas, podrán defender algún resquicio de salvación en un sistema que es abiertamente malo. Las oposiciones están corrompidas y en su sombra se cobija toda la injusticia social que acumula o reprime nuestra sociedad. Se diría que a mayor problema laboral, correspondería una más urgente necesidad de rectificación del sistema siempre con garantías crecientes de objetividad. La realidad es precisamente todo lo contrario. Cuanto mayor es el problema mayor es la corrupción que se infiltra dentro del proceso de selección del profesorado.
Pero en este país existe un grado de conformidad tan grande que faltan elementos críticos y científicos suficientes para diagnosticar con sinceridad los males sociales que se padecen. Nunca podrán corregirse errares si se empieza por ignorar la existencia de los males En el pueblo español existe un consentimiento tácito de que no existe otro procedimiento mejor que el presente. Que este país que habitamos es el país de las maravillas y nuestros bienes y nuestros males son eternos y perdurables. ¡E1 colmo de la pereza mental! Pero tampoco existe voluntad política, ni administrativa, de que las cosas cambien. Los fallos del proceso están a la vista de todos. Pero todo el mundo permanece tranquilo frente a ellos. Las administraciones encuentran el monstruo demasiado viejo o demasiado grande para enfrentarse a él. Le tienen miedo y lo único que se realiza cada año es poner un parche en cualquier esquina para que vaya aguantando un poco más. Un rito que a fuerza de siglos incluso se está convirtiendo en un intocable tabú. Es necesario aceptarlo con todos sus defectos como se aceptan los viejos dioses patrios.
Otro de los elementos negativos de las oposiciones es la cantidad de energía humana que el proceso consume inútilmente. En España no se inventa. Claro que no se inventa. Está ya todo inventado. E1 España después de culminar su carrera universitaria debe comenzar un proceso preparatorio de nuevo para superar las oposiciones. Todos los conocimientos los encontrará técnicamente dispuestos en apuntes y manuales hechos para las oposiciones. Solo tiene que aprenderlos y aprender la técnica de reproducirlos adecuadamente. Pensar, no es necesario. Luego podrá conseguir superar los obstáculos o podrá quedarse en la estacada. Lo cierto es que todos es que todos los años son miles los que aparecen en los boletines oficiales inscritos para optar a unas cuantas plazas que a veces los "señores dioses olímpicos", celosos de su sabiduría, no conceden todas. Detrás de ellas quedan acumuladas millones de horas de trabajo constante, incluso muchos años de estudio y de espera. Detrás queda reprimida mucha tensión síquica, muchas ilusiones rotas, mucho escepticismo resignado y una carga grande de sacrificio humano que todo junto, una vez más, cuestiona el valor ético de las oposiciones en el contexto actual social.
Sería interesante recomponer, en cuadros estadísticos el porcentaje de ingredientes extraños que implica el veredicto de un tribunal de oposiciones. Pienso que el resultado numérico de la investigación seria desalentador. Habría que señalar de color, en primer lugar, el comporlente manipulador externo que planea desde la alta política en sus criterios orientadores, restrictivos o especulativos. Habría que marcar, el porcentaje aleatorio que obra a favor de unos y en contra de otros, el exceso de contenidos mentales y contemplativos que se imponen sobre las valoraciones propiamente pedagógicas. Habría que separar todas las conversaciones telefónicas que se cruzan en vísperas de las fechas de las oposiciones, lo que se trama en las secretarias de los centros de las pruebas, el grado de subjetividad que cada miembro del jurado impone a una calificación global cuando se concede el veredicto del todo o nada. Habría que analizar el abuso desmadrado de las pretensiones intelectuales, tendría que precisarse la falta de todo criterio pedagógico, la absurda selección indiscriminada que se realiza sobre unos pocos, la falta de conocimiento de la situación social individual y familiar de los candidatos, y el fuerte componente síquico a que está sometido en tiempo de examen. Habría incluso que analizar las secuelas pésimas para la educación el "estatus” de los que aprueban y tema de salud publica de los que quedan. Acaso ese procedimiento pudiera ser más convincente para verificar la poca rentabilidad actual del sistema de oposiciones como instrumento de acceso a la función del profesorado. Acaso así entendería mejor la necesidad de reconvertir ese gran monstruo blanco que son nuestras actuales y santas oposiciones anuales. Acaso entonces la administración comprendería la inutilidad y el deterioro de su funcionamiento dentro de una nueva y renovada sociedad democrática. Ni las proyectadas reformas de las enseñanzas medias podrán ser efectivas si se mantiene esta vieja e inútil maquinaria de producir docentes clónicos.
CAPÍTULO 16
LAS DROGAS EN LAS ESCUELAS
Las drogas, mal del tiempo. El problema de las drogas, además de las derivaciones sociales, médicas, legales, económicas, es un tema que incide muy particularmente en la escuela. Sus ramificaciones se extienden a las escuelas y centros de estudio de forma importante. Cada momento histórico resuelve unos conflictos y genera al mismo tiempo otros diferentes. La tuberculosis ya no preocupa gran cosa a la sociedad desarrollada de hoy ni la peste negra ni el sarampión. E1 hombre de hace unos años ni siquiera conocía la existencia de las drogas fuera de su uso empírico y benéfico dentro de zonas privadas de cultivo. El conocimiento y la investigación de las drogas de los últimos años y la globalización de las comunicaciones han tenido gran importancia en la propagación del conflicto. Así como las valoraciones éticas y morales que se respiran en cada época de la historia y en cada lugar del mundo. El hombre de hoy ha perdido el miedo a los dioses de antaño, le preocupa poco la interpretación del mundo a largo plazo y vive acosado intensamente por la fugacidad de su escurridizo presente. Nunca la fragilidad del tiempo ni la prisa en vivirlo ha sido tan consciente. Nunca el disfrute instantáneo de la vida ha sido tan apremiante. Nunca un instante de felicidad real o ficticia se ha vivido con tanta fruición como se hace hoy. Nunca la vida se ha encasillado en dimensiones tan limitadas y el tiempo en plazos tan cortos. Sobre todo la juventud actual se sumerge intensamente en el mar de experiencias nuevas que los rótulos multicolores y seductores de las salas de fiesta les ponen a la vista todos los días. En su camino las interpretaciones de la vida a largo y mediano plazo, las exigencias de un proyecto a larga distancia, los frenos que impone un plan de vida racional en función de horizontes y promesas futuras ya no existen en la conciencia de nadie.
El uso de estimulantes, pócimas, adormecedores, tranquilizantes, es una práctica muy antigua en todas las épocas de la historia y nunca su consumo y su distribución ha significado un problema social de las proporciones que tiene actualmente. Los productos estimulantes o laxantes, en tiempos no muy lejanos, se producían y se consumían de forma natural y espontánea. Hoy estos mismos productos han entrado en los laboratorios de refinamiento modernos, en los procesos industriales de producción y tráfico clandestino; han caído en las manos de mafias en el mercado negro, en las frágiles manos de una juventud ansiosa de libar experiencias nuevas y apremiantes, en una feria de consumo inmediato hasta completar el actual entramado social de tráfico y consumo mundial de estupefacientes. Un problema que está siendo una de las plagas modernas de nuestro tiempo cruzado en el camino con otros males del tiempo como son la delincuencia, la trata de blancas, el hambre y el Sida. Es la nueva venganza de los dioses.
Reto de la medicina. A nuevos tiempos, nuevos conflictos. Los avances de la medina han sido inmensos con la aportación de la alta tecnología aplicada a la sanidad e instalada los hospitales. Se han reducido los índices de mortandad y se han aumentado las perspectivas de vida humana en porcentajes impensables hace unos años. Tanto que el desarrollo demográfico del mundo en los dos últimos siglos ha superado al desarrollo de muchos siglos anteriores. La naturaleza responde positivamente a unas cuestiones científicas y técnicas en unos campos y se burlan sarcásticamente de las aspiraciones humanas en otros. Se apagan unas plagas y aparecen otras. Pero todavía hay problemas sin resolver; todavía se mueren los seres humanos a cualquier edad sin conocimiento de las causas que las provocan y mueren niños en todas partes del mundo. Todavía el cáncer llena los cementerios de tumbas, hay lepra, hay alergias, fallos imprevistos del corazón, el alzhéimer que atrofia las neuronas del cerebro, los problemas mentales del hombre alienado por el peso de una sociedad excesivamente socializada. Y sobre todo el tema de las drogas que tiene dimensiones sociales que estamos tratando.
Efecto silencioso. La droga tiene notas diferentes. No mata con la fatalidad que mata el Sida y el cáncer; pero es mucho más contagiosa. Se esconde en seno de las familias de baja y alta condición, en el barrio donde conviven los vecinos, en la escuela de grandes y pequeños núcleos urbanos. Contagia desde dentro a los núcleos humanos más variados. Ataca al corazón de la sociedad. La droga es muy variada; va desde los efectos destructores de las drogas duras hasta las inofensivas infusiones habituales de café, tabaco, alcohol, y otras sustancias estimulantes o sedantes muy cercanas a la hierbas que ofrece la medicina natural que forman parte de la medicina empírica de los pueblos más primitivos. Siempre ha existido el empleo de narcóticos porque el hombre como cualquier otro animal ha buscado en los recursos de la naturaleza los espontáneos remedios a sus dolencias físicas y morales. E1 problema se agrava cuando los laboratorios, el tráfico, el consumo, pasan a la clandestinidad y la droga se enreda con otros problemas de la sociedad moderna, cuando se llega a las zonas marginales de la sociedad, o se instala en las amplias mansiones de los ricos; cuando entra en los poderosos centros de tráfico clandestino dentro de un amplio mercado prohibido. E1 problema de la droga tiene proporciones del hombre moderno. Lo que antes era solamente un problema de costumbres locales o hábitos tribales, practicados en forma muy rudimentaria, prácticas inofensivas, se ha convertido en hábitos delictivos, en costumbres sociales consumadas en la clandestinidad, atentatorias para la salad de los individuos y de las sociedades.
Las drogas tienen su cara buena. Hay pastillas que se toman con fines depresores, otras son estimulantes, otras son alucinógenas; y todos ellos con efectos más o menos graves en la personalidad física, síquica y mental, de los consumidores. Poseen múltiples aplicaciones terapéuticas, se recetan continuamente como productos curativos en busca de efectos sedantes, analgésicos, tranquilizantes, antidepresivos. Pertenecemos a una sociedad estresada, represora y conflictiva donde las enfermedades mentales están también en proceso ascendente. Frente a ellas las drogas tienen una función catártica importante. La sociedad tolera fácilmente el consumo habitual del café, del tabaco, del alcohol, que sólo representan diferencias graduales con otro tipo de drogas. Algunos grupos sociales, en distintos países, consumen el opio, la coca, otras hierbas excitantes, dentro de un contexto de total complicidad comunitaria. Las drogas, como tantos otros inventos de la ciencia, tienen dos vertientes, una la positiva y la otra negativa. La que salva al hombre y la que lo destruye; la que lo humaniza y la que esclaviza. La que ensalza su condición humana y la que destruye su dignidad personal. Son como las máquinas laborales que lo ayudan en su trabajo diario y las máquinas de guerra que matan y atemorizan. Las imágenes que llegan al espectador a través de la televisión pueden educar a las personas o rebajarla, pueden ensanchar el ejercicio de su libertad o pueden intoxicar su conciencia. El problema de la droga, como el uso de los demás beneficios que ofrece la cultura de los pueblos, no tiene un valor absoluto en sí mismos, ni absolutamente buenos ni absolutamente malos. Su bondad o malicia depende del fin y el uso bueno o malo que se le ofrezca. El mal está sobre todo en el abuso no en el uso. El mal no está ni en la droga, ni el café, ni en la máquina, ni en la televisión, ni en la flora que produce la naturaleza; sino el abuso que se hace de ellos.
E1 abuso desmesurado de alcohol, abuso desordenado de la comida; y sobre todo el abuso del consumo de estupefacientes, en cantidad y refinamiento, son los que producen las dimensiones alarmantes de las drogas. Ese problema desgarra impunemente la vida social de sociedades enteras y colectivos importantes como son los estudiantes. Buen testimonio de ello ofrecen los gritos de protesta y las voces de auxilio, que en su contra, hacen sonar todos los organismos nacionales e internacionales en todos los rincones de la sociedad moderna. De la misma forma que la técnica ha creado máquinas y armas para matar y todavía lo sigue haciendo, se está transformando la naturaleza de un producto inocente en una peligrosa arma de matar.
Alarma de los colegios médicos. De los efectos corrosivos de la droga hablan con acento dramático todos los consultores psiquiátricos del mundo, las asociaciones de rehabilitación de drogodependientes, los hospitales de salud mental, los centros de desintoxicación de adictos, los centros médicos. Hablan también con pesimismo sobre el tema los jueces, los centros de internamiento, los directores de cárceles, la policía y los órganos de seguridad del estado, los padres de familia y las estadísticas del crimen. Y sobre todo conocen sus efectos muy bien los educadores. Las escuelas. Todas estas instituciones conservan biografías dramáticas de muchas vidas rotas en distintas etapas de la vida, con todas las piezas de su psiquismo interno descompuestas como las piezas desordenadas de un gran rompecabezas. Millones de seres humanos atrapados en sus fauces como ejércitos de mil guerras sembrados en los campos de batalla.
Deterioro en la escuela. Todo educador reconoce perfectamente la radiografía mental del estudiante adicto a la droga y las secuelas de su deterioro progresivo. Tiene fisonomía mental característica. Disminución progresiva de sus funciones síquicas, incoherencia en su desarrollo asociativo, somnolencia habitual en el cumplimiento de sus obligaciones normales. Carece de capacidad de concentración en el trabajo, carece de lucidez y agilidad mental en el aprendizaje escolar, le falta capacidad de reacción ante los estímulos normales y sobre todo falta de voluntad y entusiasmo por la vida. Le caracteriza una abulia permanente que le incapacita muchas veces para cumplir dignamente sus obligaciones escolares y le impide retroceder en el peligroso camino del vicio que ha empezado a recorrer. E1 margen de libertad que deja para la recuperación del espacio perdido, es muy pequeño. Que lo diga la psiquiatría. Sus desajustes mentales se traducen siempre en situaciones conflictivas dentro de los centros escolares o por su amorfo comportamiento o por su irregular rendimiento o por su lógica rebeldía contra el medio que le rodea. La euforia de los estados de alucinación en una situación determinada se convierte en grandes depresiones en cortos espacios de tiempo. La droga cierra las puertas de retorno a su victima de tal forma que se convierte en la trampa de la propia felicidad. Marca el sistema nervioso con la fatalidad de una progresiva adición en tal forma que una toma conduce a otra, una experiencia implica la necesidad de otra, en un proceso siempre ascendente. Pocas veces es reversible y casi siempre deriva en catástrofes humanas que desde el campo personal, afecta a la familia y contagia a todo el entorno escolar y social. Su rendimiento escolar es siempre muy bajo, las malas notas son generalizadas, decae progresivamente su interés vital porque los centros de sus preocupaciones están fuera del centro.
Adulteración. El consume de la droga en nuestro tiempo ya no es la práctica inocua de un pueblo o una tribu o un grupo que realiza una toma ritual completamente aséptica. La preparación de las sustancias tóxicas ha entrado en procesos de refinamiento industrial que, por su elevado grado de pureza, por la abundancia de los productos comercializados en masa, por los peligros de la adulteración, por el riesgo que implican las acciones realizadas en la clandestinidad, ha aumentado su peligrosidad social. Su consumo entra ya en campos del delito y afecta a la salud pública. Está tipificado como delito en los códigos legales de los países, castigado incluso con pena de muerte. Además los intereses comerciales le han dado las grandes dimensiones que posee por los grandes recursos económicos que moviliza. E1 problema de la droga se agrava cuando entra en los bajos fondos del tráfico clandestino ya que la clandestinidad tiene siempre su atractivo para la gente joven. Ha entrado en las grandes concentraciones urbanas, ha prendido en las extensas zonas de población marginal, se ha extendido par los medios rurales. Se ha asentado tanto en la mesa de los grandes y poderosos del mundo como en los sectores más desposeídos de la sociedad. La fiebre del dinero que se mueve en su entorno es la ruina de sus víctimas, el dinero de gente pobre, las migajas de los adinerados, y el precio de la frustración desesperada de muchos desempleados. El hastío y aburrimiento de los que no tiene nada que hacer, los fracasos escolares, la falta de integración familiar, las amistades, son el mejor caldo de cultivo para la drogadicción.
La falta de moral. El problema se agravó cuando los viejos dioses de antaño y comenzaron a desentenderse de la protección de los pueblos. Se rebajaron los resortes morales de la sociedad tradicional y creció el persistente deseo humano de felicidad a cualquier precio, buscó placebos supletorios, que en el mejor de los casos, solo pueden acallar de momento la angustia de sus hondos problemas vitales. ¡La felicidad por encima de todo! ¡Cuanto más inmediata mejor! ¡Cuanto más concentrada mejor! Aunque sea ilusoria y adulterada. Aunque cueste lo que cueste. E1 alcoholismo se propagó entre las masas populares como un refugio para rebajar la angustia y las depresiones. Y la droga se convirtió en sucedáneo de una felicidad inexistente y el refugio de una realidad ingrata y hostil.
Causas sociales. En el aspecto pedagógico es necesario mirar las raíces del problema para entenderlo y acaso ofrecer soluciones. La drogadicción supone normalmente un problema patológico anterior al consumo compulsivo del estupefaciente. La gran mayoría de las veces el adicto no es un enfermo como consecuencia de su adición sino que se hace adicto porque ya era previamente un enfermo con anterioridad. Es un enfermo previamente al uso de la droga. La droga que está tomando no es la causa de sus males sino, por el contrario, la consecuencia de ellos. Por lo menos un porcentaje de adictos llegan a la droga con otros problemas a cuestas. Con gran frecuencia el borracho toma para olvidar unos males que son anteriores a su alcoholismo. E1 drogadicto, antes de serlo, es un desajustado, es un marginado social, es un rebelde que protesta contra un ambiente que lo ha tratado mal, es una víctima atrapada en los dientes de alguna frustración humana que exige tributo, acaso inocentes que pagan penas dentro de una sociedad injusta por delitos que nunca cometieron. A veces es el resultado de una vida desmotivada en una familia rota. A veces, la única ocupación que pueden conseguir un desempleado porque además el tráfico da dinero o la ultima novedad de los ingenuos que buscan aventuras fáciles o se dejan lleva por los señuelos que ponen delante los empresarios. En todo caso el adicto, antes de serlo, pertenece ya al mundo de las carencias, es un marginado, tanto en el mundo de la pobreza como en el mundo de la riqueza, tanto en el mundo de las limitaciones físicas como en las limitaciones mentales. Se refugia en la droga como un enfermo en sus medicinas, busca en la droga unas gratificaciones personales que no ha podido conseguir en otros aspectos de la vida, toma incluso droga para vengarse de una sociedad que lo rechaza y no lo considera.
Responsabilidad social. El drogadicto es la cara enferma de una sociedad enferma. Consecuencia lógica de las condiciones de vida que crea ala sociedad moderna. El enfermo no tiene la culpa de la contaminación que se respira en el medio ambiente. No tiene la culpa de haber nacido en un mundo tan complejo. No tiene la culpa de pertenecer a un cuerpo social enfermo. No tiene la culpa de los sacrificios que la moderna sociedad impone injustamente a unos seres humanos a costa del despojo de los demás. La sociedad ha creado las violentas tensiones sociales que traumatizan al hombre que debe huir y refugiarse en el mundo de unas realidades ilusorias que ve en sus alucinaciones. Esa sociedad ha creado los códigos legales que recubren de maldad sectores de la vida que nunca la han tenido y sólo son malos porque las leyes lo dicen. La sociedad ha creado un inmenso emporio económico que se mueve en las sombras de la clandestinidad del tráfico prohibido que tal vez le resulte provechosa. La sociedad crea hace leyes tan contradictorias como legalizar el consumo y condenar el tráfico que difícilmente se comprenden. Parece normal que si está tolerado el uso de la droga, debe estar permitido el libre comercio y su cultivo. Mal se podrá consumir si no es lícito comprarla. Son las contradicciones que implican los problemas que no están resueltos. Desde el punto de vista social y legal el problema sobre la droga no está resuelto. Todo el mundo sabe que la drogadicción aumenta cada día, que los recursos económicos que se mueven en su entorno son enormemente grandes, que el negocio económico de los grandes traficantes que se mueven en las sombras blanquea ingresos millonarios por todo el mundo hasta afectar la economía de muchos países. Todos a cuenta del sacrificio de muchas inocentes, las ratas de los experimentos, atrapadas en sus redes. Que hay líderes políticos y naciones poderosas preocupados por las dimensiones del problema y comprometidas en su erradicación en todo el mundo por vía represiva.
Métodos represivos insuficientes. Se han gastado muchos esfuerzos en la persecución del tráfico y el consumo de droga. Los jugosos beneficios han complicado en su negocio a miembros de toda la estructura social. Solo un alto complejo maniqueísta puede situar el problema en un determinado sector de la sociedad con la declaración de inocencia de los otros. Toda la sociedad es culpable del problema. Esos nombres que a veces se ofrecen al público como grandes delincuentes y enemigos de la sociedad, son solamente chivos expiatorios, acaso los menos culpables de todos, o fachadas que blanquean la conciencia manchada de otra gente que está detrás del escenario y se beneficia del negocio. Donde hay mucho dinero hay corrupción. Después de una poderosa estructura social en plan de guerra en todo el mundo, después de multitud de formas diferentes de acoso al tráfico, además de los altos presupuestos gastados por ricas instituciones benéficas y filantrópicas en todo el mundo, la puesta en marcha de poderosos ejércitos y redes policiales internacionales en pie de lucha, el cáncer de la drogadicción sigue creciendo siempre en línea ascendente.
Se olvida la fortaleza inmensa que recuperan las minorías organizadas, hondamente motivadas y clandestinas. Un negocio en la sombra gana fuerza. Se olvida que pequeños grupos fuertemente motivados han sido suficientes para desarmar a poderosos ejércitos. Se olvida que la aventura de una acción clandestina es mucho más poderosa que las acciones represivas organizadas oficialmente a plena luz y en campañas abiertas. Se olvida que la droga es el arma secreta de la vengativa del marginado contra la sociedad, la respuesta agresiva que la víctima humillada y enferma de la sociedad alienada actual devuelve contra las injusticias civilizadas. La única arma que los marginados pueden arrojar contra la sociedad sin que, por esos caminos, corran el riesgo de los controles oficiales y terminar también la cárcel. No existe mayor aliciente para la acción humana cualquiera que rodearla de misterio o intriga o simplemente prohibirla. Las frutas prohibidas son más dulces. Decidle a un joven, incluso normal, que no haga una cosa, terminará haciéndola. Burlar una ley, como maquinar en la sombra, refuerza la debilidad del delincuente y hace pequeños antihéroes. La represión incuba fuertes componentes de hipocresía, demasiado puritanismo, demasiada falsedad. Ni siquiera está claro que quienes más abiertamente se rasgan las vestiduras ante el espectáculo mundial de la droga tengan verdadera intención de resolver el problema. Acaso conviene que las cosas sigan estando como están en beneficio de intereses ocultos.
Solución positiva. El drogadicto, el delincuente, el guerrillero, el terrorista, el traficante -que a veces se trata de la misma cosa- tienen a su espalda una gran deuda social que de alguna forma tienen que cobrase. Son los delatores de un mundo que está mal construido y tiene fallos importantes. La solución de sus problemas debería intentarse por otro camino, en la medicina preventiva, en la reconversión de muchos presupuestos sociales, éticos, económicos, injustamente aplicados hoy. La solución de los problemas de la droga hace referencia a la reconstrucción de los indiscutibles presupuestos que fortalecen su tráfico y consumo en perjuicio de unas victimas que no tienen culpa de nada. La solución de la droga está hacienda referencia a la recomposición de una sociedad con menos diferencias entre ricos y pobres, entre pequeños y grandes, entre una generación y otra, entre los blancos y los negros, entre la acumulación de dinero en manos de pocos y los grandes zonas de pobreza en el mundo.
Las conquistas humanas de la ciencia y de la técnica actual que han producido en plano económico riquezas ingentes, son patrimonio de toda la humanidad, no únicamente de un pueblo, de un grupo, de una nación, de los ricos que las poseen, a veces por procedimientos justos o injustos de las sociedades. Los benéficos de la cultura son bienes solidarios de toda la humanidad. Acaso rapiña actual o preda histórica, que es lo mismo. El problema de la droga es necesario enfrentarlo en etapas anteriores la drogadicción. No es la droga. Es un problema social. Es un problema público de salud mental. Una de las soluciones al alcance de la mano y que llegará, a corto o largo plazo, reside en la legalización. Sí, la legalización del uso y tráfico a nivel mundial todavía escandaliza y asusta. Pero lo cierto es que no se ha intentado todavía como solución. Y consta que todos los demás ensayos empleados hasta el momento presente han demostrado suficientemente su ineficacia. A fin de cuentas las leyes se fabrican en un determinado momento histórico y de acuerdo a las circunstancias del momento. No deberían olvidar los grandes líderes mundiales o nacionales, los que preocupan por los problemas sociales, que el orden de leyes y las instituciones forma el mundo lúcido de los contenidos racionales y que existe también el mundo la vida real con muchos componentes de irracionalidad. Que las grandes construcciones jurídicas son muchas veces la causa de la conducta errática que tratan de evitar. Además cuando las leyes pierden su eficacia es preciso revisar el significado de las leyes. Un ordenamiento jurídico que cobra tanto sacrificio humano evidentemente no pude ser bueno.
Ejercicio de libertad. El disfrute amplio de la libertad, en un mundo libre y en naciones libres, es un mecanismo mucho más convincente que todos los medios represivos. La liberalización del uso, del comercio, de la producción de las hierbas alucinógenas y de su industria dentro de unos cauces normales de mercado libre debería producir beneficios más ventajosos que los conseguidos hasta ahora por todo el aparato represivo que actúa sobre ella. ¿Podría suceder algo peor que lo que lo que está sucediendo? El panorama que hoy se ofrece es sombrío. Existe una gran fachada represiva con abundantes componentes de hipocresía y falsedad socializada y el carcinoma sumergido en las sombras que engorda desmesuradamente, como un parásito, con la sangre de mucho sacrificio humano. Existen muchos ejércitos armados frente a poderosas bandas narcoguerrilleras que se desafían mutuamente. Están frente a frente sin que se pueda señalar la victoria de ninguna parte. Es dudoso que las cosas puedan conseguir cuotas de confusión mayores que las que poseen actualmente.
Hoy los foros mundiales solo son efectivos cuando resuelven a su favor, claro, temas sobre las finanzas mundiales. Pero tienen poca eficacia cuando tratan otros problemas sociales que se refieren a las enfermedades físicas y mentales, a las reforma de las costumbres y códigos trasnochados; al hambre y a la marginación, que son los verdaderos problemas actuales. Las reivindicaciones de los pobres, nunca llegan a poner de acuerdo a los poderosos. Posiblemente no les interese hacerlo. ¿No podrían intentar desmantelar el tenebroso mundo de las drogas abriendo las puertas y las ventarlas de sus antros a la plena luz de la competencia legal y a un mercado libre como cualquier otro producto de mercado? Libertad de producción, libertad de consumo, libertad de comercio, garantía de procesamiento en el refinado. Sobre libre comercio y libre consumo. ¿Qué sucedería? El tráfico de café es completamente libre y una fuente de riqueza económica para los pueblos productores. Y naturalmente en el mundo lo toma el que desea hacerlo. Unos toman café, otros prefieren té, otros toman tila y otros no toman nada. Con el tabaco sucede exactamente lo mismo. Hay gentes que son fumadores y otros que no lo son. Con el alcohol, con las graves implicaciones que afectan muchos jóvenes y ancianos en el mundo, sucede exactamente lo mismo.
En todo caso las campañas directas de información adecuada, las necesarias garantías de seguridad farmacéutica en los productos, las reglas normales del mercado libre, y la clarificación de los peligros anexos al problema del consumo, debería ofrecer una rentabilidad mucho mas ventajosa que las medidas vigentes. Cada ser humano es el propio artífice de su destino. La violencia externa es el mayor enemigo del auténtico desarrollo de la personalidad. En el peor de los caso ahí están las armas de fuego en manos de millones de seres humanos que pueden usarlas bien o mal, ahí están multitud de productos farmacéuticos letales a la venta pública que pueden ser adquiridos con mayor o menor facilidad, ahí están las cuerdas de mil ahorcados que pueden hacerlo cuando quieran o los puentes para lanzarse al vacía. Hay suicidios voluntarios, hay toma masiva de medicamentos su dormitorio, hay matarratas, existen muchas formas de quitarse la vida para quien quiere hacerlo. Unas veces, la pistola, otras el cianuro, otras se emplea una cuerda, otras en tren. Y no hay ley que pueda prevenirlo ni evitarlo sin que se llegue a prohibir la existencia de esos materiales.
Ante la legalización de la droga podrían suceder muchas cosas. Desde luego nada peor que lo que está sucediendo. Posiblemente muchos de estos rebeldes sociales quedarían desarmados al tener en la mano la llave de la libertad, desaparecería el mágico mundo de los antros clandestinos, se desarmaría el tráfico negro y desaparecerían las adulteraciones que causan tantas muertes. Desaparecería muchas víctimas que ignoran el peligro de los productos consumidos. Una gran cantidad de personas tratarían de entrar en la normalidad de las cosas porque la sugestión de lo prohibido habría desaparecido. Se consumirían productos alucinógenos acaso como los indios americanos toman las hojas de las plantas de marihuana que los estimulan para el trabajo y animan a sobrellevar los problemas normales de la vida. Si después de todo permanecen adictos que voluntariamente aceptan la opción voluntaria de un suicidio más o menos prolongado, cabría asumir el riesgo y confiar en la eficacia de una buena educación que convenza a las personas civilizadas que una escopeta es buena para cazar y peligrosa para otros fines. Los traficantes deberían entrar en las reglas del juego del comercio nacional e internacional y los países ricos en hierbas, explotar libremente sus riquezas naturales en orden al comercio interno y externo. Articulado el comercio de droga dentro de las reglas de convenios internacionales o nacionales en forma normal, muchos otros aspectos del consumo se desarmarían solos.
No se ignora las diferencias que existen entre la consumición de droga y otros productos de riesgo. Son bien conocidas las dificultades que grupos de adictos voluntarios, pocos o muchos, con sus hábitos adquiridos, con sus condicionamientos sociales pueden ocasionar a una sociedad poco acostumbrada a asumir los problemas que ella misma genera. No será fácil modificar la conciencia social para enfrentar el espectáculo de un mercado libre de drogas en farmacia como cualquier otro producto de consumo normal con todas las garantías. Ni será fácil, desde luego, quitar el montaje que hoy se tiene montado sobre el tráfico, ni cambiar los hábitos de los que viven de viven de ellas, ni siquiera será fácil convencer a todas las víctimas que las opciones de libre consumo son mejores y tiene menos riesgos. Habrá que acostumbrar posiblemente a seguir viendo el triste espectáculo de una drogadicción libre y callejera como hoy vemos a borrachos por calles y plazas. Acaso haya que presenciar el suicidio lento de los que quieran seguir tomando libremente drogas; sería un riesgo personal y libre como otros que ofrece la vida. Los hábitos sociales cambian lentamente. Pero cambian e intentar mejorar las cosas vale la pena. Puede el camino para entrar en la nueva cultura de las drogas.
Quién puede asegurar que el día que la sociedad asuma, sin mitificaciones, su propia responsabilidad en el conflicto de la droga, el día que la juventud vea entrar la luz en los escondrijos de sus antros y que al fondo de la cueva donde solo queden las mentiras de una sociedad hipócrita, el día que los grandes capos entiendan que tienen que presentar en plena competencia comercial sus productos y pagar a hacienda, en plazas públicas con cuentas claras de mercado legítimo, el día que se quiten escrúpulos de las conciencias de muchos líderes de nuestro tiempo, el día que la droga se borren de lista de productos prohibidos, el poderoso imperio del narcotráfico actual no durar mucho tiempo.
A fin de cuentas las víctimas de la droga solo son una parte de los que hoy mueren en el mundo. Cuéntense los asesinatos que todavía se cometen y quedan impunes ante la ley, las víctimas del terror que son las inocentes y caen en masacres colectivas, las torturas que sufren en las cárceles inocentes, los que mueren de hambre en países africanos, las víctimas de la discriminación racial en países civilizados, las victimas del fanatismo religioso o político, las víctimas manifiestas del alcohol, del Sida, de los accidentes de tráfico. Todas ellas son víctimas no menos lamentables y dolorosas. Pero estas tienen el reconocimiento y la tolerancia de la sociedad maniquea que se escandaliza de las otras. La legalización de las drogas llevaría además el problema al tema de una adecuada educación escolar. Una nueva educación para formar conciencias nuevas, para crear una mayor responsabilidad humana en el cuidado de su salud física y mental, para el libre ejercicio de libertad y sobre todo en la creación de un clima adecuado para la adecuada integración de la juventud frente al libre ejercicio de todas sus decisiones humanas y de los recursos naturales que la sociedad moderna pone a su disposición con sus ventajas y sus riesgos.
CAPITULO 17
LA LENGUA ESPAÑOLA
Nunca como en nuestro tiempo se ha hablado tanto de los fenómenos lingüísticos. Una razón, porque en España, ya con macho retraso respecto de otros países, se han realizado interesantes estudios sobre la evolución histórica de los sistemas de comunicación de los seres humanos. Los estudios filológicos apenas son muy escasos en España. Y otra, porque también en España, y a contratiempo, se despertó la onda de los nacionalismos que ha conducido las lenguas al terreno de las peleas políticas distorsionando su verdadera naturaleza comunicativa. Las lenguas se han confundido con las banderas partidistas, se han identificado con los signos de la nacionalidad de los pueblos y se han tomado como representación de 1os sentimientos regionalistas y raciales. No es que la lengua no esté relacionada con la cultura del pueblo, con su carácter étnico, con su idiosincrasia particular, con toda su historia cultural. En realidad la lengua de un pueblo resume el perfil socio-cultural de las comunidades humanas que la emplean. La lengua es como el aire que se respire, como la sangre que circula por las venas. Una urdimbre mental compleja, interiorizada en la conciencia colectiva que sostiene la esencia de las conquistas y los fracasos humanos a través del tiempo. En la vorágine política y mediática el peligro está en la confusión de medios y fines, comunicación y lengua hablada, cultura y civilización. No se puede atropellarlo todo bajo nebulosos y románticos sentimientos patrioteros y megalómanos conceptos nacionalistas y patrióticos.
La lengua de un pueblo es un producto humano de carácter estrictamente instrumental. Tan mediatizada al servicio del mensaje, tan profundamente sometida a la comunicación, tan buena conductora del pensamiento, que el hombre casi no se entera de su densidad y existencia real. La lengua sólo existe para la comunicación y ahí se agota la razón de su existencia. La lengua se esfuma ante la grandeza del mensaje, apenes si se percibe su presencia, es translúcida y transparente. Sólo algunos estudiosos, eruditos y poetas, en los tiempos pasados, la hicieron objeto de sus meditaciones. Es tan funcional que no se entiende que pueda servir para otra cosa que no sea la comunicación humana. La lengua es una institución creada sólo para comunicar un mensaje. Este aspecto comunicativo ha ensombrecido, a través del tiempo, casi todos los planteamientos estrictamente lingüísticos hasta olvidarlos casi por completo. Sólo algunos filólogos, y eso muy recientemente, se han dedicado expresamente a reflexionar sobre su origen, sobre su estructura, sobre su valor como media comunicativo, sobre el estudio de las distintas lenguas, sobre las relaciones que unas tienen con las otras, sobre sus transformaciones en la corriente de la historia, sobre el esplendor de unas y el holocausto de otras. Sólo unos cuantos seres privilegiados, los poetas, los dioses de la creación han empleado la lengua como materia prima de sus creaciones artísticas. Los poetas toman la lengua como objeto propio de su trabajo, como un recurso técnico para hacer belleza, como una realidad de valor absoluto en sí misma. Sólo poetas y filólogos. Si las lenguas actuales no hubiesen entrado en los planes demagogos y partidistas de los políticos, en el remolino de los exacerbados nacionalismos actuales ajenos a la propia naturaleza de las lenguas, posiblemente el problema lingüístico no hubiese alcanzado en la actualidad la importancia que hoy tienen. Las construcciones lingüísticas son de naturaleza social muy frágil, muy modesta y humana, muy silenciosa y callada, muy transparente e instrumental; mucho más sencilla que la enmarañada actividad política y que el desmesurado sentimiento nacional
El armazón lingüístico se asienta en la naturaleza social y comunicativa del hombre. Es el resultado de un profundo sentimiento de sobrevivencia por unir esfuerzos en la realización de empresas comunes y la solución colectiva de problemas humanos. Como el hombre diseña sus creaciones míticas para ahuyentar los fantasmas de su impotencia, como crea un orden político para garantizar su estabilidad individual, crea la lengua para comunicar a los demás su propio mundo interno y resolver sus necesidades. Todas ellas son montajes igualmente convencionales, altamente maleables y corruptibles. Nacen y viven con la historia humana en continuo flujo y reflujo en dimensiones humanas, en formas antropomórficas, en su propio servicio. De tal forma que cada pueblo crea su propia lengua como hace sus propios dioses a su imagen y semejanza. Además de ciertos parámetros de valor universal, tanto más valiosos cuanto más universales, la lengua es tan particular, tan propia, como el carácter, como la sangre, como las costumbres; tiene vida propia, casi biológica, como la de las personas, como la de los pueblos. Nace en un contexto de circunstancias históricas sin que se puedan precisar fechas de nacimiento exactas, se desarrolla lentamente en paralelo con todos los acontecimientos históricos del pueblo y muere fundida acaso con otras formas nuevas y más ricas de comunicación; o acaso avasallada por imposiciones históricas de fuerza mayor. De tal manera que el estudio de un aspecto cualquiera de la demolingüística de un pueblo no puede entenderse plenamente sin las relaciones históricas y sus afinidades colaterales.
El origen de la fonación humana se pierde allá en las zonas nebulosas de la prehistoria del hombre. Acaso su origen se identifica con el primitivo informe grito animal en un esfuerzo máximo y colectivo de la especie humana por conseguir procedimientos de comunicación cada día más efectivos y prácticos. Todo indica que el lenguaje fue una conquista tardía y parásita de otros órganos orientados con anterioridad para funciones diferentes. Todos los órganos de la fonación humana realizan funciones primarias de propia subsistencia. Solo accidentalmente y de paso adquieren una función auxiliar de fonación humana al servicio de la comunicación. La adaptación se realizó, en el tiempo, siguiendo las leyes de la evolución, de acuerdo a las necesidades sociales hasta lograr las complejas estructuras de las lenguas actuales, tantas y tan variadas. En todo caso lo que queda a la otra parte de la historia del hambre, ese largo espacio que va desde el grito animal hasta las complejas lenguas modernas, seguirá siendo un misterio para los investigadores. No será fácil descifrar si el proceso lingüístico es disgregador a través de un punto de partida inicial, -acaso el día que la palabra además de sonido empezó a tener significación simbólica- o si la tendencia es ahora unitaria a partir de las múltiples formas lingüísticas o incluso un proceso de doble sentido, digresivo primero y luego regresivo y unitario. Acaso fue el lenguaje ese momento cumbre que abrió al hombre la capacidad de pensar, el trampolín de su conciencia y el punto de partida de 1a historia del hombre sabio. Toda esa importancia puede haber tenido la aparición del lenguaje en la escala evolutiva del hombre. Los modernos estudios lingüísticos históricos de las diferentes escuelas actuales, si bien muy interesantes y sugerentes en el rastreo de muchos aspectos históricos de las lenguas, solo pueden significar tímidos y fugaces chispazos de luz sobre abismos de sombras que nunca llegarán a esclarecerse.
La relación del pensamiento y los hábitos lingüísticos tiene una gran importancia pedagógica. Seguramente que el descubrimiento del lenguaje representa una etapa previa, inmediatamente anterior al desarrollo del pensamiento. La asociación simbólica, conceptual, la referencia de los sonidos con las cosas, fue concentrándose a medida que se modulaban los sonidos articulados. La asociación mental solo es posible después que los sonidos adquieren un significado preciso. Antes del hombre pensante debió existir el hombre hablante. Antes del pensamiento esta la palabra. Sobre el gesto deíctico, el sonido concreto e individualizado, a través de progresivos procesos de abstracción, pudo hacerse posible la generalización conceptual. Por eso con razón se destaca hoy que un buen uso de la lengua debe facilitar el desarrollo del pensamiento. Por el contrario está constatado que 1a dificultad en el correcto ejercicio del pensamiento acusa un defectuoso control del lenguaje articulado. De ahí deriva la importancia didáctica que el aprendizaje de la lengua en la enseñanza escolar. Esa frecuente limitación expresiva y la comunicación de nuestros estudiantes, el aspecto demasiado especulativo, histórico, gramatical que se concede al estudio de la lengua en nuestras escuelas, es factor distorsionante del proceso escolar.
La organización estructural de la lengua es un conjunto de signos lingüísticos que un pueblo tácitamente, arbitrariamente, inconscientemente ha ido reconstruyendo como vehículo de su comunicación. Es el grupo social quien construye ese entramado fónico -a veces escrito- a su imagen y semejanza, a su propia medida, dentro de unos presupuestos socioculturales que son diferentes a cada grupo humano, que están completamente individualizados en cada pueblo. Con la misma fuerza creadora que los pueblos construyen sus propias instituciones, se apegan a ellas, una vez establecidas, para retardar su evolución. Toda institución humana oscila entre la fuerza creativa del hombre que la acomoda a su servicio y la fuerza estabilizadora que trata de eternizarla en un punto determinado del tiempo. Toda institución sirve, por lo tanto, al momento cultural que la produce y vive siempre la tensión de cambio. La lengua es un organismo siempre en movimiento. Por una parte es el producto final de la creatividad de un pueblo y a su vez una estructura que condiciona muchos otros aspectos culturales del mismo. Por una parte la lengua de cada pueblo merece todo el respeto y todas las reivindicaciones que se le están ofreciendo como notas distintivas de la propia identidad. Por otra parte está el error craso de ofrecer a las lenguas valores absolutos e inmutables, identificarla con otros valores nacionales de naturaleza diferente o jugar con ella en el mercado de los interese partidistas. La lengua es un instrumento, un vehículo, el transporte provisional y temporal de la comunicación y la cultura humana. Nunca un fin absoluto y definitivo.
Todavía existen muchos elementos confusos en la conformación lingüística actual. El mundo es todavía una torre de Babel. La formación de una lengua está enredada entre conceptos igualmente convencionales y profundamente arraigados todavía en la sociedad. La lengua se alimenta en la propia geografía política de cada pueblo, bajo la protección de un arbitrario sentimiento de raza, bajo la ayuda de una determinada confesión religiosa. A veces sufre los efectos de los cambios de fronteras entre los pueblos, las consecuencias de todos los armisticios que se realizan después de unas guerras sangrientas en pactos caprichosos. Los procesos políticos, culturales, económicos, religiosos, étnicos, presionan tanto sobre 1as lenguas; como sobre los demás aspectos sociales. También aquí se cumple la ley del más fuerte y el derecho de los vencedores. Existen muchas interferencias entre unas lenguas y otras. Y nunca el elemento lógico y racional prevalece sobre los elementos absurdos e irracionales y de hechos consumados que conforman la historia de los pueblos. Pocas voces las lenguas han recorrido su propio camino, el camino evolutivo que le impone su dinamismo inferno en su contexto social normal. Por eso resulta tan iluso buscar la excelencia de una lengua sobre las demás como buscar las 1íneas geográficas naturales de las naciones o buscar la pureza de la genealogía de la propia raza.
La personalidad propia de los pueblo se establece después de grandes conquistas militares y grandes conmociones políticas, sobre todo cuando estos acontecimientos se realizan en nombre de unos legítimos sentimientos culturales. La lengua de Roma se impone a todas sus colonias tras el paso de sus legiones. El griego sobrevive a la invasión política de Roma gracias a su superioridad cultural. La lengua de los bárbaros que recogen los despojos coloniales del imperio, aceptan su lengua por imperativo de la superioridad cultual latina. El romance llega al continente americano detrás de la espada de los conquistadores y se impone progresivamente a las lenguas indígenas. E1 castellano de Filipinas cede en un espacio de tiempo bien corto bajo el prestigio militar y económico del gran país del norte. Estos fenómenos que forman parte de los avatares, buenos o males, de la historia del pasado, se manipulan hoy con voluntad deliberada. E1 sistema de signos organizados por nuestros antepasados está hay convertido en seña de identidad de los pueblos, en componentes nacionalistas y patrióticos, en instrumento de dominio, en arma de penetración y orgullo cultural, en símbolo de sueños de imperios perdidos, en elementos de banderías que nada tienen que ver con la función propia de la lengua.
Como en otros tantos productos sociales de carácter convencional, es necesario admitir en el mapa lingüístico la ley de los hechos consumados. Habrá que aceptar situaciones de hecho que sólo son productos de situaciones bélicas precedentes. El panorama lingüístico del mundo actual es como es, las lenguas del mundo de hoy son como son las que se hablan, las que los pueblos emplean en función comunicativa. El error surge cuando se pretende retroceder la historia, cuando se pretenda que los acontecimientos pasados sean de otros manera diferente de como son o cuando se pretende aplicar a los sistemas comunicativos actuales los errores que se cometieron en tiempos pasados. No se puede volver la historia hacia atrás, ni rechazar la geografía política actual, ni trasplantar impunemente una lengua, ni deformar su función comunicativa. Debe aprender la lección de la historia pasada. La torre de Babel existe como efecto de la dispersión humana. Es posible que la tendencia unitaria de la cultura mundial imponga sus leyes incluso sobre los sistemas de comunicación lingüísticos y que se llegue a una estrategia de lengua única mundial, sea la que sea. No parece probable que la eterna confusión de lenguas tenga que mantenerse inexorablemente como una maldición al orgullo humano. Hoy, sin embargo, parece cierto que la manipulación de las lenguas en beneficio de ideas políticas, en función de ideas religiosas, en razón del orgullo cultural de nadie, es injusto. Las lenguas son únicamente instrumentos de la comunicación, tienen únicamente una funcionalidad práctica de unir y relacionar a los seres humanos y no pueden ser elementos disgregadores y conflictivos.
Si el hombre llegase hoy a inventar otro sistema de comunicación más fácil, más práctico, la telepatía, la comunicación mental, cualquier otro sistema de comunicación directa e inmediata de la naturaleza que resolviese la comunicación entre los hombres sin necesidad de la mediación fónica o gratica, ese día todas las lenguas del mundo caerían rotas en mil pedazos carentes de todo significado y en todo caso pasarían al museo arqueológico de la cultura de los pueblos. Es cuestionable el conflicto que hoy se realiza en favor de las lenguas propias en aras de pretendidos valores nacionalistas. Es dudoso incluso el valor de las banderas nacionalistas, de las diferencias raciales o culturales que se invocan para realizarlo por encima de las incuestionables ventajas de la cultura y la comunicación universal. Pero sobre todo es cuestionable toda esa política impositiva y violenta que se está proyectando sobre las lenguas como si las lenguas fuesen un artefacto cualquiera de consumo humano. La lengua la ha creada el pueblo, la usa o deja de usarla el pueblo en función de sus necesidades comunicativas y nadie tiene derecho de imponer anatemas o bendiciones sobre las legitimas lenguas de los pueblos que además son lo que son por imperativo de la historia irreversible.
Las fuerzas desintegradoras que ejercen sobre el habla del pueblo, las distancias geográficas, la falta de cultura, la falta de testimonios escritos y de elementos fijadores, están siendo desplazadas hoy por el gran empuje de las fuerzas unitarias. Existen muchas lenguas, existen diferencias fonéticas, morfológicas, sintácticas entre la misma lengua que se habla en países diferentes o regiones distintas del mismo país. Las notas individualizantes del producto lingüístico son evidentes y claramente diferenciadas Estas diferencias se agrandan cada día en las zonas de menor nivel cultural, en las zonas populares, en la lengua de la calle. Pero también son manifiestas las tendencias unificadoras que actúan poderosamente desde arriba, desde los sectores cultos de la sociedad, desde el prestigio y el poder, desde los organismos oficiales que la defienden, desde las lenguas escritas, que marcan los elementos unificadores, estabilizantes y normativos. La dispersión de la lengua tiene en nuestro tiempo un efecto retardado, pero constantemente erosivo y deformante.
No sabemos el futuro de las lenguas a 1argo plazo. No puede ser utópico pensar que frente a unas lenguas cultas, escritas, estandarizadas, vayan surgiendo opciones diferentes de carácter popular muy fuertes Pero el sentido práctico y utilitario del mundo presente, el tono funcional de la lengua y sobre la tendencia unitaria de la cultura, que va suprimiendo barreras en el orden político, que va barriendo viejos mitos raciales y religiosos, es un factor indicativo muy importante para situar el problema de las lenguas actuales en un plano teórico superior mucho más práctico que las misiones caseras y anacrónicas que todavía se asientan fuertemente en la realidad social actual. La lengua evidentemente no es política, no es religión, no es mito, no es nacionalismo, no es un valor absoluto, conserva grandes resonancias afectivas familiares, conserva el orgullo de las cosas propias. Pocos estudios teóricos se han hecho sobre la lengua en este país y hoy se olvida se olvida su propia función práctica y comunicativa,
Al son de los últimos acontecimientos políticos también en Galicia se ha renovado el sentimiento de la lengua regional. Han salido a la luz pública los problemas de la lengua gallega, el reconocimiento de su propia estructura lingüística, sus connotaciones nacionalistas, su importancia étnica, su valoración oficial en el concierto de la realidad lingüística española, su normalización, su enseñanza obligatoria en las escuelas. Incluso hay escuelas marcadamente diferentes sobre la esencia de la lengua gallega actual. Para unos el gallego actual está dentro de la zona de influencia del castellano bajo cuya tutela ha vivido durante siglos por razones de afinidad político. Para otros el gallego es una escisión de la primitiva rama galaico-portuguesa que tiene su auténtica prolongación en la lengua de Oporto con quien debe de nuevo reunificarse. Estos vuelven la mirada a la historia, a la raíz, al punto de partida, al pasado, a lo que debió ser y no fue y colocan la lengua gallega bajo la zona de influencia de la lengua portuguesa. Aquellos aceptan la realidad histórica actual, tal como es y no como pudo haber sido y entienden el gallego en términos de influencia de Castilla. El mismo planteamiento del problema implica la inconsistencia de la lengua actual gallega, una inconsistencia que se manifiesta en las diferencias practicas entre un gallego empleado por las gentes del mar y un gallego diferente empleado en la Galicia interior, entra una rica lengua gallega hablada en los medios rurales de esta tierra y una lengua gallega deformada -inventada- que emplean los medios cultos de comunicación.
E1 tema de la lengua en Galicia no está ausente de los componentes de irracionalidad que han sufrido y sufren otras regiones del país y del mundo. Se introdujo de golpe en un pueblo tradicionalmente tranquilo, casi inmóvil, durante siglos, un torbellino de acontecimientos que casi nunca se han asimilado suficientemente. En criterios lingüísticos, se ha creado más confusionismo que clarificación de acontecimientos. Han llegado demasiadas cosas donde nunca hubo nada. En esta tierra tradicionalmente pacífica se despertaron de golpe todos los dioses de los antepasados para recomponer miméticamente una historia que siempre se consideró buena. Los mismos abusos que cometieron antes unos poderes centrales olvidando las pequeñas virtudes de este pueblo, se cometen hoy en sentido contrario desde el falso poder de las autonomías. Donde siempre ha existido una paciente y resignada aceptación de hechos consumados, se instalan ahora posturas abiertamente radícales y dogmáticas.
La lengua gallega es el sistema 1inguístico formado en el noroeste de la península, desde el sustrato prerromano, bajo la fuerte romanización posterior, bajo el influjo suevo, bajo una larga convivencia arábiga y bajo la incesante castellanización desde los gobiernos centrales. Le ha tocada vivir, como todos los demás seres vivos, en el equilibrio de su dinamismo interno y sus condicionantes externos. E1 prestigio de una lengua refleja el prestigio social de la sociedad que la emplea. Galicia nunca ha sido una gran potencia en nada y acaso su mayor grandeza está en haber contribuido desde su modesta función regional a la integración de la gran unidad política ibérica. Fuera de la esplendorosa época medieval, su importancia cultural compostelana, el prestigio de su lírica en boca de reyes y príncipes y trovadores, pocos momentos importantes ha tenido la lengua gallega. Pudo entonces haber sido una alternativa culta al creciente prestigio de la lengua castellana, pero el centralismo político de Espada se impuso con razón o sin ella. Galicia se fue quedando sola, olvidada en la retaguardia de la conquista, nostálgica de lo que pudo haber sido y no fue, sobrecogida de respeto ente las campañas conquistadores de los castellanos y los portugueses.
Galicia desde entonces se quedó sala frente al mar, anclada en el tiempo. Se convirtió en producto cultural rural. Producción agraria, campo abierto y mar abierto que arrastra en sus resacas a millones de gallegos a todos los continentes. De su marginación histórica, de las entrañas de su propia tierra, nació su incultura tradicional. En esa incultura protegida, que es la propia cultura gallega, se ha formado la lengua de esta tierra. Una lengua secundaria, una variación conservadora y arcaizante de la prestigiada lengua de Castilla y alimentada constantemente por ella en su función comunicativa. No están lejos los tiempos ominosos del desprestigio de esta tierra y el sentimiento de inferioridad que el uso de la lengua gallega imponía en cualquier otra región de la península. Hoy las cosas han cambiado. Primero porque el concepto cultural que el hombre tiene de las lenguas, sea de la región que sea, sea de la clase social que sea, entiende macho mejor la naturaleza funcional de las mismas y los avatares puramente históricos que las condicionan. Y en segundo lugar, porque el hombre gallego ha ido tomando progresivamente conciencia de su propia identidad en suelo que habita, en el concierto de las demás religiones de la península, en el nuevo concepto de las autonomías, incluso en el nuevo concepto de la cultura universal. El maleficio del hombre y de la lengua gallega en gran parte se ha destruido. Pero no del todo, porque las visiones esperpénticas que gravitan sobre el cielo gris de esta tierra no son puras ficciones literarias o solamente aspectos folclóricos, sino drama intensamente vivido. Se trata de una tierra desmadrada que nunca ha sabido dar el adecuado cobijo a sus hijos y los ha entregado a todos los mares, a todos los caminos de la emigración temporal y permanentemente a todos los destierros voluntarios y forzosos. No ha terminado todavía la era de la emigración gallega. No ha terminado el éxodo de un pueblo que abandona su propio hogar en busca de unas condiciones de vida que la propia tierra no puede ofrecerle. Los aires renovadores, que llegan siempre de afuera, son como remolinos temporeros que no sobrepasan nunca las capas superficiales de una determinada coyuntura política o la corteza de determinados intereses muy particulares. La situación lingüística de Galicia está inmersa en estas mismas coordenadas históricas.
La lengua gallega es una lengua popular. Galicia es una sociedad anclada en el pasado. Conserva celosamente sus dioses patrios, mantiene fielmente la rudeza de sus costumbres, sufre continuamente el abandono de los gobiernos centrales, le falta de espíritu creativo y renovador. Ha creado una profunda superestructura de irracionalismo costumbrista que deshumaniza al hombre de esta tierra, conserva las arcaicas estructuras agrarias que producen el abandono, el rechazo, la soledad, que viven hoy nuestros pueblos y aldeas. Existe un gran porcentaje de analfabetismo funcional, una profunda incapacidad para aceptar los desafíos de los tiempos que recubre de magia y reverencial misterio en todo lo que se realiza en esta tierra. La lengua rezuma naturalmente estas mismas señas de identidad. Su lengua se ha ido formado, no como relleno de una cultura proporcionada, sino como efecto de su incultura. La lengua gallega no ha nacido en los claustros de la universidad de Santiago sino en el medio rural, en convivencia amistosa con todas las costumbres de pueblos primitivos de agricultores y marineros, en el trato continuo de su fauna y flora propia. En los pueblos, en las aldeas, en los barcos, en la siembra de las cosechas, al ritmo de los trabajos del campo. La lengua gallega es por lo tanto una lengua rica en contenido popular y desprovista de los recursos necesarios para recoger y expresar toda la variada riqueza de la cultura moderna. La violencia sobre una lengua no solo se impone cuando se quita o se pone por decretos, cuando se forma o modifica en función de intereses particulares sino también cuando se aplica impositivamente a una realidad que siempre le ha sido ajena. Es bueno todo el esfuerzo que todas las organizaciones públicas y privadas puedan realizar por salvar los rasgos culturales propios, las lenguas propias, los elementos diferenciadores, dentro de la avalancha arrolladora de cultura universal que recorre el mundo civilizado. Sin embargo permanece sin demostrar todo el valor que pueda tener la defensa de estas pequeñas conquistas caseras fuera de los rasgos pintorescos, y las connotaciones arqueológicas y sentimentales. Está sin demostrar el significado cultural que puedan tener la defensa de viejos conceptos de grupo, de tribu, de nación, de estado, de raza y, con mucha más razón, de lengua propia. Conceptos muy queridos, de gran resonancia afectiva, de mucho valor histórico. Pero tendrán que incorporarse progresivamente a las exigencias de una interpretación cósmica del hambre y su mundo circundante. Mientras tanto la defensa y consideración de estas instituciones autóctonas será legitima si en ase empeño no se pierde la visión de la realidad cultura1 del mundo, si la contemplación extasiada de un árbol doméstico no impide la contemplación grandiosa de la realidad universal. E1 peor servicio que se puede hacer a la lengua gallega, como a la historia de los pueblos gallegos, como a los héroes que la protagonizan, no es precisamente desmarcarlos de su real contexto histórico, mitificarlos en nombre de pretendidas grandezas que en realidad no existen. Tal vez para comprender hoy la realidad de nuestros pueblos haya que levantar un poco el punto de vista, situarse fuera del remo1ino de las turbulentas aguas del presente y enfriar bastante los ciegos orgullos del nacionalismo vigente. Mucho más deformantes de una situación histórica cualquiera suelen ser los engreimientos y los halagos de presuntas grandezas que no existen que la resonancia melancólica de un pasado inexistente y paraísos borrosos que nunca han existido.
Se ha creado la Real Academia de la lengua gallega, se están haciendo congresos en distintas zonas de su geografía, se han publicado leyes y decretos sobre su normalización, se ha llevado a las escuelas como materia obligatoria en todos los niveles y no pocas horas semanales de clase y todavía sus defensores no se han puesto de acuerdo sobre la naturaleza de la lengua gallega que debe enseñarse. Hasta se trata de elaborar leyes para determinar los colectivos y los lugares en donde debe hablar obligatoriamente esta legua. Esta inseguridad de la lengua obliga a recurrir a medidas legislativas especiales para imponerla significan de antemano la poca consistencia de 1a lengua gallega como lengua diferente. El sistema lingüístico de Galicia está quedando sin sitio propio entre el avasallante prestigio del castellano y las querencias de la lengua portuguesa. Su razón de ser se debate entre las dos opciones diferentes. Por una parte el empeño de unos en mantener el actual estado de tutela y protección que ofrece la lengua nacional con quien realice la común aventura política de España. Su resultado es el bilingüismo actual de esta tierra, consecuencia de unos hechos históricos ya irreversibles. Por otra parte están los nostálgicos del pasado, los que vuelven la mirada a sus orígenes, al común tronco de la vieja rama galaico-portuguesa. Tratan de reintegrarla a sus viejas fuentes. Tampoco el gallego se puede confundir con el portugués. En ambos casos nunca puede olvidarse que todo el problema de lengua, como el de la comunicación humana, es un problema de libertad, un problema de funcionalidad práctica y no un problema de leyes, ni decretos, ni imposiciones, ni fanatismos patrióticos, ni orgullos nacionales, ni complejos históricos, sean de la naturaleza que sean. La lengua gallega es el medio de comunicación de las gentes de este pueblo que la usan y la emplean como quieren y cuando quieren. No puede identificarse con la lengua castellana totalmente; pero macho menos puede confundirse con la lengua portuguesa.
Todas las lenguas tienen una conformación interna y externa completamente sincronizada con las necesidades sociales que las mantienen. Lo importante de la lengua no es precisamente su arquitectura estructural sino su función comunicativa. Si la historia nos habla de transculturizaciones, de lenguas que desaparecen o se imponen como condiciones de guerras, solo pueden servir de ejemplo de hechos que nunca debiera realizarse y una violación de los derechos humanos. Las lenguas no se imponen, no se compran ni se venden. Ni pueden ser banderas políticas Es el pueblo llano el que las emplea en función de sus necesidades comunicativas. E1 ejercicio de la lengua es una tendencia espontánea y sin violencias. La historia de los pueblos es un conjunto de hechos pasados irreversibles e independientes de las conveniencias estratégicas particulares de nadie. Las demás condicionantes que hoy agitan el debate lingüístico actual sones fundamentalmente problema político, problema patriótico, problema filosófico, racial o religioso, pero no un problema de lengua que es, en realidad, un estricto problema de libertad.
No se puede identificar el regionalismo con la lengua gallega. E1 ardor que hoy se aplica a cantar las bondades del gallego sobrepasa la violencia que otros emplearon en silenciarlo. Los mismos que antes acusaron el fanatismo de viejas manipulaciones, lo utilizan realizan hoy para realizar la operación contraria. Aunque la lengua de una región reproduce connotaciones culturales de todo tipo, el uso lingüístico es puramente espontáneo y subordinado a la comunicación. Es una forma de relación humana orientada al mensaje que transmite que nunca debería complicarse con otros fenómenos sociales. Pocas veces se defiende la pureza del habla cuando se habla tanto de intereses políticos o sociales o económicos. Los hombres libres de pueblos libres deben poseer el derecho de expresarse como mejor les convenga. Es muy dudosa la utilidad de la disgregación lingüística dentro de unidades políticas y culturales superiores. Los bienes de la cultura se enriquecen a medida que se extienden. Nunca el genio español se ha caracterizado por su pragmatismo precisamente.
La legua gallega es un color lingüístico dentro de la amplia variedad de lenguas de la península. Todos los españoles tienen una lengua oficial que es además la lengua propia de veinte naciones en otros continentes. Para cualquier gallego tan legítimo es expresarse en gallego como en castellano. Aparte de que el gallego tiene razones históricas su centro de gravedad en la lengua de Castilla y no en la de Portugal, el gallego en Galicia y el castellano en todo el mundo hispánico tienen el mismo grado de legitimidad. Desde luego una lengua gallega del mar o de tierra adentro, una lengua gallega del norte o del sur que se habla en la tierra gallega porque es la única lengua gallega que existe. Pero también la lengua castellana porque es la lengua oficial de toda la nación española y muchos otros pueblos más. Ningún argentino, ni chileno, ni cubano, sienten escrúpulos de sus sentimientos nacionalistas porque hablen la misma lengua que se habla en España. El sentimiento patrio no tiene un determinado sistema de comunicación para expresarse. No lo necesita. Es anterior e independiente a él. La galleguidad de todas las gentes nacidas en esta tierra es igualmente respetable cuando habla en castellano que cuando habla en gallego, cuando lo hace en Galicia o cuando lo hace en cualquier rincón de la emigración.
Si el prestigio de la lengua gallega ha sido grande en la Edad Media, como consecuencia del influjo político y cultural que llegaba a Santiago desde todos los países europeos, todo aquel mundo de hegemonía cultural se ha ido desmoronando progresivamente. La lengua gallega empezó entonces también su decadencia. A partir de esta etapa de esplendor el gallego fue perdiendo prestigio bajo el influjo imponente de la oficialidad de la lengua castellana. La lengua gallega dejo de escribirse y fue perdiendo las características de lengua culta en favor de la creciente expansión de la lengua oficial. Comenzó el declive de las lenguas periféricas en beneficio de la lengua del imperio que se estaba instaurando en la península. Pudo haber sucedido la historia de otra forma. La falta de espacio vital de la lengua acompañó al vacio cultural que siguió a la oscura edad media. Igual que las aguas de los ríos la historia pasa una sola vez por el mismo cauce. Es irrepetible. Nadie podrá resucitar el pasado. Nadie podrá variar la historia a voluntad propia. Nadie tiene derecho de inventar hoy lenguas nuevas o recomponerlas a retazos de una parte y de otra los residuos del tiempo y menos imponerlas obligatoriamente en nombre de lo que sea. Además será tarea inútil.
La lengua gallega es el sistema lingüístico que nos han legado nuestros antepasados en la forma que se encuentra y con todas sus concomitancias históricas. No es castellano. Tampoco es portugués. Pero está más cerca del castellano que del portugués. Las medidas impositivas a nivel disciplinario solo significarán un conocimiento teórico y técnico de la lengua. Un conocimiento que nunca se tuvo del gallego. Es positivo en cuanto supone de información cultural de fenómenos peculiares que viven las sociedades. De la misma forma que se estudia la historia política, como se estudia la catedral de Compostela y el folclor de Galicia, se estudia también su lengua. El estudio del gallego en las escuelas nunca devolverá la grandeza que un día tuvo la lengua gallega. El influjo del castellano es enormemente fuerte, su pragmatismo se ha filtrado por muy diversos caminos. Toda la sociedad gallega comprende hoy fácilmente que la cultura del momento actual tiene aspectos mucho más prácticos y positivos que el estudio de las lenguas regionales. Además en España existen muchas variaciones lingüísticas, existe movilidad cultural, existe movilidad laboral y estudiantil, no pueden ser buenas unas disposiciones restrictivas que dificulten inútilmente la comunicación humana en vez de favorecerla. No puede ser una utopía creer que el pragmatismo de la unidad europea y las tendencias unitarias del mundo vaya progresivamente desarmando, por inútiles, por innecesarios, los reductos de las pequeñas lenguas regionales.
La autonomía de una lengua radica en su capacidad de cubrir todas las necesidades comunicativas y expresar las manifestaciones culturales de los pueblos que las hablan. La lengua gallega es un sistema de comunicación elaborado en contexto de realidades que prácticamente ya no existen. Una lengua popular, que se ha refugiado en el campo, que recibe su aliento de las viejas costumbres gallegas rurales, y se mantiene predominantemente en el campo, cargada con todo el desprestigio de los bajos niveles de cultura de los medios rurales gallegos. Hoy la lengua gallega viva se reduce a pequeños núcleos de población de costumbres muy rudimentarias y primitivas. El gallego de la incultura es el único gallego que todavía queda viva. Todo lo demás son reconstrucciones de poca consistencia. De tal forma que la lengua gallega ha quedado muda ante las exigencias de la cultura y la ciencia moderna. Pretender introducirla en los ámbitos universitarios y aplicarla a la comunicación culta equivale a violentar su estructura interna y de alguna manera deformarla. Esta pretensión impone a sus defensores a recurrir constantemente como mendigos a las lenguas que las protegen o al castellano, unos, o al portugués, los otros. Todos reconocen la insuficiencia de la lengua para cumplir las exigencia comunicativa de de una extensa cultura. No se trata de un proceso de préstamos normales `que todas las lenguas cultas reciben de las otras, sino de una radical incapacidad del gallego para defenderse por sí mismo ante las exigencias de las nuevas realidades culturales. La incapacidad del gallego para la comulación moderna, o lo que es lo mismo, su poca funcionalidad y su declive inevitable, afecta a todos los aspectos de la lengua, el aspecto fonológico, el aspecto o morfológico y el aspecto sintáctico.
La lengua gallega, como el resto de las lenguas periféricas peninsulares, tras el reconocimiento del romance castellano como lengua oficial de los reinos cristianos, quedó relegada al plano de lengua hablada, dejo de escribirse, y perdió, de paso, ese importante rango fijador lingüístico como es el paralelo sistema escrito para cualquier lengua hablada. Así la lengua gallega evolucionó por comunicación oral, por entrega directa de generación a generación, sin el componente culto de su representación gráfica, cosa que engrandece los aspectos fónicos y melódicos del gallego. Hasta los últimos años, la lengua gallega ha sido solamente tradición oral popular, ha sido solamente lengua hablada, únicamente componente fónico, cultura popular musical y vibración sonora.
No pienso en el aspecto segmental fónico de la lengua que estudian los gramáticos -origen, evolución, estado actual de los diferentes fonemas de la lengua- y que ofrecen interesantes contribuciones al conocimiento moderno de su estructura. Estos estudios son la mejor presentación que puede hacerse de una lengua dentro de un contexto científico e histórico real y el mejor conjuro a toda deformación mágica y mítica. Me refiero, por el contrario, a ese aspecto suprasegmental melódico de la lengua gallega, a esa cualidad musical que escapa a las actuales polémicas lingüísticas y a los criterios planificadores de sus líderes. Me refiero a esa melodía característica, a esa musicalidad propia, que se aprende en la cuna, que sella con matices prosódicos propios y marca definitivamente, indeleblemente, la modulación particular de los hablantes de cualquier lengua madre. Me refiero a ese tonillo típico de una lengua que queda al margen de su función comunicativa y semántica y primaria de todos los sistemas de comunicación.
. Pues esa musiquilla, esa melodía dulce, melosa, suave, romántica, llorona, lirica, tal vez trasunto de hondas resonancias afectivas escondidas en este rincón del noroeste, que fue capaz de cautivar a trovadores y reyes que la emplearon como instrumento de sus creaciones poéticas y que conserva una rica tradición folclórica y popular, esa cadencia musical de esta lengua, es una pieza que se está descomponiendo sin esperanza de recuperación. Se descompone y se muere precisamente y paradójicamente en las manos de los más acérrimos defensores de los valores vernáculos, en manos de los que más polemizan sobre su normalización, en las manos y en las bacas de los que más hablan de su oficialidad y obligatoriedad. Y esto es así porque todos los líderes de nuestra lengua proceden, casi siempre, de sectores cultos de la sociedad gallega que solo muy remotamente han sentido el hálito de la lengua viva de nuestros medios rurales. Una gran mayoría de ellos son hombres de cultura que han hablado siempre e1 castellano y lo siguen hablando todavía en versión gallega. Hacen alarde público de galleguidad usando una melodía totalmente castellana que siempre deja duda si se habla castellano con algunas palabras gallegas o se pretende exhibir una lengua gallega desnaturalizada, diluida, e una solemne melodía castellana .
No deberían contundirse las cosas. El gallego de los eruditos, el gallego de los que desde niños estudiaron en Madrid, el gallego de los que siempre hablaron en castellano y lo siguen hablando todavía en su vida privada y difícilmente disimulan su simpatía hacia el prestigio social del romance castellano, esa lengua gallega de sonoridad castellana, esa lengua gallega desvaída, insípida, incolora, es precisamente la lengua que se mueve en los medios culturales de nuestra tierra. Esa es la lengua de los políticos, la lengua que hablan los líderes nacionalistas que han perdido de vista las diferencias entre lengua y patria, entre los sueños y la realidad, entre la vida y el mito, la lengua de los medios de comunicación, una lengua gallega castellanizada, que se mueve en las esferas de una cierta cultura, que se trajina como bandera de los más diversos intereses particulares, la lengua que se enseña en nuestras escuelas y universidades, y tiene ya poco que ver con aquella melodiosa lengua que cantaban nuestros antepasados. Porque aquella castiza manera de hablar del pueblo gallego se está convirtiendo hoy en un producto de libre comercio, un producto de compra y venta en la feria de los valores culturales de hoy, un gallego muy de segunda mano, un gallego traducido, académico, recompuesto, con todos los síntomas de las lenguas que han comenzado a morir.
E1 proceso es, por lo tanto, irreversible, aun a pesar de todos los intentos que puedan realizar las campañas de recuperación de la lengua gallega. Estos son elementos que pasan desapercibidos a la conciencia culta de los caudillos de esta tierra. Se está muriendo algo de la lengua que ni siquiera se siente que se muere. Se pierde algo de la lengua que ya ni sus hablantes perciben, algo que sólo es música y tiempo y por lo tanto difícil de aprisionar en los proyectos. Si en realidad existen todavía pequeños núcleos de población gallega que pudieran ofrecer la tonalidad originaria de esta lengua, están en rincones tan apartados de la cultura, en media de costumbres tan rudas y primitivas que en realidad ya nadie cuenta con ellos. De tal manera que la avasalladora melodía del castellano, insensiblemente, sin oposición de ningún tipo, la dulce cadencia de la lengua gallega está fundida en la prestigiosa lengua castellana. No se ha entendido en nuestra tierra el problema que plantea una lengua de extracción popular cuando entra a ser manipulada por sectores cultos y dominantes de una sociedad diferente.
En el aspecto gramatical, semántico, sucede exactamente lo mismo. El léxico de la lengua gallega en el aspecto cultural es totalmente insuficiente para significar el mundo de las cosas actuales. Ya en el siglo dieciocho se reconocía la inconsistencia de la estructura gramatical del gallego. E1 "séptimo idioma castellano, -dice un autor reconocido- el que usaron nuestros mayores, venerable por su antigüedad y cuya imperfección y variedad se podrá ver en la paleografía española". Según este testimonio se trata casi de una lengua para los historiadores, una sobrevivencia arcaica del antiguo castellano, un castellano arrinconado en el noroeste de la península que no supo evolucionar al ritmo que tomó el castellano en las demás regiones de España. Esa lengua, frente al reto moderno, no tiene un lugar determinado, ni dentro del castellano ni dentro del portugués. Y en todo caso, por razones de historia, por razones de hermandad, por razones de bilingüismo, el gallego de hoy está mucho más cerca del castellano que de la lengua de Oporto.
Toda la terminología técnica y científica de la lengua es la misma que el castellano. La gran mayoría culta del mundo gallego sigue empleando, explicita o tácitamente, el castellano como sistema de comunicación practico. Unas familias gallegas cuidan con celo que sus propios hijos aprendan y hablen el castellano. Bajo el signo de ciertas ideologías existen hoy frecuentes actitudes, híbridas, de puro compromiso político, que hacen falsos, insinceros y a veces, ridículos, los usos de una legua gallega que es solo caricatura del habla tradicional de este pueblo. Ellos están convencidos y no pueden convencer a los demás. Por lo tanto, si el gallego ha llegado a una situación histórica que por sus limitaciones intrínsecas no puede cumplir sus funciones comunicativas o carece de vitalidad suficiente para hacerlo porque le faltan recursos, y las gentes de esta tierra optan por usar un sistema de comunicación más rentable, habrá que pensar simplemente que su proceso de descomposición o muerte definitiva no está muy lejos. Ni la podrán evitar las medidas políticas tomadas para impedirlo. Acaso su destino y su grandeza esté, como las variaciones leonesas o riojanas, en una fusión convergente y progresiva de identificación con la lengua castellana por encima de todos los orgullos nacionalistas y empeños vanos de los nuevos defensores de las variedades lingüísticas regionales. Todos admiramos hoy la Catedral de Santiago de Compostela pero ya no se construyen hoy obras románicas para el culto religioso y poco sentido tiene el servicio religioso que todavía presta hoy frente al grandioso testimonio artístico que ofrece.
Los medios de comunicación están enseñando al pueblo gallego muchos aspectos de las nuevas condiciones de la vida. Son poderosas fuerzas expansivas de la cultura y de las lenguas universales. La emigración ha obligado a miles de gallegos a usar el castellano como sistema válido en otras regiones del mundo. Ellos y sus hijos, al retorno, lo siguen practicando. Todos en Galicia saben que nuestros hijos se enfrentarán cada día con más inminencia a condiciones de vida de dimensiones globales o al menos europeístas, en tiempos y lugares muy cercanos. Tratar de reducir los campos culturales equivale a correr caminos contra la historia. El gallego será muy bueno para usar en nuestros campos, será bueno que se prestigie su empleo dentro de situaciones completamente libres, que se estudie y se respete. Pero no es lícito ni rentable que, por un exceso de celo, se maltrate en la forma descarada que se hace con mucha frecuencia, o se imponga un determinado número de horas de estudio en forma obligatoria o que se obligue a expresarse en gallego a aquellas personas que prefieren hablar el castellano. Si las dos opciones, gallego y castellana, son igualmente legales en la nación ibérica, el castellano posee evidentemente una utilidad práctica nacional y mundial que no tiene la lengua gallega.
CAPITULO 18
LOS NACIONALISMOS HISPANOS
El sentimiento de la propia tierra, el sentimiento del espacio geográfico que se ocupa, el miedo a las señales hostiles de los que habitan en otro rincón del planeta, el orgullo de la propia patria y el afecto condensado del propio grupo humano y social que se integra, es otro elemento importante de los conflictos nacionalistas que vive hay España y otras regiones del mundo. No es un sentimiento de poca importancia. El exacerbado individualismo primario y el sentido desbordado de la libertad. El mundo arde en todas las esquinas de la tierra atizado por el fuego nacionalista, las xenófobas y el racismo que todo viene a ser lo mismo. Posesión celosa y excluyente del espacio que se habita. En realidad todas las líneas geográficas que dividen en mil recuadros diferentes la superficie de la tierra, todas las categorías que se establecen entre los grupos humanos por razón de convivencia, las clasificaciones positivas o negativas que la antropología hace de los millones de hambres que habitan el único espacio habitable de esta tierra, son tan arbitrarias y tan frágiles como las lenguas que usan, como las costumbres que practican, como la clase de ropa que viste en verano o en invierno. No existen más que razones convencionales, acontecimientos históricos más o menos relevantes que configuran una configuración geográfica y demográfica que pudo haber sido otra totalmente distinta. Hay un conjunto de marcas y ademanes culturales que se reciben en la herencia histórica sin ninguna posibilidad de elección del hombre y con pocos efectos en su humanización. Cualquier español se atribuye este gentilicio simplemente por haber nacido en España, el indio lo es por haber nacido en la India, el japonés por haberlo hecho en el Japón. La etnia, la raza, el parentesco, la tribu, la organización social, poco más es que circunstancia de la proximidad geográfica o algunos elementos genéticos que unifican tanto como diferencian. El componente biológico supone un cordón umbilical tan largo en la confusa y compleja evolución humana que nunca se sabe si es factor que une o divide, si realmente identifica o disgrega.
La persistencia de tantos elementos institucionalizados en la sociedad de tono convencional, enraízan en el poderoso sentimiento de la propiedad privada y el fuerte instinto animal de apropiarse del tiempo y el espacio que vive con desconfiado celo exclusivista. El instinto de propiedad de la tierra y la necesidad asociativa para reforzar la propia indigencia en la convivencia social acrecienta progresivamente los sentimientos afectivos del grupo, de la raza propia, de la unidad política que forma y la geografía que la sostiene. Estas fuerzas primarias de propia subsistencia marcan distancias, imponen límites como en la selva, establecen mojanes en una y otra esquina de la tierra, desafían los mismos derechos de sus vecinos y originan conflictos y guerras infinitos en todas las etapas de la historia como en la jungla. El objetivo es ensanchar las propias conquistas y, en el mejor de los casos, asegurar los trofeos conseguidos. Los largos procesos históricos sedimentan las diferencias. Las ideologías multicolores de cada pueblo estimulan grandes movimientos bélicos y consagran indefinidamente los derechos impuestos por guerras sangrientas. En realidad, las murallas seculares que hoy existen entre los pueblos, los rasgos fisiológicos o síquicos que reflejan las diferencias de unos pueblos y otros, incluso el color de la piel que todavía hoy sirve de escandaloso elemento segregacionista entre los hambres, solo pueden entenderse como diferencias muy accidentales, ahondadas en la conciencia de los pueblos a través del tiempo y en una larga evolución social que nunca podrá justificar las muchas aberraciones históricas que en su nombre se ha cometido y todavía se cometen.
El desarrollo de los pueblos se realiza en etapas. La humanidad resuelve sus problemas dentro de los tiempos cíclicos que se corresponde. Los movimientos de la historia, a veces, se realizan en dirección ascendente. Puede haber parálisis colectivas, a veces, hay retrocesos y, a veces, surgen reacciones pendulares en dirección contraria. Los valores universales de la cultura sedimentan en tiempos diferentes, en función de otras instituciones igualmente funcionales y de igual valor relativo. Las grandes conquistas de los derechos humanos, la libertad de los hombres y de los pueblos, su propia autonomía, la igualdad de todos los seres humanos ante todos los beneficios del progreso y de la cultura universal, tienen grados de desarrollo diferente en las distintas regiones de la tierra. Las fronteras actuales -como las de siempre- son demarcaciones realizadas por los vencedores de alguna contienda bélica. Las leyes del león en la selva. Las segregaciones raciales, las xenofobias de unos pueblos sobre otros, los privilegios de los blancos sobre los negros, las ventajas de los del norte sobre los del sur, las imposiciones del bando de los vencedores sobre los vencidos, las prerrogativas de los que aceptan unas religiones sobre los que aceptan otras, están apoyados en la arbitrariedad de los acontecimientos históricos, en la eventualidad de la evolución social, en coyunturas aleatorias que segregaron a los más fuertes de los más débiles.
Los nacionalismos actuales, el sentimiento racial, el sentido religioso, que imponen todavía hoy fuertes tensiones en el mundo, se cobran todavía mucho tributo de sangre humana, son elementos distorsionantes, que todos los mecanismos civilizados de los hombres y los pueblos más evolucionados han sido capaces de resolver. Seguramente esta situación que halaga tanto c-1 orgullo de unos y ahonda el resentimiento de otros hay, será razón de escándalo para las generaciones venideras. Los mecanismos civilizados de solución a nivel mundial todavía no se han realizado. Son posibles. Pero no se han realizado porque todavía interesa mantener la situación de privilegio que las deferencias ofrecen a unos en perjuicio de otros. En el mundo actual ya no hay hambres grandes y pequeños, no existen blancos ni negros, no hay hombre ricos y pobres, no existen creyentes ni infieles, ni nobles ni plebeyos, no sangre azul ni sangre roja por destino inexorable de los dioses. En este mundo sólo existen hombres. Las fronteras entre las naciones son arbitrarias completamente, las lenguas son instrumentos de comunicación para facilitar la integración, las superioridades étnicas y raciales son inventos paranoicos de grupos mesiánicos y las religiones, sucedáneos de paraísos inexistentes y placebos para adormecer las naturales indigencias. Posiblemente lo entiendan con más claridad nuestros descendientes y aumenten los duros sacrificios humanos y materiales que el hombre de hoy está ofreciendo para mantenerlos en vigor.
Todos estos problemas están hoy todavía sin resolver en buena parte del mundo. Hierven hoy los conflictos fronterizos en toda la tierra, se disputan las zonas de influencia, se agitan los regionalismos, existen guerras ideológicas y religiosas en el medio oriente, se agitan los nacionalismos soviéticos, el apaheid sudafricano, el neocolonialismo norteamericano, la injusta distribución de las riquezas mundiales. Cuestiones todavía pendientes de una solución civilizada a nivel mundial. España ha vivido en las últimas décadas situaciones reminiscentes de viejos y trasnochados anacronismos muy poco rentables y muy perturbadores. Frecuentemente los necios cuando tratan de evitar un defecto se precipitan en el vicio de signo contrario. A los pueblos les sucede lo mismo. El enigmático comportamiento histórico de este pueblo es una constante de su historia. España desde hace mucho tiempo ha perdido su propia identidad, en la dispersión esquizofrénica de sus aspiraciones patrias. Por un lado la España de los grandes sueños y por el otro la España de los pícaros y los reinos de Taifas. La España de lo grande y de lo pequeño, la España de la ficción y de la historia, la España eterna y vencida, la España del imperio y del desastre, la España del conquistador y conquistada, la patria de los quijotes y los sanchos. Posiblemente desde sus siglos dorados España no ha vuelto a ser nunca más España. Su situación geográfica la colocan en una encrucijada de caminos diferentes, frente a Europa, frente a África, frente a América. Ante la duda de su identidad se ha quedado siempre a medio camino, en la encrucijada enigmática de su propia situación en el mundo.
España ha rechazado siempre su parentesco con el mundo árabe que, a pesar de todo, se confunde durante echo siglos con su historia. Indecisa frente a unas colonias americanas que aún siguen contando en ella con más decepciones que encantos. Se ha entregado por fin a la desconfiada amistad ofrecida por la vieja Europa acaso traicionando de paso sus viejos compromisos con las antiguas colonias que siguen esperando una ayuda que no puede ofrecerle. Su ingreso en el concierto de las naciones europeas, a pesar de todo, será el mejor acierto de su política exterior en muchos años por el gran reto que supone a su pereza tradicional para tomar el tren de los tiempos modernos. Un tren que se ha perdido hace mucho tiempo, que realiza un camino de progreso a altas velocidades y que exige unas condiciones de ritmo aceleradas que España tendrá que cumplir si no ha de quedarse definitivamente en la franja roja del mundo subdesarrollado.
Con otras muchas ventajas recibidas de la convivencia comunitaria su participación plena en los destines del viejo continente puede suponer el acontecimiento más fructífero de su reciente historia. Supone el fin de muchas aventuras políticas corridas casi siempre en solitario. Supone el término de unos sueños de grandeza que pocas veces fueron reales, y la renuncia a una apatía infecunda que alimenta su auto marginación tradicional y la desfiguración de su verdadera realidad. Los esfuerzas de los últimos años no han sido suficientes para despertarla de sus contradicciones internas y de su somnolencia tradicional. E1 recuerdo de viejos absolutismos, el respeto de viejos y nuevos caudillos, sus oscuros miedos a las delaciones inquisitoriales, no le han permitido recuperar, ni su dignidad nacional, ni su grandeza, ni su libertad, ni su propia identidad. Se realizo demasiado esfuerzo en resaltar la centralización geográfica y política del país sin el necesario equilibrio entre todos los componentes. Además se hizo en nombre de un poderío despótico con poco respeto a la liberad individual y a sus etnias particulares. En favor de un desmesurado centralismo y la defensa de una supuesta ortodoxia de creencias se han olvidado injustamente todos los recovecos que poseen en su seno la piel del toro ibérico y los derechos más elementales del ser humano.
Cuando se rompen las cadenas del centralismo, cuando en este país se desarman los montajes del autoritarismo tradicional, cuando se asalta pacíficamente el castillo de las libertades, cuando se sacuden los grillos del humillado genio hispano, mientras todo el mundo civilizado contemporáneo se mueve en tendencias unitarias y cosmopolitas, cuando se acepta el ingreso de España en la mayoría de los organismos mundiales, en el pueblo español surgen al mismo tiempo y en forma contradictoria, todos los reprimidos regionalismos agazapados en la sombra de las poderosas maquinarias absolutistas y dictatoriales. Surgen los sentimientos disgregadores de la nación española, acaso legítimos pero en forma desproporcionada. Surge la reacción opuesta al centralismo precedente, acaso el complejo reminiscente de los viejos reinos de taifas decadentes y ostracistas, en contra de la tendencia unitaria de la historia que vive el mundo. Las sociedades se desarrollan en sentido integrador en unidades superiores, supranacionales, en organismos internacionales y mundiales. Una tendencia unitaria que afecta a todos los campos de la actividad humana en cuotas cada día más amplias; pero imperfectas todavía, limitadas y no definitivas.
Sobre todo, la unidad política mundial, siendo acaso la más necesaria, es la que mayores obstáculos encuentra. Se han realizado organismos mundiales que funcionan perfectamente sobre todos los que controlan las finanzas mundiales. Con el fin de asegurar la paz en el mundo, como una conjure contra nuevas guerras, se creó la institución de Las Naciones Unidas. No puede funcionar porque es un organismo mundial que guarda todavía los privilegios de los vencedores de las últimas guerras. la unidad política de Europa ofrece dificultades. Pero el proceso de su unidad debe ser irreversible. Un organismo mundial que resuelve, con poder ejecutivo, los pequeños incendios belicosos que puedan prenderse en cualquier parte del mundo, un poder central igualitario, sin privilegios ni ventajas de nadie sobre nada, sin derechos de veto, ni la existencia de bloques armados, es una conquista humana posible y necesaria. La paz sin sobresaltos no ha cristalizado todavía en esta tierra y el escándalo de las guerras pasadas y presentes está ya siendo la vergüenza más bochornosa para el hombre de todos los tiempos.
Es factible la existencia de un organismo que puede suponer la liquidación de las guerras, el final de la reprimida tensión bélica actual, el fin de la carrera absurda de armas mortíferas y abundantes, el final de los conflictos raciales y la desmitificación de los conceptos de frontera. Hay suficientes razones, como para pensar que la unidad cósmica, la unidad mundial, la nivelación de los desequilibrios actuales, constituyen una meta cercana de la humanidad. El hombre de hoy, sobre todo el hombre de ciencia, incluso el hombre político, se está dando cuenta de lo pequeño que es el planeta tierra en que vivimos, lo vulnerable que es la temporalidad de nuestra actual civilización, la fragilidad del armazón de las grandes conquistas humanas. No puede estar lejos el día en que las grandes y las pequeñas potencias se decidan a sentarse juntas en pie de igualdad y negociar definitivamente la paz universal y todos los derechos universales de los pueblos, la libertad de todos los hombres y el libre disfrute de la cultura universal. La conquista progresiva de la humanización del hombre sea un proceso irreversible. . . .
La paradoja del quehacer político español actual nace precisamente aquí. Mientras el mundo corre en este sentido ascendente universal, los caminos de España andan en dirección contraria. España que ha reconquistado pacíficamente el actual orden de libertades y derechos individuales de acuerdo al sentido de la historia, se ha enredado al mismo tiempo en todos los excesos nacionalistas, en todas las extravagancias regionalistas que ofrecen, en un espectáculo escandaloso, antihistórico y disgregacionista de sentido completamente opuesto. La solución de los necios. Acaso huyendo razonablemente del férreo centralismo anterior impuesto por la ley de las armas desde el centro de la nación, desde el corazón de aquella Castilla grande y noble que realizo lo bueno y lo malo de la historia de España, en reacción contraria, se levantan hay los pequeños nacionalismos ibéricos en la periferia de su geografía. Sentimientos disgregadores que ya nadie entiende como se llaman. Todo es diferente. Hasta la dispersión semántica. Poco queda de la vieja nación ibérica. Como si veinte Españas hubiesen surgido por arte de magia de la sombra mágica de la política actual, como si dos Españas fuesen pocas ahora se están creando montones de ellas.
El grado de entusiasmo que se ha añadido y la pasión que se ha mezclado a este proceso descentralizador es tanta que no ha sido mayor el fanatismo centralizador precedente La violencia de las armas de las etapas anteriores se suple con radicalismos regionales, políticos, ideológicos, no menos irrespetuosos que los anteriores y desde luego incapaces de conseguir un justo equilibrio entre ambos excesos. Lo que precede sólo puede justificarse en nombre de las armas, lo que tenemos es cosa de irracionalidad e incultura que no se justifica de ninguna manera. Hoy pocos españoles son capaces de entender las palabras de uso corriente, región, pueblo, país, federación, autonomía, independencia, estado, lengua propia, tierra propia, sangre propia. Trabajo difícil para los señores académicos que tendrán que renovar el significado de muchos términos y aclarar la evidente confusión del español que no quiera entrar en la dinámica antihistórica de los extremismos nacionalistas.
Si en la actual configuración de las naciones, existe alguna unidad geográfica que los elemento convencionales signifiquen poco, que tenga marcadas sus fronteras por accidentes de la propia naturaleza, esta nación, entre pocas mas, tiene que ser España. Si se exceptúa el mayor arcaísmo histórico de Europa que se llama Gibraltar y representa orgullo vano y persistente de un imperio que no existe tampoco por ninguna parte, y el error consagrado por la ley y los hechos consumados en la franja oeste de la península en el reino de Portugal, todo lo demás es nación ibérica. Sera difícil convencer a los ingleses que esa roca es una tierra española porque esa roca es el símbolo del orgullo frustrado de un imperio que no tiene más consistencia histórica que las arenas erosionadas del peñón. Posiblemente sea más fácil que Portugal y España se entiendan en un equilibrado concierto político dentro de unidades integradoras superiores. Fuera de esos dos despojos de una historia caprichosa, que hoy desfiguran la geografía peninsular, todos los demás pretendidos nacionalismos radicalizados, que pudieran alcanzar en cualquier otra parte del mundo alguna justificación -y solo provisionalmente- en España es una marcha contra corriente.
Existen las diferencias de cada pueblo, de cada región, de cada nación dentro de círculos cada vez más amplios y nunca precisos y exactos. Existen diferencias de todo tipo, costumbres, lenguas, religiones, folclor, tradiciones. Existen rasgos fisiológicos, geografías, climas, presupuestos nacionales indiscutibles. Conciencia cierta de las cosas propias. Existe lo autóctono, lo cotidiano, lo popular, la pequeña y querida riqueza de las características propias. Entre los miles de millones de seres humanos que pueblan la tierra, no se encontrara una identidad personal absoluta Entre los muchos pueblos que la habitan tiene coda uno de ellos su propia historia. La incomunicación geográfica, la evolución social y biológica, las necesidades peculiares, han marcado surcos profundos en la actual configuración de la sociedad humana. Estas diferencias merecen respeto y consideración. Es necesario admitirlas, valorarlas, defenderlas, preservarlas. Pero no hasta el punto que se pierda de vista el magnífico espectáculo de lo grande, el panorama maravilloso de la cultura universal, la perspectiva del importante círculo de la cultura hispánica. Su exagerada valoración equivale a perpetrar el mismo error, en sentido contrario, que ha cometido el centralismo anterior.
El concepto de frontera que hay todavía está vigente en el mundo, es posible que dentro de muy poco tiempo sea una línea nostálgica o un recuerdo ingrato que fraccionó la superficie de la tierra caprichosamente en tiempos pasados, en la misma forma que las castas sociales todavía hoy con vergüenza separan a los hombres. La historia sigue unos ritmos ascendente. Podrá detenerse o incluso retroceder bajo presiones de fuerzas geopolíticas muy poderosas. Pero aún así el caudal de la historia retomará su propio cauce. La actual división del mapa-mundi actual sigue siendo falso y engañoso. Cada pueblo pude reivindicar en cada momento presente o futuro de la historia un nuevo replanteamiento de sus fronteras en nombre de las razones que sean. Unas reconstrucciones se superponen a otras. Unos convenios posbélicos corrigen los convenios anteriores. Todo puede desarmarse en cualquier día dentro de nuevos e incontrolados conflictos o fundirse definitivamente dentro de una unidad superior mundial capaz de proclamar la paz definitiva entre todos los pueblos de la tierra.
E1 sentimiento de la propia raza que tiene también tantos componentes históricos y tantas variantes circunstanciales, se ha desorbitado en la misma proporción. La raza macho más que una realidad histórica diferenciada, es un producto social creado también por los azares de la historia, por razones de proximidad y convergencia de intereses cercanos. No existen razas superiores ni inferiores. Existen productos sociales diferentes, y sumas de rasgos de relaciones endogámicas. La pureza de la sangre es un mito. Nadie será capaz de recomponer las piezas de una historia tan entrelazadas en sus largos procesos de expansión, de guerras y conquistas y movimientos demográficos de unos pueblos sobre otros en forma que mezcla algún interés científico. ¿Quién podrá recomponer la historia genealógico de los glóbulos rojos de la sangre de su "nación" en una evolución tan larga, tan enigmática, como es la historia de la evolución humana? Empeño vano la reconstrucción de la genealogía de la historia humana. Y sorprendente además si el pretendido análisis encuentra al fondo de la historia la silueta desmitificada de un chimpancé como elemento originario común de su estirpe y genes iguales a los gusanos.
La relación de la cultura con el color de la piel ya nadie puede darle otro significado que la consecuencia socio-cultural de unos pueblos y otros. La cultura está hoy en poder del hombre de color blanco porque las circunstancias históricas de la humanidad han discurrido en esa dirección. Porque los blancos han tomado las riendas del poder. Hechos eventuales. Mañana las cosas pueden orientarse en sentido contrario sin que suceda nada importante Es un problema de pigmentación epidérmica y hechos consumados de la historia. La patria de del hombre es el mundo y su colono no es ni el blanco ni el negro, ni el rico ni el pobre, sino simplemente el hombre. Los problemas raciales son connotaciones añadidas y el sentimiento de raza, uno de tantos mitos moribundos creados por la fauna humana para imponer sus instintos predatorios. La historia certifica la sangre y los sacrificios humanos que la mitificación del concepto de patria o raza propia se ha cobrado y todavía sigue cobrándose en todos los conflictos pasados y presentes. Mientras el hombre civilizado no llegue a desmitificar esos conceptos y vuelva su mirada al único objeto de valor que existen en el mundo como es el ser humano y en su nombre no realice el esfuerzo de organizar un concierto mundial libre de prejuicios ancestrales, la seguridad del rey de la creación sobre la tierra no será definitiva.
España tiene una determinada configuración geográfica, una importante cultura propia que sobrepasa los límites de su geografía, una lengua propia, una idiosincrasia particular que, sin detrimento de todas las pequeñas diferencias que en su suelo existen, deben ser elementos de cohesión y fuerza unitiva macho más que elementos distorsionantes de la convivencia social. Ni deberían llegar a la escuela con el fanatismo que llegan, ni envueltos en la imprecisión que llegan, ni mucho menos imponerlos con el componente belicista que se imponen. Evidentemente verdades de naturaleza relativa no pueden ofrecerse a nadie con características de verdades absolutas. Estos conceptos, que son tan inconsistentes, que ya se disuelven en el clima unitario de las realidades vividas en el mundo europeo, no deberían imponerse con el dogmatismo que llegan al pueblo y a los estudiantes en un determinado momento histórico.
La violencia que estas situaciones todavía generan en el mundo actual son hechos que están ahí ensombreciendo el camino de convivencia pacífica y armónica de los hombres. En defensa de estas ideas-mitos luchan hoy miles de pueblos en la unión soviética, en medio oriente, en los países africanos. La gran mayoría de los conflictos mundiales que alarman hoy al mundo se pueden simplificar en la defensa de estos mitos que existen porque los hombres quieren que existan. Son las energías acumuladas de los pueblos durante muchos siglos, reprimidas o exaltadas. Es la acción o la reacción de las aspiraciones o represiones de personas o grupos particulares convertidas en banderas indiscutibles. Evidentemente es el inconsciente ciego de la colectividad que actúa irracional en la historia. Posiblemente no resulta muy fácil racionalizar estos fenómenos culturales. Hay heridas muy profundas en la historia de los pueblos. Existen demasiadas frustraciones.
La violencia racial tendrá que resolverse macho más en las negociaciones de organismos civilizados que en la represión de instrucciones coercitivas. Cuando los hombres o los pueblos se revelan deben tener sus causas para hacerlo. Los conflictos raciales y patrióticos tienen contenidos afectivos tan hondos que no se hace demasiado fácil cuando una idea crea mártires no es tema sin importancia. Cuando se solicita el apoyo de los dioses antes de enfrentar una guerra, la situación es alarmante. Todos los fenómenos actuales de racismo, y nacionalismos, de diferencias geográficas, de lenguas propias, merecen todo el respeto que merecen los hombres y los pueblos. Se trata en el fondo de contenidos irracionales y, por eso mismo, más peligrosos y explosivos. Además en sus conflictos, en un enfrentamiento de fuerzas desiguales. Se desconoce las profundas motivaciones de su conducta y muy difíciles de erradicar de una sociedad contagiada. Esa es la magia secreta de grupos minoritarios. Las pequeñas-grandes revoluciones se gestan en pequeños cenáculos. Acaso en el todo hoy verdaderas y justas razones de lucha que nadie está dispuesto a reconocer civilizadamente pero se imponen a través de una resistencia clandestina e irracional. El efecto de la luz les irrita la piel.
Desde luego poco sentido racional tiene que, dentro de regímenes de libertades, los problemas de las regiones pretendan resolverse con los sacrificios humanos y muertes inocentes. La vida de los que mueren ya nunca nadie podrá vengarla ni recuperar las cuotas de miedo y terror que las armas imponen en el mundo. Se han recorrido abanicos infinitos de organizaciones intermedias con el fin de salvar la identidad propia de los pueblos frente a las fuerzas centralizadoras. Hoy el régimen de las regiones o de las autonomías o de las nacionalidades, es diferente dentro de coda círculo político superior. Cada nación crea sus propios mecanismos. A veces se revisan y se cambian. No tiene mayor importancia que se llamen autonomías o regiones, o estados federales, o pueblos unidos o comunidades de pueblos o como se quiera. El problema es racionalización de las relaciones particulares sin desarticular la integración y la unidad del sistema del que se forma parte. A veces es sólo cuestión de nombres. Hoy ya se habla eufónicamente de la Europa de los pueblos, tal vez, con la idea de romper el concepto opresivo del propio estado. ¡Prejuicios centralistas! Acaso sea normal que se fundan progresivamente las fronteras del estado español con las otras fronteras de su entorno. Pero eso será efecto de una evolución natural y consensuada de todos los pueblos y no la voluntad anárquica de pueblos mesiánicos o grupos iluminados. Los seísmo autonómicos, si no se explican con claridad, encontraran en los límites de unidades superiores europeas o mundiales igualmente impositivas, niveladoras y absorbentes, nuevos pretextos para mantener la guerra. Los extremismos son siempre sospechosos. El tipismo de las cosas propias no debe eclipsar las visiones panorámicas. La contemplación de árbol no puede impedir la magnífica visión del bosque. Los nacionalismos ibéricos de hoy deben eludir los mismos escollos sectarios que practicaron los exacerbados centralismos anteriores duramente criticados, ni la voluntad unitaria de los pueblos y de la cultura puede olvidar el valor de las queridas y pequeñas conquistas familiares y domésticas. Si existe el respeto suficiente de unos con otros la fórmula de entendimiento la irán cumpliendo las etapas históricas.
CAPITULO l9
LA MORAL EN LA ESCUELA
El aumento desmesurado de la población mundial crea una mayor complejidad social. Y la compleja ordenación institucional del comportamiento humano limita constante y progresivamente la libertad humana. Hasta tal punto es cierto que el sentimiento del hambre libre en el mundo. Aún en las zonas del mundo que no está amordazada l libertad, es un sentimiento dudoso y siempre amenazado. La libertad personal, con mucha frecuencia no pasa de ser una ilusión. La ilusión de ser libres. La emoción de la libertad real del hombre de hoy se esfuma entre férreas imposiciones de muchos barnices civilizados. La verdadera libertad está allá en el fondo de ser humano, en el hombre primitivo, en los instintos prohibidos, entre las espontáneas manifestaciones humanaos que la sociedad ha convertidas en aberraciones. Ese hombre que la sociedad no deja opción a serlo. Sobre ella se configura el hombre social. Las irracionales pulsiones del superyo social que se acumulan como barnices en la epidermis de las sociedades viejas en forma de callosas costumbres y fósiles comportamientos. Se esfuma entre la compleja red de leyes escritas que controlan ortopédicamente la vida social del hombre civilizado. En realidad la posibilidad de elección que le queda al hambre, después de tantas limitaciones, a poco más se reduce que a una alegre ilusión, de ser libre en una sociedad civilizada y un amplio y eufónico sentido de libertad. E1 hambre acepta fácilmente el consuelo de creerse libre entre todos sus automatismos sociales como el borracho se siente feliz en su alucinante visión de la vida o el segismundo entre las cadenas de su destino.
La sociedad, cuando se complica, aliena, enajena, destruye, deshumaniza al ser humano. Millones de seres humanos quedan prendidos en sus mallas tanto dentro del mundo civilizado como en el mundo subdesarrollado. 0 víctimas de ciegos instintos, o victimas de tabúes sociales, o victimas de civilizados e injustos legalismos. La esperanza del hombre radica precisamente en su inteligencia, en su capacidad reflexiva, en la hábil asimilación de su corrosivo entorno, y la adecuada resistencia a su acción destructiva. La liberación sólo es posible a través de la progresiva racionalización de la conducta humana frente a la imposición externa, una racionalización que se realiza en las sucesivas etapas de la simulación cultural del tiempo y el imperio de su propia intimidad sobre las fuerzas externas. Supone la progresiva superación de los contenidos inconscientes de la irracionalidad instintiva, la sucesiva superación de los convencionalismos sociales, y la conquista del espacio deshumanizado por una sobrecarga de civilización. La supercivilización del hombre lleva a la destrucción del hombre y la propia civilización humana En realidad, un problema de autenticidad humana y de humanización del entorno social. La solución está en la cultura y en la educación porque sólo la cultura puede hacer libre al hambre.
. . Dejamos de largo el amplio tema de las motivaciones instintivas e inconscientes. Tiene gran importancia en los móviles del compartimento humano del nombre primitivo, de los niños y las gentes de bajo nivel cultural. Pasamos sobre el determinismo social que impone cada día con más fuerza una sociedad injustamente a su vez más civilizada. ¡Espejismos de una felicidad humana que no existe! Hablamos únicamente de ese caparazón de tono ético y moral que el ser humano se ha ido formando en sus creaciones mentales como defensa de su fragilidad humana sobre todo en sus componentes irracionales y ciegos. E1 fenómeno religioso es posiblemente tan antiguo en la historia humana como la historia de su conciencia. Cuando el hombre toma conciencia de su existencia en el espacio y el tiempo, sintió miedo de perderla, constato la naturaleza de su propia fragilidad, y se organizo para defenderla. La limitación humana, el sentimiento de su impotencia, la sensación de sus carencias, el temor de perder la limitada herencia biológica que ha recibido y las conquistas humanas realizadas, le hace inseguro, indigente. Siente el frio de la impotencia frente al destino inexorable. Surge la voz del náufrago que implora auxilio en la soledad del océano de la vida, un grito de socorro que se extiende, que se propagan en forma de todas las religiones que existen en el universo.
Son ciertas las voces del naufragio humano que resuenan en este reducido y pequeño mundo. Son ciertos los ritos que realizan los humanos en forma de religión para buscar el apoyo a su limitación temporal y demandar los auxilios necesarios para sobrellevar los sufrimientos de la vida. Son ciertas las mil construcciones diferentes que los hombres de todos los tiempos han ido elaborando en forma de mitos, supersticiones y creencias más o menos lucidas, para ofrecer el necesario consuelo a los demás seres humanos y remendar la propia sensación de indigencia. Es cierto el fenómeno religioso que forma parte de la historia humana. La respuesta dada por los dioses a las aspiraciones humanas, la existencia de los mitos, la realidad objetiva de la mano poderosa que tiene la providencia sobre el hombre desvalido, entra en el campo de la libre elección de los hambres, pertenece al mundo de sus creencias, al mayor o menor grado de la percepción de su fragilidad, no al plano de la ciencia. En todo caso no existe pueblo que en larga noche de su historia colectiva o alguna de sus etapas de su vida individual, desde el pequeño mundo de los propios fantasmas religiosos o el gran mundo de las creencias institucionalizadas, no esté implicado en fenómenos religiosos de una y otra naturaleza. Así el fenómeno religioso se reduce a la constatación de la propia indigencia humana.
E1 hecho religioso, como todos los demás acontecimientos humanos tiene su propia historia. Cada pueblo y cada hombre tienen su propia biografía religiosa. Fenómenos religiosos son los mitos antiguos que tanto divierten hoy nuestra imaginación. Fenómenos religiosos son todas las fantasías que hoy se ofrecen como interpretación del mundo y de las cosas. Fenómenos religiosos son las mágicas explicaciones que cada hombre de hoy puede ofrecer mañana como interpretación de las cosas desconocidas o como calmante de sus muchos interrogantes humanos. Las promesas de felicidad presente o futura que las instituciones actuales pueden entregar a la crédula imaginación de los creyentes, todas las interpretaciones que los pueblos, las sociedades y los individuos de nuestro tiempo, ofrecen como respuesta a esta limitada realidad humana que vivimos intensamente, son fenómenos religiosos. Como en la filosofía, como en las costumbres, incluso como en la ciencia, en religión nada es definitivo ni absoluto. Nadie puede escandalizarse de que los mesianismos más consoladores de hoy sean los mitos más desconcertantes de mañana. O los ideales más inocentes y evidentes de la infancia se derrumben estrepitosamente en los años de madurez y reflexión. La condición de la conciencia individual del hombre, como la naturaleza de las creencias colectivas, es práctica, maleable, de naturaleza temporal y dinámica.
Estas interpretaciones religiosas crean un determinado clima moral en los pueblos que las organizan. La moral es el condicionamiento humano que los dioses se cobran a cuenta de una recompensa humana o sobrehumana, temporal o intemporal. Es la atmósfera que se organiza a la sombra de la providencia de los dioses. Naturalmente es un condicionante importante tanto del comportamiento colectivo como del ser humano individual. En su entorno acumulan los pueblos solidariamente, y el hambre en particular, una gran cantidad de impulso afectivo capaz de crear las mayores conmociones sociales o individuales. La estabilidad de la propia subsistencia y la felicidad humana, son los valores que entran en juego. De ahí la gran cantidad de energía motriz que poseen las ideas religiosas de los hombres o de los pueblos y las fuertes motivaciones de todos los signos que en su nombre pueden realizarse. Ahí nace el heroísmo desconcertante de los mártires y los horrores de todos los fanatismos. Ahí nacen las grandes acciones altruistas de todas las religiones y toda la sangre de las guerras santas que jalonan todas las épocas de la historia. Ahí nace todavía el excesivo sacrificio de libertad humana que los presupuestos religiosos pueden cobrar al civilizado hombre de hoy.
España posee una intensa historia religiosa que marca profundamente el comportamiento propio de los españoles. E1 clima religioso y moral rueda al unísono de toda la cultura del pueblo. Es una importante piedra en la conciencia moral y colectiva de todos los españoles. Poca culpa tienen los hambres y mujeres de nuestro tiempo en la conformación de la herencia moral que se ha recibido directamente de Los antepasados Es una herencia que ha ido sedimentando en todos Los estratos sociales a través de la historia. Poca responsabilidad tiene el hijo en la herencia material o espiritual o biológica, buena o mala, que puedo haber recibido de sus progenitores. La moralidad se fabrica bajo la protección de Las creencias religiosas se comunican de generación a generación en la coincidencia del mismo momento histórico, se modifica, pierde y gana, evoluciona igual que la cultura, igual que la lengua, igual que Las leyes, igual que Las costumbres. La herencia moral española tiene el color propio de toda la cuitara hispánica, se hereda en el medio circundante con el aire que se respire como la química que se transmiten a través de Los glóbulos de la corriente sanguínea. Hay carácter ético como hay tipo mental, como existe carácter étnico e incluso un tipo físico. Naturalmente esta herencia se recibe inconscientemente sin demasiados componentes reflexivos, sin demasiada aportación personal y con características, por lo tanto, gregarias, ceremoniosas, despersonalizas y degradantes.
Uno de los acontecimientos importantes en la cultura occidental reside en haber ofrecido gratuitamente, al fenómeno religioso, objetividad real indiscutible y fundir en una grandiosa síntesis político-religiosa, dos realidades diferentes, el poder político y el poder religioso, la espada y a cruz, el monje y el soldado, lo humano y lo divino. La consecuencia ha sido funesta para las dos partes. E1 asunto comenzó en tiempos de Constantino en el imperio romano cuando se sustituyeron unos dioses por otros, cuando los papas coronaron a los reyes. Los ideales religiosos son a la vez las grandes aspiraciones del imperio. E1 proceso se intensifica en la historia de España, desde las cruzadas, desde las luchas de reconquista de la tierras árabes, en las medidas de reforma y contrarreforma, en las defensas negativas que se tomaban frente al peligro protestante, frente a las ideas de la revolución francesa, en los concordatos entre los dos poderes, en los tribunales inquisitoriales que han mantenido a todos los españoles al filo de la mejor ortodoxia. La conciencia española ha sufrido fuertes presiones a través del tiempo que no puede extrañar el altísimo concepto del mundo y de las cosas, el exagerado puritanismo de este pueblo y el elevado sentido maniqueo del bien y del mal y sobre todo la apariencia externa moral, impuesta, manipulada, sin alternativas, sectaria y excluyente.
En Galicia estos tonos se agrandan. La ignorancia de un pueblo puede aumentar proporcionalmente el sentido mágico y supersticioso de las cosas. El grado de incultura es directamente proporcional al número de mitos y experiencias religiosas, proporcional al grado de fanatismos e irracionalidad en las creencias, aumenta el automatismo y disminuye el margen de libertad. Galicia respira todavía una densa atmósfera mágica. Raras y extrañas confusiones mágicas. Fácilmente se confunde la vida y la muerte, fácilmente se entrecruzan las realidades y los sueños las cosas de este mundo y las del otro. En Galicia, no en vano, se ha creado el esperpento literario que puede representar también el esperpento religioso. En Galicia nace el realismo mágico de sus creencias, el absurdo modo de practicar sus ritos religiosos donde se abrazan la religión y la magia, los santos y las meigas, los fantasmas y las almas del purgatorio. Es la oscura interpretación de la religión que está presente en toda la vida gallega, en la práctica de sus costumbres religiosas y supersticiosas.
La enseñanza religiosa como constatación de un fenómeno social tal vez convenga. Puede ser un medio eficaz para desmantelar muchas falsas creencias y el camino de la desmitificación de un pueblo profundamente asentado en sus prácticas ancestrales. La enseñanza religiosa como signo distintivo y excluyente de las demás opiniones religiosas es mucho más discutible. En realidad su práctica externa, la mayoría de las veces, poco más significa que símbolo de una moralidad social convencional carente de todo valor creativo, vivificante, liberador. No es fácil escaparse a la presión social que sus ritos imponen. A veces son los estandartes que ondea públicamente el falso puritanismo de una sociedad que le importa mucho más aparentar que ser. Sólo algunos privilegiados -que suelen ser rebeldes sociales- consiguen romper estas ataduras morales y ser auténticamente libres. La enseñanza religiosa oficializada refuerza las fuertes tendencias morales de la sociedad española, da tonos de valores absolutos a las variadas que presenta a los creyentes e insiste en los privilegios de exclusividad que posee frente a otras opiniones igualmente válidas.
Los aires renovadores han penetrado en el clima moral ibérico, se está produciendo una catarsis moral de comportamientos y de reflexión personal difícil de encontrarle parecido en toda la pasada historia de España. Pero el peso de doma religiosa de este pueblo y las poderosas fuerzas de su implantación son muy grandes. Los códigos morales a veces se destruyen con revoluciones muy violentas. Con guerras y sangre y terror. Por ese procedimiento se imponen otros. Nunca es fácil deshacer pacíficamente el montaje de origen religioso. En nuestra sociedad la violencia ya no pueden ser procedimientos para recomponer sus piezas. La crisis de los viejos valores está en marcha. Hay dioses en el olimpo que ya no atienden los requerimientos de los hombres de este tiempo. La moral que practicamos es tan relativa, tan convencional, como la reflexión que escogemos, como la lengua que hablamos, tan relativa como nuestra situación geográfica, como nuestras lluvias, como nuestra neblina o nuestra nacionalidad. El hombre gallego practica su moral social e individual de la misma forma que los hindúes practican la suya. Como aprendió a hacerlo de sus antepasados. Pero el hombre conoce que nadie es más que nadie por practicar -o dejar de hacerlo- una determinada opción moral o religiosa. El respeto de unos comportamientos y otros se imponen en las relaciones religiosas de los pueblos. Libertad y reflexión son dos ingredientes importantes de la personalidad el hambre ético de hoy. La religión pertenece macho más al mundo de las vivencias personales que al mundo de las imposiciones, de las leyes y de los preceptos. No es fácil desmantelar la superestructura moral de un pueblo y el automatismo ciego de Los comportamientos que ella impone. Pero el movimiento cultural de un pueblo no será indiferente no puede estar ajeno a los fenómenos religiosos. Y en todo coso el control racional de la enseñanza religiosa no pretenderá desmantelar nada sino llenar de contenido personal y reflexivo los presupuestos morales. Liberar a través de ella los automatismos morales absurdos y fósiles que tanto abundan en nuestros medios populares.
El tema sexual está directamente implicado entre los repliegues de un moralismo impuesto. La oficialidad y obligatoriedad de la moral han ido depositando sobre el comportamiento sexual de los españoles montones de prejuicios y negras sombras que condicionan el normal comportamiento humano. Hay miedo, temblor, vergüenza en el ejercicio de actividades completamente normales referidas al sexo. Hay demasiados miedos, -prolongación de aquellos terribles miedos inquisitoriales de antaño- sobre una actividad humane que está acompañada de poderosas gratificaciones y otras grandes motivaciones para la conducta, si se entiende bien, y puede originar fuertes conflictos, si se entiende mal. Pues ese tema inmensamente rico todavía está sin afrontar debidamente en nuestro medio social y en nuestras escuelas. El instinto sexual con su fuerza creadora e impetuosa será un poderoso caudal de vitalidad que no se podrá disimular bajo pretendidos subterfugios morales o religiosos, ni camuflar bajo absurdas deformaciones, ni mucho menos reprimir o frustrar. Ahí está precisamente la paradoja vital de la mala formación sexual de este pueblo. Ahí están enfrentados el deseo y la realidad, la biología humana y el frío concepto moral, la lucha entre la tierra y el cielo, entre la vida y los convencionalismos. Una lucha sorda, que enfrenta dos mundos afectivos muy fuertes, el concreto de la realidad humana y el convencional de las creaciones de sobrevivencia. Ahí está el mundo de la falsedad, de la hipocresía y la deformación que se genera a la sombra de una represiva educación sexual.
El complejo sexual monacal influye en el concepto moral de este pueblo. Los códigos de moral sexual vigentes, tanto de moral individual como de moral familiar y colectiva, tienen el sello clerical, están elaborados dentro de los monasterios y bajo el particular criterio de hombres célibes, nunca libres de los propios conflictos y con perspectivas deformantes. Es como si un enfermo intentase regular la conducta de las personas normales. El tono pesimista, negativo, morboso, de sus creadores pervive en la moral sexual de este pueblo. Se ha mitificado el valor absoluto del celibato y la virginidad como pautas normales de conducta frente a la devaluación del sexo como rice atributo personal. Evidentemente el sexo no tiene el valor negativo que trata de imponérsele. Si bien su global interpretación se orienta a la procreación humana, no puede olvidarse la nobleza de la función sexual como fuente de gratificaciones personales, como base de una rica vida afectiva y como factor de fuertes motivaciones humanas en la vida individual y colectiva.
Los cambios políticos vividos en los últimos años en España afortunadamente no han sido suficientemente violentos como para romper la pesada estructura moral convencional de los españoles. Pero los aires libertarios han refrescado las conciencias españolas. Se han movido piezas en los comportamientos éticos de los españoles, en la interpretación de la vida, en los tabúes sexuales que amordazaba la lengua, en el desmantelamiento de muchos mitos éticos que hace poco eran intocables. No hubo proscripciones ni revoluciones y eso es bueno. Se han producido Las estridencias normales de todos los cambios, los escándalos de los fariseos, y rasgarse las vestiduras de los más puritanos. Aunque los cambios no se realicen con la aceleración que el tema merece la situación es esperanzadora. La liberación ha sido más profunda en los sectores de la sociedad más reflexiva. La profilaxis social se está produciendo irreversiblemente. Se está recuperando a ritmo acelerado el tiempo perdido. E1 escándalo es el sentimiento que nace en las conciencias que son incapaces para asimilar el cambio, es el resentimiento de los pusilánimes, o la pereza de realizar una adaptación de la conducta a un nuevo contexto social, es la miopía del que no es capaz de mirar de frente el mundo y las cosas. Ni son mejores los "decentes" que se asustan temblorosamente como si los años de la inquisición estuviesen al acecho, que los nudistas de las playas o los que hablan del sexo sin complejos. Entre los hábitos humanos ninguno es tan odioso como la hipocresía, la falsedad y el fariseísmo.
Paradójicamente la escuela española no ha entendido este lenguaje. Voces reivindicativas de libertad han sonado, en estos últimos años, en todos los sectores de la sociedad. Se han realizado reconversiones en todos los ámbitos. La justa pelea por la igualdad femenina y la liberación sexual del hombre y de la mujer, frente a los convencionalismos sociales, frente a pétreos y viejos presupuestos éticos y morales, que han entrado en quiebra en los últimos años, se están librando con éxito en todos los frentes. Se grita en favor de la libertad individual y colectiva, en todos los foros, en todos los medios de comunicación social, en todas las tribunas públicas y privadas. Paradójicamente, el sector que menos está hablando de este tema, el sector que mayor cautela ha mantenido ante la educación sexual, como si existiese algún compromiso tácito de mantener el tabú, ha sido precisamente la institución educativa, esa institución que le corresponde, por derecho propio, la primera obligación de formar, orientar, dirigir la conciencia de los individuos, de las juventudes, de los pueblos. Esta es precisamente la grandeza de la escuela.
En esta nueva etapa democrática, en nuestra escuela se está hablando de todo y con mucha más libertad y con un vocabulario macho más amplio, más castizo y libre. Se habla de política, de nacionalismos con muchas cautelas también, se habla de las lenguas y en las lenguas propias. Y acaso todo esto es normal porque la escuela no puede ser ajena a los problemas del tiempo. La enseñanza de la Sicología moderna está de acuerdo en señalar que el sexo, el instinto sexual en todo ser humano, y particularmente en el joven, es una de las mayores fuentes de gratificaciones personales, el hilo conductor de las más fuertes motivaciones de la conducta humana y un manantial de energía vital altamente relacionado con los centros de la felicidad individual, de la felicidad familiar, de la felicidad laboral y social. Este instinto es una fuerte pulsión ante cualquier actividad humane, y altamente rentable en las motivaciones personales de la conducta juvenil. Una educación desentendida de los aspectos sexuales, en la infancia, en la juventud tendrá que ser siempre una educación mutilada y deformante, y nunca una auténtica educación integradora de las fuerzas que existen en el ser humano.
Dejamos de lado la herencia cultural recibida a través de siglos, en una sociedad enormemente conservadora, tradicionalista y con fuertes condicionantes históricos de los que hoy nadie tiene culpa. Sin embargo llama la atención que una escuela moderna, dentro ya de un marco jurídico de libertad, en pleno ambiente democrático, una escuela que debería ser centro de irradiac1on de luz nueva en el asfixiante ambiente de tradiciones recibidas, una escuela que debería romper lanzas en favor de la cultura, de la ilustración, de la transformación social y democrática, desconcierta que esta escuela hable de todo, del sistema circulatorio, del sistema nervioso, que se repitan escrupulosamente todos los huesos y músculos del organismo y que el sistema reproductor humano apenas cuente en la enseñanza escolar, se estudia muy superficialmente, con tensiones por parte de todos, con rubor y vergüenza, con disimulos y sentimientos ocultos de culpabilidad, con reticencias, con sombras, evasiones y magia. ¡Increíble!
Omitimos también las referencias éticas o religiosas, frente a los cuales los padres de familia siempre tendrán algo que decir y deben hacerlo con libertad y responsabilidad. El aspecto científico de la educación sexual, el aspecto de la reproducción humana, mucho más que la reproducción de los demás seres vivos, no puede ser ajena a la preocupación escolar, sin hacer una grave injusticia, tanto al alumno, que tiene derecho a una educación integra y dosificada, como a la sociedad que posee también una exigencia sobre el nivel cultural de sus miembros, como al mismo proceso educativo que debe realizar esfuerzas adaptativos en un plano objetivo, moderno, libre y científico
Es bien poco lo que referente a este aspecto se ha realizado dentro de la escuela española en los últimos años. Un problema de omisión que afecta tanto a la carencia de voluntad política que pone en duda si los altos niveles de la administración educativa sufren también el síndrome del complejo del sexo, o carecen de imaginación suficiente para crear las condiciones educativas convenientes a los tiempos que vivimos, como por el contrario a la pasividad receptiva y apatía funcional que viven nuestras comunidades educativas. Falta absolutamente una política de orientación sexual sistemática y científica que debería ofrecer todos los aspectos que implica una adecuada información de todo el proceso generativo. Desde las diferencias de los sexos, desde su normal funcionamiento fisiológico, desde los procesos de concepción y gestación de la mujer, desde las variadas implicaciones abortivas y su contexto social y jurídico, desde el parto y el amplio campo de la puericultura, desde las variadas gratificaciones que ofrece la vida sexual y afectiva al ser humano, hasta los graves conflictos que puede generar en la conducta el deficiente desarrollo de la vida afectiva, sus actuales ramificaciones hacia la droga y el sida, e incluso los criterios cívicos y éticos de tolerancia, respeto, libertad, autonomía que debe presidir el ejercicio de una sana y fecunda vida afectiva y sexual.
No es justo que, en nombre de la inercia tradicional, en nombre de la incapacidad para adaptarse a los tiempos que vivimos, en nombre del apego excesivo a las viejas tradiciones, en nombre de los puritanismos sobrepasados, se mutile descaradamente el tono científico de la enseñanza de nuestros jóvenes, se priva al alumno de nuestros centros de una parcela tan importante en su desarrollo como es la educación de la vida sexual y se contribuya, acaso sin pretenderlo, a mantener los viejos, desfasados, maniqueos, gazmoños y morbosos hábitos afectivos y sexuales de nuestro pueblo. Todavía no se puede tocar el tema de la orientación sexual en la escuela sin correr el riesgo de producir algún tumulto de escándalo popular. Toda demora en intentarlo al menos solo pueden ser concesiones a la inercia, traiciones a acaso a nuestra educación en el tema y falta de visión científica y pragmática por parte de los responsables de la institución docente.
Al lado de la herencia moral está la carga callosa de los demás prejuicios sociales no menos deshumanizantes y perjudiciales que los religiosos. La fuerza ciega de los usos y costumbres pétreos y fósiles es otra fuerza llenante de la sociedad moderna. Los comportamientos heredados, los ritos pueblerinos, la costra muerta de un hacer irracional y colectivo sin reflexión ninguna, no pueden favorecer el movimiento expansivo, creciente y siempre renovado de la vida el hombre es un animal de costumbres. La costumbre es un mecanismo de defensa. Originariamente en creativa y genera vida. Después se practica como recurso fácil y cómodo. Es más fácil recorrer caminos trillados que roturar senderos nuevos. La tendencia gregaria de los pueblos a caminar justos refuerza la formación, de los ritos. No es bien visto quien realiza los gestos sociales que realizan los demás, quien hacer lo que hacen todos, hacer lo que siempre hicieron los antepasados, es cumplir obligaciones reverenciales con los ascendientes y sedal de sanas costumbres. Por esos 1GS habitantes de esta tierra vigilan tanto a sus vecinos para constatar la bondad de sus comportamientos o criticar los de los otros. Malas costumbres. La envidia del que realiza movimientos creativos fuera de los convencionalismos del pueblo, la sorda crítica destructiva y el falso deseo de ostentación sustituyen la obligación que tiene el hombre de hacer siempre su propio camino. Otra vez el automatismo de los usos y costumbres tan comunes en nuestros medios populares, la persistencia de viejas costumbres fosilizadas, absurdas y destructivas, la incapacidad de la gente de nuestros pueblos para someter a crítica la herencia ética recibido, reducen constantemente el campo de la libertad de nuestras gentes.
El fenómeno es más patente en los medios rurales. Aquí los aires renovadores y los estímulos del tiempo llegan con más retraso. El componente gregario es mucho mayor porque los pueblos pequeños el prejuicio tiene mucho más importancia. Todos conocen a todos. En cada esquina de los pueblos de Galicia hay unos ojos siempre atentos a conocer la vida del prójimo y entregarla como sospechosa de herejía a algún tribunal inquisitorial. Pueblos pequeños infiernos grandes. Las piezas de todos los automatismos irracionales se mueven con mucha más facilidad, los complejos sociales encorsetan la libre espontaneidad de la dura gente del campo, surge fácilmente el desdoblamiento de la personalidad. Una la que va por dentro escondida, autentica, vital, aprisionada, entre muchos complejos de culpabilidad acumulados por su mala educación y la aparente decente que anda por fuera, falsa, hipócrita, caricaturesca, esperpéntica e inconsistente Solo se mantiene mientras existan esos determinados convencionalismos sociales. Las personas que ayer ofrecía una silueta externa característica en su propio terruño, mañana en otro ambiente, toman como los camaleones un color diferente. Es la falsa estructura social de unos pueblos demasiado conservadores que nunca han tenido posibilidad de ser otra cosa diferente.
No ha llegado la escuela con suficiente decisión. No ha tenido nunca la escuela española, ni tiene todavía, la fuerza suficiente para desmantelas todas las secuelas de una falsa formación humana y crear las condiciones suficientes cultural para la plena humanización del hombre los centros escalares son islas dentro de una sociedad hambrienta de cultura. La misma educación que se imparte en las clases refuerza muchos de estos presupuestos en visiones totalmente nostálgicas y conservadoras. Una vez más la libertad del hombre, un mayor grado de humanización, está comprometida en la mala calidad de la educación espóliala, La lengua española sufre casi todos Los males de su propia sociedad. Es reaccionaria y conservadora. A veces su mismo entorno social externo está macho más abierto a los beneficios de la cultura que la propia escuela. La mayor resistencia que se está ofreciendo a los proyectos reformadores llega precisamente desde dentro del sector educativo, desde los sectores precisamente que mayor empeño deberían hacer para que la enseñanza se renovase. No es tarea fácil convencer al hambre que su mayor libertad reside precisamente en su mayor participación en la cultura. Tiene hipotecada una gran porción de sus mejores valores humanos en tributo innecesario a su incultura ancestral y a otros intereses totalmente ajenos a la educación. ORENSE 3 - 9 - 1989
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